Capítulo 13. Del viaje de Inglostadio hasta la ciudad de Dunquerque

a la verdad: pero amaban mas sus haciendas, que al señor de ellas, pues respondieron a los padres (que viéndolos tan tratables les persuadían a que dejasen la herejía) que no osarían convertirse, por temor de incurrir en la pena de perdimiento de bienes, que les estaba impuesta por el príncipe si dejando su ley admitiesen la ley de los papistas.
Éntranse en los de Flandes, habiendo salido de los estados de estos herejes y habiendo pasado por la antiquísima Tréveris en la rivera de Moscella, fundada por Trevera, de quien retiene el nombre, hijo de Nino, rey de los asirios, 1947 años antes de la venida de Cristo, y 1300 antes de la fundación de Roma, conforme averigua Eneas, Silvio y después Pío segundo, en la descripción Europa. Consérvanse todavía en esta ciudad, testigos de su fundación antigua, en las ruinas de un palacio de estupenda fábrica, pues a semejanza de lo que leemos en las murallas de Babilonia se ven las paredes de ladrillo cocido y tan grande dureza en ellos, que con ninguna industria pueden romperse, y es hoy famosa Tréveris por su arzobispo, uno de los electores del Imperio, y por las reliquias de innumerables santos mártires, sin otras cosas muchas que concurren de edificios, de templo, de murallas, de cielo y de territorio, para formar una ciudad perfecta y magnífica.
Su Universidad que es insigne, esta a cargo de los padres de la Compañía, por larga magnificencia y liberalidad del Ilustrísimo don Juan de Piedra y de su sucesor, el señor Arzobispo de Tréveris don Juan Els, que aumentó
[continua en página 74] |