Ya solo queda el desenlace, epílogo o final. Sin
concesiones al humor o a la ironía --raro en Cervantes--,
sólo puede conducir a la tragedia, el pago con la
muerte de una falta / culpa suprema, a pesar del amor.
ACTO V, ESC.1 / TRAMO NARR. 25: HACIA UN
EPÍLOGO
O FINAL.
Sucedió, pues, que --por la satisfacción
que Anselmo tenía de la bondad de Camila--
vivía una vida contenta y descuidada.
Y Camila, de industria, hacía
mal rostro a Lotario
porque Anselmo entendiese
al revés de la voluntad que le tenía.
Y para más confirmación
de su hecho
pidió licencia Lotario para no venir a su casa,
pues claramente se mostraba la pesadumbre
que con su vista Camila recibía.
Mas el engañado Anselmo
le dijo que en ninguna manera tal hiciese.
Y, de esta manera, por mil maneras
era Anselmo el fabricador de su deshonra,
creyendo que lo era de su gusto.
Primera grieta, ya prevista, en la nueva
realidad: la criada Leonela hace según su gusto.
En esto, el (gusto) que tenía Leonela
de verse cualificada, no de sus amores, llegó a
tal
que, sin mirar a otra cosa,
se iba tras él a suelta rienda,
fiada en que su señora la encubría,
y aún la advertía del modo que con poco recelo
pudiese ponerle en ejecución.
Leonela, cogida en falta por su señor,
promete contar a Anselmo algo que le va a sorprender.
En fin, una noche sintió Anselmo
pasos en el aposento de Leonela.
Y queriendo entrar a ver quién
los daba,
sintió que le detenían la puerta,
cosa que le puso más voluntad de abrirla.
Y tanta fuerza hizo, que la abrió,
y entró dentro a tiempo que vio
que un hombre saltaba por la ventana a la calle.
Y acudiendo con presteza a alcanzarle o conocerle,
no pudo conseguir lo uno ni lo otro
porque Leonela se abrazó con él diciéndole:
--Sosiégate, señor mío,
y no te alborotes
ni sigas al que aquí saltó.
Es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.
No la quiso creer Anselmo;
antes, ciego de enojo, sacó la daga
y quiso herir a Leonela,
diciéndole que le dijese la verdad;
si no, que la mataría.
Ella, con el miedo, sin saber
lo que se decía,
le dijo:
--No me mates, señor,
que yo te diré cosas de más importancia
de las que puedes imaginar.
--Dilas luego --dijo Anselmo--; si no, muerta eres.
--Por ahora será imposible
--dijo Leonela--,
según estoy de turbada;
déjame hasta mañana, que entonces
sabrás de mí lo que te ha de admirar.
Y está seguro que el que salió por
esta ventana
es un mancebo de esta ciudad
que me ha dado la mano de ser mi esposo.
Sosegóse con esto Anselmo
y quiso aguardar el término que se le pedía
porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese
por estar de su bondad tan satisfecho y seguro.
Y así, se salió del
aposento
y dejó encerrada en él a Leonela,
diciéndole que de allí no saldría
hasta que le dijese lo que tenía que decirle.
Act.V, Esc.2 / T.N.26: Paso 1: Camila teme descubierta
su infidelidad por Anselmo y se refugia en un monasterio
con ayuda de Lotario.
Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo,
todo aquello que con su doncella le había pasado,
y la palabra que le había dado de decirle
grandes cosas y de importancia.
Si se turbó Camila o no, no hay para qué decirlo,
porque fue tanto el temor que cobró
creyendo verdaderamente --y era de creer--
que Leonela había de decir a Anselmo
todo lo que sabía de su poca fe,
que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha
salía falsa o no.
Y aquella misma noche,
cuando le pareció que Anselmo dormía,
juntó las mejores joyas que tenía y algunos
dineros,
y, sin ser de nadie sentida, salió de casa.
Y se fue a la de Lotario, a
quien contó lo que
pasaba,
y le pidió que la pusiese en cobro
o que se ausentasen los dos
donde de Anselmo pudiesen estar serguros.
La confusión en que Camila
puso a Lotario fue tal
que no le sabía responder palabra
ni menos sabía resolverse en lo que haría.
En fin, acordó de llevar
a Camila a un monasterio
en quien era priora una su hermana.
Consintió Camila en ello.
Y con la presteza que el caso pedía
la llevó Lotario y la dejó en el monasterio.
Y él, asimismo, se ausentó luego
de la ciudad
sin dar parte a nadie de su ausencia.
A.V, E.3 / T.N.27: Anselmo descubre la infidelidad de
Camila y Lotario.
Cuando amaneció, sin
echar de ver Anselmo
que Camila faltaba de su lado,
con el deseo que tenía de saber
lo que Leonela quería decirle,
se levantó y fue adonde la había dejado
encerrada.
Abrió y entró en
el aposento,
pero no halló en él a Leonela;
sólo halló puestas unas sábanas añudadas
a la ventana,
indicio y señal que por allí se había
descolgado e ido.
Volvió luego muy triste a decírselo
a Camila.
Y no hallándola en la cama ni en toda la casa,
quedó asombrado.
Preguntó a los criados
de casa por ella,
pero nadie le supo dar razón de lo que pedía.
Acertó acaso, andando
a buscar a Camila,
que vio sus cofres abiertos
y que de ellos faltaban las más de sus joyas,
y con esto acabó de caer en la cuenta de su desgracia.
Y, así como estaba, sin
acabarse de vestir,
triste y pensativo,
fue a dar cuenta de su desdicha a su amigo Lotario.
Mas, cuando no le halló y
sus criados le dijeron
que aquella noche había faltado de casa
y había llevado consigo todos los dineros que tenía,
pensó perder el juicio.
Y, para acabar de concluir con todo,
volviéndose a su casa, no halló en ella
ninguno de cuantos criados ni criadas tenía,
sino la casa desierta y sola.
No sabía qué pensar, qué decir ni
qué hacer,
y poco a poco se le iba volviendo el juicio.
Contemplábase y mirábase
en un instante sin mujer,
sin amigo y sin criados.
Desamparado, a su parecer, del
cielo que le cubría,
y sobre todo sin honra,
porque en la falta de Camila vio su perdición.
A.V-E.4 / TN28: Anselmo se va al campo y por el camino
se entera de que por la ciudad de Florencia corre la noticia
de su deshonra.
Resolvióse, en fin, a
cabo de una gran pieza,
de irse a la aldea de su amigo, donde había
estado
cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella desventura.
Cerró las puertas de su casa, subió a
caballo
y con desmayado aliento se puso en camino.
Y apenas hubo andado la mitad, cuando,
acosado de sus pensamientos,
le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un árbol,
a cuyo tronco se dejó caer,
dando tiernos y dolorosos suspiros.
Y allí se estuvo hasta casi que anochecía.
Y (a) aquella hora
vio que venía un hombre a caballo de la ciudad.
Y después de haberle saludado,
le preguntó qué nuevas había en
Florencia.
El ciudadano respondió:
--Las más extrañas que muchos días
ha
se han oído en ella;
porque se dice públicamente que Lotario,
aquel grande amigo de Anselmo el rico,
que vivía a San Juan,
se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo,
el cual tampoco (a)parece.
Todo esto ha dicho una criada de Camila,
que anoche la halló el gobernador
descolgándose con una sábana por las ventanas
de la casa de Anselmo.
En efe(c)to, no sé puntualmente cómo pasó el
negocio.
Sólo sé que toda la ciudad está admirada
de este suceso
porque no se podía esperar tal hecho
de la mucha y familiar amistad de los dos,
que dicen que era tanta que los llamaban
los dos amigos.
--¿Sábese,
por ventura --dijo Anselmo--,
el camino que llevan Lotario y Camila?
--Ni por pienso --dijo el ciudadano--,
puesto que el gobernador ha usado
de mucha diligencia en buscarlos.
--A Dios vais, señor --dijo Anselmo.
--Con Él quedéis --respondió el
ciudadano, y fuese.
A.V-E.5 / TN29: Ultimos días de
Anselmo en la casa de campo de un amigo.
Con tan desdichadas nuevas,
casi casi llegó a términos Anselmo,
no sólo de perder el juicio, sino de acabar la
vida.
Levantóse como pudo y llegó a
casa de su amigo,
que aún no sabía su desgracia.
Mas, como le vio llegar amarillo, consumido y seco,
entendió que de algún grave mal venía
fatigado.
Pidió luego Anselmo que
le acostasen
y que le diesen aderezo de escribir.
Hízose así, y dejáronle acostado
y solo,
porque él así lo quiso, y aún
que le cerrasen la puerta.
Viéndose, pues, solo, comenzó a
cargar tanto
la imaginación de su desventura,
que claramente conoció
que se le iba acabando la vida.
Y, así, ordenó de
dejar noticia
de la causa de su extraña muerte.
Y comenzando a escribir,
antes que acabase de poner todo lo que quería,
le faltó el aliento y dejó la vida
en las manos del dolor que le causó
su curiosidad impertinente.
El cadáver de Anselmo es descubierto
por su amigo, junto a la carta en la que reconoce su
curiosidad impertinente.
Viendo el señor de casa
que era ya tarde
y que Anselmo no llamaba,
acordó de entrar a saber
si pasaba adelante su indisposición,
y hallóle tendido boca abajo,
la mitad del cuerpo en la cama
y la otra mitad sobre el bufete,
sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto,
y él tenía aún la pluma en la mano.
Llegóse el huésped a él, habiéndole
llamado primero.
Y trabándole por la mano, viendo que no le respondía,
y hallándole frío, vio que estaba muerto.
Admiróse y (a)congojóse
en gran manera
y llamó a la gente de casa para que viesen
la desgracia a Anselmo sucedida.
Y, finalmente, leyó el
papel,
que conoció que de su misma mano estaba escrito,
el cual contenía estas razones:
<Un necio e impertinente deseo me quitó la
vida.
Si las nuevas de mi muerte llegaren a los oídos
de Camila,
sepa que yo la perdono, porque no estaba ella obligada
a hacer milagros,
ni yo tenía Necesidad de querer que ella los hiciese.
Y pues yo fui el fabricador de mi deshonra,
no hay para qué...>
Hasta aquí escribió Anselmo,
por donde se echó de ver que en aquel punto,
sin poder acabar la razón, se le acabó la
vida.
A.V-E.6 / TN30: La muerte de Lotario en la guerra y la
de Camila en un monasterio.
Otro día dio aviso su
amigo
a los parientes de Anselmo
de su muerte.
Los cuales ya sabía su
desgracia,
y el monasterio donde Camila estaba, casi en el término
de acompañar a su esposo en aquel forzoso viaje,
no por las nuevas del muerto esposo
mas por las que supo del ausente amigo.
Dícese que, aunque se
vio viuda, no quiso salir del monasterio,
ni, menos, hacer profesión de monja.
Hasta que no --de allí a algunos días--
le vinieron nueva (de) que Lotario había muerto
en una batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec
al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba
en el reino de Nápoles,
donde había ido a parar el tarde arrepentido amigo.
Lo cual sabido por Camila, hizo
profesión
y acabó en breves días la vida
a las rigurosas manos de tristezas y melancolías.
Este fue el fin que tuvieron todos,
nacido de un tan desatinado principio.
A la muerte de Anselmo en total soledad y consciente de
haber sido él mismo "fabricador de su deshonra",
sigue la muerte de su amigo Lotario en la guerra y, finalment,
la de Camila en el monasterio, "a manos de tristezas
y melancolías". Un fin desastrado para los
tres, "nacido de un tan desatinado principio".
Es el final final del relato o novela, sin concesiones,
sin piedad alguna para aquellas faltas de fe de esposa
y amigo provocadas por la "enfermedad" del esposo
y amigo, una variante de la locura o sinrazón de
los celos, la parte destructiva del dios Amor.
La parte destructiva de la posesión de un dios
--el Amor--, la obsesión por ponerlo a prueba, forma
suprema de la locura de los celos, como "desatinado
principio" de un experimento ideado por un amante
promiscuo que desea pasar a marido y amigo feliz, absoluto,
en plenitud. Mucho más que un simple capricho de
un Anselmo el Rico. Un deseo como Necesidad imperiosa --tal
enfermedad y locura-- que arrastra tras de si, en su insaciabilidad,
a los dos destinatarios supremos de su amor. Sólo
la realización de ese amor trinitario podría
calmar a Anselmo --"colmar el vaso de su deseo"--,
experimento frustrado nacido de su insaciabilidad en el
amor --quiere en plenitud el amor del amigo y de la esposa--
que se transmite de manera natural a los otros dos personajes,
Lotario y Camila, y los arrastra a la tragedia de la muerte
prematura y en soledad.
Muertos el marido y el amigo o amante, Camila desaparecerá también
en pocos días --"de tristezas y melancolías"--,
pero fiel a su nuevo amor Lotario, aunque adúltero
verdadero amor. Ese es uno de los planos mayores de la
tragedia y se explicita en el final del texto: Camila se
ve a las puertas de la muerte "no por las nuevas del
muerto esposo mas por las que supo del ausente amigo".
Una vez viuda, esperó aún a Lotario; cuando
supo su muerte, se rindió y renunció al mundo
real: profesó de monja y "acabó en breves
días la vida".
Y si es fingido, fingió mal
el autor.
Y en lo que toca al modo de contarle, no me descontenta.
Por todo ello, final abierto aún.