Capítulo 5. llega la flota a Cartagena y refiérense las partes de esta ciudad

de Cartagena hasta donde ponen los marineros trescientas leguas de navegación. Estas se navegaron alegremente porque ya los enfermos iban mejorados con la vista de tierra.
La hambre menos y la ración del agua se daba entera. Fue Dios servido que el último día de mayo viésemos el mayor puerto que se conoce en el mundo, tan semejante a Cartagena de levante, que por su causa le dieron este mismo nombre a la ciudad, puesta junto a la mar en diez grados de altura del Polo Ártico. Entraron las naves haciendo salvas y salieron los oficiales reales y de la Inquisición a visitarlas.
Pero quien podrá encarecer el gozo y el contento que hubo en Cartagena cuando supieron que habían llegado sus monjas? Sor Catalina María de la Concepción, sor Inés de la Encarnación y sor Leonor del Espíritu Santo, que son las que se embarcaron en San Andrés y venían a fundar el monasterio que dijimos. Acudió toda la nobleza a desembarcarlas y recibiéronlas en la ciudad con grandes salvas de artillería, grandes fuegos, repique de campanas, atabales, trompetas, chirimías y acompañamiento de seglares clérigos y religiosos que como en procesión las llevaron a su casa. ¡Oh hazaña digna de toda maravilla y admiración las de estas siervas de Dios y esposas de Cristo, Señor nuestro! ¡Desterrarse del claustro y de las celdas donde entraron niñas, privarse de no ver mas a sus deudos; dejar el temple saludable en que nacieron, peregrinar, embarcadas a nuevos climas y condenarse finalmente a morir fuera de su patria! ¡Qué haremos nosotros hombres y religiosos si saben hacer esto unas tiernas doncellas!
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