Capítulo 7. Llega el padre Procurador a Roma, señálanle los compañeros que ha de llevar consigo al Perú; dispónense para el viaje –los de Sicilia –

No dejaré de contar lo que le pasó a uno de ellos mientras, ( por orden de sus superiores) se fue a despedir de sus parientes. Fue que habiendo resistido con gran constancia a los ruegos de sus conocidos, contrastando varonilmente razones muy eficaces, de personas seglares y religiosas, hallando contra si a aquellos mismos que esperaba favorables, y menospreciando todos los dichos de los hombres, que por mirar las cosas con ojos de carne, atribuían determinación a liviandad y locura. Parece ser, que el común enemigo, no pudiendo sufrir tanta luz y viendo de cuan poco efecto eran las trazas dadas para observarla, se valió nueva y artificiosamente, de las palabras blandas de una mujer con lágrimas, mujer llorosa, madre y discreta, que hablando retirada y a sola con su hijo, los ojos hechos fuentes, puesta de rodillas le decía así.
Hijo de mi alma, que te parí para mi tormento, no vasta el dolor enorme con que atravesaste mi corazón, el día, (mejor dijera noche tristísima) que te apartaste en tan tiernos años de mis ojos, dejando el regalo de tu casa, cerrando los oídos a mis ruegos y de tu afligido padre, y teniendo en poco las esperanzas que prometían tus buenas partes al acrecentamiento de esta casa, por entrarte en una religión de hombres a penas conocidos, sujeto a la aspereza de su vida ajena de regalos, y acompañada de soledades y congojas, adonde considerándote noche y día, con tanto trabajo he estado padeciendo, y atormentada todo este tiempo que ha que no te veo, contando las horas y reventando en ellas de dolor. Pero al fin teniéndote cerca con la esperanza
[continua en página 37] |