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fecha publicación: 14/11/2006
     

Estancia de los Austrias Mayores en Alcalá de Henares

   
   
Daniel Ruiz Jiménez - Institución de Estudios Complutenses
     

1. Introducción

Decir que los Austrias Mayores pasaron por Alcalá de Henares no es lo que se dice “aportar algo nuevo” precisamente. Es algo conocido y frecuentemente publicado. Lo que no es tan conocido es cuándo lo hicieron, la fecha más o menos exacta de esa visita y con qué frecuencia o interés pasearon por nuestras calles.

Todos hemos oído o leído con frecuencia la anécdota de Carlos V en la Magistral, o algo sobre la presencia de Felipe II en las fiestas por la canonización de San Diego y, por supuesto, algo sabemos sobre la caída del Infante don Carlos en el Palacio Arzobispal.
Por lo tanto, lo que pretende este artículo más que descubrir algo que ya más o menos sabemos es precisar cuándo ocurrió y aclarar algún punto o hecho que haya podido caer en el olvido o que el paso del tiempo haya desvirtuado.

Al final del mismo haremos una valoración de esas visitas para conocer si fueron realmente significativas en las vidas de estos tres personajes tan fundamentales para la Historia de España.

2.Las Fuentes con las que contamos. Pros y contras

La bibliografía específica sobre el tema en concreto es más bien escasa, casi nula, por lo que ha habido que recurrir a hacer un barrido, un rastreo sobre las principales fuentes de la época buscando las palabras “Alcalá”, “Carlos I”, “Felipe II” e “Infante don Carlos”.
En orden de antigüedad tendríamos la “Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V” (Madrid, 1955), de Fray Prudencio de Sandoval; la “Historia de Felipe II. Rey de España” (Junta Castilla-León, 1998) de Luis Cabrera de Córdoba; y “De las Hazañas de Francisco Jiménez de Cisneros” (Madrid, 1984), de Alvar Gómez de Castro. Estas tres obras son las primeras en el tiempo y la información que aportan es escasa en cantidad: una referencia en la de Sandoval, tres en la de Alvar Gómez de Castro y siete en la de Cabrera de Córdoba. La referencia de Sandoval no es significativa pero las de Alvar Gómez sí, en especial porque es el primero en mencionar la tan manida anécdota de Carlos V visitando la Magistral y sentándose entre los sacerdotes. Eso sí, no dice cuándo. Ni dice el año ni dice el día. A continuación habla de la costumbre existente de que el 6 de agosto los estudiantes se sentaban entre los profesores en la Magistral, lo que ha llevado a alguno a suponer que ocurrió un 6 de agosto, incluso arriesgando el año, 1534. En cuanto a las referencias de Cabrera de Córdoba, todas son más o menos significativas.

A continuación vienen los “Annales Complutenses” (Alcalá de Henares, 1990), con ocho referencias, la mayoría significativas, con riqueza de detalles y mencionando a Alvar Gómez como origen de la anécdota de la Magistral.

En el siglo XVIII Miguel de Portilla nos deja su “Historia de la Ciudad de Compluto” (Alcalá de Henares, 2003), con dos referencias, una no significativa y la otra es la anécdota de la Magistral, también mencionando a Alvar Gómez como fuente de la misma.
El siglo XIX nos regala tres obras: La Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España (CODOIN) (Madrid, 1855), más de cien volúmenes en los que a modo de cajón de sastre se puede encontrar de todo, como por ejemplo el parte médico del accidente y recuperación del Infante don Carlos así como su primer testamento; “Don Carlos y Felipe II” (Madrid, 1984), del belga P. Gachard, el mejor trabajo hasta la actualidad sobre la vida del infeliz don Carlos; y la conocidísima “Historia de Alcalá de Henares” (Alcalá de Henares, 1986) de Esteban Azaña, con sólo cinco aportaciones, centradas en Leonor de Mascareñas y las Infantas doña Juana y doña María en Alcalá así como el paso de Felipe II por Alcalá tras su boda en Guadalajara con Isabel de Valois.

Por último, en el siglo XX encontramos seis obras, todas con numerosas, precisas y significativas referencias. Son “Estancias y Viajes del Emperador Carlos V” (Madrid, 1914), de Manuel de Foronda, digitalizado en www.cervantesvirtual/historia/carlosv; la “Historia de Alcalá de Henares” (Alcalá de Henares, 1973) de Quintano Ripollés; el “Corpus Documental de Carlos V” (Salamanca, 1975) reunido por Manuel Fernández Álvarez; la “Iglesia Magistral de Alcalá” (Alcalá de Henares, 1990) de Antonio y Miguel Marchamalo; el “Diario del Emperador Carlos V” (Madrid, 1992) de Vicente de Cadenas y “Alcalá de Henares, Crónica General” (Alcalá de Henares, 2001) de Luis M. de Diego y José C. Canalda. De las seis obras, la de Foronda, Cadenas y la Crónica General son las más importantes, por exactitud y amplitud de datos. La única pega que le pongo a la Crónica General es su ausencia de aparato crítico, de notas a pié de página, con lo que comprobar o ampliar lo expuesto en ella se convierte en una tarea complicada.

3.Las Estancias de los Austrias Mayores en Alcalá de Henares


Carlos V
En la “Crónica General” se comenta que Carlos I, o Carlos V, como le queramos llamar, “probablemente fue el monarca español que peor relación tuvo con Alcalá” (p.155). No estoy de acuerdo. Si mala relación con Alcalá es pasar poco por aquí, hay que tener en cuenta que estamos ante uno de los monarcas más viajeros que hemos tenido y con una barbaridad de kilómetros cuadrados que gobernar. Si mala relación con Alcalá es confiscar parte de los fondos de la Universidad, pues peores cosas se han visto por estos lares, donde los monarcas han hecho y deshecho a su antojo. Sí, es cierto, como comentan los autores, que ese matiz de mala relación se produce comparándolo con sus predecesores y sucesores en el cargo, que frecuentaron más nuestra ciudad, pero también es cierto que sus predecesores no dominaban medio mundo y que sus sucesores nacieron en España, se educaron en España y su movilidad fue bastante más reducida.

La primera relación entre Carlos V y Alcalá no es física. Me explico. La famosa confiscación de los bienes de la Universidad se hace por terceras personas: el 31 de diciembre de 1517, fecha de la confiscación, Carlos V estaba en Valladolid, con lo cual no pudo venir a Alcalá, barra de hierro en mano, a romper los candados del arca del tesoro.

Sabemos que de noviembre de 1524 a abril de 1525 estuvo en Madrid, con lo que no es descartable que alguna vez se acercara por aquí, aunque no hay constatación ninguna, es sólo una suposición. Y sabemos que de mayo a agosto de 1525 estuvo en Toledo, y de noviembre a diciembre de ese año entre Toledo y Aranjuez, por lo que tampoco es descartable una supuesta escapada a cazar en la vega del Henares, famosa en el aquel tiempo para esa actividad cinegética. Lo que sí es seguro es que nunca existió un encuentro Francisco I-Carlos I en Alcalá, cuando el primero, capturado en Pavía unos meses antes y camino de su prisión de Madrid, pasó por Alcalá. Un encuentro de tal magnitud necesariamente tenía que estar descrito en las crónicas alcalaínas o en las biografías del César consultadas. Y en ninguna aparece. Sí aparece el día que Francisco I llega a Alcalá, 8 de junio de 1525, y sabemos cómo fueron los agasajos gracias a los “Annales Complutenses” y a Alvar Gómez de Castro, siendo la más extensa en detalles la aportación de “Annales”, describiendo los fuegos artificiales y visitas a Magistral y Colegio Mayor por parte del desventurado rey francés.

La primera visita real, la primera presencia física de Carlos V en Alcalá de Henares se produjo el 3 de agosto de 1528 cuando, según Vicente de Cadenas (p.196), pasó de Guadalajara a Madrid. Es decir, ese día sale de Guadalajara y duerme en Madrid, por lo que necesariamente en algún momento pasó por Alcalá de Henares, salvo que hiciera algún recorrido tremendamente alternativo al habitual. También sabemos que los meses de agosto y septiembre los pasa en Madrid, así como noviembre y diciembre en Toledo, por lo que tampoco sería raro alguna escapada a nuestra villa en esos meses.

Al año siguiente, 1529, nos vuelve a visitar. Ante los rumores de que el monarca iba a pasar por Alcalá camino de la Corona de Aragón, el 3 de marzo se celebró un Cabildo para establecer los emolumentos que debían percibir los distintos miembros del clero magistral cuando salieran a recibir en corporación a reyes, obispos y legados pontificios (1). Según Vicente de Cadenas y Manuel de Foronda el 11 de marzo, jueves, Carlos V desayunó en Aranjuez, comió en Chinchón y cenó y pernoctó en Alcalá. Al día siguiente, 12 de marzo, viernes, desayuna y come en Alcalá y cena y pernocta en Guadalajara. Los rumores, por tanto, habían acertado.

Pasarían varios años hasta que el César volviera por aquí. La Coronación Imperial en Bolonia y otros quehaceres le mantuvieron lejos. No sería hasta 1534 cuando el César pisara las calles de nuestra ciudad. Prudencio de Sandoval, Quintano Ripollés y la Crónica General nos lo sitúan aquí en enero de 1534, visitando y apreciando las obras de ampliación del Palacio Arzobispal. A finales de mes marchan a Guadalajara y allí les deben avisar del empeoramiento de la salud del Arzobispo Fonseca, con lo que el 1 de febrero salen de la ciudad del Infantado y llegan a Alcalá de Henares, donde permanecen todo el día 2 y marchan a Madrid el 3 de febrero. Al día siguiente, 4 de febrero, el Arzobispo Fonseca moría en su Palacio de Alcalá de Henares. No obstante, es posible que las tres obras mencionadas equivocaran las fechas y esa visita de enero fuera la de los primeros días de febrero.

Lo que sí es seguro, es que Carlos V nunca estuvo en Alcalá el 6 de agosto de 1534 sentándose entre los sacerdotes de la Magistral, como lo sitúan Antonio y Miguel Marchamalo (2). Si se busca esa fecha en las cartas del Emperador recogidas en el Corpus Documental de Carlos V y en los recorridos investigados por Manuel de Foronda y Vicente de Cadenas encontramos con que en esa fecha Carlos V estaba en Palencia, a muchos kilómetros de aquí. ¿y por qué tuvo que ser la dichosa situación un 6 de agosto?. El primero que habla del tema es Alvar Gómez de Castro, es decir, él es el origen de la anécdota, como así lo reconocen “Annales” y Portilla. Y Alvar Gómez de Castro en ningún momento dice que ocurriera un 6 de agosto. Él describe la historia, la narra y después, repito, después comenta que en Alcalá existe la costumbre consistente en que el 6 de agosto los colegiales se sientan entre sus maestros en la Magistral para que los maestros recuerden sus años mozos y los alumnos tengan cerca un modelo en que fijarse. Que esta costumbre sea consecuencia de la acción de Carlos V en ningún momento queda expresado. Alvar Gómez se limita a contar una anécdota, que pudo ocurrir perfectamente, eso no es descartable, pero lo que no podemos saber a día de hoy es cuándo fue, ya que no queda claro que fuera un 6 de agosto y, además, Carlos V nunca estuvo un 6 de agosto en Alcalá, sus visitas siempre fueron a principios o a finales de año, salvo el 3 de agosto de 1528 ya mencionado.

En 1535 Carlos V toma la decisión de atacar al pirata berberisco Hayreddin Barbarroja, quien recientemente había conquistado el reino aliado de Túnez. Así, a principios de marzo el Emperador se pone en marcha, camino de la costa donde embarcar hacia la gloria y así, el 2 de marzo, sale de Madrid y llega a Alcalá de Henares, donde hace noche. Al día siguiente, 3 de marzo, sale de Alcalá camino de Guadalajara.

Volverán a pasar varios años hasta que podamos volver a gozar con su presencia. Sabemos que de diciembre de 1538 a mayo de 1539 estuvo en Toledo y de junio de 1539 a noviembre del mismo año estuvo en Madrid, por lo que no sería una locura pensar en alguna visita a nuestra ciudad en esos largos meses tan cerca de aquí.

En 1542 se produce la presencia imperial más extensa en tiempo y más importante en hechos. Carlos V decide pasar las navidades de ese año aquí, en Alcalá de Henares, y rodeado de su familia. Sabemos que el 24 de diciembre, domingo, come en Pozuelo y llega por la noche, marchando la mañana del 30, sábado, comiendo en Torrejón y pernoctando en Madrid. Durante esta larga estancia se hizo público el anuncio de los matrimonios entre Felipe II con María de Portugal, la que sería madre de don Carlos, y entre Juan de Portugal y la Infanta Juana, hermana de Felipe II y futura aya de don Carlos. Es decir, en esas fechas tenemos a la mayor parte, si no a toda, de la familia imperial en Alcalá de Henares, pasando unas “navidades en familia” y anunciando al mundo las bodas de dos de los hijos del Emperador.

El año siguiente, 1543, sería el último que muestra al Emperador en nuestra ciudad. Eso sí, ese año vino dos veces. Estuvo aquí desde el 30 de enero hasta el 1 de febrero y desde el 1 al 3 de marzo. Si tenemos en cuenta que pasó las navidades aquí, y que aquí se encuentra con su hijo el 2 de marzo, es lógico pensar en una presencia más o menos continua de Felipe II en Alcalá en aquellas fechas, así como en el caso de sus hermanas las Infantas María y Juana, quienes pasaron muchos años en esta villa acompañadas de otro personaje fundamental en la corte, doña Leonor de Mascareñas, aya de Felipe II y en un par de años del Infante don Carlos. Doña Leonor de Mascareñas, mujer de la corte, tenía casas en Alcalá y con frecuencia huía de la corte y buscaba la paz y la tranquilidad de la antigua Compluto (3). Este hecho es el responsable de que Felipe II y sus hermanas pasaran frecuentes temporadas en Alcalá (4). Pero para hablar más extensamente de ello, despidámonos de Carlos V y centrémonos en Felipe II y su hijo el Infante don Carlos.

Felipe II y el Infante don Carlos
Vamos a tratar a estos dos personajes en común ya que sus estancias en Alcalá son muchas veces simultáneas. Las fuentes principales para sus estancias en Alcalá son las obras de P. Gachard y L. Cabrera de Córdoba, así como “Annales” y “CODOIN”.
Como ya hemos dicho, Felipe II desde pequeño visitó con frecuencia la ciudad del Henares, bien por propia voluntad, bien llevado por la propia doña Leonor o bien para encontrarse con su padre en las navidades de 1542 y en marzo de 1543. Ramón González Navarro incluso nos lo vuelve a situar en Alcalá, del 27 al 29 de abril de 1543 (5).

El 8 de julio de 1545 nacía en Valladolid don Carlos. Cuatro días más tarde su madre moría. El dos de agosto es bautizado en Valladolid y poco después es trasladado el recién nacido a Alcalá de Henares, donde será criado por sus tías las Infantas María y Juana y por doña Leonor de Mascareñas. El 13 de agosto Felipe II escribe: "De las Infantas, mis hermanas, sé que están buenas, que al maestro Quadra embiaron a visitarme y antyaer se boluyó (6)". Ese “sé que están buenas” tiene que significar que no las tiene cerca, que ya marcharon a Alcalá. El Infante don Carlos permanecerá en Alcalá desde agosto de 1545 hasta mediados de año de 1548.

El 17 de  octubre de 1545 Felipe II acude a Alcalá de Henares a ver a su hijo y aquí permanecerá hasta noviembre, lo cual sabemos gracias a las cartas que con frecuencia le manda a su padre Carlos V informándole de la salud de los miembros de la familia real.
Sabemos que en julio de 1547 Felipe II pasó por Alcalá, camino de las Cortes de Monzón y que al concluir las mismas se volvió para Alcalá. Por otra carta de Carlos V a su hijo descubrimos que la familia real, el Infante don Carlos y las hermanas de Felipe II, doña María y doña Juana, pasaron el invierno de 1547 a 1548 en Alcalá de Henares, en donde se les sumaría Felipe II, de regreso de Monzón, de donde salió el 8 de noviembre y llegando a mediados de mes aquí. A su llegada se hicieron festejos, en especial uno en la Isla del Henares: “que fue de los más célebres de que hay memoria, por grandeza, ornamento, gasto, orden, sucesos de caballería dignos de escritura con alabanza (7)”. Habría que añadir que estas estancias en Alcalá, las de las Infantas y el Infante en especial, no eran de forma continua o estática, sino que las visitas a la ciudad de Guadalajara o de Madrid eran frecuentes en las vidas de estos jóvenes príncipes, aunque siempre manteniendo Alcalá de Henares como punto de referencia.

La Correspondencia Imperial nos muestra a Felipe II en Alcalá en febrero y marzo de 1548, marchando a continuación hacia Valladolid a donde llegaría a mediados de abril.  Allí permanece un mes y en mayo de 1548 vuelve a Alcalá a por sus hermanas y su hijo para llevarlos a Valladolid, a donde llegan a principios de junio.

Hasta aquí, como se puede ver, la vida de Felipe II y de don Carlos está muy ligada a Alcalá de Henares, en especial porque el segundo pasa aquí los tres primeros años de su vida y su padre, como es lógico, viene con frecuencia a verlo y a vivir con él. Digo esto por la habitual leyenda negra sobre Felipe II y su relación con su hijo. Don Carlos no era un niño normal. Pero en sus tres primeros años, cuando todavía no estaba “muy viciado”, su padre lo adoraba y lo visitaba en cuanto podía y escribía al abuelo Carlos constantemente informándole de la salud y del progreso del nieto Carlos. Abuelo y nieto sólo se verían un par de días en sus vidas, allá por octubre de 1556 y en Valladolid, cuando el jubilado Emperador marchaba camino de Yuste y le presentan a su nieto. Tal encuentro dejará fascinado al nieto y defraudado al abuelo.

Tras la marcha de padre e hijo a Valladolid sus vidas se desarrollarán muy lejos de Alcalá. No será hasta 1553 cuando Felipe II vuelva por Alcalá, en esta ocasión para asistir a la boda de su amigo Ruy Gómez de Silva, futuro Príncipe de Éboli, con Ana de Mendoza, futura “tuerta y prisionera del Palacio de Pastrana”. Dicha boda tuvo lugar en las Casas del Rico-Home, hoy desaparecidas y del hecho informa sobradamente la Historia de Alcalá de Estaban Azaña (8). Como dato curioso y muestra de cómo la historia juega con los personajes, ese Príncipe de Éboli recién casado en Alcalá, unos años más tarde, en 1564, se convertiría en el ayo-espía-carcelero de don Carlos.

Y siguiendo con la historia llegamos al año de 1560. A principios de años se produce la boda de Felipe II con Isabel de Valois en el Palacio del Infantado de Guadalajara. Por lo que a la ida y a la vuelta Felipe II pasó necesariamente por Alcalá, ya que iba desde y volvía a Toledo. P. Gachard nos describe los hechos de esos días (9). El 28 de enero Isabel de Valois llega a Guadalajara. Al día siguiente el impaciente Felipe II va de Madrid a Alcalá, donde duerme. El día siguiente va a Guadalajara y la boda se produce el 31 de enero, a las once de la mañana y de regreso pasaron por Alcalá el 2 y 3 de febrero. Y aquí viene la duda: ¿estuvo o no presente en la boda don Carlos? Es importante porque de asistir a la boda, necesariamente pasaría por Alcalá. Luis Cabrera de Córdoba dice que sí, es más, que fue uno de los padrinos de la boda. P. Gachard dice que no, que tenía fiebre y se quedó en Toledo. Me inclino más por la segunda teoría ya que otros autores que describen la boda y el paso por Alcalá en ningún momento hablan del Infante don Carlos.

Y hablando de don Carlos, desde 1557 se comentaba en la corte de Valladolid que aquel no era un buen sitio para el futuro Rey. Don Carlos siempre había sido un chico enfermizo, sin color de piel y con algún defecto físico que los embajadores extranjeros solían amplificar en sus informes, por lo que siempre había sufrido de fiebres, dolores de cabeza e intestinales, estos últimos provocados en gran medida por su descontrol alimenticio y apetito voraz. Por estas razones, y buscando su mejoría, se busca un lugar donde el joven príncipe gane en salud y en sabiduría, ya que sus estudios no hacían muchos progresos a pesar del interés del padre en el tema, recurriendo a sabios de la Universidad de Alcalá como maestros del niño, aunque alguno renunciase a “tal honra”, como el doctor Alonso Ramírez de Vergara, que llegó a Rector de la Universidad (10).

Y el lugar elegido en 1561 fue Alcalá de Henares, lugar donde se había criado el Príncipe y que por tanto conocía perfectamente, lugar cercano a la Corte (fijada en Madrid desde 1561), lugar de frescas riberas y con un buen Palacio donde hospedarse, como destaca Cabrera de Córdoba (11). En junio de 1561, antes de partir para Alcalá, regala a Leonor de Mascareñas un retrato suyo, muestra del cariño que profesaba por la persona que lo había criado en sus primeros años (12). El 31 de octubre llegaba a Alcalá y poco después se le unirían don Juan de Austria y Alejandro de Farnesio, el primero tío suyo y los tres de parecida edad.

No es difícil imaginar la vida de estos tres adolescentes y jóvenes. Lógicamente, la salud del joven príncipe experimentó una mejoría fulminante en cuanto se vio lejos de la Corte. Conocida es la afición por el juego de don Carlos, hecho éste que le llevó a estar siempre breve de pecunio. Conocidos también son los excesos de don Carlos, como el de tener por mascota un elefante, aunque no fuera locura suya sino regalo de su abuelo materno, el Rey de Portugal, o el de tragarse una perla enorme y valiosísima que le presentó un mercader (13). Y conocidos también son los lances amorosos de don Carlos, la razón de su caída en el Palacio Arzobispal el 19 de abril de 1562.

Así llegamos a uno de los hechos más famosos y más conocidos en la historia del Palacio Arzobispal. Sobre la caída en sí hay varias hipótesis. Para P.Gachard don Carlos mantenía una especie de “relación” con la hija del portero del Palacio, estaba interesado en ella y la cortejaba, sin especificar si era correspondido o no. Al hilo de este cortejo los jóvenes se citan a las 12 y media de la mañana en la puerta que da al jardín, al final de una larga escalera. El nerviosismo de la ocasión y la fatalidad hacen que el Infante tropiece camino de la dichosa puerta y se golpee en la cabeza, produciéndose una herida del tamaño de la uña del pulgar (14). En otras versiones, como la que nos dan los “Annales”, la cosa no fue tan “romántica”, sino más lasciva. Según el autor de los “Annales Complutenses” don Carlos acosaba a la chica que, como mandaba el honor y la honra, le huía. El jardinero todos los días le llevaba flores a don Carlos a su habitación y un día, sin sospechar el interés de don Carlos por su hija, manda a su hija con la flores al dormitorio del hijo del Rey. La chica entra en el dormitorio en el justo instante en que don Carlos se está vistiendo y, según “Annales”, “turbada puso las flores en un bufete y a toda prisa procuró ganar la escalera quando el príncipe, desenfrenado en su apetito, la seguía. Aceleró el paso por la escalera poniendo tanto conato en alcançarla el príncipe que violentamente cayó tan desgraciadamente que se irió mortalmente en la cabeza por ser la escalera un caracol de piedra (15)". Sea cual sea la versión correcta, el hecho es que el domingo 19 de abril de 1562 don Carlos sufre una caída en el Palacio Arzobispal de Alcalá y a partir de ese momento se inicia una larga convalecencia en la que se llega a temer varias veces por su vida. No es éste el caso de relatar el día a día del paciente y de los esfuerzos de los galenos por mantenerle con vida, sino de resaltar su presencia en esta ciudad. Por eso, quien quiera conocer más sobre la convalecencia y los remedios que se intentaron, recomiendo al interesado los tomos XV y XXVIII del “CODOIN” en los que Olivares, médico de don Carlos y Daza, cirujano del Rey, relatan todo lo ocurrido desde el día 19 de abril hasta el 17 de julio en que ya recuperado abandona Alcalá. Por estos dos personajes conocemos las fechas más importantes: cómo el 9 de mayo se le hace una trepanación y por al tarde de ese día se hace una procesión llevando el cuerpo incorrupto de San Diego a la cama del desventurado don Carlos, cómo el 10 de mayo el morisco Pinterete le da unos ungüentos que casi lo matan, cómo el 20 de mayo desaparece la fiebre y el 14 de junio se levanta por primera vez de la cama. El 17 de julio, como ya he dicho, abandonaría Alcalá.

Lo importante de esta convalecencia es cómo una vez más el padre de don Carlos, el Rey Felipe II, el que supuestamente odia a su hijo o por lo menos no lo quiere, demuestra que sí lo quiere, que sí lo adora y rara es la semana que no pasa un par de días en Alcalá al pie de la cama de su hijo. Media corte se reúne en el Palacio Arzobispal y reza por la vida del Príncipe, desde don García de Toledo, conde de Oropesa y ayo de don Carlos hasta el hermano de don García, bastante más conocido, el Duque de Alba. Todos rezan y todos sufren con don Carlos y con el Rey. Don Carlos en ese momento es el único hijo varón del Rey y la continuidad de la dinastía está en juego. Se ordena a todas las iglesias de España que hagan misas por don Carlos, que todo el mundo rece por don Carlos. Durante esos dos meses, los que van de mediados de abril a mediados de junio en que se levanta por primera vez de la cama toda España está pendiente de una persona, don Carlos, y de lo que ocurre en un edificio, el Palacio Arzobispal de Alcalá, donde los hombres más poderosos del mundo, Felipe II, el Duque de Alba, don Juan de Austria, don Alejandro de Farnesio rezan por don Carlos.

En julio de 1562 el príncipe don Carlos llega a Madrid y no volvería a Alcalá hasta octubre de 1563. La salud de don Carlos, recuperada en Alcalá, se volvió a quebrar tras la caída del 19 de abril de 1562. Desde ese momento repentinos ataques febriles acosaban al príncipe. Intentando volver a recuperar la salud es enviado nuevamente a Alcalá, en octubre de 1563. Esta vez, su estancia en Alcalá no se vio acompañada de una rápida mejoría, sino que las fiebres aumentaron y su estado llegó a ser tal que llegó a hacer testamento el 19 de mayo de 1564. Gracias a este testamento, recogido en el tomo XXIV del “CODOIN”, sabemos que el 9 de mayo de 1562, cuando la procesión de San Diego, el paciente don Carlos “soñó” que San Diego se le presentaba en sueños. Realmente se le presentó “en carne y hueso”. También gracias a ese testamento conocemos el cariño del príncipe por una ciudad en la que había pasado sus tres primeros años de vida y varios más repartidos en su adolescencia, la ciudad en la que había vuelto de la muerte, por lo que hace grandes donaciones de dinero a instituciones o congregaciones religiosas de Alcalá. Y también conocemos gracias a ese texto el nombre de una chica por la que siente especial cariño, una tal “Mariana Garcetas” o “Mariana de Garceta”, doncella en San Juan de la Penitencia, a la que hace una donación de dinero si no se casa y otra donación de dinero si se casa. En el tomo XXVII del “CODOIN”, página 108, en una relación sobre donaciones de dinero hechas por don Carlos a una serie de personas leemos una extensa compra de telas de terciopelo y raso de primera calidad para una tal “Mariana Garcetas”. Como es evidente, entre don Carlos y esta Mariana Garcetas debió haber una relación más o menos consistente, ya sea de amistad o de amor, lo cual desconocemos, pero no sería una locura pensar en que esta chica pueda ser la joven hija del jardinero del Palacio Arzobispal, la joven tras la que corrió en 19 de abril de 1562 y por tanto P. Gachard tendría razón al opinar que entre los dos hubo un bello sentimiento y no lascivia y lujuria como da a entender los “Annales”. Igual no es la joven jardinera, igual es una “amiga” de Alcalá, eso a día de hoy no lo podemos saber.

En junio de 1564, un mes después de hacer ese primer testamento el príncipe se recupera y abandona Alcalá. Nunca más volvería por aquí. A partir de ese momento su vida se ceñirá a la Corte. En enero de 1564 había muerto en Alcalá don García de Toledo, su ayo y amigo, siendo sustituido a mediados de año, al regresar a la Corte, por don Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Éboli y quien desde ese momento se convertirá en su sombra y guardián. Los accesos febriles desaparecen de la vida de don Carlos pero sus desatinos se incrementan. El llevarse tan pocos años con su padre, 18 años, hace que se impaciente por mandar, por ejercer el poder, por gobernar. Cuando Felipe II nació su padre tenía 27 años, por lo que la caída de Emperador y la subida del Rey se “coordinaron”. Cuando Felipe II pudo sentir deseos de “mandar” su padre ya tenía unos 45 años y está envejeciendo rápidamente, con frecuentes ataque de gota, y empezaba a delegar materias y ocupaciones. No le es un problema delegar en Felipe II. Cuando don Carlos quiere mandar su padre ronda los 35 años, se siente joven y sano y no tiene la menor intención de delegar en su hijo. Esto se transformará en frustración en el joven príncipe. Don Carlos quiere ser un hombre, está cansado de ser un adolescente y ser tratado como tal. Pero su padre no se fía. Su hijo se muestra débil físicamente e inestable mentalmente. Sus estudios no progresan como su padre y sus maestros quieren. Esa impaciencia por mandar se mezcla con un sentimiento amoroso que tiene hacia la archiduquesa doña Ana, prima suya y con la que se negociaba su matrimonio. El príncipe no ve la hora de casarse con ella y los continuos retrasos le exasperan. Esa sensación de bomba a punto de estallar llega a su cénit cuando la boda se aplaza “sine die”. En diciembre de 1567 don Carlos no aguanta más y planea escapar de la Corte. En su plan se queda solo, nadie le secunda, ni siquiera su mejor amigo, su tío don Juan de Austria quien, además, informa de los planes del príncipe a Felipe II. El 19 de enero de 1568 es encarcelado. Don Carlos toma la decisión de que no quiere vivir, no quiere sufrir más y para ello lo mejor es morir. Decide no comer. Esa decisión en un personaje con un apetito voraz lo que provoca es que se le limpien los intestinos y descongestione su cuerpo. Es decir, que su salud es mejor que nunca. Se desespera. Un día no aguanta más la abstinencia gastronómica y se da un atracón de comida. Es el verano de 1568 y hace mucho calor, por lo que bebe copiosamente agua helada. Esas alteraciones le cambian la salud, enferma y estaba vez sin solución. El 22 de julio hace testamento y el 24 moría en el Alcázar de Madrid. El Escorial se estaba construyendo todavía y no será hasta 1573 cuando sea trasladado al Real Monasterio.

Respecto a Felipe II, desde la convalecencia de su hijo en 1562 no vuelve por Alcalá en años. Su presencia en 1565 durante la traslación de las reliquias de San Eugenio no es segura y la de 1568 durante la llegada de las Reliquias de los Santos Niños tampoco es segura. Elementos regios en la ciudad durante esas solemnidades es cierta: carteles, esculturas, pancartas,… pero una referencia clara en la que se diga que Felipe II estuvo allí no he encontrado. Sí es conocida y famosa la presencia de Felipe II en Alcalá durante las fiestas por la canonización de San Diego, en 1588, asistiendo el propio Rey y su hijo el futuro Felipe III. Hasta su muerte las presencias por Alcalá se ceñirán a ser lugar de paso hacia Aragón o hacia la Corte, al desaparecer de Alcalá los personajes que le hacían pasar más de un día aquí, como sus hermanas Juana y María o Leonor de Mascareñas. La última visita a nuestra villa se produce en 1592, regresando de Tarazona hacia Madrid (16).
Lo último que comento sobre Felipe II y Alcalá de Henares es la fundación del Colegio de San Felipe y Santiago, hoy Colegio del Rey. Se ha comentado muchas veces que su fundación responde al deseo del hijo por resarcir a la ciudad del agravio cometido por su padre, el Emperador, al confiscar dineros de la Universidad. Yo prefiero creer a Alvar Gómez de Castro, quien nos proporciona otra versión:

"En el año cuarenta y tres, siendo rector Roldán, Felipe II, rey de España, manifestó cuánto estimaba la Universidad, pues siendo aun joven príncipe, no atareado por el peso de los negocios, vino algunas veces a visitarla, quedó prendado de su organización y estudios y determinó fundar en Alcalá un colegio en el que se alimentaran y educaran los hijos pobres de los cortesanos y algunos jóvenes de la Universidad (17)". Su referente es el Convento de San Juan de la Penitencia.

Esta opción la recoge Quintano Ripollés y la mezcla con la de la reparación del agravio: “En él se emplean gran parte de los maravedises dejados por Cisneros y administrados por el Estado, y en él estudiaban teología los hijos de  pajes o criados de la Real Casa (18)".

4.VALORACIÓN DE LAS ESTANCIAS MENCIONADAS

A modo de resumen diremos que Carlos V pasó en Alcalá  tres semanas a lo largo de toda su vida. Tres semanas en 58 años de vida. Corto bagaje, pero hay que tener en cuenta que el César estuvo fuera de España casi la mitad de su vida. Llegó aquí con 17 años y en varias ocasiones viajó por Europa permaneciendo largos años fuera de nuestras fronteras. Con lo que esas tres semanas hay que enfrentarlas a los años que estuvo en España. Aún así esas estancias son poco significativas en su vida, salvo la navidad del 42 que pasó en familia aquí.

Respecto a don Carlos, de sus 23 años de vida, más de 4 los pasó aquí, lo cual sí es significativo, estamos hablando de casi un 20% de su vida pasada aquí. Son sus tres primeros años de vida y luego dos largas estancias entre 1561 y 1564, con caída y recuperación de por medio.

Por último, Felipe II es el más longevo de los tres, rondando los 70 años de vida y pasando en Alcalá poco más de un año, tal vez dos. Pero ese tiempo repartido entre 70 es buen poco. Eso sí, significativas tenemos las visitas a su hijo cuando pequeño y cuando la convalecencia, así como la canonización de San Diego.

5.AGRADECIMIENTOS

A Raquel, por recordarme el olor de los libros. A Vicente, por animarme a escribir un artículo. A Antonio Echegaray, por su apoyo constante y sus ganas de hablar de Alcalá.

 

NOTAS:

[1] “La Iglesia Magistral…”, p.305.
[2] Op.cit., p.307
[3] “Annales Complutenses”, p.490
[4] “De las Hazañas…”, p.553
[5] “Universidad y Economía. El Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá de Henares (1495-1565)”, Univiersidad de Alcalá, 1998. Página 238.
[6] “Corpus Documental…”, Vol. II., p.409.
[7] “Historia de Felipe II…”, Tomo I, p.14-15.
[8] P.669.
[9] P.67-68.
[10] “Annales Complutenses”, p.414.
[11] “Historia de Felipe II…”, Tomo I, p. 255.
[12] CODOIN, Tomo XXVII, p.95.
[13] “Don Carlos y Felipe II”, p.76.
[14] pp.77-78.
[15] P.599.
[16] “Alcalá de Henares. Crónica General”, p.158.
[17] p.553
[18] p.110

 

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