Historia de un desencuentro: Índice e Introducción.
HISTORIA DE UN DESENCUENTRO. España y Japón, 1580-1614.
Por Emilio Sola.
INDICE.
Nota inicial
INTRODUCCION. Japón a finales del siglo XVI. La población y la cristiandad del Japón. El comercio hispano-japonés.
CAPÍTULO I: 1. Primeros contactos hispano-japoneses hasta 1580. 2. La cristiandad de Japón y la embajada a Roma de 1582. 3. Los años de gobierno de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa (1580-1583). 4. Los corsarios japoneses y las Filipinas.
CAPÍTULO II: 1. El gobernador Santiago de Vera y la fama de la cristiandad japonesa. 2. Las embajadas del daimyo de Hirado y de la ciudad de Nagasaki. 3. Ambigüedad de la situación tras el gobierno de Santiago de Vera.
CAPÍTULO III: 1. Hideyoshi Toyotomi, nuevo señor del Japón. 2. Avisos de Japón inquietantes para los hispanos. 3. La primera embajada de Harada en Manila. 4. La embajada de Juan Cobo a Hideyoshi Toyotomi. 5. La segunda embajada de Harada.
CAPÍTULO IV: 1. Embajada de Pedro Bautista y envío de franciscanos a Japón. 2. La embajada de Pedro González de Carvajal. 3. Embajada de Jerónimo de Jesús. 4. Optimismo en Manila y proyectos expansivos. 5. La Ralación de las cosas de Japón del fraile mártir Martín de Aguirre o de la Ascensión. 6. Triunfo castellano-mendicante en la corte hispana.
CAPÍTULO V: 1. Navegación y pérdida del galeón San Felipe. 2. Los martirios de Nagasaki de febrero de 1597. 3. Polémicas sobre los sucesos de Nagasaki. 4. Reacción en Manila y en la corte española.
CAPÍTULO VI: 1. Embajada de Luis de Navarrete y contestación de Hideyoshi. 2. Japón a la muerte de Hideyoshi Toyotomi. 3. Nuevas perspectivas de las relaciones hispano-japonesas. 4. Embajada de Jerónimo de Jesús. 5. La cuestión de los breves pontificios.
CAPÍTULO VII: 1. Los holandeses en Extremo Oriente. 2. La embajada de Pedro Burguillos. 3. La pérdida del galeón Espíritu Santo. 4. Las relaciones hispano-japonesas hasta 1608.
CAPÍTULO VIII: 1. Recrudecimiento de la cuestión de los breves pontificios. 2. La intervención del Consejo de Estado. 3. Triunfo en la corte hispana de los castellano-mendicantes. 4. El nuevo breve de Paulo V.
CAPÍTULO IX: 1. Rodrigo de Vivero y Velasco en las islas Filipinas. 2. El viaje accidental del galeón San Francisco a Japón. 3. Rodrigo de Vivero en Yedo y Suruga. 4. Gestación de la embajada de Alonso Sánchez a España. 5. Rodrigo de Vivero y Juan Cevicós, dos posturas enfrentadas.
CAPÍTULO X: 1. La expedición de Sebastián Vizcaíno. La embajada del daimyo de Senday Date Masamune. 3. La embajada de Alonso Muñoz a España. 4. Sebastián Vizcaíno y Luis Sotelo en México. 5. La embajada de Hasekura Rokuyemon en Madrid y en Roma. 6. La embajada de Diego de Santa Catalina y fin de las relaciones oficiales hispano-japonesas. 7. Final.
A MODO DE CONCLUSIÓN, con dedicatoria y envíos finales.
APÉNDICE BIBLIOGRÁFICO.
Nota inicial:
A lo largo del presente trabajo aparecerá con frecuencia la denominación de partido aplicada a cada uno de los grupos de opinión y acción en Extremo Oriente; prescindiendo de matizaciones excesivas y poco prácticas, se refiere esta denominación a los dos grupos fundamentales que se enfrentaron en Asia en el siglo XVI y primeros años del XVII, o sea, a los portugueses y a los castellanos; al grupo portugués—que pretendía que la colonización y explotación comercial de Extremo Oriente se llevara a cabo desde las tierras de la India Oriental portuguesa, con base en Goa— estaban muy unidos los jesuitas, pues ellos habían llevado a cabo la evangelización y atención espiritual de las tierras controladas por los portugueses. Al grupo castellano o español se habian de unir—en cierto modo como reacción en parte por necesidades que se irán viendo a lo largo de este trabajo—los agustinos, los dominicos y, sobre todo, los franciscanos. De ahí la denominación de partido jesuítico-portugués y partido castellano-mendicante dada a estos dos grupos, manifestación del encuentro de intereses de las Coronas ibéricas en el Pacífico.
Igual problema terminológico apareció con las acciones de pillaje contra las costas filipinas y los barcos españoles y chinos llevadas a cabo por japoneses particulares; las palabras corsarios y piratas se usaron indistintamente y sin demasiadas precisiones. La terminología de la documentación española de la época condicionó, a veces involuntariamente, la de este trabajo.
En cuanto a las abreviaturas utilizadas en las notas documentales, responden a los archivos siguientes:
A.G.I. Archivo General de Indias de Sevilla.
A.G.S. Archivo General de Simancas de Valladolid.
R.A.H. Real Academia de la Historia de Madrid.
B.N.M. Biblioteca Nacional de Madrid.
B.P.O. Biblioteca del Palacio de Oriente.
A.S.N. Archivo Histórico Nacional de Madrid.
A.M.H. Archivo del Ministerio de Hacienda de Madrid.
INTRODUCCIÓN.
En el primer decenio del siglo XVII, el fracaso de las relaciones hispano-japonesas fue una de las manifestaciones clave de la crisis del imperio español en Asia, crisis paralela a la que había comenzado a manifestarse también en Europa aún en vida Felipe II. Las Molucas, Formosa, Camboya y otros puntos del sudeste asiático y China fueron tierras que protagonizaron las últimas tentativas de la ya débil fuerza expansiva hispánica. Japón no fue más que un protagonista más, aunque el de mayor personalidad propia en sus relaciones con los españoles, así como el que hizo abrigar más fundadas esperanzas en la posibilidad de crear una política asiática ambiciosa.
Los proyectos del gobernador Francisco de Sande (agosto,1575-junio,1580) de conquista de China tras la embajada del agustino fray Martín de Rada, que el jesuita Alonso Sánchez hizo llegar a la Corte española (1586); las expediciones a las Molucas, la de 1582, capitaneada por Juan Ronquillo, sobrino del gobernador Ronquillo de Peñalosa, y la de 1589, al mando del capitán Pedro Sarmiento, así como la de 1593, en la que encontró la muerte el gobernador Gómez Dasmariñas a manos de los remeros chinos sublevados; la labor de este gobernador (mayo, 1590-octubre,1593) por dotar de fuerza militar defensiva y ofensiva a las Filipinas y el entusiasmo de su hijo y sucesor provisional en la gobernación Luis Pérez Dasmariñas por todo lo que fuesen campañas fuera de las islas españolas que le llevó a preparar con su dinero una expedición a Camboya; los proyectos contra la isla Hermosa como paso previo a una futura intervención en el continente asiático, así como diferentes planes de alianza con diversos pueblos extremo-orientales, eran manifestaciones—normales en los medios castellanos de Filipinas del último cuarto del siglo XVI y apoyados por amplios sectores de la población— de un espíritu expansivo que aún no se había perdido en la vanguardia del imperio español en Oriente.
Pero las islas Filipinas en aquellos momentos no eran un punto de partida idóneo para ambiciosos planes. Las islas del sur del archipiélago, e incluso algunas regiones de la misma isla de Luzón , eran un foco continuo de problemas para los españoles; los envíos de fuerzas militares desde México eran insuficientes; la afluencia de mercaderes chinos y japoneses crearon una población numerosa de estos pueblos en Manila que en ocasiones puso en peligro el dominio español con sangrientos levantamientos, como el de los sangleyes (chinos) la víspera de San Francisco de 1603, sofocada con ayuda de los japoneses. Los portugueses, por otra parte, no vieron con buenos ojos aquel agresivo proceder de los españoles de Filipinas, tan contrario a sus usos fundamentalmente comerciales, e incluso acusaron en la Corte a los castellanos de emprender o iniciar demasiadas campañas con escasas fuerzas, lo que hacía que los pueblos de Extremo Oriente, no sometidos tras semejantes campañas, recelasen cada vez más de sus nuevos vecinos, recelo este que repercutía negativamente en los intereses comerciales de la Corona de Portugal.
En la corte española los asuntos de Extremo Oriente eran algo lejano. Durante los años de reinado de Felipe II la política europea y la reciente unión en su persona de las Coronas de Portugal y España (1580) aconsejaron una actuación moderada en Asia que evitase excesivos gastos, por un lado, y conflictos con los portugueses, por otro. Felipe III también recomendó una política amistosa con los vecinos de las islas españolas. La gobernación de Filipinas conservaba, sin embargo, cierta iniciativa en lo que había que hacer en el Pacífico, como lo muestran las empresas concebidas a finales de siglo, pero iniciativa condicionada por la escasez de medios para llevar a cabo los proyectos que fuesen un poco ambiciosos.
La presencia de los frailes y el importante lugar que ocupaba su labor evangelizadora en la mente de los rectores del imperio español condicionó también la actuación desde las Filipinas. Los problemas estrictamente frailunos se fueron confundiendo cada vez más con los problemas políticos y comerciales o económicos. Un texto de don Francisco de Huarte al comentar la embajada de fray Luis Sotelo es expresivo al respecto: Las controversias entre frailes, sus celos y paliadas ambiciones, particularmente las que han arado las Indias, Usía las conoce mejor, y cuán fácilmente por términos modestos se abrasan unos a otros, con que no me atreveré a calificar nada de los que han venido ni quedan en el Japón; pero a pocas brazas descubrirá la sonda de Usía cuanto convenga, que la mía es muy limitada.[1] En el caso concreto del Japón, la pugna entre mendicantes –agustinos incluidos en ese grupo—y jesuitas fue particularmente dura.
La aparición de los holandeses en el sudeste asiático fue factor decisivo para poner fin a los últimos intentos expansivos de los españoles en Asia. Los holandeses, sin ninguna preocupación extraeconómica o extracomercial que pudiese entorpecer sus relaciones con los pueblos asiáticos, pronto medraron en aquellos mares. La lucha contra los corsarios holandeses –e ingleses en menor medida—polarizó todas las fuerzas que tenían los españoles en Filipinas, teniendo que renunciar a cualquier intento de política agresiva en el Pacífico. Entre las fáciles conquistas holandesas allí estuvo la amistad del Japón de los Tokugawa.
A la muerte del gobernador don Juan de Silva (abril, 1609-abril, 1616), precisamente en una fracasada expedición a las Molucas, el archipiélago filipino estaba atravesando por un momento muy difícil; una carta del provincial de la Compañía de Jesús, padre Valeriano de Ledesma, en la que describe el acoso holandés y la penuria económica por el poco trato de las naves de China y Nueva España –siete navíos, dice, de China han venido hogaño donde solían venir cincuenta o sesenta–, es uno de los documentos más plásticos a este respecto[2]. El aire desalentado de toda la carta y la petición de ayuda muestran una triste imagen de la vanguardia del imperio español en Asia. Las relaciones con Japón, una pieza más en el juego de poderes en Extremo Oriente, acababan de definirse desfavorablemente a los intereses hispano-portugueses.
Las relaciones hispano-japonesas no fueron algo excepcional al margen de los sucesos contemporáneos, sino que estaban conectados con ellos e incluso con los acontecimientos europeos.
La pugna hispano-portuguesa dominó durante años, sobre todo los iniciales, las relaciones españolas con Japón, hasta el punto de que don Santiago de Vera no aprovechó todo lo que él mismo hubiera deseado las ofertas del daimyo –o señor feudal—de Hirado, debido a la hostilidad portuguesa a un inicio de relaciones castellanas con aquel país. La unión de las coronas portuguesa y castellana en la persona de Felipe II no cambió el status en Extremo Oriente más de lo que lo hizo en los otros territorios de los imperios ibéricos. Los consejos de Indias y de Estado, sin embargo, apoyaron claramente las pretensiones y planes españoles para Extremo Oriente frente al de Portugal, como se trasluce con claridad de las consultas de los primeros años del siglo XVII. A partir de 1608 la tensión entre portugueses y castellanos cedió su puesto a la creada entre las dos alas extremas del partido castellano, la partidaria de amplios contactos con Japón y la que deseaba que estos contactos fueran limitados y no más amplios que los mantenidos hasta entonces.
La pugna hispano-holandesa e hispano-inglesa se manifestó prontamente en el Pacífico e influyó mucho en las relaciones entre los castellanos y los japoneses. Debido a la lejanía de la metrópoli de aquellas regiones y a su papel secundario en el imperio hispánico, el empuje holandés, y en menor medida el inglés –aunque la presencia del inglés William Adams en la corte Tokugawa fue importante–, tuvieron éxitos más rotundos; uno de ellos fue el dominio en muy pocos años de todo el comercio occidental con Japón, desplazando a portugueses y españoles. La debilidad española comenzó a sentirse antes en el Pacífico que en el Atlántico, antes en el mar de la China y en el mar de Japón que en Europa. En 1610 el gobernador Juan de Silva se quejaba de que los japoneses iban ya desestimando (a los castellanos) y haciendo mucha estima de los holandeses[3], que como Vuestra Majestad no envía armada tiene muy perdido el crédito en estas partes[4].
Las motivaciones españolas y japonesas en los contactos entre ambos pueblos eran diferentes.
A los japoneses les movía un interés exclusivamente comercial y económico; para que acudiesen comerciantes occidentales a sus costas y puertos, los daimyos llegaron a permitir, e incluso favorecer, la predicación de los frailes cristianos. Tokugawa Ieyasu, muerto Hideyoshi Toyotomi, se apresuró a restaurar las relaciones amistosas con los españoles, interrumpidas trágicamente con los sucesos de febrero de 1597 en Nagasaki –los martirios de Nagasaki, pronto popularizados en el mundo católico europeo–, y llegó a proponerles el plan más ambicioso que Japón ofreció a Occidente antes del siglo XIX: el comercio hispano-japonés entre América y Asia, la concesión de la educación marinera de un pueblo esencialmente marinero y la explotación de la plata del Japón. Todo hacía suponer una alianza hispano-japonesa en Extremo Oriente que, dadas las características de los dos pueblos, prometía ser decisiva para el futuro de Asia Oriental. Pero los españoles no llegaron a asimilar un tipo tan peculiar de colonización en el que los dos pueblos, de culturas aunque dispares parejas en importancia, se situaban en posición de igualdad, teniendo que renunciar a los usos tradicionales que habían venido utilizando en su expansión en África, América y Asia.
Las motivaciones castellanas no eran exclusivamente comerciales y económicas. Eran, en primer lugar, espirituales, al menos tal y como se expresó con reiteración en la documentación oficial española y en escritos de carácter más privado; la evangelización del país fue la meta inmediata que se propusieron los castellanos y, en algunas ocasiones, previa para una mayor apertura de contactos. Matiz retórico, pero también real, de hecho. Pero los aspectos económicos de la cuestión no eran, por ello, secundarios; ni los estratégicos y militares, muchas veces de pura supervivencia.
El comercio hispano-japonés era el de mayor importancia para las Filipinas después del comercio con los chinos y al margen del obligado y vital contacto con Nueva España. El partido castellano-mendicante defendió con brillantez este comercio frente al partido jesuítico-portugués, hasta conseguir el apoyo de la corte española a sus deseos. Mas cuando los españoles de Filipinas vieron peligrar el monopolio que tenían del comercio entre Extremo Oriente y América con la apertura comercial del puerto de Acapulco a los japoneses, todos los logros del partido castellano-mendicante se derrumbaron. Fue un motivo económico lo que produjo la desunión y crisis del partido castellano y el consiguiente desacierto –o fracaso sin más— en las relaciones con Japón. La consecuencia inmediata de no ver los japoneses satisfechas sus exigencias económicas y comerciales, siempre diferidas, fue el cambio de actitud ante los predicadores del cristianismo y el trato de favor dado ya abiertamente a los comerciantes holandeses. La privanza de William Adams, el fracaso de Sebastián Vizcaíno, así como la actuación de algunos cristianos japoneses en actos ilegales y en la oposición política a los Tokugawa, confluyeron desfavorablemente para las relaciones hispano-japonesas.
En la documentación castellana se cita el miedo al pueblo japonés como factor importante para no acceder a los deseos de Tokugawa Ieyasu antes expresados. Esto, más que una causa efectiva, fue una disculpa de los españoles de Filipinas para que no triunfara en la Corte el ala extrema del partido castellano, encabezada entonces por Rodrigo de Vivero, puesto que anteriormente se había hablado de un temor similar de los japoneses a los castellanos y sus métodos expansivos: la conversión al cristianismo de una población previa a la ocupación, ya experimentada anteriormente en América y en otros puntos de Asia.
La colonia española de las Filipinas tampoco hubiera podido sostenerse ante una actitud agresiva japonesa. A finales del siglo XVI, además de una treintena de encomiendas reales, no llegaban a 250 los encomenderos en Filipinas, y se calculaba en algo más de medio millón el número de filipinos cristianos, atendidos por menos de ciento cincuenta misioneros, más de la mitad de ellos agustinos.
JAPON A FINALES DEL SIGLO XVI.
Los años que van de 1580 a 1614 fueron decisivos en la historia japonesa. Aquel país extremo-oriental pasó en ese tiempo de una situación interna caótica, a causa de las guerras civiles entre los diferentes daimyos, a una paz firme mantenida durante todo el siglo XVII y el XVIII bajo el gobierno de los Tokugawa. Los dos artífices de este cambio interno de Japón, Hideyoshi Toyotomi y Tokugawa Ieyasu, cubren con su activa presencia dicho periodo de tiempo, el comprendido entre 1580 y 1614, años límite también de las relaciones hispano-japonesas.
Las consecuencias sociales del periodo de guerras internas anteriores a la unificación del país bajo Hideyoshi fueron grandes. Los daimyos y el shogún –autoridad suprema real, frente al mikado o emperador, autoridad suprema teórica y divinizada, mero rehén del shogún con los Tokugawa—habían tenido muchos gastos, lo cual repercutía directamente en su fuente fundamental de riqueza, que era la tierra. Entre la cuarta y la quinta parte de las tierras cultivadas del país eran del shogún y las restantes estaban controladas por los daimyos. El prolongado periodo de guerras había obligado a los campesinos, con excesivos impuestos, a abandonar sus tierras y pasar a formar parte de las tropas de los daimyos; las bandas de bandidos armados eran muy abundantes y contribuían a acrecentar el malestar interno del país. Los samurais o vasallos que tenían derecho a las armas, a lo largo del siglo XVI fueron abandonando el campo e instalándose en las ciudades fortificadas. Hay abundantes testimonios de los españoles sobre la militarización del Japón en aquella época, pero la más extremada opinión, sin duda exagerada en cuanto a cifras que da, es la de Juan Guerra de Cervantes: En catorce provincias, escribe, sacó un teatino por curiosidad, había once millones de soldados armados[5]. Cifra hiperbólica, por no decir imposible.
La población campesina de Japón vivía en unas condiciones similares a los siervos de la Europa feudal. Tenían prohibición expresa de abandonar la tierra y emigrar a las ciudades; debían cultivar lo que quisiera el daimyo y sus vestidos y viviendas estaban sujetos a precisas leyes suntuarias; para el pago de sus impuestos, que oscilaban entre el cincuenta y el sesenta por ciento de lo producido, los campesinos se agrupaban en asociaciones voluntarias, así como para sus trabajos del campo; el daimyo podía exigir a sus vasallos toda clase de prestaciones personales. La dura condición de los campesinos fue vista y juzgada con frecuencia por los españoles en sus escritos; llegó a inspirar, incluso, un justo título para la intervención en Japón[6].
El cultivo fundamental era el arroz, pero también se daban cultivos de mijo, cebada, trigo, soja, verduras y te en las zonas altas. Había en el campo una artesanía o producción industrial para el consumo de la casa y para satisfacer la demanda de algún comerciante de la ciudad; llegó a darse cierta emigración invernal del campo a la ciudad con este motivo. Productos industriales de importancia eran la seda, la laca, el índigo, el algodón y el cáñamo. El cáñamo de Japón aparece periódicamente y desde fecha muy temprana entre las compras efectuadas por los españoles de Filipinas[7]. En la costa los campesinos alternaban sus trabajos agrícolas con la pesca.
La industria japonesa sólo atendía a la demanda de las clases privilegiadas; los artesanos del vestido, muebles, espadas o armas en general, etc. se agrupaban alrededor de las fortalezas de los daimyos y del shogún; la gran perfección técnica de sus trabajos y el buen gusto convertían en obras de arte muy apreciadas los objetos de uso más simple. La economía era de tipo natural –podría decirse–, consumían lo que producían y tan sólo compraban sal, metales, medicinas y, los pueblos del interior, pescado.
La obra de Hideyoshi Toyotomi, una vez bajo su control personal todo Japón, incluyó la mejora de la agricultura y la supresión del bandolerismo; su reforma de los impuestos, sin embargo, los hizo más pesados para los campesinos como en un veinte por ciento. Las campañas militares llevadas a cabo en su época de gobierno en Japón movilizaron a gran número de hombres del campo; los cuales, al convertirse en soldados, veían mejorar su modo de vida.
Hideyoshi intentó centralizar el poder y para ello creó una clase feudal nueva que le ayudó en el gobierno y en la administración de sus posesiones; eran los bugyo, en número de cinco, que se encargaron de los trabajos públicos, finanzas y agricultura, policía y asuntos criminales, justicia y cultos. Pero no intervinieron en los asuntos de los han –o grandes feudos—de los daimyos principales.
Los samurais, que en el siglo XIX llegaron a ser un sexto de la población del Japón, con la paz pasaron a ser una clase no trabajadora y dependiente directamente de las concesiones del daimyo. Los pobres eran los que recibían poca ayuda del señor mientras que los privilegiados podían llegar a desempeñar funciones administrativas en el han.
Hideyoshi no pudo ostentar el título de shogún por ser de origen humilde. Utilizó el de kuampaku primero y luego el de taico, de donde vienen las denominaciones más frecuentes que recibió de los españoles, Cuambacondono y Taicosama. Al igual que él, una nueva clase de hombres salidos del pueblo consiguieron elevarse hasta cargos influyentes; un ejemplo de interés relacionado con los españoles fue Harada, apoyado en el comercio exterior. El budismo—más democratizante que el shintoismo—y la guerra ayudaron a este fenómeno tan contrario a la tradicional rigidez de la estamentación social japonesa.
Con Hideyoshi Japón comenzó a lograr un ritmo de estado moderno, paralelamente a lo que sucedía en Europa; su obra, sin embargo, no fue completa. El verdadero artífice de la organización definitiva de un estado japonés fue Tokugawa Ieyasu.
La guerra civil que dividió a Japón en dos grandes bandos poco después de la muerte de Hideyoshi fue fundamental para la futura distribución de poderes en el archipiélago. Las tres categorías más importantes de la nobleza militar japonesa fueron los 176 daimyos que se habían reconocido vasallos de Ieyasu antes de la batalla de Sekigahara, los fudai, los 96 que no reconocieron su autoridad hasta después de dicha batalla, los tozama, y las tres familias de los Tokugawa, los tozanque. La repartición de las tierras del archipiélago se hizo teniendo en cuenta esta clasificación de los daimyos; cada tozama tenía sus dominios rodeados de territorios de los fudai, de manera que era difícil una coalición entre ellos. Los Tokugawa tenían, por otra parte, el derecho de cambiar de feudo a los daimyos.
La institución del sankin-tokai tuvo gran importancia en el Japón moderno. Para poder controlar aún más a los daimyos se les obligó a permanecer en Yedo, la actual Tokio, largos periodos de tiempo al año y, cuando se ausentaban de la ciudad y estaban en sus dominios, dejaban en rehenes a su mujer e hijos. En el viaje anual a Yedo los daimyos debían llevar un presente de importancia al shogún; este hecho originó un amplio comercio interior, mayor importancia del dinero, incremento en las vías de comunicación; en definitiva, fue uno de los factores que más influyeron en la superación de la economía natural tradicional japonesa. El viaje anual de los daimyos a la corte del shogún está comentado con particular detenimiento en la relación del viaje de Sebastián Vizcaíno a Japón, ya que sus contactos con el daimyo de Senday, Date Masamune, tuvieron lugar durante una de las visitas de éste a la corte shogunal[8].
Tokugawa Ieyasu almacenó grandes riquezas durante sus años de gobierno. Por un lado, se apropió de los bienes de los daimyos enemigos y, por otro, durante su mandato fueron descubiertas y puestas en producción nuevas minas de plata. Para la explotación de dichas minas el shogún llegó a pensar en la ayuda técnica de los españoles, expertos mineros con métodos propios utilizados en las minas de Nueva España y Perú; así se lo manifestó al gobernador de Filipinas nada más subir al poder, en la serie de embajadas inspiradas por el franciscano Jerónimo de Jesús. Dichas minas fueron explotadas por los gobernantes. El comercio exterior también fue muy deseado y protegido por el shogún y contribuyó a enriquecer el bakufu. Los españoles de la expedición que Sebastián Vizcaíno capitaneó en 1612 tacharon a Ieyasu de viejo avaro[9], pero fue su política económica ahorradora y saneada la que dio fortaleza al nuevo régimen de los Tokugawa durante años.
Esta monarquía absoluta y centralista se basó socialmente en el sistema feudal, en la población agrupada en castas. Por debajo del shogún, de los buke y los kuge, o nobleza militar y cortesana respectivamente , con más de diez mil koku o medidas de arroz de renta, estaba la casta militar formada por los pequeños daimyos y por los samurais. El pueblo llano, en el que se encontraban los campesinos, artesanos y comerciantes, tenía una rígida estructuración; los oficios eran hereditarios y se hallaban sometidos a las normas de las corporaciones, las cuales reformaron los Tokugawa, y a las que ellos voluntariamente se sometían en asociaciones particulares. Finalmente, en el último grado social estaban los parias o eta.
Una interesante observación reciente y muy global sobre el feudalismo japonés es la que brinda Perry Anderson en su libro El Estado Absolutista (1979); a propósito de la intervención de Takahashi en la polémica sobre la transición del feudalismo al capitalismo a finales de los años cuarenta del siglo XX, a raíz de la publicación del libro de Maurice Dobb de ese título, Anderson explica que el matiz diferencial en la evolución de ambos mundos vino dada por la tradición jurídica que el mundo feudal europeo conservó, el derecho romano y su precisa normativa en torno a la propiedad privada; tradición jurídica que no incidió en el mundo feudal japonés, y por lo tanto tampoco en su evolución moderna.
LA POBLACIÓN Y LA CRISTIANDAD DEL JAPÓN.
Todos los españoles que visitaron Japón a finales del siglo XVI y principios del XVII coincidieron en la apreciación de que era un país muy poblado. Aunque hasta 1721 no se hizo un recuento oficial de la población, se ha podido seguir la evolución general de ésta a través de la historia. De los 3,6 millones de habitantes con que contaba Japón en el primer tercio del siglo IX, se pasaría en los siglos X y XI a unos 4,4 millones, a unos 5,7 millones en los siglos XII y XIII, y en el siglo XIV a unos 9,7 millones. El fuerte proceso ascendente se vio interrumpido en el siglo XV, sobre todo a finales del siglo; las guerras, la despoblación del campo, las malas cosechas, pestes y otros males similares hicieron aumentar mucho la mortalidad, prolongándose esta situación desfavorable en el siglo XVI. La estabilidad que trajo Hideyoshi Toyotomi, y más aún Tokugawa Ieyasu, hizo que el crecimiento de la población llegase a alcanzar el 40 por ciento en el siglo XVII. A finales de este siglo la población era de unos 25 millones de habitantes.
Las ciudades fueron particularmente admiradas, y con frecuencia descritas, por los españoles que visitaron Japón durante los años de relaciones amistosas entre los dos pueblos. Don Rodrigo de Vivero llegó a dar, incluso, cifras concretas sobre el número de habitantes de las más importantes, hoy datos de gran interés[10]. Yedo, la actual Tokio, tenía en el momento de la visita de Vivero 150.000 vecinos, en torno a 750.000 habitantes pudiera ser; Osaka unos 280.000 vecinos –el español calculó unos 200.000 en Osaka y 80.000 en Sakay–, que supondrían más de un millón de habitantes. Kioto, la ciudad de Meaco en la documentación española, tendría unos 240.000, aunque Rodrigo de Vivero entusiasmado con su magnificencia y esplendor le dedicara las siguientes palabras: Verifiqué que tenía 800.000 hombres para arriba, y en la vecindad, aunque hallé varios pareceres, unos que había 400.000 vecinos, los que menos 300.000, la verdad que seguramente es que no hay otro mayor lugar en lo que se conoce del mundo[11]. Curioso final hiperbólico, más adecuado sin duda a la mente del momento que los más o menos precisos cálculos estadísticos. Las ciudades más importantes tenían un régimen especial de gobierno y de administración y algunas descripciones de los españoles son especialmente detalladas al respecto.
El comercio exterior, con los portugueses primero, con los españoles después y posteriormente con los holandeses e ingleses, favoreció el desarrollo de algunas ciudades, sobre todo del sur del archipiélago. La ciudad de Nagasaqui, en el extremo sur de la isla de Kiusiu, había crecido en la segunda mitad del siglo XVI vertiginosamente por el comercio de los portugueses que desde Macao enviaban anualmente su navío con mercancías. Hirado había recibido también beneficios del comercio con los extranjeros; en tiempos del gobernador Santiago de Vera el daimyo de la región –Firando en la documentación española– escribió cartas a Manila con el deseo de abrir comercio estable entre sus tierras y el archipiélago español. Más tarde, ya a principios del XVII, Ieyasu quiso que el comercio con los españoles de Filipinas lo recibiera un puerto de sus tierras patrimoniales del Kantó y que, además del tradicional realizado por comerciantes japoneses que iban a las islas españolas, se abriera otro similar al de los portugueses en Nagasaqui, así como una nueva ruta entre Japón y Nueva España.
El número de cristianos japoneses alcanzó cifras altas a finales del siglo XVI y principios del XVII, por obra, fundamentalmente, de la labor evangelizadora de los padres de la Compañía de Jesús. Los cálculos son, en la documentación española, muy variados; mientras Rodrigo de Vivero escribía que hacia 1610, año en que estuvo en Japón, había más de 300.000 cristianos japoneses[12], Martín Castaño decía que, hacia 1606, contados por las comuniones… pasaban de 600.000[13]. Las misiones de los jesuitas empleaban por entonces unas novecientas personas, tenían dos colegios, dos casas rectorales, 22 residencias, dos seminarios, más de sesenta hermanos y más de 240 alumnos; cada año bautizaban, cuando menos, cuatro o cinco mil personas y, tras la muerte de Hideyoshi en 1598, llegaron a bautizar 70.000 japoneses en menos de dos años. Estos datos, procedentes de fuentes de los mismos jesuitas, aunque pueden ser optimistas en cuanto a cifras, más que cortos, dan una idea de la importancia de la acción evangelizadora de los hombres de la Compañía de Jesús[14].
La influencia de los cristianos en la sociedad japonesa no fue despreciable; algunos hombres de calidad recibieron el bautismo. El más importante de todos fue Konishi Yukinaga, don Agustín en la documentación hispana, que llegó a ser uno de los dos jefes supremos del ejército japonés en las campañas de Corea. Su participación contra Tokugawa Ieyasu en la batalla de Sekigahara le hizo caer en desgracia. Los cristianos estaban también muy conectados con el comercio exterior; con frecuencia eran cristianos los comerciantes y hasta toda la tripulación de algunos barcos de comercio que iban a Manila. La labor de los predicadores cristianos y el comercio exterior eran actividades paralelas no sólo en la mente del pueblo sino también en la de los gobernantes.
De particular interés es el hecho de que las expediciones comerciales pusieron en contacto directo al pueblo japonés con el archipiélago español y con América, originándose una corriente migratoria japonesa hacia tierras españolas. En 1593, siendo gobernador de Filipinas Gómez Pérez Dasmariñas, la presencia de japoneses en la ciudad de Manila fue considerada como un peligro para la soberanía española sobre las islas[15]. Dos años después, Francisco de las Misas calculaba en unos mil los japoneses que cada año se quedaban en Manila[16]. El recelo hacia esta población extranjera cesó cuando cesaron las señales de invasión de los últimos años de gobierno de Hideyoshi en Japón.
En 1603 había en Manila una iglesia fuera de los muros de la ciudad en la que los agustinos atendían a los japoneses cristianos[17], y durante el levantamiento de los sangleyes la víspera de San Francisco de dicho año los japoneses colaboraron con los españoles en la lucha contra los levantados; fray Juan Pobre capitaneó en aquella ocasión a cuatrocientos de ellos en algunas acciones en las que pusieron de manifiesto su belicosidad y fiereza en la lucha[18]. El levantamiento de los chinos, sin embargo, puso en guardia a las autoridades y habitantes de Manila también contra los japoneses; de este momento es la primera petición en orden a que se prohibiese a los que venían a comerciar al archipiélago español quedarse de un año para otro en la ciudad[19]. Las medidas no fueron adoptadas de inmediato; los japoneses siguieron viniendo a Filipinas y causaban, en ocasiones, pequeños disturbios de tipo privado; en respuesta a algunas quejas que se le hicieron al respecto, el shogún Ieyasu dio a las autoridades españolas de Filipinas jurisdicción sobre sus súbditos que estuvieran en territorio español[20].
Un incidente en 1607 que estuvo a punto de originar un levantamiento de los japoneses similar al de los chinos de 1603, volvió a poner de actualidad el peligro que significaba la población japonesa en Manila; el gobernador Juan de Silva ordenó tomar las armas a los comerciantes japoneses durante su estancia en territorio hispano y adoptó medidas para que ninguno de ellos se quedara en el archipiélago[21]. No se pudo, sin embargo, suprimir la colonia japonesa en Manila; éstos se bautizaban y casaban en la ciudad para poder establecer allí su residencia[22]; su número era elevado puesto que, según cálculos de don Juan de Silva, la cuarta parte de los hombres disponibles para la defensa de las Filipinas contra los holandeses eran japoneses[23].
En 1614 la Corte española, accediendo a las peticiones de los habitantes de Manila, dispuso que se mandase volver a su tierra a los japoneses que viviesen en la ciudad, aunque estuvieran casados, puesto que también en su país podían guardar su fe[24]. Ese mismo año la persecución a la cristiandad japonesa hizo aumentar el número de japoneses en Filipinas con la llegada de los desterrados cristianos[25].
Emigrantes japoneses aparecieron en otros territorios hispanos más alejados de su lugar de origen que las Filipinas; en la ciudad de Reyes, en Perú, por ejemplo, había población japonesa en 1613, al lado de chinos, indios y españoles[26].
EL COMERCIO HISPANO-JAPONÉS.
En el estudio hecho por P. Chaunu sobre el movimiento comercial del puerto de Manila, en una de sus obras más importantes[27], las entradas de barcos japoneses en dicho puerto, por el número de barcos, son como sigue:
1591——-1 barco
1596—— 1 barco
1597—— 2 barcos
1599—— 10 barcos
1600—— 5 barcos
1601—— 4 barcos
1602—— 3 barcos
1603—— 1 barco (aprox.)
1604—— 6 barcos
1605—— 3 barcos (aprox.)
1606—— 3 barcos (aprox.)
1607—— 3 barcos (aprox.)
1609—— 3 barcos
1620—— 3 barcos
El estudio detenido de la documentación española puede añadir algo más a lo reseñado por Chaunu, aunque en modo alguno lograr una precisión total. Así, la lista anterior se puede enriquecer con los siguientes datos:
1585— 1 barco procedente de Hirado[28].
1586— 1 barco procedente de Hirado, que naufragó en la costa norte de Luzón[29].
1587— 1 barco grande de Hirado[30].
1592— 1 barco pequeño de Hirado que iba a Siam y fue obligado a volver a Manila[31].
1 barco de chinos y japoneses, en el que llegó la primera embajada de Harada
(mayo de 1592)[32].
Noticia de 1 barco aprestado en Satsuma[33].
1594— Se espera un navío en Manila. Llegan cartas de Japón sin duda en un barco japonés. Fueron frailes a Japón, sin duda en barcos japoneses de comercio[34]
1603— Han vuelto todos (los supervivientes del galeón Espíritu Santo) en los navíos que aquí vienen del trato, dice un doc. de la época[35] .
1610— Hubo navíos que hicieron viaje entre los dos archipiélagos, en uno de los cuales se enviaron cartas y un presente a Japón desde Manila[36].
Hay que añadir a esto el navío anual que comenzó a enviarse desde Manila a Japón en 1603, nada más hacerse cargo de la gobernación Pedro de Acuña; en la primavera de 1604 estaba de regreso dicho navío en Manila[37]. A partir de entonces se repitió el envío cada año; en 1604 con el capitán Cuevas[38]; en 1605, de regreso en Manila en enero del año siguiente[39]; en 1606 y 1607 con Moreno Donoso al frente de la expedición diplomático-comercial[40]; en 1608 despachado por Rodrigo de Vivero[41] y, finalmente, en 1609 despachado por Juan de Silva[42]. En 1610 Juan de Silva suspendió el envío del navío anual y envió las cartas que éste solía llevar en uno de los barcos de comerciantes japoneses[43]. En años sucesivos no se volvieron a enviar más navíos en forma continuada a Japón.
Estos navíos anuales que se enviaron desde Manila a Japón en los primeros años del siglo XVII aumentaron la importancia del trato comercial entre los dos archipiélagos, según se puede deducir del texto que sigue: Con la nao que esa Audiencia (de Filipinas) suele despachar cada año a Japón suelen ir otras tres o cuatro de particulares, de manera que casi hay contratación en forma[44] .
El comercio con Nueva España, que Ieyasu solicitó a los españoles por primera vez en 1599 de manera oficial, se redujo a cinco viajes entre Japón y México:
1610— una nave japonesa va a México con Rodrigo de Vivero.
1611— regreso de la nave a Japón con Sebastián Vizcaíno.
1613— una nave japonesa va a México con Sebastián Vizcaíno y fray Luis Sotelo.
1615— regreso a Japón con fray Juan de Santa Catalina.
1617— una nave japonesa va a México con fray Juan de Santa Catalina. No volvió a Japón y su tripulación fue llevada a Filipinas para desde allí pasar a Japón.
El total de viajes aproximados entre Japón y territorio español aquí reseñados, a lo largo de los años de relaciones amistosas entre los dos pueblos, es:
De Japón a Manila— 61 viajes
De Manila a Japón— 60 viajes
De Japón a México— 3 viajes
De México a Japón— 2 viajes
Total, 126 viajes.
Hay que añadir, aunque no fuesen viajes comerciales, el número de barcos españoles que por accidente llegaron a las costas japonesas, por haberse vendido la mercancía que llevaban o haber sido confiscada por las autoridades de Japón; su influencia en los intercambios comerciales se puede apreciar, por ejemplo, en el hecho de que el año siguiente a la pérdida del galeón San Felipe, el galeón portugués que todos los años era enviado a Japón desde Macao obtuvo pocos beneficios. En total, fueron los siguientes:
1596— el galeón San Felipe, con carga de más de un millón de pesos, confiscado por Hideyoshi.
1602— el galeón Espíritu Santo; parte de su mercancía fue vendida en Japón y parte perdida.
1609— los galeones Santa Ana y San Francisco; el primero continuó viaje a México mientras que el segundo vendió su mercancía en Japón.
En cuanto a los productos traídos de Japón, se hizo especial hincapié en las informaciones españolas desde Filipinas en los bastimentos necesarios para la ciudad, bien víveres –mantenimientos de la documentación–, bien minerales, armas o mantas; se reseñaron también otras mercaderías y, sobre todo, plata.
Los bastimentos que se llevaban de Japón a Filipinas y que más aparecen en la documentación de la época son: cáñamo para jarcia, cobre, hierro, acero, salitre, mantas, pólvora, clavazón, armas –catanas, municiones y balas, armas enastadas. Trigo, harinas, jamones, atún, cecinas[45]. Cosas necesarias para los almacenes de este campo (Filipinas), según se escribía en 1607[46]. En 1587 se citaban también caballos y vacas entre las mercancías de un navío de Hirado que naufragó en la costa norte de Luzón[47]. Don Antonio de Morga escribía que de Japón se traían pájaros cantores, que llaman simbaros y caballos que parecen frisones[48]. Don Rodrigo de Vivero, además de algunos productos que aparecen en la relación anterior, decía que también se traían de Japón tocinos y frutas secas[49]. Don Juan Cevicós, además del hierro y el cobre, citaba el plomo entre los minerales que los japoneses llevaban a Manila[50]. En las expediciones comerciales a México después de 1610 se llevaron bastimentos como anclas, cables y velas, xarcias, hierro, municiones y pertrechos casi de balde, así como mantas y arroz[51].
En cuanto a las mercaderías que se llevaron de Japón a Filipinas y Nueva España, nunca se trató tanto en la documentación de ella como de los bastimentos ni de manera tan precisa. Miguel López de Legazpi señaló, antes de 1570, un comercio japonés y chino con el archipiélago filipino; entre las mercaderías que llevaban estos comerciantes citaba seda, telillas, campanas, porcelanas, olores y otras menudencias, pero debían corresponder éstas más al comercio chino que al japonés[52]. Posteriormente nunca se especificó el contenido del término mercaderías en lo referente al comercio hispano con Japón, salvo al referirse a las pinturas, biombos, escritorios –o escribanías–, loza –o platos de China–, que llevaron los comerciantes japoneses a Nueva España en 1617[53]. Don Antonio de Morga da una amplia relación, sin embargo, en su libro Sucesos de las islas Filipinas: sedas tejidas de matices curiosos, biombos al óleo y dorados, finos y bien guarnecidos, cuchillería, escritorillos, cajas y cajuelas de madera de barnices y labores curiosas –lacadas–, entre otras cosas[54].
La plata japonesa jugó un papel importante en los intercambios comerciales hispano-japoneses, hasta el punto que algunos comentaristas juzgaron la labor de portugueses, españoles y holandeses como la de meros intermediarios en el comercio de seda china y plata japonesa[55]. Hubo normas muy precisas de la Corte española a este respecto, como más adelante comentaremos.
De las islas Filipinas los japoneses llevaron a sus tierras, en primer lugar, la seda que los comerciantes chinos vendían en el archipiélago español; este comercio de seda y otras mercancías de China fue fundamental en el trato con los japoneses. Miguel López de Legazpi había señalado en 1570 –antes de la instalación al año siguiente en Manila– que los chinos y japoneses llevaban de Filipinas, a cambio de sus productos, oro y cera[56]. No se especificó luego el contenido de las expresiones otras cosas o algo de lo que sobra en Filipinas que solían acompañar a la referencia a la seda y productos chinos que los japoneses compraban en las islas hispanas. En 1604 se citaron entre éstos los cueros de venado[57], y en 1609 la pimienta, clavo y paños de Nueva España[58]. Don Antonio de Morga señala junto a los pellejos de venado, el palo colorado o palo brasil; señaló también el que fuera oidor de la Audiencia de Manila otras cosas que se llevaban a Japón, pero la mayor parte de ellas fueron solamente como parte de los presentes que se enviaron a Ieyasu: miel, ceras, vino de palmas y de Castilla, gatos de Alcalea y vidrios[59]. Mientras Rodrigo de Vivero indicaba, para defender el comercio entre Nueva España y Japón, que se podían llevar a aquel país paños, añil, grana, cordobanes, frutas secas, vino, fresadas, sombreros y rajas[60], Juan Cevicos escribía –desde una postura contraria a la de Vivero en el partido castellano– que Japón solamente necesitaba seda y productos chinos[61].
Finalmente, se dio mucha importancia en determinado momento al comercio de tibores en los medios españoles; algunos se llegaron a pagar, según Antonio de Morga, a dos mil taes de a once reales, precio excesivo e incomprensible para los españoles[62]. Hubo expertos que tasaban el valor de los tibores, según se deja ver por algunos textos e indicaban cuáles eran los más apreciados de acuerdo con el gusto japonés[63].
En cuanto al volumen de este comercio, en la documentación se puede encontrar alguna referencia. Así, en 1592 se dan cifras concretas al citarse la carga de un navío pequeño que llegó a Manila procedente de Hirado; se dice que traía 400 picos de harina y 30 de cobre, lo que equivale a unas 25 toneladas –25.304,8 kg.– y casi dos toneladas –1.897,86 Kg.– respectivamente; además, 1.600 mantas y 150 catanas o espadas japonesas[64].
En diversas cuentas, en 1606 y 1608, se calculó en 1.500 pesos el precio de cáñamo que anualmente se traía de Japón y en 600 el de las balas de artillería[65]. El gasto anual de otros productos de los que se sabe que Japón era proveedor: salitre, 1.800 pesos; hierro, 2.000 pesos; clavazón, 2.800 pesos; mantas de velas, 2.250 pesos[66].
El gasto del navío anual que se envió a Japón desde 1603 hasta 1610 se calculó en una ocasión en 6.000 pesos y en 15.000 pesos en otra ocasión, tendiéndose en la primera a expresar una cantidad menor que la real y en la segunda al contrario[67]. El presente que en ese navío anual se enviaba a Ieyasu y a su hijo el shogún Hidetada, así como a otros nobles de la corte japonesa, se calculó en unos 800 pesos[68].
El galeón San Felipe, perdido en Japón a causa del mal tiempo en el mar, supuso para los habitantes de Manila la pérdida de más de un millón de pesos, millón y medio según algunos cálculos, y era la empresa más importante desde el punto de vista comercial para los habitantes de las islas hispanas[69]. El volumen del comercio portugués con Japón se calculó en un millón y medio de pesos anuales hacia 1606, siendo el galeón de Macao la manifestación más importante y a veces única de este comercio[70]; esta cifra se dio para contrastar la importancia de los intercambios luso-japoneses con el poco valor que alcanzaban los intercambios hispano-japoneses desde Filipinas.
A estos datos hay que añadir uno final de gran importancia. La última expedición comercial japonesa que llegó a Nueva España en 1617 llevaba una carga valorada en diez mil pesos, puesto que los derechos del diez por ciento que se cobraron en Acapulco supusieron 949 pesos, 6 tomines y un grano de oro, según los papeles conservados en Sevilla[71].
De esta serie de datos dispersos se puede concluir que el comercio con Japón alcanzaba los diez mil pesos aproximados por cada viaje comercial; sobre un total de 126 viajes, teniendo en cuenta el amplio margen de error que tienen estos cálculos, puede afirmarse que el total de los intercambios hispano-japoneses en los treinta años de relaciones que aquí se consideran, no superó el millón y medio de pesos, cifra en que se valoró el promedio anual de los intercambios luso-japoneses o el galeón San Felipe, por ejemplo, éste último representando el volumen económico de un viaje Manila/Acapulco con carga especialmente rica.
La importancia económica de los intercambios hispano-japoneses, pues, estaba más en las posibilidades prometedoras que en la realidad de su tráfico comercial.
El comercio hispano-japonés no llegó nunca a ser controlado por las autoridades españolas. En 1609 había quejas de que en Manila no se quería pagar almojarifazgo, ni el tres ni el dos por ciento[72]; tampoco se quería dejar hacer visita –inspección– de las mercancías que llegaban a Manila de Japón ni de las que salían de la ciudad para el archipiélago vecino[73]. En 1608 se ordenó desde la corte española que no saliesen navíos sin esos requisitos, pero no hubo lugar a aplicar esta medida ni mucha rigidez en su enunciado, al ordenarse su aplicación benigna con la expresión si hay disposición y sustancia[74]. La plata no pagaba derechos por ser sacada de reino extraño y la seda pagaba solamente derechos voluntarios[75].
El intercambio comercial resultaba beneficioso en cuanto a los bastimentos se refería por su buen precio en Japón. La afluencia de comerciantes japoneses a Manila y su trato directo con los chinos ocasionó males a los negocios de los hispanos porque, al pagar aquellos en plata, aumentaban los precios hasta en un ciento por ciento[76]. Don Pedro de Acuña en 1604 advirtió a los japoneses que no trajesen dinero para emplear en Manila sino solamente mercancías[77]; don Juan de Silva en 1610 escribió a Japón rogando al shogún que ordenase que no llevasen plata a Filipinas los comerciantes japoneses[78].
Para beneficiarse mejor de la plata japonesa se fue imponiendo en la corte española y en Filipinas el criterio de que era preferible ir a Japón con barcos hispanos a que los japoneses fueran a Manila; con ello se evitaba también el peligro que para el archipiélago español suponía la creciente población japonesa en la ciudad[79]. Las disposiciones finales sobre el asunto no llegaron, sin embargo, a aplicarse.
Don Rodrigo de Vivero basó el mayor peso de su argumentación en favor de la ampliación de lazos comerciales entre hispanos y japoneses en el hecho de que éstos podían invertir su plata en productos hispanos; aunque, según su decir, la plata japonesa iba en interés de cuatro particulares que la enviaban, con el tiempo podría sustituirse con ésta la plata que se enviaba a Filipinas desde México y Perú[80]. El deseo oficial era que lo que se compraba a los chinos no se llevase a Nueva España, puesto que ello suponía salida de plata española hacia China, sino que se vendiese en Japón[81].
La realidad fue, sin embargo, muy otra. El comercio con china siguió siendo importante y causando la fuga de la plata mexicana hacia Asia, mientras que la nueva ruta favorable a los intereses españoles, de Japón a Manila, no prosperó.
[1] A.G.I. Filipinas, legajo 1, ramo 4, número 224. Copia de carta de don Francisco de Huarte para el marqués de Salinas, de 4 de noviembre de 1614.
[2] R.A.H. Manuscritos, 9-2667, legajo 1, número 24. Copia de carta del padre Valeriano de Ledesma al rey, de 20 de agosto de 1616.
[3] A.G.I., México, legajo 2488. Carta de don Juan de Silva al rey, de 16 de julio de 1610.
[4] A.G.I., Filipinas, legajo 20, ramo 2, número 83. Carta de don Juan de Silva al rey, de 16 de julio de 1610.
[5] A.G.I. Filipinas, legajo 36, ramo 3, número 101. Carta de Juan Guerra de Cervantes a un hermano suyo, de 13 de julio de 1605.
[6] A.G.I., Filipinas, legajo 18, ramo 6, número 248. Relación de las cosas de Japón para don Luis Pérez Dasmariñas, hecha por fray Martín de la Ascensión. Se comenta con bastante extensión la dureza de las relaciones vasallo/señor en Japón. Una sumaria exposición de la situación de Japón a finales del XVI y principios del XVII está en las obras de Allen, Historia económica de Japón, Madrid, s.f., cuya primera edición inglesa es de 1949, de la que se han hecho numerosas ediciones, y de Bersihand, Historia de Japón, Barcelona, 1969, cuya edición española está llena de errores de todo tipo, pero de fácil localización y manejo.
[7] A.G.I., Filipinas, legajo 7, ramo 2, número 89. Cuentas de las Filipinas; agosto de 1608; aquí se citan también otros productos que anualmente llevaban los españoles de Japón.
[8] B.N.M. Manuscritos, legajo 3046, folios 86 a 118. Copia de la relación que Sebastián Vizcaíno envió al virrey de Nueva España de su expedición en busca de las islas Ricas de Oro y Plata y a Japón, de 8 de febrero de 1614.
[9] Ibidem.
[10] R.A.H. Colección Muñoz, tomo X, folios 3 a 57. Manuscritos 9-4789. Copia de la relación de Rodrigo de Vivero sobre su estancia en Japón.
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[13] A.G.I. Filipinas, legajo 34, ramo 6, número 140. Memorial impreso de Martín Castaño, posterior a 1606.
[14] Ibid. Filipinas, legajo 4, ramo 1, número 11 a. “Discurso en que se ve cuánto importa al servicio de Dios y de Vuestra Majestad no abrirse la entrada en Japón a los religiosos por las Filipinas”, sin fecha, anexo a doc. de febrero de 1612.
[15] Ibid. Patronato, legajo 25, ramo 50. Declaraciones sobre los recelos de Japón, sin fecha, de hacia 1593.
[16] Ibid. Filipinas, legajo 29, ramo 4, número 95. Carta de Francisco de las Misas al Rey, de 31 de mayo de 1595.
[17] Ibid. legajo 27, ramo 2, número 70. Carta de la ciudad de Manila al Rey de 4 de julio de 1603.
[18] Ibid. legajo 60. Relación del levantamiento de los sangleyes hecha en 1603.
[19] Ibid. legajo 27, ramo 2, número 81. Carta de la ciudad de Manila al Rey de 9 de julio de 1604.
[20] Así puede apreciarse en diversas cartas de las embajadas de la época, publicadas por Lera (Sucesos de las islas Filipinas de Antonio de Morga, publicada por Retana, Madrid, 1909, pp. 442-444).
[21] A.G.I. México, legajo 2488. Carta de Juan de Silva al Rey de 24 de julio de 1609.
[22] Ibid. Filipinas, legajo 27, ramo 3, número 141. Carta de la ciudad de Manila al Rey, de 23 de junio de 1614.
[23] Ibid. México, legajo 2488. Copia de carta de Juan de Silva al Virrey de la India, de 20 de noviembre de 1614.
[24] Ibid. Filipinas, legajo 329, tomo II. Real cédula del gobernador de Filipinas, de 9 de agosto de 1614.
[25] B.N.M. Manuscritos, legajo 2348, folio 161 (antiguo 129). Relato de estos sucesos extraídos de la historia escrita por Colin, Labor Evangélica, Madrid, 1663, pp. 704-706.
[26] Ibid. legajo 3032, folio 246. Padrón de los indios que se hallaron en la ciudad de los Reyes del Perú… por Miguel de Contreras, 1613.
[27] Les Philippines et le Pacifique des Ibériques (XVIe., XVIIe., XVIIIe.), París, 1960, 2 vols.
[28] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 2, número 30 (similar 31 y 37). Carta de Santiago de Vera al Rey de 20 de junio de 1585.
[29] Ibid. ramo 3, número 65. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 26 de junio de 1587.
[30] Ibid. ramo 4, número 68. Carta del licenciado Ayala, fiscal de la Audiencia, al Rey de 20 de junio de 1588.
[31] Ibid. número 93 y 94. Carta del licenciado Ayala al Rey de 15 de junio de 1589.
[32] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 5, número 124. Carta de Gómez Pérez Dasmariñas al Rey de 31 de mayo de 1592.
[33] Ibid. número 125. Informe testifical hecho en Manila sobre las sospechas de invasión que se tuvieron en la ciudad, de 20 de abril de 1592.
[34] Ibid. números 158 y 168. Cartas de Luis Pérez Dasmariñas al Rey, de 15 de enero y de 23 de junio de 1594 .
[35] A.G.I. Filipinas, legajo 19, ramo 5, número 149. Carta de la Audiencia de Filipinas al Rey de 2 de julio de 1603.
[36] A.G.I. México, legajo 2488. Carta de Juan de Silva al Rey de 16 de julio de 1610.
[37] A.G.I. Filipinas, legajo 7, ramo 2, número 47. Carta de don Pedro de Acuña al Rey de 15 de julio de 1604.
[38] Ibid. legajo 79, ramo 4, número 77. Carta de fray Diego de Bermeo al gobernador de Filipinas de 23 de diciembre de 1604.
[39] Ibid. legajo 7, ramo 2, número 75. Carta de Pedro de Acuña al Rey de 6 de enero de 1606; noticia en la postdata.
[40] Ibid. legajo 60. Petición de Moreno Donoso al Rey de 14 de agosto de 1620, enumerando servicios. Ibid. legajo 20, ramo 1, número 29. Carta de la Audiencia de Filipinas al Rey de 11 de julio de 1607.
[41] Ibid. legajo 7, ramo 2, número 82. Carta de Rodrigo de Vivero al Rey de 8 de junio de 1608.
[42] Ibid. legajo 163, ramo 1, número 1. Copia de un capítulo de carta del gobernador de Filipinas al Rey de 24 de julio de 1609.
[43] A.G.I. México, legajo 2488. Carta de Juan de Silva al Rey de 16 de julio de 1610.
[44] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 97. Carta del Rey a Juan de Silva de 25 de julio de 1609.
[45] Aparecen citados estos productos en doc. cit. en nota 24, 26, 28 y 32, entre otros muchos.
[46] A.G.I. Filipinas, legajo 20, ramo 1, número 29. Carta de la Audiencia de Filipinas al Rey de 11 de junio de 1607.
[47] Ibid. legajo 6, ramo 3, número 67. Carta de Santiago de Vera al Rey de 26 de junio de 1586.
[48] Sucesos de las islas Filipinas, edic. de Retana ya cit., p. 178.
[49] A.G.I. Filipinas, legajo 193, ramo 1, número 14. Copia de carta de Rodrigo de Vivero al Rey desde Japón, de 3 de mayo de 1610.
[50] Ibid. legajo 4, ramo 1, número 8. Relación del estado y cosas de Japón, por Juan Cevicos, de 20 de junio de 1610.
[51] Doc. de la R.A.H. cit. en nota 6.
[52] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 1, número 5. Carta de López de Legazpi al Rey de 23 de junio de 1567.
[53] A.G.I. Contaduría, legajo 903, 3º. De lo procedido de derechos del diez por ciento de entrada de mercaderías que vinieron de Japón en 1617.
[54] Op. cit. , nota 48, p. 219.
[55] A.G.I. Filipinas, legajo 34, ramo 6, número 140. Memorial impreso de Martín Castaño.
[56] Doc. cit. en nota 52.
[57] A.G.I. Filipinas, legajo 7, ramo 2, número 49. Carta de Pedro de Acuña al Rey de 15 de julio de 1604.
[58] Ibid. legajo 329, tomo II, folio 97. El Rey a don Juan de Silva de 25 de julio de 1609.
[59] Op. cit. en nota 48, p. 219.
[60] A.G.I. Filipinas, legajo 193, ramo 1, número 14. Copia de la carta de Rodrigo de Vivero al Rey desde Japón, de 3 de mayo de 1610.
[61] Ibid. legajo 4, ramo 1, número 8. Relación del estado y cosas de Japón por Juan Cevicos, de 20 de junio de 1610.
[62] Op. cit. p. 184.
[63] A.G.I. Filipinas, legajo 29, ramo 4, número 92. Carta de fray Jerónimo de Jesús a Francisco de las Misas de 10 de febrero de 1595.
[64] Ibid. legajo 18, ramo 5, número 125. Informe testifical hecho en Manila el 20 de abril de 1592, ante las sospechas de invasión japonesa.
[65] Ibid. legajo 29, ramo 6, número 143. Relación de los gastos ordinarios de las Filipinas, 1606. Ibid. legajo 7, ramo 2, número 89. Cuentas de las Filipinas de 18 de agosto de 1608.
[66] Ibidem.
[67] Ibidem e ibid. legajo 193, ramo 1, número 14. Copia de carta de Rodrigo de Vivero al Rey desde Japón de 3 de mayo de 1610.
[68] A.G.I. Filipinas, legajo 163, ramo 1, número 1. Copia de un capítulo de carta de la Audiencia de Filipinas al Rey de 8 de julio de 1608.
[69] Ibid. legajo 18, ramo 6, número 254. Carta de Antonio de Morga al Rey de 30 de junio de 1597.
[70] A.S.V. Estado, legajo 2637. Consulta del Consejo de Indias de 30 de mayo de 1606.
[71] A.G.I. Contaduría, legajo 903, 3º. De lo procedido de derechos del diez por ciento de entrada de mercaderías que vinieron de Japón en 1617.
[72] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II. El Rey a don Juan de Silva de 25 de julio de 1609.
[73] Ibidem.
[74] Ibidem.
[75] Relación de Juan Cevicos de 20 de junio de 1610 ya citada. A.G.I. México, legajo 2488. Carta de Juan de Silva al Rey de julio de 1610.
[76] Ibidem.
[77] A.G.I. Filipinas, legajo 7, ramo 2, número 49. Carta de Pedro de Acuña al Rey de 15 de julio de 1604.
[78] Carta de Juan de Silva citada en nota 75.
[79] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 97. El Rey a don Juan de Silva de 25 de julio de 1609.
[80] Carta de Vivero al Rey desde Japón ya citada en nota 49.
[81] A.S.V. Estado, legajo 2637. Consulta del Consejo de Indias de 31 de marzo de 1607.
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