Capítulo 1. salen los padres del puerto de Panamá y vuelven a arribar en la costa

y convenientes, regulándose esto por la diferencia de los ánimos: unos ayudaban a las faenas porque no se rindiesen los marineros al trabajo, éstos se ocupaban en dar ánimo a los que se mostraban sin aliento y se tenían por acabados, aquellos hacían fervorosas plegarias al Señor suplicándole se compadeciese de nosotros socorriéndonos en aquel trabajo y aprieto. Y su Majestad fue servido de oírlos, porque como el agua entraba por el costado, yendo a la bolina, enderezada ya la fragata dejó de alcanzar a las aberturas y la bomba rendía lo que estaba dentro. Y, así, se fue reconociendo en breve que estábamos fuera de peligro.
Dimos todos gracias a nuestro buen Dios y fuimos virando así a tierra con deseo de alcanzarla presto, cualquiera que fuese, para remediarnos y enjugar lo que se había mojado. Reconocímosla y tomámosla cuidadosos de no saber el paraje en que estábamos, ni si habíamos de poder salir de aquella playa, porque parecía desierta y nueva a los ojos de cuantos allí había. A esto se añadió el desconsuelo grande de ver las averías de la ropa porque muchas cosas estaban sin remedio, colgaduras de seda y brocados frontales, casullas y otros ornamentos para la Iglesia, relicarios y huesos de santos, imágenes y cuadros de pintura, y libros de mucha estima traídos desde Italia, Roma y otras partes. Procuróse beneficiar lo que no estaba del todo perdido y mientras unos atendían a ello otros levantaron un altar para que dijesen misa comulgaren y la oyesen todos.
Hecho esto, el padre Martín Vázquez subió
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