Capítulo 13. Del viaje de Inglostadio hasta la ciudad de Dunquerque

encomendarse a Dios, juzgando aquella noche por la última de su vida, aprovechándose de la intercesión de la Virgen Santísima, y de la de los ángeles de su guarda, buenos para siempre, y en aquella hora y angustia importantísimos. Más el Señor, que huelga de ver luchar los hombres con la adversidad y el trabajo, no luego los sacó al puerto de aquella tormenta, si bien los animó a pasar adelante con alguna esperanza de hallar lo que buscaban, y alentándose unos a otros, vuelven a continuar su camino, llevando casi a hombros al enfermo, que también se alentaba cuanto le era posible, fervorizabance las oraciones, al paso de la aflicción, en que estaban y a los del camino que anduvieron.
Allá cerca de la medianoche, fue nuestro Señor servido que llegasen a un pueblo, y pueblo de luteranos, donde se gastó gran rato en buscar posada, no porque en el pueblo faltasen hosterías, más porque deseaban encontrarla de católicos, y al fin engañados de los mesoneros hubieron de aposentarse en una de herejes, los cuales dando a la ley natural de hombres, lo que niegan a la divina de cristianos católicos, se compadecieron de ver en los rostros de los peregrinos, una representación del lastimoso viaje que habían traído, y así les acudieron calentándoles una estufa, con cuyo beneficio fueron tomando aliento y esfuerzo. Diéronles lo demás, según pedía su necesidad, durando su buena gracia hasta despacharlos por la mañana, aviándolos de cabalgaduras y guía para salir del bosque y vadear los ríos que le cruzan, sin lo cual fuera imposible hacer jornada el día siguiente, en todo lo cual se mostró bien la grande
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