  
|
|
[volver a e-Libros]
 |
|
|
|
|
"NADADORES.
Un ensayo de no novela histórica " |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
| X. |
Esto era a primeros de abril --tal vez el día
4-- de ese año de 1563. Algunas veces conseguían
hacer llegar socorro de Orán a Marzalquivir con
alguna galeota, pero no era fácil. Entre los capitanes
que había en Marzalquivir --con unos 490 soldados "que
podían tomar armas"-- había un Mendoza
(Pedro) y otro Vivero (Francisco). El 8 de mayo volvió a
repetir la hazaña el Nadador, para llevar de Orán
a Marzalquivir un aviso que había dado un Renegado
espía --el mujtadí o musulmán nuevo,
tal vez el más mítico hombre de la frontera--
al Gobernador.
"Luego --esa misma noche-- escribió el Conde
a don Martín su hermano.
Y porque --como dijimos-- tenían tomados los enemigos
los pasos por mar y por tierra,
metió la carta en un cañuto tapado con cera
--como lo habían hecho la otra vez en Marzalquivir--
y la envió con el Nadador.
Pedro Gaytán parece olvidarse de que ya lo ha
presentado al lector, y vuelve a presentárselo:
"Éste era español y soldado en Orán.
El cual se iba nadando sobre agua,
mas --cuando llegaba enfrente de la armada de los enemigos--
se zambullía y pasaba nadando debajo de los navíos
hasta que estaba tan lejos de ellos que no le podían
ver ni sentir.
Y tornábase a salir encima del agua.
Y --así-- se fue a Marzalquivir, donde dio la carta
a don Martín
del Conde su hermano, con los avisos que había dado
el Renegado,
advirtiéndole que estuviese alerta y provisto."
El domingo 9 de mayo volvió a nadar César
de Tarifa.
"Dio aviso al Conde su hermano don Martín
tornando a enviar al Nadador con letras,
enviándolas de la manera que las pasadas",
y los días siguientes --en que las baterías
de cañones no cesaban--, el servicio de información
funcionó con regularidad.
"De todas estas cosas era avisado el Conde por el
Renegado
--que cada noche venía a Orán--, y él
luego le escribía a Marzalquivir
con el Nadador las noches que hacía oscuro.
Y algunas veces se aventuraba a pasar alguna fragata,
con la cual siempre enviaban algún refresco de lo
que en Orán se hallaba
--como pan y vino y otras cosas--,
las cuales se entendía que les empezaban a faltar
cada día."
Avanzado mayo, con los asaltos más virulentos
--en uno muere el alcaide de Marzalquivir, Luis Alvarez
de Sotomayor--, el Nadador sigue haciendo el trayecto nocturno
--"llegando a Marzalquivir el lunes antes que amaneciese",
precisa Gaytán en una ocasión--, hasta el
viaje del sábado 29 de mayo, especialmente peligroso
y que hace que Pedro Gaitán le dedique un elogio
que recojo por extenso. Faltaba aún una semana para
que el hijo de Barbarroja levantara el cerco, pero en las últimas
escaramuzas los berberiscos se habían adueñado
de una isleta, con lo que el viaje resultaba más
peligroso.
|
|
|
|
|
XI. |
Don Martín "--considerando la pena que el
Conde su hermano
y los de Orán tendrían no sabiendo cómo
estaban
las cosas en Marzalquivir--,
determinó aquella noche enviar el Nadador
que solía ir otras veces con los avisos.
El cual animosamente se partió y --aunque iba
con más peligro que solía por haberse perdido
la isla
y porque las guardias estaban más espesas-- echado,
pues, a nado
--unas veces sobre el agua y otras zabullándose
(sic)--
llegó a salvamento.
"Ya hemos dicho cómo de Orán a Marzalquivir
hay una legua --que son 23 millas italianas.
Todo ese camino pasaba este hombre nadando
cada vez que iba desde Orán a Marzalquivir
y que tornaba de Marzalquivir a Orán.
El cual viaje hizo 7 veces en tanto que duró el
sitio.
Y lo que pone más admiración es que mucha
parte de él
hacía por debajo del agua por no ser visto de los
enemigos.
De manera que --considerando su esfuerzo-- se
ve claramente
que en un tiempo combatía con tres suertes de enemigos
o peligros.
Con las hondas, con los vientos y con las tinieblas.
Y --aún-- no iba seguro de los pescados,
porque ya se ha visto muchas veces en la mar los tiburones
--los delfines y otros semejantes pescados--, desventrar
los hombres.
Y lo que más temor suele poner es la oscuridad de
la noche.
De Leandro escriben Hesíodo y Museo que
--siendo enamorado de la hermosa Hero,
estando el uno en Europa y el otro en Asia,
no habiendo otra manera para poder conseguir sus deseos--
pasaba de noche el Helesponto...
Mas aquel estrecho de mar no es más que una milla
--poco más--,
y a dos o tres veces que la pasó --sobreviniendo
un poco de fortuna--,
se perdió de ánimo y se ahogó.
A éste celebran los poetas griegos por animoso,
porque pasaba aquel poco estrecho de mar a nado.
Mas --a mi parecer-- harto más merece este nuestro
Nadador ser celebrado
pues hay mucha diferencia de él a Leandro.
Porque --si queremos considerar el negocio
cuanto al ser más virtuoso y provechoso--,
el nadar de éste decía en servicio de Dios
y beneficio de muchos,
el de Leandro era por deleite y vicio de amor,
el cual no carecía de pecado.
Cuanto al ánimo y esfuerzo, el de éste es
muy mayor
porque a Leandro ninguno le aguardaba para matarle.
Antes, su ida era tan secreta que solamente la sabían
é
l y su enamorada Hero, y las estrellas
y el candil que --estando a la ventana de la torre--
tenía por objeto de su viaje.
A éste --ultra que era público a muchos
que pasaba muchas veces--,
estaban sobre el aviso las guardias para tomarle.
Y lo menos que le pudieran hacer
--cuando no le pudieran haber vivo-- era darle con un remo
u otra cualquier arma con que le echaran a fondo.
Y --con todo esto-- no dejaba de servir
y ponerse en aventura su persona cada vez que se lo mandaban.
Y --lo que más es de notar-- que las más
veces que pasaba
iba por debajo de las galeras de los enemigos.
Y porque no quede su memoria y nombre en olvido,
se llama César, vecino de la villa de Tarifa,
donde antiguamente los Númidas y Mauritanos
--juntamente con los Alárabes-- rompieron los ejércitos
del rey don Rodrigo y de los Godos de España.
Era este César de Tarifa bien dispuesto de su persona
y gesto.
Y no solamente peritísimo y gran Nadador,
mas también animoso y valiente soldado.
Aunque no muy venturoso en ser remunerado.
Pues --según me han dicho algunos-- hasta ahora
no le han dado sino 200 escudos para ayuda de costa,
mereciendo mucho más de renta perpetua."
Espléndido ese pase de pecho de final de faena
--en lenguaje taurino hispano-- en forma de "aviso": "según
me han dicho algunos..."
|
|
|
|
|
XII. |
Al parecer, Pedro Gaytán redacta su obra entre 1574
y 1579 --algo más de diez años después
de lo que narra, años apasionantes, Cervantes está en
Argel por entonces--, aún activados los mecanismos
de la memoria evocadora.
Por un raro qué, siempre me sentí muy identificado
con el soldado César de Tarifa, y necesitaba robarle
a Gaytán el homenaje que le dedica, reescribirlo a
lo Borges / Menard (o como se escriba --porfa, corrector--),
nadar entre sus fragmentos y empaparme del evocado Nadador.
Llámesele amor o como se quiera, tíldeseme
de gay voyeur o historiador iluso de historias verdaderas.
Una pasión más. Pop y verdaderas, las historias
de Nadadores escritas por Nadadores con Fortuna y Virtù,
con Arte. Al nadar uno se historía a-si-mismo, se
convierte en palabra narrada, o algo así. Bifurcaciones
y bucles.
De Orán y Marzalquivir --hasta 7 veces unidas por
excepcional correo--, a Capri, también en primavera,
por abril, pero del año 1578, quince años después,
los años en los que Gaytán redactaba su historia
berberisca, como dijera antes. Otra vez el narrador es un
soldado, el capitán Baltasar Gago en este caso, y
el texto una "verdadera relación", género
literario en ocasiones de alta calidad. Como en esta Ocasión.
|
|
|
|
|
XIII. |
"Verdadera Relación
de la pérdida de la Galera Capitana de Palermo
en la que venía el ilustrísimo Duque de Terranova
de Palermo a Nápoles,
el mes de abril , 1578, por el capitán Baltasar Gago".
El Duque de Terranova es el Virrey de Sicilia en esos momentos,
y se trata de un ataque corsario berberisco a dos galeras
mandadas por el capitán Ventimiglia --al que Gago
destroza en el informe por imprudente y hasta incompetente--,
que iban de Palermo a Nápoles con el Virrey y parte
de su casa. Baltasar Gago iba allí por casualidad,
en su viaje hacia España de permiso, con un baulito
--por todo equipaje-- que perdió en el asalto corsario.
El texto de Gago es un caso excepcional de incorporación
de la oralidad --el estilo directo en este caso, pero mucho
más-- en la narración. Pero vamos al caso.
En el primer párrafo se evoca a si mismo de viaje.
"Este mes de febrero próximo pasado de 1578
yo me hallaba en Palermo de camino para España
con licencia de seis meses
de que el señor Marco Antonio Colona,
Virrey de aquel Reino,
me había hecho merced.
Ofrecióseme pasaje en una nao inglesa que allí estaba,
que había de volver a Inglaterra
y forzado había de tocar en la costa de España.
No me quise embarcar en ella, a persuasión de mis
amigos.
Y, particularmente, del señor Alonso de Hoces
--maestro racional de aquel Reino--, con decirme
que el Duque de Terranova había de partir presto y
en galeras;
que, con él, vendría mejor.
Esperé al Duque;
el cual vino a Palermo domingo de Casimodo,
que fueron 13 de abril."
|
|
|
|
|
XIV. |
En la navegación hacia Nápoles en dos galeras
que el capitán Gaspar Ventimiglia permitió que
cargaran demasiado --y el escándalo que Gago destapa
es el de contrabando de azúcar y grano, diríamos
hoy, en galeras de España, que el capitán Gaspar
Ventimiglia intentará justificar en plan monetarista,
de problemas de cambios y pagas--, se presentará una
flotilla corsaria berberisca, que desemboca en el desastre
de las dos galeras de Sicilia en aguas de Capri, a la entrada
del golfo de Nápoles por Sorrento. Enmudezco. La dicha
de enmudecer.
"En esto,
ya nosotros éramos casi al abrigo de la isla de Capri
y las velas no servían porque era calma.
Y ellos --(los corsarios berberiscos)-- afrenillaron
y amainaron en un momento y --quitada la vela--,
tornaron a izar y bogar muy recio.
Y entonces se nos llegaban muy aprisa
--porque nuestra galera llevaba la vela puesta y muy ruin
boga,
como la habíamos traído desde que dimos a puja.
Porque como los turcos, nuestros esclavos --que eran muchos--,
veían que las galeotas se nos entraban tanto,
no aprovechaban azotes ni cuchilladas que les daban a hacerlos
bogar.
Pero --yéndonos ya llegando a tierra--, dije yo al
cómitre:
--Nuestro amo, como seáis cerca de tierra,
volved la proa a la mar, que queremos pelear y defender la
galera.
Y dijo el Conde de Camarata:
--Salvemos al Duque y nosotros ¡peleemos y muramos
como caballeros!
El cual Conde --al tiempo que nos alargábamos de
Sicilia--,
yo le oí preguntar a don Gaspar:
--Si queremos pelear, ¿qué armas tenéis?
Y él respondió:
--Hay alabardas partesanas, arcabuces, espadas, rodelas.
En ésto,
el capitán de la galera se fue hacia proa;
y yo, con harto fastidio --porque estaba muy llena y embarazada
con gente,
y mataraos y otros embarazos--, saqué
todas las partesanas que estaban debajo del banco siniestro
--que serían doce o quince--, y las puse allí,
en la popa.
Y dije:
--Ahora, señores, cada uno tome la suya; que mejor
arma es que las espadas.
Y yo tomé una y me fui por la crujía hacia
el esquife,
preguntando por el Duque, con intención
de hacer echar el esquife a la mar y enviarlo en él
a tierra.
Que para ese efecto (lo) había guardado, como arriba
digo.
Pero llegado allí me dijeron que era pasado a proa.
Fui allá y hallé el espolón lleno de
gente que se echaba a la mar.
La cual estaba ya cuajada
de hombres que nadaban procurando salvarse,
porque ya la galera estaba encallada en un escollo.
Y de ella a tierra había un golfillo algo hondo,
adonde -- según me parece-- se ahogó don Fabricio
de Moncada, y otros.
Por el cual miedo otros dejaron de echarse a la mar
y se volvieron a la galera,
teniendo por mejor ser esclavos, como lo fueron.
Y como yo
esto vi, hice como los otros.
Y con mi partesana a la mano,
me bajé por ella por medio del espolón al escollo,
y de allí, sin dejarla, me salí a tierra con
poco trabajo y peligro.
Adonde ya hallé que el Duque había salido
e iba delante,
la cuesta arriba.
Fui tras él y lo alcancé,
que lo ayudaban a subir dos hombres.
Pero él --aunque de razón debiera ir medio
muerto
por haber salido a nado, no sabiéndolo hacer,
y estado a punto de ahogarse, y lo hiciera si no lo sacaran
sus criados--
iba con muy buen ánimo.
Y tanto, que --hallando en el camino
un golpe de arcabuceros de la tierra--, quiso volver con
ellos
a ver si podía estorbar que los turcos no llevasen
aquella galera.
Y lo hiciera, pero no se lo consintieron,
diciendo que ni él iba para ello ni ellos eran bastantes.
Y ya,
en este tiempo,
las galeotas estaban con la galera
y era cosa extraña el arcabucería que de ellas
se tiraba
a la gente de la tierra, que andaba en la marina también
tirándoles.
El Duque,
en todo este tiempo,
desde que vimos las galeotas,
vino siempre muy en sí y con mucho valor y ánimo,
poniéndonoslo a todos;
y --particularmente-- a los remeros, prometiéndoles
libertad.
Y algunas veces salía a lo mismo hasta el árbol.
Que, cierto --después de Dios--, aquello parece que
nos sacó a salvamento.
Verdad es que nunca se empachó en mandar a los oficiales de galera
lo que habían de hacer, sino dejarles hacer lo que les parecía.
Y si alguna cosa al Duque se le pueda tachar en este viaje,
sería con su bondad haberse fiado tanto de ellos
y creídoles lo que le decían,
que las galeras estaban muy buenas
y muy bien en orden de todo lo necesario, y no nada cargadas.
Y como ellas venían de cargadas ya yo lo digo arriba,
y diré más abajo.
Y de las otras cosas y faltas que tenían, no faltará quién
lo diga.
Sólo diré yo que, viniéndonos ya las
galeotas cerca
--y la más pequeña tiraba de cuando en cuando,
creo yo que a la otra que caminase, que ella no se atrevía
sola
a llegarse a nosotros y alcanzarnos,
que bien lo pudiera haber hecho si quisiera en este tiempo--,
digo, vino a popa un artillero de la galera a poner en orden
los esmeriles que están a las escalas.
Y como lo vi solo, díjele:
--¿Por qué no viene aquí otro artillero
a esta otra?
Díjome él:
--Señor, no hay más de yo solo;
porque el señor Pinares no quiere que haya más
por ahorrar la hacienda del rey.
Yo le dije que fuese a proa y tirase un tiro.
Hícelo para que en tierra conociesen cómo íbamos
para que bajase gente a la marina a hacernos espaldas.
Y así lo hizo. Y tiró el tiro,
y de la tierra nos respondió una Torre con una pieza.
Y díjome después un Juan Thomás
--que me hospedó allí, en Capri--,
que habían tirado y respondido la Torre
para que nos fuésemos a meter debajo de ella;
que si así lo hiciéramos --y llegados allí volviéramos
la proa--,
con el favor de ella y de la gente de la tierra,
los turcos no nos osaran acometer.
Y yo así lo creo, y tiempo teníamos para ello.
Pero nosotros dimos en tierra obra de milla y media atrás.
Quién fue la causa, no lo sé. Procure saberlo
quien lo quisiere saber.
Las causas que,
a mi juicio,
lo fueron de nuestra perdición
fueron, primeramente,
el ir la galera tan cargada.
Porque un baúl mío que se embarcó a
la postre
no hubo lugar debajo de cubierta en ninguna cámara
adonde meterlo,
aunque yo lo dije al capitán y oficiales.
Y, por mucha cosa, el cómitre tomó una caja
de gorros mía
y la llevó y mandó meter en la cámara
de proa.
Y el baúl se quedó alto al fogón, y
los soldados
--sabiendo que era mío-- lo metieron en el esquife
--donde una buena camarada de ellos alojaba--,
aunque estaba harto embarazada con su ropa y armas de ellos.
Y allí se quedó y perdió, como todo
lo demás.
Y Pedro Canales me ha dicho ahora, aquí en Nápoles,
que él tiene aquí el que estibó? en
la galera 24 cajas
y 12 carretelos de azúcar y no sé cuántos
sacos de trigo."
|
|
|
|
|
XV. |
Pocas veces se capta una expresividad que lo impregna
todo --agua clara para el Nadador-- tan diamantina como la
de Baltasar Gago, sus envites, su saber que tiene que saber
estar en cada gesto, su autoestima y seguridad en sus principios,
su mala lengua y mal carácter. El final de su relato
--recitable, representable, filmable, audiovisual como un
reportaje televisivo de reporteros del mundo unidos--, es
pura chulería. No me resisto a recogerlo, a pesar
de lo lejano ya de los Nadadores --malNadadores, como el
Duque y Virrey-- y ahogados, cautivados y liberados a la
orilla del mar de Capri.
Hace balance, hombre económico moderno, y termina
su memorial el escritor Baltasar Gago:
"Yo
perdí en la galera un esclavo,
el mejor que había en Italia, y todo lo que era ya
conmigo.
Que solamente procuré que un soldado amigo mío
--llamado Gallamas-- me sacase unas cartas misivas
que traía de diversos, en dos saquillos, y me las
salvase.
Que de sólo esto tuve cuidado, y no de muchas cosas
de oro y plata
--así mías como de encomienda-- que allí venían,
ultra de mi ropa blanca y todas cuantas cosillas de precio
traía conmigo.
Y él lo hizo. Y todo lo demás se perdió,
que yo salí solo en calzones, jubón y cuero.
Y aunque todo ello era muy poco,
basta que era cuanto yo hoy tenía en el mundo.
Y, por eso, digo ahora a todos los que dicen que perdieron
mucho,
que yo perdí más que todos pues a todos ellos
les queda mucho
y a mi no cosa ninguna.
Y, con todo, estoy muy alegre y contento porque sé
que no perdí más que dineros o cosa que los
valiese,
y no honra, reputación.
Antes, doy gracias a Dios porque he tenido ocasión
de mostrar algún ánimo o valor, si en mí lo
hay.
Y digo --y he dicho delante del Duque y en muchas partes--
que es necesario que acaezcan cosas como éstas
para que los hombres se conozcan y muestren por lo que son.
Que en ellas --y no en la Corte y entre damas--,
se muestra el valor y ánimo de cada uno.
(Manuscr. de Gago): "Va escrita en seis hojas, con ésta,
de mano ajena,
en Nápoles a 3 de mayo, Baltasar Gago".
|
|
|
|
|
XVI. |
¿Qué puertas y ventanas sobre el mar se abren
en el corazón de uno --fragmento cultural de fragmentos
culturales-- ante estos relatos liminares, a veces descarados
o toscos de tosquedad emocionante, que hacen que uno --fragmento
de fragmentos al fin-- elija este fragmento y no otro, esta
imagen o no aquella, que recorte y pegue así y no
de otra manera? Pura retórica esta pregunta misma.
Pura retórica yo, y tú y los otros, pura retórica
la frontera. Sólo la espontaneidad --veracidad, verismo,
verosimilitud, lo que se quiera-- del aviso lo convierte
en texto pre-retórico de alguna manera, en unidad
posible básica mirífica para trabajar con ella,
para volver a re-torizar, pura re-dundancia. "Avisos
de cosas que pasan en el mundo", información.
El sueño de una posible unidad en el punto de partida,
en el mirar al menos. Y en el narrarlo en una primera aproximación,
impregnada aún de imágenes, de sentimientos
--elementales, comprensibles por todos, audiovisualizables--
y de acción.
La vida del soldado y la vida de la gente --no hay año
sin guerras en estos tiempos, aquí y allá y
siempre en el mar-- son la misma vida en el fondo, uña
y carne la cosa. Lo normal. Por eso la Natación memorable
aparece en momentos excepcionales, como batallas o naufragios,
normalmente situaciones dramáticas, de gente viajera,
con frecuencia "los que van y vienen", los visitantes
de la frontera, cada vez más ellos mismos fronterizos,
conocedores del otro, de manera natural los mejores avisadores.
|
|
|
|
|
XVII. |
La relación de Baltasar Gago --"Un virrey de
Sicilia se salva a nado en Capri de un ataque corsario",
podría ser el título de su relato / noticia--
está manuscrita en el Archivo de Simancas de Valladolid,
en ese pozo sin fondo literario que es la sección
de Estado, en los montones de legajos que conservan la correspondencia
de los virreinatos y embajadas del rey hispano --hispano-Habsburgo,
mejor-- en Italia. También procede de ahí el
relato de una batalla anfibia en la isla de Malta, uno de
los corazones / nudo de la frontera, un intersticio más
de nomadeo marinero de la época, uno de los más
clásicos. Lo cuenta un notable capitán hispano,
Alvaro de Sande, en carta a Felipe II.
El tiempo, dos años después del cerco de
Orán --arriba evocado por la pluma de Pedro Gaytán,--
en el verano de 1565. El espacio --ya está dicho--
la isla de Malta, entorno de Valetta que da la impresión
--aún hoy-- de mar amurallado. La Armada Turca ha
cercado la ciudad, reforzada desde Argel por el hijo de Barbarroja,
Hasán Bajá, y por el mítico arraez Dragut,
el devorador del trigo siciliano, en palabras del historiador
más notable de este mar, Ferdinand Braudel. Hubo operaciones
muy sangrientas y Dragut murió allí, entre
otros miles de otros. Alvaro de Sande capitaneó la
infantería de la expedición de socorro enviada
por el virrey de Nápoles, Duque de Alcalá,
al mando de García de Toledo --hijo del que fuera
Virrey Toledo por excelencia de Nápoles--, cuya acción
narra en la carta. Un escenario perfecto para Nadadores y
ahogados, pura acción.
La carta de Alvaro de Sande a Felipe II está fechada
el 14 de septiembre de 1565 en Malta la Vieja, y en el documento,
con letra del siglo XIX, un posible título --"Parte
de la batalla con los turcos, en Malta, su retirada"--,
y "Copiada para los señores Salvá y Pidal,
hoy 12 de febrero de 1855". Eran un poco descarados
estos del XIX al reseñar en un documento su copia.
Esta indicación, quiere decir que el documento es
posible que se pueda encontrar --es fácil de comprobar--
en la Colección de documentos inéditos para
la historia de España, en la que Salvá y Pidal
publicaron mucha documentación de interés para
el imperio hispánico clásico. Pero volvamos
al ejercicio dichoso de enmudecer y escuchar. Acoplemos el
tiempo a un ritmo más lento, para recitar y escuchar
recitar.
|
|
|
|
|
XVIII. |
"Sacra, católica, real majestad:
"Cuando vuestra majestad envió orden al Duque
de Alcalá
que diese toda la Infantería Española del Reino
de Nápoles
a Don García de Toledo para hacer el socorro de Malta,
me ordenó que yo viniese con ella
--diciéndome que convenía al servicio de vuestra
majestad.
Y lo hice así.
Y después de venido con ella a Sicilia,
Don García --viendo que la Armada Turquesca
era muy superior a la de vuestra majestad--,
se resolvió --reforzando de las galeras, que tenía
60--
meter en ellas 8 o 9.000 hombres
y procurar de echarlos en la Isla.
Y por la orden que tenía de vuestra majestad de no
salir en tierra,
me la dio a mi, que tomase a cargo esta gente y empresa.
Y que llegando donde el Maestre estuviese,
se la entregase y hiciese con ella lo que él me ordenase.
Desembarcónos con todas las vituallas y municiones
--a los 7 de éste (sept.), al hacer del día--,
en el Ireo
--que es 18 millas del Burgo y 10 de ésta ciudad--,
sin ser sentidos del Enemigo ni haberle dado impedimento
ninguno.
El que a nosotros nos dejó --para poder caminar--
fue grandísimo
por haber de traer a hombros de los soldados
todo el plomo, pólvora, cuerda, bizcocho
--y las otras cosas que se desembarcaron--,
y por ser esto mucha cantidad y el camino asperísimo,
y los calores grandísimos y sin ningún reparo.
Aunque los Malteses nos ayudaron algo
y los soldados trabajaron mucho y de muy buena gana
--con el deseo que traían de verse con los Enemigos--,
no pudimos llegar aquí hasta los 10 (sept.) por la
mañana.
Hallé --cuando llegamos-- al Comendador Guaras?,
que --de parte del Maestre--
venía a darnos la norabuena de nuestra venida
y a decirme que su parecer era que el campo hiciese aquí,
alto.
Porque los Turcos habían embarcado la mayor parte
o toda la artillería que tenían en tierra,
y no había fuera de la armada más de 3 o 4.000
de ellos
--que estaban alojados en la Marza
y tan vecinos a sus galeras que no se les podía hacer
daño
por la comodidad que tenían de embarcarse.
Y que si hubiese novedad o fuese menester pelear, que él
me avisaría.
Yo le respondí la orden que de Don García
traía,
y que así él me la diese de lo que le pareciese
que convenía hacerse,
que --los que aquí nos hallábamos-- le obedeceríamos
en todo y por todo, acordándole que me parecía
sería bien acercarnos al Enemigo
a procurar de darle una mano antes que se embarcase.
Y con esto, me respondió que había enviado
a reconocer su campo
y que no se había hallado hombre en tierra.
Y --que pues el nuestro no les podía hacer daño--
que todavía era de parecer
que esperásemos aquí la venida de Don García.
Yo volví a hacer instancia sobre la ida al Armada,
porque --si alguna Ocasión se ofreciese--
no la perdiésemos, por estar lejos.
Y visto que con cartas no podía persuadir al Maestre
para que nos dejase avecinar a los Enemigos,
acordé enviarle al Capitán Andrés de
Salazar
para que le informase de la Ocasión que teníamos
--si estaba su armada en Marza Muxeto--, de hacerlos salir
de él,
con gran daño de su gente y navíos,
por tener aquel puerto unas colinetas altas
desde donde está tan sujeto el Puerto a ellas
que nuestra arcabucería les hiciera notable daño.
Y por ser la entrada del Puerto estrecha y los navíos
muchos,
se embarcarán de manera que quedarán algunos.
Y --esperando yo la respuesta que el Maestre daba a Salazar
y en orden para partir para si lo tuviese por bien--,
me llegó aviso suyo
en que me decía
que un Renegado --que había llegado aquella noche
de la armada,
hombre de calidad-- se le había dado (aviso) de que
--teniendo los Enemigos consejo aquella noche--
habían determinado de venir a pelear con nosotros.
Y que habían acordado de emboscar 8.000 turcos
y que otros 10.000 nos viniesen a buscar a nuestros alojamientos.
Y que --como la batalla se mezclase--
los emboscados nos diesen por las espaldas.
Y que --rompiéndonos-- se irían a donde teníamos
el bizcocho
y las otras municiones,
y que con ellas podrían esperar su socorro y acabar
aquella Empresa.
Y que el Bajá de Tierra
fue el que más había insistido en que se diese
la batalla,
diciendo que no podían con su honra (a)parecer en
Turquía
si no probaban las Espadas con Nosotros.
Cuando este aviso me envió el Maestre
--ya comenzaban a parecer los Turcos
que venían quemando los villajes por donde pasaban--,
ordené a los Maestres de Campo que fuesen a formar
los escuadrones
y pusiesen toda la gente en orden.
Y que me enviasen 2.000 arcabuceros.
Yo quedé reconociendo la derrota que los Enemigos
traían;
y cuando se acabaron de descubrir todos,
pareció que venían a nuestro alojamiento --que
estaba
vecino a la ciudad
en un sitio elevado superior a la parte por donde venían--,
y caminaron por aquel llano hasta media milla de nuestro
campo.
Y luego mudaron de camino, dejando el campo a la mano izquierda.
Y dándose gran prisa por ir a ganar una montañuela
desde donde --si los íbamos a buscar a ella-- nos
tenían a caballero;
y si querían retirar sin pelear lo podían hacer
muy a su salvo,
porque caminaban a donde estaba su Armada
por camino eminente y áspero,
que para gente suelta era de gran ventaja.
Y como yo conocí su desino
--y vi que determinadamente venían a ganar aquel sitio,
y por los avisos que el Maestre me había enviado,
creyendo que había emboscada--,
acordé recoger la arcabucería que había
bajado al llano
y hacerla subir a lo alto,
así por ir yo primero a ganar el sitio que ellos pretendían
ocupar,
como por asegurar la gente de la Emboscada si la hubiese.
Y así me di mucha prisa a caminar.
Y cuando llegué, ya los Turcos habían comenzado
a ganarla,
y los que habían subido serían hasta 1.000.
Y yo llegué con hasta 300 arcabuceros,
y con ellos me pareció cerrar con los Enemigos
porque a nuestras espaldas venía gran golpe de arcabucería
y no convenía dar tiempo a que todo su campo ocupase
aquel sitio.
Rotos y desbaratados que fueron estos 1.000 Turcos,
se recogieron con su escuadrón --que caminaba tan
cerrado
que no se puede juzgar bien el número de la gente
que era--,
a lo que pude juzgar pasaría de 8.000 Turcos.
Estos, como vieron rota su vanguardia,
comenzaron a remolinar de maña que no se podía
entender
si querían tornar a ganar la montañuela o retirarse
a su Armada,
que ya habían hecho pasar a la Cala de Sant George
y a la de Sant Pablo
--que están juntas--, y dejado a Marza Muxeto y Sant
Elmo.
Y como mi gente iba llegando y me vi con más de 2.000
arcabuceros
--y que desde la punta de la montaña los tenía
a caballero--,
comencé a cargarlos.
Y fue tanta la prisa que nuestra Arcabucería les dio
que acordaron volver las espaldas y caminar con la prisa
posible,
sin volver hombre de ellos el rostro,
que es cosa muy fuera de su costumbre.
Esto me hacía creer que tenían Emboscada y
--así--
ordené a los Capitanes Francisco Montes de Oca y Gonzalo
Salinas
que --con algunos arcabuceros-- fuesen descubriendo
todas las partes donde la pudiese haber.
Y como los Escuadrones --por la pesadumbre de las armas,
y ser el día uno de los de mayor calor que yo he visto,
y el País áspero para caminar--
(sic)
iba armando con la Arcabucería
las partes que me parecían convenientes para resistir
a los Turcos,
si volviesen sobre los que los íbamos cargando.
Y reforzando la carga, ellos la tomaron
de manera que reventaron huyendo
y algunos de nuestros soldados siguiéndolos.
Fue su retirada de suerte que --si tuviéramos 50
caballos--
muriera la mayor parte de ellos.
Llegados que fueron donde --con la artillería de
sus galeras--
se pudieron reparar, recogí la gente.
Y viniendo la vuelta de la Tierra con ella,
vimos un Estandarte en una montaña vecina a la cala
de Sant Pablo,
con un golpe de gente.
Y creyendo que era la Emboscada
--de que yo por aviso del maestre andaba recelado--,
envié a los Capitanes Francisco Montes d' Oca,
Gonzalo de Salinas, don Alonso de Vargas y don Marcos de
Toledo,
con 400 Arcabuceros para que los reconociesen.
Y viendo que los enemigos no eran más de 500 o 600,
cerraron con ellos y los rompieron y mataron muchos,
y desfondaron más de 1.000 barriles con que estaban
haciendo agua,
y hicieron alargar las galeras de la Cala a arcabuzazos.
Y hubo soldados de los nuestros que
--echándose a Nado tras los Turcos
que habían hecho lo mismo huyendo--, los tomaron y
trajeron.
Y con esto hubo fin el pelear de aquel día.
Y de la Emboscada que me escribió el Maestre,
no (a)pareció más de ésta.
Habida esta Vitoria volvimos a nuestro alojamiento,
habiendo muerto de los Enemigos más de 1.500,
sin otros muchos --que se ha sabido de Renegados--
que --después de embarcados en sus galeras--
se ahogaron del cansancio de la huida,
y sin muchos que fueron heridos.
De los nuestros, entre heridos y muertos y ahogados no llegaron
a 25.
La Armada Enemiga partió a los 12 (sept.)
con haber dado tan ruin remate en su Empresa.
La de vuestra majestad esperamos hoy o mañana.
Guarde nuestro señor la sacra católica y real
persona
de vuestra majestad
con el acrecentamiento de mayores Reinos y Señoríos
que sus criados y vasallos deseamos.
De Malta la Vieja, 14 de septiembre 1565.
De Vuestra majestad
humilde vasallo
don Alvaro de Sande."
|
|
|
|