"Nadie se engañe:
el que se considera listo entre vosotros al modo de este
mundo, vuélvase necio para ser listo de veras. Porque
el saber de este mundo es necedad a los ojos de Dios." (Primera
epístola a los corintios de S. Pablo 3.18).
En esta alocución del apóstol Pablo, podemos
observar uno de las justificaciones más antiguas y
de más autoridad de lo que después pasó a
ser una de las manifestaciones religiosas que se presentan
más curiosas a los ojos del interesado moderno, esta
es “la locura por causa de Cristo”. Se trata
pues de un movimiento ascético de tipo radical que,
al igual que otros, se dio a lo largo de la época
bizantina y tuvo su origen en el Oriente Próximo pasando
a extenderse fuertemente en Rusia y otros países del ámbito
eslavo fundamentalmente a la caída del Imperio Bizantino.
Podemos asimismo afirmar que la santa locura fue una más
de las peculiaridades de la Iglesia Cristiana Oriental y
que Rusia adoptó estos ejercicios religiosos, como
ocurrió con el resto de aspectos de esta iglesia,
en tanto que el dominio turco se extendió sobre las
demás regiones.
El es en realidad
un asceta que se hace pasar por demente ocultando que el
verdadero hecho que
lo empuja a actuar de tal forma es la devoción.
En las vidas de los
saloí que se nos han conservado éstos
se empeñan en eliminar cualquier sospecha de santidad
que alberguen los observadores para los que el santo actúa
(Simeón incluso llega a simular pretensiones obscenas
hacia la esposa de uno que descubre su carácter santo).
Realmente el salós actúa de modo artificial
cuando lleva su vida normal, como si interpretara un papel (1).
De hecho hay ejemplos de algunos saloí que rezan
constantemente a solas y cuando sienten la presencia de alguien
comienzan hacer aquello que suelen hacer para aparentar ser
locos (2). Si analizamos cuáles
son las razones por las que se llevaban a cabo estas prácticas,
encontramos que son varias, por un lado, al igual que en
otras muchas
costumbres religiosas, el acto en sí de hacerse pasar
por loco en una ciudad a la que se llegaba como forastero,
es un suplicio que serviría para expiar culpas y demostrar
ante Dios la capacidad de entrega. Por otra parte, busca
igualmente la reacción en los otros, en aquellos ante
los que se representa el papel de loco. Es éste último
sin duda el más característico de los aspectos
de la práctica que nos ocupa, pues es en las formas
tan extravagantes, ridículas e incluso agresivas del
loco donde se puede hacer diferencia entre ésta y
el resto de formas en las que se muestra la devoción
hacia Dios. El santo loco pretende la reacción de
los que le rodean pues no hay duda de que obra sabiéndose
observado y convertido en centro de atención gracias
a sus extrañas actitudes; en este sentido es lícito
afirmar que tal tipo de locura constituye un movimiento de
choque frente al pecado, a lo material, etc., aunque en un
sentido que más tarde matizaremos. El propio Leoncio
de Neápolis al hablar de Simeón dice que tenía
dos objetivos en su vida: "en primer lugar, salvar almas,
ya fuera por medio de castigos impuestos con gracia o con
astucia, o mediante milagros realizados de forma insensata,
o a través de órdenes dadas a los ciudadanos
mientras representaba su papel de loco; y en segundo lugar,
mantener oculta su virtud para no recibir honra ni alabanza
de los hombres" (3). De este modo
el salós se comporta
como otro santo cualquiera de esta época, pero con
la peculiaridad de utilizar la locura como "camuflaje" para
rechazar el pecado del orgullo, con lo que ya tenemos otra
de las características que venimos perfilando en cuanto
a lo que se refiere al porqué de la conjugación
entre locura y religión.
El salós muestra en sí mismo el control total
del cuerpo, cuando Simeón entra en el baño
de mujeres desnudo o cuando lo acarician las prostitutas
y ni se inmuta en ninguno de estos momentos. Con ello el
santo pretende dar fe de que realmente él es capaz
de mantenerse cercano al pecado, pero sin sucumbir, pues
lógicamente si el monje posee un control total y se
halla en verdad lejos del demonio, aunque parezca paradójico,
donde mejor puede demostrarlo es acercándose a él.
Así damos con otra de las características importante:
el hecho de que esta forma de monacato impulsa al asceta
en muchos momentos a acercarse al pecado para alejarlo. Algo
que provocó que muchos se convirtieran en detractores
de esta práctica e incluso se llegase a condenar en
el concilio de Trulo (año 692).
La ausencia de determinadas "pasiones" humanas
en el salós, explica también determinados
comportamientos alejados de toda convención social;
así estos
santos particulares son capaces, en algunos casos, de defecar
en público sin mostrar el más mínimo
gesto de vergüenza, de vivir en la calle, de no sentir
asco cuando hacen cosas repugnantes a los ojos de los paganos,
tal como sucede con S. Andrés cuando bebe de los
charcos y duerme en estercoleros o como S. Simeón
al entrar en Émesa con un perro muerto atado a la
pierna. Igualmente es común entre los saloí el
rechazo del bien material y la costumbre de llevar una
vida frugal; imitando
a Cristo, no sólo abandonan sus posesiones, sino
que en ocasiones mendigan con el único fin de repartirlo
entre los necesitados. Otro de los lugares comunes de los
saloí es el rechazo a que se ven sometidos pues,
como debemos suponer ocurría con los locos verdaderos,
en las narraciones que nos transmiten sus vidas es frecuente
que sean insultados o incluso golpeados, violencia que,
por otra parte, no suelen repeler, sino que la aceptan
como una
forma más de penitencia. Estas manifestaciones que
venimos describiendo, y que constituyen más o menos
un esbozo de lo que vino a ser la locura sagrada, nunca
hubieran podido llevarse a cabo de no ser por el contexto
particular
en el que se produjeron. En verdad, sobre todo en las provincias
orientales del Imperio Bizantino, eran comunes prácticas
ascéticas que empujaban al creyente a llevar una
vida radicalmente diferente de la que se suponía
normal. Una visión general de excelente calidad
acerca de esto nos la ofrece la lectura de Juan Mosco en
su obra El
prado (4); en ella el autor narra
en brevísimas historias
anécdotas vividas o recibidas de otros que ha ido
recogiendo en sus visitas a los cenobios y lauras de toda
la cuenca oriental del Mediterráneo. Era común,
como refleja Mosco, la práctica del estilitismo
que, como es sabido, consistía en vivir durante
largas temporadas e incluso toda la vida en lo alto de
una columna
sin bajar para nada y que precisa, como la locura de que
estamos tratando, de un cierto grado de "apatheia".
Frecuentes eran así mismo los llamados boskoí,
monjes por lo general, que se apartaban de todo contacto
humano y se refugiaban las montañas sin hablar con
nadie tomando como alimento tan sólo hierbas recolectadas,
otros hacían votos de silencio, etc.
De este modo,
parece ser que había un conjunto de tendencias,
a las que no eran ajenos los saloí, y que sin duda
estuvieron dotadas de una evidente anomalía en el
comportamiento. No en vano Leoncio de Neápolis describe
varias fases en la "formación" ascética
de Simeón
de forma que este, según dice, primero fue monje
en un cenobio abandonándolo todo, al día
siguiente, se hizo boskós o monje herbívoro,
para más
tarde marchar a Émesa a predicar bajo el disfraz
de loco. De ello se deduce, y así lo explica Evagrio
en su Historia Ecclesiastica (5), una
intención de
insertar grados en la capacidad ascética, así el
salós
viene a ser, al menos en el caso de Simeón, un monje
adelantado que, después de ser boskós y conseguir
una tremenda paz interior, se siente capacitado para volver
al mundo de los mortales y demostrar allí, mediante
un comportamiento especial, lo aprendido en la cercanía
de Dios. No deja de ser sorprendente la similitud de este
proceso con otro que se refleja en la religión mazdeísta,
aunque tampoco es exclusivo de ella, en el mito de Zoroastro
cuando éste se retira a las montañas y baja
después para difundir lo aprendido; y es que lo
que tal idea refleja en líneas generales, esto es,
el alejamiento de la sociedad como actividad religiosa
para
pasar a un estado de armonía con la divinidad, fue
una constante en el ámbito geográfico de
Oriente Próximo que salpicó a muchos momentos
y religiones.
Además es importante el aspecto curativo
y milagrero de los santos; como afirma C. Mango (6),
es difícil imaginarnos
hoy la mentalidad de esta época para la que el mundo
estaba plagado de demonios. Contra ellos la figura del
santo, y como tales nuestros saloí, era esencial
(7).
Retomando la figura de Simeón, diremos que el relato
de su vida en Émesa como loco, que por otra parte
se desarrolla bajo el reinado de Justiniano (527-565), está plagado
de anécdotas más o menos rocambolescas en las
que el narrador (Leoncio de Neápolis) pretende hacer
resaltar sus tremendas dotes para evitar y denunciar el pecado
existente en los hábitos de la ciudad. Las prácticas
más comunes en Simeón y así refleja
su biógrafo, fueron los arrebatos de locura, la taumaturgia
(a través de la cual leoncio presenta a Simeón
como un alter Christus), la pasividad ante las tentaciones
y el disimulo de su carácter santo. La vida
y conducta de S. Andrés de Nicéforo
(s. X) es otra de las más famosas vidas de saloí que
la literatura Bizantina nos ha legado. En este caso, se trata
de un personaje inventado a través del cual, su autor
emula las hazañas de S. Simeón de Émesa.
Pues bien, S. Andrés era un esclavo escita que haciéndose
pasar por loco consiguió que su dueño lo llevara
a la iglesia de Santa Anastasia para que recibiera que la
santa lo curase. Fue de este modo como consiguió liberarse
para pasar a llevar una vida de perro en sentido estricto.
S. Andrés es el salós que más influye
en la "santa locura rusa".
En verdad la literatura nos aporta más
ejemplos de locos por causa de Cristo anteriores y posteriores
con respecto
a S. Simeón y S. Andrés (8),
pero los más
conocidos y que más culto recibían fueron
estos dos. Suponemos que este culto del que hablamos era
también
una imitación de sus estilos de vida, pero no se
nos han conservado referencias biográficas expresas,
además,
mientras se aceptaba la santidad y buen hacer de los dos
santos locos por excelencia, se generó el descrédito
de aquellos que pretendían llevar vidas parecidas.
Un ejemplo de las críticas proferidas contra estos
se nos revela en las Catequesis de Simeón el Teólogo
(ss. X-XI) (9).
No se nos debe pasar inadvertida una similitud
entre estos y otra corriente anterior
de raros
personajes del ámbito griego algo más antiguos,
nos referimos a los cínicos. Desde aquí y
hasta el final del presente estudio iremos desarrollando
tales
coincidencias y diferencias que se dieron entre estos dos
movimientos, y nos serviremos para ello fundamentalmente
de dos textos que, y eso hace más fácil la
comprensión, parten de un hecho coincidente; estos
textos son: la Vida de Simeón el loco de Leoncio
de Neápolis, y la vida de Diógenes de Sinope "el
perro" que se halla en el conjunto de las vidas
de los filósofos más ilustres de Diógenes
Laercio (10).
Las coincidencias de las que hablamos a
la hora de comparar ambas vidas literarias son evidentes
más allá de
su carácter biográfico: sus autores comulgan
con la "filosofía" que se desprende de aquellos
a los que retratan y, aunque la fama puede haber adornado,
manipulado o inventado más de uno de los hechos que
se cuentan, apenas hay duda de que estos personajes vivieron
en realidad; otra similitud que presentan en los modos de
enfrentarse a la obra literaria tanto Leoncio como Diógenes,
es el carácter anecdotario de las mismas. Esto ayuda
a aumentar el tono humorístico aunque también
es justo decir que se trata de dos humores diferentes; si
bien en Diógenes Laercio ese humor es explícitamente
pretendido como forma de crítica filosófica,
en lo que respecta a Leoncio, no podemos decir con exactitud
si la contemplación de las vidas de estos santos era
algo gracioso o estaba llena de devoción. Nosotros,
los de ahora, no podemos por menos que reír ante la
imaginación de alguien como Simeón o incluso
de los estilitas u otras formas tan extravagantes de vida.
Empezando por el espacio en el que se desenvuelven
las vidas de ambos, diremos que los dos se desligan de
sus
ciudades
natales para pasar a otro lugar como extranjeros, Diógenes
lo hace desterrado y Simeón tras abandonar sus posesiones
y a su anciana madre para imbuirse en la vida monacal. Curiosamente
uno conserva como epónimo el nombre de la ciudad de
la que lo destierran, Sinope, mientras que el otro, Simeón,
toma el de la ciudad que lo acoge, Émesa. Es inevitable
destacar la importancia de la ciudad como centro de convivencia
complejo en el que se pueden dar estos personajes. La actitud
de ambos hacia ésta es similar, uno y otro la utilizan
porque es el medio en el que se da todo aquello que rechazan.
Ya dijimos que la santa locura es un pensamiento de choque,
esto es que se produce contra las acciones de los demás
y parece buscar una reacción en aquel que observa
al loco. El cínico hace lo que predica y con sus palabras
y sus obras denuncia la falsedad del mundo que le rodea.
Ninguna de estas cosas se podrían haber llevado
a cabo fuera del ambiente urbano.
Uno de los hechos más superficiales
de Simeón
y de Diógenes que los aproximan es la particular
vida que llevaban; sin temor a equivocarnos, diremos que
el apelativo (”perruno”) con que se denominaba a
los seguidores de Diógenes, podría igualmente
habérsele
aplicado al conjunto de los santos locos, si Diógenes
vivía en una tinaja, y tenía como únicas
posesiones un manto y un zurrón, Simeón residía
en una cabaña que imaginamos de lo más austera
y usaba un cinturón de cuerda para atarse también
el manto viejo que resultaba ser su única vestimenta
(11). La pobreza buscada, o al menos
no rechazada, es otra de las marcadas similitudes que
irán dando forma al estudio
que nos planteábamos. El loco era austero por voluntad
propia y por devoción a Dios, pues cuando quería
podía, como hizo Cristo con los panes y los peces,
hallar alimento donde no lo había: como en una ocasión
en que invita a unos que encuentra fuera de la ciudad a
un almuerzo opulento que se había conseguido sólo
con rezar (12). No obstante vivía
con los vagabundos y llevaba la misma vida que ellos. De
Diógenes tenemos
varias anécdotas que giran en torno a su mendicidad,
como cuando pide limosna a una estatua para acostumbrarse
a ser ignorado (13). Sin embargo cuando
se presentaba la ocasión
comían como leones, una particular coincidencia
es su gusto por atiborrarse de altramuces, Simeón
acaba con todos los altramuces que le había encargado
vender uno que no sabía de su locura (14),
Diógenes
se pone a comerlos frente a uno que daba un discurso, al
hacerlo
llama la atención del público e interrumpe
al orador sin importarle (15).
Continuando con la relación entre
las dos tendencias que venimos tratando y el dinero o la
riqueza, diremos que
se establecen varios parecidos, si bien el santo rechaza
todo bien material en imitación a Cristo y a lo
que éste
hizo, Diógenes critica desde su raíz el dinero
y el lujo que considera engaños de la sociedad que
le rodeaba y dice que: “la pasión por el dinero
es la metrópoli de todos los males” (16).
Pero no sólo es una actitud de desprecio o inconformismo
hacia el dinero, sino que llegan realmente a vivir de un
modo frugal
y desprecian todo bien por considerarlo bien algo material
que sólo puede satisfacer al cuerpo en el pecado,
bien por considerar que el hombre se ha complicado la existencia
con montones de cosas superfluas que lo esclavizan. Son
formas diferentes de enfrentarse a mundo las de uno y otro
así como
las razones con las que se justifican tales formas, sin
embargo, hacemos aquí hincapié en que los
de ambos son actos de enfrentamiento y rechazo profundo
a lo establecido.
La denostación era un arte que manejaban a la perfección,
en el texto de Leoncio Simeón acostumbra a dirigirse
al resto de la gente con insultos del tipo "imbécil,
necio, etc."; el cínico es más sutil,
y aunque también trata a la gente con desprecio, lo
hace a través de recursos más sofisticados,
como cuando pedía a uno dinero y al no dárselo
arguyendo "si lograras convencerme..." le contestó: "si
lograra convencerte ya lo habría hecho para que te
ahorcaras".
No podemos obviar una de las mayores características
que definen a los cínicos y, como ya a quedado expresado,
a los saloí, es la impasibilidad y la no atención
a las convenciones sociales que son inventadas por los
hombres, así Simeón es capaz de entrar en
el baño de las mujeres tras pasearse desnudo por
la calle con su vestimenta enrollada en la cabeza e incluso
defeca en pleno ágora sin enrojecer para mostrar
a todos que actuaba fuera del estado natural de su mente
(17); de Diógenes se nos dice
en una ocasión
que se masturbaba en pleno ágora (18).
Ya dijimos para los saloí que el control de cuerpo
les motivaba para realizar cosas que aparentemente resultaban
pecaminosas
para cualquiera de los otros mortales, la actitud general
de Diógenes viene dada más bien por estar
más allá de todo aquello que él consideraba
falso y antinatural; éste hace una clara diferencia
entre las convenciones y demás, que formarían
parte del nomos, y las cosas que son verdad y
que estarían
asociadas a la physis que es lo único que lo guía.
Simeón desprecia lo dictado por el hombre, pero
porque él cree en una ley superior y divina claro
está. No debemos olvidar en este sentido que Diógenes
rechaza toda superstición, y llega a burlarse de
una fiel mientras hace un gesto de genuflexión al
decirle a ella que su postura era una tanto obscena (19).
Realmente el cínico es un asceta
a su modo. Como consecuencia de una forma de pensar y entender
el mundo,
Diógenes decide llevar a cabo lo que su razón
le dice. Su ascesis particular consiste en ejercitar la
virtud mediante la filosofía y a la vez en ir despojándose
de aquello que entiende superfluo (como cuando vio a un
niño beber de una fuente usando las palmas de las
manos y arrojó su cántaro para no usarlo
más) (20). Del mismo modo afirmaba
que “así como
los acostumbrados a vivir placenteramente cambian a la
situación contraria con disgusto, así los
que se han ejercitado en lo contrario desprecian con gran
gozo los placeres” (21).
La actitud ácida e hiriente de nuestros
protagonistas unas veces, y otras el poco apego a las costumbres
de sus
conciudadanos, genera en estos una violencia que se nos
presenta en numerosas ocasiones: cuando Simeón entra
en Émesa lo golpean los niños de la escuela,
las beatas de una iglesia a las que increpa arrojándoles
nueces, el vendedor de posca que le confía su tenderete
después de que Simeón coma y reparta todo
lo que tenía que vender, etc. Llega por ello a decirse
a sí mismo: “pobre Simeón, en verdad,
así no duras en manos de éstos ni una semana” (22).
De igual modo a Diógenes le dan puñetazos
en varias ocasiones por llegar a crispar los nervios de
alguno a quien increpaba, o en otra ocasión se nos
narra cómo lo echaron de un banquete por acudir
allí sin afeitar (23).
No hay coincidencia entre Simeón
y Diógenes
a la hora de acontecerles la muerte, de modo que el primero
evita, como es normal en él, la fama retirándose
a su choza cuando presiente que está a punto de
morir, aunque después es descubierto y comienza
a asignársele la gloria que él mismo había
rechazado en vida; el otro, recordemos que abominaba las
costumbres supersticiosas y convencionales, en actitud
subversiva había llegado a pedir que cuando muriera
lo dejaran en cualquier lugar para que cualquier animal
pudiera alimentarse de él (24).
No hay duda de que ambos, cada uno a su
modo, fundaron “escuela”,
o dicho de otra forma, que fueron los más importantes
representantes de dos tendencias diferentes pero con algunos
rasgos paralelos. De hecho no se puede denominar escuela
filosófica, como se ha pretendido, al cinismo que
era más bien la antiescuela, y por ello no paraba
de meterse con las enseñanzas de Platón.
La locura por causa de Cristo tiene igualmente poco de
costumbre monacal oficial, sino que se produce de modo
esporádico en otras ciudades a imitación
de Simeón. Debemos decir que, aunque no se dio en
ninguno de los dos movimientos la relación típica
de maestro y discípulo que hallamos en otros, debió haber
un gran numero de seguidores de estas “doctrinas” anónimos
que repetían (quizá no con la misma virulencia)
las anécdotas de sus inspiradores por las ciudades
de la antigüedad unos, y de la época bizantina
otros. No es nuestra intención al poner en paralelo ambas
tendencias demostrar o desvelar relaciones entre ellas,
pues es evidente que no tienen nada que ver en su concepción
filosófica ni en otros muchos aspectos, a pesar
de las coincidencias en los estilos y géneros utilizados
por Leoncio y por Diógenes Laercio, no es demasiado
importante si el primero supo de la obra del segundo o
si se pudo o no inspirar en ella para relatar la vida de
el salós más importante. Lo que aquí nos
importa es desvelar una serie de costumbres que no atienden
a lo establecido, bien por convicción personal,
bien por seguir a Cristo, y que a la vez muestran un tono
humorístico de gran valor en lo que se refiere a
la literatura griega antigua. Lo más probable es
que si Diógenes y Simeón se hubieran encontrado
en vida, salvando las distancias cronológicas claro
está, uno y otro se habrían mirado estupefactos
para después iniciar una larga discusión
sobre principios o pasar directamente a insultarse. No
sería mala idea inventar un pequeño escrito
en tono de humor que reflejase tal anacrónico encuentro.
El tema como vemos da mucho juego tanto por lo entretenido
del estudio, como por lo desconocido.
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NOTAS:
[1] Incluso
Juan de Éfeso nos describe una pareja de santos
mimos en su obra: Joannes Ephesinus, Commentatii
de beatis orientalibus, cap. LII, ed. Y trad. E.
W. Brooks, PO 19 (París, 1925).
[2] Así sucede
y se nos narra en la Vie (et recits de l'abbé Daniel
le Scetiote, ed. L. Clugnet, París 1901, c. 7, pp.
22-25.
[3] Vida de
Simeón
el loco de Leoncio de Neápolis, 157. (Ver nota iv).
[4] Encontramos
el texto en su traducción española de J.
S. Palmer en la obra Historias de locura y santidad, "el
Prado", Juan mosco. "Vida de Simeón el
loco". Ed. Siruela.
[5] Evagrius
Escholasticus, His. Eccl. I, 21, ed. Bidez-Parmentier,
Londres 1898, pp. 31- 32.
[6] "el
santo" en El Hombre Bizantino, ed.G. Cavallo,
Madrid, 1992, pp.347-348.
[7] En este
sentido cf. el artículo de J. S. Palmer: “La
aretalogía cristiana en la Vida de Simeón
el loco, de Leoncio de Neápolis” Erytheia
16 (1995) 35.
[8] En este
sentido José Simón Palmer hace un excelente
repaso de los santos locos que conocemos a través
de los textos en su artículo: "Los santos
locos en la literatura bizantina", Erytheia
20 (1999) pp. 57-74.
[9] Acerca
de esta obra y sus contradicciones, cf. A. Kazhdan, "Observaciones
preliminares sobre la concepción del mundo
del místico bizantino de los siglos X-XI Simeón
(dos apéndices) Erytheia 17 (1996) 73-117.
[10] A partir de
aquí nos referiremos a ambas como Vida de Simeón
el loco, para la traducción mencionada más
arriba de J. S. Palmer; y como la secta del perro al mencionar
el texto de Diógenes el perro pues en esta obra
de Carlos García Gual hallamos una traducción
de la misma.
[11] Vida de
Simeón
el loco, 145 y 146.
[12] Vida
de Simeón el loco, 163-164.
[13] La
secta del perro, 122.
[14] Vida
de Simeón el loco,146.
[15] La
secta del perro, 171.
[16] La
secta del perro, 122.
[17] Vida de
Simeón el loco,148 - 149.
[18] La secta
del perro, 120.
[19] La
secta del perro, 116.
[20] La
secta del perro, 116.
[21] La
secta del perro, 132.
[22] Vida
de Simeón el loco,145 - 146.
[23] La
secta del perro, 118 y 114.
[24] La secta
del perro, 135. Esto es uno de los horrores más
temidos en la antigüedad y referencias a ellos aparecen
al comenzar la Ilíada en los versos 4 y 5 del libro
1º.
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