Historia de un desencuentro: Capítulo 1

España y Japón, 1580-1614: Historia de un desencuentro’s Docs Historia de un desencuentro: Capítulo 1

CAPÍTULO I.

 
1.PRIMEROS CONTACTOS HISPANO-JAPONESES HASTA 1580.

 

La vecindad geográfica de los archipiélagos japonés y filipino hizo que el contacto entre ambos fuera inevitable y natural, aún antes de que los españoles se instalasen en las Filipinas. Miguel López de Legazpi lo advirtió así y así lo escribió al rey Felipe II como una de las observaciones que hacía de las nuevas tierras descubiertas; citaba la presencia de naves de mercaderes chinos y japoneses —japones, como se dice en la época– que traían sedas, telillas, campanas, porcelanas, etc. y que en retorno se llevaban oro y cera[1]. Este comercio prehispánico es presumible que se prolongara en los años siguientes a pesar de la falta de testimonios sobre el asunto. El padre Colin señala en el mes de mayo de 1572 la llegada de los primeros navíos de comerciantes chinos a Manila, fundada como ciudad hispana el año anterior por el propio Legazpi. De 1574 es la primera alusión al comercio con los chinos en la corte española de Madrid; Felipe II, en carta al gobernador Guido de Lavezares, ordena proteger a los comerciantes chinos, que traen muchas sedas y otras cosas de que se podría cobrar almojarifazgo, así como que les haga muy buen tratamiento, procure su amistad y comercio de manera que se pueda tratar con ellos y predicar el santo evangelio[2].

 

Testimonios indirectos, demasiado concisos pero claros, permiten suponer que los japoneses mantuvieron con Filipinas un comercio directo, menor que el de los chinos pero suficiente para que en Japón se conociese a los nuevos dominadores del archipiélago vecino. En la memoria del tiempo de Legazpi, como toda memoria de épocas fundacionales plena de oralidad y mitificadora de alguna manera, se resalta en su viaje a Mindoro el inicio de las relaciones chino-españolas en el Oriente[3] de forma harto simbólica; apresa un junco chino que transportaba esclavos filipinos, paga el rescate a los chinos y deja volver a sus tierras a los liberados. Un comercio de esclavos activo en la región se deja traslucir –el gesto lo repetiría el nieto de Legazpi Juan de Salcedo– en el que no dejarían de participar también los japoneses.

 

En agosto de 1572 murió Legazpi y Guido de Lavezares –ya anciano también, veterano de la expedición de Villalobos de treinta años atrás– dejó la gobernación de Cebú y se hizo cargo del gobierno de Manila. Durante su mandato el pirata Limahon –o Limahong– amenazó a Manila con más de veinte embarcaciones y tres mil hombres, entre chinos y japoneses, según cálculos de testigos presenciales de los hechos años después[4]. Un oficial japonés de nombre Siocon protagonizó algunas escaramuzas y llegaron a reunirse flotillas de hasta sesenta naves, acciones espectaculares como la quema final del palacio del pirata o los envíos de prisioneros a China con la embajada en la que participaron los agustinos Martín de Rada y Jerónimo Martín. En el verano de 1575, poco después de solucionado el peligroso incidente, llegó a Manila el nuevo gobernador, el oidor de la Audiencia de México Francisco de Sande. Con los comerciantes, comenzaban a llegar también piratas a las costas de Luzón. Hasta después de 1580, en el caso de los japoneses en concreto, estas acciones no preocuparon en Manila, sin embargo. Sólo a partir de ese año comenzaron a aparecer constantemente en las cartas enviadas desde Filipinas a la Corte las acciones de piratería[5].

 

El mayor obstáculo que los españoles encontraron para su asentamiento en el Pacífico fue la oposición portuguesa. Los portugueses habían incluido China y Japón en su demarcación y las islas Filipinas eran un lugar problemático por su situación más oriental que China y más occidental que Japón. El embajador español en Lisboa, Juan de Borja, trataba en 1570 de una expedición a Japón desde Nueva España, expedición que debió fracasar pues no hubo más alusiones a ella[6]; esta frustrada expedición anterior a 1570 no era un hecho aislado, sino una más entre las navegaciones que por aquellos años se hacían por portugueses y por hispanos, en plena disputa de demarcaciones en el Pacífico y con considerable ventaja de tiempo por parte de los portugueses. En 1574 Felipe II, en carta a Guido de Lavezares, trataba de la necesidad de que se tuvieran buenas relaciones con los portugueses en aquellas áreas geográficas tan lejanas[7].

 

Antes de 1580 Japón aparece en los escritos geográficos españoles, aunque con problemas de distancias importantes, y recurriendo a lo ya descubierto y conocido por los portugueses; así, aparece en una Demarcación y división de las Indias, anónima y sin fecha, de cinco o diez años antes de 1580, de la que se conserva copia manuscrita en la Biblioteca Nacional de Madrid. Fue publicada, pues en 1580 Juan Bautista Gessio hace una dura crítica y rectifica datos del libro Sumario de las Indias tocante a la ciencia geográfica, cuyo contenido es el de la demarcación citada. Este libro al que alude Gessio, dado por mandado del Consejo, pudo ser el fruto de las navegaciones y exploraciones de estos años de asentamiento español en el Pacífico[8]. Años más tarde, Hernando de los Ríos Coronel dibujó un mapa de Luzón en el que están señalados la costa de China, Macao, la isla Hermosa y el camino para Japón[9]; pero ya es muy posterior –casi dos decenios–, cuando están más claras las rutas marítimas del sudeste de Asia.

2 LA CRISTIANDAD DE JAPÓN Y LA EMBAJADA A ROMA DE 1582.

 

La predicación de Francisco Javier hasta su muerte en 1553 y la de sus compañeros de la Compañía de Jesús fue bien recibida en Japón e incluso amparada por algunos nobles; veinte años después de la llegada de Javier, los misioneros cristianos podían residir y predicar en la capital, Kioto. Favorecía la evangelización, aparte la valía personal de los predicadores, la desunión interna de los diferentes daimyos japoneses y el deseo de mantener un contacto comercial fuerte con aquellos extranjeros que se les presentaban como expertos navegantes y que les habían enseñado el uso del fusil. La labor evangelizadora de los jesuitas era paralela al comercio portugués desde Macao, y pronto Nagasaki se convirtió en un floreciente puerto comercial japonés.

 

Los progresos de la cristianización de Japón fueron espectaculares. Justo en el momento de la unión de las coronas portuguesa e hispana, los jesuitas prepararon una gran embajada a Europa que hiciera más conocida y hasta popular dicha gran labor misionera. Fue la embajada de los daimyos de Arima, Omura y Bungo que en 1582 salió de Japón, vía Océano Indico, y en marzo de 1585 estaba en Roma. El impacto fue grande. La corte pontificia se volcó en su recibimiento y se hablaba de Japón como del reino que iba a sustituir en la Cristiandad a las naciones europeas desde hacía poco tiempo separadas de Roma. El papa Sixto V recomendó personalmente los embajadores al rey de España, que desde 1580 lo era también de Portugal. Los padres jesuitas negociaron por entonces la creación de un obispado en Japón y se mostró el éxito misionero japonés como una empresa brillantemente llevada a cabo por la corona de Portugal.

 

Esta embajada, de la que hay abundante documentación y sobre la que se publicaron numerosos escritos en la época, estaba organizada en un momento histórico oportuno[10]. Un verdadero manifiesto para tiempo de confusión en cuanto a las demarcaciones de influencia en Oriente con la presencia relativamente reciente –poco más de un decenio– de los hispanos en Filipinas. El que podríamos llamar partido jesuítico-portugués había dado el primer paso importante para fijar su postura y defender sus intereses con esta embajada. Parecían contar con el apoyo pontificio representado en el breve de Gregorio XIII del 28 de febrero de 1583, dado cuando la expedición diplomática iba ya camino de Europa. Defendía la cristianización de Japón de las injerencias de otros predicadores y fue ratificado por Sixto V en los días en que la embajada estaba en Roma.

 

Pronto este intento va a ser desbordado por los acontecimientos, sin embargo, y por la formación de un partido castellano-mendicante con intereses económicos, políticos y religioso/misioneros opuestos a los del partido jesuítico-portugués.

 
3.         LOS AÑOS DE GOBIERNO DE GONZALO RONQUILLO DE PEÑALOSA (1580-1583).

 

Cuando en 1582 la embajada que los padres de la Compañía de Jesús organizaron a Roma salió de Japón, en las islas Filipinas comenzaban a aparecer los primeros síntomas de lo que había de llegar a ser un deseo ferviente de los mendicantes –agustinos incluidos–, y que ya había sido previsto por los portugueses y los jesuitas: el paso de Filipinas a Japón.

 

Con Legazpi habían ido los agustinos a las islas Filipinas, encargados de la evangelización, y en 1577, durante el gobierno de Francisco de Sande, habían llegado los franciscanos, fray Diego de Alfaro con diecisiete compañeros más. Una expedición a Borneo capitaneada por el propio gobernador Sande para apoyar al sultán Sirela –durante la cual muere Martín de Rada– y un par de expediciones a Mindanao, mostraban la fuerza expansiva de la colonia hispana. El primer obispo de Manila, el dominico Francisco Domingo de Salazar, y los primeros jesuitas, el padre Alonso Sánchez y el padre Sedeño, llegaron en 1581, después de la llegada, el verano del año anterior, del nuevo gobernador Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, alguacil mayor de la Audiencia mexicana nombrado gobernador y capitán general tras comprometerse a llevar consigo a Manila a 600 españoles a su costa, militares y civiles.

 

Estos acontecimientos debieron influir en el deseo de jesuitas y portugueses de remarcar su influencia en la zona. Poco tiempo antes se había intentado también, aunque sin éxito, una misión diplomática desde Manila a China con fray Martín de Rada, clara expresión de ese ideal expansivo[11]. La corte hispana era sensible a este ambiente; en 1580 Felipe II, en carta a Ronquillo de Peñalosa, se interesaba por los papeles de fray Martín de Rada justo en el momento en que se preparaba una magna embajada de Madrid a China que habían de llevar los agustinos[12].

 

Así, en abril de 1582 salió de Manila el custodio de la orden de San Francisco con siete frailes, con destino a Macao. No tenían el beneplácito del gobernador Gonzalo Ronquillo y tanto éste como el obispo Salazar se quejaron de esta actitud de los franciscanos, llegados a aquellas tierras con gran gasto de la real hacienda y que las abandonaban para pasar a la predicación en China y Japón[13]. Esta primera postura oficial sobre la cuestión, parece respetuosa con las pretensiones del partido jesuítico-portugués, aunque la razón dada sea el abandono de su misión en Filipinas, al lado de una clara actitud de los franciscanos de considerar a las Filipinas como un punto de partida para pasar a otros lugares de Asia. Esta postura será importante en la formación del partido castellano-mendicante. La actitud de los franciscanos, al cambiar las circunstancias durante el gobierno de Santiago de Vera, será recogida en lo político y en lo comercial por los hispanos y motivará el enfrentamiento entre los dos partidos.

 

Finalmente, la situación estratégica de las Filipinas comenzó a apreciarse en todo su valor. El testimonio de más interés fue el del obispo Salazar, que llegó a proponer la gobernación de Filipinas como punto de partida de un vasto plan de conquista y evangelización de China[14], haciéndose eco de otras propuestas similares más antiguas y ya desautorizadas por Felipe II en 1577. Así había escrito al gobernador Francisco de Sande: En cuanto a conquistar la China, que os parece se debía hacer desde luego, acá ha parecido que por ahora no conviene se trate de ello, sino que se procure con los chinos buena amistad y que no hagáis ni acompañéis con los corsarios enemigos de los dichos chinos, ni deis ocasión para que tengan justa causa de indignación con los nuestros[15]. Aquellas propuestas, resucitadas durante el gobierno de Ronquillo de Peñalosa, suponían una clara injerencia de los castellanos en los asuntos de la corona de Portugal, aún después de la unificación de las dos coronas.

 

La reacción inmediata a este movimiento de los españoles de Filipinas apareció, de manera paralela a la embajada de la cristiandad japonesa a Roma, en las razones que el padre Alejandro Valignano –visitador de la Compañía de Jesús en la India Oriental y en Japón– daba para que no fuesen por el momento a Japón otros religiosos que los de la Compañía[16]. Era aún una postura poco extremista y llena de inteligentes juicios. Exponía su postura en seis puntos o razones:

1. Uniformidad en los hábitos y en lo exterior de los predicadores.

2. Uniformidad en la predicación, modo de administrar los sacramentos y de exposición de la doctrina.

3. Experiencia de los jesuitas y necesidad de evitar los yerros de la inexperiencia de los primeros años de predicación.

4. Para crear una jerarquía nativa era suficiente la labor evangelizadora de los jesuitas.

5. Problemas de supervivencia para los predicadores, sin limosnas del pueblo, aún no preparado para la comprensión de la pobreza evangélica.

6. Miedo de los japoneses a que los predicadores fuesen agentes políticos del rey que los mantenía.

 

Al final hacía una breve alusión a la unión de las dos coronas en la persona de Felipe II, en el trasfondo político de toda la cuestión.

 

Estas precauciones teóricas habían de ser desbordadas poco tiempo después por los primeros éxitos reales del partido castellano al trabar relaciones directas con Japón.

 
4.LOS CORSARIOS JAPONESES Y LAS FILIPINAS.

 

Las incursiones de los corsarios japoneses –tal vez piratas, mejor– comenzaron a ser una preocupación para los hispanos de Manila tras 1580, durante el gobierno de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa. En la expedición de Juan Pablo de Carrión para poblar y fortificar la desembocadura del río Cagayán, en el norte de Luzón, hubo de hacer frente a otra expedición japonesa que pretendía instalarse en aquellas tierras, posiblemente, como anteriormente Limahong, el aventurero japonés Tay Fusa.; Juan Pablo de Carrión consiguió imponerse, y fundó y fortificó la ciudad de Nueva Segovia. Al mismo tiempo, fue necesario enviar una armada al mando de Juan Ronquillo para frenar la acción de los japoneses que, desde 1580, intranquilizaban la costa[17].

 

Lo que más asombró e inquietó a los hispanos fue la fiereza y belicosidad de los japoneses, así como el buen armamento que traían: artillería, arcabucería, piquería y armas defensivas para el cuerpo; se reseñó que no eran indios, sino gente de coraje y valor, mucho más buena que mucha de la Berbería, y se comenzó a insistir en la necesidad de refuerzos de hombres y armas para las islas Filipinas[18].

 

La acción de los corsarios –o piratas– japoneses se repitió en los años sucesivos sobre las costas de Luzón y las naves de los comerciantes, hasta el punto de que el gobernador Santiago de Vera temió que peligrase el comercio con los chinos, que andaban temerosos y no se atrevían a volver a su tierra[19]. Las expediciones corsarias japonesas podían ser conocidas en Manila –preparativos de naves o de gente– por avisos de portugueses, jesuitas y otros predicadores, cuando los mendicantes pasaran a Japón, así como de comerciantes japoneses; el recelo hacia los japoneses era grande en Manila, por lo tanto[20].

 

Un nuevo incidente de 1588 vino a aumentar el clima de desconfianza. Don Agustín de Legazpi y otros indios más principales de esta comarca, hijos y nietos de los que antes de la venida de los españoles señoreaban la tierra[21], tramaron una sublevación contra los españoles; a Manila había llegado de Japón el año pasado de 1587 el capitán Juan Gayo con un navío y cantidad de japones –sic– con mercaderías, y don Agustín de Legazpi había tomado con él particular amistad, convidándole muchas veces a comer y a beber en su casa. Así concretó con él, por lengua de Dionisio Fernández, japón intérprete ladino, de que dicho capitán viniese de Japón a esta ciudad con gente de guerra y entrase en ella debajo de paz y trato y contrato, trayendo banderas a uso de españoles para que entendiesen que venía de paz; y todos juntos, naturales y japones, darían sobre los españoles y los matarían con mucha facilidad, y quedarían dueños de la tierra como antes eran. La conjuración fue descubierta y desarticulada al año y medio de comenzar a organizarse; los principales cabecillas fueron ejecutados y otros desterrados. Este fue la más audaz de las acciones en las que intervinieron marinos japoneses, en este caso bajo disfraz de contratación, y durante meses habían de sufrir sus consecuencias los comerciantes nipones[22].

 

La actividad de los corsarios –o piratas– japoneses se había convertido en algo normal. Además de los avisos de preparativos navales, los hispanos observaron cómo al año siguiente de un buen botín se podía esperar mayor número de naves corsarias; en diversas ocasiones, sobre todo en informaciones de los años de gobierno de Gómez Pérez Dasmariñas, se hizo notar que las islas españolas tenían fama de ricas en oro en Japón.

 

En cuanto al número de naves que cada año iban al corso, puede hacerse un cálculo sólo aproximado. El aventurero Tay Fusa parece que llegó a reunir hasta 27 naves; Juan Pablo de Carrión debió enfrentarse a siete naves y unos mil hombres, según alguno de sus acompañantes[23]. Este número tan elevado de barcos y hombres no se volvió a repetir. En 1598, año en el que hay un recrudecimiento del corso tras la vuelta de los soldados de Corea y la muerte de Hideyoshi Toyotomi, llegaron a Luzón –junto con ocho o nueve naves de comerciantes que en aquellas circunstancias parecieron sospechosas– cuatro de corsarios que actuaron por la zona de Ilocos y tres que llegaron a vista de Manila. Este número de siete naves de corsarios pareció excesivo en comparación con los que normalmente acudían, que no eran más de dos o tres[24].

 

Las correrías de los japoneses por las costas de Luzón, sobre todo por la zona norte, se prolongaron hasta 1600. Tokugawa Ieyasu, a petición del gobernador Francisco Tello, en un clima favorable a la ampliación de las relaciones comerciales, mandó ajusticiar a más de cincuenta corsarios en Nagasaqui; el castigo pareció de gran dureza a los mismos españoles, pues alcanzaba a las mujeres e hijos de los culpables, pero pareció solucionar el problema. En 1603 no llegó a Luzón ningún barco de piratas[25].

 



[1] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 1, números 5 y 14. Cartas de Miguel López de Legazpi al Rey de 23 de junio y 25 de julio de 1567 y 1570 respectivamente.

[2] A.M.H. Colección de reales decisiones sobre asuntos de comercio en la Asia e Islas Filipinas desde 16 de noviembre de 1568 hasta diciembre de 1769, formada en virtud de Real Orden de 9 de febrero de 1798, por don Juan Miguel Represa, tomo I, folios 43-44. Copia de carta de Felipe II a Guido de Lavezares. Madrid, 21 de abril de 1574.

[3] Así se expresa en una Historia de Filipinas relativamente reciente, de Antonio M. Molina, Madrid, 1984, Instituto de Cooperación Iberoamericana, en 2 vols.

[4] R.A.H. Manuscritos 9-2667, legajo 1, número 7. Enumeración de hechos acaecidos en Filipinas hasta 1653, por fray Alonso Bernal.

[5] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 2, número 56. Carta de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa al Rey de 16 de junio de 1582.

[6] A.S.V. Estado, legajo 387, folio 15. Puntos de cartas de don Juan de Borja, embajador en Lisboa, al Rey de 28 de junio y 13 de julio de 1570. Ibid. folio 16. Carta del mismo al Rey de 14 de julio de 1570. Ibid. legajo 388, folio 216. Minuta de carta a don Juan de Borja de 29 de agosto de 1570.

[7] Doc. citado en nota 83.

[8] B.N.M. Manuscritos, legajo 2825, folio 71 vto. Copia de la Demarcación y división de las Indias, anterior a 1580, sin reseña de autor. R.A.H. Colección Muñoz, legajo 9-4803, folios 8 a 31. Copia del parecer dado por Juan Bautista Gessio sobre cierto libro de cosmografía dado por mandado del Consejo, copiado de un documento de Simancas de 11 de junio de 1580. Se refiere este documento al anterior, pues coinciden las dimensiones criticadas por Gessio con las dadas por el ms. de la Biblioteca Nacional de Madrid.

[9] A.G.I. Mapas, Filipinas, número 6. Mapa de la isla de Luzón, Hermosa y parte de la costa de China, por Hernando de los Ríos Coronel. Manila, 27 de junio de 1597. Colores, con grados de longitud y latitud; escala, 90 leguas los 14 centímetros; tamaño, 41 por 42 centímetros.

[10] Hay diversas cartas en portugués sobre dicha embajada en A.S.V. Secretarías Provinciales, libros 1459, 1550 y 1551. El breve de Sixto V de 26 de mayo de 1585 recomendando a los embajadores a Felipe II está en el mismo A.S.V., Estado, legajo 946, folio2.

[11] La embajada de Martín de Rada a China –junio/octubre de 1575– , con instrucciones muy precisas, y las noticias y material que trajo el agustino están muy ligados a la Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del gran reino de China de González de Mendoza, Roma, 1585, primera historia de China aparecida en Europa.

[12] A.M.H. Colección… tomo I, folio 93. El Rey a Ronquillo de Peñalosa de 24 de abril de 1580. Ibid., folios 95 a 106, diversas decisiones reales sobre preparativos de embajada a China.

[13] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 2, número 56. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 16 de junio de 1582. Ibid. legajo 74, ramo 1, número 26. Relación del estado de las cosas eclesiásticas de Filipinas por el obispo de Manila, de 18 de junio de 1582.

[14] A.G.I. Filipinas, legajo 74, ramo 1, número 28. Carta del obispo de Filipinas al Rey de 18 de junio de 1583. Ibid. número 24, Ibid. de la misma fecha. A.G.I. Filipinas, legajo 84, ramo 1, número 33. Carta de fray Francisco Ortega al Rey de 18 de diciembre de 1580.

[15] A.M.H. Colección de reales decisiones…, tomo I, folios 70-73. El Rey a Francisco de Sande de 29 de abril de 1577, acusando recibo de carta del gobernador de 10 de abril de 1576, tras intento frustrado de un segundo viaje de Martín de Rada a China.

[16] B.N.M. Manuscritos, legajo 3015, folios 206-207. Copia de las razones que el padre Alejandro Valignano envió en 1583 para no ir a Japón otros religiosos que los de la Compañía.

[17] A.G.I. Filipinas, legajo 29, ramo 3, número 62. Carta de Juan Bautista Román al virrey de México de 25 de junio de 1582. Ibid., legajo 6, ramo 2, número 59. Carta del gobernador de Filipinas al virrey de México de 1 de junio de 1582. Ibid., número 60. Carta del gobernador de Filipinas al virrey de México de 20 de julio de 1583. A.G.I. Filipinas, legajo 74, ramo 1, número 24. Carta del obispo de Filipinas al Rey de 18 de junio de 1583. Sobre Tay Fusa, ver Molina, op. cit. I, p. 79.

[18] Ver documentación de nota anterior.

[19] A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 2, número 30. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 20 de junio de 1585.

[20] Ibidem, legajo 4, número 68. Carta del fiscal de la Audiencia de Filipinas al Rey de 20 de junio de 1588. Ibid., número 73. Carta del oidor de la Audiencia Antonio de Ribera Maldonado al Rey de 24 de junio de 1588.

[21] Los entrecomillados siguientes corresponden a fragmentos de los documentos: A.G.I. Filipinas, legajo 18, ramo 4, número 86. Carta del gobernador de Filipinas al virrey de México de 20 de mayo de 1589. Ibid., número 85. Carta del mismo al Rey de 13 de julio de 1589. Ibid. número 89. Carta de la Audiencia de Filipinas al Rey de 13 de julio de 1589. Ibid., número 93. Carta del licenciado Ayala al Rey de 15 de julio de 1589.

[22] Carta del licenciado Ayala al Rey de 15 de julio de 1589, cit. en nota anterior.

[23] A.G.I. Filipinas, legajo 6, ramo 2, número 59. Carta del gobernador de Filipinas al virrey de México de 1 de junio de 1582.

[24] Ibid., ramo 6, número 154. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 12 de julio de 1599. Ibid., legajo 18, ramo 7, número 154. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 12 de julio de 1599.

[25] El gesto de Tokugawa Ieyasu fue muy comentado en la documentación española. Un ejemplo, A.G.I. Filipinas, legajo 74, ramo 3, número 68. Relación sobre el estado de Japón en 1600. Ibid., legajo 19, ramo 3, número 79. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de 23 de marzo de 1602. Sobre el fin de las incursiones de los corsarios japoneses, A.G.I. Filipinas, legajo 7, ramo 2, número 47. Copia de trozos de una carta del gobernador de Filipinas al Rey de 15 de julio de 1604. Ibid., número 49. Carta del gobernador de Filipinas al Rey de la misma fecha.

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