Historia de un desencuentro: Capítulo 3

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Historia de un desencuentro: Capítulo 3
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CAPÍTULO III.

  1 . HIDEYOSHI TOYOTOMI, NUEVO SEÑOR DEL JAPÓN.   Entre 1585 --los embajadores de la cristiandad japonesa estaban aún en Roma-- y 1588, año en el que dicha embajada está de vuelta en Macao con el padre Alejandro Valignano, visitador de los jesuitas en la India Oriental portuguesa y el Japón, la situación interna en aquel archipiélago había cambiado totalmente. Durante ese periodo de tiempo, un hombre de origen modesto había conseguido tomar el poder; era Hideyoshi Toyotomi, al que los documentos españoles llaman Cuambacondono, Cuambaco o simplemente emperador universal del Japón. Hideyoshi logró dominar el caos interno del país y fue nombrado por el Mikado --emperador, pero sin poder real-- kuampaku, ya que por su origen humilde no podía ser nombrado shogún. En 1585 era el verdadero jefe militar y político de Japón. Entre las drásticas medidas que Hideyoshi tomó para robustecer su autoridad, estaba la persecución de los cristianos y la expulsión de los predicadores jesuitas de Japón, en el verano de 1587. Las causas a las que españoles y portugueses atribuyeron estas medidas son muy variadas. Algunos dijeron --y era la opinión más defendida por los jesuitas-- que la expulsión se debía a que el cristianismo era juzgado por Hideyoshi como una ley contraria a la de sus antepasados. Otros dijeron que la actuación de los jesuitas se había hecho odiosa al kuampaku o resaltaron su temor a que los cristianos le traicionasen ayudando a un soberano extranjero a conquistar el país. La ambigüedad de las ofertas del daimyo de Hirado permitía cualquier tipo de alarmas[1].   Los mendicantes encontraron en la persecución de los cristianos japoneses y de sus únicos predicadores, los jesuitas, un apoyo más a sus insistentes peticiones; a la corte española éstas llegaban procedentes de Manila, de Malaca, e incluso de la India, en su mayoría enviadas por los franciscanos[2]. Los padres de la Compañía de Jesús no abandonaron Japón, en su mayoría, y continuaban escondidos a la espera de un cambio de circunstancias; el kuampaku, por otra parte, tácitamente toleraba esta permanencia al no desear romper abiertamente con los occidentales y con el comercio portugués.   En 1589 llegó a Manila el nuevo gobernador Gómez Pérez Dasmariñas; los preparativos militares y navales de Hideyoshi destinados a la primera invasión de Corea --que tendría lugar en 1592-- fueron mal interpretados en Filipinas ante los alarmantes avisos enviados sobre todo por los jesuitas, y las acciones de los corsarios japoneses llegaron a crear un verdadero clima de pánico en Manila. El optimismo con respecto a las relaciones con los vecinos japoneses, típico de los años de gobierno de Santiago de Vera, había desaparecido por completo.
 
2. AVISOS DE JAPÓN INQUIETANTES PARA LOS HISPANOS.
  Las acciones de corso y los preparativos para la invasión de Corea fueron interpretados en Manila como manifestación de un vasto plan japonés dirigido contra las islas hispanas del Pacífico. A mediados de abril de 1592 llegó a Manila un navío japonés al mando del capitán Pedro Riochin, japonés cristiano, con cartas de los jesuitas y con algunas mercancías para vender en la ciudad. El día 20 de ese mes, Gómez Pérez Dasmariñas inició un proceso informativo con el fin de aclarar vagas noticias recibidas sobre los preparativos de naves corsarias japonesas para ir sobre la isla de Luzón[3]. El resultado de aquellos interrogatorios alarmó de tal manera al gobernador que decretó el estado de guerra en Manila, de hecho, con unas extensas y minuciosas prevenciones que dio a los oficiales de guerra, al cabildo de la ciudad y a los religiosos[4]. La conclusión a la que habían llegado las autoridades de Manila, oídas las diferentes declaraciones, era que el kuampaku Hideyoshi Toyotomi, unificado su país, había organizado tres ejércitos y armado gran cantidad de navíos para conquistar Corea; había indicios, sin embargo, de que aquella expedición podía estar preparada para la conquista de las Filipinas y no de Corea. La argumentación estaba bien elaborada[5].   El kuampaku había decidido --según los informadores-- dirigir personalmente la expedición de conquista de Corea; dejaba a un sobrino como heredero, dándole las dos terceras partes de sus rentas, con la intención de, victorioso o muerto, quedarse en la tierra conquistada. Corea era tierra fuerte y áspera, difícil de conquistar, mientras que Luzón era para los japoneses tierra rica en oro, sin mucha gente para defenderla y apartada de España. El kuampaku habría obtenido estas informaciones de Luzón de espías enviados expresamente, y principalmente de un grupo de cristianos que habían recorrido la ciudad y visitado como peregrinos hasta quince millas a la redonda. Según el gobernador Dasmariñas, los que entonces gobernaban esta tierra (Filipinas) fueron advertidos de que aquellos cristianos eran espías. Otro espía identificado era un japonés cristiano llamado Gaspar, buen conocedor de la tierra por haber estado varias veces en ella. El kuampaku estaba, pues, bien informado.   Una embajada de Hideyoshi a Manila estaba a punto de salir también de Japón, lo que era interpretado como dentro del plan del kuampaku para la conquista de Luzón. En sus cartas pedía amistad, ayuda para ir contra China y que el gobernador hispano le abatiese estandarte, aunque sin pago de tributo. La respuesta a estas peticiones, necesariamente negativa, se convertiría en el pretexto que el japonés deseaba para justificar la invasión. El reparo a esta interpretación, que podía ser el hecho de carecer de grandes barcos para el transporte de las numerosas tropas, lo desmontaron los interrogados: podía robarlos en Camboya, Siam o China, incautarse de los de los comerciantes que estuvieran en Japón, construir naves nuevas o utilizar los numerosos navíos pequeños japoneses. Avisos posteriores hicieron concluir al gobernador Dasmariñas que Hideyoshi contaba con ciento ochenta navíos grandes en los que podría transportar más de cien mil hombres[6]. En cuanto a la fecha de la posible invasión, los informantes la consideraban como inmediata, tal vez a la vez que la embajada misma --a punto de llegar, según los informantes--, para octubre o, a todo más, para abril de 1593.   La reacción del gobernador fue inmediata: a finales de mayo estaban ya elaboradas las previsiones para la gente de guerra y el cabildo de Manila, como dijéramos. En ellas se llegaba a decir: Se apercibe que, sucediendo el caso de pelear, cualquiera de los nuestros que fuese cautivo de los enemigos, desde mi persona y la de mi hijo, las primeras hasta la menor, ninguno ha de ser rescatado aunque el enemigo le quiera dar por muy poco rescate; y que esto será sin excepción ni duda alguna, para que cada uno con más coraje y resolución pelee procurando, cuando (lo que Dios no quiera) haya de venir a manos del enemigo, antes sean muerto que preso[7]. La fecha de las previsiones es la misma de la entrega de las cartas diplomáticas, dos días después de la llegada de las naves japonesas que trajeron la embajada. Las dos últimas semanas de mayo de 1592 debieron ser de gran tensión y actividad.   Al margen de la riqueza de la oralidad de la información de abril --común a cualquier otra documentación similar--, el testimonio de dos japoneses y un italiano llamado Marco Antonio son de particular interés al mostrar perfiles definitorios de las gentes de frontera, pudiera decirse. Y permiten, por ello, captar con mayor verosimilitud los hechos. Uno de los japoneses era el capitán del navío que había llegado a Manila a mediados de abril con las primera noticias de la pronta venida de la embajada japonesa, Pedro Riochin. El otro japonés, llamado Lasque, de Hirado, conocía el plan de Hideyoshi con respecto a Corea, pero no lo relacionaba con la fama que tenían en su tierra las Filipinas de ricas en oro y con pocas defensas; esto último lo relacionaba con las expediciones corsarias.   Pero la declaración de mayor interés fue la del capitán Riochin; se confesó cristiano, relacionado con los padres de la Compañía de Jesús, y dijo venir a Manila para --además de vender sus mercancías-- informar sobre la embajada que mandaba Hideyoshi al gobernador, como buen cristiano que es. Tras dar algunos detalles de los preparativos militares contra Corea, quedó interrumpida la declaración el 20 de abril; y al día siguiente, al reanudarse de nuevo, el japonés dio un giro fundamental a su visión del asunto, coincidente en la mayor parte de los detalles con la declaración del italiano Marco Antonio, que también venía de Japón. El japonés justificó aquel cambio por la presencia, el día anterior, de un naguatato, muchacho que se llama Miguel, del cual se receló que lo publicaría luego. La información reservada --el aviso de Japón-- era que el portador de la embajada, llamado Gaspar, era espía. Lo dedujo después de una conversación con un japonés infiel llamado Yosongro, quien le había aseverado que sólo ese año podía hacer viaje a Manila, que para otro ya no podría, que el rey (Hideyoshi) taparía el camino. Tras enterarse del contenido de la embajada, Pedro Riochin se había puesto en contacto con los jesuitas, y estos le habían escrito cartas en su presencia y le dieron cuenta de todo lo que dicho tiene. Sus compañeros no conocían estas noticias, salvo que venía un embajador; este declarante lo sabe por estar cotidianamente con los padres teatinos y ellos trataron con él este negocio.   Aunque aviso importante para prevenir al gobernador de Filipinas, no deja de ser una falsa alarma; los jesuitas se mostraban preocupados por la contestación que Dasmariñas pudiera dar a la embajada, pero al mismo tiempo se aventuraba la opinión de que, fuese cual fuese la respuesta de Manila, la invasión podía producirse. A la embajada de Hideyoshi, finalmente, no la siguió una invasión armada japonesa, pero de ella partió el paso de los mendicantes a Japón. Años más tarde, en su viaje a la corte española y a la pontificia, el jesuita Gil de la Mata calificaría algunos de estos extremos como sospechas y temores infundados de los españoles de Filipinas[8].   El gran esfuerzo de Gómez Pérez Dasmariñas por financiar obras de defensa de Manila, encargadas al ingeniero Leonardo Iturriano, deben ser consideradas en este marco.
 
3.LA PRIMERA EMBAJADA DE HARADA EN MANILA.
  El 29 de mayo de 1592 entró en Manila, por fin, un navío japonés en el que venía la embajada de Hideyoshi, y el día 31 entregaron al gobernador las cartas que traían[9]. Al frente de la embajada venía el tal Gaspar --Gaspar Harada Magoshichiro[10]-- que en la información de un mes largo atrás había sido presentado como el espía más destacado de Hideyoshi para las Filipinas. Al año siguiente se supo que este japonés no era el embajador mismo --Harada Kikuyemon--, sino un criado suyo; enfermo Harada Kikuyemon --el Faranda de la documentación española-- en Satsuma, había enviado a Gaspar a Manila para no retrasar el envío y porque era conocedor de aquella navegación por haber estado ya allí con anterioridad. Gaspar presentó al gobernador Dasmariñas las cartas de la embajada: una del kuampaku Hideyoshi, otra de un noble japonés y capitán general, otra del camarero y una última del daimyo de Hirado. El gobernador hizo una descripción minuciosa de aquellas cartas. La de Hideyoshi venía en una caja de madera larga vara y media, pintada de color blanco, y dentro otra caja del mismo grandor, muy bien pintada, barnizada y bruñida, de color negro, con unos argolloncitos dorados y unos cordones que son seda colorada; y dentro de ésta otra caja pintada de jaspeado…, leonado y oro, con sus argollones y cordones de seda blanca… y dentro de esta tercera, envuelta en un papel recio y ancho, pintado y dorado, venía la carta escrita en letras chinas en lengua japona, en un papel recio luminado y dorado con mucho amor; es la carta tan grande y mayor que las bulas aplicas que vienen de Roma en pergamino; sellada con dos sellos pintados de colorado impreso. Las otras tres cartas iban presentadas en sus cajuelas pequeñas. Esta descripción del modo de ir presentadas las cartas no se volvió a repetir en sucesivas embajadas, tal vez por ya no ser novedoso[11].   La traducción de los originales --una versión del intérprete japonés del kuampaku y otra hecha en Manila-- confirmó lo que la declaración del 20 de abril habían dejado entrever. La traducción hecha por los hispanos resultaba más dura y alarmante que la hecha por japoneses, esta última tal vez la versión del propio Harada[12]. En el texto de la carta principal Hideyoshi parecía pedir que los nuevos vecinos se definiesen ya como amigos, enviándole una rápida respuesta, ya como enemigos si no se la enviaban; en el segundo caso, el kuampaku amenazaba con tomar con las Filipinas la misma medida que había tomado con Corea. Esta difusa petición de amistad fue considerada por los españoles, con el precedente de las informaciones alarmistas llegadas de Japón previamente, petición de obediencia. El tono mismo de la carta de Hideyoshi --de orgullo mesiánico y de exhibición de fuerza-- hizo concluir al gobernador Dasmariñas que los rumores llegados a Manila previamente a la embajada nos son sospechas, sino que averiguadamente le quedamos esperando para octubre de este año o principios del que viene[13].   Las cartas de los otros notables japoneses no hicieron sino confirmar aquellas sospechas. Uno de ellos hablaba sólo de amistad, pero otro parecía hablar de ofrecer parias al señor de Japón; ambos coincidían en dar prisa a las autoridades de Manila para que enviaran respuesta que evitara una posible invasión[14]. La carta del daimyo de Hirado es mucho más amistosa y mostraba el interés por mantener los contactos ya iniciados con los hispanos; parecía pedir disculpas por el tono de las otras cartas y rogaba al gobernador que supiese distinguir de cartas a cartas. Explicaba también que era una costumbre en Japón que cada ciertos años se enviasen dones en reconocimiento de amistad, costumbre que quería restaurar Hideyoshi al sentirse fuerte y tener el reino unificado después de tantos años de guerras civiles[15].   Los diez primeros días de junio fueron de gran actividad en Manila. Se celebró una junta de religiosos, otra de capitanes y oficiales de guerra y el gobernador decidió, finalmente, contestar con la mayor rapidez a la embajada japonesa, aunque sin comprometerse en una posición definida[16]. Se excusaba el gobernador de ser más preciso  por las dudas en la interpretación de los textos debido a una poco segura traducción, así como por la poca confianza que le daba la persona del embajador --al que Dasmariñas llama Harada (Faranda) y no Gaspar--, de poca calidad para ser embajador de un rey tan grande como el de Japón. El 11 de junio estaban redactadas la respuesta para Japón y una carta informativa para la corte española. En ésta se explicaba que la contestación rápida enviada a Hideyoshi era sólo por divertirle y entretenerle hasta que los reparos y fortificación y el socorro, que espero lleguen a perfección, y quitarle que por su embajador no tenga aviso de lo de acá tan puntual como le pudiere dar[17] . El dominico fray Juan Cobo debía ir con las respuestas y debía enterarse de las verdaderas intenciones japonesas con respecto a Manila; tampoco se descartaba, en el tiempo que tardase en regresar el embajador Cobo, la posibilidad de una invasión.   El desconocimiento mutuo planeó por estos primeros encuentros oficiales. El encumbramiento de Hideyoshi había producido cambios importantes en Japón, mientras que la idea que allí tenían de los hispanos, expertos navegantes bien armados, contrastaba con las pocas defensas que parecía tener el archipiélago filipino. El resultado de los contactos fue de alguna manera desalentador. Despachados los asuntos de la embajada, Gómez Pérez Dasmariñas envió a la corte española un informe en el que a grandes rasgos definía las peculiaridades de los pueblos chino y japonés para que en Madrid trazasen el diseño de la actuación hispana en Asia; claramente, se inclinaba el gobernador a un mayor acercamiento a los chinos para oponerse a posibles acciones hostiles japonesas. Se alejaba, así, del primer proyecto ambicioso trazado en los años de gobierno de Santiago de Vera[18].   Los mendicantes, por su parte, seguían presionando al gobernador en su deseo de pasar a Japón y al continente.  En una carta al secretario Juan de Ibarra, decía Dasmariñas que estaba cansado de aquellos tres años de gobierno y proponía a Luis Fajardo como persona adecuada para sucederle; se quejaba particularmente del descontento de los frailes y del obispo. Estoy descomulgado --escribía al Rey-- y lo mismo dicen ahora los franciscanos porque ellos no fuesen a la China y Japón, y ahora a España; y es tanta la desenvoltura… de estos benditos, que dicen que han de ir aunque yo no quiera[19].   Tras el primer centenario del descubrimiento de América por los hispanos --si entonces hubiesen celebrado este tipo de efemérides--, el año de 1593 los franciscanos habían de lograr lo que tan insistentemente habían reivindicado: el paso a Japón de sus frailes desde Manila.
 
4.LA EMBAJADA DE FRAY JUAN COBO A HIDEYOSHI TOYOTOMI.
  El 29 de junio de 1592 --con la rapidez que se pedía del Japón a la contestación de la embajada de Harada-- salió el dominico Juan Cobo de Manila; en un navío capitaneado por Lope de Llanos, llevaba una misión diplomática que pudiera ser vital para las Filipinas.   La contestación del gobernador Dasmariñas fue muy meditada. El encabezamiento de la carta enumeraba todos los títulos del rey Felipe II que acreditaban su grandeza y dio el resultado apetecido al despertar la curiosidad de Hideyoshi sobre tan extensa enumeración de tierras. Con toda cortesía se quejaba del mensajero, no de las partes y calidad que requería el real nombre de quien le enviaba y de la persona a quien viene y de la importancia y grandeza de la embajada; lamenta algunas dificultades de traducción y presenta a fray Juan Cobo como embajador. Daba razones en favor de la amistad y entendimiento mutuos y le enviaba una docena de espadas y otra de dagas finas, las cuales, con la voluntad que se ofrecen y en señal de amor, aceptareis de mi mano como de un particular que vuestro bien y grandeza desea. Las cartas a los dos grandes del Japón eran del mismo tono: insistía en las dudas sobre la embajada de Harada, presentaba a fray Juan Cobo y expresaba sus deseos de amistad y buenas relaciones con Japón[20]. La contestación al daimyo de Hirado era particularmente amistosa; le ofrecía enviar comerciantes a sus puertos, le reiteraba sus dudas sobre la embajada de Harada y le rogaba que le aclarase el sentido del ruego de que supiese distinguir de carta a carta, del texto de la del daimyo de Hirado; presentaba a Juan Cobo como persona muy capaz para tratar con él de todos aquellos asuntos y le aseguraba que con la respuesta a esta embajada quedará muy confirmada nuestra amistad[21].   Fray Juan Cobo nunca llegó a Manila: desapareció al regreso de su embajada víctima de un tempestad cerca de Formosa, la isla Hermosa en la documentación hispana del momento. Su gestión en Japón la conocemos por las declaraciones de algunos testigos presenciales, españoles y japoneses; fragmentaria e incompleta --a pesar de la riqueza de la oralidad de algunas de estas declaraciones--, con Juan Cobo desaparecían también todas las observaciones fruto de su embajada que el dominico deseaba fuesen conocidas, incluso con un viaje personal para ello, en Madrid. Fray Juan Cobo era notable sinólogo y a causa de ello --por sus letras, gravedad, religión y prudencia[22]-- había sido elegido para aquella empresa, con lo que su informe hubiera sido un análisis maestro. También conocemos esta embajada a través de informaciones  que los portugueses de Macao y los jesuitas mandaron hacer; enfrentadas a las procedentes de Filipinas, crean complejos problemas interpretativos[23].   Fray Juan Cobo y el capitán Lope de Llanos llegaron a Satsuma y desde allí enviaron una carta al kuampaku Hideyoshi y otra a Harada Kikuyemon a la corte de Nagoya, residencia entonces de Hideyoshi; éste envió a su encuentro una expedición por tierra y otra por mar, al mando de la cual iba Harada. Encontraron al embajador español entre Hirado y Nagasaki y los condujeron a Nagoya. Ya les acompañaba un hombre clave para esta embajada, Juan de Solís, hispano perulero apasionado defensor de los intereses castellanos y muy enfrentado a los portugueses y jesuitas de Japón.   En Nagoya, Hideyoshi había preparado el alojamiento del embajador y sus acompañantes en casa de un grande de su corte, así como una casa de oro para su agasajo, quizá el chanoyu citado por Solís en sus declaraciones. Harada les explicó que Hideyoshi lo hacía así para mostrar a sus cortesanos el desacostumbrado recibimiento que hacía a un enviado del gobernador de Luzón y a un hombre como fray Juan Cobo, padre y sabio. A los veinticinco días --de su llegada a Japón, sin duda-- el embajador Juan Cobo, Lope de Llano y Juan de Solís llegaban a la casa de su huesped, a hombros de japoneses en andas muy adornadas y acompañados por un cortejo de seiscientos hombres principales. Una semana después eran conducidos a presencia de Hideyoshi. La corte japonesa, como se esforzó en resaltarles Harada, estaba admirada con el recibimiento y mostraba éste el prestigio de los hispanos, belicosos y honrados.   Juan Cobo entregó a Hideyoshi las cartas y le expresó las dudas acerca de la embajada recibida en Manila a finales de mayo; Harada explicó su enfermedad y el envío de Gaspar, y se pasó al sentido de las cartas. Juan de Solís decía que en las conversaciones quedó claro que no interpretó bien las cartas quien dijo que en ellas se pedía vasallaje, y lo mismo decía Harada. Hideyoshi mandó a Harada que volviese a Manila con fray Juan Cobo, hablase con el gobernador y le pidiese amistad y hermandad. Les dio colación y de beber en el chanoyu de oro y allí volvió Hideyoshi a insistir en los términos de amistad y hermandad por dos o tres veces antes de sentarse. Tres días después Hideyoshi envió a fray Juan Cobo una catana --cuyo nombre, guihoccan, tenía una interpretación sospechosa-- y una carta para el gobernador; a pesar de la insistencia de Harada y de Juan de Solís en los términos de amistad y hermandad, mantiene el mismo tono fuerte y urgente de la primera carta llevada a Manila por Gaspar Magoshichiro.   Cumplida la misión, el embajador Cobo, con los hispanos y Harada, volvieron al sur, al puerto de donde habían de emprender el regreso a Manila. Fray Juan Cobo no quiso esperar a Harada para la vuelta y, a pesar de sus advertencias sobre el peligro de mal tiempo por la tardía época el año, emprendió viaje en una nave no demasiado bien acondicionada. Previamente Harada había dejado con Juan Cobo dos parientes que le sirvieran, y fray Juan Cobo y Lope de Llanos dejaron al embajador japonés cartas de presentación para el gobernador --por si sucediese que llegaran a Manila antes ellos-- y a Antonio López,  sangley cristiano de la compañía del embajador hispano. La carta para el gobernador estaba fechada en Cuxi el 4 de noviembre de 1592. En principio, abril y octubre eran las fechas adecuadas para esta navegación; Harada aguardó a que hubiese vientos favorables, al menos, pero Juan Cobo y Lope de Llanos salieron antes y no habían de llegar a Manila.   El gobernador Dasmariñas intentó indagar en los próximos al embajador desaparecido para hacerse una idea de lo que Juan Cobo hubiera podido opinar sobre el asunto; un hombre de confianza del dominico, el sangley cristiano Antonio López, y el maestro de letras chinas que acompañó al embajador, Juan Sami, fueron los que ofrecieron más datos de interés, así como Juan de Solís y Harada, más parciales en cuanto al enfoque de los hechos. Plenas de oralidad, en los testimonios con naturalidad se incluye la anécdota. Preguntado un día fray Juan Cobo por Antonio López --Padre, ¿tendremos este año guerra en Luzón?, contestó --No tendremos, al mismo tiempo que expresaba su deseo de ir a Castilla para tratar asuntos que sólo él podía tratar[24]. En otra ocasión comentó --también con el chino López-- la conveniencia de entretener a Hideyoshi durante cuatro o cinco años, para terminar de fortalecer Manila, y entonces sí podría haber guerra; mas si el gobernador de Filipinas enviaba al kuampaku algo no había que esperar guerra. También le había comentado la necesidad de enviar franciscanos a Japón porque no quieren dinero y los japoneses, de corazón blando, los querían mucho. La precipitada salida de Cobo y Lope de Llanos se relacionó con las sospechas de invasión: En viniendo acá (a Manila) habrá de tratar con el señor gobernador no quedarse ningún japón en la tierra, y el padre fray Juan Cobo, por estas ocasiones de sospecharse de los japoneses, salió tan presto y a tan mal tiempo del Japón; incluso había pretendido enviar por delante al sangley cristiano Antonio López, con voz de ir a China y para que sin levantar sospechas llegara a Manila antes que Harada. Otro día había comentado con el chino Antonio López si sería bien que nos concertásemos nosotros con el chino contra el japón, en esta forma: que si el Japón fuese sobre China nosotros le diésemos favor y que si viniese sobre estas islas ellos nos diesen favor[25]. Las continuas alusiones de Hideyoshi y los notables de su corte a la guerra de Corea, cuando se trataban de asuntos de Filipinas, daban pie a paralelismos de este tipo. Podría deducirse que Juan Cobo quería prevenir cuanto antes a los hispanos ante una posible invasión.   Nada de esto podía deducirse de los testimonios de Harada y de Juan de Solís, el perulero que se había incorporado en Japón a la expedición de Cobo. Para ellos, en las cartas sólo se hablaba de paz, amistad y hermandad, en absoluto de vasallaje[26], y así lo había comprendido Cobo. Surgieron nuevas anécdotas; contaba Harada que, al preparar el presente para Hideyoshi, insistió a Cobo en que llevase un presente más rico y le ofreció dinero para tal fin; pero el embajador hispano le contestó: Bien está, que ahora no vengo por embajador sino a saber esta duda; y esto no se da por gracia sino en señal de amor, y para éste cualquier cosa se ha de recibir de quien nada ha menester, como el emperador. Ya en presencia de Hideyoshi, preguntado Cobo por el encabezamiento de la carta del gobernador de Manila y la enumeración de las tierras del rey de España, mostró al kuampaku en un globo los dominios de Felipe II y sus distancias, dejando claro la imposibilidad de que el rey de España reconociese a alguien. La versión de la carta de Hideyoshi hecha por Juan Sami, el maestro de letras chinas, y conocida por Juan Cobo, deja traslucir, sin embargo, la dureza de las peticiones de Hideyoshi; y el sangley cristiano Antonio López también afirmaba que Cobo sabía que Harada y los japoneses querían que los de Manila los reconozcan. La palabra sospechosa para los hispanos.   En las declaraciones testificales procedentes de los medios jesuítico-portugueses, de Macao y Nagasaki, se amplía más la perspectiva de la embajada de Juan Cobo y, sobre todo, se perfila la intervención de Juan de Solís. La embajada de Juan Cobo llegó a Satsuma cuando Juan de Solís andaba en el tercer intento de construir un navío para salir de Japón, por problemas con los portugueses, y se unió de inmediato a la expedición hispana, de alguna manera como asesor del dominico. En esta colaboración de Solís veían los portugueses y jesuitas el origen de todos los males que les sobrevinieron a consecuencia de la embajada. En Nagasaki Cobo y su acompañamiento fueron bien recibidos por los jesuitas y portugueses, mas Cobo no traía cartas del gobernador para ellos ni les quiso comentar nada sobre su misión; no les tomaron como amigos, sino con recelo, y no aceptaron la invitación de quedarse unos días en Nagasaqui para recibir asesoramiento en asuntos fundamentales del país, abandonando la ciudad al día siguiente. Recogidos por Harada entre Nagasaki y Hirado, en Nagoya Juan Cobo no había querido tratar los asuntos de la embajada con los señores cristianos, sino que se sirvió de los gentiles, sin duda menos comprometidos con los intereses jesuítico-portugueses. Tras estos reproches, en las declaraciones procedentes de medios de este partido Hideyoshi no hizo caso de los hispanos y no los trató como debiera, apreciación opuesta a la de los testigos y protagonistas de la embajada de Cobo[27]. De regreso de Nagoya los expedicionarios españoles estuvieron en un puerto próximo a Nagasaki con el nuevo gobernador de la ciudad, Terzawa, sin comunicarse con los jesuitas y los portugueses; como consecuencia de intrigas tramadas, la iglesia de Nagasaki fue destruida, de lo que luego se arrepintió el gobernador Terzawa, y la salida precipitada del embajador para Manila antes del tiempo propicio para la navegación.   Otro telón de fondo era el conflicto con los portugueses de Juan de Solís. Juan Sami escribió una queja al kuampaku, por encargo de Juan Cobo, de los agravios recibidos por Solís de los portugueses, y el embajador escribió también algunas cartas a portugueses --al capitán Roque de Melo Pereira y al mercader Ignacio Moreyra-- y al visitador Alejandro Valignano[28]; este último relacionó expresamente la embajada de Juan Cobo con los cambios de gobernadores de Nagasaki --sustituyendo a los cristianos, ya tradicionales, por dos nuevos gobernadores gentiles-- y la destrucción de la iglesia de Nagasaki.   El jesuita Antonio Sedeño en Filipinas, rector del colegio de la Compañía en Manila, informó al gobernador de los puntos de vista jesuítico-portugueses sobre el asunto, a raíz de la llegada a Manila de la segunda embajada de Harada, y Dasmariñas ordenó un segundo interrogatorio a los protagonistas supervivientes --Solís, Marco Antonio, el chino Antonio López-- así como el propio Harada. Todos coincidían en que la culpa de la persecución de Hideyoshi a los cristianos la tenían los jesuitas y no la embajada de Cobo; Solís lo relacionaba con un contencioso antiguo entre Hideyoshi y el padre Gaspar Coello; el italiano Marco Antonio lo relacionaba con el conflicto entre el daimyo de Arima, con apoyo jesuita, y el señor de Hizen, resentido con los jesuitas y más tarde del Consejo de Hideyoshi. Harada resaltó el poder de los padres de la Compañía y su actuación en asuntos económicos, causa de impopularidad en la corte japonesa. El chino Antonio López, finalmente, relacionó las destrucción de la iglesia de Nagasaki con las protestas de los bonzos por haber derribado los jesuitas y los portugueses un ídolo en Hirado; concluía también que no se perseguía a los cristianos sino a los padres jesuitas.   Lo que diéramos en denominar partidos castellano-mendicante y jesuítico-portugués se habían perfilado y comenzaban a reforzar sus argumentaciones y estrategias.  
 
 
5.LA SEGUNDA EMBAJADA DE HARADA.
  En abril de 1593 llegó a Manila la segunda embajada de Hideyoshi y al frente Harada Kikuyemon. Puede decirse de él que demostró ser un hábil diplomático, y que captó y aprovechó al máximo la pugna entre hispanos y portugueses, mendicantes y jesuitas. Su sutileza --en la cuestión del reconocimiento, sobre todo, o en las versiones de las cartas-- le hicieron sospechoso, pero resolvió el negocio, como se decía.   Según informes de medios jesuítico-portugueses, Harada era un mercader japonés que había ido alguna vez a las Filipinas y por su mal vivir tenía roces con los padres de la Compañía por los reproches que éstos le hacían[29]. Después de tratar con Hideyoshi, por medio de un notable de la corte, sobre la posibilidad de que el gobernador de Manila le diese obediencia, fue encargado de llevar a cabo esta gestión. El chino Antonio López --sangley cristiano--, aunque juzgaba la embajada de paz, trataba con dureza a Harada y pensaba que esa era también la opinión de Juan Cobo; Harada debía llevar a cabo una acción diplomática que halagara al kuampaku sin indisponerle con el gobernador de Filipinas; el chino López pensaba que Harada esperaba un buen presente del gobernador para Hideyoshi que le sirviese para fingir la sumisión. La opinión más extrema era que Harada pretendía el reconocimiento español y llegar a ser él mismo gobernador de Manila, no se sabía bien si de los japoneses que vivían allí --entre quinientos y mil según diversos cálculos-- o también de los hispanos y los chinos.   Juan de Solís llegó a Manila el 23 de mayo de 1593, poco después de Harada, y no creía sospechosa la venida de Harada; de él opinaba que era un hombre honrado, aunque con cierta vanidad por el favor que le dispensaba Hideyoshi desde hacía poco tiempo.   La gestión de Harada Kikuyemon consiguió tranquilizar al gobernador Dasmariñas. Aseguró que la embajada del kuampaku era solo de paz y amistad; si otra cosa se había entendido, ello era una mal interpretación de las cartas. Más aún, para capitular las paces Hideyoshi le había dado aquellos vestidos que traía, de blanco y morado, de amistad y hermandad, que si de guerra viniera, como se pensaba, otras fueran las vestiduras[30]. Los asuntos de comercio los trató también con todo rigor; debía haber controles, con despachos y registros, para evitar las molestias que pudieran causar los japoneses aventureros. La ayuda mutua en lo militar lo presentó también como un deseo del kuampaku; sobre estos aspectos prometió enviar capitulaciones nada más llegar a Japón. Finalmente, solicitó frailes que le acompañasen al Japón; prometió enviarlos de nuevo a Manila si no eran bien tratados y apoyó su petición en argumentos duros contra los padres de la Compañía[31].   Ayudó a tranquilizar a Gómez Pérez Dasmariñas --según el propio gobernador-- las declaraciones de Juan de Solís, de los acompañantes de Cobo --los chinos López y Juan Sami-- así como las cartas de presentación que escribió el embajador dominico por Harada que, aunque concisas por cuanto no sirven más que para solvoconducto de los portadores, significaron  para el gobernador cierta seguridad[32]. Gómez Pérez Dasmariñas recibió bien a Harada. En la carta de respuesta[33], nuevamente mantuvo las dudas sobre las traducciones al no haber llegado el embajador Cobo a Manila con los originales de Hideyoshi, lo que le permitía al gobernador esperar a nuevas sugerencias de la corte española y entretener la respuesta definitiva. Mas, a pesar de ese compás de espera, se decidió a enviar frailes franciscanos con la respuesta a la embajada de Hideyoshi, fray Pedro Bautista y otros tres frailes franciscanos; ellos serían los portadores de las cartas y el presente del gobernador, acompañados por Harada. Con ello aceptaba la sugerencia del chino Antonio López --tan cercano al desaparecido Juan Cobo-- de no enviar por medio de Harada embajada con presente a Hideyoshi para que el japonés no usase el presente como prueba de prestación de vasallaje del gobernador de Filipinas.[34]   El envío de los franciscanos se hizo tras una junta de religiosos que se esforzó por encontrar una argumentación poderosa para justificar el envío de frailes a Japón por las Filipinas; se consideró a Japón, más occidental que las Filipinas, dentro de la demarcación hispana --de las Indias occidentales-- y al breve de Gregorio XIII de 1585 --que pedía licencia expresa para pasar a Japón otros que los jesuitas-- opusieron otro concedido por Sixto V en 1588 a los franciscanos, en el que se decía que podían fundar conventos y casas en la India oriental y reinos de la China. El afán fundamental de aquella junta de religiosos fue la defensa jurídica del envío de mendicantes a Japón; presupuesta la autoridad del buen trato asentado y que los teatinos que han comenzado aquella cristiandad están ahora en desgracia de aquel rey y desterrados, y se podría por aquí consolar y recobrar el cristianismo que en aquellas partes hay y se va perdiendo, y recobraría con enviar otros padres aceptos al Cuampacu y pedidos por su embajador…   Podía considerarse aquella decisión como el nacimiento del partido castellano-mendicante, pudiera decirse; el padre Sedeño, rector del colegio de la compañía en Manila, reaccionó con rapidez y presentó una petición de gran autoridad y dureza al gobernador: A Usía pido y suplico y, si es necesario requiero todas las veces que según derecho puedo y debo, no envíe los dichos frailes al Japón; y si lo contrario hiciere, hablando con el debido respeto, le protesto todos los daños que de ello se siguiere así a aquella cristiandad como a toda esta tierra. Dasmariñas contestó con una nueva información sobre algunas inesactitudes en las afirmaciones del padre Antonio Sedeño[35].   Gómez Pérez Dasmariñas había tomado partido por los mendicantes y a partir de ese momento los jesuitas desarrollaron una intensa actividad informativa en la que, punto por punto, intentaron desmontar las razones de los frailes, Harada, Juan de Solís y los críticos a su actuación en Japón; los puntos de vista de un partido jesuítico-portugués se perfilaban en estos extensos sumarios y literatura polémica[36]. Y el enfrentamiento con el castellano-mendicante.   Los jesuitas se sentían apoyados por los portugueses, por el breve de Gregorio XIII, por la política de Felipe II hasta ese momento, defensor de la no injerencia de los hispanos en asuntos portugueses y viceversa, así como por su antigüedad y experiencia en la evangelización del Japón. Los mendicantes castellanos se sentían apoyados por el breve de Sixto V, por el deseo de los hispanos de intervenir en Extremo Oriente, por los deseos de Hideyoshi manifestados en su embajada así como por el desprestigio de los jesuitas en Japón a causa de ciertos aspectos dudosos de su actuación allí. Todos los debates se plantearon en torno a alguno de estos aspectos y pronto se unieron al debate voces procedentes de las Indias Orientales portuguesas; el gobernador de la India, aunque alababa la labor evangelizadora de los jesuitas en Japón, decía que debían enmendarse en algunos detalles de su modo de actuar[37]. También el obispo de Malaca pensaba que debían de ir todas las religiones que lo desearan a Japón, pues era positivo para el progreso de aquella cristiandad[38]. El envío de fray Pedro Bautista y frailes franciscanos estaba bien respaldado en Oriente, pues.   En junio de 1593 Gómez Pérez Dasmariñas había cerrado el asunto. Las Filipinas estaban asentadas, fortificadas y pacificadas y era necesario ocupar en algo a los hombres; era el momento de llevar a cabo una jornada en el Maluco. Particularmente, me movió la seguridad que hay del Japón y las prevenciones hechas para defensa de estas islas[39]. El 17 de octubre de 1593 el gobernador --de acuerdo con las religiones, capitanes y gente de guerra-- salió de Manila para la jornada del Maluco con cuatro galeones y otras embarcaciones menores; una semana después, aislado el buque insignia del resto de la flota, Gómez Pérez Dasmariñas era asesinado por los remeros sangleyes sublevados.                  


[1] El debate sobre las causas de la persecución a los cristianos en Japón aparece con frecuencia en la documentación hispana y portuguesa, en particular tras 1590 y cuando se planteó la conveniencia de que fueran religiosos mendicantes a Japón. Las versiones diferentes de jesuitas y portugueses por un lado y mendicantes y españoles por otro, aparecen también en las fuentes impresas y hasta en la bibliografía antigua y la actual.
[2] Particularmente interesantes son: A.S.V. Secretarías Provinciales, libro 1551, folio 682. Carta del obispo de Malaca al Rey de 6 de diciembre de 1589 sobre varios asuntos, en portugués; pide al Rey que conceda y mande que todas las religiones --órdenes religiosas-- que quieran pasar a Japón puedan hacerlo a pesar de las provisiones en contra que tenían los jesuitas. Ibid., folio 668. Carta de fray Antonio dos Reis de 9 de octubre de 1589. Ibid., folio 669. Carta de fray Gaspar de Lisboa al Rey de 23 de noviembre de 1589. Estas dos cartas, del custodio de Malaca y del custodio de la India y comisario general de los franciscanos tenían un sentido similar a las enviadas desde Manila.
[3] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 5, número 125. Información hecha en Manila el 20 de abril de 1592 por orden de Gómez Pérez Dasmariñas.
[4] Ibid., número 126. prevenciones que se comunicaron a los oficiales de guerra, y, algunas, al cabildo de la ciudad de Manila, de 31 de mayo de 1592.
[5] Ibid., número 125. Información cit. en nota 127. Ibid., número 122.Carta de Gómez Pérez Dasmariñas al Rey de 31 de mayo de 1592. Toda la argumentación del gobernador expuesta en esta carta está sacada de las declaraciones de los testigos de la declaración precedente.
[6] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 5, número 124. Carta de Gómez Pérez Dasmariñas al Rey de 31 de mayo de 1592.
[7] Ibid., número 126. Prevenciones… de 31 de mayo de 1592.
[8] R.A.H. Manuscritos 9-2665, folios 179-181 y 193. "Sumario de una relación que el provincial de San Francisco envió de las Filipinas, en la cual, porque se tocan algunas cosas en descrédito de los padres de la Compañía que andan en el Japón, responde a ellas el procurador de aquella provincia. Se cita aquí la opinión del padre Gil de la Mata, expuesta en un memorial suyo presentado a la corte española, opinión contraria a todas las informaciones que llegaron de Japón a Manila procedentes, la mayoría, de los padres jesuitas.
[9] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 5, número 134. Carta de Gómez Pérez Dasmariñas al Rey de 11 de junio de 1592.
[10] Para la identificación de los japoneses reseñados en la documentación española, son muy importantes los trabajos de J.L. Alvarez Taladriz, sobre todo en publicaciones de la Eichi University de Osaka. Para este capítulo, "Notas adicionales sobre la embajada a Hideyoshi del padre fray Juan Cobo, O.P.", 1969.
[11] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 5, número 134. Carta de Gómez Pérez al Rey de 11 de junio de 1592.
[12] Ibid., número 136. Copia de la carta traducida de Hideyoshi al gobernador de Filipinas del 11 de junio de 1592 la traducción.
[13] Ibid., número 134. Carta de Gómez Pérez Dasmariñas al Rey de 11 de junio de 1592.
[14] Ibid., número 138. Copia de traducción de carta del camarero de Hideyoshi al gobernador de 11 de junio de 1592 la traducción.
[15] Ibid., número 142. Traducción de la carta del daimyo de Hirado al gobernador de 11 de junio de 1592.
[16] Ibid., número 137. Copia de carta del gobernador de Filipinas para Hideyoshi de 11 de junio de 1592.
[17] Ibid., número 134. Carta de Dasmariñas al Rey de 11 de junio de 1592.
[18] Ibid., número 145. Carta de Gómez Pérez Dasmariñas al Rey de 12 de junio de 1592.
[19] Ibid., número 146. Carta del gobernador al Rey de 20 de junio de 1592. Ibid., número 147. Carta del gobernador a Juan de Ibarra, secretario del Reino, de 20 de junio de 1592.
[20] Ibid. número 139 y 141. Copia de cartas del gobernador Dasmariñas al camarero y a un grande de Japón de 11 de junio de 1592.
[21] Ibid., número 135. Copia de carta de Gómez Pérez Dasmariñas al daimyo de Hirado de 9 de junio de 1592.
[22] Así lo recoge Alvarez Taladriz en su artículo citado sobre Juan Cobo.
[23] Las informaciones tomadas en Manila que contienen más datos sobre la embajada de Juan Cobo son: A.G.I. Patronato, legajo 25, ramo 50. Declaraciones sobre los recelos de Japón, sin fecha pero claramente de 1593. A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 5, número 108. Lo que trató con el gobernador Faranda, embajador de Japón, y la copia de carta para Japón y los demás papeles de 27 de abril de 1593. Ibid., número 110. Petición del padre Antonio Sedeño, declaraciones de testigos tomadas en Manila con ocasión de dicha petición y relación de lo tratado en la junta celebrada en la ciudad de Manila de 10 de junio de 1595 y siguientes. Algunas de las informaciones hechas por los jesuitas sobre el mismo asunto son las siguientes:  R.A.H. Manuscritos 9-2665, folios 175-178 y 185-189. Sumario de una relación que en el Japón se hizo por autoridad de justicia a instancia de los padres de la Compañía, en el mes de julio de 1592 años. Ibid., folios 170-171. Sumario de un proceso que se hizo en el Japón el año 1592 a instancia del regimiento de Amacao, ciudad de portugueses en la China. En otros folios del mismo legajo de la R.A.H. hay noticias y juicios de interés.
[24] A.G.I. Patronato, legajo 25, ramo 50. Declaraciones sobre los recelos de japón de 1593.
[25] Ibid.
[26] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 5, número 108. Lo que trató con el gobernador Faranda…
[27] R.A.H. Manuscritos 9-2665, folios 170-171. Sumario de un proceso…
[28] J.L. Alvarez Taladriz publica documentos y detalles de interés de esta embajada en el artículo cit.  
[29] R.A.H. Manuscritos 9-2665, folios 345-349. Respuesta a algunos capítulos que el año de 1595 se enviaron a las Filipinas contra los padres de la Compañía de Jesús que andan en el Japón.
[30] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 5, número 108. Lo que se trató con el gobernador…
[31] Ibid., número 110. Carta de Gómez Pérez Dasmariñas…
[32] A.G.I. Patronato, legajo 25, ramo 52, número 4. Carta de Gómez Pérez…
[33] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 5, número 108. Lo que trató…
[34] A.G.I. Patronato, legajo 25, ramo 52, número 4. Carta de Gómez Pérez Dasmariñas…
[35] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 5, número 110. Con la petición del padre Sedeño y la información con testigos ordenada por el gobernador Dasmariñas.
[36] Documentación reseñada en nota 147.  También, en R.A.H. Manuscritos 9-2665, folios 179-181, 193-206, 345-349 hay muchos de estos textos.
[37] A.S.V. Secretarías Provinciales, libro 1551, folio 745 ss. Carta del gobernador de la India al Rey de 12 de diciembre de 1589.
[38] Ibid., folio 682. Carta del obispo de Malaca al Rey de 6 de diciembre de 1589.
[39] A.G.I. Patronato, legajo 25, ramo 52,número 5. Carta de Dasmariñas al Rey de 24 de junio de 1595.
Extracto
Notas al pie de página


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el 18 diciembre, 2011 a las 10:34 Emilio Sola

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