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EL CRIMEN DE LOS DÍAZ

Hacia el año 1546 otros dos hermanos conquenses, nominados igual que los Valdés, Juan y Alfonso Díaz, pero mal avenidos a diferencia de éstos, protagonizaron un episodio sonoro. Juan llegó a ser uno de los teólogos protestantes más importantes que se sumaron al luteranismo. Después de pasar por varias universidades españolas, estudió en París. El contacto con otros expatriados y heresiarcas propició la conversión del conquense, especialmente influyó en este giro la predicación de Diego de Enzinas (protestante burgalense que actuaba en Centroeuropa con el seudónimo de Claudius Senarclaens). Se trasladó a Ginebra y, con éste, marchó a Estrasburgo. Por mediación de su maestro Bucero se hizo portavoz de la ciudad en la discusión de Ratisbona. El reencuentro con Pedro Malvenda, un viejo conocido de sus años junto al Sena, tuvo trascendentales consecuencias. A su regreso, Malvenda narró en una carta su conversación a Domingo de Soto. Casualmente, junto al confesor imperial, estaba un amigo del hermano de Díaz, que se enteró del asunto. Al poco, Alfonso, abogado en Roma, fue puesto sobre aviso acerca de la “apostasía”.  Se quedó absorto al saber que Juan había dado ese paso, en primer lugar porque consideraba un deshonor el viraje, en segundo, porque esta decisión podía hacer peligrar su carrera. Al enterarse de que su hermano se había convertido al protestantismo y formaba parte de la delegación oficial en el coloquio religioso convocado por Carlos V en Ratisbona, Alfonso viajó desde Roma a Neoburgo con el propósito de defender el buen nombre de su familia y hacer retroceder a su hermano1. Cuando lo encontró, se echó llorando a sus pies, pero no pudo doblegar su alma. Dominado por un arranque de cólera, empezó a planear su muerte. Comunicó el intento a un criado, compraron un hacha y volvieron a Neoburgo. En la madrugada del 27 de marzo de 1546, alguien llamó con sigilo a la puerta de la casa de Juan. Era el criado de Alfonso con una carta importante. Juan lo invitó a subir para recibirlo en su propia habitación. Poco después, Alfonso entró y se quedó al pie de las escaleras vigilando el acceso. Mientras Juan leía la epístola, las expertas manos del siervo le asestaron un hachazo mortal en la cabeza. Los asesinos fueron detenidos en Innsbruck y encarcelados, pero no llegaron a ser juzgados gracias a la intervención directa de Carlos V. De nada sirvió que los príncipes protestantes exigieran al Emperador y Rey de romanos que castigara a los homicidas. En libertad, acosado por los remordimientos, Alfonso se ahorcó del cuello de su mula. El compañero de Díaz, Claud Senarcleus, que vivía en la misma casa y fue testigo presencial de los ardides de Alfonso, redactó el relato del asesinato y Francisco de Enzinas editó el texto añadiendo el manuscrito que tanto interés tenía Juan por culminar: la Christianae religionis Summa. 1 ENZINAS, Francisco de: Verdadera historia de la muerte del santo varón Juan Díaz, por Claude de Senarclens, Cuenca, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2009, p. 13. Edición crítica de Ignacio J. García Pinilla. María Lara Martínez

22 mayo, 2014 26 mayo, 2014
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