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"NADADORES.
Un ensayo de no novela histórica " |
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| I. |
Uno --fragmento cultural de fragmentos
culturales-- es imposible que sea único narrador de
historias verdaderas. O fidedignas, o verosímiles.
Parece que está muy claro ya el asunto. Cualquier
historia es pura polifonía.
Uno hace años que nada entre relatos ajenos y
--tal vez por ello, y sin querer-- ha llegado a plantearse
la necesidad de estructurar relatos narrados por otros
como única posibilidad de abordar --sin pre-juicio
a la vez que sin distorsiones retóricas-- el tiempo
relatado, ceñido a un espacio --histórico,
dicen--, convertido en palabras.
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II. |
Nadadores y ahogados. Lo importante
es mover el cuerpo. Un espacio histórico --en este
caso el mar-- y las palabras que se usaron para narrarlo
y narrarse a-si-mismo inmersos en él. Metáforas
de la consumación, de la consumición del
tiempo. Del tiempo de un hombre en el mar, ahogado o
Nadador.
No hace falta otra disculpa para ponerse a nadar en
un mar de relatos ajenos --en ese mar de avisos-- para
encontrar el halo de la vida, el aliento reposado del
hombre que garabatea sus recuerdos marineros o el más
agitado del esforzado Nadador. Realidad evocada en la
escritura. Tiempo real pasado escrito. Mi mismo al relatarme,
así que pasen unos años, desconocido, desdibujado,
otro que fue, pura pasión en la memoria. Sumergirse
en el agua, nadar, morir. Evocación en el límite,
la Gran Frontera.
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III. |
Mar de Almería, Navidades
de 1489. Tras el largo cerco de la ciudad de Baza, Fernando
de Aragón entra casi sin lucha en Guadix y luego en
Almería. La reina Isabel de Castilla y una infanta
están en el séquito --llegadas desde Jaén
con recuas de mulas con vituallas para el ejército--,
así como la Corte y casa de uno de los dos reyes de
Granada, el Zagal, recién vencido mientras Boabdil
espera en la ciudad, que aún tardará dos años
en ser conquistada por los reyes hispanos.
"Estando en Almería el rey don Fernando y
la Reina
con su Corte y hueste,
concertaron montería para que fuesen a haber placer.
Fueron el Rey, la Reina y la Infanta,
y fueron con ellos el Maestre de Santiago,
el Marqués-Duque de Cádiz y otros caballeros
grandes.
Y el Rey moro y la Reina su mujer.
El monte era ahí, cerca orilla de la mar.
Y mataron cuatro puercos monteses, en que hubieron mucho
placer.
Acaeció que estaba en el monte un lobo y salió a
lo raso.
Y --como se vio aquejado de la gente--
metiose en la mar, huyendo a nado.
Como aquello vio un mozo de la villa de Utrera
--llamado Alonso Donaire--,
desnudose y echose a nado en la mar en pos del lobo,
en presencia de todos.
Toda la Caballería no miraba otra cosa.
Siguiole tanto, hasta que --con las ondas-- no se veía
el lobo ni el mozo,
y todos pensaban que eran ahogados.
Dende poco, dieron vuelta --el lobo delante
y el mozo detrás de él, acarreándolo--
hacia donde la gente estaba.
Llegando cerca de la tierra,
el rey don Fernando entró en su caballo en la mar
--hasta que le daba el agua a las cinchas-- y mató al
lobo a lanzadas.
Y el mozo salió, y fuese para otra parte.
Y todos hubieron mucho placer de esto.
Y el Rey preguntó por el mozo --y nunca vino a él,
que se creyó que le hiciera Merced."
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IV. |
Parece verso narrativo moderno,
conciso, sobrio,
como para labrar en mármol, lapidario, pero es prosa.
Dicen. Cuando a mi me suena a romance viejo, de los que cazara
a lazo Ramón Menéndez Pidal, haciendo cantar
a viejitas y registrándolas en discos de cera primitivos.
Operación rescate. Para poder respirar un poco. Una
prosa impregnada de imágenes --"todos miraban" lo
que describe el narrador--, hasta la imagen fotográfica
/ cinematográfica del Rey a caballo en el mar con el
agua a las cinchas, casi Akira Kurosawa. Fragmento de fragmento
de capítulo de libro raro, olvidado. El fragmento que
narra la historia / chispazo de Alonso Donaire de Utrera --perfectamente
audiovisual, perfecta en su clasicismo atroz--, es un tijeretazo
al capítulo XCIII de una historia de los reyes Isabel
y Fernando contada por un cura del pueblo de Los Palacios,
cerca de Sevilla, llamado Andrés Bernáldez, que
era muy amigo de Cristóbal Colón. El ritmo de
su prosa es uno de esos misterios que trae consigo el discurrir
temporal, pero lo que si está claro es que es una prosa
para ser recitada. Y en momentos inspirados --como el fragmento
precedente-- absolutamente poemática. Pero ese es
otro asunto.
Interferencia I:
Pregunta de una lectora a su profe de historia:
--Profe, ¿quién copia a quién, Maaluf
a Gala o Gala a Maaluf? Porque cuentan la guerra de Granada
igual.
--Ninguno de los dos copia al otro, pero los dos copian sin citarlos a Pulgar
y al cura de Los Palacios, Andrés Bernáldez. Una golfería.
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V. |
Nadadores. Narradores. Nada-dores.
Scala hacia los cielos.
Nadando se llega muy lejos. Y así le sucedió a
Rodrigo de Vivero y Velasco, un caballero mejicano sobrino
del virrey Velasco, y que volvía de Manila a Acapulco
en el mítico galeón de Manila, una de las rutas
correo más prolongadas en el tiempo de la historia de
la gente, desde finales del XVI a finales del XIX, tres siglos
y más. Por muerte del Gobernador de Filipinas, Vivero
había ejercido de gobernador interino --hasta la llegada
del nuevo, Juan de Silva--, y volvía a México
cargado de experiencias e ideas. Este relato --creo que hermosamente
poemático, y espero desplegarlo hasta tipográficamente
si fuera posible--, procede de una relación --todo un
género literario, y hasta mítico-- "que
se halló en diferentes cuadernos y papeles sueltos",
copiada por un tal --y muy notable-- Muñoz y conservada
en la Real Academia de la Historia de Madrid.
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VI. |
"El año de 1608 --a
30 de septiembre,
día del glorioso San Jerónimo--, se perdió la
nao San Francisco,
en que yo salí de Filipinas, habiendo allí servido
a su majestad
en el gobierno de ellas.
Y aunque las tormentas y naufragios que hasta este punto
se padecieron
eran copiosas para hacer una larga relación --y
no sé
si en 65 días que duró la navegación
hasta que llegó esta desdichada hora
se han pasado en la mar del Norte ni en la del Sur mayores
desventuras--
el fin de ellas y principio de otras fue hacerse pedazos
la nao
en unos arrecifes en la cabeza del Japón.
En 35 grados y medio de altura, con yerro --de tan gran
perjuicio--
en todas las cartas de marear por donde hasta allí se
había navegado,
que ponen esta cabeza del Japón en 33 grados y
medio.
En suma --por esta razón y por la original y verdadera,
que fue cumplirse la voluntad de Dios--,
se perdió este galeón con dos millones
de haciendas.
Y desde las 10 de la noche --que varó en tierra--
hasta otro día --después de amanecido media
hora--,
todos los que escapamos estuvimos colgados de las jarcias
y cuerdas
porque la nao se fue partiendo en pedazos.
Y el más animoso esperaba por credos su fin.
Como se les iba llegando a 50 personas que se ahogaron,
sacadas --de los golpes y las olas de la mar--
de entre los demás que nos libramos
--con tan gran misericordia de Dios-- saliendo
unos en maderos, otros en tablas.
Y los que se quedaron --últimamente--,
en un pedazo de popa,
que fue el más fuerte y que más se conservó hasta
llegar a tierra.
Estando en ella --y juzgándose por más rico
alguno,
digo, entre muchos, que sacó camisa--,
no sabiendo nadie si era isla despoblada o en qué paraje
caía
--porque los pilotos decían que (según la altura)
no podía ser del Japón--,
mandé a dos marineros que subiesen arriba y descubriesen
algo de tierra.
Y al poco rato volvieron
pidiéndome albricias de que había sembrados
de arroz.
Pero --caso de que esto aseguraba las comidas,
no las vidas de los que allí íbamos-- sin
armas ni defensa humana,
si --por desgracia-- la gente de la isla no fuera la que
fue,
que dentro de un cuarto de hora aparecieron japoneses.
Nueva de sumo gusto y alegría universal,
pero particularmente para mi.
Porque --siendo Gobernador de las Filipinas
y hallando que la Real Audiencia que antes de mi llegada
gobernaba
tenía presos 200 japoneses (por causa que debió de
justificarse
cuando se prendieron, pero a la sazón tenían
razones favorables
de parte de ellos),
con que me determiné no sólo a sacarles de
la cárcel,
pero a darles embarcación y pasaje seguros a su
tierra,
de que el Emperador se me había mostrado notablemente
agradecido--
hice seguro juicio de que no olvidaría esto.
Y siempre tuve las esforzadas esperanzas de su gratitud,
que después vi cumplidas."
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VII. |
Este último párrafo
de Rodrigo Vivero --este sería su nombre de autor,
mejor que el ya desusado de "de Vivero y Velasco"--,
es admirable como "estilo duna", pudiera decirse,
que se enrosca y enrosca sobre si mismo hasta perderse en
las reglas de la corrección gramatical; pero se entiende
todo clarísimo. Y además --como el cura de
los Palacios--, consigue una narración audiovisual,
si quisiéramos decirlo así, para cerrar este
mini-ejercicio en estilo duna. La prosa de Vivero también
remite a tiempos más lentos y a la lectura en
alta voz.
Los naúfragos del galeón San Francisco
se aferraban a maderos y tablas, a los restos de la popa.
A lo que podían. No parece que fueran muy buenos
Nadadores --lo mismo que el medio centenar de ahogados--,
pero algo tendrían que saber nadar para alcanzar
la costa con campos sembrados de arroz, la Costa de los
Arrozales, a la que llegaron braceando, semi desnudos y
exhaustos. No hacía más que comenzar su aventura,
para todos inolvidable el resto de sus días y que
algunos de ellos bosquejaron por escrito mal que bien.
Para recordárnoslas. Como historias verdaderas.
Fragmentos de fragmentos, bifurcaciones y bucles.
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VIII. |
A Colón y a las primeros
hispanos que aparecieron por América les admiraba
que los indios y las indias anduvieran todo el día
retozando y nadando y no se preocuparan de demasiadas cosas
más. Naúfragos, ahogados y Nadadores. Nadar
en el mar literario americano a la pesca de Nadadores, un
pequeño reto literario más que puede dar jugosos
frutos. También es posible investigar viejas historias
de Nadadores en el mundo clásico antiguo, como haría
un humanista clásico moderno --de los del XVI--, o
nadar a la búsqueda de Nadadores en otras culturas
antiguas y modernas. Sería un hermoso ejercicio. En
la primavera de 1637, el atamán de los cosacos del
Don encabezó un ejército cosaco contra la fortaleza
otomana de Azov, en la desembocadura del Don, que les impedía
el acceso al mar Negro, y cosacos a nado fueron los primeros
asaltantes por un gran hueco que habían conseguido
hacer en las murallas de la ciudad. Nadadores audaces. Hilo
conductor hacia situaciones excepcionales, siempre memorables.
Un hilo conductor como otro cualquiera, que anime a la coordinación
de búsquedas. Elaboración de un sistema caprichoso,
ambiguo, a través del que nadar entre Nadadores,
recuperar la incertidumbre del azar, recuperar el tiempo
y el relato,
recuperar la historia. Aviso para navegantes.
Una culta y sensible hada madrina portadora de avisos
de cosas que pasan en el mundo, me envía una ficha
espléndida sobre el valor de Cayo Julio Cesar (100-44aC)
como Nadador, de "Los doce Césares" de
Cayo Suetonio Tranquilo (69-140dC), de su libro LXIV:
"En Alejandría (César) atacó un
puente,
pero una inesperada salida del enemigo
le obligó a saltar a una barca;
perseguido por gran número de enemigos,
se lanzó al mar y recorrió a nado el espacio
de doscientos pasos
hasta otra nave,
sacando la mano derecha fuera del agua
para que no se mojasen los escritos que llevaba,
y llevando cogido con los dientes su manto de general
para no abandonar aquella prenda al enemigo".
Admirable relato de una travesía a nado con elementos
--papeles escritos, vestiduras de mando-- capaces de perfilar
un mito de Virtù y Fortuna, tan clásico.
En el mar de Alejandría de Egipto, la Escandería
de las fuentes árabes posteriores, patria de todos
los marinos Escander Corso de la frontera.
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IX. |
Mediterráneo de nuevo
--y creo que definitivamente, uno tiene sus limitaciones
y preferencias; aunque no por ello uno desea renunciar al
ejercicio estimulante de seguir abriendo puertas y ventanas
sobre el mar, sobre todos los mares --y ríos--, uno
no desea renunciar a provocar a otros papeleadores. Mar de
Orán. Primavera de 1563. El hijo de Jeredín
Barbarroja, Hasán Bajá, ha enviado a gente
por tierra y por mar sobre la ciudad de Orán y el
puerto de Marzalquivir --Puerto Grande en árabe quiere
decir, muy cercano a Orán--, e iniciado un cerco que
duró meses y fue bastante agitado. El gobernador hispano
de Orán era el conde de Alcaudete, Martín de
Córdoba el Viejo --para distinguirlo de su hijo, también
Martín de Córdoba, que también sería
en el futuro gobernador de la ciudad--, y en el asedio queda
aislado de su hermano, al mando de los defensores de Marzalquivir.
En pleno asedio de las dos fortalezas, surge un intrépido
Nadador, Cesar de Tarifa, que es evocado por otro soldado,
Pedro Gaytán, en una "historia de Orán
y de su cerco" que lo muestran como un autor obseso
de la escritura ordenada y precisa, aunque laberíntico
mar de avisos y noticias en el que navegar o nadar. No se
publicó hasta 1983 la historia de Gaytán, por
Enrica Bisetti, y está manuscrita en la Biblioteca
Trivulziana de Milano.
Poematizo --desbrozo en renglones, tijereteo-- de la
excelente transcripción de E. Bisetti, el sugestivo
homenaje literario a César de Tarifa, en sucesivos
fragmentos ordenados, mosaico o flor. "Flor de flores" --como
los antiguos florilegios o antologías o muestrarios--,
eso es lo que pretendo que este texto de textos --fragmento
de fragmentos-- sea.
"
Habiendo... el Rey de Argel (Hasán Bajá,
el hijo de Barbarroja)
enviado 3 galeras al paso (entre Orán y Marsalquivir)
--las cuales se habían metido en una cala que
llaman de las Higueras,
junto a un collado que llaman del Peñón,
que está en medio--
del camino entre Orán y Marzalquivir
--que daba gran pena a don Martín porque no podía
enviar ningún aviso
al Conde su hermano de lo que pasaba,
por estar tomados los pasos tanto por mar como por tierra--,
proveyó Dios a esta dificultad, como a las demás.
Y fue que se halló allí un soldado gran
nadador.
El cual dijo que nadaría hasta Orán
--que, como habemos dicho, hay 3 millas--,
y que llevaría las cartas al Conde.
Las cuales las metieron en un cañuto atapado con
cera,
y --así-- le despacharon.
Él se salió de Marzalquivir y se echó a
nado.
Y --así-- fue a oscuras, porque era muy noche.
Y cuando llegó enfrente de las galeotas de los
enemigos,
se zambulló y --nadando debajo del agua, a fuerza
de brazos--
salió un buen trecho más arriba y de allí se
fue a Orán."
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