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“VIAJE A ORIENTE” – Las noches del Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAñANA Y DE SOLIMAN EL PRINCIPE DE LOS GENIOS – I. Adoniram… Para atender a los deseos del gran rey Solimán Ben Daoud[1], cialis sale su siervo Adoniram había renunciado desde hacía ya diez años al sueño, healing a los placeres y a la alegría de la buena mesa. Maestro y jefe de legiones de obreros que, for sale semejantes a multitud de abejas, competían para construir aquellas colmenas de oro, cedro, mármol y bronce que el rey de Jerusalén destinaba a Adonay y a su mayor gloria; el maestro Adoniram[2] pasaba las noches dibujando planos y los días modelando colosales estatuas destinadas a adornar el edificio. Había establecido no lejos del templo inacabado, forjas en las que sin cesar resonaba el martillo, fundiciones subterráneas, por las que el bronce líquido se deslizaba a lo largo de cientos de canales de arena, tomando la forma de leones, tigres, dragones alados, querubines, e incluso genios extraños y terribles… razas ignotas, medio perdidas en la memoria colectiva de los hombres[3]. Cientos de miles de artesanos sometidos a Adoniram daban forma a sus tremendas creaciones: contaba con treinta mil fundidores; albañiles y canteros formaban un ejército de ochenta mil hombres, y setenta mil peones ayudaban a transportar los materiales. Diseminados en numerosas cuadrillas, los carpinteros dispersos por las montañas abatían pinos seculares hasta llegar al desierto de los escitas y a los cedros de los montes del Líbano. Gracias a tres mil trescientos intendentes,  Adoniram ejercía su mandato y mantenía coordinada aquella población de obreros, que funcionaban a la perfección. Sin embargo, el alma inquieta de Adoniram presidía con una especie de desdén aquellas obras grandiosas. Llevar a cabo una de las siete maravillas del mundo le parecía un encargo mezquino. Cuanto más avanzaba la construcción, más evidente se le hacia la debilidad de la raza humana, y se lamentaba aún más por su incapacidad y los torpes medios de sus contemporáneos. Apasionado por crear y aun más apasionado a la hora de materializar sus ideas, Adoniram soñaba con obras gigantescas; su cerebro bullía como un horno, inventando sublimes monstruosidades, y mientras que su arte era admirado por los príncipes hebreos, solo él se sentía avergonzado por los mediocres proyectos que se veía obligado a llevar a cabo. Era un personaje sombrío, misterioso. El rey de Tiro, que lo había contratado, se lo había enviado como presente a Solimán. Pero ¿cuál era la patria de Adoniram?, ¡nadie lo sabía!. ¿De dónde venía? Misterio. ¿Dónde había profundizado en los elementos de un saber tan práctico, profundo y complejo? Imposible de saber. Daba la impresión de que era capaz de crear, adivinar y hacer cualquier cosa. ¿Cuál era su origen? ¿A qué raza pertenecía? Ese era el mayor de sus secretos, y el mejor guardado de todos: no era importunado con preguntas sobre ese punto. Su misantropía le convertía en un extranjero y un personaje solitario en la línea de los hijos de Adam; su ingenio brillante y audaz le colocaba muy por encima de los hombres, que bajo ningún concepto se consideraban hermanos suyos. ¡El participaba del espíritu de la luz y del genio de las tinieblas! Indiferente a las mujeres, que le contemplaban arrobadas y jamás coqueteaban con él; también despreciaba a los hombres, que evitaban el fuego de su mirada; desdeñando asimismo el terror que inspiraba su aspecto imponente, a causa de su gran estatura y robustez, así como de la impresión que producía su extraña y fascinante belleza. Su corazón estaba mudo; solo la actividad del artista animaba aquellas manos hechas para domeñar al mundo y sostenerlo sobre sus hombros. Aunque no tenía amigos, disponía de esclavos que lo adoraban, y se hizo con un compañero, solo uno… un niño, un joven artista nacido de una de esas familias de Fenicia, que hacía mucho tiempo que habían trasladado sus sensuales divinidades hasta las orillas orientales del Asia Menor. De tez pálida, artista minucioso, dócil amante de la naturaleza, Benoni había pasado su infancia en las escuelas, y su juventud fuera de Siria, en esas fértiles orillas del Éufrates, todavía arroyo modesto, en cuyas orillas solo se encontraban pastores entonando sus canciones a la sombra de los verdes laureles salpicados de rosas. Un día, a la hora en que el sol comienza a declinar sobre el mar, y Benoni, delante de un bloque de cera, modelaba delicadamente un genio femenino, estudiando la forma de adivinar la elasticidad y el movimiento de sus músculos; el maestro Adoniram, acercándose, contempló durante un buen rato la obra casi acabada y frunció las cejas. “! Lamentable trabajo! gritó; ¡paciencia, gusto, puerilidades!… genio, en ninguna parte; tan solo voluntad y punto. Todo degenera, y el aislamiento, la dispersión, la contradicción, la indisciplina; instrumentos eternos de la pérdida de vuestras razas enervadas, paralizan vuestra pobre imaginación. ¿Dónde están mis obreros? ¿Mis fundidores, mis carboneros, mis herreros?… !Dispersos!… Esos hornos ya fríos deberían a estas horas temblar con los rugidos de las llamas atizadas sin cesar; y la tierra debería haber recibido las huellas de estos moldes salidos de mis manos. Mil brazos deberían inclinarse sobre la fragua… y en cambio, ¡míranos aquí, a los dos solos!. –            Maestro, respondió con dulzura Benoni, esas gentes vulgares no son alimentadas por el genio que a ti te posee; ellos necesitan reposar, y el arte que a nosotros nos cautiva a ellos les trae sin cuidado. Han tomado vacaciones por todo el día. La orden del sabio Solimán ha hecho un deber del reposo: Jerusalén bulle con los festejos.  –          ¡Una fiesta! ¡Qué me importa! El reposo… yo jamás lo he conocido. ¡Lo que me abate es el ocio! ¿Qué obra estamos haciendo? Un templo de orfebrería, un palacio para el orgullo y la voluptuosidad, joyas que un tizón ardiente reducirá a cenizas. Ellos llaman a eso crear para la eternidad… pero un día, atraídos por el afán de un vulgar beneficio, hordas de conquistadores, conjurados contra este pueblo débil, abatirán en unas horas este frágil edificio del que solo quedará el recuerdo. Nuestras obras se fundirán en sus antorchas, como las nieves del Líbano cuando llega el verano, y la posteridad, recorriendo estos cerros desiertos, repetirá: ¡Era una pobre y débil nación esa de los hebreos!… –          ¡Pero Maestro!, un palacio tan magnífico… un templo tan rico, el más grandioso, el más sólido… –            ¡Vanidad de vanidades! como dice, por vanagloriarse, el señor Solimán[4]. ¿Sabes tú lo que antaño hicieron los hijos de Enoc? Una obra sin nombre que… aterrorizó al Creador: hizo temblar la tierra destruyéndola y con los restos de aquella obra se construyó Babilonia… hermosa ciudad en la que se pueden hacer volar diez carros por encima de sus murallas. ¿Sabes tú lo que es un monumento? ¿Conoces las pirámides? Ellas durarán hasta el día en que las montañas de Kaf[5], que circundan el mundo, se hundan en el abismo. ¡Y no fueron los hijos de Adam quienes los construyeron! –         Pero se dice que… –          Mienten: el diluvio ha dejado su huella en la cima. Escucha: a dos millas de aquí, remontando el Cedrón, hay un bloque de roca cuadrado de seiscientos pies. Que me den cien mil operarios armados de hierro y martillo; en ese enorme bloque yo esculpiría la monstruosa cabeza de una esfinge… que sonreiría y lanzaría una mirada implacable hacia el cielo. Desde lo alto de los nubarrones, Jehová la vería y palidecería de estupor. Eso es un monumento. Aunque pasaran cien mil años, al ver esta obra, los hijos de los hombres entonces sí que dirían: un gran pueblo ha dejado aquí su huella. –          Señor, se dijo Benoni temblando: ¿de qué raza ha descendido este genio rebelde?… –          Esas colinas, que ellos llaman montañas, me dan pena. Si al menos se las trabajara escalonando unas sobre otras, tallando sobre sus ángulos figuras colosales… eso quizá podría valer algo. En la base, excavaría una caverna lo suficientemente inabarcable como para alojar a una legión de sacerdotes; allí podrían depositar su arca con sus querubines de oro y sus dos pedruscos, los que ellos llaman tablas de la ley, y entonces Jerusalén sí que tendría un templo; ¡pero no!, nosotros vamos a alojar a Dios como si fuera un rico seraf (banquero) de Memphis… –          Tus pensamientos siempre sueñan lo imposible. –          Nosotros hemos nacido demasiado tarde; el mundo es viejo, la vejez es débil; tienes razón. ¡Decadencia y fracaso! Tu copias la naturaleza fríamente, trabajas como el ama de casa que teje un velo de lino; tu alma estúpida se convierte de pronto en esclava de una vaca, de un león, de un caballo, de un tigre, y tu trabajo tiene como único objetivo el de rivalizar, imitándolos con un genio femenino, una leona, una tigresa, una yegua;… esas bestias que tu modelas; pero recuerda, esas figuras transmiten la vida con la forma. Pequeño, el arte no está ahí: el arte consiste en crear. Cuando dibujas uno de esos ornamentos que serpentean a lo largo de los frisos, ¿te limitas a copiar las flores y hojas que reptan sobre la tierra? No: tú inventas, dejas correr el cincel al capricho de la imaginación, entremezclando las más extrañas fantasías. Y bien, aparte del hombre y los animales existentes, ¿acaso tu no buscas formas desconocidas, seres innombrables, encarnaciones delante de las que los hombres han retrocedido; terribles acoplamientos, figuras dignas de sembrar respeto, alegría, estupefacción y terror?.  Acuérdate de los antiguos egipcios y de los artistas audaces y naifs de Asiria. ¿Acaso no han sido arrancados de bloques de granito esas esfinges, esos cinocéfalos, esas divinidades de basalto cuyo aspecto tanto detestaba el Jehovah del viejo David[6]?. Contemplando a lo largo de los siglos esos terribles símbolos, se repetirá que en otro tiempo existieron genios audaces. ¿Les importaba a aquellas gentes la forma? Se mofaban de ella, y, orgullosos de sus creaciones, podían gritar al creador de todo lo existente: esos seres de granito, ni siquiera tu podrías imaginarlos y ni te atreverías a darlos vida. Pero el dios de la naturaleza os ha doblegado bajo su yugo: la materia os limita; vuestro genio degenerado se sumerge en las vulgaridades de la forma; se ha perdido el arte.” –        ¿De dónde viene, se preguntaba Benoni, este Adoniram cuyo espíritu escapa a la humanidad? –        “Volvamos a modestos pasatiempos que estén a la altura del gran Solimán, repuso el fundidor pasándose la mano a lo largo de la frente, de la que despejó una selva de cabello negro y rizado. Aquí tienes, cuarenta y ocho bueyes en bronce de un tamaño bastante aceptable, otros tantos leones, pájaros, palmeras, querubines… Todo esto es un poco más expresivo que la naturaleza. Todos ellos los tengo destinados para soportar un gran mar de bronce de diez codos, fundido de una sola vez; tendrá cinco codos de profundidad y estará ceñido por un cordón de treinta codos, enriquecido con molduras. Pero tengo que terminar algunos adornos. El molde del gran recipiente ya está preparado y temo que se resquebraje por el calor del día: hay que darse prisa y, ya lo ves, amigo mío, los obreros andan de fiesta y me abandonan… ¡Una fiesta! Dime, ¿Qué fiesta? ¿Para celebrar qué? “ El narrador se detuvo en ese punto, había pasado media hora. Cada cual ya era libre de pedir un café, sorbetes o tabaco. Comenzaron algunas conversaciones y comentarios sobre la bondad de los detalles o acerca del atractivo que prometía la narración. Uno de los persas que estaba sentado junto a mí, hizo la observación de que esa historia le parecía extraída del Solimán-Nameh[7] Durante esta pausa, ya que el reposo del narrador así se denomina; al igual que cada velada completa se llama sesión; un niño que le acompañaba pasó entre la gente una escudilla que colocó a los pies de su maestro en cuanto estuvo llena de monedas. Entonces, el narrador continuó su relato con la respuesta que dio Benoni a Adoniram… [1] Salomon, hijo de David. [2] Adoniram es tambien conocido como Hiram, nombre conservado gracias a la tradición de las sociedades místicas. Adoni , es un termino que quiere decir maestro o señor, y no hay que confundir a este Hiram con el rey de Tiro, que por casualidad tenía el mismo nombre. La Biblia distingue a Adoniram, jefe de treinta mil judíos enviados al Líbano por Salomón para cortar los cedros necesarios para sus construcciones (I Reyes V, 14) de Hiram, fundidor  y escultor, enviado a Jerusalén por Hiram, rey de Tiro, para trabajr en la decoración del Templo (I Reyes VII, 13-51). Es en los textos masónicos en los que Adoniram, ancestro legendario de los francmasones, es considerado, como en este texto, un arquitecto. Sobre el sentido y las Fuentes masonas del conjunto de la leyenda, ver G.-H. Luquet, “G. de Nerval et la Franc-Maconnerie”, en Mercure de France 324 (mai-aout 1955) [3] Es la misma visión que tiene Nerval en un sueño en Aurelia. [4] Ecclesiastes I, 1. [5] Como en otras metafísicas, en la metafísica sufi, la respetada Montaña de Käf ó Qäf tiene un papel destacado: allí habitan los djins, los genios, y se la supone situada en el Cáucaso, inaccesible a los humanos, al menos en su condición normal.También se la conoce por la “Montaña Blanca” situada sobre una “Isla Verde”, montaña en cuya cúspide moran las aves sagradas. Käf está en el centro y a la vez en el extremo del mundo, es el límite entre lo visible y lo invisible; un lugar intermedio y mediador entre el mundo terrestre y el mundo angélico. Lugar donde se manifiesta el Espíritu y se espiritualizan los cuerpos. Su tierra, dirá Ibn ‘Arabí, “se hizo con lo que quedó de la arcilla con que fue formado Adán”. Es el lugar donde mora Simurgh, Rey de los Pájaros. Los místicos sufíes inferían de ello que la montaña en cuestión es la haqiqat del hombre, su verdad profunda. El nombre de Käf es también el de una letra, cuyo valor numérico es 20 (Qamar bint Sufian – Cartas XII a XIV – http://www.verdeislam.com/VI_18/cartas_XII_XIV.htm) [6] Deuteronomio IV, 15-19. (GR) [7] Gran poema sobre la historia de Salomón, del poeta persa Firdausy (933-env. 1020). (GR)

Esmeralda de Luis y Martínez 13 marzo, 2012 13 marzo, 2012 Adoniram, Belkis, Benoni, el Príncipe de los Genios, el templo de Jerusalén, Hiram, la Reina de la mañana, Solimaán
“VIAJE A ORIENTE” – Las noches de Ramadán

HISTORIA DE LA REINA DE LA MAñANA Y DE SOLIMÁN, ask EL PRÍNCIPE DE LOS GENIOS – X. La entrevista… Solimán recibe en el templo a Adonirám, cialis sale que solicita al rey permiso para licenciarse de su trabajo y partir hacia Fenicia. Solimán sospecha de Adonirám y urde su perdición valiéndose de los traidores Phanor, Amrou y Méthousaël.        Adonirám avanzó lentamente, y con una mirada firme, hasta el trono donde reposaba el rey de Jerusalén. Tras un respetuoso saludo, el artista esperó, como era costumbre, a que Solimán le invitara a hablar.        “Por fin, maestro -le dijo el príncipe-, os habéis dignado, atender a nuestros deseos, y darnos la ocasión de felicitaros por un triunfo… inesperado, y testimoniaros nuestra gratitud. La obra es digna de mi persona, aún más de la vuestra. En cuanto a la recompensa, nunca sería suficientemente espléndida; así que designadla vos mismo: ¿qué deseáis de Solimán?        – Que aceptéis mi dimisión, señor: los trabajos tocan a su fin y se pueden acabar sin mí. Mi destino es recorrer el mundo, me reclama hacia otros cielos, y pongo en vuestras manos de nuevo la autoridad con la que me habíais investido. Mi recompensa es el monumento que dejo y el honor de haber servido de intérprete a los nobles deseos de un rey tan poderoso.        – Vuestra petición nos aflige. Contaba con manteneros entre nosotros con un eminente rango en mi corte.        – Mi carácter, señor, respondería mal a vuestras bondades. Independiente por naturaleza, solitario por vocación, indiferente a los honores para los que no he nacido, sometería con demasiada frecuencia vuestra indulgencia a prueba. Los reyes tienen un humor desigual; la envidia les rodea y les asedia; la fortuna es inconstante: yo ya lo he comprobado más de una vez. Lo que vos llamáis mi triunfo y mi gloria, ¿no ha estado a punto de costarme el honor, e incluso la vida?        – Yo no consideré fracasada vuestra obra hasta el momento en que vos mismo proclamasteis el fatal resultado, ni me jacté nunca de poseer un ascendente superior al vuestro sobre los espíritus del fuego…        – Nadie gobierna a esos espíritus, si es que aún existen. Además, esos misterios pertenecen más al campo del respetable Sadoc que al de un simple artesano. Lo que pasó durante aquella noche terrible, yo lo ignoro: el proceso de la operación confundió todas mis previsiones. Solo que, señor, en esa hora de angustia, esperé en vano vuestro consuelo, vuestro apoyo, y por eso mismo, el día del éxito, menos aún cabía en mis sueños esperar vuestros elogios.         – Maestro, eso es orgullo y resentimiento.        – No, señor, es humildad y sincera equidad. Desde la noche en que vertí la fundición del mar de bronce hasta el día en que la descubrí, mi mérito en nada ganó, ni perdió. Sólo el éxito marcó la única diferencia…, y, como habéis visto, el éxito está en las manos de dios. Adonay os ama; él ha escuchado vuestras plegarias, y soy yo, señor, quien debe felicitaros y clamaros: ¡gracias!        – ¿Quién me librará de la ironía de este hombre? –pensaba Solimán-. ¿Me dejáis, acaso, para llevar a cabo en otros lugares nuevas maravillas? –preguntó-.        – Hasta no hace mucho tiempo, señor, así lo habría jurado. Mundos increíbles se agitaban en mi ardiente cabeza; mis sueños vislumbraban bloques de granito, palacios subterráneos con bosques de columnas, y la duración de nuestros trabajos aquí se me hacía cada vez más pesada. Pero hoy, mi inspiración se ha aplacado, la fatiga me calma, la tranquilidad me sonríe, y me parece que mi carrera ha terminado…”        Solimán creyó adivinar ciertos destellos de ternura que bailaban en torno a las pupilas de Adonirám. Su mirada era seria, su fisonomía melancólica, su voz más penetrante que de costumbre; de suerte que Solimán, turbado, se dijo: Este hombre es muy bello…        “¿Adónde pensáis ir cuando os marchéis de mis estados? –preguntó Solimán con fingida indiferencia-.        – A Tiro, -replicó sin dudar el artista-; se lo he prometido a mi protector, el buen rey Hiram, que os aprecia como a un hermano, y que me dispensa sus bondades paternales. Bajo vuestra autorización, me gustaría llevarle un plano, con una vista elevada del palacio, el templo, el mar de bronce, así como de las dos grandes columnas, Jakin y Booz[1], que adornan la gran puerta del templo.        – Hágase pues conforme a vuestros deseos. Quinientos caballeros os servirán de escolta, y doce camellos transportarán los presentes y tesoros que se os han destinado.        – Es demasiado: Adonirám sólo se llevará su manto. No se trata, señor, de que esté rechazando vuestros dones. Vos sois generoso; el pago es considerable, y mi partida, así, de pronto, dejaría sin recursos a vuestro tesoro, de lo que yo no sacaría ningún provecho. Permitidme que sea totalmente franco: esos bienes que acepto gustoso, los dejaré en depósito en vuestras manos. Cuando los necesite, señor, os lo haré saber.        – En pocas palabras, -dijo Solimán-, el maestro Adonirám tiene la intención de convertirnos en su tributario.”        El artista sonrió y respondió graciosamente:        “Señor, me habéis adivinado el pensamiento.        – Y es posible que se reserve para un día en el que pueda tratar conmigo dictando sus condiciones.”        Adonirám intercambió con el rey una mirada aguda y desafiante.        “Sea lo que sea, -añadió-, yo no osaría solicitar nada que no fuera digno de la magnanimidad de Solimán.        – Creo, -dijo Solimán sopesando el efecto que podían causar sus palabras-, que la reina de Saba tiene algunos proyectos en mente, y se propone emplear vuestro talento…        – Señor, ella no me ha hablado de eso en ningún momento.”        Esa respuesta daba lugar a otras sospechas.        “No obstante, objetó Sadoc, vuestro arte no la ha dejado indiferente. ¿Vais a marcharos sin despediros de ella?        – Despedirme de ella…, – repitió Adonirám, mientras Solimán se percataba de un brillo extraño en sus ojos-; despedirme de ella…        – Esperábamos, -prosiguió el príncipe-, conservaros con nosotros para las próximas fiestas que daremos con motivo de nuestro enlace; ya que como sabéis…”         La frente de Adonirám se cubrió de un rojo intenso, y añadió sin amargura:        “Mi intención es llegar a Fenicia cuanto antes.        – Ya que así lo exigís, maestro, sois libre: acepto vuestra dimisión…        – A partir de la puesta del sol, -objetó el artista-. Aún debo pagar a los obreros, por lo que os ruego, señor, que ordenéis a vuestro intendente Azarías que haga llegar al mostrador colocado al pie de la columna Jakin el dinero necesario. Les pagaré como de costumbre, sin anunciarles mi marcha a fin de evitar el tumulto de las despedidas.        – Sadoc, transmitid esa orden a vuestro hijo Azarías. Una última cuestión: ¿qué pasa con los tres compañeros llamados Phanor, Amrou y Méthousaël?        – Tres pobres ambiciosos, honestos, pero sin talento. Aspiraban al título de maestros y me han presionado para que les diera la palabra-clave, a fin de tener derecho a un salario mayor. Al final, han entrado en razón, y hace bien poco que me ha sorprendido su buen corazón.        – Maestro, está escrito: “teme a la serpiente herida que se repliega.” Debíais conocer mejor a los hombres: esos son vuestros enemigos; son ellos los que con sus malas artes causaron los accidentes que estuvieron a punto de hacer fracasar la fundición del mar de bronce.        – ¿Y vos, señor, cómo lo sabéis?…        – Al creer que todo estaba perdido, pero confiando en vuestro buen hacer, busqué las causas ocultas de la catástrofe, y mientras vagaba entre los distintos grupos de gente, esos tres hombres, creyéndose solos, hablaron.        – Su crimen ha hecho perecer a mucha gente. Tal comportamiento es peligroso; es a vos a quien corresponde decidir su suerte. Ese accidente me costó la vida de un joven al que yo amaba, un hábil artista: Benoni, desde entonces no volvió a aparecer. En fin, señor, la justicia es el privilegio de los reyes.        – A todos les será aplicada. Vivid feliz, maestro Adonirám; Solimán no os olvidará.”        Adonirám, pensativo, parecía indeciso y confuso. De pronto, cediendo a un momento de emoción dijo:        “Pase lo que pase, señor, estad seguro de que siempre os respetaré, de mis piadosos recuerdos, de la nobleza de mi corazón. Y si la sospecha invadiera vuestro espíritu, pensad que, como la mayoría de los humanos, Adonirám no era dueño de sus actos, ¡tenía que cumplir su destino!        – Adiós, maestro… ¡cumplid con vuestro destino!”        Diciendo esto, el rey le tendió una mano sobre la que el artista se inclinó con humildad; aunque sin posar sobre ella sus labios, y Solimán se estremeció.        “¡Bien!, -murmuró Sadoc viendo que Adonirám se alejaba-, ¡Bien!, y ahora ¿qué ordenáis, mi señor?        – El silencio más profundo, padre mío; porque a partir de este momento sólo me fiaré de mí mismo. Entérate de una vez por todas, yo soy el rey. Obedece pues, si no deseas caer en desgracia y cállate, si no quieres perder la vida, eso es lo que has de hacer… Vamos, viejo, no tiembles: el soberano que te hace partícipe de sus secretos para instruirte es un amigo. Haz llamar a esos tres obreros encerrados en el templo; quiero hacerles aún algunas preguntas.”        Amrou y Phanor comparecieron junto con Méthousaël; a sus espaldas, se colocaron los siniestros guardianes mudos con el sable entre las manos.        “He sopesado vuestras palabras, -dijo Solimán en tono severo-, y he visto a Adonirám, mi siervo. ¿Se trata de la justicia o acaso de la envidia?, ¿qué os mueve a ir contra él?, ¿cómo simples obreros se atreven a juzgar de ese modo a su maestro? Si fueseis hombres notables y jefes entre vuestros hermanos, vuestro testimonio sería menos sospechoso. Pero no; vosotros sólo conocéis la avaricia,  ambicionáis el título de maestro; pero no podéis obtenerlo y el resentimiento ha endurecido vuestros corazones.        – Señor, -dijo Méthousaël prosternándose-, queréis ponernos a prueba. Pero, aunque me cueste la vida, yo sostendré que Adonirám es un traidor; y es cierto que yo he conspirado para perderle, pero lo he hecho con el único fin de salvar a Jerusalén de la tiranía de un hombre pérfido que pretendía esclavizar a mi país con sus hordas extranjeras. Mi imprudente franqueza es la mejor garante de mi fidelidad.        – No veo por qué he de dar crédito a hombres despreciables, a esclavos de mis servidores. Pero… la muerte ha dejado vacantes en el cuerpo de los maestros: Adonirám me ha pedido retirarse a descansar, y yo me voy a dedicar, como él, a buscar entre los jefes a gente digna de mi confianza. Esta tarde, después de la paga, solicitadle la iniciación de los maestros; él estará solo… haced que escuche vuestras razones. Solo de ese modo yo conoceré que sois trabajadores eminentes en vuestras artes y bien situados en la estima de vuestros hermanos. Adonirám es sabio: sus decisiones son ley. ¿No ha mostrado hasta ahora que nunca le ha abandonado Dios? ¿acaso ha dejado ver su reprobación ante alguno de esos consejos siniestros, o por alguno de esos terribles golpes?, ¿es que su brazo invisible ha sabido llegar hasta los culpables? ¡Pues bien! Que Jehová os juzgue: si Adonirám os distingue con su favor, eso será para mí la secreta señal de que el cielo se os declara propicio, y yo me cuidaré de Adonirám. En caso contrario, si él os niega el título de maestro, mañana compareceréis ante mí; yo escucharé la acusación y la defensa entre vosotros y él: los ancianos del pueblo darán su veredicto. Id, meditad sobre lo que os he dicho, y que Adonay os ilumine.”        Los tres hombres se pusieron rápidamente de acuerdo con un pensamiento único: “Hay que arrancarle la palabra-clave, dijo Phanor.        – ¡O que muera! –añadió el fenicio Amrou.        – Mejor, ¡que nos diga la palabra-clave de los maestros y después muera!” –gritó Méthousaël.        Sus manos se unieron en un triple juramento.        A punto de franquear el atrio, Solimán, se volvió, y observándoles de lejos, respiró con fuerza y dijo a Sadoc: “Ahora, ¡tiempo para el placer!… vayamos a buscar a la reina.” [1] Acerca de las dos columnas de bronce colocadas en el pórtico del templo, Jakin y Booz, ver Reyes-1, VII, 15-22. Son las mismas columnas que aparecen en los emblemas masónicos. En el capítulo XII, más adelante, también se habla de su importancia en el ritual del templo.

Esmeralda de Luis y Martínez 18 mayo, 2012 18 mayo, 2012 Adoniram, Amrou, Hiram, la guardia muda, las columnas Jakin y Booz, Méthousaël, Phanor, Sadoc, Solimán
“VIAJE A ORIENTE” 058

VII. La montaña – IV. El palacio del pachá… El señor Battista, treatment en el colmo de su generosidad me prometió buscarme un caballo para el día siguiente por la mañana. Tranquilo por ese lado, ya no tenía otra cosa que hacer que pasearme por la ciudad, y comencé por atravesar la plaza para ir a ver lo que pasaba en el palacio del pachá. Había una gran multitud en medio de la cual los cheijs maronitas avanzaban de dos en dos como en una procesión de suplicantes, cuya cabecera había penetrado ya en el patio del palacio. Sus amplios y variopintos turbantes rojos, sus rosarios y caftanes brocados en oro y plata, sus brillantes armas; todo ese lujo exterior que en otros países de Oriente sólo lo muestra la raza turca, daba a ese desfile un aspecto más imponente que el resto. Conseguí introducirme en el palacio detrás de ellos, en donde la música continuaba reinterpretando La Marsellesa reforzada por los pífanos, triángulos y címbalos. El patio estaba formado por el mismo recinto del viejo palacio de Fakardin. Aún se pueden distinguir las trazas del Renacimiento, al que aquel príncipe druso se aficionó tras su viaje por Europa. No es de extrañar que por todo el país se escuche citar el nombre de Fakardin, que en árabe se pronuncia Fakr-el-Din: es el héroe del Líbano; y el primer soberano de Asia que se dignó visitar nuestros climas del Norte. Fue acogido en la corte de los Médicis como la revelación de algo inaudito por aquel entonces, es decir, que en el país de los Sarracenos existía un pueblo devoto de Europa, bien fuera por su religión, o bien por su simpatía. Fakardin, en Florencia pasó por ser un filósofo, heredero de las ciencias griegas del Bajo Imperio, conservadas a través de las traducciones árabes, que tantos preciosos libros han salvado y nos han transmitido sus hechos; en Francia, se quiso ver en él a un descendiente de los viejos cruzados refugiados en el Líbano en la época de San Luis; incluso se buscó en el nombre del pueblo druso una relación de aliteración que llevaba hasta hacerlo descender de un cierto conde de Dreux. Fakardin aceptó todas esas suposiciones con el “dejar hacer” prudente y astuto de los levantinos; necesitaba a Europa para luchar contra el sultán. En Florencia pasó por ser cristiano; quizá se convirtiera, como hemos visto hacer en nuestros tiempos al emir Béchir, cuya familia sucedió a la de Fakardin en la soberanía del Líbano; pero no dejaba de ser un druso, es decir, el representante de una religión peculiar que, formada de los restos de todas las anteriores creencias, permitía a sus fieles aceptar momentáneamente todas las formas posibles de culto, como hacían también los iniciados egipcios. En el fondo, la religión drusa no es más que una especie de francmasonería, por darle un nombre conforme a los tiempos modernos. Fakardin representó durante un tiempo el ideal que nosostros nos formamos acerca de Hiram[1], el antiguo rey del Líbano, amigo de Salomón, héroe de las sociedades místicas. Maestro de la antigua Fenicia y Palestina, intentó constituir con toda Siria un reino independiente; el apoyo que esperaba de los reyes de Europa fue lo que le faltó para hacer realidad su deseo. Ahora, su recuerdo ha quedado en Líbano como un ideal de gloria y de poder; los restos de sus edificios, arruinados por las guerras más que por el tiempo, rivalizan con los de las antigüedades romanas. El arte italiano, que llevó para decorar sus palacios y mansiones, sembró aquí y allá ornamentos, estatuas y columnatas, que los musulmanes, cuando entraron victoriosos, se dedicaron a destruir, extrañados de haber visto renacer de pronto aquel arte pagano cuyas conquistas habían conseguido eliminar desde hacía mucho tiempo. Así que fue en el mismo lugar en el que hacía pocos años habían existido esas maravillas, en las que el soplo del Renacimiento había lejanamente aunado algunos gérmenes de la antigüedad griega y romana, en donde se elevaba ahora el kiosco de madera que había hecho construir el pachá. El cortejo de los maronitas se había colocado bajo las ventanas esperando el beneplácito del gobernador que, por otra parte, no tardó en producirse y ser recibidos. Cuando se abrió la puerta del vestíbulo, percibí, entre los secretarios y oficiales que ocupaban la sala, al armenio que había sido mi compañero de travesía sobre el Santa-Bárbara. Iba vestido con ropajes nuevos; llevaba a la cintura una escribanía de plata, y en la mano algunos pergaminos e impresos. No hay porqué extrañarse que en el país de los cuentos árabes, uno se encuentre con un pobre diablo, al que había perdido de vista, en una excelente posición en la corte. Mi armenio me reconoció inmediatamente, y pareció encantado de verme. Llevaba el vestuario de la reforma[2] en calidad de empleado turco, y se expresaba ya con una cierta dignidad. –  “Me complace, le dije, verle en tan buena situación; tengo la impresión de que es usted un hombre bien relacionado, y lamento no tener nada que solicitarle. –  ¡Dios mío! me dijo, yo no gozo aún de tanto crédito, pero estoy enteramente a su servicio”. Estuvimos charlando de esa guisa detrás de una columna del vestíbulo mientras el cortejo de cheijs pasaba al salón de audiencias del pachá. –  “¿Y qué hace usted aquí? Le pregunté al armenio. –  Me han empleado como traductor. El pachá, ayer me pidió una versión turca del documento que llevo aquí.” Eché una ojeada al documento, impreso en París; que era un informe de M. Crémieux acerca del asunto de los judíos de Damasco. Europa ha olvidado este triste episodio, relacionado con la muerte del padre Thomas, de la que se había acusado a los judíos[3]. El pachá sentía la necesidad de aclarar este asunto, ya cerrado hacía cinco años, posiblemente por un acto de conciencia. El armenio estaba encargado de traducir, entre otras cosas, L’Esprit des lois de Montesquieu y un manual de la guardia nacional parisina. Él encontraba esta última obra muy difícil, y me rogó que le ayudara con ciertas expresiones que no comprendía. La idea del pachá era crear una guardia nacional en Beirut, como las que existían en El Cairo y en otras ciudades de Oriente. En cuanto a L’Esprit des lois, creo que habían escogido esta obra por el título, pensando tal vez que contenía reglamentos de policía aplicables a todos los países. El armenio había traducido ya una parte, y encontraba la obra agradable y de un estilo sencillo, que sin duda perdería más bien poco al traducirla. Le pregunté si podía dejarme ver la recepción  que daba el pachá a los maronitas; pero no se admitía el paso a nadie sin mostrar el salvoconducto que se le había dado a cada uno, únicamente al efecto de presentarse al pachá, ya que es bien sabido que los cheijs maronitas o drusos no tienen derecho de penetrar en Beirut. Sus vasallos sí que acceden sin dificultad, pero para ellos mismos existen severas penas si, por casualidad, les encuentran en el interior de la ciudad. Los turcos temen su influencia sobre la población y a las riñas que podrían darse en las calles si se encontraran esos jefes, siempre armados, acompañados de un numeroso cortejo y siempre prestos a luchar sin cesar por cuestiones de prioridades. También hay que decir que esta ley no se observa tan rigurosamente salvo en momentos críticos. Por otra parte, el armenio me comentó que la audiencia del pachá se limitaba a recibir a los cheijs, invitarles a sentarse sobre los divanes en torno al salón; y a los que las esclavas se aprestaron a ofrecerles un chibouk e inmediatamente a servirles un café, tras lo cual, el pachá escuchó sus quejas, respondiéndoles invariablemente que sus adversarios habían venido igualmente a expresarles sus mismas querellas; que reflexionaría con calma para ver de qué lado estaba la justicia, y que siempre se podía esperar del paternal gobierno de su alteza, ante el que todas las religiones y todas las razas del imperio siempre tendrían iguales derechos. En efecto, en procedimientos diplomáticos, los turcos están al menos al nivel de los europeos. Además, hay que reconocer que el papel de los pachás en este país no es fácil. Teniendo en cuenta la diversidad de razas que habitan la larga cadena del Líbano y del Carmelo, y que dominan desde allí como desde una fortaleza todo el resto de Siria. Los maronitas reconocen la autoridad espiritual del papa, lo que les pone bajo la protección de Francia y de Austria; los griegos unidos, más numerosos, aunque menos influyentes, ya que se encuentran generalmente repartidos por todo el país, son protegidos por Rusia; los drusos, los ansaríes y los metualis[4], que pertenecen a creencias o a sectas que rechazan la ortodoxia musulmana, ofrecen a Inglaterra un medio de actuación que las otras potencias abandonan demasiado generosamente. [1] Rey de Tiro. Los libros de los Reyes y las Crónicas en la Biblia, cuentan que Hiram proporcionó a David y a Salomón los materiales y obreros necesarios para la construcción de sus palacios y del templo de Jerusalem. Se le cita más adelante como protector de Adoniram: p. 318, t. II. [2] Tentativa del sultán Mahmoud II (1785-1839) de importar a los países turcos las ideas, costmbres, y organismos de Europa occidental. (GR) [3] En 1840, Adolphe Crémieux, vicepresidente del consistorio de los israelíes de Francia, se hizo abogado de numerosos judíos de Damasco acusados de haber cometido un asesinato ritual: tras haber degollado al padre Thomas y a su criado, se dijo que habían recogido la sangre de sus víctimas en botellas, con objeto de mezclarlas con el pan ácimo. (GR) [4] Dos sectas de musulmanes chi’íes, retirada la primera en las montañas del Líbano, la segunda en la región de Tiro y de Saida. Los chi’ies, sobre todo agrupados en Persia, sólo reconocen como únicos califas legales a Ali, esposo de Fátima y sus descendientes, excluyendo a los otros descendientes de Mahoma, reconocidos por los sunníes o los musulmanes ortodoxos.

Esmeralda de Luis y Martínez 22 febrero, 2012 22 febrero, 2012 David, el conde de Dreux, el emir Béchir, El príncipe druso Fakardin, Hiram, Montesquieu y L'Esprit des lois (¿un reglamento de policía?), Salomón
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