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“VIAJE A ORIENTE” 015

II. Las esclavas – V. Visita al cónsul de Francia…  Cuando viajo procuro evitar lo más que puedo las cartas de recomendación. En cuanto eres conocido en una ciudad es imposible ver nada. Nuestra gente de mundo, view incluso en Oriente, order no consentirían ser vistos fuera de determinados lugares reconocidos como apropiados, ni charlar públicamente con gentes de clase inferior, ni pasearse vestidos de manera informal a ciertas horas del día. Me dan pena esos caballeros siempre tan repeinados, empolvados, enguantados, que no se atreven a mezclarse con la gente ni para ver un detalle curioso, una danza, una ceremonia; que temblarían si fueran vistos en un café o en una taberna, o siguiendo a una mujer, incluso confraternizando con un árabe expansivo que os ofrece cordialmente la boquilla de su larga pipa, os hace servir un café a sus expensas, a poco que os descubra parado, ya sea por curiosidad o por fatiga. Los ingleses, sobre todo, son el prototipo, y cada vez que les veo pasar aprovecho para divertirme de lo lindo. Imagínense a un señor subido en un pollino, con sus largas y escuálidas piernas colgando hasta casi tocar el suelo. Su sombrero redondo forrado de un espeso revestimiento de algodón blanco perforado; lo que pretende ser un invento contra el ardor de los rayos del sol que se absorben, dicen, con este tocado, mitad colchón, mitad fieltro. El caballero se parapeta los ojos con algo así como dos cáscaras de nuez montadas en acero azul, para evitar la luminosa reverberación del sol y de los muros, y sobre toda esa parafernalia se pone un velo verde de mujer para protegerse del polvo. Su gabán, de caucho, está además recubierto por un sobretodo de tela encerada para garantizarle protección contra la peste y el contacto fortuito de los viandantes. Sus manos enguantadas sostienen un bastón largo que utiliza para apartar de él a todo árabe sospechoso, y generalmente no sale a la calle si no es flanqueado a derecha e izquierda por su GROOM y su trujimán. Raramente está uno expuesto a trabar conocimiento con esos fantoches, ya que el inglés jamás se dirige a nadie que no le haya sido presentado; pero nosotros tenemos bastantes compatriotas que viven hasta cierto punto a la manera inglesa y, desde el momento en que uno ha sido presentado a esos amables viajeros, ya está perdido, pues toda la sociedad le invadirá. De todos modos, acabé por decidirme a buscar en el fondo de la maleta una carta de recomendación para nuestro cónsul general, que de momento vivía en El Cairo. Por supuesto, que esa misma noche me encontré cenando ya en su casa, sin ingleses y sin nadie de su especie. Tan solo estaba el doctor Clot-Bey, cuya casa colindaba con el consulado, y el Sr. Lubbert, antiguo director de La Ópera, convertido en historiógrafo del pachá de Egipto.[1] El cabello rasurado, la barba y la piel ligeramente bronceada que se adquiere en los países cálidos, pronto convierten a un europeo en un turco más que aceptable. Ojeé rápidamente los diarios franceses apilados sobre el sofá del cónsul. ¡Debilidad humana!, ¡leer los periódicos en el país del papiro y de los jeroglíficos!; no poder olvidar, como Mme. Staël al borde del Leman, el arroyo de la calle del Bac[2]. Durante la cena nos ocupamos de un asunto que se había juzgado como muy grave y había hecho mucho ruido en la sociedad franca. Un pobre diablo francés, un criado, había resuelto hacerse musulmán, y lo que aún resultaba más extraordinario era que su mujer quería también abrazar el islamismo. Se andaban ocupando del modo de evitar este escándalo: el clérigo francés se había tomado la cosa a pecho, pero el clérigo musulmán ponía todo su amor propio, por su parte, para triunfar. Los unos ofrecían a la pareja de infieles dinero, un buen trabajo y diferentes ventajas; los otros, decían al marido: “Es un buen asunto hacerte musulmán, si te quedas cristiano, siempre estarás igual; tu vida seguirá como hasta ahora. Jamás se ha visto en Europa a un criado convertirse en señor. Aquí, en cambio, el último de los sirvientes, un esclavo, un simple pinche, puede llegar a emir, pachá o ministro; se puede casar con la hija del sultán; la edad no cuenta; la esperanza de llegar a lo más alto sólo nos abandona cuando morimos”. El pobre diablo, que es posible que tuviera sus ambiciones, se dejaba llevar por estas esperanzas. También para su mujer la perspectiva no era menos halagüeña: se convertía rápidamente en una señora igual a las grandes damas, con derecho a despreciar a toda mujer cristiana o judía; a llevar la habbarah negra y las babuchas amarillas; se podía divorciar, y aún algo más seductor, podría casarse con un gran personaje, heredar, poseer tierras, cosa que estaba prohibida a los YAVOURS (infieles) sin contar las posibilidades de convertirse en favorita de una princesa o de una sultana madre gobernando el imperio del fondo de un serrallo. Esa era la doble perspectiva que se abría a esas pobres gentes, y hay que reconocer que esa posibilidad de los de clase baja de llegar, gracias al azar o a su inteligencia natural, a las más elevadas posiciones, sin que su pasado, su educación o condición primera puedan ser un obstáculo, acuña bastante bien ese principio de igualdad que, para nosotros, no está escrito más que en las leyes. En Oriente, el criminal incluso, si ha pagado su deuda con la ley, no encuentra ninguna carrera cerrada; el prejuicio moral desaparece delante de él. ¡Pues bien! Hay que reconocerlo, a pesar de todas estas seductoras promesas de la ley turca, las apostasías son muy raras. La importancia que se estaba dando a este asunto del que hablo es una buena prueba. El cónsul había concebido la idea de hacer secuestrar al hombre y a la mujer durante la noche y hacerles embarcar en un navío francés. ¿Pero cómo transportarles desde El Cairo hasta Alejandría. Se necesitan cinco días para descender por el Nilo. Metiéndoles en una barca cerrada se corría el riesgo de que sus gritos se escucharan durante la travesía. En país turco, el cambio de religión es la única circunstancia en la que cesa el poder de los cónsules sobre los nacionales. “Pero ¿por qué hacer secuestrar a esa pobre gente?, le dije al cónsul; ¿tendría usted derecho a ello al amparo de la legislación francesa? –         Desde luego; en un puerto de mar, yo no vería ninguna dificultad. –         Pero ¿y si se les supone una convicción religiosa? ¿Aún concediéndoles el beneficio de la duda de una conversión sincera? –         ¡No me diga!, ¿hacerse turco? –         Usted conoce a algunos europeos que han adoptado el turbante. –         Sin duda, pero se trata de altos funcionarios del pachá, que de otro modo no hubieran podido llegar a hacerse obedecer por los musulmanes. –         Me gustaría pensar que la mayor parte de esta gente fue sincera al convertirse al Islam; de otro modo, yo no vería en todo esto más que un puro motivo de interés. –         Pienso como usted, de ahí que, en casos ordinarios, nos opongamos con todo nuestro poder a que un individuo francés abandone su religión. Para nosotros, la religión y la ley civil son asuntos completamente aparte y bien diferenciados, mientras que para los musulmanes, estos dos principios se confunden. El que abraza el mahometismo se convierte en un ciudadano turco desde todos los aspectos posibles, perdiendo incluso su nacionalidad. No podemos ejercer de ningún modo acción alguna contra él, ya que desde ese momento, el individuo converso pasa a pertenecer “al sable y al bastón”, y si quisiera volver al cristianismo, la ley turca le condenaría a muerte. Al hacerse musulmán, no se pierde únicamente la fe católica, sino que también abandona su nombre, el de su familia, su patria, jamás volverá a ser el mismo hombre, se habrá convertido en un turco. Como usted podrá apreciar se trata de un asunto bastante grave. Mientras tanto, el cónsul nos andaba invitando a paladear una buena colección de vinos griegos y chipriotas de los que yo no acertaba a apreciar los diversos matices a causa de su pronunciado sabor a alquitrán lo que, según el cónsul, probaba su autenticidad. Se necesita algún tiempo para acostumbrarse a este refinamiento helénico, necesario sin duda para la conservación de la auténtica malvasía, del vino de Encomienda[3] o del de Tenedós. A lo largo de la visita por fin encontré un momento para exponer mi situación doméstica. Le conté la historia de mis fallidos matrimonios y de mis modestas aventuras. “Ni se me habría ocurrido, añadí, hacerme pasar aquí por un seductor. He venido a El Cairo para trabajar, para estudiar la ciudad, interrogar a los recuerdos, y mira por dónde resulta imposible vivir aquí por menos de sesenta piastras diarias, lo cual, debo reconocer, no se adecua a mis previsiones. –         Comprenda, me dijo el cónsul, que en una ciudad por la que los extranjeros sólo pasan durante determinados meses del año, camino de Las Indias; en donde se dan cita lores y nababs; los tres o cuatro hoteles que existen se ponen de acuerdo fácilmente para elevar el precio y evitar así cualquier tipo de competencia. –         Sin duda; precisamente por eso alquilé una casa por algunos meses. –         Es lo más acertado. –         ¡Pues bien! Ahora me quieren echar a la calle so pretexto de no tener esposa. –         Tienen derecho a ello; el señor Clot-Bey ha señalado ese detalle en su libro. Mister William Lane, el cónsul inglés, cuenta en el suyo que él mismo ha sido sometido a esta exigencia. Aún más, lea usted la obra de Maillet, el cónsul general de Luis XIV, y verá que lo mismo sucedía en su época. Tiene usted que casarse. –         He renunciado. La última mujer que me propusieron me ha hecho olvidar a las otras y por desgracia, no dispongo de una dote suficiente para conseguirla. –         Comprendo. –         Dicen que las esclavas son mucho menos costosas, y mi dragomán me ha aconsejado comprar una e instalarla en mi casa. –         Es una buena idea. –         ¿Cumpliría así con la ley? –         Perfectamente. La conversación se prolongó en torno a este tema. Me extrañaba un poco ese tipo de facilidades que se otorgaba a los cristianos, de adquirir esclavas en país turco, y me explicaron que esto sólo se permitía con las mujeres de color; pero que dentro de esta categoría, se podían encontrar abisinias casi blancas. La mayoría de los hombres de negocios establecidos en El Cairo poseían alguna. El señor Clot-Bey se encargaba de educar a varias para el oficio de comadronas. Una prueba más que me aportaron de que esta costumbre era totalmente aceptada, fue lo acontecido a una esclava negra que se había escapado hacía poco de la casa del señor Lubbert, y que le había sido devuelta por la propia policía turca. Todavía andaba yo sumido en los prejuicios inherentes a un europeo mientras me iba enterando bastante sorprendido de todos esos detalles. Hay que vivir durante un tiempo en Oriente para comprender que en estas tierras el concepto de esclavo no es, en principio, sino una especie de adopción. Aquí, la condición de esclavo es, desde luego, mejor que la del fellah o la del rayah aunque estos dos sean hombres libres. Y tras lo aprendido acerca de los matrimonios, me iba percatando de que no existía una gran diferencia entre la egipcia vendida por sus padres y la abisinia expuesta para la venta en el bazar. Los cónsules de Levante difieren de opinión en lo tocante al derecho de los europeos sobre los esclavos. El código diplomático no contiene ninguna formalidad ni procedimiento a ese respecto. Nuestro cónsul me afirmó además que esperaba que la actual situación no cambiara al respecto, alegando que los europeos no pueden ser propietarios de derecho en Egipto; pero, mediante la ayuda de ficciones legales, explotan propiedades y fábricas a pesar de la dificultad que supone el hacer trabajar a la gente de este país que, en cuanto ganan lo mínimo, dejan el trabajo para darse a la buena vida, tumbándose al sol  hasta que se les acaba el último céntimo. Otra dificultad que tienen con frecuencia aquí los europeos es el enfrentamiento ante la mala voluntad de los cheikhs o de altos cargos de la administración turca, sus rivales en la industria que de un golpe les pueden arrebatar a todos los trabajadores so pretexto de utilidad pública. Con los esclavos, al menos, pueden conseguir un trabajo regular y continuado, siempre que estos últimos consientan en ello, pues el esclavo descontento de su dueño siempre le puede forzar a revenderlo en el bazar; detalle éste que ilustra mejor la suavidad de la esclavitud en Oriente. [1] Acerca de Clot-Bey, ver n.11. Émile Lubbert (1794-1859) salió de Francia por problemas administrativos y financieros, a la cabeza de La Ópera Cómica. Méhémet-Ali le nombró director de Bellas Artes y de la Instrucción Pública (GR). Respecto al cónsul, Nerval le menciona en la carta a su padre, de 18 de marzo de 1843. Se trata de Gauttier d’Arc, “un hombre conocido por toda la Europa intelectual, un diplomático y erudito, cosa que raramente va emparejada” (p. 151, t.II) [2] En el exilio, en su castillo de Coppet, Mme. De Staël decía: “Para mí no hay fuente que valga tanto como la de la calle del Bac” (GR) [3] Vino de Chipre.

Esmeralda de Luis y Martínez 9 febrero, 2012 9 febrero, 2012 "al sable y al bastón", el doctro Clot-Bey, Emile Lubbert, Gauttier d'Arc, Maillet, mister William Lane, Mme. Staël, Yavours
“VIAJE A ORIENTE” 014

II. Las esclavas – IV. La Khanoun (La anciana dama)… Me volví reflexionando sobre todo aquello, salve ya que  hacía un buen rato que había despedido al trujimán, diciéndole que me esperara en casa, pues yo ya comienzo a orientarme en la calles; pero al llegar, la encontré llena de gente. De entrada, había unos cocineros enviados por el señor Jean, que fumaban tranquilamente abajo en el vestíbulo, en donde se habían hecho servir un café; luego, el judío Yousef, en la primera planta, se estaba librando a las delicias del narguilé, y más gente aún que armaba un gran alboroto en la terraza. Desperté al trujimán que sesteaba en la habitación del fondo y que me gritó como alguien que estuviera al borde de la desesperación: –         “¡Ya se lo había advertido esta mañana! –         ¿Pero qué? –         Que hacía usted mal en permanecer en la terraza. –         Pero si usted me dijo que estaba bien subir por la noche para no inquietar a los vecinos. –         Sí, pero usted se quedó hasta el amancecer. –         ¿Y qué? –         Pues que ahí arriba hay unos obreros trabajando a su costa, que el sheij del barrio ha enviado hace una hora.” En efecto, me encontré a unos carpinteros que se empeñaban en ocultar la vista de todo un extremo de la terraza. “A este lado, me dijo Abdallah, está el jardín de una Khanoun (dama principal de una casa) que se ha quejado de que usted ha estado mirando hacia su casa. –         Pero si yo no la he visto… (por desgracia) –         Ella le ha visto a usted, y eso basta. –         ¿Y qué edad tiene esa dama? –         ¡Ah!, es una viuda que pasará sobradamente de los cincuenta años.” Todo esto me pareció tan ridículo, que arrojé a la calle los cañizos que comenzaban a amurallar la terraza. Los trabajadores sorprendidos, se retiraron sin decir nada, ya que en El Cairo nadie, a menos que sea de raza turca, osaría resistirse a un franco. El trujimán y el judío menearon la cabeza sin pronunciarse demasiado. Hice subir a los cocineros y retuve de entre ellos al que me pareció más inteligente. Era un árabe de ojos negros, que se llamaba Mustafá, y que parecía satisfecho con la piastra y media diaria que le prometí. Otro se ofreció a ayudarle por una piastra solamente; pero no juzgué oportuno aumentar hasta ese extremo mi tren de vida. Había empezado a charlar con el judío, que me explicaba sus ideas sobre el cultivo de las moreras y la cría de los gusanos de seda, cuando llamaron a la puerta. Era el viejo sheij que volvía con sus obreros. Me hizo comprender que yo le estaba comprometiendo, que no estaba respondiendo bien a su amabilidad al haberme alquilado su casa. Añadió que la Khanoun estaba furiosa sobre todo porque había arrojado a su jardín los cañizos que habían intentado colocar en mi terraza, y que muy bien podría querellarse ante el qadi. Pude entrever toda una serie de molestias, y traté de excusarme alegando mi ignorancia de los usos, asegurándole que no había visto ni podido ver nada de la casa de esa dama. “Comprenda usted, insistió, cuánto se temerá aquí que una mirada indiscreta penetre en el interior de los jardines y los patios, cuando se elige siempre a viejos ciegos para llamar a la oración desde los alto de los minaretes. –         Eso ya lo sabía, le dije. –         Convendría, añadió, que su mujer hiciera una visita a la Khanoun, y le llevara algún presente, un pañuelo, una bagatela. –         Pero ya sabe usted…, repuse incómodo, que hasta ahora… –         ¡Machallah! Exclamó dándose una palmadita en la frente, ¡no había vuelto a pensar en eso!. ¡Ay!, ¡qué fatalidad tener frenguis en este barrio!. Le había dado a usted ocho días para seguir la ley. Aunque usted fuera musulmán, un hombre sin mujer sólo puede habitar en el OKEL (Khan o caravanserrallo). Usted no puede quedarse aquí.” Le calmé lo mejor que pude y le recordé que aún me quedaban dos días del plazo acordado. En el fondo quería ganar tiempo y asegurarme de que no hubiera en todo aquello alguna superchería para obtener una suma mayor sobre el alquiler pagado por adelantado. Así que, tras la marcha del sheij, tomé la resolución de ir a ver al cónsul francés.

Esmeralda de Luis y Martínez 7 febrero, 2012 7 febrero, 2012 Khanoun, Mustafá el cocinero, Okel.
“VIAJE A ORIENTE” 013

II. Las esclavas – III. Los Khowals (cafetines)…Tras haber desayunado en el hotel, ed fui a sentarme al café más bonito de El Mousky. Allí donde vi por vez primera bailar a las Almés en público. Me gustaría situar un poco la escena, ya que en verdad la decoración se halla desprovista de trebolados, columnillas, artesonados de yesería o huevos de avestruz suspendidos del techo: solo en París se encuentran cafetines tan orientales. En lugar de ese panorama, hay que imaginar una miserable estancia cuadrangular, blanqueada con cal, y en la que por todo arabesco hay repetida hasta la saciedad la imagen pintada de un reloj de péndulo colocado en medio de una pradera entre dos cipreses. El resto de la decoración se compone de falsos espejos igualmente pintados, cuya utilidad consiste en reflejar los destellos de unos ramos de palmera cargados de recipientes de vidrio en donde nadan unas lamparillas que, por la noche proporcionan un efecto agradable. Divanes de una madera bastante resistente, están dispuestos en torno al salón y rodeados por una especie de jaulas de palma trenzada, que sirven de taburetes y reposapiés de los fumadores, entre los que, de vez en cuando, se distribuyen  las pequeñas y elegantes tazas que ya he mencionado con anterioridad. Aquí es donde el fellah de blusa azulada, el turbante negro del copto o el beduino de albornoz rayado, toman asiento a lo largo del muro, y ven sin sorprenderse ni desconfiar, cómo el franco se sienta a su lado. Para este último, el KAHWEDJI sabe bien que hay que azucarar la taza, y el paisanaje sonríe ante esta extraña preparación. El horno ocupa uno de los rincones del cafetín y en general, es el adorno más preciado. La rinconera que lo remata, taraceada de loza esmaltada, se recorta en festones y rocallas, y tiene cierto aire de fogón alemán. El hogar está siempre repleto de una multitud de pequeñas cafeteras de cobre rojizo, pues para cada una de estas tazas, grandes como hueveras, hay que hacer hervir una cafetera. Y entre una nube de polvo y el humo del tabaco aparecieron las ALMÉES. Al principio me impresionaron por el destello de los casquetes de oro que adornaban sus cabellos trenzados. Los tacones golpeando el suelo, a la par que los brazos en alto, seguían el ritmo del taconeo, haciendo resonar ajorcas y campanillas. Las caderas se movían en un voluptuoso vaivén; el talle aparecía desnudo o cubierto por una muselina transparente, entre la chaquetilla y el rico cinturón suelto y muy bajo, como el CESTOS de Venus. Apenas, en medio de los veloces giros, podían distinguirse los rasgos de estos personajes seductores, cuyos dedos agitaban pequeños címbalos, del tamaño de las castañuelas, y que se empleaban a fondo con los primitivos sones de la flauta y el tamboril. Había dos especialmente hermosas, de rostro orgulloso, ojos árabes realzados por el kohle, de mejillas plenas y delicadas, ligeramente regordetas; pero la tercera, todo hay que decirlo, traicionaba un sexo menos tierno, con una barba de ocho días; de suerte que un examen más profundo de la situación al terminar la danza, hizo posible que distinguiera mejor los rasgos de las otras dos, y que no tardara en darme cuenta de que nos las teníamos que ver con ALMÉES… varones. ¡Ay, vida oriental! ¡cuántas sorpresas! Y yo, que iba ya a enardecerme imprudentemente con esos seres dudosos; que me disponía a colocarles en la frente algunas piezas de oro, conforme a las más puras tradiciones de Levante… No se me crea pródigo por esto; me apresuro a aclarar que hay piezas de oro llamadas GHAZIS, que van de los 50 céntimos a los 5 francos. Naturalmente es con las más pequeñas con las que se fabrican máscaras de oro a las bailarinas que, tras un gracioso paso, vienen a inclinar su frente húmeda ante cada uno de los espectadores. Mas, para simples bailarines vestidos de mujer, uno puede muy bien privarse de esta ceremonia arrojándoles algunos paras. Francamente, la moral egipcia es algo muy peculiar. Hasta hace pocos años, las bailarinas recorrían libremente la ciudad, animaban las fiestas públicas y hacían las delicias de los casinos y de los cafés. Hoy en día sólo se pueden mostrar en las casas y en las fiestas particulares, y las gentes escrupulosas encuentran mucho más convenientes estas danzas de hombres de rasgos afeminados, largo cabello, cuyos brazos, talle y desnudo cuello parodian tan deplorablemente los atractivos semivelados de las bailarinas. Ya he hablado de éstas, bajo el nombre de ALMÉES cediendo, para ser más claro, al prejuicio europeo. Las bailarinas se llaman GHAWASIES; las ALMÉES son las cantantes; el plural de esta palabra se pronuncia OUALEMS. Y en cuanto a los bailarines, autorizados por la moral musulmana, estos se llaman KHOWALS. Al salir del café, atravesé de nuevo la estrecha calle que conduce al bazar franco, para entrar en el pasaje WAGHORN y llegar al jardín de Rossette. Vendedores de ropa me rodearon, extendiendo ante mis ojos las más ricas vestiduras bordadas, cinturones drapeados en oro, armas con incrustaciones de plata, tarbouches guarnecidos de sedosos flecos a la moda de Constantinopla, artículos sumamente atractivos, que excitan en el hombre un femenino sentimiento de coquetería. Si me hubiera podido mirar en los espejos del café, que no existían ¡vaya por Dios!, más que en pintura, me hubiera permitido el placer de probarme algunos de estos ropajes; pero estoy seguro de que no voy a tardar mucho en vestirme a la oriental. Aunque antes, tengo que intentar sanarme interiormente.

Esmeralda de Luis y Martínez 7 febrero, 2012 7 febrero, 2012 almées, ghawasies, ghazis, Khowals, kohle, oualems
“VIAJE A ORIENTE” 012

II. Las esclavas – II. El señor Jean…   El señor Jean es un resto glorioso de nuestra armada en Egipto. Fue uno de los treintaitrés franceses que se pasaron al servicio de los mamelucos tras la retirada de la expedición. Durante muchos años tuvo, sovaldi sale al igual que los otros, shop un palacio, mujeres, caballos, esclavos: en la época de la disgregación de esta poderosa milicia, él fue jubilado como francés; pero al pasar a la vida civil, sus riquezas se fundieron poco a poco. Pensó en vender al público vino, algo entonces nuevo en Egipto, en donde cristianos y judíos sólo se embriagaban con aguardiente de arak, y con una especie de cerveza llamada bouza. Desde entonces, los vinos de Malta, Siria y el archipiélago, hicieron la competencia a los espirituosos, y los musulmanes de El Cairo no parecieron ofenderse por esta innovación. El señor Jean admiró la resolución que yo había tomado de escapar de la vida de los hoteles; pero me dijo: usted va a tener dificultades para montar una casa. En El Cairo hay que tomar tantos criados como necesidades diferentes se precisen. Cada cual tiene como prurito no hacer más que una sola cosa, y además, son tan perezosos, que ni siquiera se sabe a ciencia cierta si  esa dedicación exclusiva no sea calculada. Cualquier detalle complicado les fatiga o se les escapa, e incluso la mayoría le abandonarán en cuanto hayan ganado suficiente para pasar unos cuantos días sin hacer nada.  “Entonces, ¿cómo hacen los del país? –                     ¡Ah!, les dejan actuar a su aire, y cogen a dos o tres personas para cada menester. De cualquier modo, un efendi, siempre lleva con él a su secretario (KHATIBECSIR), a un tesorero (KHAZINDAR) a su portador de pipa (TCHIBOUKJI) al SELIKDAR que le lleva las armas, al SERADJBACHI para cuidar de su caballo, al KAHWEDJI-BACHI para hacerle un café allá donde se detenga, sin contar a los YAMAKS para ayudar a todo el mundo. En casa, se necesita aún más servicio, ya que el portero no consentirá en ocuparse de las estancias, ni el cocinero de hacer el café, incluso necesitará un aguador a sus expensas. Bien es cierto que distribuyéndoles una piastra y media, unos veinticinco a treinta céntimos al día, usted será contemplado por esos inútiles como un patrón opulento. –                     ¡Estupendo!, dije, ese precio queda aún lejos de las sesenta piastras que hay que pagar todos los días en los hoteles. –                     Pero es una complicación que no puede aguantar ningún europeo. –                     Voy a intentarlo, así aprenderé. –                     Le van a cocinar una comida abominable. –                     Así conoceré los platos del país. –                     Tendrá que abrir un libro de cuentas y discutir el precio de todo. –                     Eso me ayudará a aprender la lengua. –                     Inténtelo usted, yo por mi parte, le enviaré a los más honestos, y usted escoja. –                     ¿Es que son muy ladrones? –                     Raterillos todo lo más, me dijo el viejo soldado, recordando la jerga militar: ¡ladrones!, los egipcios… no tienen el valor suficiente.” En general, me da la impresión de que este pobre pueblo de Egipto es excesivamente despreciado por los europeos. El franco de El Cairo, que hoy en día comparte los privilegios de la raza turca, hereda también sus prejuicios. Esta gente es pobre, sin duda, ignorante, y la vieja costumbre de la esclavitud les mantiene en una especie de abyección. Son más soñadores que activos, y más inteligentes que industriosos; pero yo los considero buenos y de un carácter análogo al de los hindúes, que quizá se deba a su alimentación, casi exclusivamente vegetariana. Nosotros los que nos alimentamos de carne, respetamos más al tártaro y al beduino, nuestros iguales, y estamos dispuestos a abusar de nuestra energía a expensas de las poblaciones mansas. Después de dejar al señor Jean, atravesé la plaza de El-Esbekieh, para llegar hasta el hotel Domergue, un vasto campo situado entre la muralla de la ciudad y la primera línea de casas del barrio copto y del barrio franco. Hay muchos palacios y hoteles espléndidos. Sobre todo destaca la casa en que fue asesinado Cléber, y la mansión en donde se celebraban las reuniones del Instituto Egipcio. Un pequeño bloque de sicomoros y de higueras del faraón, son vestigios de la época de Bonaparte, que los hizo plantar. Durante el periodo de inundación, toda esta plaza se cubre de agua y la surcan canoas y barquichuelas pintadas y doradas, pertenecientes a los propietarios de las casas vecinas. Esta transformación anual de una plaza pública en lago de placer, no evita el que se tracen jardines, y se excaven canales en los períodos de sequía. Allí he contemplado a un buen número de fellahs abriendo una zanja. Los hombres cavaban la tierra, y las mujeres desescombraban transportando la pesada carga en cestones hechos de paja de arroz. Entre estas mujeres había muchas jovencitas, unas con camisolas azules, y otras, las de menos de ocho años, enteramente desnudas, tal y como se las puede ver, por lo demás, en las aldeas de las márgenes del Nilo. Inspectores provistos de un bastón supervisan el trabajo, y golpean de vez en cuando a los menos activos. Toda la cuadrilla estaba bajo la dirección de una especie de militar, tocado con un tarbouche, calzado con unas fuertes botas con espuelas, ceñido de un sable de caballería, y con una fusta de piel de hipopótamo trenzada en la mano. Esta última se dirigía hacia las nobles espaldas de los inspectores, al igual que el bastón de estos se encaminaba hacia las espaldas de los fellahs.  El vigilante, al verme allí parado mirando a las pobres muchachas encorvadas bajo los canastos de tierra, se dirigió a mí en francés. Se trataba de nuevo, de un compatriota. Ni se le había pasado por la cabeza enternecerse por los bastonazos distribuidos a los hombres, bastante flojos, dicho sea de paso. África piensa de forma diferente a nosotros en este punto. Pero ¿por qué –dije- hacer trabajar a esas mujeres y a esos niños?. –         No se les fuerza a hacerlo, me dijo el inspector francés; son sus padres o sus maridos quienes prefieren hacerles trabajar sin perderles de vista, que dejarles solos en la ciudad. Luego se les paga de 20 paras a 1 piastra, según su fuerza. Una piastra (25 céntimos) es en general, el precio de la jornada de un hombre. –         Entonces, ¿por qué hay algunos que están encadenados?, ¿son forzados?. –         Son maleantes que prefieren pasar el tiempo durmiendo o escuchando historias en los cafetines que siendo útiles. –         Y en ese caso, ¿de qué viven? –         ¡Aquí se vive con tan poca cosa! En caso de necesidad, ¿no encontrarán siempre fruta o verdura que robar en los campos?. El Gobierno encuentra enormes dificultades para hacer ejecutar los trabajos más necesarios, pero cuando es absolutamente indispensable, las tropas asedian un barrio o cortan una calle, se detiene a la gente que pasa y nos los traen. Y así son las cosas. –         ¡Cómo!¿todo el mundo sin excepción? –         ¡Claro! Todo el mundo, sin embargo, una vez detenidos, cada uno se explica. Los Turcos y los Francos se identifican. Entre los otros, los que tienen dinero, se liberan de las labores, muchos de ellos son rescatados por sus señores o patrones. El resto, forma brigadas y trabaja durante unas semanas o algunos meses, según la importancia del trabajo que se vaya a ejecutar. ¿Qué decir de todo esto?. Egipto está aún en la Edad Media. Estas prestaciones se hacen mientras tanto en beneficio de los beys mamelucos. El Pachá es hoy en día el único soberano; la caída de los mamelucos ha suprimido tan solo la servidumbre individual, pero eso es todo.

Esmeralda de Luis y Martínez 7 febrero, 2012 7 febrero, 2012 Bonaparte, Cléber, el señor Jean, Kahwedji-bachi, Khatibecsir, Khazindar, Las esclavas, los mamelucos, Selikdar, Seradjbachi, Tchiboukji, Yamaks
“VIAJE A ORIENTE” 011

II. Las esclavas – I. Un amanecer…  ¡Qué extraña cosa es nuestra vida! Cada mañana, click en ese duerme vela en donde poco a poco triunfa la razón sobre las enloquecidas imágenes del sueño, sale tengo la sensación de que lo más lógico y natural, conforme a mi origen parisino, sería despertarme a la claridad de un cielo gris, con el ruido de las ruedas de los carruajes golpeando el pavimento, en alguna habitación de aspecto triste, sembrada de muebles angulosos en donde la imaginación se aplastara contra los cristales como un insecto aprisionado. Y de pronto, con una viva extrañeza, me encuentro a mil leguas de mi patria y abriendo mis sentidos poco a poco a las vagas impresiones de un mundo que es la perfecta antítesis del nuestro. La voz del turco que canta en el vecino minarete, la esquila y el pesado trote del camello que pasa, y a veces, un raro quejido, los rumores e indistintos sonidos que dan vida al aire, a la madera y a la muralla; el alba temprana que dibuja en el techo las mil filigranas recortadas de las ventanas; una brisa matutina cargada de intensos perfumes que levanta la cortina de la puerta y me permite percibir, por encima de los muros del patio, las testas flotantes de las palmeras. Todo esto me sorprende, me complace o… me entristece, según los días, pues tampoco voy a defender que un eterno verano sea siempre fuente de una vida feliz. El negro sol de la melancolía que derrama oscuros rayos sobre la frente del ángel soñador de Alberto Durero[1], también se levanta a veces, tanto en las luminosas tierras del Nilo, como a orillas del Rin, en un frío paisaje de Alemania. Incluso diría que, a falta de niebla, el polvo es un triste velo en la claridad de un día en Oriente. A veces, en la casa en donde vivo, en el barrio copto, subo hasta la terraza para ver cómo los primeros rayos del sol abrazan a lo lejos la llanura de Heliópolis y las laderas del Mokatam, por donde se extiende la ciudad de los muertos, entre El Cairo y el Matarée. Es un hermoso espectáculo cuando la aurora va coloreando poco a poco las cúpulas y los menudos arcos de las tumbas consagradas a las tres dinastías de califas sudaneses y sultanes, que desde al año 1000 han gobernado Egipto. Sólo uno de los obeliscos del antiguo templo del sol ha permanecido en pie en esta llanura, como un centinela olvidado, erecto, se yergue en medio de un tupido bosquecillo de palmeras y sicomoros, y siempre recibe la primera mirada del dios que antaño fuera adorado a sus pies. La aurora en Egipto no tiene esos bellos tintes bermejos que se pueden admirar en las Cícladas o en las costas de Candía. El sol estalla de pronto al borde del cielo, precedido tan solo de un vago resplandor blancuzco. A veces, parece esforzarse en levantar los largos pliegues de un sudario grisáceo, y se nos presenta pálido y despojado de sus rayos, como el Osiris subterráneo. Su huella descolorida entristece aún más el árido cielo, que se asemeja entonces, hasta el punto de confundirse, al cielo encapotado de nuestra Europa, pero que lejos de atraer la lluvia, absorbe toda la humedad. Esta espesa polvareda que carga el horizonte jamás se despeja con frescas nubes como nuestras brumas: a penas sale el sol, en el cenit de su fuerza, consigue perforar la atmósfera cenicienta bajo la forma de un disco rojo, cuando se podría pensar que había salido de las forjas líbicas del dios Ptah. En ese punto se comprende la profunda melancolía del viejo Egipto, esa preocupación frecuente por el sufrimiento y los sepulcros, que nos transmiten los monumentos. Es Tifón triunfando por un tiempo sobre las divinidades bienhechoras; irritando los ojos, resecando los pulmones, y lanzando nubarrones de insectos sobre campos y huertos.[2] Las he visto pasar como mensajeras del hambre y de la muerte; la atmósfera preñada de ellas y mirando por encima de la cabeza, a falta de referencias conocidas, las tomé en un principio por bandadas de pájaros. Abdallah, que había subido a la terraza al mismo tiempo, hizo un círculo en el aire con la larga vara de su chibukí[3], y derribó dos o tres al suelo. Sacudió la cabeza mirando aquellas enormes langostas verdes y rosadas, y me dijo: –          ¿No las ha comido nunca? No pude evitar hacer un gesto de rechazo hacia semejante alimento, a pesar de que, despojadas de las alas y las patas, deben parecerse sobremanera a las gambas del océano.  –          “Es una buena provisión en el desierto, me dijo Abdallah; se las ahuma, se las sala, y más o menos, el gusto se aproxima al del arenque ahumado, que con pasta de sorgo, forman un excelente alimento. –                     A propósito, repuse, ¿no sería posible que me cocinaran aquí algo egipcio?. Me resulta aburrido acercarme a comer dos veces al día al hotel. –                     Tiene usted razón, dijo Abdallah, habrá que contratar los servicios de un cocinero. –                     ¡Pero bueno!, ¿es que el barbarín no sabe hacer nada?. –                     ¡Uy, nada!. Él está aquí para abrir la puerta y mantener la casa limpia, y eso es todo. –                     Y usted mismo, ¿no sería capaz de poner al fogón un pedazo de carne?, en fin, ¿de preparar alguna cosa? –                     ¿Está usted hablando de mí?. Exclamó Abdallah con un tono profundamente herido. No señor, yo no se nada parecido. –                     ¡Qué lástima!, repuse, para seguir con la broma, esta mañana habríamos podido, entre otras cosas, haber desayunado unas langostas; pero, hablando seriamente, me gustaría comer aquí. En la ciudad hay carniceros, fruteros y pescaderos…No creo que pretenda nada extraordinario. –                     Nada más simple, en efecto: coja un cocinero. Únicamente que, un cocinero europeo le costará un tálero diario. Con la dificultad que incluso tienen los mismísimos beys, pachás y hoteleros, de procurarse uno. –                     A mí me gustaría uno del país, y que me preparase lo que come todo el mundo. –                     Está bien, podremos encontrar uno donde el señor Jean. Es un compatriota suyo, propietario de un cabaret en el barrio copto, y en cuya casa se da cita la gente desempleada. [1] El símbolo del sol negro viene a la vez del grabado MELANCOLÍA de Durero, del SONGE (o Discours du Christ Mort) de Jean Paul y, más directamente sin duda, de la iconografía alquímica. Se le vuelve a encontrar en AURELIA (II.4), EL DESDICHADO (v. 4) y, bajo una forma diferente, en LE CHRIST AUX OLIVIERS (II, 9-10 y III, 6) Acerca de la fortuna literaria de este símbolo, ver el artículo de H. Tuzet, en REVUE DES SCIENCES HUMAINES, oct.-dic. 1957 – En cuanto al grabado de Durero, emblema del temperamento melancólico y saturniano, fascinaba a Nerval, que lo evoca igualmente en AURELAI I,2. [2] Egipto como país de la melancolía y de la muerte: Nerval insiste en ello y evoca al “Osiris subterráneo”, en la parte oculta de la germinación, y a Tifón, dios cruel y estéril, polo negativo de la religión egipcia, opuesto a los poderes salvadores de Isis. Ver también pg. 95 t-II. [3] Pipa de tabaco larga y fina.

Esmeralda de Luis y Martínez 6 febrero, 2012 6 febrero, 2012 el amanecer en el Mataré, Heliópolis, Las esclavas, las langostas, Ptah
“VIAJE A ORIENTE” 010

I. Las bodas coptas – IX. El jardín de Rosette…     El barbarín que Abadallah había puesto a mi disposición, for sale tal vez un poco celoso de la asiduidad del judío y de su wékil, me trajo un día a un joven bien vestido, hablando italiano y llamado Mahoma, que me propuso una boda de auténtica relevancia. “Para esta boda, me dijo, hay que ir ante el Cónsul. Es gente rica, y la niña tiene sólo doce años. –         Es algo joven para mí; pero me parece que aquí esa es la única edad en donde no hay riesgo de encontrarlas viudas o divorciadas. –         Signor, è vero!, están deseosos de verle, ya que usted ocupa una casa en la que estuvieron ingleses, por lo que se tiene muy buena opinión de su posición. Les he dicho que usted era un general. –                     Pero yo no soy general. –                     Veamos: no es un trabajador, ni un negociante…¿es que usted no hace nada? –                     No gran cosa –                     ¡Pues claro! Eso aquí representa el grado de un Myrliva[1] Ya sabía yo que tanto en El Cairo como en Rusia, se clasificaban todas las posiciones sociales en base a los grados militares. En París hay algunos escritores para los que hubiera sido casi un insulto el haberles asimilado a un general egipcio. Yo, en todo esto, sólo podía ver la exageración oriental. Subimos a los asnos y nos dirigimos hacia el Mousky. Mahoma llamó a una casa de apariencia bastante buena. Nos abrió la puerta una negra que se puso a gritar de alegría; otra esclava negra se asomó con curiosidad a la balaustrada de la escalera y comenzó a aplaudir y a reírse a carcajadas. Mientras tanto, yo oía el rumor de las conversaciones de las que sólo adiviné que se trataba del Myrliva anunciado. En la primera planta me encontré a un personaje vestido con propiedad, tocado con un turbante de cachemira, que me invitó a sentarme y me presentó a su hijo, un joven mocetón. Éste era el padre, y al instante apareció una mujer de unos treinta años, todavía bonita. Sirvieron café y unos narguiles, y me enteré, gracias al intérprete, de que eran oriundos del Alto Egipto, lo que le otorgaba al padre el derecho de adornarse con un turbante blanco. Poco después, llegó la joven seguida de unas sirvientas negras, que se quedaron a la puerta, y a las que cogió la bandeja para ofrecernos unas confituras en recipiente de cristal, de las que se toman con unas cucharillas bermejas. La jovencita era tan pequeña y tan bonita, que yo no podía concebir que pudiera desposarla. Sus rasgos aun no estaban bien formados, pero se parecía tanto a su madre, que te podías dar cuenta por la cara de esta última, del futuro carácter de su belleza. La enviaban a las escuelas del barrio franco, y ya sabía algunas palabras de italiano. Toda esta familia me parecía tan respetable, que me arrepentí de haberme presentado allí sin llevar intenciones realmente serias. Me cumplimentaron de mil maneras, y yo les dejé prometiéndoles una respuesta muy en breve. Había mucho en qué pensar con la debida madurez. En dos días se celebraría la pascua judía, el equivalente a nuestro domingo de ramos, y en lugar del boj, como en Europa, todos los cristianos llevaban la palma bíblica, y las calles rebosaban de críos que se repartían los restos de las palmas. Atravesé el jardín de Rosette para llegar al barrio franco, por ser el paseo con más encanto de El Cairo. Un verde oasis en medio de casas polvorientas en el límite del barrio copto con El Mousky. Dos mansiones de cónsules y la del doctor Clot-Bey[2] ciñen uno de los extremos de ese retiro; del otro, se extienden las casas francas que rodean el impasse Waghorn. La distancia es lo bastante considerable como para ofrecer a la vista un hermoso horizonte de datileras, naranjos y sicomoros. No es fácil encontrar el camino de ese misterioso edén que carece de puerta pública. Hay que atravesar por la casa del cónsul de Cerdeña, dando unos cuantos paras a los sirvientes, y de pronto uno se encuentra en medio de vergeles y parterres pertenecientes a las casas vecinas. Un sendero que los divide concluye en una especie de pequeña granja rodeada de una verja, por donde se pasean un gran número de jirafas, que el doctor Clot-Bey hace criar por los nubios. Un espeso bosque de naranjos se extiende más allá, a la izquierda del camino. A la derecha, han plantado unos madroños entre los que se cultiva el maíz. Después, el sendero serpentea y el vasto espacio que se percibe de este lado se cierra con un telón de palmeras entremezcladas de bananos, con sus largas hojas de un verde resplandeciente. Allí mismo se encuentra un pabellón sostenido por altos pilares, que recubre un aljibe cuadrado, a cuyo alrededor grupos de mujeres vienen con frecuencia a reposar y a buscar su frescor. El viernes, son las musulmanas, siempre veladas lo más posible; el sábado, las judías; el domingo, las cristianas. Los dos últimos días, los velos son algo menos discretos, muchas mujeres hacen a sus esclavos extender tapices cerca del aljibe, y se hacen servir fruta y dulces. El paseante puede sentarse en el mismo pabellón sin que una retirada violenta le advierta de su indiscreción, cosa que sí sucede algunas veces los viernes, día de los turcos. Pasaba cerca de allí, cuando un muchacho de buen aspecto se me acercó alegremente, y reconocí en él al hermano de mi última pretendida. Iba solo y me hizo unas señas que yo no comprendí, y terminó por indicarme con una pantomima más clara que le esperara en el pabellón. Diez minutos más tarde, la puerta de uno de los pequeños jardines que bordean las casas, se abrió dando paso a dos mujeres que el joven acompañaba, y que vinieron a colocarse cerca del estanque levantándose los velos. Se trataba de su madre y de su hermana. Su casa daba sobre el paseo del lado opuesto al que yo había tomado el día anterior. Tras los primeros afectuosos saludos, nos encontramos mirándonos y pronunciando palabras al azar, sonriendo ante nuestra ignorancia. La joven no decía nada, sin duda, por reserva pero, acordándome de que estaba aprendiendo italiano, intenté algunas palabras de esta lengua, a las que respondió con el acento gutural de los árabes, lo que convertía la charla en algo confuso. Intenté explicar la singularidad del parecido entre las dos mujeres. Una, era la miniatura de la otra. Los trazos aún indefinidos de la infancia se dibujaban mejor en la madre. Se podía prever entre ambas edades una estación llena de encantos que sería dulce ver florecer. Había allí cerca un tronco de palmera en el suelo desde hacía algunos día a causa del viento, y cuyas ramas caían sobre un extremo del aljibe. Se lo mostré, señalando con el dedo, y diciendo: Oggi è il giorno delle palme[3]. Pero las fiestas coptas se guían por el primitivo calendario de la Iglesia y no caen en las mismas fechas que las nuestras. De todos modos, la niña fue a recoger un ramo de palmera y dijo io cosi sono roumi (“Yo también soy cristiana”) Desde el punto de vista de los egipcios, todos los francos son romanos (católicos) Yo podía tomar esto como un cumplido y por una alusión al futuro matrimonio…¡Ay himen, Himeneo!¡qué cerca te vi ese día! Sin duda tú no eres, conforme a nuestras ideas europeas, mas que un hermano menor del Amor. Y sin embargo, ¡qué delicia ver crecer y desarrollarse junto a uno a la esposa elegida, reemplazar durante un tiempo al padre antes de convertirte en amante!…¡pero qué peligro para el esposo! Al salir del jardín sentí la necesidad de consultar a mis amigos de El Cairo. Me fui a ver a Solimán Aga. “¡Entonces cásese, hombre de Dios!”, me dijo como Pantagruel a Panurge[4]. Desde allí me marché a casa del pintor del hotel Domergue, que me espetó a pleno pulmón, como buen sordo: “Si es ante el Cónsul, ¡no se le ocurra casarse!”. De todos modos, existe un cierto prejuicio religioso que domina al europeo en Oriente, o al menos, lo hace en circunstancias comprometidas. Casarse “a la copta”, como se dice en El Cairo, es algo bastante sencillo; pero hacerlo con una criatura que se os entrega, por así decirlo, y que contrae un lazo ilusorio, para uno mismo es, desde luego, una grave responsabilidad moral. Mientras me abandonaba a estas delicadas reflexiones, vi llegar a Abdallah, de vuelta de Suez, y le expuse mi situación. “Ya sabía yo, profería a gritos, que se aprovecharían de mi ausencia para inducirle a hacer tonterías. Conozco a esa familia. ¿Se ha preguntado usted cuánto le va a costar la dote? –                     ¡Bah!, poco importa eso. Seguro que aquí es casi nada. –                     Se habla de veinte mil piastras (cinco mil francos) –                     Pues sí, me parece bien –                     ¡Pero cómo!, ¡si es usted quien tiene que pagarlas! –                     ¡Ah, eso es muy distinto…! o sea, que ¿soy yo el que tiene que aportar una dote en lugar de recibirla? –                     Naturalmente. ¿Ignoraba que esa es la costumbre de aquí? –                     Como me hablaron de un matrimonio a la europea… –                     El matrimonio, sí; pero esa suma se paga siempre. Es una pequeña compensación para la familia. Entonces comprendí las prisas de los padres en este país por casar a sus hijas. Por otra parte, nada más justo, en mi opinión, que reconocer mediante ese pago, el esfuerzo que realiza esta gente trayendo al mundo y criando para otros a una criatura tan graciosa y bien proporcionada. Al parecer, la dote, o mejor dicho, el ajuar, cuyo mínimo ya indiqué, crece proporcionalmente a la belleza de la esposa y a la posición de los padres. Súmese a todo esto los gastos de la boda, y comprobarán que un matrimonio a la copta se convierte en una formalidad bastante costosa. Lamenté que la última proposición que me hicieran estuviera en aquellos momentos muy por encima de mis posibilidades. Por lo demás la opinión de Abdallah era que por el mismo precio se podía adquirir todo un serrallo en el bazar de las esclavas.            [1] General. [2] Médico marsellés (1796-1868) que pasó al servicio de Méhémet-Ali como cirujano en jefe de la armada. Fundó la escuela de medicina de El Cairo y publicó en 1840 un Aperçu général sur l’Egypte del que Nerval ha tomado algunos préstamos. Ver más adelante el capítulo II, 5 y la carta a su padre del 2 de mayo de 1843 (GR) [3] “Hoy es el Domingo de Ramos” [4] Rabelais, Tiers Livre, chap. IX.

Esmeralda de Luis y Martínez 6 febrero, 2012 6 febrero, 2012 Clot-Bey, Jardín de Rosette, Soliman Aga
“VIAJE A ORIENTE” 009

I. Las bodas coptas – VIII. El Wékil…     El judío Yousef, unhealthy un conocido mío del bazar del algodón, site venía todos los días a sentarse a mi diván y a perfeccionar su conversación. –                     Me he enterado, cialis sale me dijo, que necesita una mujer, y le he encontrado un wékil. –                     ¿Un wékil? –                     Sí, un mensajero, un embajador. En este caso, un hombre de bien, encargado de entenderse con los padres de las jóvenes casaderas. Él le conducirá y le guiará hasta ellas. –                     ¡Eh!, ¡eh! ¿pero quiénes son esas jóvenes? –                     Son personas muy honestas, ya que en El Cairo sólo las hay así desde que Su Alteza relegó a las otras a Esné, un poco más abajo de la primera catarata. –                     Bueno, bueno, ya veremos, tráigame usted a ese wékil. –                     Ya lo traje, está esperando ahí abajo. El wékil era un ciego, al que su hijo, un hombretón robusto, guiaba con cuidado. Montamos los cuatro en los burros, y me reí en mi fuero interno, al comparar al ciego con Amor, y a su hijo con el dios del himeneo. El judío, no muy interesado por estas reseñas mitológicas, me instruía durante el camino. –                     Usted puede –me decía— casarse aquí de cuatro formas: la primera, desposando a una joven copta ante el Turco. –                     ¿Qué es eso del Turco? –                     Es un buen santón al que usted entrega unas monedas, y él, a cambio, le dice una plegaria, le asiste ante el Qadi, y cumple las funciones de un sacerdote: A este tipo de hombres se les considera santos en este país, y todo cuanto ellos hacen, está bien hecho. No se preocupan por la religión que usted practique, siempre que usted no sienta reparos por la suya. Pero estas bodas no son las de las muchachas más honestas. –                     Bien, pasemos revista a otro tipo de boda. –                     Este otro es un matrimonio serio. Usted es cristiano y los coptos también lo son. Hay sacerdotes coptos que pueden casarles, aunque en el cisma, a condición de consignar una dote para la esposa, por si acaso en el futuro se divorciara de ella. –                     Es muy razonable, pero ¿cuál es la dote?… –                     ¡Ah!, eso depende del trato. Como mínimo hay que dejar doscientas piastras. –                     ¡Cincuenta francos!, pardiez, así me caso yo y por bien poco. –                     Existe aún otro tipo de matrimonio para las personas muy escrupulosas. Se trata del de las buenas familias. Usted se compromete ante el sacerdote copto, y luego le casan según su propio rito, pero después usted no puede divorciarse. –                     ¡Uy!, pero eso es muy grave ¡Espere! –                     Perdón; también es necesario de entrada, constituir un ajuar para el caso en que usted se marche del país. –                     Entonces ¿la mujer quedaría libre? –                     Desde luego, y usted también, pero mientras usted siga en el país, estarán unidos. –                     En el fondo, es bastante justo. Pero, ¿cuál es el cuarto tipo de boda?. –                     No le aconsejo a usted que piense en ese. Se trataría de casarse dos veces: en la iglesia copta y en el convento de los franciscanos. –                     ¿Es un matrimonio mixto?. –                     Un matrimonio muy sólido. Si usted se marcha, tiene que llevarse a la mujer. Ella puede seguirle a todas partes y llenarle de críos que quedarían a su cargo. –                     Entonces, ¿quiere decir que se acabó, que de ese modo se está casado sin remisión? –                     Aún quedan artimañas para deslizar una nulidad en las actas… pero sobre todo, guárdese de una cosa: dejarse conducir ante el cónsul. –                     Pero eso es el matrimonio europeo. –                     Desde luego. Y en ese caso, a usted sólo le quedaría un recurso, si conoce a alguien del Consulado, obtener que las publicaciones no se hagan en su país. Los conocimientos de este cultivador de gusanos de seda acerca de los matrimonios me tenían perplejo; pero me informó que ya le habían utilizado en otras ocasiones para esta clase de asuntos. Servía de traductor al wékil, que sólo hablaba árabe. Me interesaba conocer hasta el último de los detalles sobre las posibles formas de contraer matrimonio. Llegamos así al otro extremo de la ciudad, en la parte del barrio copto que da la vuelta a la plaza de El-Esbekieh, del lado del Boulac. Una casa de apariencia bastante pobre al final de una calle repleta de vendedores de hierbas y frituras. Ése era el lugar en donde se iba a celebrar la presentación. Se me advirtió que aquella no era la casa de los padres, sino un terreno neutral. –                     Va a ver usted a dos –me dijo el judío— y si no queda satisfecho, haremos venir a otras. –                     Está bien, pero si están veladas, le prevengo que yo no me caso. –                     ¡Oh!, esté usted tranquilo, aquí no estamos entre turcos. –                     Aunque los turcos tienen la ventaja de poder desquitarse gracias al número. –                     Esto es totalmente diferente. La sala del piso bajo de la casa, la ocupaban tres o cuatro hombres, vestidos con galabeias azules, que parecían dormitar. No obstante, gracias a la vecindad de una de las puertas de la ciudad y de su cuerpo de guardia, situado en las proximidades, este escenario no me parecía inquietante. Subimos por una escalera de piedra a una terraza interior. La habitación a la que se accedía de inmediato daba a la calle, y la amplia ventana, con toda su cancela de carpintería, sobresalía, conforme al uso, medio metro por fuera de la casa. Una vez sentado en esa especie de vestíbulo, la mirada se me perdía en los extremos de la calle en donde se veía a los caminantes a través de los enrejados laterales. En general, éste es el lugar de las mujeres, desde el que, al igual que tras su velo, observan todo sin ser vistas. Se me invitó a sentarme, mientras el wékil, su hijo y el judío se acomodaban en los divanes. Al poco llegó una mujer copta velada, levantó su borghot negro por encima de la cabeza, lo que, con el velo hacia atrás, componía una especie de tocado israelí. Ésta era la khatbé*, o wékil de las mujeres. Me comentó que las jóvenes estaban acabando de arreglarse. Mientras tanto, trajeron pipas y café para todo el mundo. Un hombre de barba blanca, con turbante negro, se había agregado también a la reunión. Se trataba del sacerdote copto. Dos mujeres veladas, las madres, sin duda, se quedaron de pie junto a la puerta. Aquello iba muy en serio, y esa espera –debo reconocer— me estaba provocando algo de ansiedad. Por fin entraron dos jovencitas que vinieron a besarme la mano. Las invité por señas a sentarse a mi lado.  –                     Déjelas de pie –me dijo el judío—son sus sirvientes. Pero yo era aún demasiado francés como para no insistir. El judío habló y sin duda les dio a entender que entre los europeos había la extraña costumbre de que se sentaran las mujeres delante de ellos. Al fin se sentaron junto a mí. Llevaban unas túnicas de tafetán estampado y muselinas bordadas. El conjunto resultaba bastante primaveral. El tocado, compuesto por un tarbouche rojo adornado de pasamanería, dejaba escapar un mechón de cintas y trenzas de seda, mientras que racimos de piezas de oro –lo más probable es que fueran falsas— ocultaban sus cabellos por completo. Aún así, era fácil ver que una era rubia y la otra morena. Además, habían previsto cualquier objeción sobre la talla o el color: La primera, era esbelta como una palmera y tenía los ojos negros de las gacelas, y era morena, ligeramente oscura. La otra, más delicada, más rica de contornos, y de una blancura que me resultaba extraña en esas latitudes, tenía el rostro y el porte de una joven reina floreciendo en el país de la mañana. Ésta última me seducía en particular, y pedí que le tradujeran de mi parte toda suerte de halagos, sin por ello descuidar a su compañera. Y como el tiempo pasaba sin que yo abordara el asunto principal que nos había llevado hasta allí, la khatbé las hizo levantarse y les decubrió los hombros, que golpeó con la mano para demostrar su firmeza. Hubo un momento en que temí que la exhibición fuera demasiado lejos, y yo mismo me encontraba un poco cohibido ante estas pobres muchachas, que volvían a cubrirse con las gasas sus traicionados encantos. Entonces me dijo el judío: –                     ¿Qué piensa usted? –                     Hay una que me gusta mucho, pero preferiría pensármelo un poco. Yo no me puedo apasionar así, de golpe, volveremos a verlas… Desde luego que los allí presentes habrían preferido una respuesta más precisa. La khatbé y el sacerdote copto me incitaban a que tomara una decisión de inmediato, pero yo me levanté prometiéndoles que volvería, aunque me daba cuenta que no confiaban mucho en mis palabras. Las dos jovencitas habían salido durante la negociación, y cuando atravesaba la terraza para salir a la escalera, la que más me había interesado en particular, parecía ocupada en arreglar las plantas. Se levantó sonriente, y dejando caer su tarbouche, sacudió sobre sus hombros unas magníficas trenzas doradas, a las que el sol daba un vivo reflejo rojizo. Este último esfuerzo de una coquetería, por supuesto bien legítima, casi triunfa sobre mi prudencia, e hice decir a su familia que les aseguraba el envío de los presentes. “A fe mía, dije al salir al complaciente israelita, que me casaría con ésta ante el turco. –      La madre no querría, se empeña en que sea con el sacerdote copto. Es una familia de escritores: el padre ha muerto y la jovenciata que usted prefiere sólo se ha casado una vez, a pesar de tener ya dieciséis años. –      ¡Cómo! ¿es viuda? –      No, divorciada. –      ¡Ah!, pero esto cambia las cosas” De todos modos, les envié una pequeña pieza de tela como presente. El ciego y su hijo se pusieron a buscar de nuevo y me encontraron otras candidatas. Casi siempre se trataba de la misma ceremonia, pero yo le tomé gusto a este pasar revista al bello sexo copto, y por medio de algunos retales y pequeñas bagatelas no se acababa de formalizar nada debido a mi incertidumbre. Hubo una madre que llevó a su hija hasta mi cuarto, y creo que, sin temor a equivocarme, habría celebrado el himeneo ante el turco; pero bien pensado, aquella muchacha estaba en la edad de haber pasado ya por más maridos de lo deseable. * – Casamentera (EDL)

Esmeralda de Luis y Martínez 6 febrero, 2012 6 febrero, 2012 bodas coptas, el judío Yousef, El-Esbekieh, khatbé, wékil
Historia de un desencuentro: Capítulo 8

CAPÍTULO VIII.   1. RECRUDECIMIENTO DE LA CUESTIÓN DE LOS BREVES PONTIFICIOS.   En diciembre de 1600 el papa Clemente VIII emitía un breve por el cual se establecía que el paso de predicadores a Japón, decease de cualquier orden religiosa que fuera, ask debía hacerse a través de las Indias Orientales portuguesas; por lo tanto, no por la vía de la Nueva España y las Filipinas. Era la culminación de una larga gestión jesuítico-portuguesa en la corte pontificia que arrancaba de la embajada a Roma de los daymíos de Omura, Arima y Bungo de 1582 que llegara a Roma en 1585.   La actitud reservada y cautelosa de las autoridades hispanas durante el gobierno de Francisco Tello de Guzmán en Manila, había generado cierto distanciamiento entre el gobernador y la Audiencia, por una parte, y los religiosos castellanos de Filipinas por otra. La prohibición del paso de mendicantes a Japón después de los sucesos trágicos de 1598 en Nagasaki no fue levantada a la muerte de Hideyoshi, de manera que –a pesar de las negociaciones de fray Jerónimo de Jesús– no habían ido religiosos a Japón, salvo los dos frailes que acompañaron al embajador; uno de éstos, Pedro Burguillos, con las cartas de Ieyasu en respuesta de las llevadas a Japón por Jerónimo de Jesús, llegó a Manila al mismo tiempo que el nuevo embajador Pedro Bravo de Acuña; el optimismo ante la actitud de Ieyasu hizo que este gobernador, como viéramos, enviara frailes de todas las órdenes religiosas, franciscanos, dominicos y agustinos, en el verano de 1602.   Hasta 1603 no se conoció en Manila el nuevo breve de Clemente VIII y la reacción fue inmediata en los medios religiosos de las islas hispanas; franciscanos y obispo de Manila asociaron la cuestión del paso a Japón por Filipinas y la canonización del embajador Pedro Bautista y sus compañeros de martirio. Fray Miguel de Benavides, el arzobispo dominico de Manila, comentó con dureza el breve: es decir no vayan los religiosos a Japón, pues por la India de Portugal poco o nada se trata de conversión. También la ciudad de Manila se expresó en este sentido[1]. Para dar mayor fuerza a estas protestas contra el nuevo breve, fue enviado por entonces a España el fraile lego franciscano Juan Pobre con una misión en la que se asociaba la petición de canonización para los mártires y el permiso de paso a Japón por las Filipinas. La Audiencia de Filipinas se unió pronto a estas peticiones con dureza: el asunto perjudicaba al trato hispano-japonés ya bien asentado y llegaba a sospechar que de la concesión de ese breve Su Majestad no tiene noticia. El obispo de Nueva Segovia elaboró también esa teoría apuntada por la Audiencia: el rey de España había sido marginado de esa gestión, el breve iba contra su derecho a enviar religiosos a donde quisiere de sus territorios y los jesuitas debían explicarse ante el rey y su Consejo[2]. Al mismo tiempo se llevaron a cabo diversas informaciones con declaraciones de testigos que apuntalaban estas opciones de un ya bien definido partido castellano-mendicante[3]. Papeles y papeles que progresivamente habían de ir llegando a la corte hispana, a través del enviado Juan Pobre.   En la primavera de 1604 el Consejo de Indias comenzó a reaccionar contra el breve de Clemente VIII. En dos consultas consecutivas, una de 24 de marzo y otra de 10 de abril, pedía la reforma del breve pues imposibilitaba más que ayudar el paso de predicadores a Japón. Razonaba: A. Los religiosos nunca habían ido a Japón por aquella vía. B. La Corona de Castilla ayudaba más a los religiosos. C. Japón pedía religiosos a las Filipinas. D. Había informes de que el fruto de la predicación podía ser muy grande. Debía escribirse, pues, al embajador en Roma para pedir al papa la reforma del documento pontificio[4]. Se podía decir que el Consejo de Indias, de manera natural, comenzaba a defender los puntos de vista  castellano-mendicantes, tomaba partido claro en el enfrentamiento en Extremo Oriente.     2. LA INTERVENCIÓN DEL CONSEJO DE ESTADO.   Poco más de un mes después, el 20 de mayo, el Consejo de Estado comenzó a intervenir en la cuestión y ordenó recopilar todo el material documental elaborado por los Consejos de Indias y de Portugal. El Consejo de Portugal tenía abundantes disposiciones reales y pontificias, incluso cédulas reales y breves de la época de Felipe II, de antes de que llegaran los castellanos a Japón. Su posición era fuerte, y así pareció entenderlo el Consejo de Estado[5] en su reunión de después del verano, en la que acusó recibo del breve de cuatro años atrás de Clemente VIII que le presentó el Consejo de Portugal. Posiblemente, tanto retraso en la comunicación podría estar en la base de la acusación de los medios castellano-mendicantes de Filipinas, de que los jesuitas habían actuado al margen del rey, de la corte de Felipe III.   El Consejo de Estado, en la sesión de finales de 1604, se manifestó favorable a las pretensiones jesuítico-portuguesas, se conformó con lo que el Consejo de Portugal le comunicaba. En la intervenciones de los diferentes consejeros –el comendador mayor de León o los condes de Ficallo, Chinchón y Miranda– había indecisiones aún, aunque se respetaban los derechos adquiridos por los portugueses. Mientras el comendador mayor de León proponía una junta de personas de letras que tratasen sobre el deseo de exclusividad de los jesuitas en la predicación del Japón, el conde de Ficallo opinaba que los frailes tenían mucho que predicar en Filipinas para enviar predicadores a otro lugar. Los condes de Chinchón y Miranda opinaban que estaba bien que pasasen otros frailes para que los jesuitas trabajasen con más cuidado. Pero todos estaban de acuerdo en lo fundamental: el paso a Japón debía hacerse por la India Oriental. En el caso en el que alguno quisiera pasar por Filipinas, debía contar con el acuerdo del Consejo de Portugal.   Hay, como decía, cierta imprecisión aún y un tono mesurado; hasta contradicciones, pues el mismo comendador mayor de León, para remediar la acusación de que los frailes castellanos buscaban también la contratación, lo que perjudicaba a los portugueses de Macao y significaba fuga de plata de Nueva España, llegó a proponer que los frailes fuesen a Japón en barcos que no dieran lugar a la contratación, verdadera visión irreal del problema. También la cuestión más de fondo, que había de influir mucho en las negociaciones futuras, es tratada con ligereza por este consejero; en las disposiciones del breve en las que parecía que el papa no tenía en cuenta el derecho de patronato real de enviar religiosos a donde quisiere, juzgaba la existencia de una virtual concesión de control al rey de España, puesto que sin su ayuda no podían pasar a tan lejanas tierras.   Menos de un mes después de esta consulta del Consejo de Estado, el Consejo de Portugal pedía el envío urgente de cédulas al gobernador de Manila que recogiesen el sentir del Consejo de Estado; la urgencia era para que saliesen en las primeras naves del año entrante de 1605. Era coherente la demanda, e iba acompañada con una exposición amplia de los puntos de vista jesuítico-portugueses: los religiosos castellanos perturbaban la predicación en Japón pues Ieyasu los tenía por espías de los castellanos, y a éstos por hombres de guerra[6]. Esta lógica pretensión portuguesa, sin embargo, no obtuvo la respuesta esperada y no salieron dichas cédulas.   En la primavera el Consejo de Portugal volvió a insistir y, al seguir sin respuesta, propuso la convocatoria de una junta con consejeros de los Consejos de Portugal y de Indias. En pleno verano, el Consejo de Estado respondió con cierta reticencia; que se oyese a las dos partes, bien por escrito, bien por medio de una junta, aunque éstas no solían resolver nunca nada. En septiembre, el Consejo de Indias se adhirió a la propuesta de llevar a cabo la junta[7]. Entre la documentación reunida para estas negociaciones de 1605 hay unos Apontamentos…[8], sin fecha, sobre los procedimientos evangelizadores de los jesuitas en Asia; en portugués y de una gran dureza, en algunos casos con matices claramente calumniosos, pero que reflejaban un proceder escandaloso e intolerable para los rectores de la Monarquía Católica por contradecir el espíritu que la presidía. El enfrentamiento entre ambas posturas parecía enconarse. A finales de enero el Consejo de Portugal volvió a insistir en los mismos aspectos, reforzando su exposición con dos cartas del obispo de Japón sobre los perjuicios causados por el paso de los frailes; también resaltó la fuga de plata de Nueva España que generaba el comercio hispano-japonés[9]. Sólo pasaron cuatro meses, y el Consejo de Indias respondió de manera contundente. Para entonces, ya había llegado a España Juan Pobre, camino de Roma, respaldado por nuevas peticiones de canonización para los mártires de Nagasaki y el grueso de la correspondencia de Extremo Oriente favorable a los puntos de vista castellano-mendicantes.     3. TRIUNFO EN LA CORTE HISPANA DE LOS CASTELLANO-MENDICANTES.   El breve de Clemente VIII no se conoció en Japón hasta finales de 1604, cuatro años después de su emisión, y sin duda llegó por la vía de la India Oriental. El obispo de Japón y los jesuitas se enfrentaron a los frailes llegados por Manila en su aplicación, y estos enviaron a Manila a Francisco de Jesús, apodado el Sordo, e hicieron suplicación del documento; para ellos significaba la suspensión de la aplicación del breve pontificio hasta que se hicieran las gestiones pertinentes en Roma; era la disculpa para no salir del país de manera inmediata, como pretendía el obispo de Japón y los jesuitas. La consulta del Consejo de Portugal de enero de 1606 especificaba ya informes del obispo de Japón, sin duda en este sentido. En Manila reaccionaron también con prontitud; se hicieron informes y el arzobispo y la Audiencia se unieron a los frailes; el gobernador Bravo de Acuña calificaba de escandaloso el enfrentamiento del obispo de Japón con los mendicantes y alababa la labor evangelizadora de estos[10]. Fue enviado a España otro franciscano, Pedro Matías, para reforzar el apoyo documental de Juan Pobre. En México recogió cartas de apoyo a la canonización de los mártires de Nagasaki, entre ellas una del virrey marqués de Montesclaros; con las reservas suficientes, el virrey expresaba su parecer de que los frailes estaban haciendo una buena misión en Japón y que convenía su paso allá por las Filipinas[11].   Para entonces –como viéramos, en el momento en el que el Consejo de Portugal y el de Indias iban a afilar sus armas dialécticas en la corte hispana– ya estaba en Madrid Juan Pobre. El 30 de mayo el Consejo de Indias fechaba su informe definitivo para atraer a la corte de Felipe III al apoyo de las tesis castellano-mendicantes. Es un momento especialmente activo del valimiento del duque de Lerma –acaba de aparecer la primera parte del Quijote en Madrid–, de particular euforia incluso, podría decirse, tras la paz con Inglaterra y cuando se están gestando dos decisiones decisivas para la Monarquía Católica, en principio: la tregua con las provincias unidas de Holanda y la expulsión de los moriscos –esta segunda medida en el mayor de los secretos–, que llegarían un par de años después. Es el tiempo de la que algunos denominaron pax hispana, los años centrales de la que Trevor-Roper denominó generación pacifista del Barroco; al mismo tiempo, los inicios de la denominada crisis general del siglo XVII[12]. La paz con los Países Bajos que comenzó a verse más necesaria tras una bancarrota en 1607 también debió animar a replantear o poner al día la relación de fuerzas en Extremo Oriente, para contrarrestar la incipiente penetración holandesa.   Merece la pena recoger con extensión la panorámica trazada por el Consejo de Indias aquella primavera de 1607. Es un texto polémico con los portugueses y muy razonado y estructurado. Algunos de sus extremos aún eran provisionales, pero ya claramente castellanistas y que se irían perfilando a medida que llegara más información de Oriente.   A. A las razones portuguesas para que no pasen religiosos por Filipinas a Japón –de la consulta del Consejo de Portugal de principios de año apoyadas en cartas del obispo de Japón, que es de la Compañía, como precisa el Consejo de Indias–, oponen los consejeros de Indias una breve historia de las relaciones hispano-japonesas desde la embajada de Harada al envío del franciscano mártir Pedro Bautista como embajador; no acusaba abiertamente a portugueses y jesuitas de culpables de los sucesos de Nagasaki, pero sí reflejaba la ambigüedad en su comportamiento durante ese tiempo. B. A la objeción portuguesa al comercio castellano-japonés, perjudicial por la fuga de plata de nueva España, respondía el Consejo de Indias de forma sorprendente: hasta el momento no se había ido de Nueva España o Filipinas a comerciar con Japón, pues eran los comerciantes japoneses quienes venían a contratar a Manila y ya se había previsto en la corte española que aquella contratación fuera limitada. Un año justo después habría de replantear el Consejo el asunto, con la inclusión del navío que cada año iba de Manila a Japón[13]. C. Criticaba el breve de Clemente VIII por la exigencia del paso a Japón por la India Oriental, que es lo mismo que prohibirlo de todo, pues era un camino más largo, nunca lo habían usado antes y los portugueses no ayudaban a los frailes tanto como los castellanos.  Hacía una defensa abierta de la labor de los frailes en Japón, adoptando la postura y argumentos de los mendicantes de Filipinas y afirmaba que la persecución a la cristiandad del Japón había comenzado antes de la llegada de los mendicantes. D. Sobre asuntos comerciales, el Consejo de Indias veía el temor portugués a que su comercio con Japón –millón y medio de pesos al año–, a la sombra de los jesuitas, pasase a los castellanos a la sombra de la predicación de los frailes.   Terminaba el Consejo de Indias con un triple petición, también significativa: A. Solicitar en Roma la revocación del breve de Clemente VIII y que el rey Felipe III resolviese el asunto del paso de los religiosos a Japón. B. Que se ordenase al gobernador y Audiencia de Filipinas ver el número de frailes y tiempo de paso a Japón, y sólo pasasen así. C. Que el paso a Japón lo hiciesen en naves de japoneses sin permitir que otros navíos castellanos pasasen a Japón con la disculpa de llevar a los frailes.   Lo más destacable era que el Consejo de Indias admitía que el comercio con Japón era asunto de los portugueses, y la intromisión de los castellanos desde Filipinas la justificaba por el hecho de que no se podía impedir que comerciantes japoneses vinieran a comerciar a Manila. A lo largo del verano debieron menudear las discusiones en torno al asunto, y las negociaciones difíciles en Roma de los mendicantes comprometieron también a la diplomacia española[14]. A finales de año los despachos para Filipinas sintetizaban las decisiones de la corte española; se daba por enterado de los progresos de los mendicantes en la predicación del Japón, prometía ayudar en el conflicto que tenían con el obispo de Japón y, lo que era más importante, admitía el comercio hispano-japonés con la condición de que se llevara a cabo con orden[15]. Un mes después de los despachos para Filipinas, el Consejo de Portugal volvía a insistir en sus protestas, pero éstas fueron neutralizadas definitivamente por un memorial del procurador general de Filipinas Hernando de los Ríos Coronel[16].   Su argumentación formal –sin duda inspirada en los argumentos del obispo de Nueva Segovia Diego de Soria que citáramos más arriba– fue convincente en Madrid. El breve de Clemente VIII, como antes el de Gregorio XIII, no habían pasado por el Consejo de Estado; a pesar de ello el arzobispo de Manila, como hombre escrupuloso, lo había mandado ejecutar y había causado con ello graves daños a la predicación en Japón. Pedía que se suspendiese la aplicación del breve hasta que fuera tratado en Consejo, y así se escribiese a las Filipinas. La reacción de la corte hispana fue inmediata. Al margen del memorial se recogía lo que un mes después había de decretarse: Que se escriba a la Audiencia de Manila que procure recoger siempre todos los breves que pasen allá sin que se hayan pasado por el Consejo, y no permita que se use de ellos; y particularmente cualquiera que se hubiese llevado tocante a que no pasen religiosos al Japón por aquella parte o cualquier traslado que su hubiesen (sic) llevado de semejante breve (que) no fuesen pasados por el Consejo. Así se decretó el 6 de febrero de 1607[17].   La toma de posición de la corte de Felipe III era ya un hecho. No pasaron dos meses, y el Consejo de Indias –apoyándose en las consultas del de Portugal de finales de diciembre de 1606– solicitaba apoyo al comercio de las Filipinas con Japón. Parecía claro que el Consejo de Portugal, desentendiéndose del asunto del paso o no a Japón de los religiosos, contencioso ya perdido para los jesuítico-portugueses, iba a centrarse en la defensa de los intereses comerciales; y el Consejo de Indias, conocido ya el hecho consumado del comercio hispano-japonés acordado con Tokugawa Ieyasu por Jerónimo de Jesús y el gobernador Acuña, con sus envíos anuales acordados anualmente, pasó a defender abiertamente el envío de comerciantes hispanos a Japón.   La consulta de mayo de 1607 del Consejo de Indias ya estaba mejor informada que la de un año atrás de lo que era la nueva realidad en Extremo Oriente: A. Ieyasu había pedido un navío de comercio castellano para sus puertos del Kantó y esa era razón suficiente para justificar dichos envíos anuales. B. Para las Filipinas era importante pues los abastecía de harina y municiones. C. Con los comerciantes japoneses podían divertirse las mercancías chinas, pagadas con plata, con lo que se podría cumplir el mandato de no comerciar con China. D. Era mejor que fueran los comerciantes hispanos a Japón para evitar el riesgo de que los japoneses tratasen en plata directamente con los chinos.   Todo el verano fue de gran actividad de los Consejos. El de Portugal presionó con insistencia en los mismos términos de las veces anteriores y a finales de verano el Consejo de Estado no había resuelto nada. Ya en septiembre, expresó un parecer claro, favorable a los castellano-mendicantes: pedir la revocación del breve y que el papa dejase al rey de España libertad de acción en el envío de frailes a las tierras que fueran. Una nota al margen contenía lo que se había de decretar: Se escriba con secreto al marqués de Aytona que pida al papa de mi parte la revocación del breve de que aquí se trata y mande despachar otro remitiendo a mi elección el enviar los religiosos que hubieren de ir a predicar por la parte que me pareciere según el estado de las cosas, y encárguese al marqués que procure enviar luego este despacho con el silencio que pudiere[18].   En aquella victoria final en la corte hispana del partido castellano-mendicante en Extremo Oriente habían intervenido sobre todo frailes y jerarquías eclesiásticas mendicantes como cortesanos, y hasta el propio confesor del rey el dominico fray Luis de Aliaga, muy influyente por entonces[19]. El mayor poder reclamado y obtenido por los castellanos en Extremo Oriente estuvo sin duda muy relacionado en la corte de Felipe III con la cuestión flamenca, en el tiempo en el que va a saltar el asunto de las treguas con los holandeses.         3. EL NUEVO BREVE DE PAULO V.   Las negociaciones en Roma fueron rápidas y poco más de seis meses después de la decisión del Consejo de Estado Paulo V emitía un nuevo documento pontificio que derogaba los anteriores[20]. No gustó la redacción, sin embargo en el Consejo de Estado y después del verano se acordaba que el marqués de Aytona, embajador en Roma, pidiese en secreto y con urgencia una nueva redacción del breve en la que hubiese más amplias concesiones al rey de España; la orden de Felipe III al embajador de Roma salió ya a finales de octubre de 1608[21]. El Consejo de Portugal siguió insistiendo en sus posturas durante todo el proceso y recibió, en ocasiones, respuestas de gran dureza[22].   En el verano de 1609 la corte de Felipe III había decidido ya la nueva política en Extremo Oriente. Sin duda la que creyó más adecuada para la nueva situación que se iba a generar con la tregua con los holandeses. En las cartas para el nuevo gobernador de Filipinas, Juan de Silva, se manda preservar la paz con Japón por razones religiosas, comerciales y estratégico- militares, como garantía contra un posible peligro chino. Pero es en lo referente al comercio en donde se percibe el cambio más significativo; se consideraba el comercio hispano-japonés como vital para la pervivencia de las islas españolas y se aconsejaba ir sustituyendo paulatinamente los navíos japoneses que venían a Manila por navíos hispanos por razones de seguridad[23]. De alguna manera, era otra de las decisiones en principio renovadoras de aquel denso año de decisiones de importancia para el futuro.   El retraso en la emisión de la nueva redacción del breve de Paulo V hizo que Pedro Matías solicitara el envío a Manila –con la flota a punto de salir de Jerónimo de Silva– de normas para la nueva situación generada, ya que Vuestra Majestad queda gozando de su derecho y patronazgo real en las Indias, concedido a su majestad y a sus progenitores de los sumos pontífices. El mismo Consejo de Estado juzgó conveniente, para evitar retrasos perjudiciales para Extremo Oriente, publicar el primer breve de Paulo V; del mismo parecer fue el confesor real fray Luis de Aliaga, quien precisaba que ese despacho provisional podía suponer un adelanto de año y medio en la aplicación de la nueva política hispana en Extremo Oriente[24]. Un mes después, el conde de Castro, nuevo embajador en Roma, recibió el nuevo breve de Paulo V y la corte pontificia justificó el retraso porque creía que ya se había concedido otro anteriormente con el mismo contenido. Durante este nuevo periodo de espera, el Consejo de Portugal llegó a proponer su más audaz solución de la cuestión: el paso de las Filipinas a la Corona de Portugal[25]. Pero la corte del Habsburgo español ya había decidido y en febrero de 1610 se despacharon las cartas para el virrey de México para que comunicase la concesión del nuevo breve al gobernador de Filipinas, el arzobispo de Manila  y los obispos de Nueva Cáceres y Nueva Segovia[26].   Pero es posible que aquella correspondencia de la corte hispana no pudiera ir acompañada por el texto del nuevo documento pontificio, porque éste no pudo salir de Roma hasta mayo. En Roma pedían el original del breve anterior para rehacer el nuevo, pues convenía que todo fuera expresado en un mismo documento. En mayo Juan Lezcano enviaba el breve a Madrid con tanta urgencia que no esperó a la carta del embajador que lo acompañase[27]. Un último retraso, aunque el más breve, de alguna manera ya tan inútil como el breve mismo en cuanto a sus repercusiones para las relaciones hispano-japonesas.     [1] A.G.I. Filipinas, legajo 84, ramo 6, número 150. Carta de fray Juan de Garrovillas al rey de 30 de junio de 1603. Ibid., legajo 74, ramo 3, número 83. Carta del arzobispo de Manila al rey de 6 de julio de 1603. Ibid., legajo 27, ramo 2, número 69. Carta de la ciudad de Manila al rey de 3 de julio de 1603. [2] Ibid., legajo 29, ramo 7, número 184. Carta de la Audiencia de Filipinas al rey de 12 de julio de 1604. Ibid., legajo 76, ramo 1, número 29. Carta del obispo de Nueva Segovia, Diego de Soria, al rey de 8 de julio de 1604. [3] A.G.I. Filipinas, legajo 60. Información hecha por la real Audiencia de Filipinas de 18 de mayo de 1604. Ibid., legajo 193, ramo 1, número 2. Información de las cosas tocantes a Japón ante el arzobispo de Manila de 1604. Ibidem, del año 1605. Ibid. legajo 84, ramo 7, número 169. Los prelados de las tres órdenes religiosas en Filipinas al rey, ¿1604? [4] A.G.I. Filipinas, legajo 20. Breve de Clemente VIII (copia) y nota del Consejo de Indias de 24 de marzo de 1604. Ibid., Indiferente General, legajo 748. Las diligencias que conviene…, de 10 de abril de 1604. [5] A.S.V. Estado, legajo 2637. Consulta del Consejo de Estado de 20 de mayo de 1604. Ibid., de 2 de noviembre de 1604. [6] A.G.I. Filipinas, legajo 4, ramo 1, número 4, anexo b. Consulta del Consejo de Portugal de 22 de noviembre de 1604. [7] Ibid., número 5. Consulta del Consejo de Portugal de 12 de mayo de 1605. Ibid., número 4, anexo e. Consulta del Consejo de Portugal de 14 de junio de 1605. Ibid., anexo c. Consulta del Consejo de Estado de 9 de julio de 1605. Ibid., anexo d. Consulta del Consejo de Indias de 12 de septiembre de 1605. A.G.I. Indiferente General, legajo 878. Papeles de junio a septiembre de 1605. [8] A.G.I. Filipinas, legajo 4, ramo 1, número 4, anexo f. Apontamentos… para dar al papa y al rey. [9] A.S.V. Estado, legajo 2637. Dos consultas del Consejo de Portugal de 31 de enero de 1606. [10] A.G.I. Filipinas, legajo 193, ramo 1, número 3. Información testifical extensa de 6 de mayo de 1605. Ibid., legajo 19, ramo 7, número 205. Carta de la Audiencia de Filipinas al rey de 30 de junio de 1605. Ibid., legajo 84, ramo 7, número 179. Carta de los franciscanos de Filipinas al rey de 23 de junio de 1605. Ibid., legajo 74, ramo 4, número 109. Carta de fray Miguel de Benavides, arzobispo de Manila, al rey de 8 de julio de 1605. Ibid., legajo 7, ramo 2, número 69. Carta del gobernador Acuña al rey de 8 de julio de 1605. [11] A.G.I. México, legajo 26. Carta del marqués de Montesclaros al rey de 21 de enero de 1606. A.G.I. Filipinas, legajo 1, ramo 2, número 101. Petición al rey desde México, de 20 de febrero de 1606. [12] Como el análisis global de H. Trevor Roper, El siglo del Barroco…, ver también el clásico El siglo del Quijote de Pierre Vilar. [13] En consulta del 31 de mayo de 1607, después de un memorial de Hernando de los Ríos Coronel que comentaremos luego. En A.G.V. Estado, legajo 2637, dicha consulta. [14] A.S.V. Estado, legajo 2637. Auditor de Rota Francisco peña al rey de 1 de junio de 1606. [15] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 29. El rey a Pedro de Acuña de 4 de noviembre de 1606. Ibid., folio 22. El rey a Acuña de la misma fecha. [16] A.S.V. Estado, legajo 2640. Copia de consulta del Consejo de Portugal de 7 de diciembre de 1606. A.G.I. Filipinas, legajo 4, ramo 1, número 6. Otra de 31 de diciembre del mismo año. A.G.I. Indiferente General, legajo 1427. Memorial de Hernando de los Ríos Coronel de 25 de enero de 1607. [17] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 40 vto. Decreto del rey para la Audiencia de Filipinas de 6 de febrero de 1607. [18] A.S.V. Estado, legajo 2637. Consulta del Consejo de Indias de 31 de mayo de 1607. Ibid. Secretarías Provinciales, legajo 1479, folio 308. Consulta del Consejo de Portugal de 31 de agosto de 1607. Ibid., folio 306, otra de la misma fecha. Ibid. Estado, legajo 2683. Consulta del Consejo de Estado de 20 de septiembre de 1607. Ibid., otra del Consejo de Estado de 20 de octubre de 1607, de la que procede el texto de la cita. Hay otra copia en el mismo A.S.V. Estado, legajo 435, folio 191. [19] La documentación reunida es muy abundante; del A.G.I. Filipinas, legajos 84 y 76 proceden muchas cartas de franciscanos, entre ellas una de Juan Pobre de enero de 1607.  Del  A.S.V. Estado, legajo 2637, opinión del cardenal de Toledo y del auditor de la Rota  Francisco Peña. Del A.G.I., Filipinas, legajo 79, de Andrés de Prada al papa y de Aliaga al rey. [20] A.G.I. Indiferente General, legajo 2988. Copia autorizada de la bula de Paulo V de 2 de junio de 1608. [21] A.S.V. Estado, legajo 989. Consulta del Consejo de Estado de 6 de septiembre de 1608. Ibid., legajo 992. El rey al embajador en Roma de 23 de octubre de 1608. [22] Las consultas del Consejo de Portugal de 14 de noviembre de 1608 y 30 de enero de 1609, en A.S.V. Secretarías Provinciales, legajo 1479, folios 305 y 351. Las de  8 de octubre y 9 de diciembre de 1609, y la de 15 de enero de 1610, en Ibid., legajo 2640.  En la consulta del 30 de enero de 1609, nota de la corte de gran dureza en el desacuerdo con el Consejo de Portugal. [23] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 97. El rey a Juan de Silva de 25 de julio de 1609. [24] A.S.V. Estado, legajo 1865. Consulta del Consejo de Estado de 6 de octubre de 1609. A.G.I. Filipinas, legajo 79, ramo 5, número 128. Fray Luis de Aliaga al rey de 14 de octubre de 1609. [25] A.S.V. Estado, legajo 991. El conde de Castro al rey de 17 de diciembre de 1609. Ibid., legajo 1640. Consulta del Consejo de Portugal de 8 de octubre de 1609. [26] A.G.I. Filipinas, legajo 329, tomo II, folio 114. Despacho del rey para el virrey de México de febrero de 1610. [27] A.S.V. Estado, legajo 994. El rey a Francisco de Castro de 21 de febrero de 1610. Ibid., legajo 993. El conde de Castro al rey de 3 de marzo de 1610. Ibid. legajo 994. Carta de Juan Lezcano al rey de 22 de mayo de 1610.              

Emilio Sola 6 febrero, 2012 6 febrero, 2012 breves pontificios, Consejo de Estado, Consejo de Indias, Consejo de Portugal, partido castellano mendicante, partido jesuítico portugués
Historia de un desencuentro: Capítulo 7

CAPITULO VII.   1. LOS HOLANDESES EN EXTREMO ORIENTE.   En 1595 Cornelio Houtman, purchase con cuatro naves, sovaldi capitaneó una expedición a Extremo Oriente organizada por una compañía de los países lejanos, patient aunque el primer viaje de interés para Japón fue el de la flota de Santiago de Mahn a las Molucas; el 19 de abril de 1600 uno de los barcos llegó a las costas japonesas dos años después de iniciado el viaje, con el piloto inglés William Adams y otros compañeros de navegación. Ieyasu les obligó a quedarse y pronto se ganaron la estima del shogún, que se sirvió de ellos –sobre todo de Adams– para asesorarse en asuntos de navegación y otros, como viéramos que hiciera con Jerónimo de Jesús. A finales de año, Antonio de Morga debió enfrentarse en aguas de Manila a la flota holandesa de Oliver van Noort que intentó bloquear el puerto y el 14 de diciembre tiene lugar una batalla naval de seis horas de duración; el buque insignia de Morga fue hundido, pero los holandeses debieron huir; el capitán inglés Wiesman y una docena de holandeses fueron hechos prisioneros y ejecutados.   No hubiera tenido demasiada incidencia el asunto si, a partir de 1602, no hubieran comenzado a menudear las expediciones a Extremo Oriente después de que se reorganizara la primitiva compañía holandesa y se fundara la Compañía de las Indias Orientales; Johan van Oldenbarnevelt, Abogado de Holanda, contribuyó a la fundación de esta compañía y había de pasar a convertirse en protagonista principal de las negociaciones secretas con los Habsburgos que cuatro años después iban a tener lugar. La congelación por Oldenbarnevelt de las primeras gestiones para fundar otra compañía de las Indias Occidentales a principios de 1607, debe verse en relación con un alto al fuego conseguido por los esfuerzos negociadores del archiduque de Austria Alberto y Ambrosio Spínola; el acuerdo molestó a Lerma y a Felipe III por el hecho de no aparecer por escrito la retirada holandesa de las Indias, prometida por Oldenbarnevelt verbalmente, por lo que la libertad de Holanda podía parecer que se concedía sin contrapartida alguna. Oldenbarnevelt debía también disolver la Compañía de las Indias Orientales.   Las negociaciones que culminaron en la tregua de los 12 Años firmada en Amberes en abril de 1609 –el mismo día simbólicamente que el decreto de expulsión de los moriscos, otros súbditos problemáticos de los Habsburgos como los rebeldes calvinistas holandeses– fueron de gran importancia para la política desarrollada en Extremo Oriente. Los Estados Generales estaban tan convencidos como los españoles de que era vital negociar desde una posición de fuerza[1]. En febrero de 1608, en La Haya, los representantes de Felipe III ofrecieron la renuncia del rey Habsburgo a sus derechos sobre Holanda y Jean Richardot –con Spínola al frente de la delegación– exigió la evacuación de las Indias por los holandeses; Oldenbarnevelt sólo admitió renunciar a América y detener la expansión en Asia. Hasta el verano, las conversaciones se prolongaron en ocasiones con particular acritud; en el otoño, cuando se reanudaron, se centraron en una larga tregua, más que en una paz completa. La firma se hizo, finalmente, en Amberes sobre el reconocimiento español de la independencia neerlandesa y de la mutua conservación de las posesiones que cada parte tenía en las Indias Orientales y Occidentales. Y comenta J.I. Israel sobre el texto de la tregua: La cláusula incluida a instancias de los españoles, a tenor de la cual se excluía a los súbditos de ambos Estados de los territorios y del comercio de la otra parte en las Indias, estaba redactada de una manera tan oscura que carecía de fuerza alguna[2]. Además, el acuerdo de tregua se aplicaría en las colonias un año después que en Europa. Y todo eso se vio reflejado desde el principio en Extremo Oriente.   La instalación de los holandeses en las Molucas y su participación en el comercio de las especias movilizó de inmediato a los hispanos de Manila, movilización que culminó con la expedición de Pedro Bravo de Acuña a las Molucas en febrero de 1606. Pero la presencia holandesa no haría sino reforzarse en los años de las conversaciones de La Haya por una política más agresiva de la propia Compañía de las Indias Orientales –totalmente opuesta a la política de Oldenbarnevelt– con el fin de aumentar lo más posible su dominio en Asia. Enviaron muchos refuerzos y en 1609 y 1610 se sucedieron acciones continuas.   Martín Castaño, procurador general de las Filipinas, se dio cuenta pronto del peligro que los holandeses iban a suponer para las Filipinas, y en particular para sus relaciones con Japón. En un memorial impreso posterior a 1600 –quizá redactado entre 1605 y 1608, cuando el avance holandés podía ser aún neutralizable– Martín Castaño intenta razonar su voz de alarma para que en la corte española reaccionaran con prontitud y enviaran fuerzas para hacer frente al nuevo peligro. La poca atención a los asuntos asiáticos era para Martín Castaño un grave error, que no puede proceder sino de no hacerse en aquello la estimación y aprecio que se debe, como cosa mirada de tan lejos, siendo lo más importante de la Corona de vuestra majestad[3].   Destaca esta concepción de los asuntos de Asia de Martín Castaño como lo más importante de la Monarquía Católica, en el inicio del reinado de Felipe III, ya para algunos teóricos –pronto el mismísimo Tomaso Campanella– arquetipo de un posible gobierno católico o universal. E intenta estructurar su argumentación sobre el peligro holandés y la necesidad de neutralizarlo:   A. Desde la llegada de los holandeses corría peligro la cristiandad japonesa, tan floreciente hasta entonces, por lo que perjudicaba al aumento de la fe. B. Con escala en el Japón, los holandeses podrían estar en pocos días en cualquier punto de Extremo Oriente y tener provisiones que a veces escaseaban en Filipinas, por lo que se perjudicaba el acrecentamiento de la corona. C. Los señores y reyes de Extremo Oriente estaban pendientes de quién había de ganar en la pugna hispano-holandesa y habían de aliarse con aquel que mostrara más poder, lo que afectaba a la reputación. D. Finalmente, la Hacienda se vería muy perjudicada; instalados en el comercio de las especias, sería muy dañoso que consiguieran ser los intermediarios en el comercio de la plata japonesa y la seda china.   En mayo de 1602 llegó a Manila el nuevo gobernador Pedro Bravo de Acuña y, antes de desembarcar incluso, se topó de frente con el asunto de la cuestión japonesa y holandesa, con la embajada de Pedro Burguillos; el franciscano y sus acompañantes japoneses fueron recibidos por Bravo de Acuña, muy interesado en el buen despacho de aquella correspondencia diplomática en la que ya se iba a abordar el asunto holandés directamente. No había de remitir la penetración, sin embargo. En el Archivo de Indias de Sevilla se conservan copias de cartas que los holandeses llevaban consigo para los señores asiáticos en las que, en nombre de Mauricio de Nassau, pedían y ofrecían ayuda[4]. En el caso concreto de Japón, esas gestiones holandesas iban a tener rápido éxito.   2. LA EMBAJADA DE PEDRO BURGUILLOS.   Muerto Jerónimo de Jesús, sus compañeros fray Gómez y fray Pedro Burguillos negociaron la respuesta de Tokugawa Ieyasu al gobernador de Filipinas. La respuesta fue redactada con rapidez y Tarazawa Ximonocami, se la entregó para que, junto con otra carta suya, se encargasen de hacerla llegar a Manila. Es posible que esta carta fuera redactada con la ayuda de Jerónimo de Jesús antes de su muerte, como apunta Lera[5]; si no fuera así, está en la línea trazada por Ieyasu con su asesoramiento.   La carta de Ieyasu muestra especial interés por amplias relaciones con los hispanos, e incluso deja traslucir cierta impaciencia. En síntesis:   A. Evoca sus conversaciones con Jerónimo de Jesús y en su expresión después de un largo viaje, parece lamentar la tardanza de la respuesta, de 1599 a 1601. B. La ruta comercial entre Japón y Nueva España es provechosa para ambas partes. C. Ofrece un puerto en el Kantó para navíos hispanos, también como escala para sus continuos viajes entre Nueva España y Filipinas. Con gran anhelo quedo esperando vuestra respuesta, deja traslucir esa sutil impaciencia del shogún Tokugawa. D. Prometía una política dura contra los corsarios japoneses y daba al gobernador hispano poder para castigar y aún ejecutar a los japoneses que contraviniesen la ley, rogándole que le comunicase nombres de mercaderes rebeldes para impedirles nuevos viajes. E. Mencionaba el presente de armas japonesas y daba facultad al enviado para tratar de los asuntos que él no había podido incluir en la carta.   La carta de Tarazawa Ximonocami es más directa[6] y expresa mejor los verdaderos intereses japoneses: A. Deseaba saber por qué el gobernador de Filipinas no quería tantos barcos japoneses de comerciantes y rogaba que se le señalase el número de naves que quería cada año. B. Se quejaba de la tardanza en la contestación a Ieyasu sobre el trato con Nueva España y volvía a insistir en la rapidez de la respuesta.   A finales de febrero de 1602 las cartas salieron para Manila. Pedro Burguillos y fray Gómez habían intentado enviarlas por japoneses de confianza en viaje comercial, pero temerosos de alguna especulación sobre las cartas Pedro Burguillos se encargó personalmente de la embajada. De Fuxime viajó a Hirado para embarcarse para Manila en el navío de un mercader de Osaka; el nombre de Shinkiro sería el de este mercader, nombre con el que aparece relacionada la embajada en algunas fuentes, aunque el hagan de Sakay[7]. La entrevista en alta mar con el nuevo gobernador –bellamente evocada por Burguillos en su relación: Al amanecer descubrimos cuatro navíos de Castilla, que así fue para nosotros vista alegre…– fue de gran cordialidad y en las cartas informativas de la época se vuelve a captar gran optimismo en los medios hispanos ante las buenas disposiciones de Ieyasu para asentar paz y comercio[8].   El 1 de junio ya tenía Bravo de Acuña las respuestas a la embajada de Hideyoshi; en ellas recogía el perfil elaborado por Jerónimo de Jesús y el Daifu –no sería shogún hasta 1603– Tokugawa; hoy puede decirse que con toda sinceridad por parte del gobernador Acuña si se examina su resumen de los hechos a la corte española[9]. En resumen:   A. Agradecía el castigo a los corsarios y le trataba por ello de príncipe justo. B. El número correcto de naves de comerciantes japoneses a Manila sería de tres naves en primavera y tres en otoño; convenía que viniesen con licencia de Ieyasu, así como licencia del gobernador de Filipinas para las que fueran a Japón. C. La apertura de trato comercial entre Japón y Nueva España ya lo había consultado en México; lo haría de nuevo, pero era asunto para largo plazo pues había que gestionarlo también en Madrid y prometía su apoyo –sincero, como comentamos– para ello. D. Aceptaba el envío de un navío  al Kantó. De hecho, fue el Santiago el Menor. E. Recomendaba a los frailes predicadores. De hecho, envió a agustinos, franciscanos y dominicos. F. Finalmente, rogaba que le enviase a los holandeses llegados a Japón como enemigos de su rey y súbditos rebeldes, equiparables a los corsarios y de quienes les prevenía.   Al notable de la corte japonesa Tarazawa Ximonocami contestaba con brevedad: le indicaba el número de navíos que convenía fueran cada año a Filipinas y le recomendaba a los frailes que iban a Japón. De alguna manera, pilares básicos de las relaciones. El navío Santiago el Menor fue despachado con mercancías y con la misión de reconocer los puertos del Kantó en busca de un lugar idóneo para escala en el viaje anual a Nueva España que en este año se   dirigió ya a Acapulco y no al puerto de Navidad. La oferta de Tokugawa Ieyasu era, pues, oportuna. El comercio con Japón no se podía excusar, según Acuña, por proveernos de aquel reino de harina y otros bastimentos[10], para lo cual con seis naves anuales bastaban. En cuanto al comercio con Nueva España, no veía Acuña problemas en que se concediese; al no ser expertos marinos de altura, es posible que desistiesen de él tras el primer viaje. El gobernador dudaba de que el pronto shogún Ieyasu le enviase los holandeses naúfragos porque le habían asesorado en diversos asuntos y los apreciaba. El gobernador Acuña había captado también la impaciencia de Ieyasu, su deseo de un acuerdo comercial rápido. Y, así, suplico a vuestra majestad se sirva de mandar que con brevedad se provea en esto lo que convenga, porque de acá se juzga por acertado tener grato este rey.   Como telón de fondo obligado –más que retórico, de hecho, podría hablarse de práctica colonial o hasta teoría de la colonización– estaba el beneficio de la predicación evangélica. En condiciones tan favorables, el gobernador Bravo de Acuña permitió el paso de frailes a Japón y se embarcaron agustinos, dominicos y franciscanos en los navíos de los comerciantes japoneses; había sido dado el salto definitivo y el paso de los castellano-mendicantes a Japón había de centrar amplias polémicas[11].   Así las cosas, en agosto salía el galeón Espíritu Santo de Manila rumbo a Nueva España y la mala fortuna en la mar, una vez más, le hizo naufragar frente a las costas japonesas.       3. LA PÉRDIDA DEL GALEÓN ESPÍRITU SANTO.   El galeón Espíritu Santo ya había viajado varias veces entre Filipinas y Nueva España, pero en aquella ocasión, a causa de las tormentas tan frecuentes en aquellas latitudes, se vio forzado a tomar puerto en el Japón, una vez más en la región de Tosa. El capitán de la nave era Lope de Ulloa. El 24 de agosto vieron tierra japonesa y poco después desembarcaron en el puerto de Cimingo; tres días después recibieron la visita del daimyo de aquellas tierras y –a pesar de la confianza que tenían en las buenas relaciones hispano-japonesas– comenzaron a temer un desenlace adverso por las medidas tomadas por el daimyo: cuatro rehenes hispanos y seis japoneses de guardia día y noche –que fueron aumentando hasta llegar a ser 26 guardianes– para evitar que el navío se hiciese a la mar sin permiso. Lope de Ulloa reunió un consejo de guerra para estudiar la situación, que se negó a navegar a Nagasaki a espaldas del daimyo, según deseaba el capitán, temiéndose una encerrona para quedarse con el galeón como había sucedido sólo cinco años atrás con el San Felipe. A primeros de octubre Lope de Ulloa envió a su hermano Alonso, en compañía de Francisco Manrique, con embajada para Ieyasu en la que incluyeron como presente lo más valioso de ocho cajones de bodega.   La situación no dejó de empeorar, llegó a haber escaramuzas con muertos por las dos partes, y finalmente Lope de Ulloa decidió hacerse a la mar atravesando unas empalizadas que los japoneses habían comenzado a construir para cegarles la salida de puerto. Dejaban en tierra a setenta personas de la tripulación, entre los muertos, los enviados en la embajada a Ieyasu y cinco frailes que decidieron quedarse en tierra.   A lo largo de la primavera siguiente fueron llegando a Manila los que se quedaron en Japón, y entre ellos Alonso de Ulloa con una carta de Ieyasu para el gobernador de Filipinas de gran interés[12], todo afabilidad. Achacaba el incidente con el galeón Espíritu Santo  más al nerviosismo de los hispanos que a la agresividad de los japoneses. De aquí adelante, si una tempestad inclina los palos o rompe el timón de un barco vuestro cualquiera, que su gente no tema refugiarse en los puertos de mis estados; tocante a esto ya he enviado órdenes severas a todas partes. Y para dar mayor fuerza a sus palabras enviaba ocho licencias para las naves que cada año salían para Nueva España, con las cuales podían, exentos de temor, refugiarse en los puertos e islas, o saltar a tierra y penetrar en las ciudades o pueblos del Japón entero sin que les tilden de espías, aunque se dediquen a estudiar los usos y costumbres del país.   Fechada en octubre de 1602, al mismo tiempo que la carta al gobernador Acuña, Ieyasu promulgó una ley con esos mismos extremos; una copia en portugués, de la Real Academia de la Historia de Madrid[13], ordenaba que no se tomase nada de la hacienda de los navíos extranjeros que naufragaran en Japón, ni se entorpeciese la movilidad de los naúfragos por el país ni la venta de mercancías; mas rigurosamente les prohibimos la promulgación de su ley. Se recordaba en este final una antigua norma de Hideyoshi, remate negativo de la buena actitud de Ieyasu, a pesar de la cual se había continuado la predicación con el tácito consentimiento de los gobernantes.   El mismo verano de la pérdida del Espíritu Santo, el Santiago el Menor no conseguía llegar al Kantó y debió desembarcar en Hirado, aunque el capitán envió el regalo del gobernador a Ieyasu y se justificó con las dificultades de la navegación. En 1603 no hubo corso japonés en las Filipinas y el navío Santiago el Menor volvió a hacer viaje a Japón con mercancías y un presente para Ieyasu. Tampoco esta vez logró –ni al año siguiente de 1604– desembarcar en un puerto del Kantó. Eso sí, con las mercancías llevaba el regalo –normalmente paños y piezas de seda, vino y otras menudencias[14]– y las cartas del gobernador de Filipinas para el shogún Tokugawa.   4. LAS RELACIONES HISPANO-JAPONESAS HASTA 1608.   El suceso de la nao Espíritu Santo –a pesar de las buenas razones de Ieyasu– causó cierto malestar en sectores hispano-filipinos representativos; el oidor Antonio de Morga llegó a afirmar: parece que toda amistad con estos infieles (los japoneses) es sospechosa[15]; y éste puede considerarse un sentir general de las autoridades hispanas. Llegaba el doctor Morga incluso a dudar de la veracidad de los frailes, excesivamente optimistas en sus apreciaciones con el deseo del paso a Japón y que aseguraban más de lo conveniente los contactos. La desconfianza no dejó de acrecentarse, sobre todo tras la gran sublevación de los sangleyes a principios de octubre de 1603.   Con las naves de la primavera habían llegado a Manila avisos de preparativos navales chinos contra las Filipinas, a la vez que tres emisarios chinos visitaban Manila con una disculpa nimia; las defensas de la ciudad fueron reforzadas y en esos trabajos colaboró un chino converso, Juan Bautista de Vera –Eng-Kang su nombre chino–, que levantó sospechas y  resultaría ser el cabecilla del levantamiento. Por medio de los japoneses residentes en Manila, las autoridades hispanas intentaron indagar y ello precipitó el levantamiento. El 3 de octubre los chinos se agruparon y asaltaron dos barrios extremos de la ciudad; el ex-gobernador Luis Pérez Dasmariñas con otros 130 españoles murieron en las primeras escaramuzas y los sangleyes pusieron en serios aprietos a los defensores de la ciudad. Con los defensores de Manila –unos cuatro mil filipinos cristianos, doscientos musulmanes y otros doscientos españoles[16]– participaron los japoneses de la ciudad. Uno de los motivos de la rebelión de los sangleyes había sido precisamente el maltrato recibido por filipinos y japoneses, según se especifica en una relación del momento[17]. Envié… al padre fray Juan Pobre, lego descalzo, con cuatrocientos japones…, por haber sido aquí muy buen soldado y ser amado de los japones… Protagonizaron algunas matanzas de sangleyes, que impidieron hacer prisioneros vivos para las galeras, pues los japones y naturales son tan carniceros que ni el capitán Azcueta ni los demás lo pudieron remediar. La represión siguió en provincias; pero casi todos los japones… dijeron, como tudescos, que no querían pelear y que se querían volver a Manila pues no eran soldados de paga; y así, se volvieron y sólo quedó un capitán con cincuenta soldados que le siguieron, y en adelante lo hicieron bien.   Los hispanos de Filipinas, a raíz del levantamiento sangley, tomaron medidas preventivas con la población mercantil que se quedaba en Manila de una año para otro, incluidos los japoneses, para evitar un peligro como el pasado con los chinos[18]. La llegada de naves de comercio japonesas a Manila tras la sublevación alivió no poco la situación.   El navío a Japón de 1604 fue con el capitán Cuevas y él y el fraile Diego Bermeo visitaron al shogún Ieyasu, en compañía de otros oficiales del navío; el presente –piezas de seda básicamente como otras veces– le supo a poco. El hecho de que tampoco ese año el navío llegara al Kantó molestó especialmente al shogún, quien llegó a amenazar –lo narra Diego Bermeo[19]– con despachar a castellanos y predicadores de su tierra si el próximo envío no llegaba al destino previsto, pues dudaba de la veracidad de frailes y embajadores, de si tratarían con claridad con los japoneses. También molestó que el gobernador Acuña recomendase al mercader Antonio Garcés como beneficiario de uno de los cuatro navíos anuales, pues eso lo interpretaba como una reducción de las licencias de cuatro a tres. De la misma manera, se dolió de los elogios excesivos del gobernador a la ley cristiana en menoscabo –afeándole– la suya pagana. La respuesta de Ieyasu recogía con sobriedad estas quejas y, como para compensar, volvía a reconocer al gobernador hispano jurisdicción sobre los japoneses que estuvieran en Manila, de manera que pudiera expatriarlos o castigarlos; asunto de no poco peso tras el levantamiento de los chinos el año anterior.   Para las Filipinas aquello era buena correspondencia y paz, aunque en el verano de 1605 Acuña manifiesta su preocupación por la permanencia de los holandeses –y William Adams con ellos– en Japón, así como la posibilidad de que se hicieran firmes sus relaciones y alianzas e indicios de que estuvieran instruyéndoles en la navegación de altura. El contacto comercial mantenido entre Manila y Japón, sin embargo, aún podía neutralizar esa influencia. En 1605 también envió navíos –nada se dice si llegaron a puertos del Kantó– que en enero de 1606 estaban de regreso en Manila[20]. En el momento en que el gobernador emprendía una expedición a las Molucas, con el intento de expulsar a los holandeses de aquella zona; el gobernador fue en persona a la expedición –de febrero a mayo–, con unas 3.000 personas, hispanos y filipinos por mitad, y volvió con el sultán de Ternate como prisionero. El capitán Moreno Donoso hizo el viaje ese año a Japón, con presente y embajada para el emperador; salió de Manila el 22 de julio y en Japón ayudó, en compañía del dominico Alonso de Mena,  a los frailes en los permisos del daimyo y la construcción de dos iglesias en el reino de Fixen. Al año siguiente volvió a capitanear Moreno Donoso la expedición a Japón, y esta vez su ayuda a los frailes en la construcción de iglesia y permiso del daimyo fue en el Bungo[21]. Estas actividades indican que tampoco en estas dos ocasiones debieron tocar puertos del Kantó, así como la identificación estrecha de los hispanos con los nuevos frailes misioneros, con la nueva ley.   El gobernador Pedro Bravo de Acuña murió al regreso de la jornada a las Molucas, en el verano de 1606; como en otras ocasiones la Audiencia se hizo cargo del gobierno interino y se siguió con el envío del navío a Japón con Moreno Donoso, como se vio. Se juzgaba la paz segura y estable e incluso se sugería a la corte de Felipe III que enviaran una embajada importante a Ieyasu para asegurar aún más la paz, conveniente para una política asiática frente a China. Paralelamente, las medidas tomadas para reducir la colonia extranjera en Manila produjo tensión en los medios japoneses de la ciudad y llegó a temerse un levantamiento similar al de los sangleyes; la intervención de algunos eclesiásticos y la calma de las autoridades pudo evitar posibles incidentes[22]. Cuando Rodrigo de Vivero y Velasco llegó a Manila para hacerse cargo de la gobernación, ya habían sido castigados los culpables y solucionado el incidente; una de sus primeras acciones de gobierno fue escribir a Ieyasu dándole cuenta de lo sucedido[23].   Por su parte, Tokugawa Ieyasu acababa de enviar a Manila a su colaborador más apreciado para asuntos occidentales, el piloto inglés William Adams. El encuentro de Vivero y Adams en el verano de 1608, nada más llegar el nuevo gobernador a Filipinas, abrió el último y más brillante capítulo de las relaciones hispano-japonesas.           [1] Jonathan I. Israel, La república holandesa y el mundo hispánico, 1606-1661, Madrid, 1997, p. 30. [2] Ibid., p. 33. [3] A.G.I. Filipinas, legajo 34, ramo 6, número 140. Memorial impreso de Martín Castaño pidiendo que se atienda aquellas islas del daño holandés. [4] A.G.I. Filipinas, legajo 1064. Copia en portugués de cartas que el príncipe de Orange y conde de Nassau escribió al emperador de la China y a otros reyes o emperadores de Asia, de 1605 y siguientes. [5] Op. cit. p. 440. El texto de la carta, en p. 441. Todo lo referente a la embajada de Burguillos, así como su recepción por Acuña, se basa en la Relación… cit. de la Biblioteca del Palacio de Oriente de Madrid. [6] A.G.I. Filipinas, legajo 19, ramo 4, número 86. Copia de carta de Tarazawa Ximonocami al gobernador de Filipinas de 1602. [7] Se cita a Shinkiro en Morga, op. cit. p. 128, y se dice que llegó en mayo, a la vez que el gobernador Acuña, lo cual coincide con la narración de Burguillos. También se cita en Lera, p. 440 y en Sicardo, capítulo VI. [8] A.G.I. Filipinas, legajo 19, ramo 5, números 30 y 121. Cartas de la Audiencia al rey de julio de 1602 y de Acuña al rey de 11 de julio del mismo año. [9] Ibid., ramo 4, número 85 y 84. Copias de cartas de Acuña a Ieyasu y a Ximonocami de 1 de junio de 1602.  Ibid. ramo 5, número 121. Carta de Acuña al rey de 11 de julio de 1602. [10] En la carta al rey de la nota anterior recoge Acuña todos estos comentarios. [11] A.G.I. Filipinas, legajo 84, ramo 6, número 132. Carta del provincial de los dominicos de Filipinas al rey de 30 de junio de 1602. Ibid., legajo 19, ramo 5, número 30. Carta de la Audiencia de Filipinas al rey de julio de 1602. [12] A.G.I. Filipinas, legajo 19, ramo 5, número 129. Narración de la navegación y pérdida del galeón Espíritu Santo de 26 de julio de 1602. Ibid., número 149. Carta de la Audiencia de Filipinas al rey de 2 de julio de 1603. Lera op. cit. pp. 441-442. [13] R.A.H. Manuscritos legajo 9-2666, folios 165-169. Ley de Daifu contra la promulgación del Evangelio. [14] A.G.I. Filipinas, legajo 163, ramo 1, número 1. Copia de un capítulo de carta de la Audiencia de Filipinas al rey de 8 de julio de 1608. Morga, op. cit. p. 130 trata de estos viajes del Santiago el Menor, aunque en la correspondencia no se llegue a citar el nombre de la nave. [15] Ibid., legajo 19, ramo 5, número 141. Carta de Antonio de Morga al rey de 1 de diciembre de 1602. [16] Molina, p. 101. [17] A.G.I. Filipinas, legajo 60. Relación del alzamiento de los sangleyes… Ibid., legajo 35, ramo 7, número 96. Carta de Juan de Bustamante al rey de 18 de diciembre de 1603. [18] Ibid., legajo 27, ramo 2, número 81. Carta de la ciudad de Manila al rey de 9 de julio de 1604. [19] Ibid., legajo 79, ramo 4, número 77. Carta de fray Diego Bermeo al gobernador de Filipinas de 23 de diciembre de 1604. [20] Ibid., legajo 7, ramo 2, número 73. Carta de Acuña al rey de 7 de junio de 1605. Ibid., número 75. Acuña al rey de 6 de enero de 1606. Morga, op. cit. pp. 159-160. [21] Aduarte, op. cit. p. 493.  A.G.I. Filipinas, legajo 60. Petición de Moreno Donoso al rey, enumerando sus servicios, de 14 de agosto de 1620. [22] Morga, op. cit. p. 166. Colin, p. 152. [23] A.G.I. Filipinas, legajo 7, ramo 2, número 82. Carta de Rodrigo de Vivero al rey de 8 de julio de 1608.

Emilio Sola 30 enero, 2012 30 enero, 2012 comercio, galeón, holandeses, Japón, Pedro Burguillos
“VIAJE A ORIENTE” 008

I. Las bodas coptas – VII. Una mansión peligrosa… Las damas han desaparecido por alguna escalera sombría de la entrada. Me vuelvo con la firme intención de ganar la puerta, there pero un esclavo abisinio, patient enorme y fornido está bloqueándola. Busco una palabra para convencerle de que me he equivocado de casa y que creía haber llegado a la mía; pero la palabra tayeb, rx por muy universal que sea, no me parecía suficiente para expresar todo ese discurso. Mientras tanto, se oyó un estruendo en el interior de la casa, y unos caballerizos extrañados salieron del interior de los establos; bonetes rojos se dejan ver en las ventanas del primer piso, y un turco de lo más majestuoso avanza desde el fondo de la galería principal. En momentos así, lo peor es quedarse callado, pues considero que muchos musulmanes comprenden la lengua franca, que en el fondo no es sino una mezcla de todo tipo de palabras meridionales, empleadas al azar hasta hacerse entender. Es la lengua de los turcos de Molière. De modo que reuní todo lo que podía saber de italiano, español, provenzal y griego, y compuse con todo ello un discurso bastante capcioso. A fin de cuentas, me dije a mi mismo, mis intenciones son puras, y al menos, una de las mujeres podría ser su hija, o su hermana; así que en el peor de los casos, la tomo en matrimonio y me pongo el turbante. En esta vida, ya se sabe, hay cosas que no se pueden evitar, y yo creo en el destino. Además, ese turco tenía pinta de ser un buen tipo, y su aspecto, bien alimentado, no parecía sintomático de crueldad. Me guiñó el ojo con cierta malicia al verme acumular los sustantivos más barrocos que se hubieran jamas oído en los puertos del Levante, y me dijo, tendiendo hacia mí una mano regordeta y cargada de anillos: –  Mi querido señor, haga el favor de entrar por aquí; hablaremos más cómodamente. ¡Vaya sorpresa!, este bravo turco era un francés como yo!. Entramos en una hermosa sala cuyas ventanas se recortaban sobre los jardines, y nos acomodamos en un rico diván. Trajeron café y unas pipas. Charlamos. Expliqué lo mejor que pude cómo había llegado hasta su casa, creyendo haber tomado uno de los numerosos pasajes que atraviesan El Cairo por medio de los principales bloques de casas; pero comprendí por su sonrisa que mis bellas desconocidas habían tenido tiempo de traicionarme; lo cual no impidió que nuestra conversación tomara al poco tiempo  un cariz más íntimo. En un país turco rápidamente se traba conocimiento entre compatriotas. Mi huesped quiso invitarme a su mesa, y, cuando llegó la hora, vi entrar a dos hermosas señoras, una era su mujer, y la otra, la hermana de su esposa. Se trataba de mis dos queridas desconocidas del bazar de los circasianos, y las dos, ¡francesas!…¡para colmo de mi humillación!. Se me había rebelado la ciudad ante mi pretensión de recorrerla sin la obligada compañía de un trujimán y un asno. Se divirtieron narrando mi asidua persecución de las dos enigmáticas enmascaradas, que evidentemente sólo dejaban entrever muy poco de lo que había dentro, y que igual podía haberse tratado de unas viejas o unas negras. Estas damas no tenían ni la más mínima idea de que la elección había sido totalmente al azar, y ninguno de sus encantos había estado en juego, pues hay que reconocer que la habbarah negra, menos atractiva que el velo de las sencillas muchachas campesinas, convierte a cualquier mujer en un paquete sin formas, y, cuando el viento lo hincha, les da el aspecto de un globo a medio inflar.  Tras la cena, servida enteramente a la francesa, me hicieron entrar en un salón aún más rico, de paredes resvestidas de porcelana pintada y un elaborado artesonado de cedro esculpido. Una fuente de mármol arrojaba en el centro sus menudos chorrillos de agua; tapices y cristal de Venecia completaban el ideal del lujo árabe. Pero la sorpresa que me esparaba allí concentró muy pronto toda mi atención. En torno a una mesa oval había ocho jovencitas que realizaban diversas labores. Se levantaron, me saludaron, y las dos más jóvenes vinieron a besarme la mano, ceremonia a la que yo sabía que no se podía renunciar en El Cairo. Lo que más me admiraba de esta seductora aparición  es que el color de estas muchachas, vestidas a la oriental, variaba del muy moreno al oliváceo, y llegaba, en la última, al chocolate más oscuro. Habría sido una inconveniencia haber citado ante la más blanca el verso de Goethe: “¿Conoces tú la tierra en donde maduran los limones…?”107  Todas ellas podían pasar por bellezas de razas mestizas. La señora de la casa y su hermana se habían sentado en el diván ante mi escandalosa admiración, y las dos niñas nos trajeron licores y café. Me daba cuenta del gran honor que me hacía mi huesped al introducirme en su harem, pero yo me decía para mi coleto que un francés nunca sería un buen turco, y que el orgullo de mostrar a sus amantes o a sus esposas debía dominar siempre por encima del miedo a exponerlas a las seducciones. Una vez más me equivoqué sobre este extremo. Aquellas encantadoras flores de diversos colores no eran sus mujeres, sino sus hijas. Mi huesped pertenecía a esa generación de militares que dedicó su existencia al servicio de Napoleón, y antes que reconocerse hijos de la Restauración, muchos de estos valientes se marcharon a ofrecer sus servicios a los soberanos de Oriente. La India y Egipto acogieron a buena parte de ellos, y aún se podían encontrar en ambos países hermosos vestigios de la gloria francesa. Unos cuantos adoptaron la religión y costumbres de los pueblos que les acogieron. ¿Censurarles?. La mayoría, nacidos durante la Revolución, no habían conocido otro culto que el de los Theofilántropos o el de las logias masónicas. El mahometismo, visto desde el país donde impera, posee grandezas que impresionan al espíritu más escéptico. Mi huesped se había dejado, aún joven, arrastrar por las seducciones de una nueva patria. Había obtenido el grado de Bey por su talento y por sus servicios; y su serrallo había sido reclutado, en parte, entre las bellezas del Sennaar de Abisinia, de la misma Arabia, pues él había contribuído a librar los Santos Lugares del yugo de los musulmanes sectarios 108. Más tarde, ya entrado en años, las ideas de Europa volvieron a su mente: se casó con una educada hija de cónsul, y, tal y como hizo el grán Solimán al casarse con Roxelanne 109, dio vacaciones a todo su serrallo, aunque las hijas se quedaron con él. Y esas eran las muchachas que yo estaba viendo allí; pues los chicos estaban estudiando en escuelas militares. En medio de tantas jovencitas casaderas, sentía que la hospitalidad que se me ofrecía en esta casa presentaba ciertas características peligrosas, y no me atreví a exponer demasiado mi situación real, antes de obtener una información más amplia. Me devolvieron a mi casa por la tarde, y he conservado de toda esta aventura un recuerdo divertido110…ya que en realidad no habría merecido la pena venir al Cairo para emparentarme con una familia francesa. Al día siguiente, Abdallah vino a pedirme permiso para acompañar a unos ingleses hasta Suez. Sería una semana, y no quise privarle de este lucrativo viaje. Supuse que no debía de estar muy satisfecho con mi conducta del día anterior. Un viajero que pasa de trujimán durante toda una jornada, que vaga a pie por las calles de El Cairo, y que después cena ni se sabe dónde, corre el riesgo de pasar por un tipo bastante falaz. De todos modos, Abdallah me presentó a Ibrahim para sustituirle, un barbarín amigo suyo. El barbarín (aquí es el nombre que se le da a los criados ordinarios) no sabe más que un poco de patois maltés.   107 – “Kennst du das Land, wo die Zitronem blühn…?”. Canción de Mignon en LES ANNÉES D’APPRENTISSAGE DE WILHELM MEISTER. 108 – Sin duda, los WAHABÍES, sometidos por Ibrahim en 1818. Ver n.72*. 109 – La Sultana Roxelanne, de origen italiano o ruso, fue la favorita del Sultán Solimán el Magnífico. 110 – En una carta a su padre, fechada el 18 de marzo de 1843, Nerval menciona a este personaje, como el ingeniero Linant de Bellefonds, contratista de numerosas obras para Méhémet-Ali (G.R.) * – Casamentera (EDL)

Esmeralda de Luis y Martínez 29 enero, 2012 29 enero, 2012 barbarín, Roxelanne, Sennaar de Abisinia, Solimán
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