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APÉNDICE DOCUMENTAL, doc. 8: Mohamed Othmán Pacha otorga una tregua de dos meses a Nápoles

Documento 8  A.H.N.M./S.E./L. 3585. Argel  fin de ?ûmad el awel de 1201 (marzo de 1787). Documento relativo a la orden del dey  Mohamed Othmán Pacha de  otorgar  una tregua  de  dos meses ( ?umad th?ni y r??eb) con el reino  de Nápoles  (redactado en árabe y en portugués). Ver imagen aquí: http://www.archivodelafrontera.com/wp-content/uploads/2012/03/Terki-Apendice-doc.-8.pdf

Emilio Sola 2 marzo, 2012 2 marzo, 2012 ARGEL, Nápoles, paz
Historia de un desencuentro: Capítulo 8

CAPÍTULO VIII.   1. RECRUDECIMIENTO DE LA CUESTIÓN DE LOS BREVES PONTIFICIOS.   En diciembre de 1600 el papa Clemente VIII emitía un breve por el cual se establecía que el paso de predicadores a Japón, decease de cualquier orden religiosa que fuera, ask debía hacerse a través de las Indias Orientales portuguesas; por lo tanto, no por la vía de la Nueva España y las Filipinas. Era la culminación de una larga gestión jesuítico-portuguesa en la corte pontificia que arrancaba de la embajada a Roma de los daymíos de Omura, Arima y Bungo de 1582 que llegara a Roma en 1585.   La actitud reservada y cautelosa de las autoridades hispanas durante el gobierno de Francisco Tello de Guzmán en Manila, había generado cierto distanciamiento entre el gobernador y la Audiencia, por una parte, y los religiosos castellanos de Filipinas por otra. La prohibición del paso de mendicantes a Japón después de los sucesos trágicos de 1598 en Nagasaki no fue levantada a la muerte de Hideyoshi, de manera que –a pesar de las negociaciones de fray Jerónimo de Jesús– no habían ido religiosos a Japón, salvo los dos frailes que acompañaron al embajador; uno de éstos, Pedro Burguillos, con las cartas de Ieyasu en respuesta de las llevadas a Japón por Jerónimo de Jesús, llegó a Manila al mismo tiempo que el nuevo embajador Pedro Bravo de Acuña; el optimismo ante la actitud de Ieyasu hizo que este gobernador, como viéramos, enviara frailes de todas las órdenes religiosas, franciscanos, dominicos y agustinos, en el verano de 1602.   Hasta 1603 no se conoció en Manila el nuevo breve de Clemente VIII y la reacción fue inmediata en los medios religiosos de las islas hispanas; franciscanos y obispo de Manila asociaron la cuestión del paso a Japón por Filipinas y la canonización del embajador Pedro Bautista y sus compañeros de martirio. Fray Miguel de Benavides, el arzobispo dominico de Manila, comentó con dureza el breve: es decir no vayan los religiosos a Japón, pues por la India de Portugal poco o nada se trata de conversión. También la ciudad de Manila se expresó en este sentido[1]. Para dar mayor fuerza a estas protestas contra el nuevo breve, fue enviado por entonces a España el fraile lego franciscano Juan Pobre con una misión en la que se asociaba la petición de canonización para los mártires y el permiso de paso a Japón por las Filipinas. La Audiencia de Filipinas se unió pronto a estas peticiones con dureza: el asunto perjudicaba al trato hispano-japonés ya bien asentado y llegaba a sospechar que de la concesión de ese breve Su Majestad no tiene noticia. El obispo de Nueva Segovia elaboró también esa teoría apuntada por la Audiencia: el rey de España había sido marginado de esa gestión, el breve iba contra su derecho a enviar religiosos a donde quisiere de sus territorios y los jesuitas debían explicarse ante el rey y su Consejo[2]. Al mismo tiempo se llevaron a cabo diversas informaciones con declaraciones de testigos que apuntalaban estas opciones de un ya bien definido partido castellano-mendicante[3]. Papeles y papeles que progresivamente habían de ir llegando a la corte hispana, a través del enviado Juan Pobre.   En la primavera de 1604 el Consejo de Indias comenzó a reaccionar contra el breve de Clemente VIII. En dos consultas consecutivas, una de 24 de marzo y otra de 10 de abril, pedía la reforma del breve pues imposibilitaba más que ayudar el paso de predicadores a Japón. Razonaba: A. Los religiosos nunca habían ido a Japón por aquella vía. B. La Corona de Castilla ayudaba más a los religiosos. C. Japón pedía religiosos a las Filipinas. D. Había informes de que el fruto de la predicación podía ser muy grande. Debía escribirse, pues, al embajador en Roma para pedir al papa la reforma del documento pontificio[4]. Se podía decir que el Consejo de Indias, de manera natural, comenzaba a defender los puntos de vista  castellano-mendicantes, tomaba partido claro en el enfrentamiento en Extremo Oriente.     2. LA INTERVENCIÓN DEL CONSEJO DE ESTADO.   Poco más de un mes después, el 20 de mayo, el Consejo de Estado comenzó a intervenir en la cuestión y ordenó recopilar todo el material documental elaborado por los Consejos de Indias y de Portugal. El Consejo de Portugal tenía abundantes disposiciones reales y pontificias, incluso cédulas reales y breves de la época de Felipe II, de antes de que llegaran los castellanos a Japón. Su posición era fuerte, y así pareció entenderlo el Consejo de Estado[5] en su reunión de después del verano, en la que acusó recibo del breve de cuatro años atrás de Clemente VIII que le presentó el Consejo de Portugal. Posiblemente, tanto retraso en la comunicación podría estar en la base de la acusación de los medios castellano-mendicantes de Filipinas, de que los jesuitas habían actuado al margen del rey, de la corte de Felipe III.   El Consejo de Estado, en la sesión de finales de 1604, se manifestó favorable a las pretensiones jesuítico-portuguesas, se conformó con lo que el Consejo de Portugal le comunicaba. En la intervenciones de los diferentes consejeros –el comendador mayor de León o los condes de Ficallo, Chinchón y Miranda– había indecisiones aún, aunque se respetaban los derechos adquiridos por los portugueses. Mientras el comendador mayor de León proponía una junta de personas de letras que tratasen sobre el deseo de exclusividad de los jesuitas en la predicación del Japón, el conde de Ficallo opinaba que los frailes tenían mucho que predicar en Filipinas para enviar predicadores a otro lugar. Los condes de Chinchón y Miranda opinaban que estaba bien que pasasen otros frailes para que los jesuitas trabajasen con más cuidado. Pero todos estaban de acuerdo en lo fundamental: el paso a Japón debía hacerse por la India Oriental. En el caso en el que alguno quisiera pasar por Filipinas, debía contar con el acuerdo del Consejo de Portugal.   Hay, como decía, cierta imprecisión aún y un tono mesurado; hasta contradicciones, pues el mismo comendador mayor de León, para remediar la acusación de que los frailes castellanos buscaban también la contratación, lo que perjudicaba a los portugueses de Macao y significaba fuga de plata de Nueva España, llegó a proponer que los frailes fuesen a Japón en barcos que no dieran lugar a la contratación, verdadera visión irreal del problema. También la cuestión más de fondo, que había de influir mucho en las negociaciones futuras, es tratada con ligereza por este consejero; en las disposiciones del breve en las que parecía que el papa no tenía en cuenta el derecho de patronato real de enviar religiosos a donde quisiere, juzgaba la existencia de una virtual concesión de control al rey de España, puesto que sin su ayuda no podían pasar a tan lejanas tierras.   Menos de un mes después de esta consulta del Consejo de Estado, el Consejo de Portugal pedía el envío urgente de cédulas al gobernador de Manila que recogiesen el sentir del Consejo de Estado; la urgencia era para que saliesen en las primeras naves del año entrante de 1605. Era coherente la demanda, e iba acompañada con una exposición amplia de los puntos de vista jesuítico-portugueses: los religiosos castellanos perturbaban la predicación en Japón pues Ieyasu los tenía por espías de los castellanos, y a éstos por hombres de guerra[6]. Esta lógica pretensión portuguesa, sin embargo, no obtuvo la respuesta esperada y no salieron dichas cédulas.   En la primavera el Consejo de Portugal volvió a insistir y, al seguir sin respuesta, propuso la convocatoria de una junta con consejeros de los Consejos de Portugal y de Indias. En pleno verano, el Consejo de Estado respondió con cierta reticencia; que se oyese a las dos partes, bien por escrito, bien por medio de una junta, aunque éstas no solían resolver nunca nada. En septiembre, el Consejo de Indias se adhirió a la propuesta de llevar a cabo la junta[7]. Entre la documentación reunida para estas negociaciones de 1605 hay unos Apontamentos…[8], sin fecha, sobre los procedimientos evangelizadores de los jesuitas en Asia; en portugués y de una gran dureza, en algunos casos con matices claramente calumniosos, pero que reflejaban un proceder escandaloso e intolerable para los rectores de la Monarquía Católica por contradecir el espíritu que la presidía. El enfrentamiento entre ambas posturas parecía enconarse. A finales de enero el Consejo de Portugal volvió a insistir en los mismos aspectos, reforzando su exposición con dos cartas del obispo de Japón sobre los perjuicios causados por el paso de los frailes; también resaltó la fuga de plata de Nueva España que generaba el comercio hispano-japonés[9]. Sólo pasaron cuatro meses, y el Consejo de Indias respondió de manera contundente. Para entonces, ya había llegado a España Juan Pobre, camino de Roma, respaldado por nuevas peticiones de canonización para los mártires de Nagasaki y el grueso de la correspondencia de Extremo Oriente favorable a los puntos de vista castellano-mendicantes.     3. TRIUNFO EN LA CORTE HISPANA DE LOS CASTELLANO-MENDICANTES.   El breve de Clemente VIII no se conoció en Japón hasta finales de 1604, cuatro años después de su emisión, y sin duda llegó por la vía de la India Oriental. El obispo de Japón y los jesuitas se enfrentaron a los frailes llegados por Manila en su aplicación, y estos enviaron a Manila a Francisco de Jesús, apodado el Sordo, e hicieron suplicación del documento; para ellos significaba la suspensión de la aplicación del breve pontificio hasta que se hicieran las gestiones pertinentes en Roma; era la disculpa para no salir del país de manera inmediata, como pretendía el obispo de Japón y los jesuitas. La consulta del Consejo de Portugal de enero de 1606 especificaba ya informes del obispo de Japón, sin duda en este sentido. En Manila reaccionaron también con prontitud; se hicieron informes y el arzobispo y la Audiencia se unieron a los frailes; el gobernador Bravo de Acuña calificaba de escandaloso el enfrentamiento del obispo de Japón con los mendicantes y alababa la labor evangelizadora de estos[10]. Fue enviado a España otro franciscano, Pedro Matías, para reforzar el apoyo documental de Juan Pobre. En México recogió cartas de apoyo a la canonización de los mártires de Nagasaki, entre ellas una del virrey marqués de Montesclaros; con las reservas suficientes, el virrey expresaba su parecer de que los frailes estaban haciendo una buena misión en Japón y que convenía su paso allá por las Filipinas[11].   Para entonces –como viéramos, en el momento en el que el Consejo de Portugal y el de Indias iban a afilar sus armas dialécticas en la corte hispana– ya estaba en Madrid Juan Pobre. El 30 de mayo el Consejo de Indias fechaba su informe definitivo para atraer a la corte de Felipe III al apoyo de las tesis castellano-mendicantes. Es un momento especialmente activo del valimiento del duque de Lerma –acaba de aparecer la primera parte del Quijote en Madrid–, de particular euforia incluso, podría decirse, tras la paz con Inglaterra y cuando se están gestando dos decisiones decisivas para la Monarquía Católica, en principio: la tregua con las provincias unidas de Holanda y la expulsión de los moriscos –esta segunda medida en el mayor de los secretos–, que llegarían un par de años después. Es el tiempo de la que algunos denominaron pax hispana, los años centrales de la que Trevor-Roper denominó generación pacifista del Barroco; al mismo tiempo, los inicios de la denominada crisis general del siglo XVII[12]. La paz con los Países Bajos que comenzó a verse más necesaria tras una bancarrota en 1607 también debió animar a replantear o poner al día la relación de fuerzas en Extremo Oriente, para contrarrestar la incipiente penetración holandesa.   Merece la pena recoger con extensión la panorámica trazada por el Consejo de Indias aquella primavera de 1607. Es un texto polémico con los portugueses y muy razonado y estructurado. Algunos de sus extremos aún eran provisionales, pero ya claramente castellanistas y que se irían perfilando a medida que llegara más información de Oriente.   A. A las razones portuguesas para que no pasen religiosos por Filipinas a Japón –de la consulta del Consejo de Portugal de principios de año apoyadas en cartas del obispo de Japón, que es de la Compañía, como precisa el Consejo de Indias–, oponen los consejeros de Indias una breve historia de las relaciones hispano-japonesas desde la embajada de Harada al envío del franciscano mártir Pedro Bautista como embajador; no acusaba abiertamente a portugueses y jesuitas de culpables de los sucesos de Nagasaki, pero sí reflejaba la ambigüedad en su comportamiento durante ese tiempo. B. A la objeción portuguesa al comercio castellano-japonés, perjudicial por la fuga de plata de nueva España, respondía el Consejo de Indias de forma sorprendente: hasta el momento no se había ido de Nueva España o Filipinas a comerciar con Japón, pues eran los comerciantes japoneses quienes venían a contratar a Manila y ya se había previsto en la corte española que aquella contratación fuera limitada. Un año justo después habría de replantear el Consejo el asunto, con la inclusión del navío que cada año iba de Manila a Japón[13]. C. Criticaba el breve de Clemente VIII por la exigencia del paso a Japón por la India Oriental, que es lo mismo que prohibirlo de todo, pues era un camino más largo, nunca lo habían usado antes y los portugueses no ayudaban a los frailes tanto como los castellanos.  Hacía una defensa abierta de la labor de los frailes en Japón, adoptando la postura y argumentos de los mendicantes de Filipinas y afirmaba que la persecución a la cristiandad del Japón había comenzado antes de la llegada de los mendicantes. D. Sobre asuntos comerciales, el Consejo de Indias veía el temor portugués a que su comercio con Japón –millón y medio de pesos al año–, a la sombra de los jesuitas, pasase a los castellanos a la sombra de la predicación de los frailes.   Terminaba el Consejo de Indias con un triple petición, también significativa: A. Solicitar en Roma la revocación del breve de Clemente VIII y que el rey Felipe III resolviese el asunto del paso de los religiosos a Japón. B. Que se ordenase al gobernador y Audiencia de Filipinas ver el número de frailes y tiempo de paso a Japón, y sólo pasasen así. C. Que el paso a Japón lo hiciesen en naves de japoneses sin permitir que otros navíos castellanos pasasen a Japón con la disculpa de llevar a los frailes.   Lo más destacable era que el Consejo de Indias admitía que el comercio con Japón era asunto de los portugueses, y la intromisión de los castellanos desde Filipinas la justificaba por el hecho de que no se podía impedir que comerciantes japoneses vinieran a comerciar a Manila. A lo largo del verano debieron menudear las discusiones en torno al asunto, y las negociaciones difíciles en Roma de los mendicantes comprometieron también a la diplomacia española[14]. A finales de año los despachos para Filipinas sintetizaban las decisiones de la corte española; se daba por enterado de los progresos de los mendicantes en la predicación del Japón, prometía ayudar en el conflicto que tenían con el obispo de Japón y, lo que era más importante, admitía el comercio hispano-japonés con la condición de que se llevara a cabo con orden[15]. Un mes después de los despachos para Filipinas, el Consejo de Portugal volvía a insistir en sus protestas, pero éstas fueron neutralizadas definitivamente por un memorial del procurador general de Filipinas Hernando de los Ríos Coronel[16].   Su argumentación formal –sin duda inspirada en los argumentos del obispo de Nueva Segovia Diego de Soria que citáramos más arriba– fue convincente en Madrid. El breve de Clemente VIII, como antes el de Gregorio XIII, no habían pasado por el Consejo de Estado; a pesar de ello el arzobispo de Manila, como hombre escrupuloso, lo había mandado ejecutar y había causado con ello graves daños a la predicación en Japón. Pedía que se suspendiese la aplicación del breve hasta que fuera tratado en Consejo, y así se escribiese a las Filipinas. La reacción de la corte hispana fue inmediata. Al margen del memorial se recogía lo que un mes después había de decretarse: Que se escriba a la Audiencia de Manila que procure recoger siempre todos los breves que pasen allá sin que se hayan pasado por el Consejo, y no permita que se use de ellos; y particularmente cualquiera que se hubiese llevado tocante a que no pasen religiosos al Japón por aquella parte o cualquier traslado que su hubiesen (sic) llevado de semejante breve (que) no fuesen pasados por el Consejo. Así se decretó el 6 de febrero de 1607[17].   La toma de posición de la corte de Felipe III era ya un hecho. No pasaron dos meses, y el Consejo de Indias –apoyándose en las consultas del de Portugal de finales de diciembre de 1606– solicitaba apoyo al comercio de las Filipinas con Japón. Parecía claro que el Consejo de Portugal, desentendiéndose del asunto del paso o no a Japón de los religiosos, contencioso ya perdido para los jesuítico-portugueses, iba a centrarse en la defensa de los intereses comerciales; y el Consejo de Indias, conocido ya el hecho consumado del comercio hispano-japonés acordado con Tokugawa Ieyasu por Jerónimo de Jesús y el gobernador Acuña, con sus envíos anuales acordados anualmente, pasó a defender abiertamente el envío de comerciantes hispanos a Japón.   La consulta de mayo de 1607 del Consejo de Indias ya estaba mejor informada que la de un año atrás de lo que era la nueva realidad en Extremo Oriente: A. Ieyasu había pedido un navío de comercio castellano para sus puertos del Kantó y esa era razón suficiente para justificar dichos envíos anuales. B. Para las Filipinas era importante pues los abastecía de harina y municiones. C. Con los comerciantes japoneses podían divertirse las mercancías chinas, pagadas con plata, con lo que se podría cumplir el mandato de no comerciar con China. D. Era mejor que fueran los comerciantes hispanos a Japón para evitar el riesgo de que los japoneses tratasen en plata directamente con los chinos.   Todo el verano fue de gran actividad de los Consejos. El de Portugal presionó con insistencia en los mismos términos de las veces anteriores y a finales de verano el Consejo de Estado no había resuelto nada. Ya en septiembre, expresó un parecer claro, favorable a los castellano-mendicantes: pedir la revocación del breve y que el papa dejase al rey de España libertad de acción en el envío de frailes a las tierras que fueran. Una nota al margen contenía lo que se había de decretar: Se escriba con secreto al marqués de Aytona que pida al papa de mi parte la revocación del breve de que aquí se trata y mande despachar otro remitiendo a mi elección el enviar los religiosos que hubieren de ir a predicar por la parte que me pareciere según el estado de las cosas, y encárguese al marqués que procure enviar luego este despacho con el silencio que pudiere[18].   En aquella victoria final en la corte hispana del partido castellano-mendicante en Extremo Oriente habían intervenido sobre todo frailes y jerarquías eclesiásticas mendicantes como cortesanos, y hasta el propio confesor del rey el dominico fray Luis de Aliaga, muy influyente por entonces[19]. El mayor poder reclamado y obtenido por los castellanos en Extremo Oriente estuvo sin duda muy relacionado en la corte de Felipe III con la cuestión flamenca, en el tiempo en el que va a saltar el asunto de las treguas con los holandeses.         3. EL NUEVO BREVE DE PAULO V.   Las negociaciones en Roma fueron rápidas y poco más de seis meses después de la decisión del Consejo de Estado Paulo V emitía un nuevo documento pontificio que derogaba los anteriores[20]. No gustó la redacción, sin embargo en el Consejo de Estado y después del verano se acordaba que el marqués de Aytona, embajador en Roma, pidiese en secreto y con urgencia una nueva redacción del breve en la que hubiese más amplias concesiones al rey de España; la orden de Felipe III al embajador de Roma salió ya a finales de octubre de 1608[21]. El Consejo de Portugal siguió insistiendo en sus posturas durante todo el proceso y recibió, en ocasiones, respuestas de gran dureza[22].   En el verano de 1609 la corte de Felipe III había decidido ya la nueva política en Extremo Oriente. Sin duda la que creyó más adecuada para la nueva situación que se iba a generar con la tregua con los holandeses. En las cartas para el nuevo gobernador de Filipinas, Juan de Silva, se manda preservar la paz con Japón por razones religiosas, comerciales y estratégico- militares, como garantía contra un posible peligro chino. Pero es en lo referente al comercio en donde se percibe el cambio más significativo; se consideraba el comercio hispano-japonés como vital para la pervivencia de las islas españolas y se aconsejaba ir sustituyendo paulatinamente los navíos japoneses que venían a Manila por navíos hispanos por razones de seguridad[23]. De alguna manera, era otra de las decisiones en principio renovadoras de aquel denso año de decisiones de importancia para el futuro.   El retraso en la emisión de la nueva redacción del breve de Paulo V hizo que Pedro Matías solicitara el envío a Manila –con la flota a punto de salir de Jerónimo de Silva– de normas para la nueva situación generada, ya que Vuestra Majestad queda gozando de su derecho y patronazgo real en las Indias, concedido a su majestad y a sus progenitores de los sumos pontífices. El mismo Consejo de Estado juzgó conveniente, para evitar retrasos perjudiciales para Extremo Oriente, publicar el primer breve de Paulo V; del mismo parecer fue el confesor real fray Luis de Aliaga, quien precisaba que ese despacho provisional podía suponer un adelanto de año y medio en la aplicación de la nueva política hispana en Extremo Oriente[24]. Un mes después, el conde de Castro, nuevo embajador en Roma, recibió el nuevo breve de Paulo V y la corte pontificia justificó el retraso porque creía que ya se había concedido otro anteriormente con el mismo contenido. Durante este nuevo periodo de espera, el Consejo de Portugal llegó a proponer su más audaz solución de la cuestión: el paso de las Filipinas a la Corona de Portugal[25]. Pero la corte del Habsburgo español ya había decidido y en febrero de 1610 se despacharon las cartas para el virrey de México para que comunicase la concesión del nuevo breve al gobernador de Filipinas, el arzobispo de Manila  y los obispos de Nueva Cáceres y Nueva Segovia[26].   Pero es posible que aquella correspondencia de la corte hispana no pudiera ir acompañada por el texto del nuevo documento pontificio, porque éste no pudo salir de Roma hasta mayo. En Roma pedían el original del breve anterior para rehacer el nuevo, pues convenía que todo fuera expresado en un mismo documento. En mayo Juan Lezcano enviaba el breve a Madrid con tanta urgencia que no esperó a la carta del embajador que lo acompañase[27]. Un último retraso, aunque el más breve, de alguna manera ya tan inútil como el breve mismo en cuanto a sus repercusiones para las relaciones hispano-japonesas.     [1] A.G.I. Filipinas, legajo 84, ramo 6, número 150. Carta de fray Juan de Garrovillas al rey de 30 de junio de 1603. Ibid., legajo 74, ramo 3, número 83. Carta del arzobispo de Manila al rey de 6 de julio de 1603. Ibid., legajo 27, ramo 2, número 69. Carta de la ciudad de Manila al rey de 3 de julio de 1603. [2] Ibid., legajo 29, ramo 7, número 184. Carta de la Audiencia de Filipinas al rey de 12 de julio de 1604. Ibid., legajo 76, ramo 1, número 29. Carta del obispo de Nueva Segovia, Diego de Soria, al rey de 8 de julio de 1604. [3] A.G.I. Filipinas, legajo 60. Información hecha por la real Audiencia de Filipinas de 18 de mayo de 1604. Ibid., legajo 193, ramo 1, número 2. Información de las cosas tocantes a Japón ante el arzobispo de Manila de 1604. Ibidem, del año 1605. Ibid. legajo 84, ramo 7, número 169. Los prelados de las tres órdenes religiosas en Filipinas al rey, ¿1604? [4] A.G.I. Filipinas, legajo 20. Breve de Clemente VIII (copia) y nota del Consejo de Indias de 24 de marzo de 1604. Ibid., Indiferente General, legajo 748. Las diligencias que conviene…, de 10 de abril de 1604. [5] A.S.V. Estado, legajo 2637. Consulta del Consejo de Estado de 20 de mayo de 1604. Ibid., de 2 de noviembre de 1604. [6] A.G.I. Filipinas, legajo 4, ramo 1, número 4, anexo b. Consulta del Consejo de Portugal de 22 de noviembre de 1604. [7] Ibid., número 5. Consulta del Consejo de Portugal de 12 de mayo de 1605. Ibid., número 4, anexo e. Consulta del Consejo de Portugal de 14 de junio de 1605. Ibid., anexo c. Consulta del Consejo de Estado de 9 de julio de 1605. Ibid., anexo d. Consulta del Consejo de Indias de 12 de septiembre de 1605. A.G.I. Indiferente General, legajo 878. Papeles de junio a septiembre de 1605. [8] A.G.I. Filipinas, legajo 4, ramo 1, número 4, anexo f. Apontamentos… para dar al papa y al rey. [9] A.S.V. Estado, legajo 2637. Dos consultas del Consejo de Portugal de 31 de enero de 1606. [10] A.G.I. Filipinas, legajo 193, ramo 1, número 3. Información testifical extensa de 6 de mayo de 1605. Ibid., legajo 19, ramo 7, número 205. Carta de la Audiencia de Filipinas al rey de 30 de junio de 1605. Ibid., legajo 84, ramo 7, número 179. Carta de los franciscanos de Filipinas al rey de 23 de junio de 1605. Ibid., legajo 74, ramo 4, número 109. Carta de fray Miguel de Benavides, arzobispo de Manila, al rey de 8 de julio de 1605. Ibid., legajo 7, ramo 2, número 69. Carta del gobernador Acuña al rey de 8 de julio de 1605. [11] A.G.I. México, legajo 26. Carta del marqués de Montesclaros al rey de 21 de enero de 1606. A.G.I. Filipinas, legajo 1, ramo 2, número 101. Petición al rey desde México, de 20 de febrero de 1606. [12] Como el análisis global de H. Trevor Roper, El siglo del Barroco…, ver también el clásico El siglo del Quijote de Pierre Vilar. [13] En consulta del 31 de mayo de 1607, después de un memorial de Hernando de los Ríos Coronel que comentaremos luego. En A.G.V. Estado, legajo 2637, dicha consulta. [14] A.S.V. Estado, legajo 2637. Auditor de Rota Francisco peña al rey de 1 de junio de 1606. [15] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 29. El rey a Pedro de Acuña de 4 de noviembre de 1606. Ibid., folio 22. El rey a Acuña de la misma fecha. [16] A.S.V. Estado, legajo 2640. Copia de consulta del Consejo de Portugal de 7 de diciembre de 1606. A.G.I. Filipinas, legajo 4, ramo 1, número 6. Otra de 31 de diciembre del mismo año. A.G.I. Indiferente General, legajo 1427. Memorial de Hernando de los Ríos Coronel de 25 de enero de 1607. [17] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 40 vto. Decreto del rey para la Audiencia de Filipinas de 6 de febrero de 1607. [18] A.S.V. Estado, legajo 2637. Consulta del Consejo de Indias de 31 de mayo de 1607. Ibid. Secretarías Provinciales, legajo 1479, folio 308. Consulta del Consejo de Portugal de 31 de agosto de 1607. Ibid., folio 306, otra de la misma fecha. Ibid. Estado, legajo 2683. Consulta del Consejo de Estado de 20 de septiembre de 1607. Ibid., otra del Consejo de Estado de 20 de octubre de 1607, de la que procede el texto de la cita. Hay otra copia en el mismo A.S.V. Estado, legajo 435, folio 191. [19] La documentación reunida es muy abundante; del A.G.I. Filipinas, legajos 84 y 76 proceden muchas cartas de franciscanos, entre ellas una de Juan Pobre de enero de 1607.  Del  A.S.V. Estado, legajo 2637, opinión del cardenal de Toledo y del auditor de la Rota  Francisco Peña. Del A.G.I., Filipinas, legajo 79, de Andrés de Prada al papa y de Aliaga al rey. [20] A.G.I. Indiferente General, legajo 2988. Copia autorizada de la bula de Paulo V de 2 de junio de 1608. [21] A.S.V. Estado, legajo 989. Consulta del Consejo de Estado de 6 de septiembre de 1608. Ibid., legajo 992. El rey al embajador en Roma de 23 de octubre de 1608. [22] Las consultas del Consejo de Portugal de 14 de noviembre de 1608 y 30 de enero de 1609, en A.S.V. Secretarías Provinciales, legajo 1479, folios 305 y 351. Las de  8 de octubre y 9 de diciembre de 1609, y la de 15 de enero de 1610, en Ibid., legajo 2640.  En la consulta del 30 de enero de 1609, nota de la corte de gran dureza en el desacuerdo con el Consejo de Portugal. [23] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 97. El rey a Juan de Silva de 25 de julio de 1609. [24] A.S.V. Estado, legajo 1865. Consulta del Consejo de Estado de 6 de octubre de 1609. A.G.I. Filipinas, legajo 79, ramo 5, número 128. Fray Luis de Aliaga al rey de 14 de octubre de 1609. [25] A.S.V. Estado, legajo 991. El conde de Castro al rey de 17 de diciembre de 1609. Ibid., legajo 1640. Consulta del Consejo de Portugal de 8 de octubre de 1609. [26] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 114. Despacho del rey para el virrey de México de febrero de 1610. [27] A.S.V. Estado, legajo 994. El rey a Francisco de Castro de 21 de febrero de 1610. Ibid., legajo 993. El conde de Castro al rey de 3 de marzo de 1610. Ibid. legajo 994. Carta de Juan Lezcano al rey de 22 de mayo de 1610.              

Emilio Sola 6 febrero, 2012 6 febrero, 2012 breves pontificios, Consejo de Estado, Consejo de Indias, Consejo de Portugal, partido castellano mendicante, partido jesuítico portugués
14 Antonio de Sosa, y certificación final de Juan Gil

(En el fol.48v: “Son 51 hojas útiles”   (DECLARACIÓN AÑADIDA DE ANTONIO DE SOSA, cialis sale ESCRITA DE SU PROPIA MANO EL 22 DE OCTUBRE DE 1580).   Yo, viagra el doctor Antonio de Sosa, cautivo al presente en este Argel, doy fe y testimonio verdadero a todos los que leyeren o vieren esta cédula y relación firmada de mi nombre, cómo yo he visto y leído estos artículos arriba escritos que Miguel de Cervantes presentó al muy reverendo señor padre fray Juan Gil, redentor de los cautivos por su majestad.   Y pues por causa de mi continuo y estrecho encerramiento –en que mi patrón me tiene con cadenas–, no he podido dar testimonio y deposición sobre cada uno de ellos, diré aquí lo que en mi conciencia entiendo y sé de ellos, de esta manera:   1. Y cuanto al primer artículo, yo no soy deudo ni pariente del dicho Miguel de Cervantes.   Y cuanto a lo demás contenido en este artículo, es verdad que todo el tiempo que ha que estoy cautivo en este Argel, que son tres años y ocho meses, lo conozco y he comunicado y tratado muy a menudo y familiarmente.   2. Cuando al dos artículo, sé que es verdad lo contenido en él porque es notorio y lo entendí de muchas personas que con el mismo Miguel de Cervantres cautivaron juntamente.   3. Cuando al tercer artículo, sé que es verdad lo contenido en él porque le he visto siempre ser tratado y reputado de todos por tal, y en sus obras y costumbres no he visto o notado cosa en contrario alguna, antes he visto muchos en que mostraba ser tal como en este artículo se dice.   4. Cuanto al cuatro artículo, sé que es verdad lo contenido en él porque, (a)demás de se me quejar el dicho Miguel de Cervantes muchas veces de que su patrón le hubiese tenido en tan grande opinión que pensaba ser de los más principales caballeros de España, –y que por eso lo maltrataba con más trabajos y cadenas y encerramiento–, lo mismo también he oído muchas veces decir y a muchos que lo sabían y habían visto con sus ojos.   Y de la misma manera sé lo demás contenido en el dicho artículo, y de cómo procuró dar libertad de aquella manera a los dichos cristianos, porque era cuando yo cautivé muy notorio y lo oí decir a personas que no dirían sino verdad.   5. Cuanto al cinco artículo, digo que todo lo contenido en el dicho artículo pasa ni más ni menos en la verdad como en él se dice.   Porque yo fui uno de los con que el dicho Miguel de Cervantes comunicó muchas veces y en mucho secreto el dicho negocio.   Y que para el mismo negocio fui muchas veces de él convidado y exhortado, y no se hizo cosa en el tal negocio que particularmente no se me diese de ello parte.   Y cierto que se debe mucho al dicho Miguel de Cervantes, porque lo trató con mucha prudencia, cristiandad y diligencia, y merece se le haga toda merced.   6. Cuanto al seis artículo, sé que es verdad lo contenido en él, y de la manera que en él dice.   Porque, como tengo dicho de antes en el otro artículo, el dicho Miguel de Cervantes cuando enviaba a la cueva los cristianos, me avisaba luego de todo y daba parte de su cuidado y diligencias que hacía, y cómo los proveía y enviaba ver y proveer y visitar,   importunándome muchas veces que yo también me encerrase con los demás en la dicha cueva.   Y el día que se fue a encerrar en ella, se vino (a) despedir de mí.   Y es muy gran verdad que se puso a manifiesto peligro de una muy cruel muerte, cual estos turcos suelen dar a los que hallan en semejantes tratos y negocios.   7. Cuanto al siete artículo, es verdad lo contenido en él.   Porque, (a)demás de ser muy notorio, yo mismo hablé después y lo supe de marineros que con la misma fragata vinieron, que cautivaron después.   Y me contaron por extenso cómo vinieron dos veces, y la causa de su temor, y cómo por poco no se efectuó una cosa de tanta honra y servicio de Dios.   8. Cuanto al ocho artículo, sé que es verdad lo contenido en él porque fue cosa muy notoria y pública por todo Argel.   Y el mismo día y hora que el dicho Dorador hizo tan grande maldad, pensando él que yo también esperaba por aquella fragata para ir en ella, se vino a casa de mi patrón, y a mi aposento, y comenzó con fingidas y coloradas palabras a excusarse no le pusiesen la culpa de aquella traición.   Y sé que, así como él prometió a otros hacerse moro, se hizo después y vivió moro tres años.   Hasta que murió en el mismo día que descubrió este negocio al rey Hasán, que fue el día de San Jerónimo, postrero de septiembre.   Y sé también que es verdad que el dicho rey envió los turcos armados y moros a pie y a caballo a prender al dicho Miguel de Cervantes y sus compañeros, como en el dicho artículo se dice, porque fue cosa muy pública y muy notoria en este Argel.   9. Cuanto al nueve artículo, sé que es verdad lo contenido en él porque lo he oído decir a los que se hallaron allí presentes entonces y estaban escondidos en la dicha cueva, y vinieron con el dicho Miguel de Cervantes presos.   Y, así, se vio por experiencia que a sólo Miguel de Cervantes maniataron los turcos por mandado del rey, y sólo él se cargaba toda la culpa.   Y sin duda él escapó de una buena, porque pensamos todos le mandase matar el rey.   10.   Cuanto al diez artículo, sé que fue así como en él se dice todo verdad, porque fue cosa notoria y pública en Argel y lo he oído con (roto) y decir algunas veces a quien lo sabía.   Y particularmente sé que de esta manera fue libre de grandísimo peligro de la vida el reverendo padre fray George Olivar, comendador de la Merced de la ciudad de Valencia.   El cual –aquella misma mañana– me envió a mí luego avisar del temor en que estaba, y que le guardase una casulla, piedra de ara y un retablo, y corporales y otras cosas sagradas, que temía los turcos que el rey enviase a su casa a prenderle no le tomasen y profanasen.   11. Cuanto a once artículo, todo lo contenido en él es verdad, porque así fue fama pública y lo oí decir a muchas personas que me lo vinieron (a) decir y contar a mi aposento y cadenas.   12. Cuanto al doce artículo, lo contenido en él es verdad porque también –como lo arriba dicho— fue muy público y notorio, y lo supe luego de personas que lo sabían y vieron empalar al dicho moro.   13. Cuanto al trece artículo, sé que todo y cada cosa contenido en el dicho artículo es verdad.   Porque el dicho Miguel de Cervantes comunicó muchas veces el negocio conmigo, dándome relación de lo que hacía y ordenaba.   Y cómo, después, lo tenía ordenado y a punto.   Y me convidó a ser uno de los que en dicha fragata habían de ir.   Y, así, no se trató cosa sobre este negocio  que él y los dichos mercaderes no tratasen y comunicasen conmigo, y tomasen mi parecer y consejo sobre ello.   14. Cuanto al catorce artículo, sé de cierto que todo lo contenido en él pasa en la verdad.   Porque –como tengo dicho— yo fui uno de los que el dicho Miguel de Cervantes avisó, y que estaba ya aparejado para con él ir en la dicha fragata, y con otros muchos caballeros, sacerdotes y letrados, y criados de su majestad, y casi toda la flor de los cristianos que entonces había en Argel.   Y vuelvo a decir que se debe muy mucho al valor del dicho Cervantes.   15. Cuanto al quince artículo, es verdad lo contenido en él.   Porque fue cosa muy notoria y manifiesta que lo descubrieron al dicho rey Hasán.   Y se murmuró por todo Argel, y entre todos los cristianos se afirmaba que Juan Blanco de Paz lo había dicho a Cayruan, renegado del rey, y que después él en persona lo ratificara y confirmara delante del rey, por lo cual el dicho Juan Blanco de Paz era muy odiado y malquisto de todos.   Y hubo cristianos que me dijeron que estaban para le dar puñaladas por haber hecho tal cosa.   A los cuales yo rogué y persuadí se dejasen de tales pensamientos y de hacer a un sacerdote cosa tan horrenda como matarle y darle puñaladas.   Y, en efecto, el dicho Juan Blanco tenía por enemigos a todos los que entraban en este negocio y eran de él participantes, no los hablando y huyendo de ellos.   Y particularmente entendí que tenía más enemistad con los dichos mercaderes que dieron el dinero para comprar y aparejar la fragata, como de la boca de los mismos mercaderes lo oí y entendí muchas veces.   Y también lo tenía particular con el dicho Cervantes, a quien luego quitó la habla y conversación. Y Miguel de Cervantes también a él.   Y tenía gran temor el dicho Miguel de Cervantes, y con razón, que le viniese de aquello algún gran mal y pérdida de la vida.   16. Cuanto al diez y seis, es verdad lo contenido en el dicho artículo.   Porque el dicho (O)nofre (E)xarque me comunicó esta su intención de enviar al dicho Miguel de Cervantes a España, y me pareció que acertaba en ello, aunque el dicho Miguel de Cervantes no lo quiso aceptar.   Y de lo demás contenido en este capítulo fue también entonces pública fama y voz, como de cosa notoria.   17. Cuanto al diez y siete artículo, sé ser verdad lo contenido en él porque así fue público y notorio.   Y lo entendí de personas que tenían a cargo saber lo que pasaba con el rey el dicho Miguel de Cervantes, por respecto del temor con que estaban muy muchos cristianos no fuesen  ellos descubiertos y el rey los mandase matar o tomar por esclavos.   Y, así, fue cosa muy manifiesta cómo se defendió el dicho Miguel de Cervantes y cómo el rey no pudo saber de él cómo pasaba aquel negocio.   Y cómo el rey le mandó meter en cadenas en la cárcel y le tuvo allí muchos meses.   Y, cierto, le llevara a Constantinopla y nunca tuviera libertad si el muy reverendo señor padre fray Juan Gil, redentor de los cautivos de la orden de la Santísima Trinidad, el día mismo que el mismo rey Hasán se partía para Constantinopla, que fue a los 19 de septiembre, no le rescatara en 500 escudos de oro.   18. Cuanto al diez y ocho artículo, es verdad lo contenido en el dicho artículo porque lo he así oído decir a muchos, que se confesaba y comulgaba y oía sus misas, y hacía bien a cristianos y exhorataba los pusilánimes y flacos y tibios.   Y en la conversación estrecha que con el dicho Miguel de Cervantes he tenido todos estos tres años y ocho meses, siempre noté en él costumbres y señales de muy buen cristiano.   Y sé que se ocupaba muchas veces en componer versos en alabanza de Nuestro Señor y su Bendita Madre, y del Santísimo Sacramento, y otras cosas santas y devotas.   Algunas de las cuales comunicó particularmente conmigo y me las envió que las viese.   19. Cuanto al diez y nueve artículo, es verdad todo lo contenido en él, y de la manera que en él se dice. Porque parte lo he visto con mis ojos y parte de los mismos principales cristianos y de los redentores lo he oído, que le trataban y tenían por amigo y tenían en su ca(sa: roto) algunos de ellos y ponían a su tabla.   20. Cuanto al veinte artículo, es verdad lo contenido en él.   Y en tres años y ocho meses que ha que converso al dicho Miguel de Cervantes, no he notado o visto en él ni vicio ni cosa de escándalo.   Y si tal no fuera, yo tampoco no le tratara ni comunicara, siendo cosa muy notoria que es de mi condición y trato no conversar sino con hombres y personas de virtud y bondad.   21. Cuanto al veintiuno artículo, lo contenido en él he oído decir y afirmar a algunas personas dignas de fe y tengo para mí ser verdad así como en él se dice.   22. Cuanto al veintidós artículo, sé que es verdad que el dicho Juan Blanco de Paz, este mes de julio pasado y el de agosto, se hacía y publicaba en este Argel por comisario del Santo Oficio.   Y como tal requirió al muy reverendo padre fray Juan Gil, del orden de la Santísima Trinidad, redentor de los cautivos, y a su compañero el padre fray Antonio de la Villa, y a los padres teatinos de Portugal –que entonces aquí se hallaban redimiendo cautivos–, que le diesen obediencia y reconociesen por tal.   Y les hizo a todos hacer de eso sus actos firmados de todos.   Y también a mi me requirió –día del apóstol Santiago, estando yo en mi aposento, donde entró con licencia de mi patrón— que le diese también la misma obediencia.   Y demandándole yo me mostrase con qué poderes era el comisario del Santo Oficio, me dijo que no los tenía aquí.   Y yo le repliqué que pues no los mostraba –ni me constaba por otra vía legítima que él fuese comisario del Santo Oficio–, se fuese en buena hora y no me tratase de eso.   Antes, le requerí –de parte de Dios y de su majestad y del Santo Oficio–, que mirase lo que hacía y cómo usaba de poderes de comisario del Santo Oficio tomando informaciones y dando juramentos, porque podían suceder grandes escándalos.   Y que aguardase primero qué orden le darían para ello los señores del Santo Oficio.   Y lo mismo sé que le requirió después el señor padre fray Juan Gil, redentor de España, y que le mostrase los poderes que tenía.   Y él no los mostró, y dijo no los tener.   Y, con todo, he sabido después que el dicho Juan Blanco, usando todavía de oficio de comisario del Santo Oficio, había tomado muchas informaciones contra muchas personas, y particularmente contra los que tenía por enemigos, y como contra el dicho Miguel de Cervantes, con el que tenía enemistad.   23. Cuanto al artículo veintitrés, es verdad lo contenido en él.   Y lo sé porque así lo entendí de muchos cristianos. Los cuales de esto estaban y están muy escandalizados del dicho Juan Blanco. Y oí decir a algunos que decía el dicho Juan Blanco que tomaba aquellas informaciones y contra aquellas personas –como era el dicho Miguel de Cervantes–, porque los tenía por enemigos.   Y porque si ellos en España dijesen de él algo, sus testimonios y dichos no fuesen valiosos ni creídos.   24. Cuanto al artículo veinticuatro, digo lo mismo que en el artículo veintitrés, y que así lo he oído decir y platicar a muchos en este Argel, como y de la manera que en el dicho artículo veinticuatro se dice y se contiene.   25. Cuanto al artículo veinticinco, por estar de continuo encerra(do: roto) en esta casa oscura y cargado de cadenas, no sé lo (roto: con)tenido en este capítulo o artículo, más de que lo he así oído decir a algunos cristianos.   La cual relación y deposición mía en la forma y manera que arriba tengo dicha pasa en la verdad, y como tal lo afirmo y juro y quiero se dé fe y verdadero crédito, y por tal lo firmo de mi mano en Argel a 22 de octubre 1580.   Pedro de Ribera, notario apostólico (rúbrica). El doctor Sosa (rúbrica).     (FRAY JUAN GIL CERTIFICA EL TESTIMONIO DEL DOCTOR SOSA).   Digo yo, fray Juan Gil, de la orden de la Santísima Trinidad y redentor de cautivos por su majestad en este Argel, que yo conozco al doctor Antonio de Sosa, al presente cautivo en este Argel, porque familiarmente le trato y converso todo el tiempo que ha que estoy en Argel.   Y sé que es de tanta honra y tal cualidad que en todo lo arriba dicho no diría sino la pura verdad, como quien es.   Y esta escritura es de su propia mano.   Y esta firma arriba puesta es la suya propia.   En testimonio de lo cual firmé aquí de mi mano, hoy 22 de octubre 1580, en Argel.   Fray Juan Gil, redentor de cautivos (rúbrica).                                                           (Página final, el fol.52r). FIN.

Emilio Sola 12 febrero, 2012 12 febrero, 2012 Antonio de Sosa, ARGEL, Blanco de Paz, Cervantes, información, Juan Gil
Portada del libro en la edic. de 1999

Esta es la portada de la edición del libro de Fugaz ediciones, Alcalá, 1999. http://www.archivodelafrontera.com/wp-content/uploads/2012/02/Hist-desenc-JAPON.jpg     Como despedida, un dibujo de despedida.

Emilio Sola 15 febrero, 2012 11 septiembre, 2021 portada libro
APÉNDICE DOCUMENTAL, doc. 1: carta de Ahmed el Ghazzel

Descripción / Resumen Documento 1 A.H.N.M./ S.E. / L.3565. Meknés 6  Chawel de 1181 (1767), medical 1 fol. Carta  de Ahmed  el  Ghazzel al marqués  de  Grimaldi, relativa a las modalidades de canje entre los esclavos españoles y los esclavos argelinos (carta redactada en árabe).  

Emilio Sola 27 febrero, 2012 28 febrero, 2012 canje de esclavos, carta diplomática, manuscrito en árabe
Perceval o el cuento del grial: un jinete y su caballo, nadadores

Descripción / Resumen: CHRÉTIEN DE TROYES: PERCEVAL O EL CUENTO DEL GRIAL. Edición y traducción de Martín de Riquer. Madrid, 1961 (7ª edic., 1999), Espasa Calpe. Uno de los padres indiscutibles de la literatura caballeresca medieval, de gran influencia posterior que culminaría en el Quijote, es Chrétien de Troyes, de la segunda mitad del siglo XII. Sus narraciones, “roman” o novela, están escritas en versos pareados de ocho sílabas, a la manera culta francesa del momento, y ponen de moda en Francia con más fuerza el legendario mundo del rey Artús de Bretaña y los caballeros de la Tabla Redonda. Chrétien de Troyes conoce bien la cultura clásica, como traductor de Ovidio, así como la Historia regum Brittanniae de Godofredo de Monmouth; de esa síntesis cultural y literaria nace la novela de caballería que iba a tener un gran éxito en todala Europa cristiana hasta bien entrado el Renacimiento y el Barroco.   CHRÉTIEN DE TROYES: PERCEVAL O EL CUENTO DEL GRIAL 

Emilio Sola 20 julio, 2012 26 agosto, 2016 leyenda del grial, nadadores, novela de caballería, Perceval
PROGRAMA MEXICO-500

INTERESANTE Y ABRUMADOR PROGRAMA DE LA UNAM PARA EL MEXICO-500 Archivos Adjuntos Dossier_Mexico500_V6 (8 MB)

Emilio Sola 28 abril, 2021 28 abril, 2021 celebración, centenario, México, México500
Corsarios o reyes 4-3: Mercados de esclavos modernos

4.3.- Compra-venta de esclavos andaluces en la propia Andalucía en los años dramáticos de la guerra de las Alpujarras, con la historia entrevista del clérigo Diego Marín, tratante de esclavos.      Bienes abandonados, casas y rebaños, a veces no desdeñable el conjunto, era algo muy significativo para la época. Cuando la situación llegó a la violencia total, otros documentos impresionan no menos. Únicamente como muestra se puede reseñar el caso de Almería, bien estudiado por Nicolás Cabrillana, extrapolable al resto de Andalucía y hasta a todo el Levante valenciano. “A lo largo del siglo XVI el número de esclavos en Almería aumenta lenta pero continuamente gracias a las relaciones comerciales con el norte de África, sobre todo Orán y Argel, así como por los llegados a través de la trata portuguesa; estos esclavos recién llegados irán engrosando el contingente de los que llevaban ya varias generaciones en España” (9). La guerra de las Alpujarras, después de 1568, hará aumentar de manera considerable el número de estos esclavos andaluces.   Como aproximación a aquella realidad, he aquí otra brevísima cata de reseñas de documentos notariales de Almería, Vélez Blanco y Vera de los años 1569 a 1571:        Almería, 21 de febrero 1569. “Luis Gallego vende a Antolín de Montemayor, vecino de la ciudad de Murcia, una esclava suya que se llama Luisa, de edad de seis años, que él compró a Hernando de Truxillo…, el cual la tomó de buena guerra; la vende por 15 ducados; también le vende una mula parda en 13 ducados; de los 28 ducados se da por entregado y contento”.        Almería, 14 de marzo 1569. “Antón Pérez y Pedro García, vecinos de Almazarrón, venden a Tomás López, vecino de la ciudad de Almería, una esclava que se llama Beatriz, mujer de Andrés Pérez…, con dos muchachas hijas suyas; una se llama María, de 12 años de edad, y otra llamada Leonor, de 13 años; las cuales le cupieron de repartimiento `en lo de Félix'; las venden por 32 ducados en reales”.        Almería, 23 de marzo 1569. “Luis Gómez, vecino de la ciudad de Almería, vende a Cristóbal Velázquez, vecino de Guadix, una esclava llamada Isabel, de 12 o 13 años de edad, habida de buena guerra en el lugar de Dalías en una cabalgada que él y otros compañeros suyos hicieron; la vende por 20 ducados en reales, `atento que Pedro Coxayan, su padre, pretende… la dicha su hija y que no ha de ser esclava por ciertas causas que se alega, porque con esta condición traté con vos la venta de la dicha esclava”.        Almería, 24 de marzo 1569. “Alonso de Olivencia, vecino de la ciudad de Almería, otorga carta de libertad a una esclava, que le fue adjudicada en la cabalgada de Inox, que se llama Leonor, mujer de Alonso Coyx, vecina de Tabernas, hija de Diego Gonzalo Morales, vecino de Olula; su esclava tiene una hija llamada María, de 7 años…, poco más o menos, y teniéndolas en su poder en su casa la dicha Leonor parió un hijo que ha de haber doce días, poco más o menos, el cual se le puso por nombre Alonso'; el rescate de los tres ha sido concertado en 100 ducados con Diego González Morales, padre y abuelo de los esclavos; `al dicho Alonso Coyx, niño, de causa que de haber nacido en su casa le da libertad sin intereses ninguno’. Ahora recibe 50 ducados y los otros 50 se los pagará en plazos convenidos Diego González Morales, obligándose a ello ante escribano público”.        Almería, 31 de marzo 1569. “El doctor Molina, médico, vecino de la ciudad de Almería, le otorga carta de libertad a un esclavo suyo, que le cupo en el repartimiento de Ynox, llamado Luis, hijo de Pedro el Redicaní, vecino de Alquian; le concede la libertad a instancia de Diego Verlave (?) Redicaní, tío de Luis, el cual le ha pagado 40 ducados por el rescate”.        Almería, 15 de abril 1569. “Leonor, de color moreno, viuda de Esteban López, vecina de Tabernas, se obliga a pagar a Martín Gutiérrez de Santa Cruz, vecino de la ciudad de Almería, 19 ducados de la moneda que se usa, que reconoce que le prestó para ayudarla a pagar el rescate de María, su nieta, hija de Diego Mahene, vecina de Tabernas, que tendrá 9 años poco más o menos. Los 19 ducados se los pagará el día de San Juan de junio de 1569; hasta ese día María quedará depositada en casa de Martín Gutiérrez de Santa Cruz”.        Almería, 17 de abril 1569. “Gaspar de Belmonte, `de color moreno’, vecino de Almería, otorga poder a Gerónimo de Morata, procurador del número de la misma, especialmente para que comparezca ante la Justicia de la ciudad, y denuncie que le han raptado a su mujer, y pueda llevar a cabo todas las diligencias hasta conseguir su libertad”        Almería, 30 de abril 1569. “Jorge de Castillejo…, vecino de Almería, vende para ahora y para siempre jamás a Pantaleón de Castelao, genovés, para él y para sus herederos, un esclavo llamado Andrés, de 6 años de edad, poco más o menos, que su padre consiguió de buena guerra en la cabalgada de Ohanes; se lo vende por 20 ducados en reales”.        Almería, 30 de abril 1569. “Alonso de Gas, clérigo presbítero, capellán de Galera, vecino de… Villalbilla, jurisdicción de Alcalá de Henares, se obliga a pagar a Gaspar Franco, vecino de… Valencia, o a quien su poder hubiere, 18 ducados en reales, que reconoce deberle porque se los prestó para comprar un esclavo llamado Bernardino; se los pagará en plazos convenidos”.        Almería, 17 de junio 1569. “Del testamento de doña Leonor de Abiz, mujer de Gabriel de Gibaje, regidor de Almería -Item mando y es mi voluntad y digo que, por cuanto yo tengo en mi servicio y por mi esclava a Juana, `de color negro’, que me la dio mi padre Luis Abiz, por los buenos servicios que me ha hecho, mando y es mi voluntad que para después de mis días la dicha Juana, mi esclava, sea persona libre y no sujeta a ninguna servidumbre… Item…, tengo por mi esclava a Catalina, `de color membrillo cocho’, que tendrá 15 años, que por buenos servicios que me ha hecho, en agradecimiento dellos…, después de yo fallecida sirva a mis hijos doce años; cumplidos, quede libre y no sujeta a ninguna servidumbre, según la propia forma y manera que la dicha Juana”.        Almería, 6 de septiembre 1569. “Francisco de Paredes, racionero de la santa iglesia catedral de Almería, vende a Juan de Pastrana, vecino de Orán, una esclava llamada Elena, de 24 años de edad, poco más o menos, comprada a un portugués; la vende por 40 ducados en reales, pagando el quinto a su majestad”.        En algunas series documentales se vislumbran verdaderos tratantes de esclavos, como un tal Francisco de las Parras:        Almería, 29 de julio 1569. “Martín del Castillo, vecino de Almería, vende a Francisco de las Parras, vecino de la misma ciudad, una esclava que se llama María Navarrete, de 15 años de edad, poco más o menos, y les cupo a él y a sus hijos de repartimiento de la cabalgada de Ynox; la vende por 55 ducados, pagado el quinto a su majestad”.        Almería, 1 de agosto 1569. “Pedro Ortiz de Careaga, vecino de Almería, de 9 o 10 años de edad, apreciado en 30 ducados; además le entrega 15 ducados en dineros, en lugar de los 45 ducados en que concertaron la cesión de derechos a cuatro esclavos, por los que andaban en pleitos contra Francisco de las Parras”.        Almería, 6 de agosto 1569. “Francisco de las Parras… vende a Jorge de Castillejo… un esclavo llamado Ginés, de 15 años de edad, poco más o menos, ` con todas sus tachas buenas o malas’, habido de buena guerra, por precio de 60 ducados en reales”.        Almería, 23 de agosto 1569. “Francisco de las Parras… `pone en soldada’ con Andrés Valdivieso, clérigo beneficiado de Santiago, de la ciudad de Almería, a dos esclavos suyos, llamados Francisco de Bascunes y Luis…, por el tiempo y espacio de un año, que empezará a contar el 22 de agosto; los esclavos han de servir al dicho Valdivieso en todo lo que les mandara, fuera y dentro de su casa, según su voluntad. Por ello pagará a Francisco de las Parras 8 ducados; la mitad de aquí a seis meses y la otra mitad a fin de año, o sea el 22 de agosto de 1570; ha de darles comida y cama. Francisco de las Parras se obliga a no quitárselos  durante el año convenido por más ni menos, bajo pena de proporcionarle otros dos esclavos tan buenos como éstos”.        O el caso del canónigo Luis de Zamora, a través de dos muestras documentales, buen hermano pero tal vez no tan buen amo:        Almería, 21 de febrero 1569. “Del codicilo del canónigo Luis de Zamora, -mando que Juan, mi esclavo, se dé a la dicha Ana de Zamora, mi hermana, para que ella disponga de él y haga a su voluntad como de cosa suya propia, por el mucho servicio que me ha hecho y por descargo de mi conciencia”.        Almería, 3 de octubre 1569. “Del testamento del canónigo Luis de Zamora, `Item, digo que un esclavo que tengo, que se dice Juan, mozo de 18 años poco más o menos, que por haberlo criado y bautizado en mi casa, que dando 80 ducados sea libre, los cuales pague dentro de tres años, dando seguridad a contentamiento de los dichos señores deán y cabildo. Iten digo que una esclava que tengo, que se dice María, mando a la dicha mi hermana para que la sirva todos los días de su vida y que ella pueda hacer de ella a su voluntad, o venderla o ahorrarla o darle libertad, como a la dicha mi hermana le parezca”.        Es difícil seleccionar, pero destaca la frecuencia de eclesiásticos, hasta trinitarios, como el siguiente caso:        Almería, 18 de enero, 1571. “Fray Antonio de Segura, fraile del convento de la Santísima Trinidad, extramuros de la ciudad de Almería, otorga poder a Francisco de Aguilar… para que en su nombre pueda vender un esclavo `mío o del dicho convento’, que se llama Ginés, barbero, de 40 años de edad, `que hube por compra en cierta almoneda’… Podrá venderlo o cambiarlo por otra cosa”.        También puede darse el caso de genoveses de compra de galeotes para sus galeras:        Vera, 7 de octubre 1569. “Juan de la Rueda, vecino de… Orán, vende a Lorenzo Petito, genovés, un morisco de los levantados en el reino de Granada, llamado Alonso Benzayre, vecino de la villa de Portilla, de color blanco, que será de edad de 30 años… para las galeras del señor George Grimaldo, genovés; lo vende por 32 ducados de oro”.        Vera, 5 de abril 1570. “Francisco de Navarrete, vecino de Vera, vende a Lorenzo Petito, genovés, habitante de la misma ciudad, un moro que se llama Alonso de Málaga, de edad de 30 años, `el cual os vendo para el servicio de las galeras’ por 30 ducados, cada ducado de once reales”.        En ocasiones, en concreto en Vélez Blanco, se alaba la salud moral o física de los esclavos contratados o se adivina alguna historia de inquietud maternal:        Vélez Blanco, 24 de marzo 1569. “Luisa Hernández, viuda de Domingo de Leiva, vecina de la villa de Vélez Rubio, vende a Luis de los Cobos, vecino de la villa de Caniles, jurisdicción de la ciudad de Baza, una esclava llamada María de Cazala, de edad de 14 años, que ganó un hijo suyo llamado Luis Hernández del despojo… de la Alpujarra y Taha de Marchena; la esclava la tenía en su casa y servicio y puede venderla porque su hijo es mozo por casar y está bajo su `mandato’. La vende por 80 ducados en oro”.        Vélez Blanco, 23 de noviembre 2569. “Antón Cano… vende a Melchor de Regebel, vecino de la villa de Carpio, una esclava blanca `parida’, llamada Leonor de Avila, con una niña de poco más de dos meses que se llama Isabel… `por sanas de endemoniadas y gota coral y buvas y otro ningún mal contagioso'; por precio de 45 ducados”.        Vélez Blanco, 27 de enero 1571. “Alonso Palomar, regidor y vecino de… Vélez Blanco, entrega a Alonso Gutiel de Tudela, vecino de… Lorca, un esclavo de color negro, de 18 años de edad, llamado Francisco; y recibe, a cambio, una esclava morisca de 13 años de edad, llamada Cecilia, natural de Felix, habida de buena guerra, más 35 ducados. Ambos están de acuerdo en el trueque de esclavos y dinero, pues los esclavos están sanos de gota coral, de mal de fuera, de mal contagioso, y no son borrachos, ni fugitivos ni ladrones”.        Para terminar –y cuesta apartarse de tan dramáticas biografías intuidas a través de esta sobria documentación–, unas palabras sobre Diego Marín, “clérigo beneficiado de Bedar y Serena, morador en la villa de Vélez Blanco”, con una abundante presencia en esta documentación notarial en un breve pero continuado periodo de tiempo:   “Vera, 12 marzo 1569. Pedro de Morales, vecino de la ciudad de Vera, vende a Diego Marín, beneficiado y cura de los lugares de Bedar y Serena, una esclava blanca llamada Leonor, de 20 años de edad, poco más o menos, natural del lugar del Bentaric (sic), `lugar alzado en deservicio de su majestad’, habida de buena guerra; por precio de 50 ducados”.        El mismo día, “Diego Marín…, como principal deudor, y Luis Maldonado, vecino de Bedar como su fiador, se comprometen de mancomún a pagar a Pedro de Morales… 52 ducados y un cahiz de trigo que le deben por razón de una esclava blanca llamada Leonor, que será de edad de 20 años, que le compró el clérigo Marín”. Cinco días después, “Diego Marín… da poder a Nicolás Pérez, clérigo, y Juan Sánchez, para que solicite del… señor obispo de Almería, don Antonio Carroinero (sic), administrador general de las iglesias del obispado, que les autorice el traspaso del arrendamiento de las haciendas y bienes habices de los lugares de Bedar y Serena, que tuvo Alonso Ximénez, sacristán de dichas iglesias”. Algo después, en abril de 1569, en Vera, “Francisco Ximénez, hijo de Alonso Ximénez… se retracta de lo que dijo contra Diego Marín… y contra su sobrina Mari Pérez, acusándolos de haber tenido trato carnal, del que Mari Pérez había parido; por el contrario, tiene a los dos `por hijosdalgo y buenos cristianos’”. El 8 de abril, en Vera, “Diego Marín… traspasa y vende a Cristóbal Gutiérrez, mercader de seda, vecino de la ciudad de Jaén, una esclava de color blanco llamada Isabel, vecina de Gérgal, de edad de 20 años poco más o menos, que es de los levantados en este reino de Granadea, por precio de 50 ducados, de once reales cada ducado”. Una semana después, “Critóbal Gutiérrez… otorga poder a Martín García, mercader, y a Rofrigo Llerena, procurador, vecinos de Vera, especialmente para que requieran a Diego Marín… y Mari Gómez, vecina de Vera, que le habían puesto pleito y embargo en la villa de las Cuevas a dos esclavas que le vendieron”. Este mercader de seda había comprado, en total, tres esclavas de 20 años, María de Dalías, Isabel de Gérgal y María de Marchena, en 50 ducados, salvo la última en 60; y esta última, el 6 de mayo en Vera, la vendió en 100 ducados a Pedro Tiruel, el Daí, y Alonso Albejarí, vecinos de la villa de Portilla, sin duda parientes de la muchacha; era la que le había comprado a la viuda Mari Gómez y por la que había pleiteado. Todavía a mediados de abril de 1569, Diego Marín concedía carta de libertad a cuatro esclavas. A saber, “Beatriz García, mujer de Luis Villaquinta…, de Camarín, en la Taha de Andarax, de las Alpujarras; esclava que él compró a Codes, maestro de esgrima, vecino de… Murcia. Por su rescate ella ha pagado 18.700 maravedís”; “Luisa, mujer de Fernando Hezi, vecino de… Abla, jurisdicción de Fiñana, de edad de 50 años poco más o menos, que él compró a unos vecinos de Lubrin; por su rescate le ha pagado la dicha cautiva 13.375 maravedís”; “María, mujer de García Alfaraz, vecina de la villa de Ragol, en la Taha de Marchena, de 50 años de edad. Esta cautiva fue comprada a Diego Algariz y Alonso Aldaray, vecinos de la villa de Lubrin. Por su libertad ella le ha pagado 7.500 maravedís”. Finalmente, “Catalina, hija de García Alfaraz, vecina del lugar de Ragol…, que compró a Diego Algariz y Alonso Aldaray… Por su rescate le ha pagado 14.000 maravedís”.        En julio del año siguiente, 1570, en Vera, “Diego Marín… se obliga a pagar a Juan Ortiz, procurador vecino de (Vera), 664 reales de la moneda usual en Castilla que reconoce deberle como resto de 990 reales que se obligó de pagar por Diego el Caziz, vecino de la villa de Lubrin”. Y a finales de octubre de dicho año sigue en negocio de esclavos: “Hernando de Guzmán, vecino de… Vera, otorga poder a Diego Marín… para que en su nombre pueda pedir, haber y recibir una esclava llamada María Zinoelquizi, mujer de Bernardino Mo…, vecina de Abla, de 33 o 34 años, que se fue de la ciudad de Vera, estando ya en su casa y poder, hará unos cuatro meses; y un esclavo que también se fue y ausentó, hará diez meses, que se llama Alvaro Torres, natural del lugar de Zurgena, mozo de edad de 20 años”. Menos de cuatromeses después compra un niño y otra esclava; el 13 de enero de 1571 “Antón Sánchez, vecino de… Vera, vende a Diego Marín… un esclavo muchacho, llamado Luis, natural de… Bedar, de 6 años de edad, hijo de Hernando Azus; por precio de 10 ducados en reales”; tres días después, “Pedro de Ayora, el viejo, vecino de… Vera, vende y traspasa a Diego Marín… una esclava morisca llamada María, mujer de Bartolmé Ataniz, vecina de… Lubrin, de 40 años de edad poco más o menos, por el precio de 30 ducados de once reales cada ducado”. El mismo día, él y otro cura pedían unir sus beneficios: “Diego de Salcedo, clérigo, beneficiado de la iglesia de Vera, y Diego Marín, clérigo, beneficiado de los lugares de Bedar y Serena, acuerdan solicitar a su magestad conceda al señor obispo de Almería licencia para poder unir ambos beneficios, pues así conviene por causas justas y honestas”.        Finalmente, parece que Diego Marín quiso vender sus esclavos, o una parte importante de ellos:        Vélez Blanco, 8 de septiembre de 1571. “Diego Marín…, morador de la villa de Vélez Blanco, otorga poder a Alonso Palomar, regidor y vecino de la misma, especialmente para que por él y en su nombre pueda vender, trocar y cambiar todos los esclavos y esclavas blancos que él tiene…, habidos de buena guerra, `en la que su majestad mandó hacer contra los moros rebelados del reino de Granada”.        Vélez Blanco, 4 de octubre de 1571.  “Alonso Palomar… vende a Gerónimo Rodríguez, vecino de la ciudad de Toledo, habitante de Valencia, dos esclavos blancos, uno llamado Juan Garnatexí, de 22 años de edad, poco más o menos, y otro llamado Bordun, de edad de 24 años; mas una esclava que se llama Catalina, de 30 años de edad, con un niño hijo suyo de 4 años; todos habidos de buena guerra; vendidos por sujetos y cautivos, adjudicados por la justicia a Diego Marín, clérigo…, `el cual Diego Marín me lo dio para que yo dispusiera de ellos como cosa mía propia'; los vende por 1.250 reales.        Interesante figura la de este clérigo Diego Marín, poco después activo agente de Felipe II en Marruecos, intérprete y persona importante en acciones entre diplomáticas y de espionaje en los años en torno a la dramática batalla de los tres reyes en el verano de 1578, y así lo recoge un historiador de ese tiempo como Cabrera de Córdoba (10).           ————     NOTAS:   (9).- N. Cabrillana, “La esclavitud en Almería según los protocolos notariales (1519-1575). Tipología documental”, en Actas de las I jornadas de metodología aplicada de las ciencias históricas, Vigo 1975, Fundación Universitaria y Universidad de Santiago, V, p.  306. (10).- N. Cabrillana, Documentos notariales referentes a los moriscos (1569-1571), Granada, 1978, Universidad de Granada, pp. 26 ss. Los textos son los documentos número 9, 26, 45, 46, 62, 100, 107, 116, 117, 143, 175, 154, 157, 164, 170, 192, 261, 383, 636, 660, 422, 438, 445 del repertorio de Cabrillana; los referentes a Diego Marín, del mismo repertorio, son los número 532, 533, 482, 484, 565, 571, 564 a 567, 490 a 493, 730, 759, 914, 918, 920, 915, 462 y 464.  

Emilio Sola 26 enero, 2012 26 enero, 2012 Alpujarras, cautivos, Diego Marín, esclavos, moriscos, Nicolás Cabrillana, rescates
Historia de un desencuentro: Nota final de 1999

A modo de conclusión, pharm con dedicatoria y envíos finales.          En septiembre de 1598, con una semana de diferencia, morían dos de los monarcas más representativos del planeta, el rey de España Felipe II y Hideyoshi Toyotomi, el unificador del Japón moderno. Si el cuarto centenario del primer acontecimiento se celebró en España con un verdadero desborde conmemorativo, el segundo apenas se recordó. Lo cual es un indicio de la debilidad del orientalismo hispano, aún en pañales a pesar de contar con un pasado espléndido, ya que fue el pionero del orientalismo europeo junto al portugués y el italiano. Este libro sobre las relaciones hispano-japonesas iniciadas en los años de estos dos grandes monarcas pretende ser una pequeña celebración, una mínima puesta a punto de un relato histórico que había sido ensayado aquí y allá, parcialmente, y sobre todo con enfoque misionológico, al menos desde España; o como un mero capítulo de la historia colonial de las islas Filipinas, como sucede en la Historia general de las Filipinas, del jesuita Pablo Pastells, que precede al gran Catálogo… con la documentación del Archivo General de Indias de Sevilla relativa a la presencia española en las islas Filipinas, publicado por Torres Lanzas (Barcelona, 1925-1934). También ocupó un lugar importante en la edición que en 1909 hizo Wenceslao Emilio Retana de los “Sucesos de las islas Filipinas” de Antonio de Morga, pero siempre como un apéndice no fundamental de la historia general narrada. Lo mismo sucede con los 55 vols. de The Philippine Islands (1493-1803) de Enma Helen Blair y Alexander J. Robertson (Cleveland-Ohio, 1903 ss.).        Por mi parte, ya en 1980 publiqué lo que titulé un poco caprichosamente Libro de las maravillas del Oriente Lejano (Madrid, Editora Nacional), básicamente la rica documentación hispana de aquellos sucesos, pero sin narración lineal de los sucedido. Posteriormente, apareció un libro de título esperanzador de Juan Gil, Hidalgos y Samurais. España y Japón en los siglos XVI y XVII, (Madrid, 1991, Alianza edit.), en el que se volvían a publicar la mayoría de los documentos fundamentales, aunque exclusivamente los conservados en el A.G.I. de Sevilla, que convertían el relato de lo sucedido en algo prolijo y desordenado. El capítulo concreto de los viajes de Sebastián Vizcaíno por Japón aparecieron también narrados por W.M. Mathes en Sebatián Vizcaíno y la expansión española en el océano Pacífico, 1580-1630 (México, 1973). Y poco más. Quedaba recurrir al clásico The Christian Century in Japan (Berkeley, 1951) de Charles Ralph Boxer, o al no menos clásico The Manila galeon. Spanish Trade with the Philippines (Nueva York, 1939), de William L. Schurtz, no traducido hasta 1992 (Madrid, Eds. de Cultura Hispánica).        Espero, por todo ello, que este libro cubra un pequeño vacío. Agradezco a la Japan Fundation la ayuda concedida para su edición, así como a tres buenos amigos que me estimularon a la hora de terminar el texto, Kenichi Yamaguchi, Agustín Y. Kondo y Hidehito Higashitani. Asimismo, un envío final a mis antiguos alumnos de la Universidad de Alcalá, en particular a aquel grupo de Historia –Jesús Espliego, Salvador Herrera, Antonio Lera, Oscar Martínez…– que un día intentó estructurar un grupo de orientalistas alcalaínos, así como a la primera promoción de Humanidades, este curso 1998-1999, con el delegado José Luis a la cabeza, a quienes auguro un futuro brillante y estimulador.                                                            Emilio Sola,  Alcalá, mayo de 1999.

Emilio Sola 11 febrero, 2012 11 febrero, 2012 agradecimientos, bibliografía, dedicatorias, Japón
APÉNDICE DOCUMENTAL, doc. 9: discrepancias en versiones española y turca del tratado de paz

Descripción / Resumen: Documento 9   A.H.N.M./S.E./L. 3615. El dey de Argel Mohamed  Othmán Pacha al rey Carlos III. Argel, view a principios  de šhaban de 1201 (julio de 1787). Ver imagen doc. aquí: http://www.archivodelafrontera.com/wp-content/uploads/2012/03/Terki-Apendice-doc.-9.pdf

Emilio Sola 2 marzo, 2012 2 marzo, 2012 ARGEL, discrepancias, España, paz, traducciones
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