| Reflexiones a partir del curso de El Tiempo de Cervantes
“Jamás me pasa por la cabeza leer o escribir ninguna novela. Lo que me interesa es la historia, vivir la historia, estar lo más posible dentro de la historia. Entre los amores de un barbero y los sentimientos del fogonero de un tren, y la política de Cambó o de Azaña, me quedo, como interés humano, con eso último. Lo que queda es la historia, el documento histórico.”
Josep Pla, La Segunda República Española
“El Quijote, Lázaro y Robinson, se atreve el alfabeto: cómo si esos personajes no hubieran recorrido para siempre la dirección contraria a la de sus trolas, es decir, como si no hubieran ido de la ficción a lo real, al igual que hace cualquier empresa novelística triunfante que no llore como relato real lo que no supo defender como ficción.”
Arcadi Espada
La figura de Cervantes ha resultado siempre desconcertante a los historiadores por la tremenda sutileza e ironía desplegada por él a lo largo de su obra. Ciertamente, Cervantes no fue siempre el mismo. Claro, no pensaba lo mismo el joven soldado que disfrutaba de la buena vida en Italia o el dramaturgo que intentaba abrirse paso en la escena en la época de esplendor de Felipe II, que el arruinado pero sabio novelista que supo aprovechar sus últimos años. Pero las contradicciones y ambigüedades siguen estando presentes incluso en su última obra, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, una obra que ha suscitado diversidad de opiniones, desde los que la han considerado como un modelo de obra contrarreformista hasta teorías muy recientes (1) que sostienen justamente lo contrario, una profunda irreverencia y una crítica al fanatismo de la época oculta tras los misteriosos episodios de la novela.
Cervantes fue un joven de su época, se hizo soldado en busca de fortuna y luchó en nombre del rey de España convencido de la causa por la que mataba y de las bondades del mundo del que disfrutaba. Pero la primera experiencia trascendental que le hizo cambiar, que tanto influyó en su vida y en su obra, el cautiverio de cinco años en Argel, empezó a modificar sus concepciones. Su captura cuando se disponía a volver a España le hizo entrar en contacto con el otro mundo de la época en un momento en que aunque las comunicaciones se habían globalizado y existía un contacto regular entre todas las regiones del mundo, esta comunicación y contacto seguían siendo muy lentos. Cervantes tuvo que conocer a la fuerza el mundo islámico, lo cual no le hizo perder la fe (fue cristiano devoto hasta el final de su vida y en la época de Argel los testimonios de sus amigos le muestran como un perfecto cristiano), por supuesto, pero sin duda le hizo replantearse algunas cuestiones: vio que el gran enemigo era al fin y al cabo humano y, por tanto, se podía llegar a coexistir con él. No se trataba de que desapareciesen las diferencias ideológicas entre musulmanes y cristianos sino que se llegase a aceptar lo inevitable de las mismas y la necesidad de encontrar los puntos en común (que siempre existen entre todos los seres humanos) para establecer una forma de convivencia para todos al margen de la religión, que al fin y al cabo no era algo humano, de este mundo, sino divino. Pero las leyes sí eran humanas, y por tanto debían estar hechas para los hombres. Ahora bien, si para Cervantes hubo en todas las épocas de su vida, y sobre eso no puede haber ninguna duda, un valor por encima de todos los demás, fue el de la libertad, y coherentemente en Argel trató de alcanzarla en variadas ocasiones. También demostró allí una valía personal con su comportamiento intachable respecto a los otros cautivos, prefiriendo siempre la responsabilidad de sus acciones a un aprovechamiento de sus oportunidades individuales.
Volvió cambiado con su actitud hacia el mundo islámico, lo cual era heterodoxo, pero no tanto, en un momento, el de la vuelta de Cervantes a España en 1580, en que el Turco ya había dejado de ser el gran enemigo, el otro titán mediterráneo que trataba de derribar a España, y se había convertido (con todas las salvedades que se quiera, dado lo especial de la negociación con Turquía) en un Estado más con el que se negociaban treguas y acuerdos. El joven Cervantes, con cinco años de retraso, volvía a España con los mismos objetivos, por otro lado propios de un hombre de su época: conseguir un puesto en la Corte que solucionase todas sus necesidades. Realizó una breve labor de espionaje-diplomacia (diplomacia y espionaje no estaban demasiado desligados en la época) no demasiado satisfactoria en Orán e intentó también sin éxito obtener un puesto en América. Cervantes había estado demasiado tiempo al otro lado de la frontera, había tenido demasiado contacto con el otro y, por tanto, a pesar de su irreprochable cristianismo y su heroico cautiverio, ya no era de fiar. No las tenía todas consigo, y los años no haría sino acentuar esa tendencia.
Así que Cervantes tuvo que buscarse camino a través de la literatura. Lo que producía dinero era el teatro, y allí, a pesar de desarrollar algunas innovaciones técnicas, Cervantes todavía (a través de las obras que nos han llegado, que no son todas ni mucho menos (2)) se mostraba un español orgulloso de serlo(3). No hay que olvidar que se trataba de los primeros años 1580, el momento de mayor esplendor de Felipe II, que había conseguido unificar la Península y dos grandes imperios a la vez que parecía ganar terreno en la eterna guerra de Flandes. Pero el teatro, a pesar del relativo eco que tuvieron estas primeras obras, no iba ser lo suyo. La irrupción de Lope de Vega alteraría por completo la escena teatral.
Cervantes probó terreno en la novela con una obra que no suponía una gran novedad en el panorama literario a pesar de la calidad técnica de cualquier obra cervantina y de las referencias a su vida y al momento de forma velada, futura marca de la casa. Pero estos ejercicios literarios no servían para ganarse la vida, y Cervantes tuvo que aceptar un incómodo trabajo (inspector de galeras reales) al servicio de la gran empresa del momento: la Gran Armada contra Inglaterra. El esplendor tocaba a su fin: la empresa fue un desastre colosal, y Cervantes, en concordancia con el momento, volvió a acabar en el cautiverio en 1592. Pero la necesidad seguía siendo apremiante al salir, y aceptó trabajar ahora como recaudador de impuestos, lo que acabaría llevándole a la cárcel otra vez en 1597. Para entonces ya se había producido el gran desencanto ideológico, el desencanto de un español que veía que su país ya no era lo que creía haber sido en el pasado, y que nunca lo había sido del todo.
Pero lo original de la respuesta cervantina ante el desastre colectivo fue que no pretendió romper con su mundo y huir hacia un lugar donde vivir mejor (y su talento fuese más valorado) sino que buscó expresar su tristeza, su malestar, a través de las rendijas que le ofrecía su época y su circunstancia, España, y sin expresar odios o resentimientos, sino a través de una ironía y un saber reírse de las debilidades y los fallos humanísimo, propio del profundo humanismo que caracterizaba a Cervantes, un hombre apegado a su tiempo pero que, al igual que Stendhal, se sabía un adelantado a él. Un hombre que supo darse cuenta de que la clave para resolver los conflictos humanos era aceptar lo imposible de querer aniquilar a los enemigos como solución. Un hombre que supo describir la fantasía en la que se sostenían sus contemporáneos creyendo que nada había cambiado y que no seguían dirigiéndose hacia la catástrofe.
Y al final de su vida, tras varias desgracias personales relacionadas con las mujeres de su familia, cuando yo no tenía nada que esperar o buscar, decidió dedicarse a la tarea de culminar su carrera literaria con el Quijote, una obra hecha sobre la marcha, con variados errores técnicos y estructurales, sin un argumento desplegado de forma deliberada sino a borbotones, pero que, como las grandes obras de arte, es tan grande no por su ausencia de imperfecciones, sino porque es capaz de hacer olvidar estas por completo, porque ha sido capaz de la alquimia de atrapar el soplo de la vida que hace real la ficción y la convierte en perdurable. Como sostenía Arcadi Espada (4) en una reciente polémica con Javier Cercas acerca de la valía y de la verdad de Soldados de Salamina, la grandeza del Quijote no residía en que hubiera escogido un fragmento de la realidad y la hubiera embellecido con los recursos de la ficción como hacía Cercas en su novela sino en que el Quijote, como todos los grandes personajes de la literatura, un personaje de ficción creado por la imaginación de Cervantes, había sido dotado de tal vida, de tal fuerza, que había terminado por adquirir carta de realidad, no en cuanto a su existencia, pero sí en cuanto a su importancia para comprender el período histórico.
Y a continuación Cervantes continuó desarrollando una obra sorprendente por su riqueza y complejidad, con cuidado, mientras participaba en las disputas literarias de la época pero sin acritud, siempre un punto por encima de las miserias humanas y sin perder jamás el humor y la compostura (en la mejor tradición británica), como tan bien había aprendido en Argel. Y dado que la sociedad en que le tocó vivir era esa sociedad cerrada (más aun desde Trento), estrechamente vigilada, que valoraba por encima de todo la tradición y la ortodoxia como valores máximos para su supervivencia (y no tanto en esta vida como en la siguiente), Cervantes, amante de la libertad y la tolerancia, fue tan sutil como pudo en expresar su punto de vista y siempre a través de la ficción, el único ámbito en que se permitía una mayor libertad de expresión dado su carácter; y procurando dejar siempre claro, no ya que no hablaba él sino sus personajes, sino que era un irreprochable católico que no cuestionaba los dogmas.
Habiendo nacido y vivido en España, Cervantes vivió y murió sin ver reconocido su talento como merecía, y sabiendo que su tiempo era el porvenir. Pero su obra, que escribió, a pesar de todas las circunstancias, como quiso, se ha conservado como su testimonio para que nos comuniquemos con él, a pesar del notable esfuerzo de análisis e interpretación que eso supone. Cervantes no pudo expresar su pensamiento de forma clara a través de ninguna tribuna y prefirió hacerlo recurriendo a la ficción. Para llegar a comprenderle en su compleja realidad, su obra nos espera.
A la hora de redactar el presente trabajo, reconozco mi desapego a la ficción y sobre todo a la ficción en sí misma para interés del historiador. Me interesa la vida, y me interesa la vida de Cervantes, pero para llegar a ella hay que utilizar su obra literaria, no sólo porque una buena parte de ella se mostrase transfigurada en sus obras, sino porque estas están rebosantes de la vida que supo insuflarles Cervantes, que, como los grandes artistas, sabía que a veces la única forma de expresar determinadas verdades es a través de la mentira de la ficción.
Bibliografía
- Kamen, Henry: Felipe de España, Madrid, Siglo Veintiuno de España, 1997.
- Nerlich, Michael: Los trabajos de Persiles y Sigismunda: proyecto histórico-iluminado de una cultura europea, Valencia, 1996.
- Rey Hazas, Antonio y Sevilla Arroyo, Florencio: Cervantes. Vida y literatura, Madrid, Alianza Editorial, 1995.
Notas
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[1] Nerlich, Michael: Los trabajos de Persiles y Sigismunda: proyecto histórico-iluminado de una cultura europea, Valencia, 1996.
[2] Sólo se han conservado La Numancia y Los tratos de Argel, aunque se conoce la existencia de cómo mínimo nueve por el testimonio del propio Cervantes.
[3] Rey Hazas, Antonio y Sevilla Arroyo, Florencio: Cervantes. Vida y literatura, Madrid, Alianza Editorial, 1995.
[4] http://www.arcadi.espasa.com/2005_11.php 20 y 21 de noviembre.
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