Capítulo 5. Prosíguese la navegación hasta Paita

olas ningunas. Y por esto peligrosa mucho a los navíos, y mayormente cuando el piloto no es muy practico en la costa, según mostró serlo el nuestro; pues con viento largo y puesta la proa contra la misma laja se dejaba ir derecho a nuestra perdición. Pero no permitiendo Dios que allí nos perdiésemos todos hizo que los indios de Manta, que del alto del pueblo nos miraban, bajasen y se embarcasen y llegasen en una balsa dando voces que nos descuidásemos, hasta subirse por el costado de la fragata con increíble ligereza y quitarle el timón de las manos a quien le tenía; con lo cual nos libraron del peligro. Sería esto como a las nueve de la mañana. Y a la misma hora nos desembarcamos y fuimos luego a la Iglesia a decir misa y recibir al Señor, que siempre era esto la primera cosa que se hacía en saltando en tierra. Hízose tanto con mayor devoción esta vez, cuanto mas obligados a la piedad y misericordia divina por el beneficio acabado de recibir.
Holgáronse después los padres de ver el pueblo, por ser el primero de indios que se encuentra en la costa del Perú, con que la vista de las casas dentro y fuera y la disposición de las calles tienen muy poco para ser vistas. El suelo es arena, las paredes de cañas sobrecubiertas con una capa de barro, los techos de paja, de unas yerbas secas en contorno del pueblo y aún casi por todo aquel horizonte no se descubre cosa perfectamente verde y apacible a los ojos. Levántase por aquellos páramos y pampas cual o cual matorral, y unos arbolillos cuyas hojas son como pencas de cardones cuajadas de muy agudas y espesas espinas en vez de fruta. Los montes se muestran pelados, unos sobre otros y otros cerros mas altos encima, todos pardos y todos inaccesibles y todos melancólicos. Más entre toda esta desapacibilidad, a la vista de los chapetones, se halla bien y bastantemente de comer porque
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