Capítulo 4. de la llegada a la Dominica, y de los indios bárbaros de aquella isla

nao cuchillos, machetes, trompas de Pariz, cascabeles, chaquira y otras cosillas de vidrio con cintas de seda y luego se las ponían en las orejas y narices que traen agujereadas saltando de contento con cada pieza de estas en prueba de que se tenían por bien pagados.
El temple de esta y las demás islas de aquel paraje es caliente y húmedo, llueve todos los días unos aguaceros que duran media y una y dos horas y luego queda el cielo raso y sereno y el sol en su fuerza. Los montes se muestran llenos de árboles y en los llanos no se descubre parte que no esté verde no hay animales feroces, si bien muchas sabandijas y culebras monstruosas y no deben de ser pocas pues la gente de mar que salió a tierra a hacer agua y cortar leña encontró y mató una de veinticinco palmos larga y gruesa en proporción.
Traen los indios de estas islas guerras unos con otros, las flechas con que pelean son unas de madera fortísima puntiagudas otras son de madera blanda y ligera con un hueso en la punta en vez de hierro. Júntanse para pelear muchos y acometen en tropa con grande gritería y algazara (costumbre general de bárbaros) y disparan a una tantas flechas que parece una rociada o lluvia de granizo. Los que se hallan maltratados a espaldas vueltas se retiran al monte hasta que reforzándose vuelven otra y otras veces a probar sus fuerzas contra el enemigo pelean en la mar con sus canoas y las mujeres pelean también como los hombres y no contentos con su natural fiereza, pues se sabe de ellos que son caribes (antropófagos, comedores de carne humana quiere decir), para sus guerras suelen armar las saetas con hierba
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