AL REY NUESTRO SEÑOR
Ya se acerca, señor, ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio en tal jornada
os muestra el fin de vuestro santo celo,
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un monarca, un imperio y una espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra.
Que a quién ha dado Cristo su estandarte,
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.
Hernando de Acuña (3)
A LA VICTORIA DE LEPANTO
Cantemos al señor, que en la llanura
venció del mar al fiero enemigo.
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
frente de Faraón, feroz guerrero.
Sus escogidos príncipes cubrieron
los abismos del mar, y descendieron
cual piedra en el profundo; y tu ira luego
los tragó, como arista seca el fuego [...].
Vinieron de Asia y de la antigua Egipto,
los árabes y fieros africanos,
y los que Grecia junta mal con ellos,
con levantados cuellos,
con gran potencia y número infinito.
Y prometieron con sus duras manos
encender nuestros fines, y dar muerte
con hierro a nuestra juventud más fuerte,
nuestros niños prender y las doncellas,
y la gloria ofender y la luz de ellas.
Ocuparon del mar los largos senos,
en silencio y temor puesta la tierra,
y nuestros fuertes súbito cesaron,
y medrosos callaron;
hasta que a los feroces agarenos,
el señor eligiendo nueva guerra,
se opuso el joven de Austria valeroso
con el claro español y belicoso;
que Dios no sufre en Babilonia viva
su querida Sión siempre cautiva [...].
Quebrantaste al dragón fiero, cortando
las alas de su cuerpo temerosas,
y sus brazos terribles no vencidos,
que con hondos gemidos
se retira a su cueva silbos dando,
y tiembla con sus sierpes venenosas,
lleno de miedo torpe sus entrañas,
de tu león temiendo las hazañas;
que, saliendo de España, dio un rugido,
que con espanto lo dejó aturdido.
Hoy los ojos se vieron humillados
del sublime varón y su grandeza,
y tú sólo, Señor, fuiste exaltado;
que tu día es llegado,
Señor de los ejércitos armados,
Sobre la alta cerviz y su dureza,
sobre derechos cedros y extendidos,
sobre empinados montes y crecidos,
sobre torres, y muros, y las naves
de Tiro, que a los tuyos fueron graves [...].
Bendita, Señor, sea tu grandeza,
que después de los daños padecidos,
después de nuestras culpas y castigo,
rompiste al enemigo
de la antigua soberbia la dureza.
Adórente, Señor, tus escogidos;
confiese cuanto cerca el ancho cielo
tu nombre, oh nuestro Dios, nuestro
consuelo
y la cerviz rebelde, condenada,
padezca en bravas llamas abrasada.
A ti sólo la gloria
por los siglos de los siglos, a ti damos
la honra, y humillados te adoramos.
Fernando de Herrera (3)