NOTA INTRODUCTORIA:
Sobre cimas y simas y un texto germinativo. No es posible
comprender la magnitud de una cima sin asomarse a las
simas correspondientes o paralelas. Imposible captar
las certezas sin saber de las dudas previas. Inviable
la luz o la claridad sin conocer la oscuridad o la penumbra
desde la que se proyecta. Cimas y simas --certezas y
dudas, la luz y sus penumbras liminares-- paso a paso
recorridas y en su orden para poder explicitarlas mejor
constituyen un texto / discurrir que se va construyendo
a la vista, de alguna manera un texto germinativo u orgánico,
con sus propios motores o corazones que lo mueven o modifican.
Visto desde el final: un año transcurrido desde
el arranque "Es un viejo reto. Casi teórico
nada más, retórico...", hasta este
hoy final que garabateo con torpeza y urgencia por las
ganas de cerrar el experimento tan vital como literario
a que se ha dado lugar, así en general. Pura germinación
la aventura misma.
EL AMANTE PROMISCUO. LA LOCURA
COMO POSESIÓN DE
UN DIOS.
PRÓLOGO FRAGMENTADO DIVAGANTE Y CAPRICHOSO,
ENSAYO POEMÁTICO PARANOICO-CRÍTICO.
(Arranque en Alcalá, 28 de
enero de 2004, magia de los calendarios, fiesta
universitaria.)
Es un viejo reto. Casi teórico nada más,
retórico. Pero no es así como soñaba
comenzar.
"El amante liberal" es un título espléndido
que yo siempre asocié a un texto también
cervantino, incluido en el Quijote, pero encontrado anónimo
en una maleta; y titulado "El curioso impertinente".
Una especie de historia de amor a tres de final trágico,
como si el Autor se sintiera enamorado ante las posibilidades
de una historia que no quiere desarrollar plenamente. La
del verdadero "amante liberal" sin la interferencia
de los odiosos celos. La posibilidad de una historia
amorosa, una suerte de amor divino o trinitario.
La imposibilidad, más bien, en el relato protagonizado
por los dos amigos Anselmo y Lotario, y por Camila,
la esposa del primero. Una historia que se desarrolla
en
principio, en Florencia, entre amenos paseos y conversaciones
sobre
la amistad y el amor, fidelidades y lealtades.
Son muy bellas las historias que hay para contar el mundo.
Para recrearlo. Historias sabias y muy elaboradas y repulidas
a lo largo de largos periodos de ser narradas, recreadas,
y luego pintadas y esculpidas y qué sé yo
qué o cuántas fantasías literarias
más de buscadores de maneras de exponer el orden
de los tiempos. Historias del deslumbramiento.
Discurrir, navegar, nadar en ese mar de maneras de narrar
o de exponer --de avisar, al fin--, enloquecer del goce
de conocer o qué.
Todo en la literatura pudiera --¡debiera!-- ser
proceso de desvelamiento, conocimiento intuitivo a posteriori
corroborado por un azar objetivo escandaloso. Pura magia.
La quiebra de las más diversas racionalidades.
Brutal el cambio de carilla --como
el cambio de pluma estilográfica--, y esto
no consigue arrancar.
Mi intento es --nada más ni nada menos-- cambiar
un paradigma narrativo. Creo que puede y debe decirse así.
Desde una premisa o punto de partida sencillito de captar:
es más fácil desde las fronteras describir
los diferentes centros que su contrario. Debería
decir "descubrir" en vez de "describir",
pero pienso --por experiencia propia-- que con frecuencia
uno no descubre el asunto en toda su profundidad hasta
que logra describirlo. La profundidad --¿por qué ha
de ser la profundidad un perfil saludable?-- del pensamiento,
su rigor, llega con el tiempo decantado en la memoria de
manera que el pensador se historía a sí mismo y descubre certezas hasta entonces impensables para él.
Porque luego descubre a otros tal que así, en fragmentos
clarividentes. Fractalidades --requehaceres-- misteriosas,
laboriosas, mejor.
La divina Sofía, la casquivana, la que desparrama
divinidad en el mundo de los caóticos monstruos
en/a los que ama. He ahí el gran mito, la misteriosa
historia transmitida y retransmitida y puesta en orden
de manera diferente a lo largo de siglos --de milenios
ya-- de milagrosa preservación de primitivos / primigenios
hallazgos. Requehaceres. La tradición del mito azaroso
/ objetivo, las cuadraturas del círculo, tal vez
imposible cuadratura y de ahí la pervivencia del
círculo iluminado cual luna llena de agosto, o luna
llena primera de la primavera. Fugacidad del ser y
del hallar-ser. Fugacidad sin más, poeta.
¿Por qué en Florencia? Por qué en
Florencia esa posibilidad de amor renaciente o distinto
y trinitario. La ciudad que se quiso, desde su plenitud,
imagen viva del cielo aquí en la tierra, por decirlo
de alguna manera burda y directa. De una manera burda,
sin más.
Florencia era --y es, puro símbolo-- la materialización
de la idea platónica de ciudad. Más que Roma,
con otras connotaciones más ambiguas por sacralizadoras
o irrealistas. Puro símbolo, Florencia es la ciudad,
civil o civilizada. La ciudad de la civilidad.
En Roma la metáfora es tan mentirosa como el concepto:
creo que ahí reside una posible razón de
la desazón ante una Roma / ciudad
platónico / ideal.
La anarquía no es lo contrario de orden, es lo
contrario de mafia: en lo literario, la única
posibilidad de sortear el estadio anterior al pre-juicio
en un posible
arte de narrar o exponer o mostrar...
La búsqueda del abalorio, fragmento de laberinto
y a la vez aviso básico para una posible diagramación
clarificadora. Pura promiscuidad.
¿Puede existir una curiosidad impertinente? Más
parece una contradicción la existencia de una curiosidad
que solamente pudiera ser pertinente, pues pertinencia
/ impertinencia nada tienen que ver con la curiosidad /
ideal idea, se quedan en meras indicaciones / distinciones,
tan importantes siempre pero tan distorsionadoras --y más
en lo que atañe a la curiosidad sobre.
Es posible. Formular la gran frontera. En términos
/ modos imaginativos y diversos. La frontera de la fe y
de la ley. Pudiera decir --yo, el narrador caótico--
que soy de otra fe y otra ley en términos absolutos
como florentino que como romano. Frente a la fe en
Dios y Hombre, la fe en Naturaleza y Humanidad. Por ejemplo.
Para precisar un poco.
No es la religión un opio para la gente, no; esa
es una apreciación simplista. Lo que es el opio
--y más que el opio, pues ni tiene virtudes curativas
en dosis adecuada-- es la religión sectaria
o eclesial.
De la que Roma pudiera ser modelo
platónico
o arquetipo o simple bucle.
No así la Fiorenza fiorentina
della Fiametta, dolce fiametta.
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