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“VIAJE A ORIENTE” – Las noches de Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAÑANA Y DE SOLIMÁN, there EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – IX. Los tres compañeros… Desconfianza y temores del sumo sacerdote Sadoc ante la unión con la Reina de Saba. Solimán recibe en el templo a los tres obreros traidores y planea su venganza contra Adonirám. En la sesión siguiente, treat el narrador continuó de este modo…        Solimán y el Sumo Sacerdote de los hebreos charlaban desde hacía un buen rato bajo el atrio del templo.        “Es un deber, -dijo con despecho el pontífice Sadoc a su rey-, y vos sólo os escudáis en mi consentimiento para este nuevo retraso. ¿Cómo celebrar un matrimonio si la novia no está aquí?.        – Venerable Sadoc –repuso el príncipe suspirando-, estos retrasos decepcionantes me afectan a mí, más aún que a vos, y los llevo con paciencia.        – En buena hora; pero yo; yo no estoy enamorado –dijo el levita, pasándose la mano seca y pálida, surcada de venas azules, por su larga barba blanca y ahorquillada.        – Precisamente por eso vos deberíais estar más calmado.        – ¡Y cómo! –continuó Sadoc-, desde hace cuatro días, caballeros y levitas están dispuestos; los holocaustos, preparados; el fuego arde inútilmente sobre el altar, y en el momento más solemne, hay que aplazarlo todo. Sacerdotes y rey a merced de los caprichos de una mujer extranjera que nos pasea de pretexto en pretexto y juega con nuestra credulidad”.        Lo que humillaba al sumo sacerdote era el tener que vestirse a diario con los ornamentos pontificios, y estar obligado a despojarse de ellos inmediatamente después sin haber podido hacer brillar, ante los ojos de la corte de los sabeos, la pompa hierática de las ceremonias de Israel. Se paseaba, agitado, a lo largo del atrio interior del templo, con sus espléndidas vestiduras ante un consternado Solimán.        Para esa augusta ceremonia, Sadoc, se había vestido con su túnica de lino, un fajín bordado, su efod[1] abierto por delante y por detrás. El efod brillaba sobre su pecho; era cuadrado, de un palmo de largo y rodeado por una fila de sardónices, topacios y esmeraldas; una segunda fila de carbunclos, zafiros y jaspe; una tercera de ligures, amatistas y ágatas, y, una cuarta de criolitas, ónices y berilos. La túnica del efod, de un violeta claro, abierta por el medio, estaba bordada con pequeñas granadas de jacinto y púrpura, alternadas con diminutas campanillas de oro fino. La frente del pontífice estaba ceñida por una banda de color jacinto, adornada con una lámina de oro bruñido que ostentaba un huecograbado con las palabras  “Adonay es santo”[2].        Y eran necesarias dos horas y seis servidores de entre los levitas para revestir a Sadoc con su atuendo litúrgico, sujeto con cadenillas, nudos místicos y corchetes de orfebrería. Esa vestimenta era sagrada; y sólo a los levitas les estaba permitido tocarla, ya que fue el mismo Adonay quien ordenó su diseño a Musa Ben-Amrán (Moisés), su servidor.        Así pues, tras cuatro días, los atavíos pontificales de los sucesores de Melkisedek sobre los hombros del respetable Sadoc, recibían diariamente una afrenta. Y Sadoc, más irritado aún si cabe por tener que consagrar muy a su pesar el matrimonio de Solimán con la Reina de Saba; algo que le desagradaba profundamente.        Esa unión le parecía peligrosa para la religión de los hebreos y el poderío de su sacerdocio. La reina Balkis era instruida… Sadoc encontraba que los sacerdotes sabeos la habían permitido conocer un montón de cosas que un soberano, educado con prudencia, debía ignorar,; y sospechaba de la influencia de una reina, versada en el difícil arte de gobernar sobre los pájaros. Estos matrimonios mixtos que exponían la fe a permanentes ataques de una colectividad escéptica, jamás agradaban a los pontífices. Y Sadoc, que con infinito trabajo había conseguido aplacar en Solimán su pasión por la sabiduría, persuadiéndole de que no había nada más que aprender, temblaba ante la perspectiva de que el monarca se diera cuenta de cuántas cosas en realidad ignoraba.        Ese pensamiento se hacía cada vez más certero, al ver que Solimán andaba ya reflexionando sobre todo ello, y encontraba a sus ministros cada vez menos agudos y más déspotas que los de la reina. La confianza de Ben-Daoud se había quebrantado; desde hacía días guardaba secretos que no transmitía a Sadoc, y ni siquiera le consultaba. Lo fastidioso, en los países en los que la religión está subordinada a los sacerdotes y personificada en ellos, es que, el día en que el pontífice falla, y todo mortal es débil, la fe se derrumba con él, y hasta el mismo Dios se eclipsa con su orgulloso y funesto sostén.        Circunspecto, sombrío, pero poco penetrante, Sadoc, se había mantenido sin esfuerzo, aprovechando la suerte de tener pocas ideas. Ampliando la interpretación de la ley al agrado de las pasiones del príncipe, justificándolas con la complacencia de un dogma básico, aunque puntilloso en las formas; de suerte que Solimán se sometiese dócilmente a ese yugo… ¡Y pensar que por culpa de una jovencita del Yemen y un maldito pájaro se corría el riesgo de destruir el edificio de una educación tan prudente!        Acusarles de magia, ¿no sería acaso confesar el poderío de las ciencias ocultas, tan desdeñosamente negadas?. Sadoc se encontraba en un verdadero aprieto. Y además tenía otras preocupaciones; el poder ejercido por Adonirám sobre los obreros inquietaba también al Sumo Sacerdote, alarmado con razón ante cualquier dominación oculta y cabalística. Y a pesar de todo, Sadoc había impedido constantemente a su real alumno despedir al único artista capaz de erigir al dios Adonay el templo más impresionante del mundo, y atraer al altar de Jerusalén la admiración y las ofrendas de todos los pueblos de Oriente. Para buscar la perdición de Adonirám, Sadoc esperaba a que terminaran los trabajos, limitándose hasta entonces a alimentar la sombría desconfianza de Solimán. Pero desde hacía unos días la situación se había agravado. En medio del estallido de un triunfo inesperado, imposible, milagroso; Adonirám, recordaba, había desaparecido. Esa ausencia extrañaba a toda la corte, excepto, aparentemente, al rey, que no había hablado de ello en ningún momento a su sumo sacerdote, algo poco habitual.        De esta suerte, el venerable Sadoc, sabiéndose inútil, y resuelto a hacerse el necesario, se había visto reducido a combinar vagas declamaciones proféticas, reticencias de oráculos apropiados para impresionar la imaginación del príncipe. A Solimán le gustaban bastante los discursos, sobre todo porque le ofrecían la ocasión de resumir su significado en tres o cuatro proverbios. Ahora bien, en estas circunstancias, las sentencias del Eclesiastés, lejos de amoldarse  a las homilías de Sadoc, sólo hablaban acerca de la utilidad del punto de vista del Señor, de la desconfianza, y de la desgracia de los reyes entregados a la astucia, a la mentira y al interés. Y Sadoc, turbado, se replegaba en las profundidades de lo ininteligible.        “Aunque vos habláis de maravilla –dijo Solimán-, no he venido a buscaros al templo para disfrutar de esa elocuencia: ¡desdichado es el rey que se nutre de palabras! Tres desconocidos van a presentarse aquí, pidiendo una audiencia conmigo, y serán escuchados, ya que conozco su deseo. Para esa audiencia he elegido este lugar, ya que importa y mucho que este encuentro quede en secreto.        – Esos hombres, Señor, ¿quiénes son?        – Gentes instruidas en materias que los reyes ignoran: se puede aprender mucho de ellos.”        Al poco, tres artesanos, introducidos hasta el atrio interior del templo, se prosternaron a los pies de Solimán. Su actitud era tensa y su mirada inquieta.        “Que la verdad salga de vuestros labios, les dijo Solimán, y no esperéis imponeros al rey: pues él conoce vuestros pensamientos más secretos. Tú, Phanor, trabajador ordinario del gremio de los albañiles, tú eres enemigo de Adonirám, porque odias la supremacía de los mineros, y, para destruir la obra de tu maestro, mezclaste piedras combustibles con los ladrillos de sus hornos. Amrou, del gremio de los carpinteros, tú sumergiste las vigas dentro de las llamas para debilitar las bases del mar de bronce. En cuanto a ti, Méthousaël, minero de la tribu de Rubén, tú has estropeado la fundición añadiéndole lavas sulfurosas, recogidas a orillas del lago de Gomorra. Los tres aspiráis en vano al cargo y al salario de los maestros. Como habéis visto, mi clarividencia puede penetrar hasta el misterio de vuestras acciones más ocultas.        – Gran rey –respondió Phanor espantado-, es una calumnia de Adonirám, que se ha confabulado para perdernos.         – Adonirám ignora un complot que solo yo conozco. Habéis de saber que nada escapa a la sagacidad de los protegidos de Adonay.”        La extrañeza de Sadoc le hizo comprender a Solimán que su sumo sacerdote no contaba demasiado con el favor de Adonay.        “Así que será tiempo perdido –continuó el rey-, el que tratéis de disimular la verdad. Lo que vais a revelarme ya lo conozco de antemano, y ahora lo que voy a poner a prueba es vuestra fidelidad. Que Amrou sea el primero en tomar la palabra.        – Señor, -dijo Amrou, tan asustado como sus cómplices-, yo he ejercido la vigilancia más absoluta sobre los talleres, las canteras y las fábricas. Adonirám no apareció por allí ni una sola vez.        – A mí –continuó Phanor- se me ocurrió esconderme, al caer la noche, en la tumba del príncipe Absalón Ben-Daoud, en el camino que va del Moria al campamento de los sabeos. Hacia las tres de la madrugada, un hombre vestido con una gran túnica y tocado con un turbante como los que lleva la gente del Yemen, pasó ante mí; me aproximé y reconocí a Adonirám, que iba hacia las jaymas de la reina, y como él me había visto, no me atreví a seguirle.        – Señor –prosiguió Méthousaël-, a vos, que todo lo conocéis y la sabiduría habita en vuestro espíritu, hablaré con toda sinceridad. Si mis revelaciones son de tal naturaleza que puedan costar la vida a quienes penetren en tan terribles misterios, dignaos alejar a mis compañeros a fin de que mis palabras sólo recaigan sobre mí.”        Solimán extendió la mano y respondió: “¡Te salva tu buena fe, nada temas, Méthousaël de la tribu de Rubén!        – Disfrazado con un caftán, y cubierto el rostro con un tinte oscuro, me mezclé, aprovechando la noche, entre los eunucos negros que rodeaban a la princesa: Adonirám se deslizó a través de las sombras hasta sus pies; durante mucho tiempo estuvo conversando con ella y el viento de la noche trajo hasta mis oídos el temblor de sus palabras; yo me escabullí una hora antes del alba, y Adonirám aún estaba con la princesa…”        Solimán contuvo su cólera, cuya señal reconoció Méthousaël en las pupilas del rey.        – “¡Oh, rey! –exclamó-, me he visto obligado a obedeceros; pero permitidme no añadir nada más.        – ¡Continúa! Yo te lo ordeno.        – Señor, mantener vuestra gloria es algo importante para vuestros súbditos. Yo pereceré si es necesario; pero mi Señor nunca será juguete de esos pérfidos extranjeros. El sumo sacerdote de los sabeos, la nodriza y dos mujeres de la reina están en el secreto de esos amores. Si he entendido bien, Adonirám no es quien parece ser, está investido, al igual que la princesa, de un poder mágico, y gracias a ese don, ella puede dominar sobre los habitantes del aire, y el artista, sobre los espíritus del fuego. Sin embargo, esos seres tan favorecidos, temen vuestro poder sobre los genios, un poder que vos poseéis pero ignoráis. Sarahil habló de un anillo en forma de estrella, explicando a la asombrada reina sus propiedades maravillosas, y se han lamentado al hablar de este asunto de la imprudencia de Balkis. No he podido captar el fondo de la conversación, ya que llegados a ese punto bajaron la voz y tuve miedo de que me descubrieran si me acercaba demasiado. Pronto, Sarahil, el sumo sacerdote y los acompañantes se retiraron haciendo una genuflexión ante Adonirám que, como he dicho, se quedó solo con la reina de Saba. ¡Oh rey! ¡ojalá pueda yo encontrar gracia ante vuestros ojos, pues el engaño no ha aflorado en ningún momento a mis labios!        – ¿Con qué derecho piensas que puedes sondear las intenciones de tu Señor? Sea el que sea nuestro fallo, será justo… Que este hombre sea encerrado en el templo como sus compañeros; no se comunicará con ellos bajo ningún concepto, hasta el momento en que decidamos su suerte.”        ¿Quién podría describir el estupor del sumo sacerdote Sadoc, mientras los soldados mudos, rápidos y discretos ejecutores de la voluntad de Solimán, arrastraban a un aterrorizado Méthousaël? “Ya veis, respetable Sadoc –prosiguió el monarca con amargura-, vuestra prudencia no ha sido capaz de descubrir nada; sordo ante nuestras plegarias, indiferente a nuestros sacrificios, Adonay no se ha dignado iluminar a sus seguidores, y solo yo, con ayuda de mis propias fuerzas, he desvelado la trama de mis enemigos, a pesar de que ellos dominan sobre las potencias ocultas. ¡Ellos tienen dioses fieles… mientras que el mío me abandona!        – Porque vos le despreciáis buscando la unión con una mujer extranjera. Oh, rey, desechad de vuestra alma ese sentimiento impuro, y vuestros adversarios os serán entregados. Pero ¿cómo apoderarse de ese Adonirám que se vuelve invisible y de esa reina protegida por la hospitalidad?        – Vengarse de una mujer está por debajo de la dignidad de Solimán. En cuanto a su cómplice, en un instante le vais a ver aparecer. Esta misma mañana me ha pedido audiencia, y le espero aquí mismo.        – Adonay nos favorece. ¡Oh, rey! ¡hagamos que no salga de este recinto!        – Si viene hasta aquí sin temor, no os quepa la menor duda de que sus defensores no se encuentran lejos; pero nada de precipitaciones ciegas: esos tres hombres son sus mortales enemigos. La envidia, la avaricia han envilecido su corazón. Puede que hayan calumniado a la reina… Sadoc, yo la amo, y no voy a injuriar a la princesa creyéndola mancillada por una pasión degradante, a causa de los vergonzosos propósitos de esos tres miserables… Pero, por si acaso son ciertas las sordas intrigas de Adonirám, tan poderoso entre el pueblo, he hecho vigilar a este misterioso personaje.        – Entonces, ¿suponéis que no ha visto a la reina?…        – Estoy convencido de que la ha visto en secreto. La reina es curiosa, una entusiasta de las artes, ambiciosa de renombre, y tributaria de mi corona. ¿Desearía contratar al artista y emplearlo en su país para realizar alguna obra magnífica?, ¿o bien reclutarle para organizar un ejército que se opusiera al mío con objeto de librarse del tributo? Lo ignoro… Y sobre esos pretendidos amores… ¿acaso no tengo la palabra de la reina?. Sin embargo, admito que una sola de esas suposiciones bastaría para demostrar que ese hombre es peligroso… Ya veré…”        Mientras hablaba con tono firme en presencia de un Sadoc, consternado de ver su altar desdeñado y su influencia desvanecida; los guardianes mudos volvieron a aparecer con sus tocados blancos y redondos, chaquetas recamadas y anchos cinturones de los que pendían un puñal y un sable curvo. Estos intercambiaron una señal con Solimán, y en ese momento apareció en el atrio Adonirám. Seis hombres de los suyos le habían escoltado hasta allí; les dijo algo en voz baja y se retiraron. [1] El efod o ephod son unas vestiduras sacerdotales judías mencionadas en el Antiguo Testamento: en el capítulo 28 del Éxodo manda Dios a Moisés que hagan las vestiduras del Sumo Sacerdote y de los otros inferiores y dice que “El efod lo harán de oro, de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y lino fino reforzado, todo esto trabajado artísticamente. Llevará aplicadas dos hombreras, y así quedará unido por sus dos extremos. El cinturón para ajustarlo formará una sola pieza con él y estará confeccionado de la misma forma: será de oro, de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y de lino fino reforzado. Después tomarás dos piedras de lapislázuli y grabarás en ellas los nombres de los hijos de Israel -seis en una piedra y seis en la otra – por orden de nacimiento. Para grabar las dos piedras con los nombres de los hijos de Israel, te valdrás de artistas apropiados, que lo harán de la misma manera que se graban los sellos. Luego las harás engarzar en oro, y las colocarás sobre las hombreras del efod. Esas piedras serán un memorial en favor de los israelitas. Así Aarón llevará esos nombres sobre sus hombros hasta la presencia del Señor, para mantener vivo su recuerdo.” [2] Descripción conforme a Éxodo XXVIII, (GR)

Esmeralda de Luis y Martínez 16 mayo, 2012 16 mayo, 2012 Adoniram, Amrou, Balkis, Ben-Daoud, Eclesiastés, el efod, los guardianes mudos, Melkisedek, Méthousaël, Musa Ben-Amrán, Phanor, Sadoc, Sarahil, Solimán
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches de Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAñANA Y DE SOLIMÁN, ask EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – X. La entrevista… Solimán recibe en el templo a Adonirám, cialis sale que solicita al rey permiso para licenciarse de su trabajo y partir hacia Fenicia. Solimán sospecha de Adonirám y urde su perdición valiéndose de los traidores Phanor, Amrou y Méthousaël.        Adonirám avanzó lentamente, y con una mirada firme, hasta el trono donde reposaba el rey de Jerusalén. Tras un respetuoso saludo, el artista esperó, como era costumbre, a que Solimán le invitara a hablar.        “Por fin, maestro -le dijo el príncipe-, os habéis dignado, atender a nuestros deseos, y darnos la ocasión de felicitaros por un triunfo… inesperado, y testimoniaros nuestra gratitud. La obra es digna de mi persona, aún más de la vuestra. En cuanto a la recompensa, nunca sería suficientemente espléndida; así que designadla vos mismo: ¿qué deseáis de Solimán?        – Que aceptéis mi dimisión, señor: los trabajos tocan a su fin y se pueden acabar sin mí. Mi destino es recorrer el mundo, me reclama hacia otros cielos, y pongo en vuestras manos de nuevo la autoridad con la que me habíais investido. Mi recompensa es el monumento que dejo y el honor de haber servido de intérprete a los nobles deseos de un rey tan poderoso.        – Vuestra petición nos aflige. Contaba con manteneros entre nosotros con un eminente rango en mi corte.        – Mi carácter, señor, respondería mal a vuestras bondades. Independiente por naturaleza, solitario por vocación, indiferente a los honores para los que no he nacido, sometería con demasiada frecuencia vuestra indulgencia a prueba. Los reyes tienen un humor desigual; la envidia les rodea y les asedia; la fortuna es inconstante: yo ya lo he comprobado más de una vez. Lo que vos llamáis mi triunfo y mi gloria, ¿no ha estado a punto de costarme el honor, e incluso la vida?        – Yo no consideré fracasada vuestra obra hasta el momento en que vos mismo proclamasteis el fatal resultado, ni me jacté nunca de poseer un ascendente superior al vuestro sobre los espíritus del fuego…        – Nadie gobierna a esos espíritus, si es que aún existen. Además, esos misterios pertenecen más al campo del respetable Sadoc que al de un simple artesano. Lo que pasó durante aquella noche terrible, yo lo ignoro: el proceso de la operación confundió todas mis previsiones. Solo que, señor, en esa hora de angustia, esperé en vano vuestro consuelo, vuestro apoyo, y por eso mismo, el día del éxito, menos aún cabía en mis sueños esperar vuestros elogios.         – Maestro, eso es orgullo y resentimiento.        – No, señor, es humildad y sincera equidad. Desde la noche en que vertí la fundición del mar de bronce hasta el día en que la descubrí, mi mérito en nada ganó, ni perdió. Sólo el éxito marcó la única diferencia…, y, como habéis visto, el éxito está en las manos de dios. Adonay os ama; él ha escuchado vuestras plegarias, y soy yo, señor, quien debe felicitaros y clamaros: ¡gracias!        – ¿Quién me librará de la ironía de este hombre? –pensaba Solimán-. ¿Me dejáis, acaso, para llevar a cabo en otros lugares nuevas maravillas? –preguntó-.        – Hasta no hace mucho tiempo, señor, así lo habría jurado. Mundos increíbles se agitaban en mi ardiente cabeza; mis sueños vislumbraban bloques de granito, palacios subterráneos con bosques de columnas, y la duración de nuestros trabajos aquí se me hacía cada vez más pesada. Pero hoy, mi inspiración se ha aplacado, la fatiga me calma, la tranquilidad me sonríe, y me parece que mi carrera ha terminado…”        Solimán creyó adivinar ciertos destellos de ternura que bailaban en torno a las pupilas de Adonirám. Su mirada era seria, su fisonomía melancólica, su voz más penetrante que de costumbre; de suerte que Solimán, turbado, se dijo: Este hombre es muy bello…        “¿Adónde pensáis ir cuando os marchéis de mis estados? –preguntó Solimán con fingida indiferencia-.        – A Tiro, -replicó sin dudar el artista-; se lo he prometido a mi protector, el buen rey Hiram, que os aprecia como a un hermano, y que me dispensa sus bondades paternales. Bajo vuestra autorización, me gustaría llevarle un plano, con una vista elevada del palacio, el templo, el mar de bronce, así como de las dos grandes columnas, Jakin y Booz[1], que adornan la gran puerta del templo.        – Hágase pues conforme a vuestros deseos. Quinientos caballeros os servirán de escolta, y doce camellos transportarán los presentes y tesoros que se os han destinado.        – Es demasiado: Adonirám sólo se llevará su manto. No se trata, señor, de que esté rechazando vuestros dones. Vos sois generoso; el pago es considerable, y mi partida, así, de pronto, dejaría sin recursos a vuestro tesoro, de lo que yo no sacaría ningún provecho. Permitidme que sea totalmente franco: esos bienes que acepto gustoso, los dejaré en depósito en vuestras manos. Cuando los necesite, señor, os lo haré saber.        – En pocas palabras, -dijo Solimán-, el maestro Adonirám tiene la intención de convertirnos en su tributario.”        El artista sonrió y respondió graciosamente:        “Señor, me habéis adivinado el pensamiento.        – Y es posible que se reserve para un día en el que pueda tratar conmigo dictando sus condiciones.”        Adonirám intercambió con el rey una mirada aguda y desafiante.        “Sea lo que sea, -añadió-, yo no osaría solicitar nada que no fuera digno de la magnanimidad de Solimán.        – Creo, -dijo Solimán sopesando el efecto que podían causar sus palabras-, que la reina de Saba tiene algunos proyectos en mente, y se propone emplear vuestro talento…        – Señor, ella no me ha hablado de eso en ningún momento.”        Esa respuesta daba lugar a otras sospechas.        “No obstante, objetó Sadoc, vuestro arte no la ha dejado indiferente. ¿Vais a marcharos sin despediros de ella?        – Despedirme de ella…, – repitió Adonirám, mientras Solimán se percataba de un brillo extraño en sus ojos-; despedirme de ella…        – Esperábamos, -prosiguió el príncipe-, conservaros con nosotros para las próximas fiestas que daremos con motivo de nuestro enlace; ya que como sabéis…”         La frente de Adonirám se cubrió de un rojo intenso, y añadió sin amargura:        “Mi intención es llegar a Fenicia cuanto antes.        – Ya que así lo exigís, maestro, sois libre: acepto vuestra dimisión…        – A partir de la puesta del sol, -objetó el artista-. Aún debo pagar a los obreros, por lo que os ruego, señor, que ordenéis a vuestro intendente Azarías que haga llegar al mostrador colocado al pie de la columna Jakin el dinero necesario. Les pagaré como de costumbre, sin anunciarles mi marcha a fin de evitar el tumulto de las despedidas.        – Sadoc, transmitid esa orden a vuestro hijo Azarías. Una última cuestión: ¿qué pasa con los tres compañeros llamados Phanor, Amrou y Méthousaël?        – Tres pobres ambiciosos, honestos, pero sin talento. Aspiraban al título de maestros y me han presionado para que les diera la palabra-clave, a fin de tener derecho a un salario mayor. Al final, han entrado en razón, y hace bien poco que me ha sorprendido su buen corazón.        – Maestro, está escrito: “teme a la serpiente herida que se repliega.” Debíais conocer mejor a los hombres: esos son vuestros enemigos; son ellos los que con sus malas artes causaron los accidentes que estuvieron a punto de hacer fracasar la fundición del mar de bronce.        – ¿Y vos, señor, cómo lo sabéis?…        – Al creer que todo estaba perdido, pero confiando en vuestro buen hacer, busqué las causas ocultas de la catástrofe, y mientras vagaba entre los distintos grupos de gente, esos tres hombres, creyéndose solos, hablaron.        – Su crimen ha hecho perecer a mucha gente. Tal comportamiento es peligroso; es a vos a quien corresponde decidir su suerte. Ese accidente me costó la vida de un joven al que yo amaba, un hábil artista: Benoni, desde entonces no volvió a aparecer. En fin, señor, la justicia es el privilegio de los reyes.        – A todos les será aplicada. Vivid feliz, maestro Adonirám; Solimán no os olvidará.”        Adonirám, pensativo, parecía indeciso y confuso. De pronto, cediendo a un momento de emoción dijo:        “Pase lo que pase, señor, estad seguro de que siempre os respetaré, de mis piadosos recuerdos, de la nobleza de mi corazón. Y si la sospecha invadiera vuestro espíritu, pensad que, como la mayoría de los humanos, Adonirám no era dueño de sus actos, ¡tenía que cumplir su destino!        – Adiós, maestro… ¡cumplid con vuestro destino!”        Diciendo esto, el rey le tendió una mano sobre la que el artista se inclinó con humildad; aunque sin posar sobre ella sus labios, y Solimán se estremeció.        “¡Bien!, -murmuró Sadoc viendo que Adonirám se alejaba-, ¡Bien!, y ahora ¿qué ordenáis, mi señor?        – El silencio más profundo, padre mío; porque a partir de este momento sólo me fiaré de mí mismo. Entérate de una vez por todas, yo soy el rey. Obedece pues, si no deseas caer en desgracia y cállate, si no quieres perder la vida, eso es lo que has de hacer… Vamos, viejo, no tiembles: el soberano que te hace partícipe de sus secretos para instruirte es un amigo. Haz llamar a esos tres obreros encerrados en el templo; quiero hacerles aún algunas preguntas.”        Amrou y Phanor comparecieron junto con Méthousaël; a sus espaldas, se colocaron los siniestros guardianes mudos con el sable entre las manos.        “He sopesado vuestras palabras, -dijo Solimán en tono severo-, y he visto a Adonirám, mi siervo. ¿Se trata de la justicia o acaso de la envidia?, ¿qué os mueve a ir contra él?, ¿cómo simples obreros se atreven a juzgar de ese modo a su maestro? Si fueseis hombres notables y jefes entre vuestros hermanos, vuestro testimonio sería menos sospechoso. Pero no; vosotros sólo conocéis la avaricia,  ambicionáis el título de maestro; pero no podéis obtenerlo y el resentimiento ha endurecido vuestros corazones.        – Señor, -dijo Méthousaël prosternándose-, queréis ponernos a prueba. Pero, aunque me cueste la vida, yo sostendré que Adonirám es un traidor; y es cierto que yo he conspirado para perderle, pero lo he hecho con el único fin de salvar a Jerusalén de la tiranía de un hombre pérfido que pretendía esclavizar a mi país con sus hordas extranjeras. Mi imprudente franqueza es la mejor garante de mi fidelidad.        – No veo por qué he de dar crédito a hombres despreciables, a esclavos de mis servidores. Pero… la muerte ha dejado vacantes en el cuerpo de los maestros: Adonirám me ha pedido retirarse a descansar, y yo me voy a dedicar, como él, a buscar entre los jefes a gente digna de mi confianza. Esta tarde, después de la paga, solicitadle la iniciación de los maestros; él estará solo… haced que escuche vuestras razones. Solo de ese modo yo conoceré que sois trabajadores eminentes en vuestras artes y bien situados en la estima de vuestros hermanos. Adonirám es sabio: sus decisiones son ley. ¿No ha mostrado hasta ahora que nunca le ha abandonado Dios? ¿acaso ha dejado ver su reprobación ante alguno de esos consejos siniestros, o por alguno de esos terribles golpes?, ¿es que su brazo invisible ha sabido llegar hasta los culpables? ¡Pues bien! Que Jehová os juzgue: si Adonirám os distingue con su favor, eso será para mí la secreta señal de que el cielo se os declara propicio, y yo me cuidaré de Adonirám. En caso contrario, si él os niega el título de maestro, mañana compareceréis ante mí; yo escucharé la acusación y la defensa entre vosotros y él: los ancianos del pueblo darán su veredicto. Id, meditad sobre lo que os he dicho, y que Adonay os ilumine.”        Los tres hombres se pusieron rápidamente de acuerdo con un pensamiento único: “Hay que arrancarle la palabra-clave, dijo Phanor.        – ¡O que muera! –añadió el fenicio Amrou.        – Mejor, ¡que nos diga la palabra-clave de los maestros y después muera!” –gritó Méthousaël.        Sus manos se unieron en un triple juramento.        A punto de franquear el atrio, Solimán, se volvió, y observándoles de lejos, respiró con fuerza y dijo a Sadoc: “Ahora, ¡tiempo para el placer!… vayamos a buscar a la reina.” [1] Acerca de las dos columnas de bronce colocadas en el pórtico del templo, Jakin y Booz, ver Reyes-1, VII, 15-22. Son las mismas columnas que aparecen en los emblemas masónicos. En el capítulo XII, más adelante, también se habla de su importancia en el ritual del templo.

Esmeralda de Luis y Martínez 18 mayo, 2012 18 mayo, 2012 Adoniram, Amrou, Hiram, la guardia muda, las columnas Jakin y Booz, Méthousaël, Phanor, Sadoc, Solimán
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches del Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAÑANA Y DE SOLIMÁN, case EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – XI. La cena del rey… de cómo Solimán, ask ya ebrio, pretende forzar a Balkis que le acusa de traidor y de abusar de su poder. Y de cómo la reina le pone un narcótico en la copa de vino y consigue escapar, aunque sin recuperar el anillo que había regalado a Solimán para que gobernara sobre los genios…        En la siguiente sesión, el narrador prosiguió…        Empezaba a ponerse el sol; el sofocante aliento del desierto abrasaba los campos iluminados por los reflejos de un torbellino de nubes cobrizas; sólo la sombra de la colina del Moria proyectaba algo de frescor sobre el seco lecho del Cedrón; las hojas moribundas se agostaban, y las resecas flores de las adelfas pendían exangües y arrugadas; camaleones, salamandras y lagartos pululaban entre las rocas; los bosquecillos habían suspendido su rumor, y los arroyuelos, silenciado su murmullo.        Frío y preocupado durante esa ardiente y monótona jornada, Adonirám, tal y como le había anunciado a Solimán, fue a despedirse de su real amante, preparada para una separación que ella misma había solicitado. “Partir conmigo, -había dicho-, sería enfrentarse con Solimán, humillarle frente a su pueblo, y añadir un ultraje al sufrimiento que las potencias eternas me han obligado a causarle. Quedarse aquí, tras mi marcha, querido esposo, sería buscar vuestra muerte. El rey está celoso, y en cuanto yo huya, vos seréis la única víctima que quedará a merced de su resentimiento.        – ¡Pues bien! Compartamos el destino de los hijos de nuestra raza, y vaguemos por la tierra errantes y dispersos. Yo he prometido al rey que marcharía hacia Tiro. Seamos sinceros ahora que vuestra vida ya no depende de una mentira. Esta misma noche tomaré el camino de Fenicia, desde donde continuaré para reunirme con vos en el Yemen, atravesando las fronteras de Siria, cruzando la Arabia pedregosa, y siguiendo por los desfiladeros de los montes Cassanitas[1]. ¡Qué desgracia! mi querida reina, ¿tengo que dejaros ya, abandonaros en una tierra extranjera a merced de un déspota enamorado?        – No os inquietéis, mi señor, mi alma es totalmente vuestra, mis servidores son fieles, y esos peligros desaparecerán gracias a mi prudencia. Tormentosa y sombría va a ser la próxima noche que ha de ocultar mi huida. Odio a Solimán; él sólo codicia mis Estados; me ha rodeado de espías; ha intentado seducir a mis servidores, sobornar a mis oficiales, negociar con ellos la conquista de mis fortalezas. Si él hubiera adquirido derechos sobre mi persona, yo jamás habría vuelto a ver el Yemen. Me arrancó con engaños una promesa, es cierto; pero ¿qué es mi perjurio comparado con el precio de su deslealtad? y además ¿acaso no debía yo engañarle, a él, que en cuanto ha podido me ha querido mostrar, con amenazas mal fingidas, que su amor no tenía límites y que se había acabado su paciencia?        – ¡Hay que sublevar a las corporaciones!        – Las corporaciones solo esperan su paga; no se moverán. ¿Para qué lanzarse a azares tan peligrosos? Esas palabras que acabáis de pronunciar, lejos de alarmarme, me satisfacen; incluso las había previsto, y las esperaba con impaciencia. Pero id en paz, mi bien amado, ¡Balkis será vuestra para siempre!        – Entonces, adiós, reina: debo abandonar ya este aposento en el que he encontrado una felicidad como jamás había soñado. Tengo que dejar de contemplar lo que para mí es la vida. ¿Os volveré a ver? ¡Qué desgracia! ¡estos rápidos instantes habrán pasado como un sueño!        – No, Adonirám; muy pronto, estaremos juntos para siempre… Mis sueños, mis presentimientos, de acuerdo con el oráculo de los genios, me aseguran la continuidad de nuestra raza, y llevo conmigo una preciosa prenda de nuestro himen. Vuestras rodillas recibirán a ese hijo destinado a hacernos renacer y a liberar el Yemen y la Arabia entera del débil yugo de los herederos de Solimán. Un doble aliciente os llama; un doble afecto os ata a la que os ama, y vos volveréis.”        Adonirám, enternecido, apoyó los labios sobre la mano en la que la reina había dejado caer sus lágrimas y, armándose de todo su valor, posó sobre ella una última y prolongada mirada; después, volviéndose a la fuerza, dejó caer tras de si la cortina de la jayma y tomó el camino del Cedrón.        En Mello esperaba Solimán a la sonriente y desolada reina; roído por las angustias más terribles; dividido entre la cólera y el amor; la sospecha y los remordimientos anticipados. Mientras, Adonirám, esforzándose por enterrar los celos en las profundidades de su tristeza, llegaba al templo para pagar a los obreros antes de tomar el cayado del exilio. Cada uno de estos personajes pensaba vencer a su rival contando para ello con un secreto conocido por ambas partes. La reina ocultaba sus intenciones, y Solimán, a su vez, bien informado, disimulaba poniendo en duda su ingenioso amor propio.        Desde las terrazas de Mello, vigilaba el cortejo de la reina de Saba que serpenteaba a lo largo del sendero de Emathia. Por encima de Balkis, las murallas teñidas de púrpura del templo, en el que todavía reinaba Adonirám, hacían brillar sobre una sombría nube sus almenas dentadas. Un sudor frío bañaba las sienes y pálidas mejillas de Solimán; sus ojos, de par en par, devoraban el espacio. La reina hizo su entrada acompañada por sus oficiales de más alto rango y la gente de su servicio, que se mezclaron con los del rey.        Durante la velada, el príncipe parecía preocupado; Balkis se mostró fría y casi irónica; sabía que Solimán estaba enamorado. La cena fue silenciosa; las miradas del rey, furtivas o desviadas con afectación, parecían evitar la impresión que le causaban las de la reina que a su vez, apagadas o avivadas por una llama lánguida y contenida, reanimaban en Solimán ilusiones sobre la que deseaba ser dueño. Su aire concentrado denotaba algún deseo. Él era hijo de Noé, y la princesa observó cómo, fiel a la tradición del padre de las viñas, buscaba en el vino la firmeza que le faltaba. Cuando se retiraron los cortesanos, fueron los guardianes mudos los que sustituyeron a los oficiales del príncipe; y como la reina había sido atendida por sus servidores, ella cambió a los sabeos por nubios, que desconocían la lengua hebrea.        “Señora, -dijo con severidad Solimán Ben-Daoud-, creo que se hace necesaria una explicación entre nosotros.        – Querido Señor, os habéis anticipado a mis deseos.        – Yo había pensado que, fiel a la palabra dada, la princesa de Saba, más que una mujer, era una reina…        – Pues es al contrario, -interrumpió Balkis con viveza-; antes que reina, señor, soy una mujer. ¿Quién no está sujeto a errores? Yo os creí sabio; luego, os creí enamorado… Soy yo la que ha sufrido el más cruel de los desengaños.”        Balkis suspiró.        “Vos sabéis de sobra que os amo, -continuó Solimán-; de no haber sido así, vos no habríais abusado de vuestro ascendente, ni arrojado a vuestros pies un corazón que al fin se revuelve.        – Pensaba haceros los mismos reproches. No es a mí a quien amáis, señor, es a la reina. Y francamente, ¿estoy yo en edad de ambicionar un matrimonio de conveniencia?. Pues bien, sí, he querido sondear vuestra alma: más delicada que la reina, la mujer, descartando la razón de Estado, ha pretendido disfrutar de su poder: ser amada, tal era su sueño. Atrasando la hora de satisfacer una promesa arrancada por sorpresa; la mujer os puso a prueba; esperaba que vos únicamente desearais la victoria de su corazón, pero ella se equivocó; vos habéis querido consumarla con amenazas; vos habéis empleado con mis servidores tretas políticas, y vos sois ya más su soberano que yo misma. Esperaba un esposo, un amante; y estoy temiendo a un dueño y señor. Como veréis os he hablado con sinceridad.        – Si vos hubierais amado a Solimán, ¿no habríais excusado las faltas causadas por su impaciencia en perteneceros? Pero no, en vuestros pensamientos sólo le veíais como objeto de odio, no es por culpa suya que…        – Deteneos, señor, y no añadáis ofensa a suposiciones que me han herido. La desconfianza azuza a la desconfianza, los celos intimidan al corazón y, mucho me temo, que el honor que vos queríais hacerme habría costado muy caro a mi paz y a mi libertad.”        El rey se calló por miedo a perder todo, a comprometerse más adelante por culpa de un vil y pérfido espía.        La reina prosiguió con una gracia familiar y encantadora:        “Escuchad, Solimán, sed sincero, sed vos mismo, sed amable. Mi ilusión aún está ahí… mi espíritu se debate; lo noto, y sería aún más dulce si pudiera sentirme tranquila.        – ¡Ah! ¡cómo desterraríais toda preocupación, Balkis, si leyerais en este corazón en el que sólo vos reináis! Olvidemos mis sospechas y las vuestras, y consentid al fin en hacerme feliz. ¡Fatal poderío el de los reyes! ¡qué soy yo, a los pies de Balkis, hija de patriarcas, sino un pobre árabe del desierto!        – Vuestro deseo concuerda con los míos, y me habéis comprendido. Sí, -añadió ella, acercando al cabello del rey su rostro a un tiempo cándido y apasionado-; sí, es la austeridad del matrimonio hebreo la que me deja de hielo y me asusta: el amor, sólo el amor me habría arrastrado, si…        – ¿Si?… terminad, Balkis: la música de vuestra voz me penetra y abraza.        – No, no… ¿qué iba a decir, y qué repentino desfallecer?… Estos vinos tan dulces tienen algo de pérfidos, y me siento completamente trastornada.”        Solimán hizo una señal: los mudos y los nubios llenaron las copas, y el rey vació la suya de un solo trago, observando con satisfacción cómo Balkis hacía otro tanto.        – Hay que admitir, -siguió la princesa entusiasmada-, que el matrimonio, siguiendo el rito judío, no ha sido establecido para uso de reinas, y presenta algunos aspectos enojosos.        – ¿Es eso lo que no os permite tomar una decisión? –preguntó Solimán clavando sobre ella una mirada transida de una cierta languidez.        – No lo dudéis. Eso, sin mencionar el desagrado que supone el que os preparen jóvenes obligadas a revestirse de fealdad, ¿no es doloroso librar el cabello a las tijeras, y verse envuelta en pelucas para el resto de vuestros días? A decir verdad, -añadió, mostrando sus magníficas trenzas de ébano-, no tenemos ricos atavíos que perder.        – Nuestras mujeres, -objetó Solimán-, tienen la libertad de reemplazar sus cabellos por pelucas de plumas de gallo hermosamente rizadas[2].        La reina sonrió algo desdeñosa. “Entonces, -dijo Balkis-, aquí el hombre compra a la mujer como si fuera una esclava o una sirvienta; incluso ella debe venir humildemente a ofrecerse a la puerta de su marido. En fin, que la religión algo tiene que ver en ese contrato más parecido a una mercadería; y el hombre, cuando recibe a su compañera, extiende la mano sobre ella diciendo: Mekudescheth-li; en buen hebreo: “Tú me has sido consagrada”. Y más aún, vos tenéis todas las facilidades para repudiarla, traicionarla, incluso para hacerla lapidar bajo cualquier ligero pretexto… Tanto podría yo estar orgullosa de ser amada por Solimán, como de estar temerosa de desposarle.        – ¡Amada! -exclamó el príncipe levantándose del diván en el que reposaba-; ¡ser amada, vos!  jamás mujer alguna ha ejercido un poder más absoluto. Yo estaba irritado; vos me apaciguásteis a vuestro antojo; siniestras preocupaciones me trastornaban; y yo me he esforzado en hacerlas desaparecer. Me estáis confundiendo; lo noto, y aún así estoy conspirando con vos para abusar de Solimán…”        Balkis alzó la copa por encima de su cabeza dándose la vuelta con un voluptuoso movimiento. Los dos esclavos volvieron a llenar las cráteras y se retiraron.        El salón del banquete estaba desierto; la claridad de las lámparas, haciéndose cada vez más débil, arrojaba misteriosos resplandores sobre el pálido Solimán, los ojos ardientes, los labios temblorosos y descoloridos. Una extraña languidez se iba amparando poco a poco de él: Balkis le contemplaba con una equívoca sonrisa.        De pronto, él se acordó… y saltó sobre su lecho.        “Mujer, -exclamó-, se acabó el jugar con el amor de un rey…; la noche nos protege con sus velos, nos rodea el misterio, una llama abrasadora recorre todo mi ser; la rabia y la pasión me enervan. Esta hora me pertenece, y si vos sois sincera, no me privaréis más de una felicidad tan costosamente comprada. Reinad, sed libre; pero no rechacéis a un príncipe que se ofrece a vos, cuyo deseo le consume, y que, en este momento, os disputaría incluso a los poderes del infierno.”        Confusa y palpitante, Balkis respondió bajando los ojos:        “Dejadme tiempo para reflexionar; ese lenguaje es nuevo para mí…        – ¡No! –interrumpió el delirante Solimán, acabando de vaciar la copa que le proporcionaba tal audacia-; no, mi paciencia ha llegado al límite. Para mí es ya una cuestión de vida o muerte. Mujer, tu serás mía, lo juro. Si me engañas… yo seré vengado; si me amas, un amor eterno comprará mi perdón.”        Él extendió las manos para enlazar a la joven, pero sólo abrazó una sombra; la reina había retrocedido suavemente, y los brazos del hijo de Daoud cayeron pesadamente. Su cabeza se inclinó; guardó silencio, y de pronto, dando traspiés, se sentó… Sus ojos entornados se dilataron con esfuerzo; sentía expirar el deseo en su pecho, y los objetos se movían sobre su cabeza. Su rostro embotado y pálido; encuadrado por la barba negra, expresaba un terror vago; sus labios se entreabrieron sin articular sonido alguno, y la cabeza, abrumada por el peso del turbante, cayó sobre los cojines del lecho. Atenazado por fuertes lazos invisibles, trataba de sacudírselos de encima con el pensamiento, pero sus miembros no obedecían a su imaginario esfuerzo.        La reina se acercó, lenta y severa; él la contempló temeroso, de pie, la mejilla sobre sus dedos doblados, mientras que con la otra mano se apoyaba en el codo. Ella le observaba; él la oyó hablar y decir:        “El narcótico actúa…”        Las negras pupilas de Solimán se apagaron en las órbitas blancas de sus grandes ojos de esfinge, y se quedó inmóvil.        “¡Bien, -continuó ella-, obedezco y cedo, me ofrezco a vos!…”        Se arrodilló y tocó la mano helada de Solimán, que exhaló un profundo suspiro.        “Aún oye… -murmuró ella-. Escucha, rey de Israel, tú que impones el amor valiéndote de tu poderío, del servilismo y de la traición; escucha: me escapo de tu poder. Pero si la mujer ha abusado de ti, la reina no te habrá engañado. Estoy enamorada, pero no de ti; el destino no lo ha permitido. Descendiente de un linaje superior al tuyo, he debido, para obedecer a los genios que me protegen, escoger un esposo de mi sangre. Tu poderío expira ante el suyo; olvídame. Que Adonay te escoja compañía. Él es grande y generoso: ¿acaso no te ha otorgado la sabiduría, que por cierto bien se la has pagado en esta ocasión con tus servicios?. A él te abandono, y te retiro el inútil apoyo de los genios que tanto desdeñas y que no has sabido gobernar…”        Y Balkis, amparándose del dedo en el que veía brillar el talismán con el anillo que le había dado a Solimán, se dispuso a retirárselo; pero la mano del rey, que respiraba a duras penas, contrayéndose en un sublime esfuerzo, se cerró crispada, y todos los esfuerzos que hizo Balkis para volver a abrirle la mano, fueron inútiles.        Balkis iba a hablarle de nuevo, cuando la cabeza de Solimán Ben-Daoud cayó hacia atrás, los músculos del cuello se distendieron; se le entreabrió la boca, y sus ojos entornados se empañaron, pues su alma había volado al país de los sueños.        Todo dormía en el palacio de Mello, excepto los servidores de la reina de Saba, que habían narcotizado a sus anfitriones. A lo lejos gruñía la tormenta; el cielo negro, surcado de rayos; los vientos desencadenados dispersaban la lluvia sobre las montañas.        Un corcel de Arabia, negro como una tumba, esperaba a la princesa, que dio la señal de retirada, y pronto el cortejo, tomando el camino de los barrancos que rodeaban la colina de Sión, descendió hasta el valle de Josafat. Vadearon el Cedrón, cuyas aguas comenzaban ya a crecer con la lluvia torrencial para proteger la huida y, dejando a la derecha el Tabor, coronado de relámpagos, llegaron a una de las lindes del huerto de los olivos para desde allí tomar el montuoso sendero de Betania.        “Sigamos este camino, -dijo la reina a su guardia-; nuestros caballos son ágiles; a estas horas, nuestro campamento ya se habrá recogido y nuestra gente se habrá encaminado hacia el Jordán. Les encontraremos en la segunda hora del día más allá del lago Salado[3], desde donde nos adentraremos por los desfiladeros de los montes de Arabia.”        Y aflojando la brida de su montura, sonrió a la tempestad pensando que compartía las desgracias con su querido Adonirám, sin duda ya errante y camino de Tiro.        Justo en el instante en que se dirigían hacia el sendero de Betania, el resplandor de los relámpagos desenmascaró a un grupo de hombres que lo atravesaban en silencio y se detuvieron estupefactos ante el ruido del cortejo de espectros que cabalgaba en medio de las tinieblas.        Balkis y su séquito pasaron delante de ellos y uno de los guardias, adelantándose para ver quiénes eran, dijo en voz baja a la reina:        “Son tres hombres que llevan a un muerto envuelto en el sudario.” [1] Ptolomeo (Geografía VII) habla de la “región Cassanite”, al norte del Yemen. (GR). También en “Ensayo de geografía histórica antigua” (pg. 53), de José María Anchoriz (Madrid, 1853) [2] En Oriente, todavía hoy, las mujeres judías casadas están obligadas a sustituir por plumas su cabello, que debe permanecer cortado a la altura de las orejas y oculto bajo su tocado (MJ). [3] El Mar Muerto, llamado en la Biblia “mar de Sal”. (GR)

Esmeralda de Luis y Martínez 24 mayo, 2012 30 mayo, 2012 Adoniram, Balkis, Betania, Mello, monte Moria, montes Cassanitas, Noé, río Cedrón, río Jordán, Solimán
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches del Ramadán – Final del relato de Solimán y la Reina de la Mañana

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAÑANA Y DE SOLIMÁN, EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – XII. “Makbenách”… (sobre el asesinato ritual de Adonirám en el templo de Jerusalén. De cómo Adonay abandona y castiga a Solimán por verter la sangre de los descendientes de Caín- “MAKBENÁCH” (la carne se desprende de los huesos) nueva palabra-clave elegida por los maestros, tras encontrar el cadáver de Adonirám enterrado bajo una acacia en la que se había posado el ave Hud-Hud…)      Durante la pausa que siguió al relato anterior, los oyentes andaban agitados con ideas controvertidas. Unos rechazaban admitir la tradición seguida por el narrador; pretendían que la reina de Saba sólo tuvo realmente un hijo con Solimán y con nadie más. El abisinio, sobre todo, se creía ultrajado en sus convicciones religiosas por la suposición de que sus soberanos no fueran más que los descendientes de un obrero.“Has mentido, -gritaba al rapsoda-. El primero de nuestros reyes abisinios se llamaba Menilék, y era el auténtico hijo de Solimán y de Balkis-Makeda. Su descendiente reina aún sobre nosotros en Gondar[1].        – Hermano, -le dijo un persa-, déjanos escuchar la historia hasta el final, de otro modo te echarán fuera como la otra noche. Este relato, según nuestro punto de vista, es el ortodoxo, y si vuestro pequeño “Padre Juan[2]” de Abisinia[3] quiere descender de Solimán, estaremos de acuerdo en que así sea, pero lo sería gracias al matrimonio entre Solimán y alguna negra etíope, y no a través de la reina Balkis, que pertenecía a nuestra raza blanca.        El dueño del cafetín interrumpió la furiosa respuesta que ya estaba preparando el abisinio, y cuando a duras penas restableció la calma, el narrador continuó de este modo[4]…         Mientras Solimán acogía en su casa de campo a la princesa de los sabeos, un hombre que pasaba por los altos del Moria, miraba pensativo el crepúsculo que se extinguía entre los nubarrones y los relámpagos resplandecientes como constelaciones de estrellas, bajo las sombras de Mello. Enviaba un último pensamiento a su amor, y se despedía de las rocas de Solyme[5], en la ribera del Cedrón que jamás volvería a ver.          El tiempo iba pasando, y el sol, al palidecer, había dejado caer la noche sobre la tierra. Al ruido y llamada de los martillos, que repicaban golpeando sobre el mar de bronce, Adonirám, dejando aparte sus pensamientos, atravesó la multitud de obreros allí congregados, y penetró en el templo, del que entreabrió la puerta oriental, colocándose al pie de la columna Jakin, para desde allí presidir la paga. Antorchas encendidas bajo el peristilo chisporroteaban al recibir unas gotas de tibia lluvia, a cuya caricia, los jadeantes obreros ofrecían su pecho con gallardía.           La muchedumbre era numerosa; y Adonirám, además de a los contables, tenía a su disposición encargados asignados a los distintos gremios. La separación de los tres grados jerárquicos se realizaba gracias a una palabra asignada a cada uno de ellos que reemplazaba, en esta circunstancia, a los signos manuales, cuya identificación habría llevado demasiado tiempo. A continuación, el salario era pagado conforme a la palabra-clave.        La palabra asignada para el grado de los aprendices, había sido anteriormente JAKÍN[6], nombre de una de las columnas de bronce; la de los otros compañeros, BOOZ, nombre de la otra columna, y la de los maestros, JEHOVÁ.        Ordenados por categorías y puestos en fila, los obreros se presentaban ante la mesa de pagos, delante de los intendentes, presididos por Adonirám que les daba la mano, y al oído le murmuraban en voz baja una palabra. Para este último día se había cambiado la palabra clave. El aprendiz decía TUBALCAÍN; el compañero, SCHIBBOLETH; y el maestro, GIBLIM[7].        Poco a poco, la muchedumbre iba desapareciendo; el recinto se quedó desierto, y habiéndose retirado los últimos solicitantes, se dieron cuenta de que no todo el mundo se había presentado, ya que aún quedaba dinero en la caja.        “Mañana, -dijo Adonirám-, vos haréis la llamada, y así sabréis si es que hay algun obrero enfermo, o si la muerte hubiera visitado a alguno.”        Una vez que todos se hubieron alejado, Adonirám, vigilante y cuidadoso hasta el último día, tomó, según tenía por costumbre, una lámpara para ir a hacer la ronda por los talleres desiertos y por las diferentes estancias del templo, a fin de asegurarse que sus órdenes de extinguir los fuegos habían sido ejecutadas. Sus pasos resonaban tristemente sobre las losas: una vez más contempló sus obras, y se detuvo largamente delante de un grupo de querubines alados, el último trabajo del joven Benoni.        “¡Mi querido niño!” –murmuró con un suspiro.        Una vez cumplido ese peregrinaje, Adonirám se encontró de nuevo en la gran sala del templo. Las tinieblas espesas alrededor de la lámpara se retorcían en volutas rojizas que marcaban las altas nervaduras de las bóvedas, y los muros de la nave, de la que se salía por tres puertas que miraban respectivamente al septentrión, al poniente y al levante.        La primera puerta, la del norte, era la reservada al pueblo; la segunda, la destinada al rey y a sus guerreros; la puerta de oriente era la de los levitas; las columnas de bronce, Jakin y Booz, se distinguían en el exterior de la tercera puerta.        Antes de abandonar el templo por la puerta de occidente, la que le quedaba más cerca, Adonirám echó un vistazo al fondo de la tenebrosa sala, y su imaginación, exacerbada por las numerosas estatuas que acababa de contemplar, evocó en las sombras el espíritu de Tubalcaín. Su mirada trató de perforar las tinieblas; pero la quimera se hizo cada vez más grande y borrosa hasta que, llenando todo el templo, se desvaneció en la profundidad de los muros como la sombra que arrojara un hombre iluminado por el resplandor de una llama que se aleja. Un quejumbroso lamento pareció resonar bajo las bóvedas.[8]        Entonces, Adonirám se volvió, aprestándose a salir. Pero de pronto, una forma humana se desgajó de la columna, y en un tono feroz le dijo:        “Si pretendes salir habrás de librarme la palabra-clave de los maestros.”        Adonirám iba desarmado; respetado por todos, habituado a ordenar mediante signos, ni se le había ocurrido pensar en defender su sagrada persona.        “¡Desdichado! –respondió, al reconocer al compañero Méthousaël-, ¡Aléjate!. ¡Tú serás recibido entre los maestros sólo cuando la traición y el crimen sean honrados! Huye con tus compinches antes de que la justicia de Solimán alcance vuestras cabezas.”        Méthousaël le escuchó, y alzando el martillo con su vigoroso brazo, lo hizo retumbar con terrible fragor sobre el cráneo de Adonirám. El artista se tambaleó aturdido; por un movimiento instintivo, buscó escapar por la segunda puerta, la de septentrión; pero allí se encontraba el sirio Phanor, que le dijo:        “¡Si quieres salir, revélame la palabra-clave de los maestros!”        – ¡Tú ni siquiera has hecho siete años de trabajos! –replicó Adonirám con voz exangüe.        – ¡La palabra clave!        – ¡Jamás!        Phanor, el albañil, le hundió su cincel en el costado; pero no pudo herirle de nuevo, ya que el arquitecto del templo, avivado por el dolor, voló como una saeta hasta la puerta de Oriente para escapar de sus asesinos.        Pero era allí en donde Amrou, el fenicio, compañero del gremio de los carpinteros, le estaba esperando para a su vez conminarle:        “Si quieres pasar, dame la palabra clave de los maestros.        – Yo no la he obtenido de este modo, -articuló con dificultad un agotado Adonirám-; reclámasela al que te ha enviado.”        Al ver que Adonirám se esforzaba tratando de abrirse camino, Amrou le clavó la punta de su compás en el corazón.        Y fue en ese mismo momento cuando estalló la tormenta con un terrible trueno.        Adonirám yacía en el suelo, y su cuerpo cubría tres inmensas losas. A sus pies se habían reunido los asesinos, agarrándose de las manos.        “Este hombre era grande, -murmuró Phanor.        – Pero en una tumba no ocupará más espacio que tú, -dijo Amrou.        – ¡Que su sangre caiga sobre Solimán Ben-Daoud!        – ¡Gimamos por nosotros! –replicó Méthousaël-; pues conocemos el secreto del rey. Destruyamos la prueba del asesinato; la lluvia cae; la noche es oscura; Iblís nos protege. Llevemos estos restos lejos de la ciudad, y confiémosles a la tierra.”        Entonces envolvieron el cuerpo en un gran lienzo de piel blanca, y, levantándolo en sus brazos, descendieron sigilosamente por las orillas del Cedrón, dirigiéndose hacia un cerro solitario situado más allá del camino de Betania. Cuando llegaron allí, asustados y con el corazón encogido por el miedo, se encontraron de pronto en presencia de una escolta de caballeros. El crimen es temeroso, se detuvieron; la gente que huye se comporta con miedo… y fue entonces cuando la reina de Saba pasó en silencio delante de los espantados asesinos que transportaban los restos de Adonirám, su esposo.        Los asesinos se alejaron un poco más y cavaron un agujero en la tierra que acogió el cuerpo del artista. Tras lo cual, Méthousaël, arrancando una rama tierna de acacia, la clavó en el terreno recién removido bajo el que reposaba la víctima.        Mientras tanto, Balkis huía a través de los valles; la tempestad desgarraba los cielos, y Solimán dormía; más cruel aún su dolor, por tener que despertar.        El sol había completado su recorrido por el mundo, cuando el efecto letárgico del filtro que había bebido se disipó. Atormentado por terribles sueños, se debatía contra aquellas visiones, y  gracias a una violenta sacudida volvió al dominio de la vida.        Se levantó y se extrañó; sus ojos errabundos parecían estar buscando la razón de su dueño, hasta que por fin empezó a recordar…        La copa vacía ante él; las últimas palabras de la reina trazándose de nuevo en su pensamiento; no la ve y se inquieta; un rayo de sol que revolotea irónico sobre su frente le hace temblar; de pronto, adivina todo y lanza un grito de furor.        En vano intenta saber algo; nadie la ha visto salir, y su cortejo ha desaparecido del llano en el que acampaba, no se han encontrado ni restos de su campamento. “¡Mírame bien!, -exclamó Solimán, lanzando una irritada mirada  al Sumo Sacerdote Sadoc-, ¡ésta es la ayuda que tu dios presta a sus servidores! ¿era esto lo que me había prometido? ¡Me arroja como a un juguete a los espíritus del abismo[9], y tú, ministro imbécil, que reinas bajo su nombre por mi impotencia, tú me has abandonado sin prever ni impedir nada de nada! ¡Quién me dará legiones aladas para alcanzar a esa pérfida reina! Genios de la tierra y del fuego, rebeldes dominaciones, espíritus del aire, ¿me obedeceréis vosotros?.        – No [1] blasfeméis, -gritó Sadoc-: Sólo Jehová es grande, y es un dios celoso.”        En medio de ese caos, el profeta Ahías de Siló apareció sombrío, terrible e inflamado del fuego divino; Ahías, pobre y temido, alguien que sólo se debía al espíritu; únicamente se dirige a Solimán: “Dios marcó con una señal la frente de Caín, el asesino, y ha pronunciado: -¡Quien atente contra la vida de Caín, siete veces será castigado! Y sobre Lamec, de la estirpe de Caín, habiendo vertido su sangre, ha sido escrito: -La muerte de Lamec será vengada setenta veces siete[10]. Ahora, ¡escucha, oh, rey, lo que el Señor me ha ordenado que te diga!: – El que haya derramado la sangre de Caín y de Lamec será castigado setecientas veces siete.”        Solimán bajó la cabeza; recordó a Adonirám, y al comprender por esta profecía que sus órdenes habían sido cumplidas, el remordimiento le arrancó este grito: “¡Miserables! ¿qué es lo que han hecho? Yo no les había ordenado matarle”.        Abandonado por su Dios, a merced de los genios, despreciado, traicionado por la princesa de los Sabeos, Solimán, desesperado, posó sus párpados sobre la mano desarmada en la que aún brillaba el anillo que había recibido de Balkis. Ese talismán le dio un atisbo de esperanza. Quedándose sólo, giró el chatón hacia el sol, y vio cómo acudían a él todos los pájaros del aire, excepto Hud-Hud, la abubilla mágica. Él la llamó por tres veces, forzándola a obedecer y ordenándola que le condujera hasta la reina. La abubilla, en ese mismo instante retomó el vuelo, y Solimán, que tendía sus brazos hacia ella, sintió cómo se elevaba sobre la tierra y era llevado por los aires; entonces el miedo le atenazó, y desviando la mano, bajó a la tierra de nuevo. La abubilla, atravesó el valle y fue a posarse en un promontorio de tierra recién removida, sobre la rama de una temblorosa rama de acacia, de donde Solimán no consiguió que se bajara.        Arrebatado por el vértigo, el rey Solimán fantaseaba con reunir numerosos ejércitos para exterminar a sangre y fuego el reino de Saba. Con frecuencia se encerraba solo para maldecir su suerte y convocar a los espíritus. Un ‘afrit, genio de los abismos, fue obligado a servirle y acompañarle en su soledad. Para olvidar a la reina y dar un desahogo a su fatal pasión, Solimán hizo buscar por todas partes mujeres extranjeras que desposó según ritos impíos, y le iniciaron en el culto idólatra de las imágenes. Pronto, y para ablandar a los genios, pobló los altozanos con sus imágenes y construyó, no lejos del Thabor, un templo a Molóch[11].        De ese modo se cumplía la profecía que la sombra de Enoc (Henoc)[12] había hecho en el imperio del fuego, a su hijo Adonirám, en estos términos: “Tú estás destinado a vengarnos, y ese templo que estás erigiendo para Adonay causará la perdición de Solimán.”        Pero el rey de los hebreos aún hizo algo más, tal y como se menciona en el Talmud; ya que, habiéndose extendido el ruido de las murmuraciones sobre el asesinato de Adonirám, el pueblo sublevado exigía justicia, por lo que el rey ordenó que nueve maestros acreditasen la muerte del artista, encontrando su cuerpo.        Habían transcurrido diecisiete días: las pesquisas por los alrededores del templo habían resultado estériles, y los maestros recorrían en vano los campos. Uno de ellos, agotado por el calor, al querer trepar más fácilmente, agarrándose a la rama de una acacia de la que acababa de salir volando un pájaro brillante y desconocido, se sorprendió al percibir que el arbusto entero cedía bajo su mano y se desgajaba por completo de la tierra, que se notaba había sido removida hacía poco, ante lo que el maestro extrañado llamó a sus compañeros.        En seguida los nueve comenzaron a cavar con las uñas y constataron la forma de una fosa. Entonces uno de ellos dijo a sus hermanos:        “Es posible que los culpables fueran unos traidores que hubieran querido arrancar a Adonirám la palabra-clave de los maestros. ¿No sería prudente que la cambiáramos, no fuera que de nuevo volvieran por aquí?.        – ¿Qué palabra adoptaremos? –objetó otro.        – Si encontramos aquí a nuestro maestro, -continuó un tercero-, la primera palabra que sea pronunciada por uno de nosotros nos servirá como palabra-clave; esto llevará hasta la posteridad el recuerdo de este crimen y el juramento que haremos aquí de tomar venganza, nosotros y nuestros hijos, sobre esos asesinos, hasta su descendencia más lejana.”        El juramento fue hecho; sus manos unidas sobre la fosa, y volvieron a excavar con ardor.        Cuando reconocieron el cadáver, uno de los maestros le cogió por un dedo, pero la piel se le quedó en la mano; lo mismo le pasó al segundo; un tercero le agarró por la muñeca del modo que los maestros usan con sus compañeros, y también se separó la piel; ante lo que exclamó: MAKBENÁCH[13], que significa: LA CARNE SE DESPRENDE DE LOS HUESOS.        Sobre el terreno acordaron que esa sería la palabra-clave de maestro en lo sucesivo, y el grito de adhesión de los vengadores de Adonirám, y la justicia divina ha querido que durante un buen número de siglos esa palabra haya levantado a los pueblos contra el linaje de los reyes.        Phanor, Amrou y Méthousaël habían huido; pero, reconocidos como falsos hermanos, perecieron a manos de los obreros, en el Estado de Maaca, rey del país de Geth[14], en donde se ocultaban bajo los nombres de Sterkin, Oterfut y Hoben[15].        Con todo, las corporaciones, por una secreta inspiración, han continuado a lo largo de los siglos buscando llevar a cabo su frustrada venganza sobre Abiram o el asesino… Y la descendencia de Adonirám fue sagrada para ellos; ya que aun transcurrido mucho tiempo, seguían jurando por los hijos de la viuda; pues así llamaban a los descendientes de Adonirám y la reina de Saba.        Por orden expresa de Solimán Ben-Daoud, el ilustre Adonirám fue inhumado bajo el mismo altar del templo que había construido; y por eso Adonay terminó por abandonar el arca de los hebreos y redujo a esclavitud a los sucesores de Daoud[16].         Ávido de honores, de poder y de voluptuosidad, Solimán desposó a quinientas mujeres, y finalmente reuniendo a todos los genios, les obligó a obedecerle y luchar contra las naciones vecinas, gracias a la virtud del célebre anillo, antaño cincelado por Irad, padre del Cainita Maviaël; que lo legó a Henoch, y con él se sirvió para dominar sobre las piedras; Henoch lo cedió al patriarca Jared, que a su vez se lo dio a Nemrod, siendo éste quien se lo pasó a Saba, padre de los Himyaríes.        Con el anillo, Salomón (sic)[17] sometió a los genios, a los vientos y a todos los animales[18]. Harto de poder y de placeres, el sabio iba repitiendo: “Comed, amad, bebed; lo demás sólo es orgullo.”        Y, extraña contradicción: ¡no era feliz! Ese rey, degradado su cuerpo, aspiraba a convertirse en inmortal…        A base de artificios, y con ayuda de un profundo saber, esperaba que mediando ciertas condiciones, podría depurar su cuerpo de los elementos mortales, sin que se corrompiera. Para ello, era necesario que durante doscientos veinticinco años, su envoltura carnal permaneciera al abrigo de cualquier ataque, de todo principio corruptor, durmiendo el sueño profundo de los muertos. Tras lo cual, el alma exilada, volvería a su envoltura terrenal, rejuvenecida y con la virilidad floreciente, cuyo esplendor se sitúa en los treinta y tres años de edad.        Viejo y achacoso, en cuanto percibió la total decadencia de sus fuerzas, señal de un final cercano; Solimán ordenó a los genios que había convertido en sus siervos, construirle, en la montaña del Kaf, un palacio inaccesible, en cuyo centro hizo erigir un trono de oro macizo y marfil, colocado sobre cuatro pilares hechos con el vigoroso tronco de un roble.        Era allí donde Solimán, príncipe de los genios, había decidido pasar ese tiempo de prueba. Los últimos días de su vida fueron empleados en conjurar, mediante signos mágicos y por la virtud del anillo, a todos los animales, a todos los elementos, a todas las sustancias dotadas de la propiedad de descomponer la materia. Conjuró a los vapores de las nubes, a la humedad de la tierra, a los rayos del sol, al soplo de los vientos, a las mariposas, a las polillas y a las larvas. Conjuró a las aves de presa, al murciélago, al búho, a la rata, a la mosca impura, a las hormigas y a las familias de todos los insectos que reptan, trepan y roen. Conjuró al metal; conjuró a la piedra, a los álcalis y a los ácidos, e incluso a las emanaciones de las plantas.        Tomadas estas disposiciones, una vez que se hubo asegurado bien de haber sustraído su cuerpo a todos los agentes destructores, despiadados ministros de Iblís, se hizo transportar por última vez al corazón de la montaña del Kaf, y, convocando a los genios, les impuso trabajos inmensos, ordenándoles, bajo la amenaza de los castigos más terribles, respetar su sueño y velar en torno a él.        A continuación, se sentó en el trono, al que sujetó fuertemente sus miembros, que se fueron enfriando poco a poco; sus ojos se apagaron, su hálito se detuvo, y durmió el sueño de los muertos.        Y los genios esclavos continuaron sirviéndole, ejecutando sus órdenes y prosternándose delante de su señor, esperando su resurrección.        Los vientos respetaron su rostro; las larvas que engendran gusanos no pudieron acercársele; pájaros y roedores fueron obligados a alejarse; el agua desvió sus humedades, y, por la fuerza de los conjuros, el cuerpo permaneció intacto durante más de dos siglos.        La barba de Solimán había crecido y le caía hasta los pies; las uñas habían perforado el cuero de sus guantes y el tafilete dorado de su calzado.        ¿Pero cómo la sabiduría humana, de tan cortas luces, podría alcanzar el INFINITO (sic)?  Solimán había descuidado el conjuro de un insecto, el más ínfimo de todos… se había olvidado de la cresa[19].        La larva avanzó misteriosa… invisible… penetró en uno de los pilares que sostenían el trono, y lo fue royendo lentamente, muy lentamente, sin detenerse ni un momento. Ni el oído más fino habría podido escuchar cómo iba raspando poco a poco ese átomo, que sacudía tras él, año tras año, unos pocos granos de finísimo serrín.        Trabajó de ese modo durante doscientos veinticuatro años… y después, de golpe, uno de los pilares, carcomido, se dobló bajo el peso del trono, que se desmoronó con un terrible fragor[20].        Así que fue la cresa la que venció a Solimán y la primera en conocer su muerte; ya que el rey de reyes, precipitándose sobre las losas, no volvió a despertarse nunca más. Entonces, los genios humillados, reconociendo su desprecio, recuperaron su libertad.        Aquí termina la historia del gran Solimán Ben-Daoud, cuyo relato debe ser acogido con respeto por los verdaderos creyentes, ya que fue reconstruido y compendiado por la sagrada mano del profeta, en la treinta y cuatro fatihat(sic) del Corán, espejo de sabiduría y fuente de verdad[21]                   FIN DE LA HISTORIA DE SOLIMÁN Y DE LA REINA DE LA MAÑANA         El narrador había terminado su historia, que había durado unas dos semanas. No he querido comentar otras cosas que pude observar en Estambul durante el intervalo de estas sesiones, por miedo a desviar el interés sobre el relato. Tampoco he tenido en cuenta algunas breves historias intercaladas aquí y allá, conforme al uso, bien en los momentos en los que el público no es todavía numeroso, bien por darle unas pinceladas divertidas a algunas peripecias dramáticas. Los ‛cafedjis‛ (propietarios o encargados de los cafetines) invierten con frecuencia sumas considerables para asegurarse el concurso de tal o cual narrador de renombre. Como cada sesión no dura más allá de hora y media, los narradores, a lo largo de la misma noche, pueden trabajar en muchos cafés. También ejercen su profesión en los harenes, cuando el marido, una vez se ha asegurado del interés de un cuento, quiere hacer participar a su familia del mismo placer que él ha experimentado. La gente prudente se dirige, para hacer estos negocios, al síndico de la corporación de narradores, los llamados khassidéens, pues a veces sucede que narradores de mala fe, descontentos por la recaudación en el café o por el estipendio recibido en una casa, desaparecen en medio de la situación más interesante, y dejan al auditorio desolado al no poder conocer el final de la historia.             A mí me gustaba mucho el cafetín frecuentado por mis amigos los persas, por lo variopinto de sus parroquianos y la libertad de expresión que allí reinaba; me recordaba al Café du Suratedel bueno de Bernardin de Saint-Pierre[22]. En efecto, se encuentra más tolerancia en estas reuniones cosmopolitas de comerciantes de diversos países de Asia, que en los cafés frecuentados solo por turcos y árabes. De la historia que nos habían contado, se discutía cada sesión entre los distintos grupos de habituales; ya que, en los cafés de Oriente, la conversación jamás es generalista, y, salvo las observaciones del abisinio, que, como cristiano, parecía abusar un poco del mosto de Noé, nadie puso en duda los temas principales de toda la narración. En efecto, los hechos relatados son conformes a las creencias generalizadas en Oriente; tan solo se encuentra un poco de ese espíritu popular de controversia que distingue a los persas de los árabes del Yemen. Nuestro narrador pertenecía a la secta de ‘Aly, que es, por decirlo de alguna manera, la tradición católica de Oriente, mientras que los turcos, pertenecientes a la secta de Omar, representarían más bien una especie de protestantismo que han hecho predominar sometiendo a las poblaciones meridionales[23]. [1] Según la tradición musulmana, Balkis tuvo realmente un hijo de Salomón, origen de la dinastía de los reyes abisinios; que residen en Gondar. [2] Ptolomeo (Geografía VII) GR. [3] El último rey de Abisinia, Hayle Selassie I (23 Julio 1892 – 27 Agosto 1975), se decía que era descendiente de la reina de Saba. Era soberano y Papa al mismo tiempo, y siempre se le ha conocido como el “Padre Juan”. Sus súbditos, aún hoy en día, se llaman a sí mismos “Cristianos de San Juan” [4] La muerte de Adonirám y la búsqueda de su cuerpo, tal y como Nerval las describe a partir de aquí, son el eje central del ritual masónico para la iniciación. [5] Jerusalén (Solime) Jerusalén ha sido llamada con diversos nombres. Primero se llamó Jébus, después Salem, y ambas palabras reunidas formaron el nombre de Jerusalén. También fue conocida como Solyme, Yerusalayim, Luz y Béthel (”Histoires des Croisades”, de Jacques de Vitry) Para el origen de Béthel  –  en hebreo בֵּית־אֵל-, ver http://fr.wikipedia.org/wiki/B%C3%A9thel . [6] El nombre de estas columnas deriva de dos personajes bíblicos. El primero, Jakín, desciende por línea directa del patriarca Jacob (Génesis 46, 10), mientras que Boaz (o Booz) aparece como unos de los ancestros del rey David (Rut 4, 21) http://hermetismoymasoneria.com/s13frar1.htm.  [7] Para el término Schibboleth: ver Jueces XII, 6; Para Giblím: ver I Reyes, V, 32. Estas palabras clave son mencionadas y se explican en diferentes manuales de francmasonería. Todo este capítulo XII, con el relato de la muerte del maestro y más adelante del descubrimiento de su cadáver, sigue de cerca la tradición masónica y confirma que, en el espíritu de Nerval, la historia de Adonirám debía, al igual que en la Flauta mágica, llevarnos hasta el ritual de los francmasones. [8] Hay una visión equivalente a ésta, -la desaparición de una figura desmesuradamente grande- en Aurelia I, 2 y 6. [9] Es el mismo tema de Le Christ aux Oliviers (Les Chimères). [10] Génesis, IV, 15 y 24. [11] Moloch o Moloch Baal o Baal fue un dios de los fenicios, cartagineses y cananeos. Era considerado el símbolo del fuego purificante, que a su vez simbolizaba el alma. Se le identifica con Cronos y Saturno (http://es.wikipedia.org/wiki/Moloch) [12] El Libro de Enoc (o Libro de Henoc, abreviado 1 Enoc) es un libro intertestamentario, que forma parte del canon de la Biblia de la Iglesia ortodoxa etíope pero no es aceptado como canónico por las demás iglesias cristianas, a pesar de haber sido encontrado en algunos de los códices de la Septuaginta (Códice Vaticano y Papiros Chester Beatty). Los Beta Israel (judíos etíopes) lo incluyen en la Tanaj, a diferencia de los demás judíos actuales, que lo excluyen (http://es.wikipedia.org/wiki/Libro_de_Enoc) [13] Sobre algunos elementos relativos a la francmasonería que señala Nerval en este capítulo, es interesante ver la controversia e incluso enfado que produce en algunos miembros de la masonería la narración de Nerval, acusándole de apartarse de los textos bíblicos y musulmanes tradicionales, y despojando a Salomón de sus virtudes, que hace recaer en la reina de Saba (“La contribución ocultista de Gérard de Nerval a la leyenda de Hiram”, de Ángel Almazán de Gracia, http://www.soriaymas.com/ver.asp?tipo=articulo&id=1564) (EDL) [14] Geth: una de las ciudades principales de los filisteos, hogar de la resistencia al pueblo de Israel.- Todos estos nombres son atestiguados en la tradición masónica. [15] Se dice que el verdadero nombre de Abiram era Hoben, y que los otros son Oterfut o Hutterfut y Sterkin. La cuestión de los nombres de los Asesinos es muy compleja; pero los Rituales antiguos afirman que estos cambios en los nombres eran voluntarios, que los Iniciados modificaban el nombre que le daban a los Asesinos de acuerdo con su intención simbólica. Recordemos que en la Masonería simbólica los Asesinos se denominan Jubelás, Jubelós y Jubelón. Algunos dicen “Jubella Gibbs, Jubello Gravelot y Jubellum Romvel. Extraido de: http://es.scribd.com/doc/24353389/Grado-10-Elegido-de-Los-Quince : “Los verdaderos nombres de los Asesinos” (EDL) Y para Abiram o Abi-Ramah, ver el “Diccionario Enciclopédico de la Masonería”, de Lorenzo Frau Abrines (http://ufdc.ufl.edu/UF00083845/00001/20j) (EDL) [16] Nota del traductor: se ha respetado la transcripción de Nerval para los nombres de Solimán (Salomón) y de Daoud (David), y otros muchos personajes de la antigüedad; aunque para otros nombres bíblicos, en ocasiones, he preferido adoptar la transcripción que aparece en la “Sagrada Biblia”, de Eloíno Nácar Fúster y Alberto Colunga, por tratarse de una traducción directa de las lenguas originales. No obstante, para las menciones a capítulos del Antiguo Textamento, se ha consultado también en la TORAH el texto hebreo de los mismos (EDL) [17] En esta ocasión Nerval escribe “Salomón” en lugar de “Solimán” (EDL) [18] En el Corán, en la azora 34, Sabâ, se da una versión de la muerte de Salomón casi idéntica a la del texto de Nerval. (GR) [19] Según el Diccionario de la Real Academia Española: cresa (de queresa, y este quizá der. del lat. caries). a) f. Conjunto de huevos puestos por la abeja reina. b) f. Larva de ciertos dípteros, que se alimenta principalmente de materias orgánicas en descomposición. c) f. Conjunto de huevos amontonados que ponen las moscas sobre las carnes. [20] Nota de NERVAL: Según los Orientales, las potencias de la naturaleza no pueden actuar más que en virtud de un pacto generalmente consentido. Es el acuerdo de todos los seres el que le da el poder al mismo Allah. Se aprecia aquí la relación que hay entre la cresa triunfadora ante las ambiciosas combinaciones de Salomón, y la leyenda de los Edda (con este nombre se conocen dos recopilaciones literarias islandesas medievales que forman el corpus más importante sobre la mitología nórdica) acerca de Balder. Odín y Freya también habían conjurado a todos los seres, a fin de que respetasen la vida de Balder, su hijo; pero olvidaron el muérdago del roble, y esa humilde planta fue la causa de la muerte del hijo de los dioses. Por eso el muérdago era sagrado en la religión druídica, posterior a la de los escandinavos. [21] Los capítulos del Corán se llaman suras o azoras. Al-Fatiha (La Apertura) designa sólo a la primera de las azoras. La azora 34, Sabâ, describe la muerte de Salomón (GR), con una versión parecida a la del relato de Nerval. [22] Le Café du Surate, cuento filosófico de Bernardin de Saint-Pierre acerca de la tolerancia religiosa. (GR) [23] Los shi’íes, sólo reconocen como únicos califas legítimos a ‘Aly, esposo de Fátima (hija del Profeta Mahoma) y  a sus descendientes, y excluyen a otros descendientes de Mahoma, reconocidos por los sunníes, o musulmanes ortodoxos. (Sobre Shi’a y Sunna, se puede consultar, por ejemplo: http://www3.giz.de/E+Z/zeitschr/ds202-6.htm )  

Esmeralda de Luis y Martínez 9 junio, 2012 9 junio, 2012 Abirám, Adoniram, Ahías de Siló, Amrou, Balkis-Makeda, Benoni, Betania, Booz, Caín, Giblim, Henoch, Hoben, Iblís, Irad, Jehová, la columna Jakín, Lamec, Makbenách, Maviaël, Mello, Menilék, Méthousaël, Molóch, Moria, Nemrod, Oterfut, Padre Juan, Phanor, Saba, Sadoc, Salomón, Schibboleth, Solimán, Sterkin, Talmud, Tubalcaín
“VIAJE A ORIENTE” 008

I. Las bodas coptas – VII. Una mansión peligrosa… Las damas han desaparecido por alguna escalera sombría de la entrada. Me vuelvo con la firme intención de ganar la puerta, there pero un esclavo abisinio, patient enorme y fornido está bloqueándola. Busco una palabra para convencerle de que me he equivocado de casa y que creía haber llegado a la mía; pero la palabra tayeb, rx por muy universal que sea, no me parecía suficiente para expresar todo ese discurso. Mientras tanto, se oyó un estruendo en el interior de la casa, y unos caballerizos extrañados salieron del interior de los establos; bonetes rojos se dejan ver en las ventanas del primer piso, y un turco de lo más majestuoso avanza desde el fondo de la galería principal. En momentos así, lo peor es quedarse callado, pues considero que muchos musulmanes comprenden la lengua franca, que en el fondo no es sino una mezcla de todo tipo de palabras meridionales, empleadas al azar hasta hacerse entender. Es la lengua de los turcos de Molière. De modo que reuní todo lo que podía saber de italiano, español, provenzal y griego, y compuse con todo ello un discurso bastante capcioso. A fin de cuentas, me dije a mi mismo, mis intenciones son puras, y al menos, una de las mujeres podría ser su hija, o su hermana; así que en el peor de los casos, la tomo en matrimonio y me pongo el turbante. En esta vida, ya se sabe, hay cosas que no se pueden evitar, y yo creo en el destino. Además, ese turco tenía pinta de ser un buen tipo, y su aspecto, bien alimentado, no parecía sintomático de crueldad. Me guiñó el ojo con cierta malicia al verme acumular los sustantivos más barrocos que se hubieran jamas oído en los puertos del Levante, y me dijo, tendiendo hacia mí una mano regordeta y cargada de anillos: –  Mi querido señor, haga el favor de entrar por aquí; hablaremos más cómodamente. ¡Vaya sorpresa!, este bravo turco era un francés como yo!. Entramos en una hermosa sala cuyas ventanas se recortaban sobre los jardines, y nos acomodamos en un rico diván. Trajeron café y unas pipas. Charlamos. Expliqué lo mejor que pude cómo había llegado hasta su casa, creyendo haber tomado uno de los numerosos pasajes que atraviesan El Cairo por medio de los principales bloques de casas; pero comprendí por su sonrisa que mis bellas desconocidas habían tenido tiempo de traicionarme; lo cual no impidió que nuestra conversación tomara al poco tiempo  un cariz más íntimo. En un país turco rápidamente se traba conocimiento entre compatriotas. Mi huesped quiso invitarme a su mesa, y, cuando llegó la hora, vi entrar a dos hermosas señoras, una era su mujer, y la otra, la hermana de su esposa. Se trataba de mis dos queridas desconocidas del bazar de los circasianos, y las dos, ¡francesas!…¡para colmo de mi humillación!. Se me había rebelado la ciudad ante mi pretensión de recorrerla sin la obligada compañía de un trujimán y un asno. Se divirtieron narrando mi asidua persecución de las dos enigmáticas enmascaradas, que evidentemente sólo dejaban entrever muy poco de lo que había dentro, y que igual podía haberse tratado de unas viejas o unas negras. Estas damas no tenían ni la más mínima idea de que la elección había sido totalmente al azar, y ninguno de sus encantos había estado en juego, pues hay que reconocer que la habbarah negra, menos atractiva que el velo de las sencillas muchachas campesinas, convierte a cualquier mujer en un paquete sin formas, y, cuando el viento lo hincha, les da el aspecto de un globo a medio inflar.  Tras la cena, servida enteramente a la francesa, me hicieron entrar en un salón aún más rico, de paredes resvestidas de porcelana pintada y un elaborado artesonado de cedro esculpido. Una fuente de mármol arrojaba en el centro sus menudos chorrillos de agua; tapices y cristal de Venecia completaban el ideal del lujo árabe. Pero la sorpresa que me esparaba allí concentró muy pronto toda mi atención. En torno a una mesa oval había ocho jovencitas que realizaban diversas labores. Se levantaron, me saludaron, y las dos más jóvenes vinieron a besarme la mano, ceremonia a la que yo sabía que no se podía renunciar en El Cairo. Lo que más me admiraba de esta seductora aparición  es que el color de estas muchachas, vestidas a la oriental, variaba del muy moreno al oliváceo, y llegaba, en la última, al chocolate más oscuro. Habría sido una inconveniencia haber citado ante la más blanca el verso de Goethe: “¿Conoces tú la tierra en donde maduran los limones…?”107  Todas ellas podían pasar por bellezas de razas mestizas. La señora de la casa y su hermana se habían sentado en el diván ante mi escandalosa admiración, y las dos niñas nos trajeron licores y café. Me daba cuenta del gran honor que me hacía mi huesped al introducirme en su harem, pero yo me decía para mi coleto que un francés nunca sería un buen turco, y que el orgullo de mostrar a sus amantes o a sus esposas debía dominar siempre por encima del miedo a exponerlas a las seducciones. Una vez más me equivoqué sobre este extremo. Aquellas encantadoras flores de diversos colores no eran sus mujeres, sino sus hijas. Mi huesped pertenecía a esa generación de militares que dedicó su existencia al servicio de Napoleón, y antes que reconocerse hijos de la Restauración, muchos de estos valientes se marcharon a ofrecer sus servicios a los soberanos de Oriente. La India y Egipto acogieron a buena parte de ellos, y aún se podían encontrar en ambos países hermosos vestigios de la gloria francesa. Unos cuantos adoptaron la religión y costumbres de los pueblos que les acogieron. ¿Censurarles?. La mayoría, nacidos durante la Revolución, no habían conocido otro culto que el de los Theofilántropos o el de las logias masónicas. El mahometismo, visto desde el país donde impera, posee grandezas que impresionan al espíritu más escéptico. Mi huesped se había dejado, aún joven, arrastrar por las seducciones de una nueva patria. Había obtenido el grado de Bey por su talento y por sus servicios; y su serrallo había sido reclutado, en parte, entre las bellezas del Sennaar de Abisinia, de la misma Arabia, pues él había contribuído a librar los Santos Lugares del yugo de los musulmanes sectarios 108. Más tarde, ya entrado en años, las ideas de Europa volvieron a su mente: se casó con una educada hija de cónsul, y, tal y como hizo el grán Solimán al casarse con Roxelanne 109, dio vacaciones a todo su serrallo, aunque las hijas se quedaron con él. Y esas eran las muchachas que yo estaba viendo allí; pues los chicos estaban estudiando en escuelas militares. En medio de tantas jovencitas casaderas, sentía que la hospitalidad que se me ofrecía en esta casa presentaba ciertas características peligrosas, y no me atreví a exponer demasiado mi situación real, antes de obtener una información más amplia. Me devolvieron a mi casa por la tarde, y he conservado de toda esta aventura un recuerdo divertido110…ya que en realidad no habría merecido la pena venir al Cairo para emparentarme con una familia francesa. Al día siguiente, Abdallah vino a pedirme permiso para acompañar a unos ingleses hasta Suez. Sería una semana, y no quise privarle de este lucrativo viaje. Supuse que no debía de estar muy satisfecho con mi conducta del día anterior. Un viajero que pasa de trujimán durante toda una jornada, que vaga a pie por las calles de El Cairo, y que después cena ni se sabe dónde, corre el riesgo de pasar por un tipo bastante falaz. De todos modos, Abdallah me presentó a Ibrahim para sustituirle, un barbarín amigo suyo. El barbarín (aquí es el nombre que se le da a los criados ordinarios) no sabe más que un poco de patois maltés.   107 – “Kennst du das Land, wo die Zitronem blühn…?”. Canción de Mignon en LES ANNÉES D’APPRENTISSAGE DE WILHELM MEISTER. 108 – Sin duda, los WAHABÍES, sometidos por Ibrahim en 1818. Ver n.72*. 109 – La Sultana Roxelanne, de origen italiano o ruso, fue la favorita del Sultán Solimán el Magnífico. 110 – En una carta a su padre, fechada el 18 de marzo de 1843, Nerval menciona a este personaje, como el ingeniero Linant de Bellefonds, contratista de numerosas obras para Méhémet-Ali (G.R.) * – Casamentera (EDL)

Esmeralda de Luis y Martínez 29 enero, 2012 29 enero, 2012 barbarín, Roxelanne, Sennaar de Abisinia, Solimán
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches del Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAñANA Y DE SOLIMÁN EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – II. Belkis… Continúa el narrador del cafetín, treat con el relato que hace Benoni, diagnosis explicando a Adoniram la procedencia de Belkis, reina de Saba: Muchos siglos antes de que los hebreos estuviesen cautivos en Egipto, Saba, la ilustre descendiente de Abraham y de Ketura[1], vino a establecerse en las felices tierras que nosotros llamamos el Yemen, allí fundó una ciudad que en principio llevó su nombre, y que hoy en día se la conoce con  el nombre de Marib[2]. Saba tenía un hermano llamado Iarab, que legó su nombre a la pedregosa Arabia. Sus descendientes transportaron aquí y allá sus jaymas, mientras que los descendientes de Saba continuaron reinando sobre el Yemen, rico imperio que por entonces obedecía a la reina Balkis, heredera directa de Saba, de Jocsán, del patriarca Heber[3] …cuyo padre tuvo por trisabuelo a Sem; padre común de árabes y hebreos. –          Tú comienzas el preludio como un libro egipcio, interrumpió el impaciente Adoniram, y continúas con el tono monótono de Moussa Ben-Amran (Moisés), el prolijo liberador de la raza de Jacob. Los hombres charlatanes suceden a las gentes de acción. –          Como los que ofrecen máximas a los poetas sagrados. En una palabra, maestro, la reina del Mediodía, la princesa del Yemen, la divina Balkis[4], que viene a contemplar la sabiduría del señor Solimán, y admirar las maravillas salidas de nuestras manos, llega hoy mismo a Solime. Nuestros obreros han corrido para ir a su encuentro siguiendo al rey, los campos están cubiertos de gente, y los talleres vacíos. Yo he sido de los primeros en correr, he visto el cortejo, y he regresado tras de ti. –            ¡Anunciadles que vienen señores, y volarán a prosternarse a sus pies…ociosidad, servilismo…! –          Sobre todo, curiosidad, y vos lo comprenderíais, si… escuchad: las estrellas del cielo son menos numerosas que los guerreros que siguen a la reina. Tras ella aparecen sesenta elefantes blancos coronados por torres en las que brilla el oro y la seda; mil sabeos[5] de piel dorada por el sol avanzan conduciendo camellos cuyas patas se doblan bajo el peso de los fardos y los presentes de la princesa. Luego, siguen los abisinios, armados ligeramente, y cuyo tinte bermejo semeja al cobre batido. Una multitud de etíopes, negros como el ébano, marchan por uno y otro lado, conduciendo caballos y carros, obedeciendo a todos y velando por todo. Pero…¿para qué os cuento todo esto, si vos ni siquiera os dignáis escucharme?. –          ¡La reina de los Sabeos! Murmuró Adoniram soñador; raza degenerada, pero de una sangre pura y sin mezclas… ¿Y qué viene a hacer en esta corte?. –            ¿No os lo he dicho ya, Adoniram? Ver a un gran rey; poner a prueba una sabiduría tan célebre, y… puede ser que acabar con esa fama. Se dice que está pensando en casarse con Solimán Ben-Daoud, con la esperanza de obtener herederos dignos de su raza. –          ¡Qué locura! exclamó el artista impetuoso; ¡qué locura!… ¡por las venas de Solimán solo corre la sangre del esclavo, la sangre de las criaturas más viles!. ¿Se va a unir la leona a un perro banal y doméstico? ¿Cuántos siglos hace que este pueblo sacrifica en lo alto de los montes y se abandona a mujeres extranjeras?; generaciones bastardas que han perdido la energía y el vigor de sus ancestros. ¿Qué es ese pacífico Solimán?: el hijo de una esclava y del viejo pastor David, ¿y el mismo David?: un descendiente de Ruth, una aventurera del país de Moab, unida a un campesino de Ephrata[6]. Tú, hijo mío, admiras a ese gran pueblo que tan sólo es una sombra, cuya raza guerrera hace tiempo que se extinguió. Esa nación que en su cenit se acerca a su caída. La paz les ha enervado, el lujo y la voluptuosidad, hacen que prefieran el oro al hierro, y esas astucias propias de un rey artero y sensual solo son buenas para vender mercancías o para extender la usura por todo el mundo. ¡Y Balkis descenderá al colmo de la ignominia, ella, la hija de los patriarcas!. Y dime, Benoni, ella viene, ¿no es así?… ¡Esta misma tarde franqueará los muros de Jerusalén! –          Mañana es el día del sabbat[7], y fiel a sus creencias, ha rechazado penetrar esta tarde, con el sol ya ausente, en una ciudad extranjera. Ha hecho montar el campamento de jaymas al borde del Cédron[8], y a pesar de los ruegos del rey, que ha ido a recibirla, rodeado de una magnífica pompa, la reina pretende pasar la noche en el campo. –          ¡Su prudencia sea loada! ¿Es aún joven?… –          Apenas se puede decir que sea todavía joven. Su belleza deslumbra. La he atisbado como se vislumbra al sol cuando alborea, que rápidamente os abrasa y obliga a entornar los párpados. Todos, ante su presencia, han caído prosternados; yo igual que los demás. Y al levantarme, llevaba impresa su imagen. Pero, ¡oh, Adoniram! La noche cae, y ya oigo a los obreros que regresan en tropel para recibir su salario: ya que mañana es el sabbat.” Entonces llegaron de improviso los numerosos jefes de los artesanos. Adoniram colocó a los guardianes a la entrada de los talleres, y, abriendo sus vastos cofres de seguridad, comenzó a pagar a los obreros que uno por uno se iban presentando allí, susurrándole al oído una palabra misteriosa, ya que era tal su número que hubiera sido difícil discernir el salario al que tenía derecho cada uno; ya que el día en que se les contrataba, recibían una palabra secreta, que no debían comunicar a nadie bajo pena de muerte, y a cambio, hacían un juramento solemne. Los maestros tenían un palabra clave; los compañeros otra diferente que, a su vez, era distinta de la de sus aprendices[9]. Luego, a medida que pasaban delante de Adoniram y de sus intendentes, ellos pronunciaban en voz baja la palabra secreta, y Adoniram les distribuía diferentes salarios, conforme a la jerarquía de sus funciones. Tras esa ceremonia, acabada ya a la luz de las antorchas de resina, Adoniram decidió pasar la noche acompañado por el secreto de sus trabajos; dio permiso al joven Benoni, apagó su antorcha, y penetrando en sus fundiciones subterráneas, se perdió en las profundidades de las tinieblas. Al alborear del siguiente día, Balkis, la reina de la mañana, franqueó al mismo tiempo que el primer rayo de sol, la puerta oriental de Jerusalén. Despertados por el estrépito de las gentes de su séquito, los hebreos se agolparon ante las puertas, y los obreros siguieron al cortejo con ruidosas exclamaciones. Jamás se habían visto tantos caballos, ni tantos camellos, y aún menos, una legión de elefantes blancos tan soberbia, conducida por un numeroso enjambre de negros etíopes. Retrasado a causa del interminable ceremonial de la etiqueta, el gran rey Solimán intentaba acabar de engalanarse con unas vestiduras deslumbrantes y apenas había conseguido escapar de las manos de los oficiales de su guardarropía, cuando Balkis, poniendo pie en tierra en el vestíbulo del palacio, penetró tras haber saludado al sol, que ya se elevaba radiante sobre las montañas de Galilea. Chambelanes, tocados con bonetes en forma de torre y portando largos bastones dorados, acogieron a la reina y la introdujeron por fin a la sala en la que Solimán Ben-Daoud estaba sentado, en medio de su corte, sobre un trono elevado del que se apresuró a descender, con una estudiada lentitud, para ir al encuentro de su augusta visitante. Los dos soberanos se saludaron mutuamente con toda la veneración que los reyes profesan y se complacen en inspirar hacia la majestad de la realeza; después, se sentaron uno al lado del otro, mientras desfilaban los esclavos, cargados con los presentes de la reina de Saba: oro, cinamomo, mirra, y sobre todo, incienso, con el que el Yemen hacía un gran comercio; después, colmillos de elefante, bolsitas de sustancias aromáticas y de piedras preciosas. Además de ofrecer al monarca ciento veinte talentos de oro fino. Solimán era por aquel entonces ya de mediana edad; pero la dicha hacía que, al mantener el gesto de su rostro en una perpetua serenidad, hubiera alejado de él las arrugas y las huellas tristes que deparan las pasiones profundas; sus labios lustrosos, sus ojos redondos y algo saltones, separados por una nariz como torre de marfil, tal y como él mismo la había descrito, poniéndolo en boca de la sulamita[10], su plácida frente, como la de Serapis, denotaba la inflexible paz de la quietud inefable de un monarca satisfecho de su propia grandeza. Solimán parecía una estatua de oro con manos y máscara de marfil. Su corona era de oro, al igual que sus vestiduras; la púrpura de su manto, regalo de Hirán, príncipe de Tiro, estaba tejida sobre una malla de oro fino; el oro brillaba sobre su cinturón y relucía en la empuñadura de su espada; sus sandalias de oro reposaban sobre un tapiz brocado con hilo de oro; y su trono estaba hecho de cedro dorado. Sentada a su lado, la blanca hija de la mañana, envuelta en una nube de lino y de diáfanas gasas, asemejaba a un lis posado entre un manojo de junquillos. Previsora coquetería, que hizo resaltar aún más al excusarse por la simplicidad de su atuendo matutino:             “La simplicidad del ropaje, dijo, conviene a la opulencia y conjuga bien con la grandeza. –            Favorece a la divina belleza, continuó Solimán, confiar en su fuerza, y al hombre que desafía su propia debilidad, nada descuidar. –            Encantadora modestia, que realza aún más el esplendor con que brilla el invencible Solimán… el teólogo, el sabio, el árbitro de reyes, el autor inmortal de los proverbios del Sir-Hasirim[11], ese cántico de amor tan tierno… y tantas otras flores poéticas. –          ¡Cómo! bella reina, prosiguió Solimán enrojeciendo de placer, ¡cómo!, ¿os habéis dignado posar vuestros ojos sobre… esos simples ensayos? –          ¡Sois un gran poeta!” exclamó la reina de Saba. Solimán hinchó su dorado pecho, alzó su dorado brazo, y se mesó con complacencia la barba de ébano, dispuesta en numerosas trenzas adornadas de cordones de oro.             “Un gran poeta, repitió Balkis. Lo que hace que se os perdonen sonriendo los errores del moralista.” Esa conclusión inesperada, agrió el gesto de la cara del augusto Salomón, y produjo un movimiento en la multitud de los cortesanos que se hallaban más próximos. Allí estaban Zabud, favorito del príncipe, todo él cargado de adornos de pedrería; Sadoc, el sumo sacerdote, con su hijo Azarías, intendente de palacio y muy altivo con sus inferiores; después Ahia, Elioreph, gran canciller, Josaphat, maestro archivero… y un poco sordo. De pié, vestido con una túnica sombría, estaba Ahías de Silo, hombre íntegro, temido a causa de su genio profético; pero por lo demás, un hombre burlón, frío y taciturno. Muy cerca del soberano se podía ver acurrucado en medio de tres cojines apilados, al viejo Banaïas, pacífico general en jefe de los tranquilos ejércitos del plácido Solimán. Ataviado con cadenas de oro y soles de piedras preciosas, encorvado bajo el peso de los honores, Banaïas ejercía de semidiós de la guerra. Antaño, el rey le había encargado que matara a Joab y al sumo sacerdote Abiathar, y Banaïas los apuñaló. Desde ese día, se hizo digno de la mayor confianza del sabio Salomón, que le encargó asesinar a su hermano mayor, el príncipe Adonías, hijo del rey David,… y Banaïas, degolló al hermano del sabio Salomón[12]. Ahora, adormecido en los laureles de su gloria, y torpe a causa de los años, Banaïas, casi idiota, seguía a la corte a todas partes, ya nada oía, ni comprendía, y reavivaba los restos de una vida de senectud calentando su corazón con el brillo que su rey le otorgaba. Sus ojos, descoloridos, buscaban sin cesar la mirada real: el antaño lince, a la vejez se había convertido en perro. Una vez que Balkis hubo dejado caer de sus adorables labios aquellas mordaces palabras, mientras toda la corte estaba consternada, Banaïas, que no había oído nada, y que acompañaba con gritos de admiración cada palabra del rey y de su huésped, Banaïas, sólo él, en medio de un profundo silencio generalizado, exclamó con una estulta sonrisa: ¡Maravilloso!, ¡divino!” Solimán se mordió los labios y murmuró lacónico: “¡Qué imbécil!” – “¡Palabra memorable!” repuso Banaïas, al ver que su maestro había hablado. Y en ese momento, la reina de Saba estalló en carcajadas. Después, con gran sentido de la oportunidad, que a todos dejó perplejos, escogió ese momento para presentar uno tras otro los tres enigmas, ante la tan celebrada sagacidad de Solimán, el más hábil de los mortales en el arte de interpretar adivinanzas y esclarecer charadas. Tal era entonces la costumbre: la corte se ocupaba de la ciencia… ciencia a la que aquella corte, muy a propósito, había renunciado; mientras que adivinar enigmas se había convertido en asunto de Estado, y un príncipe o un sabio eran juzgados por esa habilidad. Y Balkis había recorrido doscientas sesenta leguas para someter a Solimán a esa prueba. Solimán interpretó sin pestañear los tres enigmas, y todo ello gracias al sumo sacerdote Sadoc que, el día antes, había pagado al contado la solución de los acertijos, al sumo sacerdote de los Sabeos.             “La sabiduría habla por vuestra boca, dijo la reina con algo de énfasis. –          Al menos eso es lo que muchos suponen… –          Sin embargo, noble Solimán, el cultivo del árbol de la sabiduría no se realiza sin correr peligro: a la larga, uno se arriesga a apasionarse demasiado por las alabanzas, a halagar a los hombres para su complacencia, y a inclinarse por el materialismo para recibir el voto del pueblo… –            Entonces es que habéis percibido en mis obras… –          ¡Ah!, señor, os he leído muy atentamente, y como quiero instruirme; el deseo de consultaros ciertos puntos que me resultan oscuros, algunas contradicciones, determinados… sofismas, al menos a mis ojos, sin duda a causa de mi ignorancia; es en parte el objetivo de mi viaje. –            Intentaremos satisfacer ese deseo lo mejor posible”, articuló Solimán, no sin suficiencia, para sostener sus tesis contra tan temible adversario[13]. En el fondo, Solimán habría dado cualquier cosa por haberse marchado sólo a pasear bajo los sicomoros de su villa de Mello. Seducidos por un espectáculo tan mordaz, los cortesanos estiraban el cuello y abrían los ojos de par en par. ¿Qué podría haber peor que arriesgarse, en presencia de esos sujetos, a perder su infalibilidad?. Sadoc parecía alarmado: el profeta Ahías de Silo apenas podía reprimir una vaga y fría sonrisa, y Banaïas, jugando con sus condecoraciones, manifestaba una estúpida alegría, que proyectaba el anticipado ridículo del rey. El séquito de Balkis permanecía mudo e imperturbable: puras esfinges. Añádase, en beneficio de la reina de Saba, que poseía la majestad de una diosa y los atractivos de las bellezas más enervantes, un perfil de una adorable pureza, en la que resplandecían unos ojos negros como los de las gacelas; tan bellamente perfilados y tan expresivos que parecían atravesar a quienes posaban en ella su mirada; una boca incierta, entre la risa y la voluptuosidad, un cuerpo ligero y de una magnificencia que se adivinaba a través de los tules; imagínense de ese modo esa expresión delicada, burlona y altiva vivacidad que poseen las personas de alto linaje, habituadas al poder, y así comprenderán los apuros del señor Solimán, contrariado y encantado al mismo tiempo; deseoso de vencer con su inteligencia, y ya casi vencido por el corazón. Esos grandes ojos negros y blancos, misteriosos y dulces, calmos y penetrantes, danzando en un rostro ardiente y claro como el bronce recién fundido, le trastornaban muy a su pesar. Veía cómo a su lado tomaba forma la ideal y mística figura de la diosa Isis[14]. Y entonces se entablaron, vigorosas y potentes, siguiendo el uso de los tiempos, esas discusiones filosóficas señaladas en los libros de los hebreos.             “¿Acaso no aconsejáis, retomó la reina, el egoísmo y la dureza de corazón cuando decís: “Si respondes  por un amigo, habrás caído en una trampa; despoja de sus bienes al que responde por otro?…” En otro proverbio, alabáis la riqueza y el poderío del oro… –          Pero en otras ocasiones he alabado la pobreza. –           Contradicciones. En el Eclesiastés se estimula al hombre a que trabaje, se avergüenza a los perezosos, y en cambio se escribe más adelante: “¿Qué sacará el hombre de todos esos trabajos?, ¿acaso no es preferible comer y beber?…” En los Proverbios censuráis los excesos que después alabáis en el Eclesiastés… –          Me da la impresión de que os estáis burlando… –          No, sólo estoy citando: “He reconocido que nada hay mejor que disfrutar y beber; que el trabajo es una inquietud inútil, porque los hombres mueren como las bestias, y corren su misma suerte”. ¡Esa es vuestra moral, oh, sabio! –          Esas no son más que metáforas, pero el fondo de mi doctrina… –          ¡Por desgracia, aquí tenemos otras que también hemos hallado!: “Disfrutad de la vida con las mujeres todo el tiempo que os sea posible; ya que esa es vuestra parte del trabajo… etc.” Y esto es algo que repetís con frecuencia. Por lo que he deducido que os conviene convertir a vuestro pueblo en materialista para así poder dominarle más fácilmente como esclavo.” Solimán se hubiera querido justificar, pero con argumentos que no quería exponer delante de su pueblo, y por ello se agitaba impaciente en su trono.             “En fin, continuó Balkis sonriendo con una mirada lánguida; desde luego, vos sois cruel con nuestro sexo, así que ¿qué mujer osaría amar al austero Solimán? –          ¡Ay, reina!, ¡mi corazón se expande como el rocío de primavera sobre las flores de la pasión amorosa en el Cantar del esposo!… –            Excepción por la que la Sulamita[15] debe regocijarse: pero vos os habéis convertido en alguien rígido por el peso de los años…” –          Solimán reprimió una mueca desabrida. “Preveo, dijo la reina, alguna palabra cortés y galante. ¡En guardia! El Eclesiastés puede oíros, y vos sabéis bien lo que dice: “La mujer es más amarga que la muerte; su corazón es una trampa y sus manos son cadenas. El que sirva a Dios, debe huir de ella, y el insensato caerá en sus redes”. ¡Y bien!, ¡entonces vos seguiréis esos consejos tan austeros, pues seguro que fue por culpa de las hijas de Sión que recibisteis de los cielos esa belleza que vos mismo describís con tanta sinceridad en estos términos: Yo soy la flor de los campos y el lirio de los valles!. –          Reina, de nuevo eso era una metáfora… –          ¡Oh, rey! Esa es mi opinión. Dignaos meditar acerca de mis objeciones y esclareced la oscuridad de mi discernimiento, ya que mío es el error, y sois vos quien ha felicitado a la sabiduría por escogeros como morada. “Se reconocerá, vos lo habéis escrito, mi espíritu penetrante; los más poderosos se sorprenderán cuando me vean, y los príncipes me testimoniarán su admiración sólo con mirarme. Cuando yo permanezca en silencio, ellos esperarán a que hable; cuando yo hable, me observarán atentos; y cuando yo discurra, se llevarán las manos a la boca.” Gran rey, yo ya he experimentado en parte todas esas verdades: vuestro espíritu me ha enternecido, vuestro aspecto, sorprendido, y no dudo de que cuando os miro a los ojos en mi rostro sólo contemplaréis admiración por vos. Espero vuestras palabras; que me encontrarán atenta, y durante vuestro discurso, vuestra sierva pondrá su mano en su boca. –          Señora, dijo Solimán con un profundo suspiro, ¿en qué se convierte un sabio ante vos?; desde que os escucho, el Eclesiastés no osaría mantener nunca más ni uno sólo de sus pensamientos, de cuya sequedad se resiente: ¡Vanidad de vanidades! ¡todo es vanidad!” Todos admiraron la respuesta del rey. A pedante, pedante y medio, se decía la reina. Si al menos se le pudiera quitar la manía de ser escritor… No va más allá de ser un individuo dulce, afable y bastante bien conservado. Solimán, después de responder como buenamente pudo, se esforzó en desviar la atención de la audiencia, que tantas veces él había manipulado, hacia otros temas. “Vuestra Serenidad, dijo a la reina Balkis, posee un hermoso pájaro, cuya especie desconozco.” En efecto, seis negritos vestidos de escarlata, colocados a los pies de la reina, eran los encargados de cuidar a ese pájaro, que jamás abandonaba a su ama. Uno de los pajes le tenía sobre el puño, y la princesa de Saba le miraba con frecuencia. “Nosotros le llamamos Hud-Hud[16], respondió. El tatarabuelo de este pájaro, que tiene una vida muy larga, se dice que en otro tiempo fue traído por unos malayos de regiones lejanas que sólo ellos pudieron entrever y que nosotros desconocemos. Es un animal muy útil para llevar los ruegos de las gentes a los espíritus del aire. Solimán, sin comprender bien esa explicación tan sencilla, se inclinó como un rey que ha concebido todo a las mil maravillas, y adelantó índice y pulgar para jugar con el ave Hud-Hud; pero el pájaro, respondiendo a sus avances, no se prestó a los esfuerzos de Solimán por atraparle. “Hud-Hud es poeta…, dijo la reina, y, por ello digno de vuestra simpatía… Aunque, es como yo, un poco severo, y con frecuencia también él se convierte en moralista. ¿Podéis creer que se ha permitido dudar de la sinceridad de vuestra pasión por la Sulamita? –          ¡Divina ave, cómo me sorprendéis! Replicó solimán. –          Esa pastoral del Cantar de los cantares seguramente es bastante tierna, dijo Hud-Hud un día, mientras picoteaba un escarabajo dorado; pero el gran rey que dedica unas elegías tan plañideras a la hija del faraón, su mujer, ¿no le habría mostrado más amor viviendo con ella, que obligándola a vivir lejos de él, en la ciudad de David, como así hizo, reducida a deleitarse durante su juventud sólo con estrofas… aunque en verdad fueran las más bellas del mundo? –            ¡Cuántas penas traéis a mi memoria! Por desgracia, esa hija de la noche seguía el culto de Isis… ¿Hubiera podido yo sin cometer un crimen, abrirle el acceso a la ciudad santa; darla como vecina el arca de Adonai, y aproximarla a este augusto templo que estoy erigiendo al dios de mis padres?… –          Un asunto de esa índole siempre es delicado, observó juiciosamente Balkis; excusad a Hud-Hud; los pájaros algunas veces son algo banales; el mío, por ejemplo, se vanagloria de ser un experto, sobre todo en poesía. –          ¿De veras? prosiguió Solimán Ben-Daoud; me gustaría saber… –          ¡Uy! ¡váis a escuchar malévolos comentarios, señor; creedme, malévolos! Hud-Hud se precia de censuraros por comparar la belleza de vuestra amante, a la de los caballos del carro de los faraones; su nombre, al del aceite ungido; sus cabellos, a un rebaño de cabras, sus dientes, a tiernos corderos portadores de frutos; sus mejillas, a media granada; sus pechos, a dos cabritillos; su cabeza, al monte Carmelo; su ombligo, a una copa siempre llena de licor; su vientre, a un montón de trigo, y su nariz, a la torre del Líbano que mira hacia Damasco.” Solimán, herido, dejó caer, falto ya de coraje, sus brazos vestidos de oro sobre los del asiento, también dorados, mientras el pájaro, pavoneándose, batía sus alas verde y oro al viento.             “Responderé al pájaro, que tan bien sirve a vuestras mofas, que el gusto oriental permite esas licencias, que la verdadera poesía busca imágenes; que mi pueblo encuentra excelentes mis versos, y que gustan, de preferencia, de las más ricas metáforas… –          Nada más peligroso para las naciones que las metáforas de los reyes, repuso la reina de Saba: salidas de un estilo augusto, esas metáforas, puede que bastante audaces, encontrarán más imitadores que críticos, y vuestras sublimes fantasías corren el riesgo de ser culpables de echar a perder el gusto de los poetas durante diez mil años. Influenciada por vuestros poemas, la Sulamita, ¿acaso no podría comparar vuestro cabello, con ramas de palmera; vuestros labios, con lises destilando mirra; vuestro talle, con un cedro; vuestras piernas, con columnas marmóreas; y vuestras mejillas, señor, con pequeños parterres de flores olorosas? De suerte que al rey Solimán siempre lo vería como   un peristilo, con un jardín botánico suspendido sobre un huerto de palmeras.”   Solimán sonrió amargamente; y con enorme satisfacción le habría torcido el cuello a la abubilla, que no cesaba de picotearle el pecho del lado del corazón con una extraña persistencia. “Hud-Hud se está esforzando en haceros comprender que la fuente de la poesía reside ahí, dijo la reina. –          Así lo siento, y cada vez más, respondió el rey, desde que he tenido la dicha de contemplaros. Dejemos este discurso; ¿hará la reina a este humilde servidor el honor de acompañarle para visitar Jerusalén, mi palacio, y sobre todo el templo que estoy erigiendo a Jehová en la montaña de Sión?. –          El mundo se ha conmocionado con los comentarios sobre esas maravillas; mi impaciencia es tanta como los esplendores que espero ver, y no desearía retrasar el placer que me he prometido con su contemplación”. A la cabeza del cortejo, que recorría lentamente las calles de Jerusalén, había cuarentaydos trompas que sonaban como truenos de tormenta; detrás venían músicos vestidos de blanco y dirigidos por Aspa e Idithme; cincuentaiséis tamborileros, veintiocho flautistas, así como intérpretes de salterios, tocadores de cítaras, sin olvidar las trompetas, instrumento que Josué había puesto de moda bajo las murallas de Jericó[17]. Seguían después, en tres filas, los turiferarios que, reculando, balanceaban en el aire los incensarios, en los que ardían los perfumes del Yemen. Solimán y Balkis reposaban sobre un palanquín acarreado por setenta palestinos, prisioneros de guerra. La sesión había terminado. Nos fuimos comentando las diversas peripecias del relato, y quedamos para el día siguiente. [1] Ver Genesis XXV, 1 a 3: Volvió Abraham a tomar mujer de nombre Quetura, que le parió a Zamrán, Jocsán, Madán, Medián, Jesboc y Sué. Jocsán engendró a Saba y a Dadán… Los detalles genealógicos que siguen, son tomados, una vez más, de la Bibliotheque orientale de  Herbelot. (EDL) [2] Marib, la capital del reino de Saba Marib, a unos 100 kilómetros de Sanaa, fue la capital del antiguo Reino de Saba y es uno de los sitios arqueológicos más destacables de Yemen. Sus límites resultan tan imprecisos como la antigüedad de su historia. En el siglo VIII a.C., fue edificada la famosa represa de la ciudad, de una altura de 16 metros, que irrigó la llanura que la rodea durante cerca de un milenio. Actualmente, los inmemorables dominios de la reina de Saba son el hogar de tribus beduinas (http://www.webislam.com/articulos/25870-yemen.html) (EDL) [3] Abraham [4] La visita de la reina de Saba al rey Salomón se recoge en la Biblia (I Reyes X y II Crónicas IX). Pero Nerval recurre a otras fuentes: entre ellas, las azoras 27 y 34 del Corán y a la Bibliothèque orientale de d’Herbelot. La reina de Saba (o reina del Mediodía) es uno de los personajes de la Mujer salvadora en Aurélia: ver Mémorables y Fragmentos de una primera versión VI y VII. [5] Aquí el término sabeos no se refiere a la secta religiosa de la Historia del califa Hakem (ver n. 16*), sino a los habitantes del Yemen, cuya capital era, según la tradición, la ciudad de Saba. (GR) [6] Ver el Libro de Ruth, en el que la joven moabita se casa con Booz de Bethléem (o Ephrata), engendrando así la línea de David, de la que nacerá Jesucristo. (GdN) [7] Saba o sabbat, – mañana. (GdN) [8] El Valle de Cedrón es uno de los parajes más sagrados de Jerusalén por su situación entre el Monte del Templo y el Monte de los Olivos. (EDL) [9] Maestros, compañeros, aprendices: en esa jerarquía, en las palabras clave y en sus signos secretos, se pueden reconocer elementos masónicos. Nerval parece admitir la tradición según la cual Hiram-Adoniram, habiendo dividido a sus obreros en tres clases, está en el origen de la Francmasonería. [10] Referencia al Cantar de los cantares VII, 5: Tu cuello, torre de marfil; tus ojos, dos piscinas de Hesebón, junto a la puerta de Bat-Rabím. Tu nariz, como la torre del Líbano que mira frente a Damasco. Más adelante también se citan además de en ese poema, en los libros de los Proverbios y de el Eclesiastés, igualmente atribuidos a Salomón. [11] El Cantar de los cantares. [12] Se pueden encontrar estos nombres y hechos en los primeros capítulos de I Reyes 2, 25 [13] La sátira sistemática a la que se somete a Salomón no es, evidentemente, ni bíblica, ni musulmana. En la tradición árabe, Solimán, justo al contrario, está dotado de los poderes sobrenaturales que aquí se atribuyen a Balkis, y es Solimán quien, según el Corán (azora 27) es ayudado por una abubilla de poderes mágicos. Nerval convierte a Solimán en un personaje de ópera cómica para realzar mejor la pareja de Adoniram-Balkis. [14] Balkis-Isis: fusión de dos arquetipos de la mujer, según Nerval. [15] La Sulamita bien puede ser La Sunamita (con “ene” y no con “ele”), la muchacha más bella de Israel, escogida para alejar el frío de la muerte en el lecho donde agonizaba el rey David. Adonías, mediohermano de Salomón, intentó casarse con La Sunamita y hacerla reina. Fue asesinado y la joven quedó recluida entre los centenares de concubinas reales. En la imaginación árabe y europea, no obstante, se volvió indesarraigable la idea de que La Sulamita es la reina de Saba: Belkis, Nictoris, Makeda. Saba o Sabá bien pudo hacer sido Yemen, pero según Flavio Josefo (Antigüedades judías), Belkis era la soberana de Egipto y Etiopía. La reina de Saba y Salomón fundaron, pues, un linaje imperial cuyo último representante, Safari Makonen, gobernó de 1930 a 1974 con el título de Haile Selassie (“Padre de la Trinidad”) y es el Mesías de la religión rastafari (Ver el artículo de José Emilio Pacheco, sobre “El Cantar de los Cantares, en http://www.jornada.unam.mx/2009/02/08/index.php?section=cultura&article=a03n1cul) [16] Abubilla, ave augural para los árabes. Se cuenta que la reina de Saba, profirió una maldición sobre Salomón y su pueblo, que dice así: El Rey Salomón se había enamorado de la futura reina de Saba, la princesa Balkis, y después de declararse la pidió en matrimonio, Pero Balkis que no había dejado de observar que la profusión de oro que rodeaba al monarca, no lograba ocultar el envejecido marfil de sus manos, creyó descubrir en esto un síntoma de las pasiones secretas de Salomón. Según la costumbre ella debía de proponer 3 enigmas que el debía resolver para ser aceptada su propuesta, los cuales Salomón respondió con acierto, por lo que Balkis no pudo rechazarle, pero se mostró indiferente, pues supuso que alguien había inspirado sus respuestas. Y era verdad, el Gran Sacerdote de los Sabeos, había sido comprado por Sadoc, el Gran Rabino de los Hebreos. A todo esto, cada vez más entusiasmado, Salomón invitó a Balkis a visitar su Reino. Pero Balkis llevaba sobre su hombro un pájaro mágico llamado Hud-Hud, el cual era muy inteligente y conocedor de todos los secretos de la Tierra, y este habló al oído a la Princesa Balkis, contándole la historia, sobre una cepa de vid que se encontraba al pie del altar del Gran Templo. Entonces Balkis increpó a Salomón: “Para asegurar tu propia gloria, has violado la tumba de tus padres y esta cepa…”. Salomón se defendió diciendo: “En su lugar elevaré un altar de Porfirio, y de maderas de olivo, que haré decorar con cuatro serafines de oro…” Pero Balkis volvió a recriminar a Salomón: ” Esta viña fue plantada por Noé, tu antepasado. Al arrancarla de cuajo has cometido un acto de rara impiedad, por ello el último príncipe de tu raza será clavado en este madero como un criminal…” La visita por el Reino de Salomón y sus Palacios continuo…. pero la maldición de la viña perduró a través de los siglos…. (Recogido de  http://www.infiernitum.com/hermano/saba4.htm) [17] Josué VI

Esmeralda de Luis y Martínez 19 marzo, 2012 19 marzo, 2012 Adoniram, Banaïas., Belkis, Hud-Hud, Moussa Ben-Amran, Saba, Sadoc, Solimán
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches del Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAÑANA Y DE SOLIMÁN EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – III. El Templo… El narrador prosiguió: La ciudad, clinic reconstruida de nuevo por el magnífico Solimán, treatment había sido edificada conforme a un plano irreprochable; calles tiradas a cordón, seek casas cuadradas, todas exactamente iguales, como si fueran colmenas de monótono aspecto.             “En estas anchas y bellas calles, dijo la reina, el viento procedente del mar es imposible de contener, y debe barrer a la gente como a briznas de paja, además, durante los fuertes calores, el sol, penetra aquí sin obstáculo alguno y debe recalentar todo esto como si fuera un horno. En Mareb, las calles son estrechas, y de una casa a otra, piezas de tela colgadas a lo largo de la vía pública esparcen sombras sobre el suelo y proporcionan frescor. –          Eso va en detrimento de la simetría, respondió Salomón. Mirad, ya hemos llegado al peristilo de mi nuevo palacio: se han precisado treinta años para construirlo.”             La reina de Saba visitó el palacio, al que encontró rico, cómodo, original y de un gusto exquisito.             “El plano es sublime, dijo, la disposición de los espacios admirable, y, tengo que reconocer que el palacio de mis ancestros, los Hémiarites[1] (Himyaríes), construido en el estilo de los palacios indios, con pilares rematados por capiteles antropomorfos, no llegan ni mucho menos a esta gallardía y elegancia: vuestro arquitecto es un gran artista. –          Yo soy el que ha ordenado todo y costeado los gastos de los obreros, exclamó el rey orgulloso. –          Pero los planos, ¿quién los ha trazado?, ¿quién es el genio que ha llevado a cabo tan noblemente vuestros diseños?. –          Un tal Adoniram, un tipo extraño y medio salvaje, que me envió mi amigo el rey de los Tirios. –          Señor, ¿podría verle? –          Huye de todo el mundo y no gusta de alabanzas. Pero, ¿qué diréis entonces, Reina mía, cuando hayáis recorrido el templo de Adonai?. Esa no es la obra de un artesano: yo mismo he diseñado los planos y soy yo el que ha indicado los materiales que deben emplearse. Los puntos de vista de Adoniram han sido sometidos al dictado de mi poética imaginación. Trabajamos en ello desde hace cinco años; todavía nos faltan dos para llevar toda la obra a su estado más perfecto. –            Entonces sólo siete años os han bastado para albergar dignamente a vuestro Dios; mientras que habéis necesitado treinta para establecer convenientemente a su servidor. –          El tiempo no tiene nada que ver en esto”, objetó Solimán. Pero, tanto como Balkis había admirado el palacio, otro tanto criticó el templo.             “Habéis querido hacerlo todo demasiado bien, dijo Balkis, y el artista ha tenido menos libertad. El conjunto es un poco pesado, aunque recargado detalles… Demasiada madera, cedro por todas partes, salientes vigas… vuestros corredores entarimados parecen a simple vista, al soportar en su parte superior bloques de piedra, faltos de solidez. –          Mi objetivo, objetó el príncipe, ha sido el de preparar, gracias a un fuerte contraste, para los esplendores del interior. –          ¡Dios mío! exclamó la reina, cuando penetró en el recinto, ¡cuántas esculturas! Estas sí que son estatuas maravillosas, extraños animales de aspecto imponente. ¿Quién ha fundido, quién ha cincelado tales maravillas? –            Adoniram; la escultura es su principal talento. –          Su genio es universal. En cambio, estos querubines son demasiado pesados, demasiado dorados y excesivamente grandes para esta sala a la que confieren un aspecto agobiante. –          Así lo quise yo: cada querubín me ha costado ciento veinte talentos. ¡Mirad, mi reina! Aquí todo es de oro, y nada hay más precioso que el oro. Los querubines son de oro; las columnas de cedro, regalo de mi amigo el rey Hiram, se han revestido con láminas de oro; hay oro cubriendo todas las paredes; sobre estas murallas de oro habrá unas palmeras de oro y un friso con granadas de oro macizo, y a lo largo de los tabiques dorados, he hecho colocar doscientos escudos de oro puro. Los altares, las mesas, los candelabros, los jarrones, suelos y techos, todo será revestido de láminas de oro… –          “Mucho oro me parece a mí”, objetó la reina con modestia.             Solimán replicó:             “¿Hay algo más espléndido que el oro para el rey de los hombres? Deseo asombrar a la posteridad… Pero entremos en el santuario, cuyo techo todavía no se ha construido, y en donde ya se han puesto los cimientos del altar, frente a mi trono casi acabado. Como podéis ver, hay seis escalones; el asiento es de marfil, soportado por dos leones, al pie de los cuales se encuentran acurrucados doce cachorros. Todavía hay que bruñir los dorados, y hay que esperar hasta erigir el palio. Dignaos, noble princesa, en ser la primera que se siente sobre este trono, aún virgen; así podréis inspeccionar el conjunto de los trabajos. Perdonad porque vais a ser el blanco de los rayos del sol, pues el pabellón todavía está al descubierto.”             La princesa sonrió, y tomó en su puño al pájaro Hud-Hud, que los cortesanos contemplaron con viva curiosidad.             No hay pájaro más ilustre, ni más respetado en todo Oriente. Y no lo es por la finura de su pico negro, ni por sus mejillas escarlatas; tampoco por la dulzura de sus ojos color gris de avellana, ni por la soberbia cresta de menudo plumaje de oro que corona su hermosa cabeza; tampoco lo es por su larga cola, negra como el azabache; ni por el brillo de sus alas de un verde dorado, realzado por  estrías y franjas de oro vivo; ni por sus espolones rosa pálido; ni por sus patas de color púrpura; que la alegre Hud-Hud es el objeto predilecto de la reina y de su conversación. Bella sin saberlo, fiel a su ama, buena para todos los que la aman, la abubilla brilla con ingenua gracia, sin buscar por ello deslumbrar. A la reina, se la ha visto consultar a este pájaro en circunstancias difíciles.             Solimán, que quería mantener buenas relaciones con Hud-Hud, buscó en ese momento llevarla también en su puño; pero ella no quiso bajo ningún concepto prestarse a esas intenciones. Balkis, sonriendo finamente, llamó a su favorita y dio la impresión de que la murmuraba algunas palabras en voz baja… Rápida como una flecha, Hud-Hud desapareció en el aire azul.             Después la reina se sentó; cada cual se acomodó en torno a ella; charlaron unos instantes; explicando el príncipe a su invitada el proyecto del mar de bronce concebido por Adoniram, y la reina de Saba, asombrada de admiración, exigió de nuevo que le presentaran a ese hombre.             Mientras corrían a las forjas y a través de las obras, Balkis, que había echo sentarse al rey de Jerusalén a su lado, le preguntó cómo iba a decorar el pabellón de su trono.             “Será decorado al igual que el resto, respondió Solimán. –          ¿No teméis que a causa de esa exclusiva predilección por el oro, parezca que criticáis los otros materiales que ha creado Adonai?  ¿De verdad pensáis que no hay nada en el mundo tan bello como ese metal? Permitidme aportar a vuestro plan un divertimento… del que vos seréis su juez.”             De pronto se oscureció el aire, el cielo se cubrió de puntos negros que se hacían más grandes conforme se acercaban; nubes de pájaros se abatieron sobre el templo, se agruparon, descendieron en círculos, se aproximaron los unos a los otros, se distribuyeron como si fueran un follaje tembloroso y espléndido; sus alas desplegadas formando hermosos ramos verdes, escarlata, azabache y azul. Ese pabellón viviente se desplegaba bajo la hábil dirección de la abubilla, que revoloteaba en medio de aquella multitud de plumas… Un árbol encantador se formó sobre la cabeza de ambos príncipes, y cada pájaro se convirtió en una hoja. Solimán, loco de contento y encantado, se vio al abrigo del sol bajo aquel techo animado, que temblaba, se sostenía batiendo las alas, y proyectaba sobre el trono una espesa sombra de la que escapaba el suave y dulce concierto del canto de los pájaros. Tras lo cual, la abubilla, a la que el rey guardaba aún algo de rencor, se vino a posar, sumisa, a los pies de la reina.             “¿Qué piensa monseñor? Preguntó Balkis. –            ¡Admirable!, exclamó Solimán, esforzándose por atraer a la abubilla, que le huía con obstinación, cosa que no escapaba a la atención de la reina. –          Si os ha agradado esta fantasía, retomó la reina, será un placer para mí rendiros homenaje con este pequeño pabellón de pájaros, a condición de que me dispenséis de hacerlos bañar en oro. Será suficiente con que dirijáis hacia el sol el engaste de este anillo cuando deseéis convocarlos… Este anillo es precioso. Lo heredé de mis padres, y Sarahil, mi nodriza, me regañará por habéroslo regalado. –          ¡Ah! Gran reina, exclamó Solimán, arrodillándose delante de ella, vos sois digna de mandar sobre los hombres, sobre los reyes y sobre los elementos. ¡Haga el cielo y vuestra bondad que aceptéis la mitad de un trono en el que no encontraréis a vuestros pies más que a rendidos vasallos! –          Vuestra proposición me halaga, dijo Balkis, y hablaremos de ello más tarde.” Descendieron los dos del trono, seguidos de su cortejo de pájaros, que les seguía como un palio dibujando sobre sus cabezas diversas figuras de adorno.             Cuando se encontraban cerca del lugar en el que se habían asentado los cimientos del altar, la reina divisó un enorme tronco de vid que había sido arrancada de raíz y echada a la basura. Su mirada se tornó pensativa, hizo un gesto de sorpresa, y la abubilla comenzó a lanzar un canto de dolor que hizo huir a toda prisa a la nube de pájaros.             La mirada de Balkis se hizo severa; su majestuosa altura pareció elevarse aún más, y con voz grave y profética exclamó: “¡Ignorancia y ligereza de los hombres!; ¡vanidad y orgullo!… tú has elevado la gloria sobre la tumba de tus padres. Esa cepa de vid, ese venerable tronco… –          Reina, esa vid nos estorbaba; la hemos arrancado para dejar sitio al altar de pórfido y de madera de olivo al que deben decorar cuatro querubines de oro. –          Tú has profanado, tú has destruido la primera vid… la que fue plantada por el mismísimo padre de la raza de Sem, por Noé, el patriarca. –          ¿Cómo es posible? respondió Solimán profundamente humillado, ¿y cómo lo sabéis vos?… –          ¡En lugar de creer que la grandeza es la fuente de la ciencia, yo he pensado justo lo contrario, oh, rey! y me he hecho del estudio una fiel creyente… Y ahora escúchame bien, hombre cegado por la vanidad y el esplendor: esa madera que tu impiedad ha condenado a la muerte, ¿sabes qué destino la reservan las potencias inmortales?… –          Hablad. –          Se la reservará para ser el instrumento de suplicio en el que será clavado el último príncipe de tu raza. –            ¡Entonces, que sea convertida en astillas, ese madero impía, y reducido a cenizas!. –            ¡Insensato! ¿quién puede borrar lo que está escrito en el libro de Dios?, ¿Y cuál será el éxito de tu sabiduría confrontado a la voluntad suprema? Prostérnate ante los decretos que tu espíritu material no puede penetrar: sólo ese suplicio salvará tu nombre del olvido, y hará brillar sobre tu casa la aureola de una gloria inmortal…”             El gran Solimán se esforzaba en vano por disimular su turbación bajo una apariencia entre jovial y burlona, cuando de pronto llegó un montón de gente anunciando que por fin habían encontrado al escultor Adoniram.             Al poco, Adoniram, anunciado por los clamores de la multitud, apareció a la entrada del templo. Benoni acompañaba a su maestro y amigo, que avanzaba con la mirada ardiente, la frente inquieta, todo revuelto, como un artista bruscamente arrancado de su inspiración y su trabajo. Ni una sola traza de curiosidad ablandaba la poderosa expresión y noble aspecto de este hombre; no menos imponente por su elevada estatura que por el carácter grave, audaz y dominador de su bella fisonomía.             Se detuvo con desenvoltura y arrogancia, sin familiaridad ni tampoco desdén, a algunos pasos de Balkis, que no pudo recibir las ojeadas incisivas de esa mirada de águila sin experimentar un sentimiento de confusa timidez.             Pero se rehizo de inmediato de aquel apuro involuntario; una veloz reflexión sobre la condición de ese maestro obrero, de pie, con los brazos desnudos y el pecho al descubierto, la devolvió a la realidad; sonriendo ante su propia timidez, casi halagada por haberse sentido tan joven, se dignó a hablar al artesano.             Él respondió, y su voz golpeó a la reina como el eco de un recuerdo fugitivo; a pesar de que ella nunca le había conocido ni le había visto jamás.             Tal es el poderío del genio, esa belleza de las almas; a la que los espíritus se encadenan sin poderse ya nunca escapar. El encuentro con Adoniram hizo olvidar a la princesa de los Sabeos todo lo que la rodeaba; y, mientras el artista mostraba caminando con breve paso las obras comenzadas, Balkis le seguía, casi sin darse cuenta de la vehemencia de sus palabras; mientras el rey y los cortesanos marchaban tras las huellas de la divina princesa…             Esta última no dejaba de preguntar a Adoniram acerca de sus trabajos, sobre su país, sobre su nacimiento…             “Señora, respondió Adoniram con cierto apuro y fijando sobre ella una mirada penetrante, he recorrido muchas comarcas; mi patria está por todas partes en las que brilla el sol; mis primeros años transcurrieron a lo largo de las vastas montañas del Líbano, desde las que a lo lejos se divisa a Damasco en el llano. La naturaleza, así como los hombres han esculpido esas tierras montañosas, erizadas de amenazantes rocas y de ruinas. –          No creo, puntualizó la reina, que sea en esos desiertos en donde se aprendan los secretos de las artes que vos domináis con excelencia. –          Pero es ahí, al menos, en donde se eleva el pensamiento, se despierta la imaginación, y en donde, a fuerza de meditar, se aprende a crear. Mi primer maestro fue la soledad; en mis viajes, más tarde, he utilizado ese conocimiento. He vuelto mi mirada hacia los restos del pasado; he contemplado los monumentos, y he huido de la sociedad de los humanos… –          ¿Y por qué, maestro? –          No disfrutaba con la compañía de los semejantes… y me sentía solo.”             Esa mezcla de tristeza y de grandeza emocionó a la reina, que bajó los ojos con recogimiento.             “Veréis, continuó Adoniram, no tengo mucho mérito en practicar estas artes, ya que su aprendizaje no me ha resultado trabajoso. Mis modelos los he encontrado en los desiertos; yo reproduzco la impresión que he recibido de esas ruinas ignoradas y de esas terribles y grandiosas estatuas de los dioses del mundo antiguo. –          En más de una ocasión, interrumpió Solimán con una firmeza que la reina no había observado hasta entonces, más de una vez, maestro, he reprimido en vos, como una tendencia idólatra, ese ferviente culto por los monumentos de una teogonía impura. Guardaos para vos esos pensamientos, y que el bronce y la piedra no reflejen nada de esto ante el rey.”             Adoniram, inclinándose, reprimió una sonrisa amarga.             “Señor, dijo la reina para consolarle, el pensamiento del maestro se eleva, sin duda, por encima de las consideraciones susceptibles de inquietar la conciencia de los levitas… En su alma de artista, se dice que lo bello glorifica a Dios, y busca la belleza con una piedad inocente. –          ¿Acaso sé yo, dijo Adoniram, lo que fueron en su tiempo esos dioses extintos y petrificados por los genios de antaño? ¿Quién podría inquietarse? Solimán, rey de reyes, me ha pedido prodigios, y ha sido necesario recordar que los antepasados de este mundo han dejado maravillas. –            Si vuestra obra es bella y sublime, añadió la reina apasionadamente, entonces será ortodoxa, y, a su vez, por el hecho de ser ortodoxa, la posteridad os copiará. –          Gran reina, en verdad grande, vuestra inteligencia es pura como vuestra belleza. –            Entonces, esas ruinas, se apresuró a interrumpir Balkis, ¿eran numerosas en las tierras del Líbano?. –            Ciudades enteras enterradas en un sudario de arena que el viento levanta y abate una y otra vez; hipogeos de tamaño sobrehumano que sólo yo conozco… Trabajando para los pájaros del aire y las estrellas del cielo, anduve errante y sin rumbo, esbozando figuras sobre las rocas y tallándolas allí mismo a grandes mazazos. Un día… Pero ¿no estaré abusando de la paciencia de tan augustos oyentes?. –          No; estos relatos me cautivan. –            Sacudida por mi martillo, que hundía el cincel en las entrañas de la roca, la tierra temblaba bajo mis pisadas, sonora y hueca. Armado con una palanca, hice rodar el bloque de piedra…, que descubrió la entrada de una caverna en la que me precipité. Estaba excavada en la roca viva, y sustentada por enormes pilares cargados de molduras y extraños dibujos; sus capiteles servían de base a las nervaduras de unas bóvedas increíbles. A través de los arcos de ese bosque de piedra, aparecían dispersas, inmóviles y sonrientes tras millones de años, legiones de colosales estatuas, de distintas formas. Su aspecto me produjo un terror embriagador: hombres; gigantes desaparecidos de nuestro mundo; animales simbólicos pertenecientes a especies extintas; en una palabra, ¡toda la magnificencia que el sueño de la imaginación más delirante apenas osaría concebir!… Viví allí durante meses… años; interrogando a aquellos espectros de una sociedad muerta, y fue allí donde recibí la tradición de mi arte, en medio de aquellas maravillas del genio primitivo. –          La reputación de esas obras sin nombre ha llegado hasta nosotros, dijo Solimán, meditabundo: allí, se dice, en las tierras malditas, se ve surgir de entre las ruinas los restos de la ciudad impía sumergida por las aguas del diluvio, los vestigios de la criminal Henochia… construida por el gigantesco linaje de Tubal; la ciudad de los hijos de Caín[2]. ¡Anatema sobre ese arte de impiedad y tinieblas! Nuestro nuevo templo refleja la claridad del sol; sus líneas son simples y puras, y el orden, la unidad del plan, muestran lo recto de nuestra fe incluso en el estilo de esas moradas que estoy erigiendo al Eterno. Tal es nuestra voluntad; tal es la voluntad de Adonai, que así la transmitió a mi padre. –          Rey, exclamó en tono arisco Adoniram, tus planos han sido seguidos en su conjunto: Dios reconocerá tu docilidad; pero yo he querido que además el mundo admire tu grandeza. –            Hombre industrioso y sutil, no tentarás al señor tu rey. Con ese objetivo has fundido esos monstruos, objeto de admiración y espanto; esos ídolos gigantescos que se rebelan contra los estereotipos consagrados por el rito hebraico. Pero, cuidado: la fuerza de Adonai está conmigo, y mi ofendido poder reducirá a Baal al polvo. –          Sed clemente, ¡oh, rey!, prosiguió con dulzura la reina de Saba, con el artista del monumento a vuestra gloria. Los siglos pasan, el destino de la humanidad continúa progresando según los deseos de su Creador. ¿Es acaso un signo de desconocimiento del Altísimo, el interpretar más noblemente sus obras?; ¿se debe reproducir eternamente la fría inmovilidad de la hierática escultura legada por los egipcios, dejando como ellos, sus relieves a medio acabar dentro del sepulcro de granito del que no pueden desprenderse, y representar a los genios como esclavos encadenados a la piedra?. Rechacemos, gran príncipe, como una negación peligrosa la idolatría de la rutina.”             Ofendido por haberle llevado la contraria, pero subyugado por una encantadora sonrisa de la reina, Solimán la dejó que felicitara calurosamente al hombre genial que él mismo admiraba, no sin cierto despecho, y quien, de ordinario indiferente a las alabanzas, ahora las recibía con una embriaguez totalmente nueva.             Los tres grandes personajes se encontraban en el peristilo exterior del templo, -situado sobre una meseta elevada y cuadrangular,- desde donde se descubría la vasta campiña desigual y montuosa. Una muchedumbre inmensa cubría a lo lejos los campos y las entradas de la ciudad construida por Daoud (David). Para contemplar a la reina de Saba, cerca o lejos, el pueblo entero había invadido los accesos al palacio y al templo; los albañiles habían abandonado las obras de Gelboé, los carpinteros habían dejado las lejanas canteras; los mineros habían salido a la luz del sol. La voz de que la famosa reina había llegado, recorriendo las comarcas vecinas, había puesto en movimiento a todo aquel pueblo de trabajadores y les había conducido hasta el centro de su obra.             Allí estaban, todos revueltos, mujeres, niños, soldados, mercaderes, obreros, esclavos y apacibles ciudadanos de Jerusalén; llanuras y valles apenas eran suficientes para contener aquel inmenso tumulto, y a más de una milla de distancia los ojos de la reina se posaban, extrañada, sobre un mosaico de seres humanos que se escalonaban en anfiteatro hasta perderse en el horizonte. Algunas nubes, interceptando aquí y allá al sol que inundaba esa escena, proyectaban sobre aquel mar viviente algunos fragmentos de sombra.             “Vuestro pueblo, dijo la reina Balkis, es más numeroso que los granos de arena del mar… –          ¡Hay ahí gente de todos los países, que han corrido hasta aquí para veros; y, lo que me extraña, es que el mundo entero no esté sitiando Jerusalén en el día de hoy! Gracias a vos, los campos están desiertos, la ciudad ha sido abandonada, y hasta los infatigables obreros del maestro Adoniram… –          ¡En verdad!, interrumpió la princesa de Saba, que andaba buscando un medio de honrar al artista: obreros como los de Adoniram han de ser maestros. Son los soldados de este jefe de una milicia artística… Maestro Adoniram, nos, deseamos pasar revista a vuestros obreros, felicitarles y cumplimentaros en su presencia.” –          El sabio Solimán, ante esas palabras, levantó los brazos por encima de la cabeza en señal de estupor:             “¿Cómo, exclamó, reunir a los obreros del templo, dispersos en medio de la fiesta, vagando por las colinas y confundidos entre la multitud? Son muy numerosos, y sería en vano intentar agrupar durante horas a tantos hombres de diferentes países y que hablan distintas lenguas, desde el sánscrito del Himalaya, hasta los sonidos oscuros y guturales de la salvaje Libia. –          No os preocupéis por eso, señor, dijo con sencillez Adoniram; la reina nunca pediría algo que fuera imposible, y sólo unos minutos serán suficientes.”             Tras estas palabras, Adoniram, colocándose en el pórtico exterior y utilizando como pedestal un bloque de granito que se encontraba allí cerca, se volvió hacia la numerosa multitud, sobre la que posó su mirada. Hizo una señal, y todas las olas de aquel mar palidecieron, ya que todos elevaron y dirigieron hacia él sus miradas.             La muchedumbre estaba atenta y curiosa… Adoniram elevó el brazo derecho, y, con la mano abierta, trazó en el aire una línea horizontal, del medio de la cual hizo caer una perpendicular, dibujando de ese modo dos ángulos rectos en escuadra, como las que produce el hilo a plomo suspendido de una regla, signo bajo el que los sirios escriben la letra T, trasmitida a los fenicios por los pueblos de la India, que la nombraron tha, y que pasó más tarde a los griegos, que a su vez la llamaron tau.             Dibujando en estas antiguas lenguas, mediante la analogía jeroglífica, ciertos útiles de la profesión masónica, la figura T era un signo de concentración[3].             De modo que, apenas Adonirám la había trazado en el aire, cuando un movimiento extraño se manifestó entre la muchedumbre. Aquel mar de humanidad se estremeció, comenzó a agitarse, oleadas de gente se dirigieron a distintos lugares, como si un huracán hubiera puesto todo en movimiento. Al principio, sólo se percibía una confusión generalizada; cada cual corría en sentido contrario. Pero pronto, comenzaron los grupos a disgregarse, juntarse, separarse; los vacíos se rellenaban; legiones se disponían en formaciones cuadrangulares; una parte de la multitud reculaba; millares de hombres, dirigidos por jefes desconocidos, se organizaron como un ejército distribuido en tres cuerpos principales, subdivididos en distintas cohortes, espesas y profundas.             Entonces, y mientras Solimán comenzaba a darse cuenta del mágico poder del maestro Adonirám, entonces, todo se estremece; cien mil hombres en perfecta formación avanzan silenciosos y al unísono por los tres lados. Sus pasos fuertes y acompasados hacen temblar la campiña. En el centro se podía reconocer a los constructores y a cuantos trabajan la piedra; los maestros en primera línea; después sus compañeros, y detrás de estos, los aprendices. A su derecha y siguiendo la misma jerarquía, iban los carpinteros, ebanistas, aserradores, talladores. A la izquierda, los fundidores, cinceladores, herreros, mineros y cuantos trabajan la industria de los metales.             Había más de cien mil artesanos, y se aproximaban como las fuertes olas que invaden las orillas del mar…             Turbado, Solimán, retrocedió dos o tres pasos; volvió la cabeza y sólo vió tras él la débil y brillante corte de sus sacerdotes y cortesanos.             Tranquilo y sereno, Adonirám está de pie cerca de los dos monarcas. Extiende el brazo; todo se detiene, y él se inclina humildemente delante de la reina, diciendo:             “Vuestras órdenes han sido ejecutadas.”             Poco faltó para que ella no se prosternara ante aquel poderío oculto y formidable, tanto le impresionaron la sublime fuerza y sencillez de Adonirám.             Rápidamente, ella volvió a su compostura, y con un gesto saludó a la milicia de las corporaciones allí reunidas. Después, quitándose un magnífico collar de perlas del que colgaba un sol de piedras preciosas, encuadrado en un triángulo de oro, ornamento simbólico, ella hizo el gesto de ofrecérselo a las distintas corporaciones y avanzando hacia Adonirám que, inclinado ante ella, sintió temblando cómo caía sobre su pecho y espalda semidesnudos aquel precioso regalo.             En ese mismo instante una inmensa aclamación  respondió desde las profundidades de la multitud al generoso acto de la reina de Saba. Y mientras la cabeza del artista estaba cerca del rostro radiante y del palpitante seno de la princesa, ésta le murmuró en voz baja: “Maestro, ¡tened cuidado y sed prudente!.”             Adonirám elevó sus grandes ojos deslumbrado , y Balkis se admiró ante la dulzura penetrante de aquella mirada tan noble.             “¿Quién es pues, se preguntaba Solimán ensoñador, este mortal que somete a los hombres tanto como la reina lo hace sobre los habitantes del aire?… Una señal de su mano hacer surgir ejércitos; mi pueblo es suyo, y mi dominación se ve reducida a un miserable rebaño de cortesanos y sacerdotes. Un simple parpadeo le haría rey de Israel.”             Esas preocupaciones no le permitieron observar la contención de Balkis, que seguía con la mirada al verdadero jefe de aquella nación, rey de la inteligencia y del genio, pacífico y paciente árbitro del destino del elegido del Señor.             El regreso al palacio fue silencioso; la existencia del pueblo acababa de ser revelada al sabio Solimán…, que creía saber todo y ni siquiera lo había comprendido. Educado en el campo de las doctrinas; vencido por la reina de Saba, que mandaba sobre las bestias del aire; vencido por un artesano que mandaba a los hombres, el teólogo, entreviendo el porvenir, meditaba sobre el destino de los reyes, y se decía: “estos sacerdotes, antaño mis preceptores; hoy mis consejeros, encargados de la misión de enseñarme todo, me han camuflado todo, ocultando mi ignorancia. ¡Oh, confianza ciega de los reyes!, ¡Oh, vanidad de la sabiduría!…¡Vanidad!, ¡vanidad!”.             Mientras que la reina se abandonaba a sus ensueños, Adonirám retornaba a su taller, apoyado familiarmente sobre su discípulo Benoni, que ebrio de entusiasmo celebraba las gracias y el simpar talante de la reina Balkis.             Pero, más taciturno que nunca, el maestro guardaba silencio. Pálido y con la respiración entrecortada, a veces se abrazaba su amplio pecho con las manos crispadas. Una vez en el santuario de sus trabajos, se encerró solo, lanzó una mirada a una estatua todavía esbozada, la halló imperfecta y la destrozó. Finalmente, cayó abatido sobre un banco de roble, y tapándose la cara con ambas manos, exclamó con voz entrecortada: “¡Diosa adorable y funesta!… ¡qué desgracia! ¡porqué mis ojos han tenido que ver a esa perla de Arabia!”… [1] Mellar, hijo de Saba (ver o. 240), dio su nombre a loa Árabes, los Hémiarites o Himyaríes, de los que Balkis es la reina. Ver d’Herbelot, Bibliothèque orientale, artículo “Hémiar”. [2] Sobre la descendencia de Caín y la ciudad subterránea de Hénochia, ver más adelante los capítulos VI y VII y la nota correspondiente (MJ). Tubal Caín es el nombre de un personaje de la  Biblia y Tubal (en el idioma asirio es Tabal y en griego es Tibarenoi) es el de una tribu del Asia Menor. Hijo de Lamec, su función dentro de la genealogía de Caín, junto a su padre, su madre, su madrastra y sus hermanos, es la simbolización del progreso y el avance cultural. Tubal-Caín en concreto representa la metalurgia. El conocimiento de la forma de trabajar el hierro y el cobre se difundió desde el Asia Menor para llegar a todo el Oriente Próximo, con lo que el nombre del personaje Tubal está muy relacionado con el de la tribu Tubal por sus conocimientos de los metales. La tribu Tubal es una tribu sudoriental del Asia Menor que siempre aparece mencionada en conjunto con la tribu de Mesec o Mesej en la tradición cuneiforme asiria en los escritos griegos y en la Biblia, que vivieron especificamente en Cilicia. En la Biblia aparecen mencionados y descritos en el Libro de Ezequiely en el Libro de Isaías para el siglo VII a.C., donde se les considera buenos guerreros, orfebres y vendedores de esclavos. En el Génesis se los cuenta entre los hijos de Jafet. Los cimerios los habrían hecho retirarse a la zona montañosa oriental del Mar Negro y en momentos dados de su historia fueron aliados de los escitas y de otras tribus para comerciar, guerrear y defenderse de sus enemigos comunes, Gén. 10:2, Ez. 27:13, Is. 66:19. (De http://es.wikipedia.org/wiki/Tubal)  [3] La Tau no es sólo un emblema masónico, sino, en la tradición cabalística, un signo mágico. Ver también en la Leyenda de Hakem, Argévan lleva sobre la frente “la forma siniestra de la tau signo de los destinos fatales”.

Esmeralda de Luis y Martínez 25 marzo, 2012 25 marzo, 2012 Adoniram, Balkis, Caín, Hémiarites, Henochia, Hud-Hud, Jerusalén, Líbano, Solimán, Tubal
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches del Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAñANA Y DE SOLIMÁN, decease EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – IV. Mello… Sobre la trampa que Solimán tendió a la Reina de Saba en Mello… Fue en Mello, viagra ciudad situada en lo alto de una colina desde la que se puede ver en toda su extensión el valle de Josafat; donde el rey Solimán se propuso agasajar a la reina de los sabeos. La hospitalidad del campo es más cordial: el frescor del agua, el esplendor de los jardines, la agradable sombra de los sicómoros, tamarindos, laureles, cipreses, acacias y terebintos despierta en los corazones los sentimientos más tiernos. Solimán también estaba satisfecho de poder disfrutar de su morada campestre; ya que, en general, los soberanos prefieren mantener a sus iguales apartados, y guardarles para sí mismos, antes que exponerse junto a sus rivales a los comentarios de la gente de su capital. El valle verdeante estaba sembrado de tumbas blancas, protegidas por pinos y palmeras: y desde allí se podían ver las primeras laderas del valle de Josafat. Entonces, Solimán dijo a Balkis: –  “¡Qué mejor y más digno objeto de meditación para un rey, que el espectáculo de nuestro final común! Aquí, cerca de vos, reina mía, están los placeres, puede que la felicidad; allá abajo, la nada, el olvido. –  Reposamos de las fatigas de la vida con la contemplación de la muerte. –  En estos momentos, señora, yo la temo; la muerte separa… ¡ojalá que yo no tenga que aprender demasiado pronto de su consuelo!” Balkis echó una mirada furtiva a su anfitrión, y le vio realmente emocionado. Revestido de la luz del crepúsculo, Solimán le pareció hermoso. Antes de penetrar al salón del festín, los augustos anfitriones contemplaron la mansión con los últimos reflejos del sol, respirando los voluptuosos perfumes de los naranjos que embalsamaban la puesta del sol y la llegada de la noche. Esta espaciosa residencia está construida al gusto sirio. Elevada sobre un bosque de finas columnas, dibuja sobre el cielo sus torrecillas y pabellones de cedro, revestidos de elegantes molduras. Las puertas abiertas dejaban entrever cortinajes de púrpura de Tiro, divanes de seda tejida en la India, rosetones con incrustaciones de piedras preciosas, muebles de madera de limonero y sándalo, jarrones de Tebas, vasos de pórfido o lapislázuli, rebosantes de flores, trípodes de plata en donde se quemaba el áloe, la mirra y el benjuí; lianas que trepaban por los pilares y se extendían a lo largo de las murallas: ese hermoso lugar parecía consagrado al amor. Pero Balkis era sabia y prudente: su sentido común la protegía del momento mágico de Mello. – “Tímidamente recorro con vos este pequeño castillo, dijo Solimán: pues desde que vuestra presencia lo honra, me parece mezquino. Las villas de los Himayaríes son, sin duda, más ricas. –  No, exactamente; pero, en nuestro país, las columnas más esbeltas, las molduras, las estatuillas, los campaniles festoneados se construyen en mármol. Nosotros esculpimos en piedra lo que vosotros sólo talláis en madera. Por otra parte, nuestros ancestros no han cosechado la gloria gracias a vanas fantasías. Ellos han llevado a cabo una obra que hará su recuerdo eternamente bendito. –  ¿Cuál es esa obra? El conocimiento de las grandes empresas exalta el pensamiento. –  Antes de nada, debo confesar que la feliz y fértil región del Yemen, al principio, era una zona árida y estéril. Nuestro país no recibió del cielo ni ríos ni arroyuelos. Mis antepasados han triunfado sobre la naturaleza y creado un edén en medio del desierto. –  Reina, habladme de esos prodigios. –  En el corazón de las altas montañas que se elevan al este de mis estados y sobre la vertiente en la que se sitúa la ciudad de Mareb, serpenteaban, aquí y allá torrentes y arroyuelos que se evaporaban en el aire, se perdían en los abismos y en el fondo de los pequeños valles antes de llegar a la llanura, completamente seca. Gracias a una obra de siglos, nuestros antiguos reyes consiguieron concentrar todas las aguas sobre una meseta de muchas leguas, en la que excavaron un inmenso aljibe sobre el que hoy en día se puede navegar como si fuera un mar. Hubo que apuntalar la escarpada montaña con contrafuertes de granito más altos que las pirámides de Gizeh, rriostrados por bóvedas ciclópeas, de tales dimensiones, que bajo ellas puede circular con facilidad un ejército de caballería y elefantes. Este inmenso e inagotable estanque se desliza en cascadas argentinas sobre acueductos, amplios canales que, divididos en pequeños surcos, transportan las aguas a lo largo de la llanura y riegan así la mitad de nuestras comarcas. Gracias a esta sublime obra tenemos opulentas cosechas, industrias fecundas, numerosos prados, árboles seculares y profundos bosques que conforman la riqueza y el encanto del dulce país del Yemen. Tal es, señor, nuestro “mar de bronce”, sin ánimo de despreciar al vuestro que, por supuesto, es una curiosa invención. –  ¡Noble creación! -exclamó Solimán- que imitaría con orgullo de no ser porque Dios, en su infinita clemencia, nos ha repartido las abundantes y benditas aguas del Jordán. –  Ayer lo atravesé vadeándolo, añadió la reina; y el agua no les llegaba a mis camellos ni a la rodilla. –  Es peligroso invertir el orden de la naturaleza, pronunció el sabio, y crear, sin la intercesión de Jehová, una civilización artificial, un comercio, una industria, poblaciones subordinadas a la duración de una obra de los hombres. Nuestra Judea es árida; no tiene más habitantes que los que puede alimentar, y las artes que los sustentan son el producto regular del sol y del clima. Cuando vuestro lago, esa copa cincelada en las montañas, se rompa; esas construcciones ciclópeas se derrumben, y seguro que un día llegará ese infortunio… vuestro pueblo, desposeído del tributo de las aguas, expirará consumido por el sol, devorado por el hambre en medio de esas campiñas artificiales”. Embargada por la aparente profundidad de esa reflexión, Balkis se quedó pensativa. –  “Es más, prosiguió el rey, estoy seguro de que ya los arroyos de la montaña están erosionando barrancos y buscan el modo de escapar de su prisión de piedra, que socavan sin cesar. La tierra está sujeta a temblores, el tiempo arranca las rocas, el agua se filtra y huye como las culebras. Además, sobrecargado con tal amasijo de agua, vuestro magnífico estanque, que se consiguió construir cuando no había agua, sería imposible de reparar. ¡Oh, reina! Vuestros antepasados han legado a vuestro pueblo el futuro caduco de un montón de piedras. La esterilidad les habrá hecho industriosos; y han sacado partido de un suelo en el que perecerán sin saber qué hacer y consternados, al tiempo que las primeras hojas de los árboles, cuando los canales cesen un buen día de humedecer sus raíces. No se debe tentar a dios, ni corregir sus obras. Lo que él hace, bien hecho está. –  Ese razonamiento, continuó la reina, proviene de vuestra religión, empequeñecida por las sombrías doctrinas de vuestros sacerdotes, que sólo sirven para inmovilizar, para mantener a vuestro pueblo en la ignorancia y para reprimir bajo su tutela cualquier atisbo de independencia que presente la humanidad. ¿Acaso ha sembrado y arado dios los campos?, ¿ha sido dios el fundador de ciudades y el constructor de palacios?. ¿Fue él quien puso a disposición de los hombres el hierro, el oro, el cobre y todos esos metales que brillan en el templo de Solimán?. No. Él ha transmitido a sus criaturas el genio creador, la actividad; él sonríe ante nuestros esfuerzos, y, en nuestras torpes creaciones, él reconoce el espíritu de su alma, con el que ha esclarecido la nuestra. Al creer celoso a ese dios, vos limitáis su poder, consideráis divinas vuestras facultades, mientras que materializáis las suyas. ¡Oh, rey! los prejuicios de vuestra religión algún día se convertirán en un obstáculo para el progreso de la ciencia, el impulso del genio, y una vez constreñidos y debilitados los hombres, ellos harán lo mismo con su dios y al reducirle a su propio tamaño, acabarán por negarle. –  Sutil, dijo Solimán con una sonrisa amarga; sutil, pero engañoso…” La reina continuó: – “Entonces, no suspiréis cuando mi dedo se pose sobre vuestra secreta herida. Vos estáis solo, en este reino, y sufrís: vuestras intenciones son nobles, audaces, pero la constitución jerárquica de esta nación pesa sobre vuestras alas; vos os decís, y aún es poco para vos: ¡Yo dejaré a la posteridad la estatua de un rey demasiado grande para un pueblo demasiado pequeño!. En cambio, por lo que respecta a mi imperio, la diferencia es notable… Mis antepasados han preferido el anonimato para hacer más grandes sus obras. Trentaiocho monarcas sucesivos han añadido algunas piedras al lago y a los acueductos de Mareb: y aunque los siglos venideros olviden sus nombres, sus obras seguirán cubriendo de gloria a los sabeos; y si un día todo se derrumba, si la tierra, avara, retoma sus ríos y arroyos, el suelo de mi patria, fertilizado por mil años de cultivo, continuará produciendo; los grandes árboles que proyectan su sombra a lo largo y ancho de las llanuras, conservarán el frescor, protegerán las albercas y las fuentes, y el Yemen, conquistado una vez a las arenas del desierto, guardará hasta el fin de los tiempos el dulce nombre de “Arabia feliz”… Y, vos, de haber tenido más libertad, habríais podido ser grande para mayor gloria de vuestro pueblo y felicidad de los hombres. –  Ya veo a qué aspiraciones vos llamáis a mi alma… Demasiado tarde; mi pueblo es rico; la conquista o el oro le procura lo que Judea no produce; y para la madera de construcción, mi prudencia ha suscrito tratados con el rey de Tiro; los cedros y pinos del Líbano se amontonan en mis almacenes; nuestras naves rivalizan en los mares con las de los fenicios. –  Vos os consoláis con vuestra grandeza, basada en la atención paternalista de vuestra administración”, dijo la princesa, triste y condescendiente. Esa reflexión fue seguida de un momento de silencio; las espesas tinieblas disimularon la emoción que se imprimía en el rostro de Solimán, que murmuró con una dulce voz: –  “Mi alma se ha unido a la vuestra y mi corazón la sigue.” En parte turbada, Balkis lanzó una mirada furtiva a su alrededor; los cortesanos se habían apartado. Las estrellas brillaban sobre su cabeza a través de las ramas de los árboles, sembrando flores de oro. Cargada con el perfume de los lirios, nardos, glicinas y mandrágoras, la brisa nocturna cantaba entre las tupidas ramas de los mirtos; el incienso de las flores había tomado la palabra; el aire llevaba bálsamo en su aliento; a lo lejos zureaban las palomas; el ruido de las aguas acompañaba al concierto de la naturaleza; brillantes insectos y flamígeras mariposas paseaban su lustroso esplendor en medio de aquella atmósfera tibia y plena de voluptuosas emociones. La reina se sintió embargada por una languidez embriagadora; la tierna voz de Solimán penetraba en su corazón y la atrapaba con su encanto. ¿Le gustaba Solimán, o bien le soñaba como ella hubiera querido amarle?… Tras haberle dado una lección de modestia, ella se comenzaba a interesar por él. Pero esa empatía surgida de la calma del razonamiento, mezcla de una dulce piedad y tras la victoria de la mujer, no era ni espontánea, ni entusiasta. Dominándose a sí misma, igual que lo había hecho con los pensamientos y opiniones de su huesped, reflexionaba que quizá podría llegar a amarle a través de la amistad, pero ¡ese camino era tan largo!. Y Salomón estaba subyugado, deslumbrado, pasando furiosamente del despecho a la admiración, del desaliento a la esperanza, y de la cólera al deseo, pues ya había recibido más de una herida, y para un hombre, amar demasiado pronto, suponía correr el riesgo de que sólo él pudiera amar. Además, la reina de Saba era reservada; su superioridad constantemente había dominado a todo el mundo, incluido al propio Solimán. Tan solo el escultor Adoniram[1] había conseguido por un instante mantener su atención: ella no había podido penetrar en su interior: su imaginación había vislumbrado en él un misterio; pero esa viva curiosidad de un instante sin duda alguna ya se había desvanecido. Y no obstante, ante la visión de Adoniram, por primera vez, esta mujer de notoria fortaleza pensó y se dijo: he ahí un hombre. Podría ser que esa visión pasajera, aunque reciente, hubiera rebajado ante ella el prestigio de Solimán, y prueba de ello sería que una o dos veces, cuando la conversación vino a recaer sobre el artista, ella se contuvo y cambió de tema. Fuera lo que fuese, el hijo de David se enardeció rápidamente: la reina ya estaba acostumbrada a ese carácter; él se anticipó diciendo que seguía el ejemplo de todo el mundo; pero supo expresarlo con gracia; la hora era propicia, Balkis en edad de amar, y, por la virtud de las tinieblas, curiosa y enternecida. Pero de pronto, las antorchas proyectaron rojos destellos sobre los arbustos, anunciando que la cena estaba servida. “¡En qué mal momento!” – pensó el rey – “¡Menos mal!” – pensó la reina… Se sirvió la cena en un pabellón construido al gusto fantasioso y desenfadado de los pueblos de las orillas del Ganges. La sala octogonal estaba iluninada con cirios de colores y fanales en los que ardía nafta mezclada con perfume; la luz tamizada surgía a través de los ramos de flores. En la antesala, Solimán ofreció la mano a su invitada, que adelantando su pequeño pie, lo retiró de inmediato vivamente sorprendida. La sala estaba cubierta por una superficie de agua en la que se reflejaban la mesa, los divanes y los cirios. – “¿Qué os detiene?” –preguntó extrañado Solimán. Balkis entonces quiso mostrarse por encima del miedo, y con un gesto encantador, alzó sus vestiduras y fue a sumergirse con firmeza. Pero el pie fue rechazado por una superficie sólida. – “¡Ay, reina, ¿veis? –dijo el sabio-, el más prudente puede equivocarse al juzgar las apariencias; yo he querido sorprenderos y por fin lo he conseguido… Vos estáis caminando sobre un suelo de cristal[2]”. Ella sonrió, alzando los hombros, más por divertimento que de admiración, y seguramente lamentó que Solimán no la hubiera sabido asombrar de otro modo. Durante el festín, el rey fue galante y solícito; sus cortesanos le rodeaban, y él reinaba en medio de todos ellos con majestad tan incomparable que la reina se sintió ganada por el respeto. La etiqueta se observaba en la mesa de Solimán rígida y solemne. Los manjares eran exquisitos, variados, pero excesivamente salados y con abundantes especias: nunca se había enfrentado Balkis a semejantes condimentos. Supuso que ese era el gusto de los hebreos; y no menos se sorprendió al ver que ese pueblo, que se nutría con tales salazones, se abstenía de beber. No había copero del rey; ni una gota de vino ni de hidromiel, y ni una sola copa sobre la mesa. A Balkis le ardían los labios, tenía el paladar reseco, y como el rey no bebía, ella no osaba pedir bebida alguna; la dignidad del príncipe se lo impedía. Acabada la cena, los cortesanos se dispersaron poco a poco y fueron desapareciendo entre las profundidades de una galería apenas iluminada. Muy pronto, se encontró la reina de Saba a solas con Solimán, más galante que nunca, con los ojos plenos de ternura y que de solícito pasó a casi agobiante. Superando su apuro, la reina sonriente y bajando la vista se levantó con la intención de retirarse. –  “¡Cómo! Exclamó Solimán, ¿vais a dejar de este modo a vuestro humilde esclavo sin una palabra, sin una esperanza, sin una prenda de vuestra compasión?. Esta unión con la que he soñado tanto, esa felicidad sin la que ya no sabría vivir, esta pasión ardiente y sometida que os imploro sin recompensa, ¿arrojaréis todo esto a vuestros pies?”. Él la había agarrado una mano, que le abandonaba retirándola sin esfuerzo; pero él se resistía. Ciertamente, Balkis había pensado más de una vez en esta alianza; pero no al precio de perder su libertad y su poderío. De modo que ella insistió en su deseo de retirarse, y Solimán se vio obligado a ceder. –  “Sea –dijo él- dejadme, pero voy a poneros dos condiciones a vuestra retirada. –  Hablad. –   La noche es dulce y aún más dulce es vuestra conversación. ¿Me acordaríais otra hora? –   Consiento en ello. –   La segunda condición es que cuando salgáis de aquí, no os llevéis nada que me pertenezca. –   ¡Os lo otorgo! y de todo corazón –respondió Balkis riendo a carcajadas. –   ¡Reid!, mi reina; a gente más rica he visto ceder ante las tentaciones más raras. –  ¡De maravilla!, vos sois ingenioso para salvar vuestro amor propio. No más engaños, hagamos un tratado de paz. –  Un armisticio, es lo que al menos yo espero…” Continuaron con la charla, y Solimán se empleó a fondo, bien aprendida la lección, en hacer hablar a la reina tanto como pudo. Un surtidor de agua, que murmuraba al fondo de la sala, le servía de acompañamiento. Ahora bien, si hablar demasiado reseca la garganta, cuánto más si se ha comido sin beber ni una gota y se han hecho los honores de unos manjares excesivamente salados. La hermosa reina de Saba se moría de sed; hubiera dado una de sus provincias por una pátera de agua pura. Pero aún así, no se atrevía a mostrar tan ardiente deseo. Y la fuente clara, fresca, argentina y socarrona chisporroteaba junto a ella, lanzando perlas que volvían a caer en el aljibe con alegre ruido. Y la sed crecía, y la reina jadeante no podía aguantar más. Mientras seguía hablando, y viendo a Solimán medio distraido y con cierto torpor, la reina comenzó a pasear como quien no quiere la cosa por en medio de la sala, y por dos veces, aún pasando muy cerca de la fuente, no se atrevió… Pero el deseo se hizo irresistible. La reina volvió sobre sus pasos y echando una rápida ojeada, sumergió furtivamente su bella mano haciendo un cuenco con ella; luego, volviéndose, bebió ávidamente aquel sorbo de agua pura. Solimán se levantó entonces rápidamente, se acercó, se apoderó de la mano mojada y lustrosa, y de un tono tan festivo como resuelto dijo: –  “Una reina sólo tiene una palabra, y conforme a los términos pactados con la vuestra, vos me pertenecéis. –   ¿Qué queréis decir? –   Vos me habéis robado el agua…y, como vos misma habéis constatado muy juiciosamente, el agua es un bien escaso en mis estados. –   ¡Ah! Señor, ¡eso es trampa, y jamás aceptaré un esposo tan torticero! –  Entonces, no le queda más que probaros que es aún más generoso. Si él os da la libertad, si a pesar de este compromiso formal… –  Señor, interrumpió Balkis bajando la cabeza, nosotros debemos dar a nuestros súbditos ejemplo de lealtad. –  Señora, repuso, cayendo de rodillas ante Balkis, Solimán, el príncipe más cortés de los tiempos pasados y futuros, esa palabra es vuestro rescate” Y levantándose de inmediato, tocó una campanilla: veinte servidores aparecieron corriendo provistos de una gran variedad de refrescos, y acompañados por los cortesanos. Solimán articuló estas palabras con majestad: –  “¡Ofreced bebida a vuestra reina!“ Tras esas palabras, los cortesanos cayeron prosternados ante la reina de Saba a la que comenzaron a adorar. Pero ella, palpitante y confusa, temía haberse comprometido más allá de lo que habría deseado. —————- Durante la pausa que seguía a esta parte de la narración, un incidente bastante curioso llamó la atención de los parroquianos del cafetín. Un joven, que por el color de su piel, como la de un céntimo de cobre nuevo, podía reconocérsele como abisinio (habesch), se precipitó en medio del círculo y se puso a danzar una especie de bamboula , acompañándose con una canción en un mal árabe, de la que pude retener el estribillo. Un canto que partía como un cohete que lanzara las palabras: “¡Yaman! ¡Yamanî!” acentuadas por la repetición de esas sílabas arrastradas, típicas de los árabes del sur   “¡Yaman! ¡Yaman! ¡Yamanî!… ¡Sélam-Aleik Belkiss-Makéda! Makéda!… ¡Yamanî! ¡Yamanî!…” y que venía a decir: “¡Yemen!, ¡oh, país del Yemen!… ¡que la paz sea contigo, Balkis, la grande! ¡oh, país del Yemen!” Esa crisis de nostalgia sólo podía explicarse por la relación que existía antaño entre los pueblos de Saba y de Abisinia, ubicados en el borde occidental del Mar Rojo, y que constituían todos ellos el imperio de los Himyaríes. Sin duda, de ahí provenía la admiración de este oyente, hasta entonces silencioso, hacia el relato precedente, que formaba parte de las tradiciones de su país. También puede ser que le hiciera feliz el hecho de que la gran reina hubiera podido escapar a la trampa tendida por el sabio Salomón. Como sus monótonos cánticos duraban ya mucho tiempo importunando a la clientela habitual, algunos gritaron que ese tipo era melbous (fanático) y le condujeron suavemente hasta la puerta. El dueño del café, inquieto por los cinco o seis paras (tres céntimos) que le debía ese cliente, se apresuró a perseguirle fuera del café. Todo debió terminar bien, ya que el cuentacuentos retomó pronto su narración en medio del más religioso silencio. [1] Adoniram también es conocido por Hiram, nombre conservado gracias a la tradición de las sociedades místicas. Adoni únicamente es un término que denota excelencia, y que significa maestro o señor. No se debe confundir a este Hiram con el rey de Tiro, que casualmente también se llamaba Hiram. [2] Tomado de El Corán 27: Azora de la hormiga.

Esmeralda de Luis y Martínez 7 abril, 2012 7 abril, 2012 Adoniram, Balkis, Benoni, el valle de Josafat, el Yemen feliz, Mareb, Mello, Solimán
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches de Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAñANA Y DE SOLIMÁN, site EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – V. El mar de bronce… Adoniram es traicionado por Phanor, el albañil sirio; Amrou, el carpintero fenicio, y Méthousaël el minero judío. Solimán lo sabe pero calla (¿será el instigador?). La terrible muerte de Benoni, único amigo y discípulo de Adoniram… A fuerza de trabajos y noches en vela, el maestro Adonirám había acabado sus modelos y excavado en la arena los moldes de las colosales esculturas. Profundamente oradada y perforada, la llanura de Sión había recibido ya los cimientos del mar de bronce destinado a ser fundido allí mismo. Lo habían apuntalado sólidamente con contrafuertes de albañilería que más tarde serían sustituidos por los leones, esfinges gigantescas destinadas a servir de soportes. Con barras de oro macizo, rebeldes a fusionarse con el bronce, diseminadas aquí y allá, se iba a revestir el molde de este gigantesco receptáculo. La fundición líquida, invadiendo por diferentes cañerías el espacio vacío comprendido entre los dos planos, debía aprisionar los lingotes de oro y hacer cuerpo con esos preciosos jalones refractarios. Siete veces el sol había hecho el recorrido de la tierra desde que el mineral hubiera comenzado a hervir en el horno cubierto de una alta y maciza torre de ladrillos, que se elevaba a sesenta codos del suelo con un cono abierto, del que se escapaba una vorágine de humo rojo y llamaradas azules recamadas de brillantes destellos. Una excavación, practicada entre los moldes y la base del alto horno, debía servir de lecho al río de fuego cuando llegara el momento de abrir con barras de hierro las entrañas del volcán. Para proceder a la gran obra del colado de los metales, se escogió la noche: era el momento en el que se podía seguir la operación, pues el bronce; candente y blanco, iluminaría su propia marcha; de modo que si el metal resplandeciente preparara alguna trampa, se escapara por alguna fisura o abriera una grieta por alguna parte; él mismo se desenmascararía gracias a las tinieblas. A la espera de la solemne prueba que debía inmortalizar o desacreditar el nombre de Adonirám, el pueblo de Jerusalén estaba emocionado. De todas partes del reino, abandonando sus ocupaciones, habían acudido los obreros, y la tarde que precedió a la noche fatal, desde la puesta del sol, las colinas y las montañas de los alrededores estaban llenas de curiosos. Ningún forjador jamás había aceptado de su jefe, a pesar de las contradicciones, un desafío tan terrible como éste. Siempre, el momento de la fundición era seguido con vivo interés, y con frecuencia, cuando se forjaban piezas importantes, el rey Solimán se dignaba pasar la noche en las forjas con sus cortesanos que se disputaban el honor de acompañarle. Pero la forja del mar de bronce era un trabajo gigantesco, un desafío del genio a los prejuicios de la humanidad que, en opinión de los más expertos, todos habían declarado como una obra imposible. Y precisamente por eso, gente de todas las edades y de todo el país, atraídos por el espectáculo de esa lucha, invadieron desde primera hora de la mañana la colina de Sión, cuyos bordes estaban siendo vigilados por legiones de obreros. Calladas patrullas recorrían la multitud para mantener el orden e impedir el ruido… fácil tarea, ya que, por orden del rey se había prescrito, tras el toque de las trompas, el silencio absoluto bajo pena de muerte; precaución indispensable para que las órdenes pudieran ser transmitidas con certeza y rapidez. Ya había descendido la estrella de la tarde sobre el mar; la noche profunda, aún más densa a causa de las nubes doradas que despedía el horno, anunciaba que el momento estaba próximo. Seguido de los jefes de los obreros, Adonirám, a la claridad de las antorchas, lanzó un último vistazo a los preparativos, corriendo de acá para allá. Bajo el vasto cobertizo adosado al horno, se entreveía a los fundidores, tocados con cascos de cuero de amplias alas plegadas y vestidos con largas túnicas blancas de manga corta, ocupados en arrancar a la garganta abierta del horno, y ayudados de largos ganchos de hierro, masas pastosas de espuma medio vitrificadas, escorias que arrojaban lejos; otros, encaramados sobre andamios soportados por sólidas estructuras de carpintería, lanzaban desde lo alto del edificio serones de carbón a la lumbre, que rugía al impetuoso soplo de los fuelles. De todas partes, multitud de compañeros armados de picos, estacas, tenazas; vagaban, proyectando tras de sí el rastro de sus sombras alargadas. Estaban casi desnudos: ceñidos sus costados por recios cinturones de franjas; cubiertas las cabezas con gorros de lana y las piernas protegidas por armaduras de madera sujetas con correas de cuero. Ennegrecidos por la carbonilla, parecían rojos al reflejo de las brasas; se les podía ver aquí y allá como demonios o espectros. Una fanfarria anunció la llegada de la corte: Solimán apareció con la reina de Saba y fue recibido por Adonirám, que le condujo hasta el trono improvisado para sus nobles invitados. El artista vestía un peto de piel de búfalo; un mandilón de lana blanca que le bajaba hasta las rodillas; sus nervudas piernas estaban protegidas por una especie de polainas de piel de tigre, mientras que los pies iban descalzos, ya que él podía pisar impunemente el metal al rojo vivo. –       ¡Aparecéis en todo vuestro poderío – dijo Balkis al rey de los obreros- como la divinidad del fuego. Si vuestra empresa culmina con éxito, nadie podrá vanagloriarse desde esta noche de ser más grande que el maestro Adonirám!… El artista, a pesar de sus preocupaciones, iba a responder, cuando Solimán, siempre sabio y en ocasiones celoso, le detuvo: –      Maestro –le dijo en tono imperativo- no perdáis un tiempo precioso; retornad a vuestro trabajo y que vuestra presencia aquí no nos haga responsables de algún accidente. La reina le saludó con un gesto y él desapareció. –      ¡Si tiene éxito y culmina su obra –pensó Solimán- con qué magnífico monumento habrá honrado al templo de Adonai; pero también cuánta fama no añadirá a su ya temible poderío! Al poco tiempo, volvieron a ver a Adonirám delante del horno. Las brasas, que le iluminaban desde abajo, realzaban su estatura haciendo trepar su sombra contra el muro, en el que estaba enganchada una gran hoja de bronce sobre la que el maestro dio veinte golpes con un martillo de hierro. Las vibraciones del metal resonaron a lo lejos, y el silencio se hizo aún más profundo. De pronto, armados de palancas y de picos, diez fantasmas se precipitaron en la excavación practicada bajo la hoguera del horno, colocada mirando hacia el trono. Los fuelles dejaron oír sus últimos estertores, expiraron, y ya no se escuchaba más que el ruido sordo de los picos de hierro penetrando en la greda calcinada que sellaba el orificio por donde iba a arrojarse la fundición. Muy pronto, el lugar excavado tomó un color violeta, luego púrpura, enrojeció, se aclaró, se volvió anaranjado… hasta que un punto blanco se dibujó en el centro, y en ese momento todos los operarios, salvo dos de ellos, se retiraron. Estos últimos, bajo la supervisión de Adonirám, se aplicaron en rebajar la costra en torno al punto luminoso, evitando perforarlo… El maestro observaba con ansiedad. Durante todos estos preparativos el fiel compañero de Adonirám, el joven Benoni que le mostraba una constante devoción, recorría los grupos de obreros, vigilando el celo de cada uno, observando que las órdenes fueran cumplidas, y juzgando todo por sí mismo. Y ocurrió que el joven acudiendo espantado a los pies de Solimán, se prosternó y dijo: –      “¡Señor, haced suspender la fundición, todo se ha perdido, hemos sido traicionados!” No era habitual bajo ningún concepto que se abordara de ese modo al príncipe sin haber sido autorizado previamente; y ya se acercaba la guardia a ese joven temerario, cuando Solimán les hizo seña de que se alejaran, e inclinándose hacia el arrodillado Benoni, le dijo en un susurro: –      Explícate en pocas palabras. –      Yo andaba haciendo el recorrido alrededor del horno, cuando vi detrás del muro a un hombre inmóvil que parecía estar esperando algo; al momento, llegó un segundo hombre, que dijo a media voz al primero: ¡Vehmamiah!  y al que le replicó: ¡Eliael![1] Al rato, llegó un tercer hombre que también pronunció: ¡Vehmamiah! y al que también se respondió ¡Eliael! Enseguida uno de ellos gritó: Él ha colocado a los carpinteros bajo la férula de los mineros. El segundo dijo:  Ha sometido a los albañiles a los mineros. El tercero afirmó:  Ha querido reinar sobre los mineros. A lo que el primero repuso: Está dando todo el poder a los extranjeros. Y el segundo continuó: Y ni siquiera tiene una patria. A lo que añadió el tercero: Es verdad. Todos los compañeros son hermanos…, volvió a decir el primer hombre. Y todas las corporaciones deben tener los mismos derechos, continuó el segundo. Cierto, repuso el tercero. Enseguida me percaté de que el primero que había hablado era albañil, porque al momento dijo: –      He puesto caliza en los ladrillos, para que se deshagan y la cal los convierta en polvo. El segundo era carpintero, porque añadió: –      Yo he alargado los tablones transversales que sostienen las vigas, de manera que las llamas las alcancen.  Y el tercero trabajaba los metales, y estas fueron sus palabras: –      Yo he recogido del ponzoñoso lago de Gomorra lava de asfalto y azufre que he mezclado con la fundición. En ese momento una lluvia de chispas iluminó todas las caras y pude ver que el albañil era sirio y se llama Phanor; el carpintero era un fenicio al que le llaman Amrou; y el minero, un judío de la tribu de Rubén, de nombre Méthousaël. Gran rey, he venido volando hasta tus pies: ¡extended vuestro cetro y detened los trabajos!. –      Es demasiado tarde, dijo Solimán pensativo; el cráter ya se esta abriendo; guarda silencio, no molestes a Adonirám, y dime de nuevo esos tres nombres. –      Phanor, Amrou, Méthousaël.     –      ¡Que se haga según la voluntad de Dios!” Benoni miró fijamente al rey y salió huyendo con la velocidad del rayo. Mientras tanto, la tierra cocida caía alrededor de la embocadura amordazada del horno bajo los golpes redoblados de los forjadores, y la delgada capa que se iba reduciendo, era tan luminosa, que parecía a punto de suplantar al sol durante su profundo sueño nocturno… A una señal de Adonirám, los obreros se separaron, y el maestro, mientras los martillos hacían retumbar el bronce, levantando una maza de hierro la clavó en la pared diáfana, hurgó dentro de la grieta herida y la arrancó con violencia. Al instante un torrente de líquido, rápido y blancuzco, se deslizó sobre el conducto y avanzó como una serpiente de oro estriada de cristal y plata, hasta un estanque excavado en la arena, desde donde al llegar, se dispersó y siguió su curso a lo largo de múltiples canales. De pronto, una luz púrpura y sangrienta iluminó, sobre los cerros, los rostros de los numerosos espectadores; su resplandor penetraba la oscuridad de las nubes y enrojecía la cresta de los peñascos lejanos. Jerusalén, emergiendo de entre las tinieblas, parecía ser pasto de las llamas. Un silencio profundo daba a ese solemne espectáculo el aspecto fantástico de un sueño. Al comenzar el vertido, se pudo entrever una sombra que corría enloquecida por los alrededores del lecho que la fundición iba a invadir. Un hombre se había precipitado allí, y, a pesar de las prohibiciones impuestas por Adonirám, osaba atravesar aquel canal destinado a recoger el fuego líquido. Nada más posar el pie, el metal fundido le alcanzó, lo derribó y en un segundo lo hizo desaparecer. Adonirám, que sólo tenía ojos para su gran obra; conmocionado ante la idea de una inminente explosión, se avalanzó, poniendo su vida en peligro, y armado de un garfio de hierro, lo hundió en el pecho de la víctima, que una vez enganchada, alzó por lo alto y con una fuerza sobrehumana la arrojó como un bloque de escoria a la orilla, en donde aquel cuerpo abrasado se fue apagando a la vez que expiraba… Ni siquiera había tenido tiempo de reconocer a su fiel compañero, el leal Benoni. Mientras la fundición se extiendía, chorreante, llenando las cavidades del mar de bronce, cuyo enorme perfil ya comenzaba a dibujarse como una diadema de oro sobre la sombría tierra, nubes de obreros llevando grandes braseros de fuego y profundas bolsas forradas de largas tiras de hierro, las iban sumergiendo una a una en el estanque de fuego líquido, corriendo de acá para allá  para verter el metal en los moldes destinados a los leones, bueyes, palmeras, querubines; las gigantescas esculturas que sostendrían el mar de bronce. Increíble la cantidad de fuego que hicieron beber a la tierra; apoyados sobre el suelo, los bajorrelieves retrazaban las siluetas claras y bermejas de caballos, toros alados, cinocéfalos; monstruosas quimeras nacidas del genio de Adonirám. –       “¡Sublime espectáculo! -exclamó la reina de Saba- ¡grandioso!, ¡Qué poderío el del genio de este mortal, capaz de someter a los elementos y domeñar a la naturaleza! –      ¡Aún no ha vencido! -repuso Solimán con amargura- Sólo Dios es todopoderoso”. [1] En los antiguos ritos masones, Eliael (o Eliel) y Nehmamiah (Vehmamiah parece un error de trascripción) son la pregunta y respuesta secretas de los “Caballeros del Águila negra”. (GR)

Esmeralda de Luis y Martínez 10 abril, 2012 10 abril, 2012 Adoniram, Amrou el carpintero fenicio, Balkis, Benoni, el mar de bronce, eliael, Méthousaël el minero judío, Phanor el albañil sirio, Solimán, vehmaniah
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches de Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAÑANA Y DE SOLIMÁN, viagra EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – VIII. El manantial de Siloé… encuentro de Belkis y Adonirám en la fuente de Siloé. Ambos descubren, case gracias al ave Hud-Hud, pharmacy que son descendientes de los espíritus del aire y del fuego. El narrador continuó así… Era la hora en la que el Tabor[1] proyectaba su sombra matinal sobre el montuoso sendero de Betania: blancas y diáfanas nubes erraban por las llanuras del cielo suavizando la claridad de la mañana; el rocío aún cubría el verdor de las praderas; la brisa acompañaba con su murmullo entre los matorrales el canto de los pájaros que revoloteaban por los senderos del Moria[2]; a lo lejos se vislumbraban las túnicas de lino y vestiduras de gasa de un cortejo de mujeres que, atravesando el puente del Cedrón, llegaron al borde de un arroyuelo que alimenta el lavadero de Siloé. Tras ellas, caminaban ocho nubios que llevaban un rico palanquín, y dos camellos cargados que marchaban balanceando la cabeza. La litera estaba vacía; ya que desde la aurora la reina de Saba había abandonado, junto con las mujeres, las jaymas en las que se había obstinado en alojarse con su séquito, fuera de los muros de Jerusalén, y había echado pie a tierra para disfrutar mejor del encanto de aquellas frescas campiñas. Jóvenes y hermosas, en su mayoría, las doncellas de Balkis se encaminaba temprano a la fuente para lavar la ropa de su señora que, vestida con sencillez, al igual que sus compañeras, las precedía acompañada por su nodriza, mientras que tras sus pasos, el juvenil cortejo parloteaba a más y mejor. “Vuestras razones no me conciernen, hija mía, decía la nodriza; ese matrimonio me parece una grave locura; y si el error es excusable, lo es únicamente por el placer que pueda proporcionar. –                     ¡Edificante moral! Como os pudiera escuchar el sabio Solimán… –                     ¿Es tan sabio, no siendo ya tan joven, como para envidiar a la Rosa de los Sabeos? –                     ¡Halagos! mi buena Sarahil, me adulas demasiado desde por la mañana. –                     No despertéis mi severidad aún dormida; porque entonces os diría… –                     Bien, pues dime… –                     Que vos amáis a Solimán; y que os lo habéis merecido. –                     No sé…, contestó riendo la joven reina; me he cuestionado sobre este asunto muy seriamente y es probable que el rey no me resulte indiferente. –                     Si así fuera, no habríais examinado un punto tan delicado con tanto escrúpulo. No, vos buscáis una alianza… política, y arrojáis flores sobre el árido sendero de las conveniencias. Solimán ha rendido tanto a vuestros estados, como a los de todos sus vecinos, tributarios de su poderío, que vos soñáis con el deseo de liberarlos entregándoos a un amo al que creéis poder convertir en esclavo. Pero tened cuidado… –                     ¿Qué puedo temer? Él me adora. –                     Él profesa hacia su noble persona una pasión demasiado viva  como para que sus sentimientos hacia vos sobrepasen el deseo de sus sentidos, y nada es más frágil que ese deseo. Solimán es calculador, ambicioso y frío. –                     ¿Acaso no es el príncipe más grande de la tierra; el más noble retoño de la raza de Sem, de la que yo provengo? ¡Encuéntrame en el mundo un príncipe más digno que él para dar sucesores a la dinastía de los Himyaríes! –                     El linaje de los Himyaríes, nuestros abuelos, desciende desde más alto de lo que pensáis. ¿Acaso veis a los hijos de Sem dominando a los habitantes del aire?… En fin, yo me atengo a la predicción de los oráculos: vuestros destinos aún no se han cumplido, y la señal por la que vos reconoceréis a vuestro esposo todavía no ha aparecido, la abubilla aún no ha interpretado la voluntad de las potencias eternas que os protegen. –                     ¿Mi suerte dependerá de la voluntad de un pájaro? –                     De un ave única en el mundo, cuya inteligencia no pertenece a las especies conocidas; cuyo alma, así me lo ha dicho el sumo sacerdote, ha sido concebida con la esencia del fuego; no es en absoluto un animal terrestre, pues él proviene de los ?ins (genios). –                     Es cierto, repuso Balkis, que todos los intentos de Solimán por atraparlo, mostrándole inútilmente el hombro o el puño, han sido en vano. –                     Me temo que nunca se posará en él. En los tiempos en que los animales fueron sometidos, aquellos cuya raza se extinguió, no obedecían jamás a los hombres creados del barro. Sólo servían a los Dives, o a los ?ins, hijos del aire o del fuego… Solimán es de la raza creada del barro por Adonay. –                     Y sin embargo la abubilla a mí sí me obedece…” Sarahil sonrió bajando la cabeza; princesa de la sangre de los Himyaríes, y descendiente del último rey, la nodriza de la reina había estudiado en profundidad las ciencias: su prudencia igualaba a su discreción y bondad. “Reina, añadió, hay secretos que por vuestra edad aún no podéis conocer, y que las hijas de nuestro linaje deben ignorar hasta que vayan a tomar esposo. Si la pasión las extravía y las pierde, esos misterios les quedarán velados con objeto de excluir de su conocimiento al hombre vulgar. Bástenos con saber que Hud-Hud, esta famosa abubilla, sólo reconocerá como maestro y señor al esposo reservado para la Reina de Saba. –                     Me vais a hacer que maldiga a esa tirana con plumas… –                     … unta tirana que puede que os salve de un déspota armado con una espada. –                     Solimán ha recibido mi palabra, y a menos que queramos atraer sobre nosotros sus justos resentimientos… Sarahil, la suerte está echada; el plazo expira, y esta misma tarde… –                     Grande es el poder de los Éloïms (los dioses)…” murmuró la nodriza. Para cortar con esa conversación, Balkis, volviéndose, se puso a recoger jacintos, mandrágoras, ciclámenes, que jaspeaban el verdor de la pradera, y la abubilla que la había seguido revoloteando, brincaba en torno a ella con coquetería, como si hubiera querido buscar su perdón. Ese reposo permitió a las mujeres que se habían quedado atrás reunirse con su soberana. Hablaban entre ellas del templo de Adonay, del que se apreciaban los muros y el mar de bronce, objeto de todas las conversaciones desde hacía cuatro días. La reina se volcó de lleno en esa nueva conversación, y sus compañeras, curiosas, la rodearon. Grandes sicómoros, que extendían sobre sus cabezas verdes arabescos sobre un fondo azul, envolvían con una sombra transparente aquel grupo encantador. “No hay nada que iguale la admiración que nos embargó ayer tarde, les decía Balkis. Incluso Solimán se quedó mudo y estupefacto. Hacía tres días todo se había perdido; el maestro Adonirám caía fulminado sobre las ruinas de su obra. Su gloria, traicionada, se derrumbaba ante nuestros ojos en torrentes de lava en ebullición; el artista se había reducido a la nada… Ahora, su nombre victorioso retumba sobre las colinas; sus obreros han colocado en el umbral de su puerta un montón de palmas; el más grande que jamás ha visto el pueblo de Israel. –    El fragor de su triunfo, dijo una joven sabea, ha llegado hasta nuestras jaymas, pero, apenadas por el recuerdo de la reciente catástrofe, ¡oh, reina! hemos temblado por vos. Vuestras hijas ignoran lo que ha pasado. –    Sin esperar a que la fundición se enfriase, Adonirám -así me lo han contado- llamó desde por la mañana a los obreros desanimados. Los jefes amotinados le rodeaban; pero él los calmó con pocas palabras: durante tres días se pusieron manos a la obra, y desfondaron los moldes para acelerar el enfriamiento del enorme recipiente que creían roto. Un profundo misterio cubría sus intenciones. Al tercer día, aquella multitud de artesanos, al despuntar la aurora, alzaron los toros y leones de bronce con unas palancas que el calor del metal todavía ennegrecía. Esos bloques macizos fueron transportados bajo el gran cuenco de bronce y ajustados con tal presteza que más parecía un prodigio; el mar de bronce, vaciado, aislado de sus soportes, se desprendió y quedó asentado sobre sus veinticuatro cariátides; y mientras Jerusalén se lamentaba por tantos gastos inútiles, la admirable obra resplandecía ante las miradas de extrañeza de los mismos que la habían realizado. De pronto, las barreras colocadas por los obreros se abatieron: la multitud se precipitó; el ruido se propagó hasta llegar a palacio. Solimán temía una revuelta; echó a correr y yo le acompañé. Una multitud inmensa se apresuró tras nuestros pasos. Cien mil obreros delirantes y coronados con palmas verdes nos acogieron. Solimán no podía creer lo que estaba viendo con sus propios ojos. La ciudad entera elevaba hasta las nubes el nombre de Adonirám. –    ¡Qué triunfo! ¡y qué feliz debe estar él! –    ¡Él! ¡genio extraño… alma profunda y misteriosa! A petición mía, se le llamó, se le buscó, los obreros se precipitaron por todas partes…¡vanos esfuerzos! Desdeñoso de su victoria, Adonirám se escondió; evadía las lisonjas: el astro se había eclipsado. “Vamos, dijo Solimán, hemos caído en desgracia ante el rey del pueblo.” Pero yo, al dejar aquel campo de batalla del genio, tenía el alma triste y el pensamiento repleto de los recuerdos de ese mortal, si ya grande por sus obras, aún más grande por desaparecer en un momento así. –    Yo le vi pasar el otro día, repuso una doncella de Saba; la llama de sus ojos pasó sobre mis mejillas y las enrojeció: posee la majestad de un rey. –    Su belleza, prosiguió una de sus compañeras, es superior a la de los hijos de los hombres; su estatura es imponente y su aspecto deslumbrante. Así se me aparecen en mi pensamiento los dioses y los genios. –    ¿Esto me hace suponer que más de una de vosotras, uniría voluntariamente su destino al del noble Adonirám? –    ¡Oh, reina! ¿qué somos nosotras ante tan elevado personaje? Su alma está en lo más alto de las nubes y su noble corazón no descendería hasta nosotras.” Jazmines en flor que dominaban terebintos y acacias, entre las que extrañas palmeras inclinaban sus pálidos capiteles, encuadraban el lavadero de Siloé. Allí, crecía la mejorana, los lirios grises, el tomillo, la hierba luisa y la rosa ardiente de Asarón. Bajo esos macizos de vegetación estrellada, se extendían, aquí y allá, seculares bancos al pie de los que brotaban arroyuelos de agua viva, tributarios de la fuente. Estos lugares de reposo estaban engalanados con lianas que trepaban enroscándose a las ramas. Los apios de racimos rojizos y olorosos, las glicinias azules se proyectaban, en guirnaldas extravagantes y graciosas, hasta la cima de los pálidos y temblorosos ébanos. En el momento en que el cortejo de la reina de Saba  invadió los bordes de la fuente, sorprendido en su meditación, un hombre sentado sobre el pretil del lavadero, en el que había sumergido una mano abandonándola a las caricias de las ondas que formaba el agua, se levantó con la intención de alejarse. Balkis estaba allí delante, él levantó los ojos hacia el cielo, y se volvió rápidamente. Pero ella, aún más veloz, se plantó ante él: “Maestro Adonirám, le dijo, por qué me evitáis? –                     Yo jamás he buscado a la gente -respondió el artista- y temo el rostro de los reyes. –                     ¿Tan terrible se os ofrece en este momento?” –replicó la reina con una dulzura tan penetrante que arrancó una mirada al hombre. Lo que descubrió estaba lejos de tranquilizarle. La reina había dejado las enseñas de la grandeza, y la mujer, en la simplicidad de su atavío matutino, era aún más temible. Balkis había sujetado su cabello bajo el pliegue de un largo velo vaporoso, su diáfana y blanca túnica, movida por la curiosa brisa, dejaba entrever un seno como modelado por el cuenco de una copa. Bajo este simple tocado, la juventud de Balkis parecía más tierna, más alegre, y el respeto no podía contener por más tiempo a la admiración y al deseo. Esa gracia conmovedora, su cara infantil, aquel aire virginal, ejercieron en el corazón de Adonirám una impresión nueva y profunda. “¿Para qué retenerme? –dijo él con amargura- mis males ya son suficientes y vos sólo acrecentáis aún más mis penas. Vuestro espíritu es banal, vuestro favor pasajero, y vos sólo colocáis trampas para atormentar con mayor crueldad a todos los que habéis cautivado… Adiós, reina, que tan pronto olvidáis, sin tan siquiera mostrar vuestro secreto.” Tras estas palabras, pronunciadas con melancolía, Adonirám posó su mirada sobre Balkis. Una turbación repentina se apoderó de ella. Vivaz por naturaleza y voluntariosa por el hábito de dar órdenes, no quería que la dejaran. Se armó de toda su coquetería para responder: “Adonirám, sois un ingrato.” Era un hombre firme, no se rendía. “Es verdad; me he debido equivocar con mi recuerdo: la desesperación me visitó una hora en mi vida, y vos la habéis aprovechado para avasallarme delante de mi amo, de mi enemigo. –                     ¡Él estaba allí!… murmuró la reina avergonzada y arrepentida. –                     Vuestra vida corría peligro; yo corrí para colocarme ante vos. –                     ¡Tanta solicitud ante tan gran peligro! Observó la princesa, y con qué recompensa!” El candor, la bondad de la reina la obligaron a enternecerse, y el desdén de ese gran hombre ultrajado la producía una sangrante herida. “La opinión de Solimán Ben-Daoud, -continuó el escultor- poco me inquieta: raza parásita, envidiosa y servil, travestida bajo la púrpura… Mi poder está al abrigo de sus fantasías. Y a los otros que vomitaban injurias a mi alrededor, cien mil insensatos sin fuerza ni virtud, les tengo aún menos en cuenta que a un enjambre de moscas zumbadoras… Pero a vos, reina… a vos, ¡la única a la que yo había distinguido entre esa multitud, vos cuya estima coloqué tan alto!… mi corazón, ese corazón al que nada hasta entonces había conmovido, se desgarró, y poco me importa… Pero la compañía de los humanos se me ha hecho odiosa. ¡Qué me importan los elogios o los insultos que se dispensan tan seguidos, y se mezclan sobre los mismos labios como la absenta y la miel! –                     Sois implacable ante el arrepentimiento: debo implorar vuestro perdón, y no es suficiente… –                     No; lo que vos cortejáis es el éxito: si yo estuviera postrado en tierra, vuestro pie pisotearía mi frente. –                     ¿Ahora?… Ahora me toca a mí, no, y mil veces no. –                     ¡De acuerdo! Dejadme entonces destruir mi obra, mutilarla y volver a colocar el oprobio sobre mi cabeza. Volveré seguido de los insultos de la multitud; y si vuestro pensamiento me sigue siendo fiel, mi deshonor se habrá convertido en el día más hermoso de mi vida. –                     ¡Id, hacedlo! –gritó Balkis con un entusiasmo que no pudo reprimir. Adonirám no pudo evitar un grito de alegría, y la reina vislumbró las consecuencias de aquel compromiso. Adonirám allí estaba majestuoso frente a ella, ya no con la ropa corriente de los obreros, sino con las vestiduras jerárquicas del rango que ocupaba al frente del pueblo de los trabajadores. Una túnica blanca plegada en torno al busto, sujeta por un ancho cinturón de oro, realzaba su estatura. En su brazo derecho se enroscaba una serpiente de acero, sobre cuya cresta brillaba un diamante y, casi velado por un tocado cónico, del que se destacaban dos anchas bandas que caían sobre su pecho, su frente parecía desdeñar una corona. De pronto, la reina, deslumbrada, se había ilusionado sobre el rango de ese gallardo hombre; pero volvió a reflexionar, supo retenerse, aunque no pudo superar el extraño respeto por el que se había sentido dominada. “Sentaos, dijo ella, regresemos a sentimientos más calmados, sin que se irrite vuestro espíritu desafiante; vuestra gloria me es cara; no destruyáis nada. Ese sacrificio que me habéis ofrecido, para mí es ya como si se hubiera consumado. Mi honor quedaría comprometido, y vos lo sabéis, maestro, mi reputación es, a pesar de todo, solidaria de la dignidad del rey Solimán. –      Lo había olvidado, murmuró el artista con indiferencia. Sí, me parece haber oído contar que la reina de Saba debe desposar al descendiente de una aventurera de Moab, el hijo del pastor Daoud y de Betsabé, viuda adúltera del centenario Uríah. ¡Rica alianza… que ciertamente va a regenerar la divina sangre de los Himyaríes!”. La cólera tiñó de púrpura las mejillas de la joven, al igual que las de su nodriza, Sarahil que, una vez distribuidas las tareas entre las servidoras de la reina, alineadas y agachadas sobre el lavadero, había oído esa respuesta, ella, que tanto se oponía al proyecto de Solimán. “¿Es que esa unión no cuenta con el beneplácito de Adonirám? –respondió Balkis con un afectado tono desdeñoso. –                     Al contrario, vos lo podéis apreciar. –                     ¿Cómo? –                     Si me hubiera disgustado por esa unión, ya habría destronado a Solimán, y vos le trataríais igual que me tratáis a mí; vos no lo lamentaríais, ya que no le amáis. –                      ¿Qué os hace creer tal cosa? –                     Vos os sentís superior; le habéis humillado, no os perdonará, y la aversión no engendra amor. –                     Tanta audacia… –                     Sólo se teme… lo que se ama.” La reina experimentó un terrible deseo de hacerse temer. Pensar en futuros resentimientos del rey de los Hebreos, con el que había jugado tan alegremente, hasta entonces le había resultado inverosímil, y eso a pesar de que su nodriza había desplegado toda su elocuencia sobre este punto. Pero esa objeción, ahora, le parecía mejor fundamentada, y volvió sobre el asunto de nuevo en los siguientes términos: “No me conviene bajo ningún concepto escuchar vuestras insinuaciones contra mi anfitrión, mi…” Adonirám la interrumpió. “Reina, no me gustan los hombres, yo les conozco. A ése, le he frecuentado durante largos años. Bajo la piel de cordero, se esconde un tigre amordazado por los sacerdotes, que roe dulcemente su bozal. Hasta el momento se ha limitado a hacer asesinar a su hermano Adonías: es poco… pero no tiene más parientes. –    En verdad, quien os oyera podría pensar – remató Sarahil echando aceite al fuego- que el maestro Adonirám está celoso del rey.” Aquella mujer ya llevaba un rato contemplándole atentamente. “Señora –replicó el artista- si Solimán no fuera de una raza inferior a la mía, puede que yo bajara mis ojos ante él; pero la elección de la reina me muestra que ella no ha nacido para otro…” Sarahil abrió los ojos sorprendida, y, colocándose tras la reina, dibujó en el aire, a la vista del artista, un signo místico que él no comprendió, pero que le hizo temblar. “Reina, – exclamó aún remarcando cada palabra- el mostraros indiferente ante mis acusaciones ha aclarado mis dudas. En adelante, me abstendré de perjudicar a ese rey que no ocupa lugar alguno en vuestro espíritu… –    En fin, maestro, ¿de qué sirve hostigarme de esta manera? Incluso aunque yo no amara al rey Solimán… –    Antes de nuestro encuentro – interrumpió el artista en voz baja y emocionado – vos habíais creído amarle.” Sarahil se alejó, y la reina se volvió, confusa. “Ay, concededme una gracia, señora, abandonemos esta conversación: ¡es el rayo lo que atraigo sobre mi cabeza! Una palabra, perdida entre vuestros labios, encierra para mí la vida o la muerte. ¡Oh!, ¡no habléis más! Me he esforzado en llegar a este supremo instante, y yo mismo lo estoy alejando. Dejadme con la duda; mi valor ha sido vencido, estoy temblando. Ese sacrificio, tengo que prepararme para él. ¡Tanta gracia, tanta juventud y belleza resplandecen en vos, y por desgracia!… ¿quién soy yo a vuestros ojos? No, no… Debo perder aquí la felicidad… inesperada; retened vuestro aliento para que no pueda dejarme al oído una  palabra mortal. Este débil corazón jamás batido, en su primera angustia se ha roto, y creo que voy a morir.” Balkis no andaba mucho mejor; un vistazo furtivo sobre Adonirám le mostró a ese hombre, tan enérgico, poderoso y valiente; pálido, respetuoso, sin fuerza, y la muerte en sus labios. Victoriosa y afectada, feliz y trémula, el mundo desapareció ante sus ojos. “¡Por desgracia! -balbució esa joven de sangre real- yo tampoco, yo jamás he amado”. Su voz expiró sin que Adonirám, temiendo despertarse de un sueño, osara perturbar ese silencio. De pronto Sarahil se acercó, y ambos comprendieron que había que hablar, so pena de traicionarse. La abubilla revoloteaba por allí, alrededor del escultor, que al darse cuenta de ello dijo de un aire distraído: “¡Qué hermoso plumaje el de este pájaro!, ¿le poseéis desde hace mucho tiempo?”. Y fue Sarahil quien respondió, sin apartar la vista del escultor Adonirám: “Ese pájaro es el único retoño de una especie sobre la que, como a los demás habitantes del aire, mandaba la raza de los genios. Conservado quién sabe por qué prodigio, la abubilla, desde tiempos inmemoriales, obedece a los príncipes Himyaríes. Gracias a ella y su intermediación la reina reúne a voluntad a las aves del cielo.” Esa confidencia produjo un efecto peculiar en el rostro de Adonirám, que contempló a Balkis con una mezcla de alegría y de ternura. “Es un animal caprichoso, dijo ella. En vano Solimán la ha intentado colmar de caricias y golosinas, la abubilla, obstinada, se le escapa siempre, y no ha conseguido que vaya a posarse en su puño.” Adonirám reflexionó por un instante, dio la impresión de haber sido tocado por una inspiración y sonrió. Sarahil estuvo aún más atenta. Adonirám se levantó, pronunció el nombre de la abubilla, que, posada sobre un arbusto, se quedó inmóvil y le miró de lado. Dando un paso, trazó en el aire la Tau misteriosa, y el pájaro, desplegando sus alas, revoloteó sobre su cabeza, y se posó dócilmente en su mano. Mi suposición tenía sus fundamentos, dijo Sarahil: el Oráculo se ha cumplido. – ¡Sombras sagradas de mis ancestros! ¡Oh, Tubalcaín, padre mío! ¡vos no me habéis engañado! ¡Balkis, espíritu de la luz, mi hermana, mi esposa, por fin, os he encontrado!. Sólo sobre la tierra, vos y yo, podemos dar órdenes a ese mensajero alado de los genios del fuego, de los que somos descendientes. –    ¡Cómo! Señor, Adonirám entonces sería… –    El último vástago de Cus, nieto de Tubalcaín, al que estáis ligado a través de Saba, hermano de Nemrod, el cazador, y tatarabuelo de los Himyaríes[3]… y el secreto de nuestro origen debe quedar oculto para los hijos de Sem creados del barro de la tierra. –    Debo inclinarme ante mi señor, dijo Balkis tendiéndole la mano, ya que, conforme al dictado del destino, no se me permite acoger otro amor que el de Adonirám. –    ¡Ah! –respondió cayendo de rodillas, ¡sólo de Balkis quiero recibir un bien tan preciado!. Mi corazón ha volado ante el vuestro, y desde el momento en que vos aparecisteis ante mí, yo me convertí en vuestro esclavo.” Esa conversación se habría extendido largamente si Sarahil, dotada de la prudencia de su edad, no la hubiera interrumpido en estos términos: “Dejad para otro momento esas tiernas declaraciones de amor; momentos difíciles os esperan, y más de un peligro os amenaza. Por la virtud de Adonay, los hijos de Noé son los señores de la tierra, y su poder se extiende sobre vuestra existencia mortal. Solimán detenta un poder absoluto sobre sus Estados, de los que los nuestros son tributarios. Sus ejércitos son temibles, su orgullo es inmenso; Adonay le protege; tiene numerosos espías. Busquemos el medio de huir de este peligroso lugar, y, hasta entonces, prudencia. No olvidéis, hija mía, que Solimán os espera esta tarde en el altar de Sión… Deshacer el compromiso y romperlo, sería irritarle y despertar sospechas. Pedidle un poco más de tiempo, sólo para hoy, fundadlo en la aparición de presagios nefastos. Mañana, el sumo sacerdote os proporcionará un nuevo pretexto. Vuestro trabajo será contener la impaciencia del gran Solimán. Y vos, Adonirám, dejad a vuestras servidoras: la mañana avanza; y ya está cubierta de soldados la nueva muralla desde la que se domina la fuente de Siloé; el sol, que nos busca, va a llevar sus miradas sobre nosotros. Cuando el disco de la luna perfore el cielo bajo los cerros de Efraín, atravesad el Cedrón, y aproximaos a nuestro campamento, hasta un bosque de olivos que ocultan las jaymas a los habitantes de las colinas. Allí, tomaremos consejo de la sabiduría y la reflexión.” Se separaron con pesar: Balkis se reunió con su cortejo, y Adonirám la siguió con la mirada hasta el momento en que desapareció entre los matorrales de adelfas. [1] El monte Tabor se encuentra en Galilea. También conocido como Monte de la Transfiguración porque la tradición cristiana cree que es el sitio de la llamada Transfiguración de Jesús, descrita en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. [2] El monte Moria es en realidad una colina de Jerusalén en la que fue erigido el templo de Salomón. [3] Génesis, X (6,7 y 8): “Hijos de Cam fueron: Cus, Misraím, Out y Canaam. Hijos de Cus: Saba, Evila, Sabta, Rama y Sabteca. Hijos de Rama: Saba y Dadán. Cus engendró a Nemrod, que fue quien comenzó a dominar sobre la tierra, pues era un robusto cazador…”

Esmeralda de Luis y Martínez 13 mayo, 2012 14 mayo, 2012 Adonay, Adoniram, Balkis, Betsabé, Cedrón, Cus, Dives, Himyaríes, Hud-Hud, La fuente de Siloé, los Éloïms, Moab, Nemrod, Saba, Sarahil, Solimán, Solimán Ben-Daoud, Tubalcaín, Uríah, Yins
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