Capítulo 7. llegan a Puertobelo y del viaje hasta la ciudad de Panamá

quedarnos en aquel lugar hasta el siguiente y esto fue causa que nos faltase el biscocho que traíamos para solas cuatro jornadas y aún antes de acabarlas porque socorrimos con el a un gran número de pobres chapetones, que hacían el mismo camino y corrieran riesgo si no los ayudáramos.
Partimos otro día que fue quinto del viaje, con nuestro enfermo cuyo achaque iba creciendo fue la jornada mucho peor que las pasadas, porque desde que salimos hasta que llegamos al tambo no cesaron los aguaceros sobre nosotros. Hubo más caídas que nunca, que ya los aparejos iban desechos y nosotros cansados y sin fuerzas, y como los cabestros y barboquejos que habíamos aprestados en vez de frenos, no tenían fuerza las mulas se arrojaban por donde querían
sin resistencia nuestras y nos metían por entre ramos, cambroneras y espinos, de que salimos llenos de heridas, los rostros, manos y cabezas, pero sobre todo, era espantoso ver ir resbalando cuesta abajo espacio de seis u ocho pasos, sin tener a que asirse ni poder hacer pie ni saber donde había de parar la cabalgadura.Al fin de esta jornada pasamos el río de Chagres casi en su cabeza, si bien con gran peligro y temor, porque demás de la furia de su corriente lleva muchas y muy gruesas piedras; y acrecentó nuestro temor el haber sabido como pocos días antes se había llevado el río unos pasajeros. Llegamos al fin al anochecer como se puede pensar al tambo último, cinco leguas de Panamá, donde no fue poco hallar pan que comer. Al día siguiente acabamos lo que quedaba de camino, llevadero respecto de los pasados. Recibió nos el padre
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