XXI. EL TEXTO 15.
La conversión de Lotario y Camila en "malos
amigos y nuevos amantes" --ese límite sutil
entre la amistad y el amor que aquí parece querer
dilucidarse--, abre una nueva fase narrativa, un nuevo
Acto. Anselmo engaña a Camila y confía en
Lotario aún; Camila engaña a Anselmo y ama
/ confía en Lotario; Lotario engaña a Anselmo
y, por el momento, también a Camila, aunque confía
en el nuevo amor de ésta. Un sistema cerrado de
relaciones --un sistema paranoico, posible aún--,
pero con una grieta o punto de quiebra en la criada Leonela, única
pieza ajena a aquella cerrada relación amorosa,
posible sistema. Un engarce con la realidad de aquel posible "dónde".
Todo a partir de ahora va a conducir al desenmascara-miento
de los equívocos para mostrarse todos en sus nuevas
realidades, y en ellas la realidad misma.
(ACTO III, Esc. 1 O T.N.13): LOTARIO ENGAÑA
A ANSELMO FINGIENDO LA FIDELIDAD DE CAMILA.
Volvió de allí a pocos días
Anselmo a su casa
y no echó de ver lo que faltaba en ella,
que era lo que en menos tenía y más estimaba.
Fuese luego a ver a Lotario
y hallóle en su casa.
Abrazáronse los dos,
y el uno preguntó por las nuevas de su vida
o de su muerte.
--Las nuevas que te podré dar, ¡oh
amigo Anselmo!
--dijo Lotario--, son de que tienes una mujer
que dignamente puede ser ejemplo y corona
de todas las mujeres buenas.
Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire,
los ofreciemientos se han tenido en poco,
las dádivas no se han admitido,
de algunas lágrimas fingidas mías se ha
hecho burla notable.
En resolución, así como
Camila es cifra de toda belleza,
es archivo donde asiste la honestidad
y vive el comedimiento y el recato,
y todas las virtudes que pueden hacer loable y bien afortunada
a una honrada mujer .
Vuelve a tomar tus dineros,
amigo, que aquí los
tengo
sin haber tenido necesidad de tocar a ellos.
Que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas
como son dádivas ni promesas.
Conténtate, Anselmo,
y no quieras hacer más pruebas de las hechas.
Y pues a pie enjuto has andado el mar de las dificultades
y sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse,
no quieras entrar de nuevo en el profundo piélago
de nuevos inconvenientes,
ni quieras hacer experiencia con otro piloto
de la bondad y fortaleza del navío
que el cielo te dio en suerte para que en él
pasases la mar de este mundo,
sino haz cuenta que estás ya en seguro puerto,
y aférrate con las áncoras de la buena consideración,
y déjate estar hasta que te vengan a pedir la
deuda,
que no hay hidalguía humana que de pagarla se
excuse.
(A.III, E,2 / T.N.14): ANSELMO, CONTENTO, PIDE A LOTARIO
SEGUIR CON EL JUEGO COMO CURIOSIDAD Y ENTRETENIMIENTO.
Contentísimo quedó Anselmo
de las razones de Lotario
y, así, se las creyó como si fueran dichas
por algún oráculo.
Pero, con todo eso, le rogó que no dejase la
empresa
aunque no fuese más de por curiosidad y entretenimiento,
aunque no se aprovechase de allí adelante
de tan ahincadas diligencias como hasta entonces.
Y que sólo quería
que le escribiese
algunos versos en su alabanza,
debajo del nombre de Clori,
porque él le daría a entender a Camila
que andaba enamorado de una dama,
a quien le había puesto aquel nombre
por poder celebrarla con el decoro
que a su honestidad se le debía.
Y que cuando Lotario no quisiera
tomar trabajo de escribir los versos, que él los
haría.
--No será menester
eso --dijo Lotario--,
pues no me son tan enemigas las musas
que algunos ratos del año no me visiten.
Dile tú a Camila
lo que has dicho del fingimiento de mis amores,
que los versos yo los haré;
si no tan buenos como el sujeto merece,
por lo menos, los mejores que yo pudiere.
(A.III,E.3 / T.N.15): ANSELMO FINGE CON CAMILA QUE LOTARIO
CORTEJA A UNA DAMA, CLORI.
Quedaron en este acuerdo
el impertinente y el traidor amigo.
Y vuelto Anselmo a su casa,
preguntó a Camila lo que ella ya se maravillaba
que no se lo hubiese preguntado,
que fue que le dijese la Ocasión
porque le había escrito el papel que le envió.
Camila le respondió que le
había parecido
que Lotario
la miraba un poco más desenvueltamente
que cuando él estaba en casa.
Pero que ya estaba desengañada
y creía que había sido imaginación
suya,
porque ya Lotario huía de verla y estar con ella
a solas.
Díjole Anselmo que bien
podía estar
segura
de aquella sospecha,
porque él sabía que Lotario
andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad,
a quien él celebraba debajo del nombre de Clori.
Y que, aunque no lo estuviera,
no había que temer de la verdad de Lotario
y de la mucha amistad de entrambos.
Y a no estar Camila avisada de Lotario
de que eran fingidos aquellos amores de Clori
--y que él se lo había dicho a Anselmo
por poder ocuparse algunos ratos
en las mismas alabanzas de Camila--, ella, sin duda,
cayera en la desesperada red de los celos.
Mas, por estar ya advertida,
pasó aquel sobresalto sin pesadumbre.
(A.III,E.4 / T.N.16): LA NUEVA RELACIÓN A TRES,
FICCIÓN Y REALIDAD AL MISMO TIEMPO.
"Otro día, estando
los tres de sobremesa,
rogó Anselmo a Lotario dijese alguna cosa
de las que había compuesto a su amada Clori.
Que, pues Camila no la conocía, podía decir
lo que quisiese.
--Aunque la conociera --respondió Lotario--,
no encubriera yo nada.
Porque cuando algún amante
loa a su dama de hermosa y la nota de cruel,
ningún oprobio hace a su buen crédito.
Pero sea lo que fuere, lo
que sé decir (es)
que ayer
hice un soneto a la ingratitud de esta Clori,
que dice así:
SONETO.
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sueño a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento,
derechos rayos a la tierra envía,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche y vuelvo al triste cuento,
y siempre hayo, en mi mortal porfía,
al cielo, sordo; a Clori, sin oídos.
Bien le pareció el soneto
a Camila, pero mejor a Anselmo
pues le alabó y dijo que era demasiadamente cruel
la dama
que a tan claras verdades no correspondía.
A lo que dijo Camila:
--Luego, ¿todo aquello
que los poetas enamorados dicen
es verdad?
--En cuanto poetas, no la dicen --respondió Lotario--;
mas en cuanto enamorados,
siempre quedan tan cortos como verdaderos.
--No hay duda de eso --replicó Anselmo,
todo por apoyar y acreditar
los pensamientos de Lotario con Camila,
tan descuidada del artificio de Anselmo
como ya enamorada de Lotario.
Y así, con el gusto que de sus cosas tenía
--y más teniendo por entendido que sus deseos
y escritos
a ella se encaminaban,
y que ella era la verdadera Clori,
le rogó que si otro soneto u otros versos sabía,
los dijese.
--Sí sé --respondió Lotario--,
pero no creo que es tan bueno como el primero,
o por mejor decir, menos malo.
Y podréislo bien juzgar, pues es éste:
SONETO
Yo sé que muero; y si no soy creído,
es más cierto el morir, como es más cierto
verme a tus pies, ¡oh bella ingrata!, muerto
antes que de adorarte arrepentido.
Podré yo verme en la región
de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y allí verse podrá en mi pecho abierto
cómo tu hermoso rostro está esculpido.
Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porfía,
que en tu mismo rigor se fortalece.
¡Ay de aquel que
navega, el cielo oscuro,
por mar no usado y peligrosa vía
adonde norte o puerto no se ofrece!
También alabó este
segundo soneto Anselmo
--como había hecho (con) el primero--,
y de esta manera iba añadiendo eslabón a
eslabón
a la cadena con que se enlazaba y trataba su deshonra.
Pues cuando más Lotario
le deshonraba,
entonces le decía que estaba más honrado.
Y con esto, todos los escalones que Camila baja(ba)
hacia el centro de su menosprecio,
los subía, en la opinión de su marido,
hacia la cumbre de la virtud y de su buena fama.
XXII. EL TEXTO 16.
Una relación a tres perfectamente estructurada
y con sus momentos de relativa plenitud, casi de felicidad
plena en esas sobremesas poéticas que a los tres
podían agradar. Pero Anselmo había pasado
de engañador --que aún lo seguía siendo,
por otra parte-- a engañado, lo mismo que Camila
se había convertido de engañada en engañadora,
a pesar de seguir siendo engañada; y ambos con la
confianza --de fides-- o complicidad de Lotario, engañador
a su vez de Anselmo y Camila al mismo tiempo. Una gran
inversión en la relación amorosa, un verdadero
sistema cerrado de relaciones, sistema paranoico con sus
normas particulares de funcionamiento, y que podía
seguir funcionando como sistema cerrado mucho tiempo más
aún. Mientras Ocasión y Necesidad --y con
ellas la diosa Fortuna-- no presionaran demasiado, y más
teniendo en cuenta que la locura o sinrazón misma
de Anselmo, su extraño deseo que veía realizado
en plenitud a su entender, constituía uno de los
perfiles principales de la Necesidad, tan gran fuerza como
Ocasión.
Hace ya unas páginas que estamos resaltando la
palabra Ocasión poniéndola con mayúsculas,
y a partir de ahora vamos a hacer lo mismo con Necesidad.
Ante la carencia de humor expreso hasta el momento --aunque
todo el relato esté impregnado de ironía,
en ocasiones amarga, sobre todo en el realce de las paradojas
verdad / engaño--, es necesario no olvidarse de
esa perspectiva clave cervantina del humor / ironía.
De ahí el recordarlo de vez en cuando para que no
se olvide, incluso en los aspectos formales.
Pero, ¿a dónde quiere llegar
Cervantes? ¿Y
nosotros / yo con una lectura suya a lo Pierre Menard?
Ya,
decididamente, nos acogemos o acojo a ese método, único
capaz de neutralizar el que pudiéramos llamar paranoico-crítico
postdaliniano en una lectura activa de un clásico,
Cervantes en este caso. Rehacer el texto con sus propias
palabras, desplegarlo en todo su esplendor original, y
ya no hay vuelta atrás. Este método para-literario
podría definirse, por lo tanto, así: lectura
activa de un texto clásico, como ejercicio de método
paranoico-crítico postdaliniano en su modalidad
PM, que quiere decir Pierre Menard. Creo que al fin está clarificado
el asunto formal.
¿A dónde quiere llegar Cervantes, y nosotros
--comentarista / lector que resiste aún el embate--
con él, en este relato de un ensayo de amor trinitario
extraño? En estos momentos, a estas alturas del
relato, el resultado comienza a ser bastante espectacular.
Más que a los clásicos tríos del vodevil
francés o la comedia del arte italiana, con el casi
ingenuo Arlequín, esto recuerda más a aquella
situación fronteriza del relato cinematográfico
titulado "La leyenda de la ciudad sin nombre"...
Es una película del siglo pasado (fecha) que se
desarrolla en un pueblo minero de fortuna --allí la
gente va a buscarla: el oro--, en el que viven sólo
hombres mineros, y entre ellos el protagonista Lee Marvin,
caracterizado de cincuentón avanzado pero muy animoso
todavía. La llegada de un pastor mormón con
dos esposas genera un gran revuelo, y a una de las esposas,
la más joven y díscola, termina comprándola
Lee Marvin y luego compartiéndola con su mejor amigo,
un hombre joven, generándose una especie de unión
matrimonial a tres que funciona bien hasta que la pareja
joven se enamora y Lee Marvin se retira del trío
y viaja a la ciudad --es el momento en el que canta / recita
una canción muy sugestiva en su voz de bajo, y que
dice que se considera una estrella errante--, en una expedición
organizada para traer al pueblo minero media docena de
prostitutas para organizar un burdel. En clave de cine
musical y de humor, la historia no deja de tener su romanticismo:
es un viaje a una historia de amor que transcurre por los
territorios de la poligamia y de la poliandria. Una historia
más de la frontera al fin. Con todo el humor que
a la historia cervantina parece faltarle, aunque humor
muy cervantino, con su carga de ternura.
Una historia de amor a tres, con sus momentos de plenitud
como la sobremesa poética en honor de Camila --la
realidad y el engaño al mismo tiempo, como en el
amor mismo--, no podía terminar bien de ninguna
manera en aquel tiempo en el que escribía el autor
/ autores, en aquel "dónde" espacio-temporal,
plenamente histórico por ello. No puede ser un final
de relato literario, y debe convertirse en nueva tesis,
nuevo punto de partida, necesitado de una nueva anti-tesis
que lo haga progresar. Si la velada poética de sobremesa
puede escenificar un posible clasicismo en una relación,
un sistema de relaciones cerrado en si mismo --sistema
paranoico--, y pudiera ser que fuese una realidad más
permanente, que funcionara mientras permaneciera cerrado
sobre si mismo, en el tramo narrativo siguiente (T.N.17)
aparece una grieta o falla en el sistema que va a permitir
la continuación de la historia. Es el contacto con
la realidad, la criada Leonela, esa grieta o falla que
desbordará / perturbará el sistema mismo,
el juego de las relaciones.
(A.III, Esc. 5 / T.N.17): CAMILA SE VE OBLIGADA A CONTAR
CON LA COMPLICIDAD DE LEONELA.
Sucedió en esto que, hallándose una vez,
entre otras, sola Camila con su doncella,
le dijo:
Larga conversación entre Camila
y su criada Leonela.
--Corrida estoy, amiga Leonela,
de ver en cuán poco he sabido estimarme
pues (ni) siquiera hice que con el tiempo
comprara Lotario la entera posesión
que le di tan presto de mi voluntad.
Temo que ha de estimar mi presteza o ligereza
sin que eche de ver la fuerza que él me hizo
para no poder resistirle.
--No te dé pena eso, señora mía --respondió Leonela--,
que no está la monta, ni es causa para menguar la
estimación,
darse lo que se da presto si, en efecto, lo que se da es
bueno,
y ello (de) por sí digno de estimarse.
Y aún suele decirse que el que luego da, da dos
veces.
--También se suele
decir --dijo Camila--
que lo que cuesta poco se estima en menos.
Discurso de Leonela sobre la fuerza del amor.
--No corre por ti esa razón --respondió Leonela--,
porque el Amor, según he oído
decir,
unas veces vuela y otras anda,
con éste corre y con aquel va despacio,
a unos entibia y a otros abrasa,
a unos hiere y a otros mata,
en un mismo punto comienza la carrera de sus deseos
y en aquel mismo punto la acaba y concluye,
por la mañana suele poner el cerco a una fortaleza
y a la noche la tiene rendida, porque no hay fuerza que
la resista.
Y siendo así, ¿de qué te espantas
o de qué temes
si lo mismo debe de haber acontecido a Lotario,
habiendo tomado el amor
por instrumento de rendirnos la ausencia de mi señor?
Y era forzoso que en ella se concluyese
lo que el Amor tenía determinado,
sin dar tiempo al tiempo
para que Anselmo le tuviese de volver
y con su presencia quedase imperfecta la obra.
Porque el Amor no tiene otro mejor ministro
para ejecutar lo que desea, que es la Ocasión:
de la Ocasión se sirve en todos sus hechos,
principalmente en los principios.
Todo esto sé yo muy bien, más de experiencia
que de oídas,
y algún día te lo diré, señora,
que yo también soy de carne y de sangre moza.
Cuanto más, señora
Camila,
que no te entregaste ni diste tan luego
que primero no hubieses visto en los ojos, en los suspiros,
en las razones y en las promesas y dádivas de
Lotario
toda su alma, viendo en ella
y en sus virtudes cuán digno era Lotario de ser
amado.
Pues si esto es así, no te asalten la imaginación
esos escrupulosos y melindrosos pensamientos,
sino asegúrate (de) que Lotario
te estima como tú le estimas a él,
y vive con contento y satisfacción
de que --ya que caíste en el lazo amoroso--
es el que te aprieta de valor y de estima.
Y que no sólo tiene
las cuatro eses
que dicen que han de tener los buenos enamorados,
sino todo un ABC entero:
si no, escúchame y verás cómo te
lo digo de coro.
Él es, según
yo veo y a mi me parece,
Agradecido, Bueno, Caballero, Dadivoso,
Enamorado, Firme, Gallardo, Honrado,
Ilustre, Leal, Mozo, Noble, Onesto,
Principal, Quantioso, Rico,
y las Eses que dicen.
Y luego, Tácito, Verdadero.
La X no se cuadra, porque es letra áspera.
La Y ya está dicha. La Z, zelador de su honra.
Camila acuerda con Leonela el secreto
de sus amores, pero se sabe desbordada por la actividad
erótica
de su criada.
Rióse Camila del ABC
de su doncella
y túvola por más plática en las
cosas de amor
(de lo) que ella decía.
Y así lo confesó ella,
descubriendo a Camila
cómo trataba amores con un mancebo bien nacido
de la misma ciudad.
De lo cual se turbó Camila,
temiendo(se) que era aquel camino
por donde su honra podía correr riesgo.
Apuróla (preguntándole) si
pasaban sus pláticas
a más que serlo.
Ella --con poca vergüenza y mucha desenvoltura--
le respondió que sí pasaban.
Porque es cosa ya cierta
que los descuidos de las señoras
quitan la vergüenza a las criadas.
Las cuales, cuando ven a las amas echar traspiés,
no se les da nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan.
No pudo hacer otra cosa Camila
sino rogar a Leonela (que) no dijese nada de su hecho
al que decía ser su amante
y que tratase sus cosas con secreto
porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario.
Leonela respondió que así lo haría,
mas cumpliólo de manera que hizo cierto
el temor de Camila
de que por ella había de perder su crédito.
Porque la deshonesta y atrevida Leonela
después de que vio que el proceder de su ama
no era el que solía,
atrevióse a entrar y poner dentro de casa a su
amante,
confiada (en) que --aunque su señora le viese--
no había de osar descubrirle.
Que este daño acarrean,
entre otros,
los pecados de las señoras:
que se hacen esclavas de sus mismas criadas
y se obligan a encubrirles sus deshonestidades y vilezas.
Como aconteció con Camila:
que aunque vio una y muchas veces
que su Leonela
estaba con su galán en un aposento de su casa,
no sólo no la osaba reñir,
mas dábale lugar a que lo encerrase
y quitábale todos los estorbos
para que no fuese visto de su marido."
XXIII. EL TEXTO 17.
Lecturas activas,
activadoras, activadas... Tras visita cortés de amigos --moebius y vaqueros-- para comer,
beber y charlar, nuevo arranque. C.B. cree relacionada
la insaciabilidad con la culpa o con la conciencia de la
culpa. Tal vez la noción de "caída" --pecado
original-- cuya percepción incluiría la de
la culpa, pero una percepción previa a la miltoniana
de "caída afortunada" como generadora
de libertad de elección, de libertad sin más.
Y no es una apreciación vana para "El curioso
impertinente", pues la culpa es casi una plena atmósfera
en el relato, lo impregna todo, culpa honda y esencial,
total, que hace que termine como termina, en tragedia insoslayable.
Habrá que volver sobre ello, pero una vez evocado
su posible contrario, de alguna manera, el humor que parece
apuntar apenas con la entrada en la acción de la
criada Leonela.
La
entrada en escena o acción de Leonela cierra
un ciclo, a la vez que lo convierte en nuevo punto de partida
o en nueva "tesis". Cierra un ciclo narrativo
y abre un nuevo, ya declaradamente hacia el desenlace.
Sería, en este ensayo de estructuración o
sistematización --fragmentación-- narrativa,
A.III, E.5 / T.N. 17.
Leonela introduce el escepticismo y la
ironía a
la vez que recuerda la divinidad del Amor, su fuerza natural
irresistible. Una realidad --la realidad--, el estado de
las cosas, frente a la apariencia de la ficción
o representación que estaban viviendo / representando
como una fatalidad los protagonistas del relato. Ante la
duda de Camila sobre su comportamiento ante el cortejo
de su nuevo amante, Leonela sentencia con ironía: "El
que luego da, da dos veces"; y provoca en su ama similar
tono en la respuesta: "Lo que cuesta poco, se estima
en menos". Frente al discurso florentino de los dos
amigos, la oralidad del discurso / refrán, la realidad
del amor. El Amor toma por Ocasión de "rendirnos" la
fortaleza, la ausencia del señor (Anselmo en este
caso). Caer en el "lazo amoroso" es tanto una
fatalidad como la vida misma. Y Leonela estructura un ABC
del amor ingenioso y ejemplar, irónico --"la
X no se cuadra"-- y que hace reir a Camila. La risa
de la comprensión escéptica de la realidad. "Rióse
Camila del ABC de su doncella..."
El papel de la doncella / criada Leonela
es aquí en
todo similar al de las Cristinas o Cristinitas vagamente
asturianas, pero en este caso se supone que florentina,
tal vez más refinada por ello y capaz de invertir
los papeles en la representación: las criadas "cuando
ven a sus amas echar traspiés, no se les da nada
a ellas de cojear ni de que lo sepan" --otra vez el
nuevo tono, la ironía si no el humor abierto--,
hasta que en el límite, al fin, las amas se convierten
en "esclavas de sus propias criadas". El secreto
o la complicidad compartidos entre el ama Camila y la criada
Leonela, ante Anselmo y Lotario, provoca una nueva tensión
añadida al sistema de relaciones que parecía
poder funcionar, generadora de un nuevo "dónde" espacio-temporal,
una nueva realidad.
Es el inicio también de un nuevo acto y escena (IV,1)
y de un nuevo tramo narrativo (T.N.18). Como es frecuente
en esos cortes cervantinos, con un inicio enlazado con
el final del periodo anterior por palabras eludidas, si
se puede decir así, en este caso "los estorbos" y "el
galán de Leonela". Así pues,
II FASE. ACT.IV, ESC.1 / T.N. 18.
Continúa con el texto cervantino, vía Menard...
Pero no los pudo quitar (--los estorbos, de manera--)
que Lotario no le viese una vez salir --(al galán
de Leonela--),
al romper del alba.
El cual, sin conocer quién
era,
pensó primero que debía de ser alguna fantasma.
Mas cuando le vio caminar, embozarse
y encubrirse con cuidado y recato,
cayó de su simple pensamiento y dio en otro,
que fuera la perdición de todos si Camila no lo
remediara.
Los celos atacan a Lotario.
Pensó Lotario que aquel hombre que había
visto salir
tan a deshora de casa de Anselmo
no había entrado en ella por Leonela,
ni aún se acordó si Leonela era en el mundo.
Sólo creyó que Camila,
de la misma manera que había sido fácil y
ligera con él,
lo era para otro.
Que estas añadiduras
trae consigo la maldad de la mujer mala:
que pierde el crédito de su honra
con el mismo a quien se entregó rogada y persuadida,
y cree que con mayor facilidad se entrega a todos,
y da infalible crédito a cualquiera sospecha que
de esto le venga.
Y no parece sino que le faltó a
Lotario en este punto
todo su buen entendimiento.
Y se le fueron de la memoria todos sus advertidos discursos,
pues --sin hacer alguno que bueno fuese, ni aún
razonable--,
sin más ni más,
antes que Anselmo se levantase
--impaciente y ciego de la celosa rabia
que las entrañas le roía,
muriendo por vengarse de Camila,
que en ninguna cosa le había ofendido--,
se fue a Anselmo y le dijo:
Lotario se sincera con Anselmo contra Camila.
--Sábete Anselmo,
que ha muchos días que he andado peleando conmigo
mismo,
haciéndome fuerza a no decirte
lo que ya no es posible ni justo que más te
encubra.
Sábete que la fortaleza de Camila está ya
rendida
y sujeta a todo aquello que yo quisiere hacer de ella.
Y si he tardado en descubrirte esta verdad,
ha sido por ver si era algún liviano antojo suyo,
o si lo hacía por probarme
y ver si eran con propósito firme tratados los
amores
que, con tu licencia, con ella he comenzado.
Creí, asimismo, que ella, si fuera la que debía
y la que entrambos pensábamos,
ya te hubiera dado cuenta de mi solicitud;
pero habiendo visto que se tarda,
conozco que son verdaderas las promesas que me ha dado
de que, cuando otra vez hagas ausencia de tu casa,
me hablará en la recámara,
donde está el repuesto de tus alhajas
--y era la verdad, que allí le solía hablar
Camila--.
Y no quiero que precipitosamente
corras a hacer alguna venganza,
pues no está aún cometido el pecado
sino con pensamiento,
y podría ser que,
desde éste hasta el tiempo de ponerlo por obra,
se mudase el de Camila
y naciese en su lugar el arrepentimiento.
Y así, ya que en
todo o en parte
has seguido siempre mis consejos,
sigue y guarda uno que ahora te diré,
para que sin engaño y con medroso advertimiento
te satisfagas de aquello que más vieres que te
convenga.
Finge que te ausentas por
dos o tres días,
como otras veces sueles,
y haz de manera que te quedes escondido en tu recámara,
pues los tapices que allí hay
y otras cosas con que te puedas encubrir
te ofrecen mucha comodidad.
Y entonces verás
por tus mismos ojos,
y yo por los míos,
lo que Camila quiere.
Y si fuere la maldad que se puede temer
antes que esperar,
con silencio, sagacidad y discreción
podrás ser el verdugo de tu agravio.
Anselmo y Lotario acordados contra Camila.
Absorto, suspenso y admirado
quedó Anselmo
con las razones de Lotario,
porque le cogieron en tiempo donde menos las esperaba
oír
porque ya tenía a Camila por vencedora
de los fingidos asaltos de Lotario,
y comenzaba a gozar de la gloria del vencimiento.
Callando estuvo por un buen espacio,
mirando al suelo sin mover pestaña,
y al cabo dijo:
--Tú lo has hecho,
Lotario,
como yo esperaba de tu amistad.
En todo he de seguir tu consejo:
haz lo que quisieres
y guarda aquel secreto
que ves que conviene en caso tan no pensado.
Una segunda fase --nueva síntesis-- que parece
recoger como en espejo el planteamiento inicial: Anselmo
y Lotario, los dos amigos, acordados frente a Camila. Pero
con un Anselmo desengañado en la nueva realidad
y un Lotario que se cree también engañado
al dudar del amor de Camila, cegado por unos celos que
inmediatamente después (A.IV, E.2 / T.N.19) comprobará que
son infundados:
XXIV. EL TEXTO 18.
A.IV,E.I / T.n.19.
Lotario, arrepentido, se sincera con Camila.
Prometióselo Lotario.
Y, en apartándose de él,
se arrepintió totalmente de cuanto le había
dicho,
viendo cuán neciamente había andado,
pues pudiera él vengarse de Camila,
y no por camino tan cruel y tan deshonrado.
Maldecía su entendimiento,
afeaba su ligera determinación,
y no sabía qué medio tomarse para deshacer
lo hecho,
o para darle alguna razonable salida.
Al fin, acordó de dar
cuenta de todo a Camila.
Y como no faltaba lugar para poderlo hacer,
aquel mismo día la halló sola.
Y ella, así como vio que le podía hablar,
le dijo:
Camila muestra su temor a Lotario y éste
se da cuenta de su error.
--Sabed, amigo Lotario,
que tengo una pena en el corazón que me aprieta
de suerte que parece que quiere reventar en el pecho.
Y ha de ser maravilla si no lo hace,
pues ha llegado la desvergüenza de Leonela a tanto
que cada noche encierra a un galán suyo en esta
casa
y se está con él hasta el día,
tan a costa de mi crédito
cuanto le quedará campo abierto de juzgarlo
al que le viere salir a horas tan inusitadas de mi casa.
Y lo que me fatiga es que
no la puedo castigar ni reñir:
que el ser ella secretario de nuestros tratos
me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos,
y temo que de aquí ha de nacer algún mal
suceso.
Al principio que Camila esto decía
creyó Lotario que era artificio para desmentirle
que el hombre que había visto salir era de Leonela
y no suyo.
Pero viéndola llorar y afligirse, y pedirle remedio,
vino a creer la verdad. Y en creyéndola,
acabó de estar confuso y arrepentido de todo.
Lotario y Camila se acuerdan contra Anselmo.
Pero, con todo, respondió a
Camila que no tuviese
pena,
que él ordenaría remedio para atajar la
insolencia de Leonela.
Díjole asimismo lo que,
instigado
de la furiosa rabia de los celos,
había dicho a Anselmo.
Y cómo estaba concertado de esconderse en
la recámara
para ver desde allí a la clara
la poca lealtad que ella le guardaba.
Pîdióle perdón
de esta locura
y consejo para poder remediarla
y salir bien de tan revuelto laberinto
como su mal discurso le había puesto.
Espantada quedó Camila de oír lo que Lotario
le decía
y con mucho enojo y muchas discretas razones
le riño y afeó su mal pensamiento
y la simple y mala determinación que había
tenido.
Pero como naturalmente tiene la mujer
ingenio presto para el bien y para el mal
más que el varón
--puesto que le va faltando cuando de propósito
se pone a hacer discursos--,
luego al instante halló Camila el modo
de remediar tan al parecer irremediable negocio.
Y dijo a Lotario que procurase
que (al) otro día
se escondiese Anselmo donde decía,
porque ella pensaba sacar de su escondimiento
comodidad para que de allí en adelante
los dos se gozasen sin sobresalto alguno.
Y sin declararle del todo su pensamiento,
le advirtió que tuviese cuidado (de) que,
en estando Anselmo escondido,
é l viniese cuando Leonela le llamase;
y que a cuanto ella le dijese le respondiese
como respondiera aunque no supiera
que Anselmo le escuchaba.
Porfió Lotario (para) que le acabase de declarar
su intención
porque con más seguridad y aviso guardase
todo lo que viese ser necesario.
--Digo --dijo Camila-- que
no hay más
que guardar,
si no fuere responderme como yo os preguntare
--no queriendo Camila darle antes cuenta
de lo que pensaba hacer,
temerosa (de) que no quisiese seguir el parecer
que a ella tan bueno le parecía,
y siguiese o buscase otros que no podrían ser
tan buenos.
Con esto se fue Lotario.
Otra vez el paralelismo --como imagen en el espejo, mejor--
con el planteamiento inicial vuelve a ser total, pero
a la inversa: Camila y Lotario como amantes, acordados
para re-engañar al desengañado Anselmo,
confiado en la amistad / acuerdo con su amigo infiel
Lotario. Una gran inversión en la trama misma,
un gran vuelco, en pleno funcionamiento de la dificultosa
relación trinitaria que había alcanzado
una relativa estabilidad --cierto posible "clasicismo"--
durante un tiempo que pudieran ser semanas o meses. Y
es aquí en donde la esposa infiel de Anselmo pero
fiel amante de Lotario va a tomar la iniciativa, con
la intención de asegurar o hacer perdurar el nuevo
sistema de relaciones, el nuevo "dónde".
XXV. EL TEXTO 19.
Aquí comienza una verdadera representación
dramática, dentro de la gran representación
que es la novela toda, con Camila como protagonista absoluta.
Es el momento culminante de la acción. Una realidad,
un estado de las cosas, con Camila como gran maestro
de ceremonias.
Puede considerarse esta gran representación protagonizada
de manera decidida y con inteligencia por Camila, perfectamente
consciente de que quiere engañar a su marido Anselmo
para poder seguir viviendo su nuevo amor con Lotario. Una
firme voluntad, pues, por mantener una realidad que va
a prolongarse "pocos meses", la realidad de una
relación a tres en la que ella es la clave o pieza
principal, nexo de unión erótica entre los
dos amigos, lo que supone su infidelidad al marido simultánea
con su fidelidad al Amor. Al nuevo amor que la curiosidad
impertinente de Anselmo ha hecho posible o ha generado
sin más.
Estructurado en cinco tramos narrativos
o escenas, por seguir jugando con la estructura, van
a continuación
todos seguidos para resaltar su unidad o continuidad. La
situación final, que había de durar meses,
hacía de Anselmo "el hombre más sabrosamente
engañado que pudo haber en el mundo", mientras
que Camila, a pesar del rostro "torcido" que
fingía ante su amante, lo recibía "con
alma risueña". La culminación de una
ficción se convertía en nueva realidad. Pero
quedaban en manos de la Fortuna.
A.IV-E.3 / T.N.20.
Anselmo, escondido en su casa, asiste a la representación
de Camila: su inocencia ante la acusación de Lotario.
Y Anselmo, (al) otro día,
con la excusa
de ir (a) aquella aldea de su amigo,
se partió y volvió a esconderse:
que lo pudo hacer con comodidad
porque de industria se la dieron Camila y Leonela.
Escondido, pues, Anselmo --con aquel sobresalto
que se puede imaginar que tendría el que esperaba
ver por sus ojos hacer notomía de las entrañas
de su honra--,
í base a pique de perder el sumo bien
que él pensaba que tenía en su querida Camila.
Seguras ya y ciertas Camila y Leonela
(de) que Anselmo estaba escondido, entraron en la recámara.
Y apenas hubo puesto los pies en ella Camila,
cuando --dando un grande suspiro-- dijo:
Camila se lamenta con Leonela del cortejo / acoso de Lotario,
le pide una daga y le ruega que llame a Lotario.
--¡Ay, Leonela amiga!
¿
No sería mejor que antes que llegase a poner en
ejecución
lo que no quiero que sepas porque no procures estorbarlo,
que tomases la daga de Anselmo que te he pedido
y pasases con ella este infame pecho mío?
Pero no hagas tal,
que no será razón que yo lleve la pena
de la ajena culpa.
Primero quiero saber qué es
lo que vieron en mí
los atrevidos y deshonestos ojos de Lotario
que fuese causa de darle atrevimiento a descubrirme
un tan mal deseo como es el que me ha descubierto,
en desprecio de su amigo y en deshonra mía.
Ponte, Leonela, a esa ventana
y llámale,
que sin duda alguna él debe de estar en la calle
esperando poner en efecto su mala intención.
Pero primero se pondrá la cruel cuanto honrada mía.
Leonela culpa a Anselmo de aquella situación
creada por el cortejo de Lotario.
--¡Ay, señora mía! --respondió
la sagaz y advertida Leonela--,
y ¿qué es lo que quieres hacer con
esa daga?
¿
Quieres por ventura quitarte la vida o quitársela
a Lotario?
Que cualquiera de estas cosas que quieras
ha de redundar en pérdida de tu crédito
y fama.
Mejor es que disimules tu agravio y no des lugar
a que este mal hombre entre ahora en esta casa
y nos halle solas.
Mira, señora, que
somos flacas mujeres
y él es hombre y determinado;
y como viene con aquel mal propósito, ciego y
apasionado,
quizá antes que tú pongas en ejecución
el tuyo
hará él lo que te estaría más
mal que quitarte la vida.
¡Mal haya mi señor
Anselmo,
que tanto mal ha querido dar a este desuellacaras en su
casa!
Y ya, señora, que
le mates, como yo pienso que quieres hacer,
¿
qué hemos de hacer de él después
de muerto?
Camila quiere "vengar" aquel "agravio".
--¿Qué, amiga? --respondió Camila--:
dejarémosle para que Anselmo le entierre,
pues será justo que tenga por descanso
el trabajo que tomare en poner debajo de la tierra
su misma infamia.
Llámale, acaba, que
todo el tiempo que tardo
en tomar la debida venganza de mi agravio
parece que ofendo a la lealtad que a mi esposo debo.
A.IV,E.4 / T.N.21.
Camila y Leonela inician la representación de
la inocencia de la esposa fiel Camila.
Todo esto escuchaba Anselmo
y a cada palabra que Camila decía
se le mudaban los pensamientos.
Mas, cuando entendió que
estaba resuelta
a matar a Lotario, quiso salir y descubrirse
porque tal cosa no se hiciese;
pero detúvole el deseo de ver
en qué paraba tanta gallardía y honesta resolución,
con propósito de salir a tiempo que la estorbase.
Tomóle en esto a Camila
un fuerte desmayo
y, arrojándose encima de una cama que allí estaba,
comenzó Leonela a llorar muy amargamente y a
decir:
--¡Ay, desdichada
de mí
si fuese tan sin ventura que se me muriese
aquí entre mis brazos la flor de la honestidad
del mundo,
la corona de las buenas mujeres, el ejemplo de la castidad...!
Con otras cosas a éstas
semejantes
que ninguno la escuchara que no la tuviera
por la más lastimada y leal doncella del mundo,
y a su señora por otra nueva y perseguido Penélope.
Poco tardó en volver
de su desmayo Camila.
Y al volver en sí, dijo:
--¿Por qué no
vas, Leonela,
a llamar al más leal amigo de amigo
que vio el sol o cubrió la noche?
Acaba, corre, aguija, camina,
no se desfogue con la tardanza
el fuego de la cólera que tengo
y se pase en amenazas y maldiciones
la justa venganza que espero.
--Ya voy a llamarle, señora mía --dijo
Leonela--,
mas hasme de dar primero esa daga
porque no hagas cosa, en tanto que falto,
que dejes con ella que llorar toda la vida
a todos los que bien te quieren.
--Ve segura, Leonela amiga,
que no haré
--respondió Camila--;
porque ya que sea atrevida y simple a tu parecer
en volver por mi honra,
no lo he de ser tanto como aquella Lucrecia
de quien dicen que se mató
sin haber cometido error alguno,
y sin haber muerto primero a quien tuvo
la causa de su desgracia.
Yo moriré, si muero,
pero ha de ser vengada
y satisfecha del que me ha dado Ocasión
de venir a este lugar a llorar sus atrevimientos,
nacidos tan sin culpa mía.
Mucho se hizo rogar Leonela
antes que saliese a llamar a Lotario.
Pero, en fin, salió.
Y entretanto que volvía, quedó Camila diciendo
como que hablaba consigo misma:
Camila razona su comportamiento y deseo de venganza.
--¡Vál(g)ame
Dios!
¿
No fuera más acertado haber despedido a Lotario,
como otras muchas veces lo he hecho,
que no ponerle en condición, como ya le he puesto,
que me tenga por deshonesta y mala,
siquiera este tiempo que he de tardar en desengañarle?
Mejor fuera, sin duda;
pero no quedara yo vengada,
ni la honra de mi marido satisfecha
si tan a manos lavadas y tan a paso llano
se volviera a salir
de donde sus malos pensamientos le entraron.
Pague el traidor con la vida
lo que intentó con tan lascivo deseo:
sepa el mundo, si acaso llegare a saberlo,
que Camila no sólo guardó la lealtad a su
esposo
sino que le dio venganza del que se atrevió a ofenderle.
Mas, con todo, creo que fuera mejor
dar cuenta de esto a Anselmo.
Pero ya se la apunté a
dar en la carta
que le escribí al aldea,
y creo que el no acudir él
al remedio del daño que allí le señalé
debió de ser que, de puro bueno y confiado,
no quiso ni pudo creer
que en el pecho de su tan firme amigo
pudiese caber género de pensamiento
que contra su honra fuese.
Ni aún yo lo creí después, por muchos
días,
ni lo creyera jamás si su insolencia no llegar
a tanto,
que las manifiestas dádivas y las largas promesas
y las continuas lágrimas no me lo manifestaran.
Mas, ¿para qué hago
yo ahora estos discursos?
¿
Tiene, por ventura, una resolución gallarda
necesidad de consejo alguno?
No, por cierto.
¡
Afuera, pues, traidores; aquí, venganzas!
¡ Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe,
y suceda lo que sucediere!
Limpia entré en poder del que el cielo me dio por
mío,
limpia he de salir de él.
Y, cuando mucho, saldré bañada en mi casta
sangre
y en la impura del más falso amigo que vio la
amistad
en el mundo.
Y, diciendo esto,
se paseaba por la sala con la daga desenvainada,
dando tan desconcertados y desaforados pasos,
y haciendo tales ademanes
que no parecía sino que le faltaba el juicio
y que no era mujer delicada sino un rufián desesperado.
A.IV, E.5 / T.N.22.
Camila y Lotario frente a frente representan la inocencia
de Camila.
Todo lo miraba Anselmo,
cubierto detrás de unos tapices donde se había
escondido,
y de todo se admiraba,
y ya le parecía que lo que había visto y
oído
era bastante satisfacción para mayores sospechas.
Y ya quisiera que la prueba de venir Lotario faltara,
temeroso de algún mal repentino suceso.
Y estando ya para manifestarse y salir
para abrazar y desengañar a su esposa,
se detuvo porque vio
que Leonela volvía con Lotario de la mano.
Y, así como Camila le
vio,
haciendo con la daga en el suelo
una gran raya delante de ella, le dijo:
--Lotario, advierte lo que te digo:
si a dicha te atreves a pasar de esta raya que ves,
ni aún llegar a ella, en el punto que viere que
lo intentas,
en ese mismo me pasaré el pecho
con esta daga que en las manos tengo.
Y, antes que a esto me respondas palabra,
quiero que otras algunas me escuches,
que después responderás lo que más
te agradare.
Lo primero, quiero, Lotario,
que me digas si conoces a Anselmo, mi marido,
y en qué opinión le tienes.
Y lo segundo, quiero saber también si me conoces
a mí.
Respóndeme a esto,
y no te turbes
ni pienses mucho lo que has de responder,
pues no son dificultades las que te pregunto.
No era tan ignorante Lotario que, desde el primer punto
que Camila le dijo que hiciese esconder a Anselmo
no hubiese dado en la cuenta de lo que ella pensaba hacer.
Y, así, correspondió con su intención
tan discretamente,
y tan a tiempo, que hiciera los dos pasar aquella mentira
por más cierta que verdad.
Y, así, respondió a
Camila de esta manera:
--No pensé yo, hermosa
Camila,
que me llamabas para preguntarme
cosas tan fuera de la intención con que yo aquí vengo.
Si lo haces por dilatarme la prometida merced,
desde más lejos pudieras entretenerla,
porque tanto más fatiga el bien deseado
cuanto la esperanza está más cerca de poseerlo.
Pero, porque no digas que no respondo a tus preguntas,
digo que conozco a tu esposo Anselmo,
y nos conocemos los dos desde nuestros más tiernos
años.
Y no quiero decir lo que
tú tan bien sabes
de nuestra amistad
por (no) me hacer testigo
del agravio que el amor hace que le haga,
poderosa disculpa de mayores yerros.
A tí te conozco
y tengo en la misma posesión que él te
tiene;
que a no ser así, por menos prendas que las tuyas
no había yo de ir contra lo que debo a ser quien
soy
y contra las santas leyes de la verdadera amistad,
ahora por tan poderoso enemigo como el amor
por mí rompidas y violadas.
--Si eso confiesas --respondió Camila--, enemigo
mortal
de todo aquello que justamente merece ser amado,
¿
con qué rostro osas (com)parecer
ante quien sabes que es el espejo donde se mira
aquel en quien tú te debieras mirar,
para que vieras con cuán poca Ocasión le
agravias?
Pero ya caigo, ¡ay, desdichada de mí!,
en la cuenta
de quién te ha hecho tener tan poca
con lo que a ti mismo debes,
que debe de haber sido alguna desenvoltura mía,
que no quiero llamarla deshonestidad
pues no habrá procedido de deliberada determinación,
sino de algún descuido de los que las mujeres
que piensan que no tienen de quién recatarse
suelen hacer inadvertidamente.
Si no, dime: ¿cuándo, ¡oh,
traidor!,
respondí a tus ruegos con alguna palabra o señal
que pudiese despertar en ti algunas sombra de esperanza
de cumplir tus infames deseos?
¿
Cuándo tus amorosas palabras no fueron deshechas
y reprehendidas de las mías con rigor y con aspereza?
¿
Cuándo tus muchas promesas y mayores dádivas
fueron de mí creídas ni admitidas?
Pero, por parecerme que alguno no puede perseverar
en el intento amoroso luengo tiempo
si no es sustentado de alguna esperanza,
quiero atribuirme a mí la culpa de tu impertinencia,
pues sin duda algún descuido mío
ha sustentado tanto tiempo tu cuidado.
Y, así, quiero castigarme
y darme la pena
que tu culpa merece.
Y porque vieses que, siendo conmigo tan inhumana,
no era posible dejar de serlo contigo,
quise traerte a ser testigo del sacrificio que pienso hacer
a la ofendida honra de mi tan honrado marido,
agraviado de ti con el mayor cuidado que te ha sido posible,
y de mí también con el poco recato que
he tenido
del huir la Ocasión,
si alguna te di para favorecer y canonizar
tus malas intenciones.
Torno a decir que la sospecha que tengo,
que algún descuido mío engendró en
ti
tan desvariados pensamientos,
es la que más me fatiga y la que yo más deseo
castigar
con mis propias manos,
porque castigándome otro verdugo quizá
sería más pública la culpa.
Pero antes que esto haga, quiero matar muriendo
y llevar conmigo quien me acabe de satisfacer
el deseo de la venganza que espero y tengo,
viendo allá, dondequiera que fuere,
la pena que da la justicia desinteresada y que no se dobla
al que en términos tan desesperados me ha puesto.
Y diciendo estas razones,
con una increíble fuerza y ligereza
arremetió a Lotario con la daga desenvainada,
con tales muestras de querer enclavársela en el
pecho
que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones
eran falsas o verdaderas,
porque le fue forzoso valerse de su industria y fuerza
para estorbar que Camila no le diese.
La cual tan vivamente fingía
aquel extraño embuste y fealdad que, por darle
color de verdad, la quiso matizar con su misma sangre;
porque viendo que no podía haber a Lotario,
o fingiendo que no podía, dijo:
--Pues la suerte no quiere satisfacer del todo
mi tan justo deseo,
a lo menos no será tan poderosa que, en parte,
me quite que no le satisfaga.
Y haciendo fuerza para soltar la mano de la daga,
que Lotario le tenía asida, la sacó.
Y guiando su punta
por parte que pudiese herir no profundamente,
se la entró y escondió por más arriba
de la islilla del lado izquierdo, junto al hombro,
y luego se dejó caer en el suelo como desmayada.
A.IV, E.6 / T.N.23
Culmina la representación de Camila con su fingida
y a la vez verdadera autolesión.
Estaban Leonela y Lotario
suspensos y atónitos de tal suceso
y todavía dudaban de la verdad de aquel hecho,
viendo a Camila tendida en tierra y bañada en
su sangre.
Acudió Lotario con mucha
presteza,
despavorido y sin aliento,
a sacar la daga.
Y, en ver la pequeña
herida,
salió del temor que hasta entonces tenía
y de nuevo se admiró de la sagacidad,
prudencia y mucha discreción de la hermosa Camila.
Y, por acudir a lo que a él
le tocaba,
comenzó a hacer una larga y triste lamentación
sobre el cuerpo de Camila, como si estuviera difunta,
echándose muchas maldiciones no sólo a él
sino al que había sido causa
de haberle puesto en aquel término.
Y como sabía que le escuchaba
su amigo Anselmo,
decía cosas que el que le oyera
le tuviera mucha más lástima que a Camila,
aunque por muerta la juzgara.
Leonela la tomó en brazos
y la puso en el lecho,
suplicando a Lotario fuese a buscar
quien secretamente a Camila curase.
Pedíale asimismo consejo
y parecer
de lo que dirían a Anselmo de aquella herida de
su señora,
si acaso viniese antes que estuviese sana.
Él respondió que dijesen lo que quisiesen,
que él no estaba para dar consejo que de provecho
fuese.
Sólo le dijo que procurase tomarle la sangre
porque él se iba adonde gentes no le viesen.
Y con muestras de mucho dolor y sentimiento
se salió de casa.
Y cuando se vio solo y en parte
donde nadie le veía,
no cesaba de hacerse cruces, maravillándose
de la industria de Camila
y de los ademanes tan propios de Leonela.
Consideraba cuán enterado había
de quedar Anselmo
de que tenía por mujer a una segunda Porcia,
y deseaba verse con él para celebrar los dos
la mentira
y la verdad más disimulada que jamás
pudiera imaginarse.
Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre de su
señora,
que no era más que aquello que bastó
para acreditar su embuste.
Y lavando con un poco de vino la herida,
se la ató lo mejor que pudo,
diciendo tales razones en tanto que la curaba
que, aunque no hubieran precedido otras,
bastaran para hacer creer a Anselmo
que tenía en Camila un simulacro de la honestidad.
Juntáronse a las palabras
de Leonela otras de Camila,
llamándose cobarde y de poco ánimo,
pues le había faltado
al tiempo que fuera más necesario tenerle
para quitarse la vida, que tan aborrecida tenía.
Pedía consejo a su doncella si d(i)ría,
o no,
todo aquel suceso a su querido esposo,
la cual le dijo que no se lo dijese
porque le pondría en obligación de vengarse
de Lotario,
lo cual no podría ser sin mucho riesgo suyo;
y que la buena mujer estaba obligada
a no dar Ocasión a su marido a que riñese,
sino a quitarle todas aquellas que le fuese posible.
Respondió Camila que le
parecía muy
bien su parecer
y que ella le seguiría, pero que en todo caso
convenía buscar qué decir a Anselmo
de la causa de aquella herida, que él no podría
dejar de ver.
A lo que Leonela respondía
que ella, ni aún
burlando,
no sabía mentir.
--Pues yo, hermana --replicó Camila--,
¿
qué tengo de saber, que no me atreveré
a forjar ni a sustentar una mentira,
si me fuese en ello la vida?
Y si es que no hemos de saber dar salida a esto,
mejor será decirle la verdad desnuda
que no que nos alcance en mentirosa cuenta.
--No tengas pena, señora: de aquí a mañana
--respondió Leonela-- yo pensaré qué le
digamos;
y quizá que, por ser la herida donde es,
la podrás encubrir sin que él la vea,
y el cielo será servido de favorecer
a nuestros tan justos y tan honrados pensamientos.
Sosiégate, señora mía, y procura
sosegar tu alteración
porque mi señor no te halle sobresaltada,
y lo demás déjalo a mi cargo
y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos.
A.IV, E.7 / T.N.24.
Anselmo re-engañado de nuevo tras su desengaño
primero, muestra a Lotario lo feliz que es con su esposa
Camila, a la que cree fiel.
Atentísimo había
estado Anselmo a escuchar
y a ver representar la tragedia de la muerte de su honra.
La cual con tan extraños
y eficaces afectos
la representaron los personajes de ella,
que pareció que se habían transformado
en la misma verdad de lo que fingían.
Deseaba mucho la noche
y el tener lugar para salir de su casa
e ir a verse con su buen amigo Lotario,
congratulándose con él de la margarita
preciosa
que había hallado en el desengaño
de la bondad de su esposa.
Tuvieron cuidado las dos
de darle lugar y comodidad a que saliese,
y él, sin perderla, salió y luego fue a
buscar a Lotario.
El cual hallado, no se puede buenamente contar
los abrazos que le dio,
las cosas que de su contento le dijo,
las alabanzas que dio a Camila.
Todo lo cual escuchó Lotario
sin poder dar muestras de alguna alegría,
porque se le representaba a la memoria
cuán engañado estaba su amigo
y cuán injustamente él le agraviaba.
Y, aunque Anselmo veía
que Lotario no se alegraba,
creía ser la causa por haber dejado a Camila
herida
y haber él sido la causa.
Y, así, entre otras razones,
le dijo
que no tuviese pena del suceso de Camila
porque, sin duda, la herida era ligera,
pues quedaban de concierto de encubrírsela a él.
Y que, según esto, no había de qué temer,
sino que de allí adelante se gozase y alegrase con él,
pues por su industria y medio él se veía
levantado
a la más alta felicidad que acertara desearse.
Y quería que no fuesen otros sus entretenimientos
que en hacer versos en alabanza de Camila
que la hiciesen eterna en la memoria de los siglos venideros.
Lotario alabó su buena determinación
y dijo que él, por su parte,
ayudaría a levantar tan ilustre edificio.
A.IV, E.8 / TN25: CONCLUSIÓN: UN NUEVO "DÓNDE",
UN NUEVO SISTEMA DE RELACIONES.
Con esto quedó Anselmo
(como) el hombre
más sabrosamente engañado que pudo haber
en el mundo.
Él mismo llevó por
la mano a su casa,
creyendo que llevaba el instrumento de su gloria,
toda la perdición de su fama.
Recibíale Camila con
rostro, al parecer, torcido,
aunque con alma risueña.
Duró este engaño algunos días,
hasta que, al cabo de pocos meses,
volvió Fortuna su rueda
y salió a plaza la maldad,
con tanto artificio hasta allí cubierta,
y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad.
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