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fecha publicación: 27/04/2005
   
 

Homenaje a "El Quijote":
El curioso impertinente: una lectura a lo Pierre Menard

   
   
Dr. D. Emilio Sola
Universidad de Alcalá -España
     

 

 

 
UN TEXTO QUIJOTESCO: ENSAYO POEMÁTICO DE UNA LECTURA ACTIVA PARA UN CENTENARIO.
>>

 

XI. BUCEO EN EL BALBUCEO 4. UNA CUESTIÓN FORMAL.

SERIE SEGUNDA tras Serie Primera de X capítulos o cortes expositivos --10--, y a ver --esperar-- qué pasa. Incluirá un inciso en la lectura de "El curioso impertinente", con el rotulito "Cervantes, las asturianas y los maricones. Lo importante es amar" como posible eje / hilo conductor.

Una cuestión formal. Es importante. En el mundo académico global es cada vez más importante la cuestión formal. De ahí, entre otras manifestaciones globales también, el auge del "protocolo" --casi como arte-- desde la alta política a la pequeña empresa y a las relaciones personales. La adaptación a una "norma para" cualquier cosa con tal de normalizar o formalizar los mensajes mismos, la necesaraia clasificación / corsé que con el tiempo deviene casi difinitorio. Hasta el límite --una vez más liminar-- del formalmente se es o no se es, existes o dejas de existir sólo por tu destreza en el manejo de la forma. De ahí la gran tentación, a la que uno no se debe resistir en aras de la supervivencia hasta intelectual, de desbordar / destrozar las normas formalizadoras, pura postmodernidad que dicen los voceadores de la globalización trucada.

Poco a poco se consolidan / desvanecen las certezas y los errores. Puede que no haya nada que hacer ya; pero que hacer qué.

"pues
privilegio de los dioses y de los hombres es la risa,
su origen primigenio es el dios que se ha reconocido a si mismo...
...oh, la risa nace del saber acerca de la no-divinidad de los dioses,
de este saber común al dios y al hombre..."

Herman Broch, "La muerte de Virgilio", 2, ed.2000 de Alianza ed., p.125-126.

De las diversas extrañezas que puede causar la lectura de la novela de Cervantes "El curioso impertinente", una de ellas es la carencia absoluta de humor en ella. Y más en un autor en el que el humor de manera misteriosa es omnipresente y salvífico. Es una sensación general, que debo comprobar en su exacta medida, pues dudo ahora del personaje de Leonela. Esa carencia de humor sorprende más en un texto en el que lo erótico tiene un papel clave, siendo en este terreno en el que el humor cervantino puede considerarse que contrapesa el arduo abordaje de asunto tal, y una vez más "La Gran Sultana" es modélica al respecto.

Posible parece aún permanecer oculto. Tras las diversas voces, permanecer en un lugar discreto y distante, cómodo para divagar e investigar en las más íntimas intenciones, y por eso --tan íntimas-- aún indescriptibles o sin ser. Ardua la investigación que debe comenzar siempre y recomenzar por uno mismo en su transcurso real e irrepetible con absoluta fidelidad. Riesgo del desaparecer.

Es la Insaciabilidad, cada vez más presente, fuerza devoradora como la Necesidad misma, tal demonización de un dios / fuerza irresistible, agujero negro, tan voraz.

La insaciabilidad como canalizadora o canal / vía de análisis posibles.

El vértigo de la insa- ciabilidad.

Es posible que la insaciabilidad aparezca cuando se hace presente la inalcanzabilidad. O algo así. Un signo perverso --a neutralizar-- de la lucidez.

Tal vez el secreto esté en narrar lo mismo de forma diferente. Algo así. El cambio de óptica y, con él, la aparición de una más compleja perspectiva. Con esa clave / clave del "qué necesitas y amas". Una vez más: necesidades y amores.

Espía y cuenta a todos lo que sabes y descubres.

Una lectura atenta del Cervantes espía que avisa puede descubrir formulaciones perfectas para tipificar una realidad. Una de éstas podría ser la formulación siguiente: para "alcanzar libertad en esta vida" muchos eligen / deben cambiar de ley, de normas de comportamiento. Alcanzar libertad en esta vida aparece como programa por encima de una ley que lo entorpezca. Una faceta importante de la realidad. La formulación procede de "Trato de Argel", uno de sus informes de espía más refinado, aún el joven apasionado que era Cervantes con ilusiones transformadoras y esperanza en la Fortuna.

(Es "alcanzar",
no "encontrar",
como reiteradamente
escribo por error,
tic misterioso.
Es mucho más preciso
el término "alcanzar"
que el de "encontrar",
más azaroso éste,
tal casualidad
al margen de la voluntad;
en "alcanzar libertad"
se puede decir
que la voluntariedad
es previa al alcance,
voluntad de libertad.)

XII. EL TEXTO 7.

Cambiar de ley. Pero ¿de qué ley se trata?

La Maldad mayor está en la Insaciabilidad.

Pero habíamos dejado a Lotario con la palabra en los labios, para romper un largo silencio reflexivo y tras pasarse un rato mirando como a alguien ajeno que le causara "admiración y espanto" a su amigo Anselmo que acababa de pedirle en un discurso obsesivo de perfil paranoide --celos en estado puro, absolutos, platónico-ideales-- que cortejara a su esposa Camila para probar su virtud y amor. Lotario no se lo puede creer, según sus palabras.

--No me puedo persuadir, ¡oh amigo Anselmo!,
a que no sean burlas las cosas que me has dicho.
Que, a pensar que de veras las decías,
no consintiera que tan adelante pasaras,
porque con no escucharte previniera tu larga arenga.

Sin duda imagino
o que no me conoces o que yo no te conozco.
Pero no,
que bien sé que eres Anselmo y tú sabes que yo soy Lotario.

El daño está en que yo pienso
que no eres el Anselmo que solías,
y tú debes de haber pensado
que tampoco yo soy el Lotario que debía ser,
porque las cosas que me has dicho
ni son de aquel Anselmo mi amigo
ni las que me pides se han de pedir
a aquel Lotario que tú conoces.

Porque los buenos amigos
han de probar a sus amigos y valerse de ellos,
como dijo un poeta, usque ad aras;
que quiso decir que no se habían de valer de su amistad
en cosas que fuesen contra Dios.

Pues, si esto sintió un gentil de la amistad,
¿ cuánto mejor es que lo sienta el cristiano,
que sabe que por ninguna humana
ha de perder la amistad divina?

Y cuando el amigo tirase tanto la barra
que pusiese aparte los respetos del cielo
por acudir a los de su amigo,
no ha de ser por cosas ligeras y de poco momento,
sino por aquellas en que vaya la honra y la vida de su amigo.

Pues dime tú ahora, Anselmo:
¿ cual de estas dos cosas tienes en peligro
para que yo me aventure a complacerte
y a hacer una cosa tan detestable como me pides?

Ninguna, por cierto.
Antes, me pides, según yo entiendo,
que procure y solicite quitarte la honra y la vida
y quitármela a mi juntamente.

Porque si yo he de procurar quitarte la honra,
claro está que te quito la vida,
pues el hombre sin honra peor es que un muerto.

Y siendo yo el instrumento, como tú quieres que lo sea,
de tanto mal tuyo, ¿no vengo a quedar deshonrado
y, por el mismo consiguiente, sin vida?

Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia
de no responderme hasta que acabe de decirte
lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo.
Que tiempo quedará para que tú me repliques
y yo te escuche.

--Que me place --dijo Anselmo--: di lo que quisieres.

Y Lotario prosiguió diciendo:"


XIII. EL TEXTO 8.

Una introducción a un discurso, un nuevo discurso, otro. En la que se formula un principio básico: sólo la defensa de la honra y la vida --en el fondo lo mismo pues vivir sin honra no es vivir, "el hombre sin honra peor es que un muerto"-- justificarían una acción así de poner a prueba la confianza/fe de la amistad y el amor --con lo que lleva de simulación y engaño--, una operación casi suicida al fin, de exposición límite de esa vida que se debe defender por encima de todas las cosas; tal vez la ley más suprema, la única y por ello divinizable / divinizada, en el fondo ideal la ley de la Naturaleza o la ley de Dios.

La ley sin más, la ley de la vida. Pero una vida que el hombre "pueda decir que lo es" --no una mera vida animal o natural--, una vida civilizada pudiera sobreentenderse, narrable como vida en libertad. No la angustiosa del "despechado" y "desabrido" Anselmo a causa de la enfermiza insatisfacción que puede llegar a la locura si no consigue ver "colmo el vaso de sus deseos", entre ellos el deseo extraño de probar a su esposa con su amigo, hondón ideal de los celos.

"Simplicidad", "desatino", "mal deseo" y "peligro de perderse" es lo que ve Lotario, en principio, en la pretensión de su amigo Anselmo. Y sólo por la amistad que los une accede a elaborar el largo discurso que sigue, él solo superior en extensión a todo el texto de la novela ya escrito y que hace pensar que el paseo de los dos amigos por los alrededores de Florencia fue muy largo. Lo cual se ve corrobrado al final de discurso y paseo, pues al llegar de vuelta a la casa de Anselmo "hallaron a Camila con ansia y cuidado, esperando a su esposo, porque aquel día tardaba en venir más de lo acostumbrado". Es ese discurso extenso y elaborado de Lotario un "discurso marco": una verdadera descripción de ese "dónde" espacio-temporal en el que se desarrolla el experimento arriesgado de la acción y el que marca, por ello, unos límites --indicaciones y distinciones-- más allá de los cuales se ingresa, según se cree y todos admiten, en el reino del caos y del azar. El peligro de perderse.

Curiosidad impertinente por ello la del investigador, si así se le pudiera llamar a un insaciable ansioso --casi un criptograma / diagrama el nombre mismo de Anselmo, Ans-el-(ho)mo, el hombre ansioso, por seguir jugando con todo-- por colmar el vaso de sus deseos. Insaciabilidad y celos aunados, peligro de perdición. Una de las facetas de la maldad. Las malvadas mal dadas maldades: el horror.

El largo discurso marco de Lotario cierra un nuevo periodo narrativo, pudiera ser el tercero; tras él comienza sin más el experimento ideado por Anselmo en su loca pretensión para ese tiempo, que los desborda a todos.

TERCER BLOQUE O TRAMO NARRATIVO (TN3): EL DISCURSO DE LOTARIO (El marco del "donde" espacio-temporal, una de las facetas de la realidad también).

Introducción del discurso, con ejemplo de una imposibilidad de aplicar la razón, en este caso a la polémica religiosa. Y quitamos a partir de ahora las comillas al texto cervantino, el principal al fin.

-- Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio
como el que siempre tienen los moros,
a los cuales no se les puede dar a entender
el error de su secta
con las acotaciones de la Santa Escritura,
ni con razones que consistan en especulación del entendimiento,
ni que vayan fundadas en artículos de fe,
sino que les han de traer ejemplos palpables,
fáciles, inteligibles, demostrativos, indubitables,
con demostraciones matemáticas que no se pueden negar,
como cuando dicen:
'Si de dos partes iguales quitamos partes iguales,
las que quedan también son iguales';
y cuando esto no entiendan de palabra
--como, en efecto, no lo entienden--,
háseles de mostrar con las manos
y ponérselo delante de los ojos.

Y aún con todo esto,
no basta nadie con ellos a persuadirles
las verdades de mi sacra religión.

El deseo de Anselmo --como la creencia religiosa-- tampoco es sometible a la razón.

Y este mismo término y modo me convendrá usar contigo,
porque el deseo que en ti ha nacido
va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable,
que me parece que ha de ser tiempo gastado
el que ocupare en darte a entender tu simplicidad,
que por ahora no le quiero dar otro nombre.

La amistad que los une, hace que Lotario ensaye el discurso.

Y, aún, estoy por dejarte en tu desatino,
en pena de tu mal deseo.
Mas no me deja usar de este rigor la amistad que te tengo.
La cual no consiente que te deje
puesto en tan manifiesto peligro de perderte.

Inicio del razonamiento: su deseo es racionalmente inconsistente, si no absurdo.

Y porque claro lo veas, dime, Anselmo:
¿ tú no me has dicho que tengo de solicitar a una retirada,
persuadir a una honesta, ofrecer a una desinteresada,
servir a una prudente?
Sí que me lo has dicho.
Pues si tú sabes que tienes mujer retirada,
honesta, desinteresada y prudente, ¿qué buscas?

Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora,
como saldrá sin duda,
¿ qué mejores títulos piensas darle después
que los que ahora tiene,
o qué será más después de lo que es ahora?

O es que tú no la tienes por la que dices
o tú no sabes lo que pides.

Si no la tienes por lo que dices,
¿ para qué quieres probarla
sino, como a mala,
hacer de ella lo que más te viniere en gusto?

Mas si es tan buena como crees,
impertinente cosa será
hacer experiencia de la misma verdad,
pues después de hecha se ha de quedar
con la estimación que primero tenía.

Primera razón concluyente: el experimento causará más daño que provecho.

Así que es razón concluyente
que el intentar las cosas de las cuales
antes nos puede suceder daño que provecho,
es de juicios sin discurso y temerarios.
Y más cuando quieren intentar aquellas
a que no son forzados ni compelidos,
y que de muy lejos traen descubierto
que el intentarlas es manifiesta locura.

Los motivos de la acción con riesgo supremo de perderse: santidad, fortuna /riqueza y fama.

Las cosas dificultosas se intentan por Dios,
o por el mundo, o por entrambos a dos.

Las que se acometen por Dios
son las que acometieron los santos,
acometiendo a vivir vidas de ángeles en cuerpos humanos.

Las que se acometen por respetos del mundo
son las de aquellos que pasan tanta infinidad de agua,
tanta diversidad de climas, tanta extrañeza de gentes,
por adquirir estos que llaman bienes de fortuna.

Y las que se intentan por Dios y por el mundo juntamente
son aquellas de los valerosos soldados.
Que apenas ven en el contrario muro
abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer
una redonda bala de artillería,
cuando --puesto aparte todo temor, sin hacer discurso
ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza,
llevados en vuelo de las alas del deseo
de volver por su fe, por su nación y por su rey--
se arrojan intrépidamente
por la mitad de mil contrapuestas muertes que los esperan.

Estas cosas son las que suelen intentarse,
y es honra, gloria y provecho intentarlas,
aunque tan llenas de inconvenientes y peligros.

El deseo de Anselmo no producirá mejoras y arriesga su integridad.

Pero la que tú dices que quieres intentar y poner por obra,
ni te ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna
ni fama con los hombres.

Porque, (aun)que salgas con ella como deseas,
no has de quedar ni más ufano, ni más rico,
ni más honrado que estás ahora.

Y si no sales, te has de ver en la mayor miseria
que imaginarse pueda,
porque no te ha de aprovechar pensar entonces
que no sabe nadie la desgracia que te ha sucedido.

Porque bastará para aflijirte y deshacerte
que la sepas tú mismo.

Ilustración literaria al caso.

Y para confirmación de esta verdad
te quiero decir una estancia que hizo
el famoso poeta Luis Tansilo,
en el fin de la primera parte de 'Las lágrimas de San Pedro',
que dice así:

Crece el dolor y crece la vergüenza
en Pedro, cuando el día se ha mostrado;
y aunque allí no ve a nadie, se avergüenza
de sí mismo, por ver que había pecado:
que a un magnánimo pecho a haber vergüenza
no sólo ha de moverle el ser mirado,
que de sí se avergüenza cuando yerra,
si bien otro no ve que el cielo y tierra.

Así que no excusarás con el secreto tu dolor.
Antes, tendrás que llorar (de) contin(u)o
si no lágrimas de los ojos,
lágrimas de sangre del corazón.

Como las lloraba aquel simple doctor
que nuestro poeta nos cuenta que hizo la prueba del vaso
--que, con mejor discurso, se excusó de hacerla
el prudente Reinaldos--,
que (aun)que aquello sea ficción poética
tiene en sí encerrados secretos morales
dignos de ser advertidos y entendidos e imitados.

Segundo esfuerzo argumentativo, con el ejemplo del diamante.

Cuanto más que, con lo que ahora pienso decirte,
acabarás de venir en conocimiento
del grande error que quieres cometer.

Dime, Anselmo: si el cielo o la suerte buena
te hubiera hecho señor y legítimo poseedor
de un finísimo diamante
de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos
cuantos lapidarios le viesen, y que todos
a una voz y de común parecer dijesen
que llegaba en quilates, bondad y fineza
a cuanto se podía extender la naturaleza de la piedra,
y tú mismo lo creyeses así sin saber otra cosa en contrario,

¿sería justo que te viniese en deseo
de tomar aquel diamante
y ponerle entre un yunque y un martillo,
y allí, a pura fuerza de golpes y brazos,
probar si es tan duro y tan fino como dicen?
Y más, si lo pusieses por obra.

Que, puesto (por) caso que la piedra
hiciese resistencia a tan necia prueba,
no por eso se le añadiría más valor ni más fama.

Y si se rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdería todo?

Sí, por cierto, dejando a su dueño en estimación
de que todos le tengan por simple.

Pues haz cuenta, Anselmo amigo,
que Camila es finísimo diamante,
así en tu estimación como en la ajena,
y que no es razón ponerla en contingencia
de que se quiebre,
pues aunque se quede con su entereza
no puede subir a más valor del que ahora tiene.

Y si faltase y no resistiese,
considera desde ahora cual quedarías sin ella
y con cuánta razón te podrías quejar de ti mismo
por haber sido causa de su perdición y la tuya.

Sobre el valor de la mujer casta y honrada, virtuosa, con el ejemplo del armiño.

Mira que no hay joya en el mundo que tanto valga
como la mujer casta y honrada,
y que todo el honor de las mujeres consiste
en la opinión buena que de ellas se tiene.

Y pues la de tu esposa es tal
que llega al extremo de bondad que sabes,
¿ para qué quieres poner esta verdad en duda?

Mira, amigo, que la mujer es animal imperfecto
y que no se le han de poner embarazos
donde tropiece y caiga,
sino quitárselos y despejarle el camino
de cualquier inconveniente
para que sin pesadumbre corra ligera
a alcanzar la perfección que le falta
que consiste en el ser virtuosa.

Cuentan los naturales que el armiño
es un animalejo que tiene una piel blanquísima,
y que cuando quieren cazarle
los cazadores usan de este artificio:
que sabiendo las partes por donde suele pasar y acudir,
las atajan con lodo y después, ojeándole,
le encaminan hacia aquel lugar.
Y así como el armiño llega al lodo,
se está quedo y se deja prender y cautivar,
a trueco de no pasar por el cieno
y perder y ensuciar su blancura.
Que la estima en más que la libertad y la vida.

La honesta y casta mujer es armiño,
y es más que nieve blanca y limpia
la virtud de la honestidad.

Y el que quisiere que no la pierda,
antes la guarde y conserve,
ha de usar de otro estilo diferente
que con el armiño se tiene.

Porque no le han de poner delante el cieno
de los regalos y servicios de los importunos amantes
porque quizá --y aún sin quizá-- no tiene tanta virtud
y fuerza natural que pueda por si misma
atropellar y pasar por aquellos embarazos,
y es necesario quitárselos
y ponerle delante la limpieza de la virtud
y la belleza que encierra en sí la buena fama.

Otras metáforas literarias sobre la mujer virtuosa.

Es asimismo la buena mujer
como espejo de cristal luciente y claro;
pero está sujeto a empañarse y oscurecerse
con cualquier aliento que lo toque.

Hase de usar con la mujer
el estilo que con las reliquias:
adorarlas y no tocarlas.

Hase de guardar y estimar la mujer buena
como se guarda y estima un hermoso jardín
que está lleno de flores y rosas,
cuyo dueño no consiente que nadie lo pasee ni monosee.

Basta que desde lejos,
y por entre las rejas de hierro,
gocen de su fragancia y hermosura.

Ilustración literaria final.

Finalmente, quiero decirte unos versos
--que se me han venido a la memoria,
que los oí en una comedia moderna--
que me parece que hacen al propósito
de lo que vamos tratando.
Aconsejaba un prudente viejo a otro,
padre de una doncella,
que la recogiese, guardase y encerrase.
Y, entre otras razones, le dijo éstas:

Es de vidrio la mujer,
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo;
que si hay Dánaes en el mundo
hay pluvias de oro también.


Segunda parte del discurso. En lo que respecta al papel de Lotario como amigo, también es absurdo el planteamiento.

Cuanto hasta aquí te he dicho, ¡oh Anselmo!,
ha sido por lo que a ti toca.
Y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mi me conviene.

Y si fuere largo, perdóname,
que todo lo requiere el laberinto donde te has entrado
y de donde quieres que yo te saque.

Tú me tienes por amigo y quieres quitarme la honra,
cosa que es contra toda amistad.

Y, aún, no sólo pretendes esto,
sino que procuras que yo te la quite a ti.

Que me la quieres quitar a mi está claro,
pues, cuando Camila vea que yo la solicito, como me pides,
cierto está que me ha de tener
por hombre sin honra y mal mirado,
pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello
que el ser quien soy y tu amistad me obliga.

De que quieres que te la quite a ti no hay duda,
porque viendo Camila que yo la solicito
ha de pensar que yo he visto en ella alguna liviandad
que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal deseo.

Y teniéndose por deshonrada,
te toca a ti, como a cosa suya, su misma deshonra.

No se puede pedir a un amigo la deshonra de ambos.

Y de aquí nace lo que comúnmente se platica:
que el marido de la mujer adúltera
--(aunque) él no lo sepa ni haya dado ocasión
para que su mujer no sea la que debe, ni haya sido en su mano,
ni en su descuido y poco recato estorbar su desgracia--,
con todo,
le llaman y le nombran con nombre de vituperio y bajo.
Y en cierta manera le miran --los que la maldad de su mujer
saben-- con ojos de menosprecio,
en cambio de mirarle con los de lástima,
viendo que no por su culpa,
sino por el gusto de su mala compañera,
está en aquella desventura.

Pero quiérote decir la causa por que con justa razón
es deshonrado el marido de la mujer mala,
aunque él no sepa que lo es, ni tenga culpa,
ni haya sido parte, ni dado ocasión para que ella lo sea.

Y no te canses de oírme,
que todo ha de redundar en tu provecho.

El matrimonio hace del marido y la esposa un mismo cuerpo.

Cuando Dios crió a nuestro primero padre en el Paraíso terrenal,
dice la Divina Escritura que infundió Dios sueño en Adán.
Y que, estando durmiendo, le sacó una costilla del lado siniestro
de la cual formó a nuestra madre Eva.

Y así como Adán despertó y la miró, dijo:
--Esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos.
Y Dios dijo:
--Por ésta dejará el hombre a su padre y madre,
y serán dos en una carne misma.

Y entonces fue instituido el divino sacramento del matrimonio,
con tales lazos que sola la muerte puede desatarlos.

Y tiene tanta fuerza y virtud este milagroso sacramento,
que hace que dos diferentes personas sean una misma carne.

Y aún hace más en los buenos casados,
que aunque tienen dos almas, no tienen más de una voluntad.

Y de aquí viene que, como la carne de la esposa
sea una misma con la del esposo,
las manchas que en ella caen, o los defectos que se procura,
redundan en la carne del marido
aunque él no haya dado --como queda dicho--
ocasión para aquel daño.

Porque así como el dolor del pie
o de cualquier miembro del cuerpo humano
lo siente todo el cuerpo por ser todo de una carne misma,
y la cabeza siente el daño del tobillo
sin que ella se le haya causado,
así el marido es participante de la deshonra de la mujer
por ser una misma cosa con ella.

Y como las honras y deshonras
sean todas y nazcan de carne y sangre,
y las de la mujer mala sean de este género,
es forzoso que al marido le quepa parte de ellas
y sea tenido por deshonrado sin que él lo sepa.

Advertencias finales: turbar el sosiego erótico de la esposa hace peligrar la honra: es curiosidad impertinente.

Mira, pues, ¡oh Anselmo!, al peligro que te pones
en querer turbar el sosiego en que tu esposa vive.

Mira por cuán vana e impertinente curiosidad
quieres resolver los humores que ahora están sosegados
en el pecho de tu casta esposa.

Advierte que lo que aventuras a ganar es poco
y que lo que perderás será tanto que lo dejaré en su punto,
pues me faltan palabras para encarecerlo.

Si no le convencen las razones y sigue con su deseo, Lotario no se presta a ayudarle, a pesar de la amistad que los une.

Pero si todo lo que he dicho
no basta a moverte de tu mal propósito,
bien puedes buscar otro instrumento
de tu deshonra y desventura,
que yo no pienso serlo.

Aunque por ello pierda tu amistad,
que es la mayor pérdida que imaginar puedo.


XIV. EL TEXTO 9.

El discurso de Lotario --tercer tramo narrativo de la historia por si mismo-- traza las fronteras de una mentalidad, si se pudiera decir así, el espacio / marco --el "dónde"-- en el que se desarrolla una acción, esa acción que el extraño deseo de Anselmo distorsiona, desborda. Una suerte de juego literario o técnica narrativa pudiéramos decir trinitarios: una síntesis global, el despliegue del espacio ideal de la mujer, la amistad y el amor. Precedida de una tesis: la felicidad florentina de los dos amigos y la esposa de uno de ellos; y de una anti-tesis, el deseo extraño de uno de ellos que turba o contradice esa relación feliz. Emocionantes las posibilidades de desarrollo de la acción.

Cabría presentarlo de manera más plástica. El discurso de Lotario podría resumirse en un:
--¡Hasta aquí podemos llegar!
La respuesta de Anselmo, que sigue --un cuarto bloque narrativo, aún los dos amigos en ese largo paseo por los jardines toscanos--, podría resumirse en un:
--¡Pues yo quiero ir más allá!
Esa síntesis-marco trazada por Lotario en su discurso podría formularse también así: la esposa fiel debe ser tratada como una joya preciosa. Y esa síntesis misma se convierte en nueva tesis, a la que se contrapondría como anti-tesis el deseo extraño de Anselmo, presentado ya a las claras como sinrazón o locura. Al margen de la razón, lo mismo que la creencia religiosa y su imposible sometimiento a la discusión razonada.

Pero volvamos a la dicha de enmudecer.

CUARTO TRAMO O BLOQUE NARRATIVO (TN4): ANSELMO CONTUMAZ EN SU DESEO, PRESENTADO COMO LOCURA.

Calló, en diciendo esto, el virtuoso y prudente Lotario
y Anselmo quedó tan confuso y pensativo
que por un buen espacio no le pudo responder palabra.

Pero, en fin, le dijo:

Discurso respuesta de Anselmo.

--Con la atención que has visto he escuchado,
Lotario amigo,
cuanto has querido decirme.

Y en tus razones, ejemplos y comparaciones
he visto la mucha discreción que tienes
y el extremo de la verdadera amistad que alcanzas.

Y, asimismo, veo y confieso
que si no sigo tu parecer y me voy tras el mío,
voy huyendo del bien y corriendo tras el mal.

Anselmo describe su enfermedad como una realidad física.

Presupuesto esto, has de considerar
que yo padezco ahora la enfermedad
que suelen tener algunas mujeres que se les antoja
comer tierra, yeso, carbón y otras cosas peores,
aún asquerosas para mirarse, cuanto más para comerse.

Así que es necesario usar de algún artificio para que yo sane.

Anselmo pide a su amigo la curación.

Y esto se podía hacer con facilidad
sólo con que comiences, aunque tibia y fingidamente,
a solicitar a Camila:
la cual no ha de ser tan tierna
que a los primeros encuentros dé con su honestidad por tierra.

Y con sólo este principio quedaré contento
y tú habrás cumplido con lo que debes a nuestra amistad,
no solamente dándome la vida,
sino persuadiéndome de no verme sin honra.

Anselmo exige su colaboración a Lotario por una única razón, la amistad que se tienen. ¿Chantaje sentimental?

Y estás obligado a hacer esto por una razón sola.
Y es que, estando yo --como estoy--
determinado de poner en práctica esta prueba,
no has tú de consentir
que yo dé cuenta de mi desatino a otra persona,
con que pondría en aventura el honor
que tú procuras que no pierda.

Lotario sólo arriesga una pérdida de la estima de Camila, pero por poco tiempo.

Y cuando el tuyo no esté en el punto que debe
en la intención de Camila en tanto que la solicitares,
importa poco o nada, pues con brevedad
--viendo (en) ella la entereza que esperamos--
le podrás decir la pura verdad de nuestro artificio,
con que volverá tu crédito al ser primero.

Y, pues tan poco aventuras
y tanto contento me puedes dar aventurándote,
no lo dejes de hacer
aunque más inconvenientes se te pongan delante,
pues --como ya he dicho--,
con sólo que comiences daré por concluida la causa.

XV. EL TEXTO 10.

Un argumento redondo de Anselmo, sin fisura --o casi--, perfecto en sí, ni una de las palabras sobra en su sobriedad, aunque presentado como "artificio". La formulación de lo que pudiera considerarse un "sistema paranoico", todo un universo de relaciones de amor y estima --también el honor como estimación--, en este caso a tres. Una argumentación perfecta de un loco consciente de su locura, pues la sabe describir perfectamente, y por ello loco sospechoso, paranoico-crítico más que paranoico a secas. Por jugar con las palabras.

La enfermedad que describe Anselmo y que achaca a las mujeres --tic o ficción de época sin duda--, aunque es del alma se aparece como bien física, carnal, erótica. Deseo o apetito contra toda razón o sinrazón. Locura.

Pero que al mismo tiempo Anselmo se esfuerza en explicar a su amigo que tiene límites, que es saciable. Tal vez el supremo "artificio" en su discurso: sólo le pide iniciar la ficción principal, el artifico principal, que es fingir el cortejo, para colmar el vaso de su deseo, calmarse y recobrar la paz.

Y ahí está la fisura más sutil en aquel argumento a primera vista redondo de Anselmo: la felicidad del experimento se basa en la fortaleza misma de Camila, precisamente lo que se quiere probar. El insaciable deseo que Anselmo quiere disimular debe tener enfrente una virtud / fortaleza acorde con esa saciabilidad / insacibilidad / extraño deseo.

Y Lotario, en aras --usque ad aras-- de la amistad, va a prestarse como intermediario de ese deseo. Con el escudo mínimo de que también va a fingir, a simular, a abordar con "artificio" el "artificio". Este sorprendente pero razonado prestarse al juego de la locura de su amigo en aras del amor / amistad que se tienen, bien se puede merecer un quinto bloque o tramo narrativo, que podría titularse, además, la realidad y el deseo. Todo un clásico expresivo. Los cálculos del deseo frente a la realidad misma, asimismo modelada por el deseo.

Y tras este quinto tramo que sigue, que a su vez cierra ese largo paseo de los dos protagonistas por los sobredichos jardines toscanos o florentinos, va a comenzar la acción sin solución de continuidad apenas. Sin apenas respiro, como gusta a Cervantes: al grano, sin rodeos o circunloquios. Podría ser un Acto II, tras un Acto I estructurado en cinco escenas o bloques de contenido, y que ocupa un veinticinco por ciento total del texto, la primera cuarta parte.

QUINTO TRAMO NARRATIVO (TN5): LOTARIO ACEPTA, CON REPAROS, EL ARTIFICIO O SIMULACIÓN DE ANSELMO.

Viendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo
y no sabiendo qué más ejemplos traerle
ni qué más razones mostrarle para que no la siguiese
--y viendo que le amenazaba (con) que daría a otro cuenta
de su mal deseo--, por evitar mayor mal
determinó de contentarle y hacer lo que le pedía.

Con propósito e intención de guiar aquel negocio
de modo que --sin alterar los pensamientos de Camila--
quedase Anselmo satisfecho.

Y, así, le respondió
que no comunicase su pensamiento con otro alguno,
que él tomaba a su cargo aquella empresa,
la cual comenzaría cuando a él le diese más gusto.

Abrazóle Anselmo tierna y amorosamente.

Y agradecióle su ofrecimiento
como si alguna grande merced le hubiera hecho.

Y quedaron de acuerdo entre los dos
que desde (el) otro día siguiente se comenzase la obra.

Que él le daría lugar y tiempo como a solas
pudiese hablar a Camila,
y asimismo le daría dineros y joyas
que darla y que ofrecerla.

Aconsejóle que le diese músicas,
que escribiese versos en su alabanza.

Y que --cuando él no quisiese tomar
trabajo de hacerlos-- él mismo los haría.

A todo se ofreció Lotario,
bien (que) con diferente intención (de la) que Anselmo pensaba.

Y con este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo,
donde hallaron a Camila con ansia y con cuidado,
esperando a su esposo,
porque aquel día tardaba en venir más de lo acostumbrado.

FIN, pues, del I Acto si este fuera un texto dramático, para la representación teatral, hoy pudiera ser también cinematográfica. O primera parte de una narración ordenada, sin más, como la pensó el autor. El paseo por el campo florentino terminó en un acuerdo entre los dos amigos, que va a dar paso a la acción directa, a la realidad que no tiene por qué coincidir con el deseo.

 

 

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