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fecha publicación: 27/04/2005
   
 

Homenaje a "El Quijote":
El curioso impertinente: una lectura a lo Pierre Menard

   
   
Dr. D. Emilio Sola
Universidad de Alcalá -España
     

 

 

 
UN TEXTO QUIJOTESCO: ENSAYO POEMÁTICO DE UNA LECTURA ACTIVA PARA UN CENTENARIO.
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XXVI. EL TEXTO 20.

Este puede ser un final correcto de la historia evocada, si ésta no tuviese por qué ser ejemplar. También Cervantes lo debió ver así, pues aquí se interrumpe la historia leída por el cura en la venta: Sancho Panza irrumpió en la sala de lectura y anunció uno de los episodios más rotundos del Quijote --por su plasticidad misma--, la aventura del caballero enloquecido con los pellejos de vino a los que el caballero loco confundió con gigantes y contra los que organizó una sangrienta batalla en la que el vino fue tomado por sangre de gigante derramada.

Lo que sigue puede considerarse un epílogo a la historia ejemplar o un final sin más del texto literario intercalado en otro texto. Novela incorporada en otra novela, que cumple función de la realidad, o no-novela por ello, con respecto al texto de la novela leída en ella en alta voz por el cura y titulada "El curioso impertinente". Texto que se cierra precisamente con una alusión al título mismo: "Y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad".

Final con nueva "síntesis" englobadora o --sin tesis-- una nueva realidad o sistema de relaciones; una relación amorosa trinitaria en este caso --a la que podríamos considerar nuevo modelo o "clasicismo"--, pero final que vuelve a convertirse, por una nueva vuelta azarosa / caprichosa de Fortuna, en nuevo punto de partida, en nueva "tesis". Esa nueva realidad funcional con sus nuevas formas de relación --pero frente a las "normas" / "leyes" perfectamente explicitadas por todos los protagonistas, y aceptadas con sinceridad o con fingimiento, pero aceptadas como guías de comportamiento--, sólo pudo durar así pocos meses. No podía presentarse como "modelo" en un relato que tenía que ser "ejemplar", y por eso precisaba un nuevo "Acto", nuevos tramos narrativos que condujeran a un final aceptable en aquel "dónde" espacio-temporal --un tiempo y un lugar--, el del escritor Cervantes mismo y el de los lectores a quienes se dirigía.

Podría ser un "dónde" también diferente para el escritor Cervantes, del pasado, histórico. La muerte de Lotario en una batalla con los franceses de Lautrec en el ejército del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, situaría la acción a principios del siglo XVI, en la época de Fernando el Católico, en la Florencia republicana de Maquiavelo en la que iban a asentarse difinitivamente los Medicis. El clasicismo florentino por excelencia, al que toda Europa volvía los ojos, exportador él mismo de narradores de historias ordenadas, con sus tiempos bien diferenciados. Pero una Florencia clásica en la que tampoco era posible una situación / relación así. Ni siquiera en las altas capas o estratos sociales --Anselmo era conocido en la ciudad como Anselmo el Rico, nos enteramos en este último acto de la tragedia--, ni siquiera entre los mimados de la Fortuna.

Ya solo queda el desenlace, epílogo o final. Sin concesiones al humor o a la ironía --raro en Cervantes--, sólo puede conducir a la tragedia, el pago con la muerte de una falta / culpa suprema, a pesar del amor.

ACTO V, ESC.1 / TRAMO NARR. 25: HACIA UN EPÍLOGO O FINAL.

Sucedió, pues, que --por la satisfacción
que Anselmo tenía de la bondad de Camila--
vivía una vida contenta y descuidada.

Y Camila, de industria, hacía mal rostro a Lotario
porque Anselmo entendiese
al revés de la voluntad que le tenía.

Y para más confirmación de su hecho
pidió licencia Lotario para no venir a su casa,
pues claramente se mostraba la pesadumbre
que con su vista Camila recibía.

Mas el engañado Anselmo
le dijo que en ninguna manera tal hiciese.

Y, de esta manera, por mil maneras
era Anselmo el fabricador de su deshonra,
creyendo que lo era de su gusto.

Primera grieta, ya prevista, en la nueva realidad: la criada Leonela hace según su gusto.

En esto, el (gusto) que tenía Leonela
de verse cualificada, no de sus amores, llegó a tal
que, sin mirar a otra cosa,
se iba tras él a suelta rienda,
fiada en que su señora la encubría,
y aún la advertía del modo que con poco recelo
pudiese ponerle en ejecución.

Leonela, cogida en falta por su señor, promete contar a Anselmo algo que le va a sorprender.

En fin, una noche sintió Anselmo
pasos en el aposento de Leonela.

Y queriendo entrar a ver quién los daba,
sintió que le detenían la puerta,
cosa que le puso más voluntad de abrirla.
Y tanta fuerza hizo, que la abrió,
y entró dentro a tiempo que vio
que un hombre saltaba por la ventana a la calle.

Y acudiendo con presteza a alcanzarle o conocerle,
no pudo conseguir lo uno ni lo otro
porque Leonela se abrazó con él diciéndole:

--Sosiégate, señor mío, y no te alborotes
ni sigas al que aquí saltó.
Es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.

No la quiso creer Anselmo;
antes, ciego de enojo, sacó la daga
y quiso herir a Leonela,
diciéndole que le dijese la verdad;
si no, que la mataría.

Ella, con el miedo, sin saber lo que se decía,
le dijo:

--No me mates, señor,
que yo te diré cosas de más importancia
de las que puedes imaginar.

--Dilas luego --dijo Anselmo--; si no, muerta eres.

--Por ahora será imposible --dijo Leonela--,
según estoy de turbada;
déjame hasta mañana, que entonces
sabrás de mí lo que te ha de admirar.

Y está seguro que el que salió por esta ventana
es un mancebo de esta ciudad
que me ha dado la mano de ser mi esposo.

Sosegóse con esto Anselmo
y quiso aguardar el término que se le pedía
porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese
por estar de su bondad tan satisfecho y seguro.

Y así, se salió del aposento
y dejó encerrada en él a Leonela,
diciéndole que de allí no saldría
hasta que le dijese lo que tenía que decirle.

Act.V, Esc.2 / T.N.26: Paso 1: Camila teme descubierta su infidelidad por Anselmo y se refugia en un monasterio con ayuda de Lotario.

Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo,
todo aquello que con su doncella le había pasado,
y la palabra que le había dado de decirle
grandes cosas y de importancia.

Si se turbó Camila o no, no hay para qué decirlo,
porque fue tanto el temor que cobró
creyendo verdaderamente --y era de creer--
que Leonela había de decir a Anselmo
todo lo que sabía de su poca fe,
que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha
salía falsa o no.

Y aquella misma noche,
cuando le pareció que Anselmo dormía,
juntó las mejores joyas que tenía y algunos dineros,
y, sin ser de nadie sentida, salió de casa.

Y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba,
y le pidió que la pusiese en cobro
o que se ausentasen los dos
donde de Anselmo pudiesen estar serguros.

La confusión en que Camila puso a Lotario fue tal
que no le sabía responder palabra
ni menos sabía resolverse en lo que haría.

En fin, acordó de llevar a Camila a un monasterio
en quien era priora una su hermana.

Consintió Camila en ello.
Y con la presteza que el caso pedía
la llevó Lotario y la dejó en el monasterio.

Y él, asimismo, se ausentó luego de la ciudad
sin dar parte a nadie de su ausencia.

A.V, E.3 / T.N.27: Anselmo descubre la infidelidad de Camila y Lotario.

Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo
que Camila faltaba de su lado,
con el deseo que tenía de saber
lo que Leonela quería decirle,
se levantó y fue adonde la había dejado encerrada.

Abrió y entró en el aposento,
pero no halló en él a Leonela;
sólo halló puestas unas sábanas añudadas a la ventana,
indicio y señal que por allí se había descolgado e ido.

Volvió luego muy triste a decírselo a Camila.
Y no hallándola en la cama ni en toda la casa,
quedó asombrado.

Preguntó a los criados de casa por ella,
pero nadie le supo dar razón de lo que pedía.

Acertó acaso, andando a buscar a Camila,
que vio sus cofres abiertos
y que de ellos faltaban las más de sus joyas,
y con esto acabó de caer en la cuenta de su desgracia.

Y, así como estaba, sin acabarse de vestir,
triste y pensativo,
fue a dar cuenta de su desdicha a su amigo Lotario.

Mas, cuando no le halló y sus criados le dijeron
que aquella noche había faltado de casa
y había llevado consigo todos los dineros que tenía,
pensó perder el juicio.

Y, para acabar de concluir con todo,
volviéndose a su casa, no halló en ella
ninguno de cuantos criados ni criadas tenía,
sino la casa desierta y sola.

No sabía qué pensar, qué decir ni qué hacer,
y poco a poco se le iba volviendo el juicio.

Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer,
sin amigo y sin criados.

Desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría,
y sobre todo sin honra,
porque en la falta de Camila vio su perdición.

A.V-E.4 / TN28: Anselmo se va al campo y por el camino se entera de que por la ciudad de Florencia corre la noticia de su deshonra.

Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza,
de irse a la aldea de su amigo, donde había estado
cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella desventura.

Cerró las puertas de su casa, subió a caballo
y con desmayado aliento se puso en camino.

Y apenas hubo andado la mitad, cuando,
acosado de sus pensamientos,
le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un árbol,
a cuyo tronco se dejó caer,
dando tiernos y dolorosos suspiros.
Y allí se estuvo hasta casi que anochecía.

Y (a) aquella hora
vio que venía un hombre a caballo de la ciudad.
Y después de haberle saludado,
le preguntó qué nuevas había en Florencia.

El ciudadano respondió:

--Las más extrañas que muchos días ha
se han oído en ella;
porque se dice públicamente que Lotario,
aquel grande amigo de Anselmo el rico,
que vivía a San Juan,
se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo,
el cual tampoco (a)parece.

Todo esto ha dicho una criada de Camila,
que anoche la halló el gobernador
descolgándose con una sábana por las ventanas
de la casa de Anselmo.

En efe(c)to, no sé puntualmente cómo pasó el negocio.
Sólo sé que toda la ciudad está admirada de este suceso
porque no se podía esperar tal hecho
de la mucha y familiar amistad de los dos,
que dicen que era tanta que los llamaban
los dos amigos.

--¿Sábese, por ventura --dijo Anselmo--,
el camino que llevan Lotario y Camila?

--Ni por pienso --dijo el ciudadano--,
puesto que el gobernador ha usado
de mucha diligencia en buscarlos.

--A Dios vais, señor --dijo Anselmo.

--Con Él quedéis --respondió el ciudadano, y fuese.

A.V-E.5 / TN29: Ultimos días de Anselmo en la casa de campo de un amigo.

Con tan desdichadas nuevas,
casi casi llegó a términos Anselmo,
no sólo de perder el juicio, sino de acabar la vida.

Levantóse como pudo y llegó a casa de su amigo,
que aún no sabía su desgracia.

Mas, como le vio llegar amarillo, consumido y seco,
entendió que de algún grave mal venía fatigado.

Pidió luego Anselmo que le acostasen
y que le diesen aderezo de escribir.
Hízose así, y dejáronle acostado y solo,
porque él así lo quiso, y aún que le cerrasen la puerta.

Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto
la imaginación de su desventura,
que claramente conoció
que se le iba acabando la vida.

Y, así, ordenó de dejar noticia
de la causa de su extraña muerte.

Y comenzando a escribir,
antes que acabase de poner todo lo que quería,
le faltó el aliento y dejó la vida
en las manos del dolor que le causó
su curiosidad impertinente.

El cadáver de Anselmo es descubierto por su amigo, junto a la carta en la que reconoce su curiosidad impertinente.

Viendo el señor de casa que era ya tarde
y que Anselmo no llamaba,
acordó de entrar a saber
si pasaba adelante su indisposición,
y hallóle tendido boca abajo,
la mitad del cuerpo en la cama
y la otra mitad sobre el bufete,
sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto,
y él tenía aún la pluma en la mano.

Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero.
Y trabándole por la mano, viendo que no le respondía,
y hallándole frío, vio que estaba muerto.

Admiróse y (a)congojóse en gran manera
y llamó a la gente de casa para que viesen
la desgracia a Anselmo sucedida.

Y, finalmente, leyó el papel,
que conoció que de su misma mano estaba escrito,
el cual contenía estas razones:

<Un necio e impertinente deseo me quitó la vida.
Si las nuevas de mi muerte llegaren a los oídos de Camila,
sepa que yo la perdono, porque no estaba ella obligada
a hacer milagros,
ni yo tenía Necesidad de querer que ella los hiciese.
Y pues yo fui el fabricador de mi deshonra,
no hay para qué...>

Hasta aquí escribió Anselmo,
por donde se echó de ver que en aquel punto,
sin poder acabar la razón, se le acabó la vida.

A.V-E.6 / TN30: La muerte de Lotario en la guerra y la de Camila en un monasterio.

Otro día dio aviso su amigo
a los parientes de Anselmo
de su muerte.

Los cuales ya sabía su desgracia,
y el monasterio donde Camila estaba, casi en el término
de acompañar a su esposo en aquel forzoso viaje,
no por las nuevas del muerto esposo
mas por las que supo del ausente amigo.

Dícese que, aunque se vio viuda, no quiso salir del monasterio,
ni, menos, hacer profesión de monja.

Hasta que no --de allí a algunos días--
le vinieron nueva (de) que Lotario había muerto
en una batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec
al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba
en el reino de Nápoles,
donde había ido a parar el tarde arrepentido amigo.

Lo cual sabido por Camila, hizo profesión
y acabó en breves días la vida
a las rigurosas manos de tristezas y melancolías.

Este fue el fin que tuvieron todos,
nacido de un tan desatinado principio.

A la muerte de Anselmo en total soledad y consciente de haber sido él mismo "fabricador de su deshonra", sigue la muerte de su amigo Lotario en la guerra y, finalment, la de Camila en el monasterio, "a manos de tristezas y melancolías". Un fin desastrado para los tres, "nacido de un tan desatinado principio". Es el final final del relato o novela, sin concesiones, sin piedad alguna para aquellas faltas de fe de esposa y amigo provocadas por la "enfermedad" del esposo y amigo, una variante de la locura o sinrazón de los celos, la parte destructiva del dios Amor.

XXVII. ESTRAMBOTE AÑADIDO AL TEXTO O BALBUCEO FINAL:
¿ ACTO V-ESCENA 7 / TRAMO NARRATIVO 31?: JUICIO CRÍTICO DEL CURA, LECTOR / CRÍTICO DE LA NOVELA.

La parte destructiva de la posesión de un dios --el Amor--, la obsesión por ponerlo a prueba, forma suprema de la locura de los celos, como "desatinado principio" de un experimento ideado por un amante promiscuo que desea pasar a marido y amigo feliz, absoluto, en plenitud. Mucho más que un simple capricho de un Anselmo el Rico. Un deseo como Necesidad imperiosa --tal enfermedad y locura-- que arrastra tras de si, en su insaciabilidad, a los dos destinatarios supremos de su amor. Sólo la realización de ese amor trinitario podría calmar a Anselmo --"colmar el vaso de su deseo"--, experimento frustrado nacido de su insaciabilidad en el amor --quiere en plenitud el amor del amigo y de la esposa-- que se transmite de manera natural a los otros dos personajes, Lotario y Camila, y los arrastra a la tragedia de la muerte prematura y en soledad.

Muertos el marido y el amigo o amante, Camila desaparecerá también en pocos días --"de tristezas y melancolías"--, pero fiel a su nuevo amor Lotario, aunque adúltero verdadero amor. Ese es uno de los planos mayores de la tragedia y se explicita en el final del texto: Camila se ve a las puertas de la muerte "no por las nuevas del muerto esposo mas por las que supo del ausente amigo". Una vez viuda, esperó aún a Lotario; cuando supo su muerte, se rindió y renunció al mundo real: profesó de monja y "acabó en breves días la vida".

Pero Cervantes es mucho Cervantes para dejar así la cosa. No es su estilo añudar así los hilos de una historia, aunque sea una historia en el límite de sus posibilidades y por ello --por ejemplar para su tiempo o "dónde" espacio-temporal-- trágica. Y siente la necesidad de dejarlo también explicitado, al margen de la historia misma, por lo que sólo puede hacerlo desde su propia voz desde fuera.

Se puede decir que esta vez el autor Cervantes pasa su voz al cura lector del texto encontrado en una maleta en la venta:

--Bien --dijo el cura--
me parece esta novela,
pero no me puedo persuadir
que esto sea verdad.

Y es esa voz la que plantea la inverosimilitud de la historia desarrollada: no puede ser verdad.

Y si es fingido, fingió mal el autor.

El autor "fingió mal": es una historia inverosímil. Para Cervantes la verosimilitud es un pilar importante en la creación literaria.

Porque no se puede imaginar
que haya marido tan necio
que quiera hacer
tan costosa experiencia como Anselmo.

Un marido no puede tratar así a su esposa, si no es por una locura extrema: como lo es en este caso, por otra parte. Es captable, incluso, la sinceridad del autor al expresar sus dudas previas sobre la historia literaria imaginada , dudas resueltas por el hecho mismo de que haga pública --publique-- esa historia o novela. Quiere decir que el autor está satisfecho de ella. Y satisfacción máxima, se puede decir, al publicarla en el Quijote mismo que el autor real / ficticio, Cide Hamete / Cervantes, sabe que es su gran legado literario.

Si este caso se pusiera entre un galán y una dama,
pudiérase llevar,
pero entre marido y mujer, algo tiene de imposible.

Esta es la gran puerta abierta que deja Cervantes, por boca del cura, a la posibilidad de un amor trinitario; es posible, pero al margen del matrimonio tradicional, cristiano.

Y en lo que toca al modo de contarle, no me descontenta.

Y a otra cosa.


XXVIII. BALBUCEOS --6-- FINALES.

Alcalá, 28 de enero de 2005, justo un año después del inicio de este intento de lectura de un fragmento del Quijote, que salió como salió.

Un ejercicio literario de alguna manera orgánico, o constructivista, o germinativo, si se pudiera decir así, que un día quise rotular de esta manera: "Una lectura paranoico-crítica, desvergonzada e impertinente de <El curioso...> de Cervantes". Ni mucho menos salió así de bien. Me las prometía mucho mejor de lo que fue. Es posible que siempre me quede a medias.

Quise resaltar la promiscuidad inicial de Anselmo --prematrimonial podría decirse-- y una posible insaciabilidad con ella relacionada, así como una posible erotización de su relación con el amigo Lotario, sobre todo en las escenas de espionaje sobre su cortejo a Camila. Me fascinó la posibilidad de un amor a tres total en la mente de Anselmo o de Camila, pero tampoco parecía que pudiera llegar a nada. ¿Y en la mente de Cervantes, el observador omnisciente que de vez en cuando aparece por allí, por el relato? Puro balbuceo. El sentido de culpa lo impregna todo, con esos discursos refinadísimos de Lotario primero y de Camila después sobre el marco de la honorabilidad y del amor de los esposos y de los amigos, tan contrarios a la acción misma, a lo que pasaba, a la realidad. ¿Qué realidad? Tal vez la realidad literaria, descrita "como en profecía", una posible realidad posible en otros "tiempos", pues "no son los tiempos unos". Y así se quedó, al menos de momento o de manera provisional.

Por todo ello, final abierto aún.

Y a dejarlo reposar una temporada.


 

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