Historia de un desencuentro: Capítulo 2
CAPITULO II.
1. EL GOBERNADOR SANTIAGO DE VERA Y LA FAMA DE LA CRISTIANDAD JAPONESA.
En febrero de 1583 moría el gobernador Ronquillo de Peñalosa –durante su funeral un incendio en la iglesia de San Agustín destruyó casi en su totalidad Manila– y su sobrino Diego Ronquillo gobernó hasta la llegada del nuevo gobernador, en mayo de 1584, Santiago de Vera, ex-alcalde de México. Toda la inquietud de años anteriores había de desembocar en contactos directos –diplomáticos ya– entre ambos archipiélagos.
Un par de meses después de la llegada del nuevo gobernador Vera, dos agustinos y dos franciscanos salieron de Manila para procurar ver otras tierras, apoyados en una carta de Felipe II del años anterior a los agustinos de Filipinas; a causa del mal tiempo en el mar, llegaron a las costas de Hirado, en Japón, y allí estuvieron más de dos meses esperando ocasión para viajar a Macao, en donde estaban aún en el verano de 1587[1]. Los dos principales protagonistas de esta aventura eran fray Francisco Manrique, prior y vicario general de los agustinos, y el franciscano descalzo fray Juan Pobre. En Hirado conocieron personalmente el gran desarrollo de la cristiandad japonesa, el futuro prometedor de la evangelización de aquellas tierras, así como el ambiente suspicaz anticastellano tanto en los medios comerciales portugueses de Macao y Japón como entre los predicadores de la Compañía de Jesús. Desde Macao enviaron a la corte española una serie de cartas pidiendo el paso a Japón desde las Filipinas y una mayor flexibilidad en las delimitaciones territoriales y de influencia entre portugueses e hispanos en Extremo Oriente.
Conocida ya personalmente por franciscanos y agustinos la cristiandad japonesa, la existencia de algunos daimyos cristianos y de numerosos bautizados –a la vez que en Europa se conocía también tras la embajada de los daimyos de Arima, Omura y Bungo–, los frailes de Filipinas, a los que desde ese año de 1587 se habían unido los dominicos con la llegada a Manila de fray Juan de Castro y catorce compañeros más de esa orden religiosa, no cejaron en sus peticiones a la corte hispana sobre el paso a Japón por la vía de Nueva España y Filipinas[2]. Se perfilaban ya algunas razones para defender dicho paso, como las necesidades de predicadores en un reino tan poblado como Japón o, desde fecha tan temprana, la impopularidad de los padres de la Compañía en algunas regiones de Japón; en concreto, en Hirado, tras el traslado del puerto comercial de recepción de portugueses a Nagasaqui, con participación de los jesuitas en el cambio y perjuicio de los intereses del daimyo de Hirado. La participación de los padres de la Compañía en asuntos temporales iba a convertirse en caballo de batalla del partido castellano-mendicante en su pugna con el jesuítico-portugués, en ocasiones reconocida como cierta esta acusación en los medios comerciales portugueses.
La breve estancia en Japón de aquellos frailes tuvo consecuencias inmediatas: el daimyo de Hirado envió una embajada a Manila en la que pedía frailes y navíos de comerciantes para los puertos de su tierra.
Hubo un aspecto de la cristiandad japonesa que resaltaron los mendicantes y que debió agradar en los medios hispanos de Filipinas. El plan de conquista de China, formulado poco atrás por el gobernador Francisco de Sande y por el obispo Domingo de Salazar, había sido desechado en la corte de Felipe II en principio; pero ahora se enriquecía al poder contar con el posible apoyo humano de la cristiandad japonesa. Los japoneses –cuya bravura ya se había señalado– eran tradicionalmente enemigos de los chinos y para la conquista de China, si un día se planteara su necesidad, con gusto se unirían al ejército hispano[3]. En este asunto los mendicantes formulaban una opinión preexistente entre los jesuitas de Japón y que el padre Francisco Cabral había expresado en una carta a Felipe II en 1584; escribía Cabral que para la conquista de China bien podrían reunirse dos o tres mil japoneses cristianos, valentísimos hombres tanto en mar como en tierra, muy adiestrados por las continuas guerras civiles; con sueldo de un escudo y medio o dos cada mes, holgarían de servir al rey de España, y aún con menos sueldo con la esperanza de las presas[4]. Esta posibilidad, expresada por Cabral para reforzar los intereses portugueses, la utilizaron también los mendicantes hispanos. El mismo año, se hacía eco de ella Juan Bautista Román, quien calculaba que podrían contar con seis o siete mil infantes japoneses, cristianos y belicosísimos, muy temidos de los chinos [5].
El interés de los mendicantes –agustinos incluidos– y el de los gobernantes hispanos de Filipinas iban, poco a poco, confluyendo. Y en la corte española. Ese mismo año se hizo una relación de diez puntos de lo que se había de pedir al Consejo, dos de los cuales se referían a la cuestión del paso a Japón a través de las Filipinas. El primero pedía cédula para poder entrar en los reinos de Japón y otro cualquier reino; el segundo pedía la revocación del breve pontificio concedido a los jesuitas para que nadie, sino ellos, pudiera pasar a Japón[6]. Intereses comunes a franciscanos –o mendicantes en general– y españoles anunciaban la formación de un partido castellano-mendicante en Extremo Oriente, nada más ser conocida la cristiandad japonesa en Filipinas y en Europa.
2.LAS EMBAJADAS DEL DAIMYO DE HIRADO Y DE LA CIUDAD DE NAGASAKI.
Fray Francisco Manrique cuenta, en la carta que relata su viaje, que había estado en la corte del daimyo de Hirado, el cual, enemistado con los padres de la Compañía por la cuestión del cambio de puerto comercial de los portugueses a Nagasaki, se había holgado mucho de la estancia de los frailes franciscanos y agustinos en su corte y deseaba que predicasen en su tierra, hacerse cristiano y enviar una embajada a Manila para comunicar estos extremos; cuenta, incluso, que se hizo vasallo del rey de España, afirmación que precisaría una interpretación muy peculiar[7].
Las consecuencias de este viaje de fray Francisco Manrique y fray Juan Pobre no se dejaron esperar en Manila. A finales de 1585, en la época en la que solían llegar a Manila los navíos de Japón, llegó una embajada del daimyo de Hirado para el gobernador Santiago de Vera con un presente de una lanza, dos piezas de sedilla, tres abanillos y un morrión. La información del gobernador era escueta; decía solamente que el Japón era grande, poblado y rico, que tenía todo lo que había en España muy barato y que desde Cagayán había poca navegación[8].
El tono conciso de esta noticia primera cambió totalmente en las siguientes, cuando quedaron más claros los ofrecimientos del daimyo de Hirado. En 1586 se repitió el envío de una nave con mercancías, que se perdió en Cagayán; la tripulación fue bien acogida por los hispanos y al año siguiente volvieron de nuevo con cartas del daimyo y de don Gaspar, su hermano, así como con mercancías y armas para vender; mostraban ánimo, además, de continuar la contratación[9].
Inmediatamente después de la primera embajada del daimyo de Hirado a Manila habían llegado también a la ciudad otros once japoneses cristianos, vecinos de Nagasaki, con cartas y noticias –avisos– de los padres de la Compañía. Son los primeros japones que de paz han venido, comentó Santiago de Vera al referirse a esa expedición[10], como dudoso aún del sentido de la embajada de Hirado.
La primera embajada del daimyo de Hirado de 1585 pedía a Vera frailes españoles, agustinos y franciscanos, para la predicación en sus tierras, lo cual suponía una propuesta de paz y amistad que habría de reflejarse en el trato comercial. En la segunda expedición, malograda, traían los japoneses productos para comerciar en Luzón, y en la segunda embajada se percibió ya con claridad el alcance de estos contactos. El capitán del navío japonés, criado del daimyo de Hirado, dijo que el propósito de su venida era conocer a los españoles y abrir camino entre los dos archipiélagos, así como conseguir una alianza entre los hispanos y el daimyo de Hirado que se manifestase en ayuda mutua para cualquier empresa que una u otra parte quisiera llevar a cabo[11].
Era la misma oferta que habían traído los cristianos japoneses de Nagasaki, con el respaldo de los jesuitas: la alianza y colaboración militar de españoles y daimyos cristianos. Aunque en el marco de los logros de la embajada de Arima, Omura y Bungo a Roma de 1582, manteniendo el monopolio de predicación, los métodos evangelizadores de los jesuitas. La actitud de los frailes hispanos y la embajada del daimyo de Hirado complicaba las cosas, sobre todo la petición de que estos frailes fueran a predicar a sus tierras. Sienten esto mucho los padres teatinos, escribía el licenciado Ayala, fiscal de la audiencia de Filipinas, en 1588[12].
La embajada de los vecinos de Nagasaki con avisos de los jesuitas fue bien recibida por el gobernador Vera y en un principio pensó reenviarlos a su tierra con un navío español con regalos para don Bartolomé, de quien eran vasallos, acompañados por dos padres jesuitas que tratasen con aquel daimyo y los demás cristianos de amistad y confederación, así como para que abriesen una ruta comercial entre los dos archipiélagos. Sin embargo, renunció el gobernador a ello y los envió a Macao. Helo dejado de hacer –escribe Vera– porque los portugueses temen mucho no les estorbemos la contratación del Japón. Así por los propios intereses como porque ellos los tratan y comunican y no quieren que castellanos lo hagan. Decía también que el virrey de la India había puesto graves penas para que los castellanos no se relacionaran con Japón, Macao, Malaca y Maluco, así como que los jesuitas no querían que pasasen por Filipinas ni siquiera los de la Compañía, ni Felipe II había dado licencia para que pasasen a aquellas otros que los portugueses[13].
La actitud prudente del gobernador se hace más comprensible tras la participación de un capitán japonés, Juan Gayo, en la conjura de don Agustín de Legazpi –ya evocada, a principios de 1588–, precisamente el enviado por el daimyo de Hirado a Manila y cuya entrevista con el gobernador Vera comentara éste con entusiasmo en su correspondencia. Este detalle, no claro en la documentación, lo confirma Retana en una nota a la edición de los Sucesos de Filipinas de Antonio de Morga[14]. No pareció ser una maquinación del daimyo de Hirado, pero el gobernador de Filipinas cambió por recelo su anterior entusiasmo y no volvió a tratar de los planes de alianza con Japón, en donde Hideyoshi Toyotomi acababa de imponer en todo el territorio su autoridad.
Finalmente, en la contestación que Vera da a las cartas del daimyo de Hirado se aprecia su deseo de favorecer la predicación del Japón, pero no se decide a enviar frailes castellanos por Filipinas, limitándose a dar cuenta a la corte española de las peticiones que en ese sentido hacía el daimyo japonés; tampoco desdeñaba el aspecto comercial, al ayudar a los comerciantes siniestrados, acoger bien a los navíos japoneses y manifestar su satisfacción porque los japoneses continuaran con su empeño en comerciar con los hispanos[15].
La actitud del gobernador y de la Audiencia era de espera. En 1586 había salido para la corte española el jesuita Alonso Sánchez, buen conocedor de la situación en Extremo Oriente, y sin duda con noticias últimas del ascenso de Hideyoshi incluidas.
3.AMBIGÜEDAD DE LA SITUACIÓN TRAS EL GOBIERNO DE SANTIAGO DE VERA.
Pero si la actitud del gobernador Vera y de la Audiencia era de espera y confianza en la información del padre Alonso Sánchez, no así era la de los mendicantes con respecto al aislamiento que los castellanos sufrían en Asia. Fray Francisco Manrique y fray Martín Ignacio de Loyola expusieron la situación con dureza en una carta del verano de 1587. Decían: Ningún portugués ni capitán nos osa llevar, y nos han notificado una provisión del virrey de la India que dice que Vuestra Majestad tiene por bien que no entren allí, en la China ni en el Japón, si no fueran los padres de la Compañía; y persuaden los dichos padres que es en perjuicio de la Cristiandad entrar allá nadie; y presentaron un breve que ninguno vaya a Japón, ni aún obispo a hacer su oficio ni los demás a predicar, y con no tener el breve las partes necesarias para ejecutarse, le ejecutan; y tenemos nosotros otros breves de mayor autoridad y no los quieren ver ni entender, todo por no nos tragar por ser castellanos… Del Japón nos han pedido y piden cada día… y con todo ello estamos coartados… Si hemos de entrar a predicar a en la China y Japón, es menester Vuestra Majestad lo mande con todo poder, y penar a los capitanes, jueces, cámara y pueblo que nos lleven, favorezcan y ayuden, y que ninguno nos estorbe; y a los padres teatinos que no se entrometan más de en su predicación, como nosotros, porque de otra manera en balde estamos aquí para solos los portugueses, que mejor nos fuera estar allá entre los nuestros…[16]
Las medidas del virrey de la India, el breve de 28 de febrero de 1583, concedido por Gregorio XIII –y confirmado por Sixto V en los días en que estaba en Roma la embajada de la cristiandad japonesa– y la prudencia de Vera crearon una situación ambigua. Los contactos con Japón seguían teniendo un aspecto agresivo, pues continuaban los corsarios frecuentando las costas de Luzón y la conjuración de don Agustín de Legazpi, con ayuda de algunos japoneses, ponían bajo sospecha los contactos con Bungo en pleno afianzamiento de Hideyoshi.
A pesar de las suspicacias de portugueses y jesuitas, la expansión hispana en el Pacífico se mantenía. Desde Nueva España se había organizado una expedición al mando del capitán Francisco Galli, que a su muerte regentó Pedro de Unamuno, la cual estaba en México en 1587[17]; no había logrado cubrir sus objetivos la expedición, pero éstos eran significativos: buscar y fijar la demarcación del archipiélago japonés y de las islas Rica de oro y Rica de Plata; el mismo encargo que había de recibir a principios del XVII Sebastián Vizcaíno, como veremos. En Filipinas, el gobernador hubo de salir a principios de 1589, por órdenes recibidas recientes, hacia las Molucas, una vez más sin resultados apreciables.
El viaje a España de Alonso Sánchez para informar del estado de Filipinas, que salió de Manila en 1586, tuvo consecuencias importantes; se suprimió la Audiencia y se volvió a dar gran importancia a lo militar. Un nuevo gobernador y capitán general –llegó en mayo de 1590 a Manila–, Gómez Pérez Dasmariñas, sustituía a Santiago de Vera. De manera simultánea casi, la corte española parecía inclinarse hacia las tesis que iban conformando el partido castellano-mendicante; en un papel de diez puntos que habían de pedirse al Consejo de Indias hay unas notas marginales, entre ellas una de gran interés: que se escribiese al embajador en Roma para que pidiese la supresión del breve de Gregorio XIII[18].
[1] R.A.H. Colección Muñoz, 9-4807, folios 83-163. Copia del itinerario del padre custodio de los descalzos Martín Ignacio de Loyola, sin fecha. A.G.I. Filipinas, legajo 84, ramo 2, número 67. Carta de fray Juan de Plasencia, custodio de los descalzos, al Rey de 18 de junio de 1585. Ibid., legajo 18, ramo 2, número 30. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 20 de junio de 1585. Ibid., legajo 6, ramo 3, número 67. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 20 de junio de 1586. Ibid., legajo 79, ramo 2, número 18. Carta de fray Francisco Manrique, agustino, al Rey de 1 de marzo de 1588. Hace referencia fray Francisco Manrique en ella a una carta del 27 de octubre de 1583 de Felipe II a los agustinos en la que expresaba el deseo de que, además de Filipinas, viesen otras tierras, carta en la que se apoyaban los mendicantes para aquellos viajes de exploración por Extremo Oriente.
[2] A.G.I. Filipinas, legajo 84, ramo 2, número 67. Carta de fray Juan de Plasencia al Rey de 18 de junio de 1585. Ibid. legajo 79, ramo 2, número 17. Carta de fray Francisco Manrique y fray Martín Ignacio de Loyola al Rey de 6 de julio de 1587. Ibid., número 18. Carta de fray Francisco Manrique al Rey de 1 de marzo de 1588.
[3] A.G.I. Filipinas, legajo 29, ramo 3, número 71. Carta de Juan Bautista Román al Rey de 28 de septiembre de 1584. Ibid., legajo 18, ramo 3, número 64. Copia de carta del presidente de la Audiencia de Manila al virrey de México de 26 de junio de 1587.
[4] A.G.I. Patronato, legajo 25, ramo 21. Carta del padre Francisco Cabral al Rey de 28 de septiembre de 1584.
[5] A.G.I. Filipinas, legajo 29, ramo 3, número 71. Carta de Juan Bautista Román al Rey de 28 de septiembre de 1584.
[6] A.G.I. Filipinas, legajo 1064. Papel con relación de lo que se ha de pedir al Consejo, de 4 de julio de 1587.
[7] Esta carta –como la mayoría de los documentos citados en este trabajo, con el texto íntegro o en fragmentos– está publicada en mi Libro de maravillas del oriente lejano, Madrid, 1980, Editora Nacional, pp. 33-34 fragmento. También están publicados muchos de los documentos aquí citados en Hidalgos y Samurais. España y Japón en los siglos XVI y XVII, Madrid, 1991, Alianza ed., de Juan Gil.
[8] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 2, número 30. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 20 de junio de 1585.
[9] Ibid., ramo 3, número 64. Copia de carta del gobernador de Filipinas al virrey de México de 26 de junio de 1587. Ibid., número 65. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 26 de junio de 1587.
[10] Ibid., legajo 6, ramo 3, número 67. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 26 de junio de 1586.
[11] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 2, número 30. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 20 de junio de 1585.
[12] Ibid., legajo 79, ramo 2, número 17. Carta de fray Francisco Manrique y fray Martín Ignacio de Loyola al Rey de 6 de junio de 1587. Ibid., legajo 18, ramo 4, número 68. Carta del licenciado Ayala al Rey de 20 de junio de 1588.
[13] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 3, número 74. Copia de carta del gobernador de Filipinas al virrey de México de 26 de junio de 1587.
[14] Madrid, 1909.
[15] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 3, número 74. Copia de carta del gobernador de Filipinas al virrey de México de 26 de junio de 1587.
[16] A.G.I. Filipinas, legajo 79, ramo 2, número 17. Carta de fray Francisco Manrique y fray Martín Ignacio de Loyola al Rey de 6 de julio de 1587.
[17] A.G.I. México, legajo 21, ramo 3, número 49. Carta del virrey de México al Rey de 29 de noviembre de 1588. A.G.I. Patronato, legajo 25, ramo 32. Relación del viaje de Unamuno, sin fecha. Hay copia en R.A.H. Colección Muñoz, 9-4802, folios 56-67, con fecha de 10 de diciembre de 1587.
[18] A.G.I. Filipinas, legajo 1064. Papel con los puntos que se han de pedir al Consejo de Indias, de fecha 4 de julio de 1587; incluye decretados al margen de 29 de noviembre de 1591.