Capítulo 11. del colegio de la Compañía de Jesús de la Ciudad del Cuzco

haciéndole sacrificio los de su tierra, con grandísimo gasto; y con tener como en rehenes sus dioses parecía a los Ingas que tenían segura la sujeción de sus provincias.
Cuando algún Rey inga enfermaba, usaban sacrificar en el Cuzco y en todo el reino niños de cuatro a diez años para alcanzar la salud a su Rey, y en los sacrificios de la coronación del nuevo Rey se sacrificaban doscientos niños; y unas veces los ahogaban y enterraban, y otras los degollaban, y con su sangre se untaban los sacerdotes de oreja a oreja. También sacrificaban las vírgenes mamaconas, del templo que eran doncellas consagradas a los dioses; y cuando estaba enfermo algún indio principal y el sacerdote decía que había de morir, sacrificaban al hijo diciendo que se contentase el ídolo con él, y que no quitase la vida al padre. Sin este, pasaban de trescientos los templos, adoratorios o guacas que había dentro de esta ciudad, con mil diferencias de sacrificios, ceremonias y fiestas. Pero llegó el santísimo nombre de Jesús y echó al tirano de lo que tenía usurpado y podemos decir que de los más cultivados indios del Perú en la cristiandad son estos del Cuzco, para lo cual ha ayudado y ayuda no poco la diligencia y celo de nuestros padres que de continuo asisten en aquel Colegio del todo dedicados al bien y provecho de aquella ciudad.
Fundóse el año de mil y quinientos y setenta y uno, siendo Virrey de este reino aquel gran caballero don Francisco de Toledo, hermano del conde de Oropesa. El cual, determinándose visitar personalmente todo el reino, quiso llevar en su compañía al padre Jerónimo Ruiz de Portillo, primer provincial y fundador de esta provincia de la Compañía de Jesús, varón verdaderamente santo y apóstol de esta tierra, con el padre Luís López y hermanos Antonio González y Gonzalo Ruiz que fueron en su compañía desde Lima hasta la ciudad de Huamanga; donde, quedándose su excelencia, se adelantaron para el Cuzco los padres; y estando cerca, salió a recibirlos el capitán Juan Ramón, vecino encomendero de la ciudad de Chuquiabo, que a la sazón era Corregidor y Justicia Mayor de esta
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