La personalidad de Felipe
II
Cuando se escribe un libro, artículo,
monografía o similares sobre un rey es poco común
que reflejen que, pese a ser un monarca absoluto del siglo
XVI, es persona; puede que él se considerase un
enviado del cielo, una conexión con la divinidad,
por obra y gracia de la misma, mas de alguna forma debía
percatarse de las debilidades que le abordasen, como ser
humano que es.
Actualmente nos movemos en una sociedad que parece el
paradigma del racionalismo; los impulsos intuitivos que
hoy sentimos podemos explicarlos recurriendo a la psiquiatría
o a la neurocirugía; pero en épocas de “preciencia” (¿o
deberíamos llamarlo “presciencia”?)
esto no siempre era tan comprensible. De cualquier forma,
es algo de lo que nunca hemos podido prescindir, acompaña
a la humanidad. Y un rey por ser rey, tampoco va a carecer
de ese sentido innato y común a toda la Humanidad
que empuja, por muy descreído que uno sea, a curiosear
en lo que no conocemos, a vencer nuestro escepticismo y
dejar que nuestra mente juegue con el temor y el asombro.
Y claro, Felipe, por ser Felipe II, no estaba exento de
estos sentimientos. Y como todos ya conocemos la imagen
de este hombre, la del buen gobernar con justicia y azote
de Dios, martillo de herejes y defensor a ultranza de la
fe; y ésa otra imagen que provoca tanta inquietud,
la del tirano dictador, fanático religioso y represor
de libertades, podríamos indagar un poquito más. ¿Qué hay
de sus temores? ¿Y de sus anhelos? Podríamos
dejar a un lado los esquemas ideológicos tradicionales
acerca de la monarquía, el absolutismo y la virtud
divina, e intentar acercarnos a una figura histórica
de igual a igual, es decir, de persona a persona. Y observar
cómo nosotros dejamos que nuestros impulsos tomen
pequeña parte de nuestros actos, y cómo los
de un monarca, sea Felipe II, invadieron también
algo de sus quehaceres cortesanos.
Imaginemos a Felipe tremendamente preocupado porque los
astros no supieron predecir el desenlace que encontró su
Armada Invencible (no era para menos); pero no podemos
reírnos cuando hoy aún olisqueamos en supersticiones
aunque no las creamos: porque no tienen explicación,
nos divierten, nos asombran y puerilmente hacemos que coincidan
con nuestros pensamientos. No por ello somos cretinos,
simplemente queremos distraernos. El propio Felipe II dio
muestras de un soberano estoicismo tras el enorme desastre
sufrido por la Armada (había enviado sus barcos “a
luchar contra los hombres, no contra las tempestades”),
sino que además ordenó que todas las células
religiosas de la época convocaran actos de acción
de gracias en honor al Señor por “la lección
de humildad” con que los cielos se habían
dignado favorecerle (9). En cualquier caso, supongo que
el motivo de estas actitudes es que la superstición
no es exclusiva de la masa rural irracional, ni de los
grupúsculos esotéricos, ni de los sectáreos
herejes; creo que de una forma u otra nos roza a todos,
aunque es menos prestigioso para un monarca, y más
en el siglo XVI.
Del doble retrato tradicional de este monarca tan controvertido
podemos extraer clásicas conclusiones; hay muchísimos
documentos que inspiraron su desconsideración, y
provocaron el odio y rechazo de una gran parte de la población
europea y de la americana. Pero esto está ya muy
tratado, así que como ejemplo, para situarnos, se
puede mostrar un documento; es bastante conocido, y como
trata sobre universitarios nos podemos sentir algo aludidos.
Tras leerlo, tan repetitivo y denso es el decreto que
podemos imaginar que a uno realmente se le quitan las ganas
de inflingirlo sólo por el temido hecho de que dentro
de las represalias se incluya su dictado. Muchas actitudes
de este tipo (y de otros) hicieron que Felipe II se granjease
enemistades, pero las consecuencias no se detuvieron en él,
ya que todo el pueblo español se vio reflejado en
las expresivas publicaciones antiespañolas de la época.
Hay una cancioncilla alemana que a mí en particular
me ha llamado la atención, la que utiliza el término “welsch” para
designarnos, que previamente había sido utilizado
para llamar a los “italianos” y que viene a
significar “malvado”. Está en los apuntes
de Hª de España del siglo XVI de Emilio Sola
(que a su vez remite al libro de Arnoldsson, La Leyenda
Negra. Estudio sobre sus orígenes). Me gusta porque
tiene un toque infantil, algo así como de cuento
del hombre del saco:
“Hemos llegado a conocer
la falsedad de los españoles
desde no pocos años atrás,
la inmoralidad (welsch) no es cosa nueva;
violan mujeres y niños,
nos roban propiedades y bienes;
son cortesanos del diablo
y nos hacen mucho mal” (2)
Y ya que esbozo una aproximación sobre la personalidad de Felipe II,
no deben faltar esos otros, también numerosos, relatos de “leyenda
rosa” que afirman su buen hacer como gobernante, su capacidad militar
y expansiva, su valor y diplomacia... en fin, la literatura patriótica
de la época que ensalza virtudes “divinas” y se olvida de
nuevo de las actitudes más humanas (que no humanitarias) de este Rey,
que no deja de ser persona, y que es la faceta que a mí más me
interesa. Podemos ver alguno, hay dos poesías* muy explícitas,
escritas por sendos autores que además del gusto por la lírica
amorosa y mitológica, sobresalieron como poetas de la “idea imperial” propia
del momento. Es cierto que son algo rimbombantes, pero el estilo es único
(nos acercamos al Siglo de Oro). La primera es una devota dedicación.
Debió ser lema estandarte el de “un monarca, un imperio y una
espada” (4) en su misma época, de esos que llenan las conciencias
de los habitantes de una nación y hacen que se les pongan los pelos
de punta al vociferarlo. También da título a muchos escritos
actuales que hablan de Felipe II y su entorno, y es que refleja con bastante
precisión las intenciones de la monarquía universal cristiana.
En la segunda poesía la temática cambia, pero el trasfondo ideológico
se mantiene.
Pero vamos a dejar ya los ejemplos de las diatribas y
enarbolaciones sobre Felipe II y vamos a centrarnos en
una postura algo imparcial, bastante cómoda, para
observar sus miserias y aspiraciones desde ese lado relativamente
menos explorado que ya he mencionado, ese oscurantismo
tan atractivo para la curiosa mente humana, y las consecuencias
y aplicaciones que tuvo en el ámbito cotidiano.
Hay varias anécdotas y algunos textos, pero mejor
los estudiamos con más orden.
Podemos empezar situándonos en algún tiempo
y lugar. Contamos con que Felipe II vive en una sociedad
ya desarrollada, las ciudades han crecido en Europa occidental
tras la necesidad, o quizá el gusto de ruralización
en la Alta Edad Media. Hace poco que España se ha “unificado” geográficamente
(esto es algo bastante más complejo, pero bueno,
no es el tema) con Isabel y Fernando, y su padre le ha
dejado un legado en el que como bien sabemos, de punta
a punta, “no se pone el sol”.
El pensamiento mágico en el siglo XVI
En su entorno, Felipe II ha visto crecer un sentimiento
humanista que viene germinando desde el siglo XIII -aunque
es cierto que prolifera desde finales del siglo XV, y también
ciertamente que gana fuerza y adeptos en la península
italiana-. Y pese a que para algunos autores España
no participó de ese Humanismo renacentista (no Renacimiento
humanista, que a ese sí se refieren -así como
al cultural y social-, como traído a España –de
todas formas vienen dándose otros “renacimientos” desde
el siglo XI-), para otros muchos hay un Humanismo español,
con conocidos representantes - Antonio de Nebrija, Luis
Vives-. Y por supuesto, acompañados de tantos estudiantes
que también formaban parte del Humanismo de esa época,
así como muchos más personajes del siglo
XVI: Hernán Núñez, Alonso Fonseca
arzobispo de Toledo, Alfonso de Valdés, Juan de
Vergara... (5) contando además con el tiempo que
pasó Erasmo en España.
Y en este fervor humanista, con la exaltación del
hombre como fruto supremo de la Creación y reflejo
de lo divino, latía el gusto por los arcanos conocimientos
prohibidos (¿qué mejor forma de provocación?),
por la marginalidad de las creencias irracionales, ya que
el cristianismo se había convertido en una religión
bastante racionalizada e institucionalizada, al gusto de
las “élites” occidentales. El renacer
del hombre, era ése mismo pero en el mundo; la búsqueda
de la claridad, del reconocimiento como incluido en el
mundo, de su semejanza con Dios... Y dentro del tumulto
pensador del Renacimiento se pueden distinguir tres aspectos
no exclusivos pero sí diferentes, todos ellos característicos
del naturalismo y el humanismo del siglo XVI: la magia,
que cree en la animación de la Naturaleza movida
por fuerzas similares a las que actúan en el hombre,
gracias a la “simpatía” universal (de
repente el hombre podía adentrarse en los secretos
más íntimos de la Naturaleza); la filosofía
natural, que afirma la Naturaleza como totalidad viviente
regida por propios principios, que podemos conocer estudiando
la misma Naturaleza (se abre paso la ciencia); y la ciencia,
bueno, entendida como entonces, algo madura, entendiendo
la Naturaleza como conjunto de cosas que se mueven mecánicamente
porque están sujetas a leyes universales ( y poco
hemos avanzado desde entonces; sólo en elaborar
esas leyes).
En cualquier caso, estos conceptos impregnaron buena parte
de las vidas de las minorías cultas, ayudado esto
además por la consagración en vida de algunos
inquietantes personajes denominados magos: sea Ionhannes
Reuchlin, que se hacía llamar Capnion, sea el más
práctico Cornelio Agrippa de Nettesheim, el controvertido
protestante, medico y cirujano, Teofrasto Paracelso o el
jesuita Atanasius Kircher.
Es quizá entre esta amalgama de creencias y corrientes
de pensamiento, donde encuentra Felipe II una segunda fe,
no por ello menos importante que la confesional cristiana,
ya que le reportaba unos conocimientos más inmediatos
y provechosos que la espera del más allá y
la penitencia. Y es en este aspecto donde queda algo ignorada
por la historiografía la personalidad de Felipe
II, activo participe del pensamiento mágico y los
saberes ocultos. Una personalidad inclinada hacia una conducta
inspirada en “oscuras” tradiciones, que en
esencia son contrarias a los principios doctrinales impuestos
por la fe cristiana –de la que se declaró legítimo
defensor-, pero que hábilmente supo compatibilizar.
Esto es bastante evidente, entonces que haya cierta carencia
de estudios sobre este tema quizá se deba a la actitud
generalizada, también en Historia, de explicar todo
según un esquema determinista y racionalista, para
el que cuentan las batallas, conceptos y fechas; pero para
el que no tendría cabida que las creencias marginales,
equivocadas o no, influyeran alguna vez en la evolución
de los acontecimientos y hasta de las ideologías;
creo que aquí importa poco una opinión individual
sobre la existencia o no de la magia, lo que importa es
la otra fe que sí se ha depositado en ella. Se pueden
citar muchos personajes de las cortes modernas que siguieron
indicaciones provenientes del ocultismo a la hora de tomar
decisiones que iban a repercutir directamente en la Historia:
María Tudor e Isabel I se dejaron aconsejar por
personajes como John Dee, Edward Kelly o Francesco Giorgi
(6), y financiaron numerosas publicaciones de textos sobre
alquimia y astrología; las biografías de
Jacobo I hablan de su experiencia en demonología;
Nostradamus fue admirado y protegido en Francia, y sus
agüeros admitidos popular y monárquicamente –quizá por
sus sorprendentes aciertos-; María de Médicis
se dejaba aconsejar por la “hechicera” esposa
de Concino Concini; Enrique IV guardaba en su biblioteca
el Picatrix, atribuido al sabio Abul-Casim Maslama ben
Ahmad, conseguido en la Escuela de Traductores de Toledo
(7); es notoria la cantidad de cabalistas, astrólogos
y alquimistas que rodearon a Rodolfo II en Praga; y del
mismo padre de Felipe, Carlos V, es bien sabido que tuvo
a su servicio a Cornelio Agrippa (8), encarcelado en los
Países Bajos por su De Occulta Philosophia (1530).
En fin, que ni los papas quisieron estar a la zaga en cuanto
a conocimientos ocultos, ya que sólo se manifestaban
reticentes y condenadores de herejes cuando éstos
no servían a sus propósitos. Hay una página
web sobre estudios bíblicos que sintetiza información
acerca de estos personajes en una sección llamada
esoterismo cristiano, y es fácil de leer, aunque
parece catecismo, pero bueno, como información no
está mal: http://www.elhuertodelnogal.com.ar/kabalahesotercris.htm
Pero nos interesa Felipe II. En su caso conservaba, en
la biblioteca de su cosmogónico Monasterio de
San Lorenzo, varias cartas astrales que él mismo
se mandó hacer, una de ellas al nombrado John
Dee, que fue obsequiado con un espectacular espejo de
obsidiana traído de México, conservado
hoy en el British Museum (9);
la más conocida
es la del médico Matías Haco, llamado Prognosticon.
Este horóscopo está bastante elaborado,
es denso y extenso, profundiza mucho en detalles muy
concretos y quiere aportar exactitud hablando de fechas
clave. A mí personalmente me llama bastante la
atención descubrir que Felipe II lo usaba de libro
cabecera y que lo consultaba cada vez que tenía
que tomar alguna decisión importante. El Prognosticon fue
tan importante en su vida que muchos de los esquemas
que trazó Matías Haco sobre su suerte parece
que se pueden adivinar en algunos de los frescos que
decoran la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo.
Estos frescos ofrecen un ejemplo claro de lo que es el
hermetismo en el arte, ya que en cada uno se disfraza
alguna fórmula, alguna referencia mitológica,
algún esquema cabalístico... Y ya es algo
perogrullesco repetir que esto tiene que ver con el gusto
del monarca por estas cosas... Además, se pueden
contar más anécdotas de Felipe II referentes
al “oscurantismo”, ya que se sucedieron a
lo largo de su vida.
Felipe II y la Alquimia
Otro de los aspectos “oscuros” de Felipe fueron
sus clandestinas relaciones con los alquimistas. Quizá no
fuesen tan clandestinas cuando están relatadas por
los embajadores venecianos que permanecieron más
cercanos al monarca durante las guerras con Francia, mientras
los ejércitos españoles, con el Duque de
Alba al frente, avanzaban sobre la península italiana.
Es fascinante poder ojear estos documentos.
En uno de ellos, Michele
Suriano cuenta como en 1559
el rey contrató los servicios de un tal Tiberio
della Rocca; le encargó la obtención de las
suficientes piezas de plata para pagar a los soldados que
participaban en la campaña del mismo año.
Era mejor que sacar el dinero de las “arcas del reino”,
es decir, de su bienestar, porque el pueblo no iba a notar
mucho este “ahorro” proyectado por su monarca.
Después, della Rocca fue sustituido por otro alquimista,
Pedro Sternberg, “por consecuencia de algunos disentimientos”;
esto lo relata otro embajador véneto, Marcantonio
da Mula, que además describe el procedimiento usado
por éste para obtener plata a través del
mercurio. Mula añade que “se trató de
emplear esa plata para el pago del ejército; pero
los estados no quisieron consentir en ello, porque toda
la plata buena habría salido del país, como
ocurrió en Inglaterra en tiempos del rey Enrique.
[...] De todos modos [...] el inventor ha sido generosamente
recompensado, es de creer que, en caso de necesidad, su
majestad se servirá de ella sin escrúpulos”.
Bueno, lo de sin escrúpulos acompaña a muchos
aspectos de su vida... Y para muestra, que en 1567 volvió a
contactar con dos hermanos alquimistas, usando a su secretario
Pedro del Hoyo como intermediario por si acaso, para que
le consiguieran oro. Les instaló en un laboratorio
en Madrid, y hoy podemos leer algunos billetes que se conservan
en el Archivo de Simancas escritos por Pedro del Hoyo para
informar al rey, y con curiosas anotaciones a pie de página
del propio Felipe II.
El Círculo de El Escorial
Pero los contactos más
significativos que mantuvo Felipe II con los “saberes
ocultos”fueron a través del conocido Círculo de El Escorial,
insólito grupo integrado por médicos, espagíricos, alquimistas,
cabalistas, astrólogos, naturalistas… humanistas muy de la época,
reunidos a la vera del monarca casi a verlas venir, porque Felipe estaba ya
muy enfermo y a punto de morirse. Se formó en torno a 1580. Algunos
de los nombres que, aunque muchos no seguro, pudieron formar parte de este
palimpsesto de personajes son (9) Leonardo Fioravanti, Anzolo
di Santini, César
el Barbero, Agustín Bravo, Ricardo Estanihurst, Yuan Fernánez,
Jerónimo García, Pedro Mercado, Diego de Santiago, y ya que estaban
siempre allí, pues claro, fray José de Sigüenza, y por supuesto
Juan de Herrera. Es bien conocida la afición del arquitecto por el ocultismo
y el lulianismo, ambos pilares sustentantes
de las prácticas del Círculo.
Desde luego, que Felipe II se rodease de estos estudiosos nos muestra su inquietud
por conocer, conocer acerca de la naturaleza, el hombre, el cosmos… y
no solamente por guerrear y conquistar territorios en pos del cristianismo.
Pero el otro gran motivo de la permisión e incluso
petición de estos experimentos por parte de Felipe,
fue su constante mala salud. Si a la falta de adelantos
sanitarios y médicos de la época, que sé que
nos resulta difícil comprender porque ni lo imaginamos
(¡qué pudredumbre!), le añadimos la
constatada debilidad física de este monarca, si
situación fue en efecto crítica más
de una vez. Hay unas confesiones del propio rey a su hija
que realmente provocan lástima, pero es que no tienen
desperdicio (13): “y porque de la gota tuve algunas
calenturillas fue menester sangrarme dos veces que me hizo
mucho provecho”; y tras varios intentos, “fue
menester sangrarme una vez y purgarme otra, y tuve mucho
hastío y mucha sed, que todo me ha tenido harto
flaco y así voy volviendo despacio”. Es cierto
que estas citas corresponden a su vejez, pero desde joven
venía acusando malestares que desembocaron en enfermedades
irreversibles. Y las purgas y sangrías, que él
tanto odiaba pero que se dejaba practicar porque consideraba
beneficiosas, se sucedieron a lo largo de su vida. Tampoco
por nada especial, era la medicina de la época,
el mal se extirpaba dejando al paciente desmayado, y a
veces más muerto que vivo, por la extracción
de sangre y el atiborramiento de diuréticos.
Y en esta situación es cuando Felipe II decide
dar carta blanca a los mezcladores del Círculo de
Escorial; y podemos imaginar que los objetos con “propiedades” del
tipo que fueran abundaban: cuernos de unicornio (que eran
de narval), piedras bezoares (que eran del riñón),
pezuña de gran bestia (que era de alce), todas las
piedras preciosas (cada una con una atribución anatómica
debido a su tonalidad), piedras del águila (limonita),
y cientos de bálsamos, ungüentos, frutos, hierbas,
algas... todo ello con la característica común
del exotismo. Y combinados con otros remedios naturales
más cercanos de tradición clerical medieval.
El arte combinatoria vuelve a ser protagonista, a la vez
que el importante mecenazgo de Felipe II para estas cuestiones.
La construcción de El Escorial
Todas estas consideraciones sobre las prácticas “ocultistas” del
Círculo de El Escorial, sobre la adscripción
de Felipe II a la corriente mágica, sobre la elaboración
de sus horóscopos, y sobre el concepto de conocimiento
y pensamiento, así como de cristianismo y humanismo
en el siglo XVI, tienen un exponente máximo hecho
a conciencia, proyectado con la idea eterna de templo como
representación cosmogónica, como teología
y teleología del monarca absoluto cristiano; es
el Monasterio de San Lorenzo (por la batalla que ganaron
el día de su onomástica), en El Escorial,
que desde su primer boceto parece querer ser tan salomónico
como el templo que Dios describió al rey hijo de
David como imagen de la Ciudad Celeste. Esto está relatado
en Paralipómenos 2-3, en el Antiguo Testamento;
cómo Dios da las órdenes a Salomón
sobre la construcción del templo, y la posterior
realización del mismo.
Hay autores de la época (de Felipe II), como Prado
y Villalpando, que tienen un extensísimo tratado
sobre las connotaciones salomónicas de El Escorial
en cuanto a la arquitectura, con todos los pasos en la
elaboración de planos, sillares, desde que se colocó la
primera piedra (en función, por supuesto, del día
que el horóscopo predijo), pasando por cargas, medidas,
etc. Pero a mí me divierte más la visión
de fray José de Sigüenza; para él las
implicaciones son más bien acerca de la idea, el
concepto de templo salomónico como representación
divina, y lo relata en un artículo haciendo una
pequeña ironía sobre la forma de edificar
cada uno de los dos templos nombrados, y sobre las diferencias
en vez de las similitudes.
Lo que sí está claro es que Felipe II se
adjudicó el tremendo papel de Nuevo Salomón,
ayudado quizá por el (inservible) título
que ostentaba de Rey de Jerusalén, que aunque de
carácter sólo teórico, le hacía
sentirse como el auténtico hijo de David, oyente
de las palabras de Dios. Bien se ve la imagen de Salomón
y su padre en la entrada del Monasterio de El Escorial
en la misma postura que se recrea para las tumbas del Emperador
Carlos V y del propio Felipe II. Qué casualidad.
Además, con el carácter de “cosmos” que
se le atribuyó al templo, es significativo que intente
guardar todo lo concerniente al mundo, tal y como un rey
lo entendía, es decir: sagrado (gran colección
de reliquias), bello (obras de arte), sabio (espectacular
biblioteca), poderoso (sede del gobierno) y arcano (lugar
de experimentaciones). Es el resultado redondo del Rey
del Mundo.
En fin se pueden apuntar muchas conclusiones.
Repetidamente el carácter curioso y supersticioso de Felipe II,
su debilidad física, su implicación con las
corrientes precientíficas de la época...
Pero lo más gustoso ha sido poder entrar en su intimidad
olvidándonos un poco de las consabidas batallas,
guerras, matrimonios, conquistas... Y sobre todo dar pie
a curiosear ahora más profundamente entre las fórmulas,
mezclas, cábalas y el largo etcétera que
engloba las insólitas prácticas que hemos
visto. Y ha quedado mucho en el tintero ya que la lista
de autores, textos, ejemplos... resulta interminable. Pero
creo que la muestra es introductoria, y esa era la intención.
Bibliografía
Para acompañar el trabajo con textos originales
que ayudasen a la comprensión del asunto, me ayudé de
una pequeña bibliografía que quiero relatar
para que no haya problemas de plagio y copyright, y para
que el acceso a los mismos sea directo por parte de quien
guste. Aquí sólo están los títulos
y edición; a cada texto “copiado” que
aparece en la exposición le acompaña el correspondiente
número de “nota”:
(1): viene muy bien además para aprender a comentar
textos de manera ortodoxa, y son bastante buenos: LÓPEZ-CORDÓN
CORTEZO, María Victoria; y URBANO MARTÍNEZ,
José (selección): Análisis y comentarios
de textos históricos (vol.II), Edad Moderna y Contemporánea;
Alhambra (Madrid, 1978).
(2): en la página
donde están los apuntes
de Emilio Sola, http://www2.uah.es/historia2/e1.htm,
http://www.hazhistoria.net/sola ,
aparecen más relatos
sobre Leyenda Negra.
(3): este es un librito de poesías con añadidos
didácticos: ROSALES, Luis (selección): Poesía
española del Siglo de Oro; Salvat (Madrid, 1992).
(4): la versión reducida, que se lee demasiado
fácil pero es algo aclaratoria: GARCÍA CÁRCEL,
R. y MATEO BRETOS, L.: La Leyenda Negra; Anaya (Barcelona,
1990).
(5): el manual del profesor, para cuestiones cuantitativas
y nominales: FLORISTÁN, Alfredo (coord.): Historia
Moderna Universal; Ariel (Barcelona, 2002).
(6): este libro y los dos siguientes [(7) y (8)] he tenido
que ponerlos porque se utilizan en (9), que es uno de los
que más he usado, pero yo no he podido encontrarlos:
YATES, F. A.: La Filosofía oculta en época
isabelina; F. C. E. (México, 1982).
(7): en la edición de Marcelino Villegas, Editorial
Nacional (Madrid, 1982).
(8): BERNÁRDEZ, Antonio: Enrique Cornelio Agrippa:
filósofo, astrólogo y cronista de Carlos
V; Espasa-Calpe (Madrid, 1934).
(9): ésta sí, de donde saqué la idea
de mi trabajo: de varios autores; Monografía: Felipe
II, el rey Dios; Historia 16, nº 270 (Madrid, octubre
de 1998).
(10): éste estupendo, con la mayoría de
los textos originales que he extraído y muy ameno,de
un buen hispanista: TAYLOR, René: Arquitectura y
magia: algunas consideraciones sobre la idea de El Escorial;
Siruela (Madrid, 1992).
(11): un manual clásico de un filósofo bueno,
para cuestiones filosóficas extrañas: ABBAGNANO,
Nicolás: Historia de la Filosofía (vol. II);
Hora, S.A. (Barcelona, 1982).
(12): éste es apasionante de leer, aunque muy extenso.
Son fuentes originales recopiladas. Está en la biblioteca
de Filosofía de Alcalá de Henares: SIGÜENZA,
José de: Historia de la Orden de San Jerónimo
(vol. II); Junta de Castilla y León. Consejería
de Educación y Ciencia (2000).
(13): un tratado de Arquitectura que también tenemos
en nuestra biblioteca de Filosofía de Alcalá,
sólo que en Arte, también extenso pero muy
interesante y curioso: ELORZA, Juan Carlos (coord.): Felipe
II, el rey íntimo. Jardín y Naturaleza en
el siglo XVI; Sociedad Estatal para Conmemoración
Centenarios de Carlos V y Felipe II (Aranjuez, 1998).
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