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"NADADORES. Un ensayo de no novela histórica "

Capítulos
I al IX

   
   

 

   
CAPÍTULO I CAPÍTULO II CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV CAPÍTULO V CAPÍTULO VI
CAPÍTULO VII CAPÍTULO VIII CAPÍTULO IX
 

I.

Uno --fragmento cultural de fragmentos culturales-- es imposible que sea único narrador de historias verdaderas. O fidedignas, o verosímiles. Parece que está muy claro ya el asunto. Cualquier historia es pura polifonía.

Uno hace años que nada entre relatos ajenos y --tal vez por ello, y sin querer-- ha llegado a plantearse la necesidad de estructurar relatos narrados por otros como única posibilidad de abordar --sin pre-juicio a la vez que sin distorsiones retóricas-- el tiempo relatado, ceñido a un espacio --histórico, dicen--, convertido en palabras.


II.

Nadadores y ahogados. Lo importante es mover el cuerpo. Un espacio histórico --en este caso el mar-- y las palabras que se usaron para narrarlo y narrarse a-si-mismo inmersos en él. Metáforas de la consumación, de la consumición del tiempo. Del tiempo de un hombre en el mar, ahogado o Nadador.

No hace falta otra disculpa para ponerse a nadar en un mar de relatos ajenos --en ese mar de avisos-- para encontrar el halo de la vida, el aliento reposado del hombre que garabatea sus recuerdos marineros o el más agitado del esforzado Nadador. Realidad evocada en la escritura. Tiempo real pasado escrito. Mi mismo al relatarme, así que pasen unos años, desconocido, desdibujado, otro que fue, pura pasión en la memoria. Sumergirse en el agua, nadar, morir. Evocación en el límite, la Gran Frontera.


III.

Mar de Almería, Navidades de 1489. Tras el largo cerco de la ciudad de Baza, Fernando de Aragón entra casi sin lucha en Guadix y luego en Almería. La reina Isabel de Castilla y una infanta están en el séquito --llegadas desde Jaén con recuas de mulas con vituallas para el ejército--, así como la Corte y casa de uno de los dos reyes de Granada, el Zagal, recién vencido mientras Boabdil espera en la ciudad, que aún tardará dos años en ser conquistada por los reyes hispanos.

"Estando en Almería el rey don Fernando y la Reina
con su Corte y hueste,
concertaron montería para que fuesen a haber placer.

Fueron el Rey, la Reina y la Infanta,
y fueron con ellos el Maestre de Santiago,
el Marqués-Duque de Cádiz y otros caballeros grandes.
Y el Rey moro y la Reina su mujer.

El monte era ahí, cerca orilla de la mar.
Y mataron cuatro puercos monteses, en que hubieron mucho placer.

Acaeció que estaba en el monte un lobo y salió a lo raso.
Y --como se vio aquejado de la gente--
metiose en la mar, huyendo a nado.

Como aquello vio un mozo de la villa de Utrera
--llamado Alonso Donaire--,
desnudose y echose a nado en la mar en pos del lobo,
en presencia de todos.
Toda la Caballería no miraba otra cosa.

Siguiole tanto, hasta que --con las ondas-- no se veía el lobo ni el mozo,
y todos pensaban que eran ahogados.
Dende poco, dieron vuelta --el lobo delante
y el mozo detrás de él, acarreándolo-- hacia donde la gente estaba.

Llegando cerca de la tierra,
el rey don Fernando entró en su caballo en la mar
--hasta que le daba el agua a las cinchas-- y mató al lobo a lanzadas.

Y el mozo salió, y fuese para otra parte.
Y todos hubieron mucho placer de esto.
Y el Rey preguntó por el mozo --y nunca vino a él,
que se creyó que le hiciera Merced."


IV.

Parece verso narrativo moderno, conciso, sobrio,
como para labrar en mármol, lapidario, pero es prosa. Dicen. Cuando a mi me suena a romance viejo, de los que cazara a lazo Ramón Menéndez Pidal, haciendo cantar a viejitas y registrándolas en discos de cera primitivos. Operación rescate. Para poder respirar un poco. Una prosa impregnada de imágenes --"todos miraban" lo que describe el narrador--, hasta la imagen fotográfica / cinematográfica del Rey a caballo en el mar con el agua a las cinchas, casi Akira Kurosawa. Fragmento de fragmento de capítulo de libro raro, olvidado. El fragmento que narra la historia / chispazo de Alonso Donaire de Utrera --perfectamente audiovisual, perfecta en su clasicismo atroz--, es un tijeretazo al capítulo XCIII de una historia de los reyes Isabel y Fernando contada por un cura del pueblo de Los Palacios, cerca de Sevilla, llamado Andrés Bernáldez, que era muy amigo de Cristóbal Colón. El ritmo de su prosa es uno de esos misterios que trae consigo el discurrir temporal, pero lo que si está claro es que es una prosa para ser recitada. Y en momentos inspirados --como el fragmento precedente-- absolutamente poemática. Pero ese es otro asunto.

Interferencia I:
Pregunta de una lectora a su profe de historia:
--Profe, ¿quién copia a quién, Maaluf a Gala o Gala a Maaluf? Porque cuentan la guerra de Granada igual.
--Ninguno de los dos copia al otro, pero los dos copian sin citarlos a Pulgar y al cura de Los Palacios, Andrés Bernáldez. Una golfería.


V.

Nadadores. Narradores. Nada-dores. Scala hacia los cielos.
Nadando se llega muy lejos. Y así le sucedió a Rodrigo de Vivero y Velasco, un caballero mejicano sobrino del virrey Velasco, y que volvía de Manila a Acapulco en el mítico galeón de Manila, una de las rutas correo más prolongadas en el tiempo de la historia de la gente, desde finales del XVI a finales del XIX, tres siglos y más. Por muerte del Gobernador de Filipinas, Vivero había ejercido de gobernador interino --hasta la llegada del nuevo, Juan de Silva--, y volvía a México cargado de experiencias e ideas. Este relato --creo que hermosamente poemático, y espero desplegarlo hasta tipográficamente si fuera posible--, procede de una relación --todo un género literario, y hasta mítico-- "que se halló en diferentes cuadernos y papeles sueltos", copiada por un tal --y muy notable-- Muñoz y conservada en la Real Academia de la Historia de Madrid.


VI.

"El año de 1608 --a 30 de septiembre,
día del glorioso San Jerónimo--, se perdió la nao San Francisco,
en que yo salí de Filipinas, habiendo allí servido a su majestad
en el gobierno de ellas.

Y aunque las tormentas y naufragios que hasta este punto se padecieron
eran copiosas para hacer una larga relación --y no sé
si en 65 días que duró la navegación hasta que llegó esta desdichada hora
se han pasado en la mar del Norte ni en la del Sur mayores desventuras--

el fin de ellas y principio de otras fue hacerse pedazos la nao
en unos arrecifes en la cabeza del Japón.

En 35 grados y medio de altura, con yerro --de tan gran perjuicio--
en todas las cartas de marear por donde hasta allí se había navegado,
que ponen esta cabeza del Japón en 33 grados y medio.

En suma --por esta razón y por la original y verdadera,
que fue cumplirse la voluntad de Dios--,
se perdió este galeón con dos millones de haciendas.

Y desde las 10 de la noche --que varó en tierra--
hasta otro día --después de amanecido media hora--,
todos los que escapamos estuvimos colgados de las jarcias y cuerdas
porque la nao se fue partiendo en pedazos.

Y el más animoso esperaba por credos su fin.
Como se les iba llegando a 50 personas que se ahogaron,
sacadas --de los golpes y las olas de la mar--
de entre los demás que nos libramos
--con tan gran misericordia de Dios-- saliendo
unos en maderos, otros en tablas.
Y los que se quedaron --últimamente--,
en un pedazo de popa,
que fue el más fuerte y que más se conservó hasta llegar a tierra.

Estando en ella --y juzgándose por más rico alguno,
digo, entre muchos, que sacó camisa--,
no sabiendo nadie si era isla despoblada o en qué paraje caía
--porque los pilotos decían que (según la altura) no podía ser del Japón--,
mandé a dos marineros que subiesen arriba y descubriesen algo de tierra.

Y al poco rato volvieron
pidiéndome albricias de que había sembrados de arroz.

Pero --caso de que esto aseguraba las comidas,
no las vidas de los que allí íbamos-- sin armas ni defensa humana,
si --por desgracia-- la gente de la isla no fuera la que fue,
que dentro de un cuarto de hora aparecieron japoneses.

Nueva de sumo gusto y alegría universal,
pero particularmente para mi.

Porque --siendo Gobernador de las Filipinas
y hallando que la Real Audiencia que antes de mi llegada gobernaba
tenía presos 200 japoneses (por causa que debió de justificarse
cuando se prendieron, pero a la sazón tenían razones favorables
de parte de ellos),
con que me determiné no sólo a sacarles de la cárcel,
pero a darles embarcación y pasaje seguros a su tierra,
de que el Emperador se me había mostrado notablemente agradecido--
hice seguro juicio de que no olvidaría esto.

Y siempre tuve las esforzadas esperanzas de su gratitud,
que después vi cumplidas."


VII.

Este último párrafo de Rodrigo Vivero --este sería su nombre de autor, mejor que el ya desusado de "de Vivero y Velasco"--, es admirable como "estilo duna", pudiera decirse, que se enrosca y enrosca sobre si mismo hasta perderse en las reglas de la corrección gramatical; pero se entiende todo clarísimo. Y además --como el cura de los Palacios--, consigue una narración audiovisual, si quisiéramos decirlo así, para cerrar este mini-ejercicio en estilo duna. La prosa de Vivero también remite a tiempos más lentos y a la lectura en alta voz.

Los naúfragos del galeón San Francisco se aferraban a maderos y tablas, a los restos de la popa. A lo que podían. No parece que fueran muy buenos Nadadores --lo mismo que el medio centenar de ahogados--, pero algo tendrían que saber nadar para alcanzar la costa con campos sembrados de arroz, la Costa de los Arrozales, a la que llegaron braceando, semi desnudos y exhaustos. No hacía más que comenzar su aventura, para todos inolvidable el resto de sus días y que algunos de ellos bosquejaron por escrito mal que bien. Para recordárnoslas. Como historias verdaderas. Fragmentos de fragmentos, bifurcaciones y bucles.


VIII.

A Colón y a las primeros hispanos que aparecieron por América les admiraba que los indios y las indias anduvieran todo el día retozando y nadando y no se preocuparan de demasiadas cosas más. Naúfragos, ahogados y Nadadores. Nadar en el mar literario americano a la pesca de Nadadores, un pequeño reto literario más que puede dar jugosos frutos. También es posible investigar viejas historias de Nadadores en el mundo clásico antiguo, como haría un humanista clásico moderno --de los del XVI--, o nadar a la búsqueda de Nadadores en otras culturas antiguas y modernas. Sería un hermoso ejercicio. En la primavera de 1637, el atamán de los cosacos del Don encabezó un ejército cosaco contra la fortaleza otomana de Azov, en la desembocadura del Don, que les impedía el acceso al mar Negro, y cosacos a nado fueron los primeros asaltantes por un gran hueco que habían conseguido hacer en las murallas de la ciudad. Nadadores audaces. Hilo conductor hacia situaciones excepcionales, siempre memorables. Un hilo conductor como otro cualquiera, que anime a la coordinación de búsquedas. Elaboración de un sistema caprichoso, ambiguo, a través del que nadar entre Nadadores, recuperar la incertidumbre del azar, recuperar el tiempo y el relato, recuperar la historia. Aviso para navegantes.

Una culta y sensible hada madrina portadora de avisos de cosas que pasan en el mundo, me envía una ficha espléndida sobre el valor de Cayo Julio Cesar (100-44aC) como Nadador, de "Los doce Césares" de Cayo Suetonio Tranquilo (69-140dC), de su libro LXIV:

"En Alejandría (César) atacó un puente,
pero una inesperada salida del enemigo
le obligó a saltar a una barca;
perseguido por gran número de enemigos,
se lanzó al mar y recorrió a nado el espacio de doscientos pasos
hasta otra nave,
sacando la mano derecha fuera del agua
para que no se mojasen los escritos que llevaba,
y llevando cogido con los dientes su manto de general
para no abandonar aquella prenda al enemigo".

Admirable relato de una travesía a nado con elementos --papeles escritos, vestiduras de mando-- capaces de perfilar un mito de Virtù y Fortuna, tan clásico. En el mar de Alejandría de Egipto, la Escandería de las fuentes árabes posteriores, patria de todos los marinos Escander Corso de la frontera.


IX.

Mediterráneo de nuevo --y creo que definitivamente, uno tiene sus limitaciones y preferencias; aunque no por ello uno desea renunciar al ejercicio estimulante de seguir abriendo puertas y ventanas sobre el mar, sobre todos los mares --y ríos--, uno no desea renunciar a provocar a otros papeleadores. Mar de Orán. Primavera de 1563. El hijo de Jeredín Barbarroja, Hasán Bajá, ha enviado a gente por tierra y por mar sobre la ciudad de Orán y el puerto de Marzalquivir --Puerto Grande en árabe quiere decir, muy cercano a Orán--, e iniciado un cerco que duró meses y fue bastante agitado. El gobernador hispano de Orán era el conde de Alcaudete, Martín de Córdoba el Viejo --para distinguirlo de su hijo, también Martín de Córdoba, que también sería en el futuro gobernador de la ciudad--, y en el asedio queda aislado de su hermano, al mando de los defensores de Marzalquivir. En pleno asedio de las dos fortalezas, surge un intrépido Nadador, Cesar de Tarifa, que es evocado por otro soldado, Pedro Gaytán, en una "historia de Orán y de su cerco" que lo muestran como un autor obseso de la escritura ordenada y precisa, aunque laberíntico mar de avisos y noticias en el que navegar o nadar. No se publicó hasta 1983 la historia de Gaytán, por Enrica Bisetti, y está manuscrita en la Biblioteca Trivulziana de Milano.

Poematizo --desbrozo en renglones, tijereteo-- de la excelente transcripción de E. Bisetti, el sugestivo homenaje literario a César de Tarifa, en sucesivos fragmentos ordenados, mosaico o flor. "Flor de flores" --como los antiguos florilegios o antologías o muestrarios--, eso es lo que pretendo que este texto de textos --fragmento de fragmentos-- sea.


" Habiendo... el Rey de Argel (Hasán Bajá, el hijo de Barbarroja)
enviado 3 galeras al paso (entre Orán y Marsalquivir)
--las cuales se habían metido en una cala que llaman de las Higueras,
junto a un collado que llaman del Peñón, que está en medio--
del camino entre Orán y Marzalquivir
--que daba gran pena a don Martín porque no podía enviar ningún aviso
al Conde su hermano de lo que pasaba,
por estar tomados los pasos tanto por mar como por tierra--,
proveyó Dios a esta dificultad, como a las demás.

Y fue que se halló allí un soldado gran nadador.
El cual dijo que nadaría hasta Orán
--que, como habemos dicho, hay 3 millas--,
y que llevaría las cartas al Conde.

Las cuales las metieron en un cañuto atapado con cera,
y --así-- le despacharon.

Él se salió de Marzalquivir y se echó a nado.
Y --así-- fue a oscuras, porque era muy noche.
Y cuando llegó enfrente de las galeotas de los enemigos,
se zambulló y --nadando debajo del agua, a fuerza de brazos--
salió un buen trecho más arriba y de allí se fue a Orán."

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