Comentario crítico.
De este modo titula el padre Juan de Mariana el capítulo
IV de su obra Del Rey y de la Institución Real,
que no fue publicada –como su Historia general
de España– en castellano, con el disgusto de
su autor–, sino en latín (1). Se vio forzado
a la traducción de aquella por “el poco
conocimiento que de ordinario hoy tienen en España de la lengua
latina aun los que en otras ciencias y profesiones se aventajan” (2).
Una crítica que, dicho sea de paso, conserva toda
su vigencia en nuestros días y en nosotros, futuros
historiadores, carentes en gran medida de formación
en dichas materias.
Considerado por J. Balmes “consumado teólogo,
latinista perfecto, profundo conocedor del griego y de
las lenguas orientales, literato brillante, estimable economista,
político de elevada previsión”, Juan
de Mariana (1536–1623) se halla vinculado a nuestra
ciudad desde muy joven. En la universidad estudió artes
y teología, y fue también aquí donde
entabló relación con la Compañía
de Jesús, en la que terminaría ingresando
de la mano de san Francisco de Borja. Con el paso del tiempo,
acumulando gran sabiduría, llegó a ser profesor
en Roma, Sicilia y París, para terminar regresando
a España y establecerse en su Toledo natal.
Entre sus más destacadas actividades mencionaremos
el encargo que recibió, por parte del Tribunal de
la Inquisición, de supervisar la Biblia Políglota
de Amberes, y otros como la edición de las obras
de Isidoro de Sevilla; sin embargo, la redacción
de su celebérrima Historia general de España,
a la que deben añadirse sus posteriores tratados
como De mutatione Monetae (por el que llegó a ser
encarcelado) o De morte et inmortalitate libri III, le
hicieron verdaderamente inmortal.
Del Rey y de la Institución Real fue publicado
en el mismo año (1598, luego lo sería en
1605, en Maguncia) en que terminaba un reinado, el de Felipe
II, y comenzaba otro, el de su hijo Felipe III. Era, por
tanto, un momento propicio para aconsejar al nuevo monarca
y darle unas pautas de conducta a seguir durante su reinado.
De hecho, había sido el preceptor del todavía
príncipe, fray García de Loaysa (3), quien,
habiendo percibido su escasa capacidad intelectual y fuerza
de carácter, había encargado a Mariana esta
obra para completar la formación del alumno.
Este documento se enmarca en una larga tradición
de abundantes tratados políticos dirigidos a la
instrucción del futuro soberano, en cuyas manos
habría de concentrarse todo el poder del estado
moderno. Aunque tienen su origen en la Edad Media, será en
siglo XVI cuando estos textos se difundan de una forma
extraordinaria. Así, nos encontramos con el Relox
de príncipes de fray Antonio de Guevara, De
regno et regis institutione de Fox Morcillo, el Norte
de príncipes,
privados, presidentes y embajadores de Antonio Pérez
y De regno et regis officio de Ginés de Sepúlveda.
Ya del siglo XVII es el Tratado del príncipe cristiano
del padre Rivadeneira, la Política de Dios, gobierno
de Cristo…de Francisco de Quevedo, las Obras
y días,
manual de señores y príncipes del padre Nieremberg.
Nuestra obra objeto de estudio consta de tres libros,
de los cuales el primero fue en su momento especialmente
polémico, dando pábulo a considerar a su
autor precursor de las ideas liberales sobre el origen
de la soberanía real e, incluso, defensor del regicidio
por criticar abiertamente a los regímenes tiránicos.
De hecho, el Parlamento de París condenó a
este documento a la hoguera en 1610, por considerarla inspiradora
del asesinato de Enrique IV a manos de un tal Ravaignac.
Simplemente desarrollaba la idea, previamente elaborada
por Francisco de Vitoria, que subrayaba la superioridad
moral del derecho natural sobre cualquier poder estatal/monárquico.
Sin embargo, nuestro fragmento no alude a esta cuestión,
sino que se centra fundamentalmente en los deberes “externos” del
soberano: saberse contener en lujos y en los excesos del
comer y del vestir.
Para Juan de Mariana resulta incompatible dedicarse al
cumplimiento de las tareas del gobierno y de la guerra
mientras que, al mismo tiempo, se abandonen los sentidos
al esparcimiento. Señala en esto el origen de la
decadencia española, haciendo una comparación
histórica con otro gran imperio: “Deleites
que antes no conocíamos han quebrantado, a ejemplo
de los romanos y con no menor peligro, ánimos grandes
e invencibles que habían sabido sobrellevar el trabajo
y el hambre, vencido por mar y por tierra gravísimas
dificultades, fundado un imperio que se extendió más
allá del sol y más allá de los linderos
del Océano”.
Continúa diciendo: “Así vemos hoy
que los príncipes padecen de los nervios, llevan
en sus propias carnes la más grave carga, pasan
lo más del día entregados al sueño,
consagran gran parte de la vida a los médicos y
a los remedios, cosa que desgraciadamente no debemos atribuir
a sus muchos trabajos ni a sus cuidados ni a sus desvelos,
sino a su flojedad, al lujo y a los placeres”.
Al creciente desapego del soberano por los asuntos políticos
se añadiría la aparición del privado
o valido, que vendría a fomentar la holganza, distracción
y despilfarro en la corte. De hecho, la figura, cada vez
más influyente, del duque de Lerma contribuiría
a aumentar los gastos provocados por los faraónicos
entretenimientos organizados por él mismo. El rey
Felipe gastaría su tiempo cazando y asistiendo a
las fiestas, comedias, torneos, corridas de toros, juegos
y mascaradas, aunque, eso sí, no descuidara nunca
sus obligaciones religiosas (llegaría a rezar tres
horas diarias).
En el episodio escogido, el padre Mariana sigue criticando,
quizás con cierta exageración: “le
proporcionan mujeres para que le afeminen; procuran luego
que no le dé el sol ni el aire si es un poco fuerte,
que no haya para él trabajos y molestia alguna,
que permanezca encerrado entre las paredes de su palacio
como una doncella tierna y delicada (…) embotando
así sus tiernas facultades (…) Añádese
a esto los perfumes, los suaves olores, las fragantes pomadas
con que excitan sus sentidos, el brillo de las piedras
preciosas, lo muelle de sus adornos y sus trajes”.
Un panorama, desde luego, desalentador para quien escribió estas
líneas. Exigía a los españoles en
general y a su rey en particular, austeridad e interés
por sus altas responsabilidades, mencionado expresamente
el ejercicio bélico. “¿Cómo
se quiere que un cuerpo enfermo, inactivo, pueda emprender
con calor una guerra ni dirigir, si conviene, sus ejércitos?”.
Era esta idea una herencia del Medievo: el rey dirigía
personalmente las campañas militares y acudía
al frente de batalla como el “primus inter pares” que
era.
Con una, en mi opinión, excesiva repetición
de la idea principal, el autor termina su exposición
dando como ejemplo de debilidad política y humana
el caso de Juan II de Castilla, el padre de Isabel la Católica
que nació con ciertas dotes naturales, aptas para
gobernar con relativa dignidad. Obligado, por su minoría
de edad, a vivir largo tiempo recluido en un convento de
Valladolid, su personalidad, “en tan prolongado
retiro, o se debilita y enmohece o se llena de orgullo”,
además de ser ya, de por sí, “triste
y miserable cosa que careciese de la vista de los pueblos
el que había después de gobernarles”.
Completando una penosa biografía, según Mariana
el joven monarca castellano, una vez muerta su madre, inició su
reinado efectivo, “siempre deslumbrado, alucinado” y
bajo “el imperio de sus cortesanos”, causa
de “continuos y graves alborotos” en todo el
reino.
Propone –y concluye– que
será necesario
mantener unas costumbres viriles para que, robustecido
el cuerpo, la mente y el espíritu no caigan en el
vicio y la flojedad (Mens sana in corpore sano).
En esta línea, nos vienen a la memoria los consejos
que don Quijote le dio a Sancho: “Anda despacio;
habla con reposo, pero no de manera que parezca que te
escuchas
a ti mismo: que toda afectación es mala. Come poco
y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo
se fragua en la oficina del estómago” (4).
Y en la misma dirección, siglos
atrás, afirmaba
santo Tomás de Aquino que “la vida del hombre
no sabe pasarse de cierta amenidad” pero, “exagerada
inclinaría a los hombres al apego de las delicias
en detrimento de las virtudes ciudadanas, pues la suavidad
de los placeres sujeta el alma a los sentidos hasta el
punto de incapacitarla para juzgar libremente (…)
La virtud exige de los hombres que se aparten de los deleites
superfluos, para que encuentren más fácilmente
el término medio de la virtud” (5).
Bibliografía
relacionada con el padre Mariana y su tiempo.
· Obras del padre Juan de Mariana. Historia de
España. –Tratado contra los juegos públicos. –Del
Rey y de la Institución Real. –De la alteración
de la moneda, y de las enfermedades de la Compañía.
Tomo II. Madrid, Biblioteca de Autores Españoles,
1950.
· BALMES, Jaime. “Mariana”, en Obras
completas. Vol. XII. Edit. Barcelona, Biblioteca Balmes,
1925.
· BALLESTEROS, Antonio. “Discurso en elogio
del padre Juan de Mariana”. Madrid, Tipografía
de la Revista de archivos, bibliotecas y museos, 1925.
· BALLESTEROS GAIBROIS, Manuel. Juan de Mariana.
Pensador y político. Madrid, 1939.
· GARZÓN, Francisco de Paula. El padre Juan
de Mariana y las escuelas liberales. Estudio comparativo.
Madrid, Biblioteca de la Ciencia Cristiana, 1889.
· PI Y MARGALL, Francisco. Juan de Mariana (Breves
apuntes sobre su vida y sus escritos). Madrid, Tipografía
de Manuel Ginés Hernández, 1888.
· “Algunos problemas históricos en
torno a la figura de Juan de Mariana”. En Antoni
Agustín y el seu temps. Barcelona, PPU, 1998.
· RANDALL G. HOLCOMBE (ed.) “Juan de Mariana
and the Spanish Scholastics”, en Fifteen Great Austrian
Economists. Ludwig von Mises Institute, Auburn, Alabama,
1999.
· ROSEN, Hans. Ensayo sobre el pensamiento político
del padre Juan de Mariana. Santiago de Chile, Universidad
Católica, 1959.
Otras obras de interés general, sobre el contexto
histórico, pueden ser:
- GARCÍA CÁRCEL, Ricardo. Las culturas del
Siglo de Oro. Madrid, Historia 16, 1999.
- MARAVALL, J. Antonio. La cultura del Barroco. Análisis
de una estructura histórica. Barcelona, Ariel, 2002.
- ALBORG, J. Luis. Historia de la literatura española. Época
barroca. Madrid, Editorial Gredos, 1973.
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[1] Con
el nombre De Rege et Regis institutione.
[2] Prólogo
de la Historia general de España.
[3] Religioso
dominico (1478-1546) que llegó a ser confesor de Carlos
V, arzobispo de Sevilla, cardenal, presidente del Consejo
de Indias y Comisario General de Cruzada.
[4] Capítulo
XLII de la 2ª parte.
[5] La monarquía.
Capítulo VIII del libro 2º.
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