Para
el presente trabajo, de la asignatura métodos
y técnicas de investigación histórica,
he elegido indagar en los dos primeros volúmenes
de la colección Documentos inéditos para
la Historia de España, publicados en Madrid, en
1936, el primero, y en 1943, el segundo, por el Duque
de Alba, el Duque de Maura, el Conde de Gamazo, el Conde
de Heredia-Spínola, el Marqués de Aledo,
el Marqués de Vega de Anzo, el Duque Fernán
Núñez y el Conde de los Andes. Estos volúmenes contienen la documentación
inédita oficial de Don Diego Sarmiento de Acuña,
Conde de Gondomar, el cual era el embajador español
en Londres desde 1613 a 1622 (fecha de su muerte), aunque
con un intervalo de tiempo en el que estuvo fuera de
Inglaterra en parte de 1618 y años sucesivos.
Los documentos arrancan desde el 30 de marzo de 1616.
Los temas que tratan son tan variados que he preferido
centrarme en alguno de los temas de los que el embajador
se encargó. Gondomar era un hombre muy activo
y eficaz en su trabajo, de tal modo que tiene en su documentación
todo tipo de asunto. En sus documentos se pueden rastrear
desde su preocupación por la defensa de los católicos
en Inglaterra, a los movimientos diplomáticos
para lograr una boda de conveniencia entre las monarquías
española e inglesa, los asuntos bélicos
de Venecia, la elección del Príncipe Palatino,
la situación conflictiva con Holanda, la llegada
de embajadores rusos a Inglaterra para abrir un nuevo
comercio, el ascenso de Dinamarca, sus opiniones acerca
del estado político, social y económico
de España, su salud, su falta de dinero para realizar
su trabajo como enviado a Londres, la situación
en la que se encontraba la Reina de Francia (de origen
español)... En fin, tal cantidad de información
requería que eligiera un tema, aunque en ocasiones
estos se crucen. Pero fue fácil elegirlo cuando
entre ellos encontré uno del que me enamoré como
para poder sacar copia de todos los documentos referidos
a él en estos volúmenes y leerlos como
si de una novela se tratara. Se trataba de las pesquisas
que el Conde de Gondomar hizo en Inglaterra para acabar
con el corsario Walter Raleigh. Tema este que además
era de frontera, como el profesor Emilio sola nos solicitó con
preferencia a la hora de encargarnos estos trabajos a
sus alumnos. Bien es cierto que no es un asunto de frontera
con el Gran Turco, pero es un tema de frontera en la
América del Caribe, ya que Walter Raleigh se movió por
la Guayana, explorándola y no teniendo claro si
actuaba en territorio español, inglés,
francés u holandés. El Conde de Gondomar hizo un trabajo persistente por
conseguir el castigo y ejecución de Raleigh y
el resto de corsarios que fueron con él, a los
que trata como piratas. Gondomar, ya se había
enfrentado a los piratas en su juventud, aunque de otro
modo, había participado en la defensa de las costas
gallegas y portuguesas de los corsarios que de Inglaterra
partían para España y América a
finales del siglo XVI, con la autorización de
la Reina Virgen Isabel I. Entre ellas cabe citar las
del famoso Sir Francis Drake. Habiendo pasado los años,
habiendo ocupado puestos de gobierno como el de Corregidor
de Valladolid (donde estaba la Corte española),
y habiendo alcanzado ser el embajador español
en Inglaterra, el tercero de los hasta entonces habidos
desde la muerte de Isabel I en 1603, Don Diego Sarmiento,
Conde de Gondomar, se dedicaba ahora a combatir a los
corsarios y piratas, en concreto a Walter Raleigh, influyendo
e insistiendo a Jacobo I, Rey de Inglaterra. Este Rey
era católico y deseaba la paz con España,
intentando fomentar incluso un matrimonio de su hijo
el Príncipe con una Infanta española. Esto
disgustaba a muchos ingleses protestantes que aún
tenían reciente en el recuerdo lo que la Gran
Armada pretendió hacer en su suelo. Además
del crecimiento de la leyenda negra antiespañola
y de una política reciente de Isabel I que trataba
de perjudicar a los españoles en todo lo posible.
En este sentido aparecen en los documentos de Gondomar
personajes ingleses que se alinean en una postura proespañola,
como deseaba la Corona, o una postura antiespañola,
como era el deseo de muchos. Por ello nombraremos ahora
a personajes que aparecen como proespañoles tales
como Sir Thomas Lake, secretario de Estado hasta 1617,
Lord William Cecil Roos, embajador inglés en España
en 1616, Juan Digby, embajador inglés en España
tras la ida de Cecil Roos, Sir Francis Cottington, agente
inglés en España favorable al matrimonio
entre las dos Coronas, Jorge Villiers, Conde de Buckingham,
quizá este es el más proclive a España
de todos ellos. Aunque hay que aclarar que su proespañolismo
se debería a dos motivos, a mi entender de estos
documentos, uno: algunos eran católicos, dos:
lealtad a la Corona, la cual era partidaria de una alianza
con España, al menos mientras era sustentaba por
Jacobo I, esta podría ser por cuestiones de defensa
del catolicismo (se veía rodeado de protestantes
en su país, lo que podría ser peligroso
para él), por su deseo de pacifismo durante su
reinado, o por el fomento del comercio inglés.
Aunque siempre queda decir que muchos ingleses antiespañoles
trataron de romper estas buenas relaciones diplomáticas
estorbando en lo posible asuntos como el matrimonio anglo-español,
ayudando a los holandeses en su lucha por la independencia
de España, suministrando barcos o artillería
a venecianos o franceses, fomentando el corso o la piratería,
etc. No es vano decir que el propio Gondomar alega que
muchos ingleses veían bien las acciones de Raleigh
y que criticaron a su Rey duramente cuando decidió castigarle
por sus actos. Entre los antiespañoles Gondomar
destaca a uno poniéndole nombre: el secretario
Rafael Winwood, el cual era partidario de fomentar la
revuelta y secesión de Holanda del dominio español,
era anticatólico. Fomentó el viaje de Walter
Raleigh, y parece ser que le animó a practicar
el corso en el mar, según dice Gondomar que se
intuye en una carta que Raleigh le escribió y
que fue conocida por Jacobo I y por él cuando
Raleigh fue preso en 1618. Pero Winwood había
muerto en Noviembre de 1617, por lo que no pudo ser juzgado.
Winwood influyó en la Reina de Inglaterra para
que adoptara una postura antiespañola que lograra
malograr los tratos para enlazar matrimonialmente a su
hijo con la Casa Real española. También
figura el obispo de Canterbury entre los opuestos a España
(obviamente es anglicano). E incluso aparecen agentes
como el embajador de Venecia, un nuncio del Papa, Mauricio
de Nassau o personajes de Francia, intentando dar un
giro a las buenas relaciones que estaban viviendo Inglaterra
y España. Algunos de estos aparecen como incitadores
a que Walter Raleigh hiciese su viaje como muestra de
una Inglaterra no tributaria en nada a España.
Otros estorban en otras cosas, e incluso se menciona
que los venecianos favorecen al corso contra España
en el Mediterráneo y África. En cuanto a Walter Raleigh diremos que había
nacido en 1554. Se convirtió en uno de los favoritos
de la Reina Isabel I, llegándose a decir que fueron
amantes, o bien que ella lo amaba. En 1584 le concedió un
amplio permiso para explorar tierras que no perteneciesen
a ningún Rey cristiano y fuesen paganas. Su idea
era colonizar Norteamérica para estorbar en lo
más posible a los españoles y beneficiarse
de las mismas riquezas que España traía
del resto de América. No obstante, el primer capítulo
de la Gran Armada se había producido en 1580.
Todo aquello terminó en la exploración
de la costa norteamericana y en la colonización
de Virginia. En 1595 Raleigh emprendió otro viaje
significativo a América. Le habían fascinado
las historias sobre la leyenda de El Dorado, y se dirigió hacia
la zona aurífera de Manoa, en la Guyana. Pero
su comportamiento en el viaje fue de corso, ya que la
Reina le había dado esa patente para que, además
de sus pretensiones acerca de El Dorado, perjudicase
en todo lo posible a los españoles. Quemó y
destruyó pueblos, como el de San José,
y robó. Llegó a penetrar en la boca del
Orinoco en busca de una gran mina de oro como la de la
plata de Potosí. Su exploración de la Guyana
se detuvo a causa del tipo de barcos que estaba usando
en aquellos ríos y fue entonces cuando decidió regresar
a Inglaterra, donde contó maravillas de los lugares
que había recorrido. Le hizo regalos valiosos
a la Reina de lo que había logrado y esta le nombró Sir,
capitán de guardias y director de las minas de
estaño de aquella zona. Teóricamente tenía
derecho a la Guayana, pues era un territorio que aún
no habían pisado ni españoles ni portugueses,
por más que, aún así, pertenecía
a España por bula papal. Pero, efectivamente,
desde 1604, la Guyana, la Guayana, y Surinam serían
territorio de colonización y reparto entre franceses,
ingleses y holandeses. Al morir Isabel I en 1603 Raleigh
perdió todos los favores reales, a favor de Robert
Cecil, lo que le creó una gran enemistad que le
unió a Lord Cobham, también caído
en desgracia. Junto a un ministro residente francés,
Beaumont, y al embajador extraordinario francés
Rosny, posterior gran Sully, y tras hablar con el archiduque
Alberto, conspiraron contra el Rey Jacobo I. Pero fueron
descubiertos y encerrados en la Torre de Londres. Raleigh
permaneció prisionero desde 1603 hasta 1616. Años
en los que el pueblo inglés le recordaba y ensalzaba
como a un héroe por sus actos pasados de colonizador
de Virginia y corso en América, era un representante
de las aspiraciones antiespañolas. Él escribió en
su cautiverio una Historia Universal. Robert Cecil murió en
el interin. La Reina de Inglaterra, el Príncipe
de Gales y el Rey de Dinamarca intercedieron por él
ante Jacobo I, que no cedió. Raleigh pagó mil
libras a los tíos de Buckingham, logrando que
el Duque de Buckingham intercediese por él ofreciendo
al Rey el antiguo proyecto de hallar la mina de oro en
la Guyana, la cual solucionaría los problemas
económicos que el mismo Rey tenía. Winwood
se puso del lado de Raleigh, tal vez por medio de un
cohecho. Por medio de la presión Jacobo I cedió a
la liberación de Raleigh para que buscase la dicha
mina en la Guyana. Esto ocurría el 26 de Agosto
de 1616. El Conde de Gondomar, sabedor de las tropelías
pasadas de Raleigh en el Caribe, comenzó entonces
un intenso trabajo para detener a Walter Raleigh en sus
pretensiones. Pero todo eso será tratado a continuación
cuando expongamos lo que los documentos consultados del
embajador nos han dicho.
Los volúmenes consultados. Antes de comenzar a narrar los contenidos de los documentos
que nos han de narrar lo que en torno a los ámbitos
diplomáticos ocurrió en cuanto a los últimos
años de la vida de Walter Raleigh, creo necesario
reseñar las estructuras y contenidos de los dos
volúmenes consultados, ya que pensamos que la
asignatura a la que pertenece este trabajo (métodos
y técnicas de investigación histórica)
requiere que se hable de la fuente usada. Los volúmenes
ya han sido citados al comienzo de este trabajo. Se trata
de una ingente colección de documentos referentes
a la Edad Moderna debidamente ordenados en cronología
y temas y materias a tratar. Los dos primeros volúmenes,
usados por mí, tratan en concreto sobre la correspondencia
oficial del Conde de Gondomar como embajador español
en Londres, empezando tales documentos con una carta
enviada a Thomas Lake el 30 de Marzo de 1616 acerca de
Walter Raleigh. Con lo que faltaría la documentación
oficial como embajador en Londres precedente (Gondomar
ocupó el cargo desde 1613). Parte de los documentos
inéditos ya habían sido previamente publicados
en un estudio publicado por Don Ciriaco Pérez
Bustamante, y en la Colección de documentos inéditos
para la Historia de España, imprimida en Madrid
en 1842 en la imprenta de la viuda de Calero, y reimprimida
por Kraus Reprint Ltd., en 1964 en Vaduz, dirigida por
Don Martín Fernández Navarrete, Don Miguel
Salvá y Don Pedro Sainz de Baranda, pertenecientes
a la Academia de la Historia. Esta última no responde
a orden de temas, mezclándolos todos y haciendo
caso a algún tipo de orden cronológico.
En los Documentos inéditos para la Historia de
España, el Duque de Alba y resto de nobles citados
al comienzo introducen textos inéditos a los ya
publicados y los ordenan con coherencia cronológica
y temática. El equipo de nobles intenta dar un mayor espectro a
los hechos de los que trata el Conde de Gondomar, insertando
algunas cartas y documentos esclarecedores o relevantes
sobre algunos asuntos, que de otro modo se quedarían
cojos al no saber de su contenido y referirse el Conde
a ellos en cartas posteriores. Serían de personajes
tales como el Duque Buckingham, el Rey Jacobo I, o el
propio Walter Raleigh. Pese a todo, la mayor parte de
documentos pertenecen al embajador español. Y
aún así, los autores reconocen que podrían
faltar documentos que se encontrarían en algún
archivo o en otros países. La transcripción
es en castellano antiguo, pero con letra de imprenta
contemporánea, por lo que no podemos hacer interpretaciones
paleográficas diferentes a las que se ofrecen.
Sin embargo la edición de los textos está muy
cuidada y su proemio y anotaciones están bien
estudiados, por lo que no parece, en principio, que debamos
desconfiar de una mala interpretación paleográfica
de los documentos originales. La mayor parte de los documentos
son cartas de Don Diego Sarmiento de Acuña, Conde
de Gondomar, al Rey español Felipe III o al Duque
de Lerma (lo que venía a ser casi lo mismo al
ser este valido del Rey y ocuparse del gobierno de España).
Pero también hay cartas a personajes ingleses
como al propio Rey de Inglaterra, Jacobo I, al secretario
de Estado Thomas Lake, o al Duque de Buckingham (por
entonces Marqués). También las hay a personajes
ni españoles ni ingleses, como al archiduque Alberto
de Austria, soberano de los Países Bajos. Aparte
de cartas también aparecen despachos, recomendaciones,
fianzas económicas, remiras de barcos, epístolas,
billetes, copias de cartas, alegaciones, papeles simples,
una proclamación del Rey de Inglaterra, representaciones,
decretos, memoriales, misivas, una arenga y un pasquín. El primer volumen, que fue impreso en la Tipografía
de Archivos de la calle Olozaga, nº 1, de Madrid
en 1936, es publicado por los nobles citados al comienzo
salvo por el Conde de los Andes. Este volumen arranca
con la intervención que el Conde de Gondomar comienza
a hacer diplomáticamente respecto al caso de Walter
Raleigh. Buena parte del ejemplar es en torno a Walter
Raleigh, lo que da idea de la gran importancia que le
concedió el embajador a tal asunto. Pero también
tienen cabida los asuntos relacionados con el catolicismo
en Inglaterra, los problemas con Holanda (hay varias
cartas al archiduque Alberto), la elección del
príncipe Palatino y los problemas de España
con Saboya y Venecia, la situación de las relaciones
entre Inglaterra y Francia (las cuales prefiere Gondomar
distanciar para que no sean aliados), los problemas económicos
del embajador, las recomendaciones políticas para
nombrar nuevos cargos, las relaciones inglesas con Rusia,
el Oriente y Dinamarca, y sobre la concertación
de un matrimonio Real entre la Casa Inglesa y la Casa
Española. Los temas que ocupan una mayor parte
de los documentos son los tocantes a Walter Raleigh,
al matrimonio Real, a los Países Bajos, a las
relaciones franco-alemanas y a los problemas que suscitaba
la elección Palatina, desde la diplomacia en Inglaterra.
Se abarca la documentación desde Marzo de 1616
a Junio de 1618. El segundo volumen fue impreso en la Imprenta de la
Viuda de Estanislao Maestre, en 1943 en Madrid, siete
años después del primer volumen y con el
intervalo de la guerra civil española desde la
misma fecha de 1936 a Abril de 1939. Los autores son
todos los nobles citados al comienzo, incluido el Conde
de los Andes, pese a que uno de ellos había muerto
en el interin de un volumen y otro. El arranque de este
otro ejemplar es con un billete de recomendación
que hace el embajador al Secretario de Estado español,
Juan de Ciriza, acerca de un personaje inglés.
Los temas que ocupan el volumen son el final de Walter
Raleigh, problemas económicos del embajador, recomendaciones
a cargos, intrigas dentro de la Corte Inglesa, relaciones
anglo-francesas, los problemas con los Países
Bajos tratados desde Inglaterra, los asuntos de centroeuropa
en relación a la elección del Palatino
(no hay que olvidar que faltaban pocos años para
que se iniciara la Guerra de los Treinta Años),
quejas al Duque de Úceda (que destituyó a
su padre, el Duque de Lerma, como valido del Rey de España,
cosa que Gondomar veía en su perjuicio y en el
de Calderón -Gondomar, Lerma y Calderón
ascendieron juntos políticamente-), el trato a
los católicos en Inglaterra, lo que desde Inglaterra
se sabe de Francia respecto a España, y la posible
boda a realizar entre la Corona inglesa y la española.
Los temas centrales son el final de Walter Raleigh, al
comienzo del volumen, los problemas económicos
del embajador y las recomendaciones a cargos que hace,
el asunto de Holanda tratado desde Inglaterra y las conspiraciones
francesas en general. El periodo de tiempo afectado es
del 29 de Junio de 1618 a Marzo-Abril de 1620. Con este análisis de los dos volúmenes
consultados me parece suficiente la exposición
hecha acerca de las fuentes usadas. Por ello, vamos ahora
a exponer el contenido de los documentos de Gondomar
acerca de Walter Raleigh.
Acciones diplomáticas contra Walter
Raleigh. La correspondencia que el Conde de Gondomar le dedica
a Walter Raleigh en 1616 es poca. Ese año, como
ya se ha dicho, Raleigh logró salir de su cautiverio
en la Torre de Londres gracias al cohecho y al ofrecimiento
a Jacobo I de grandes ganancias de una mina de oro en
la Guyana, no perteneciente al Rey de España.
Las presiones políticas del secretario Winwood
sobre el monarca, y la influencia del Marqués
de Buckingham, la Reina, el Príncipe, el pueblo,
y diplomáticos extranjeros antiespañoles,
hicieron que ese año Raleigh saliese de su cautiverio
a cambio de que hiciese el tal viaje con beneficios para
la Corona inglesa. Este hecho llamó la atención
del embajador español, que trató de impedir
que se realizase el dicho viaje, por ser considerado
un ataque a las posesiones españolas en tiempos
de paz entre Inglaterra y España. Por todo ello
informa sobre esta consideración al Secretario
de Estado inglés, Thomas Lake, en Marzo. Sin embargo
la liberación de Raleigh se transforma en un hecho,
por lo que para Noviembre el Duque de Gondomar había
reunido información acerca de Walter Raleigh.
Cuenta con buena información de Estado acerca
de los actos de corso que este hombre había realizado
en 1595 en Trinidad y Orinoco, además de informarse
acerca de la mina de oro de la que habla, la cual sí conocía
España a través del cronista Antonio de
Herrera. El embajador ha intentado por todos los medios
persuadir de la no realización del viaje y estorbarlo
en lo más posible, pero el dinero que Walter Raleigh
va gastando en lograr su propósito, y que va prometiendo
a su vuelta, hacen de todos sus esfuerzos una inutilidad.
Por más que Gondomar defiende el territorio de
la Guyana como español, este poblado o no por
españoles, no encuentra respuestas favorables.
Por otra parte, el ensalzamiento de Raleigh por parte
de muchos ingleses era otro inconveniente para que Gondomar
pudiera lograr su objetivo. Gondomar recomienda crear
presidios en Guyana para prevenir la posible llegada
de Walter Raleigh, por más que él seguiría
intentando entorpecer el viaje desde Inglaterra. Cosa
que le parece difícil, ya que el secretario Winwood
lleva con secreto todo lo relacionado al asunto y la
preparación de la expedición. Aún
con todo Gondomar había podido averiguar que se
estaban armando de modo rápido unos diez navíos
con mucha artillería y una tripulación
de más de mil hombres, entre ellos algunos nobles. En Octubre las diligencias del Conde parecen haber dado
algún fruto, pues Jacobo I le ha prometido que
o bien Raleigh no partiría a América, o
bien si lo hacía sería pagando fianzas
y llevando vigilancia que impidiera agravar a español
o propiedad española alguna. Sin embargo, Gondomar
tiene informaciones acerca de que la flota se sigue armando
muy deprisa, y que si no acababan de armar los diez barcos
le parecía seguro que Raleigh saldría cuanto
antes aunque fuese con la mitad. Por ello insiste al
Rey en crear presidios en la Guyana para prevenir su
venida, aunque él cree que en un corto plazo lo
más que se acercaría por esa zona serían
algunos contrabandistas en busca de palo de Brasil. El
30 de Noviembre escribe un despacho a Felipe III, el
cual no lo recibe hasta el 1 de enero de 1617. El asunto
parece haber adquirido gran importancia, ya que el embajador
dice haber hablado de él incluso dos veces en
una semana con el Rey inglés. En las entrevistas
el Conde ha expuesto que conoce la preparación
del viaje de Raleigh y opinó que el viaje sólo
se hacía para atacar y dañar las posesiones
españolas en América, en tiempos de paz
entre las dos potencias, por lo que podría traer
nefastas consecuencias en las relaciones entre los dos
Estados. Jacobo I adujo que Walter Raleigh le había
asegurado que iba a una tierra de América que
no era posesión española y donde jamás
había estado español alguno. Y que traería
de allí tesoros y oro de Reyes indios tales como
los que hubo en Perú. La presión del pueblo
inglés y de su consejo de Estado le habían
forzado a admitir el viaje, pues entendían que
si lo impedía era por presión española
lo que le desmerecía como Rey de Inglaterra al
comportarse bajo los designios de otro monarca. Pero
impuso la condición al viaje de que no perjudicaría
y dañaría la propiedad o vida de los aliados
de Inglaterra, bajo pena de ser ahorcado a su regreso.
Gondomar aún refiere otra entrevista más
sobre el asunto, esta vez con el secretario del consejo,
Winwood. Este hombre, proclive a dañar los intereses
españoles, como ya se dijo, le dijo, fingidamente
(como los acontecimientos lo dicen después), que él
consideraba que Raleigh volvería a Inglaterra
antes de que llegase a ver siquiera América, pues
su promesa sólo era una estrategia para salir
de su prisión, por lo que le pedía a Gondomar
que no le diera importancia al asunto y dejara de tratar
impedirlo. Le decía que iría con dos o
tres barcos y que peores daños les hacía
Francia potenciando a auténticos corsarios, mientras
Inglaterra hacía tiempo que ya no lo hacía
(desde Isabel I). Le llegó a ofrecer una entrevista
con Walter Raleigh que Gondomar rechazó. Gondomar obtuvo otro logro, y fue que la compañía
de gente que se había unido a Raleigh disminuyó por
miedo a la condición del Rey de ahorcar a quien
hiciese de corso en compañía de Raleigh
si en el viaje atacaban a español alguno. Lo que
indica que efectivamente los que se apuntaron a la empresa
eran conscientes de los actos piráticos (ya que
no tenían la patente de corso) a los que se apuntaban
al apuntarse al viaje. No obstante la fama de Raleigh
era, en parte, por su pasado como corsario. Pero es consciente
también el embajador de que se le ocultan los
navíos que van a participar y cree que no sólo
se arman en puertos ingleses, sino también en
puertos holandeses. Al Conde sólo le queda especular
sobre el tamaño y efectivos de esa flota y sobre
la fecha de su partida. Anticipa que si no descubre la
mina que prometió es consciente de que haría
actos de pillaje y piratería, vaticinando que
entonces no regresaría a Inglaterra, para no ser
ahorcado, e iría a Holanda o Saboya, donde le
amparasen como corsario alguno de los enemigos que por
entonces tenía España. El viaje tenía
otras connotaciones políticas, y eran las de mantener
la autoridad y dominio de España en esa zona del
Brasil americano, pues alude a las perdidas territoriales
que hasta entonces habían tenido en ese territorio
a causa de portugueses y franceses. No debían
proseguir esas pérdidas. Por ello aconseja dar
un fuerte castigo ejemplar a Walter Raleigh cuando se
tuviese oportunidad, sin romper los lazos de unión
con Inglaterra, quien ya de por sí se había
comprometido a ahorcar a Raleigh si obraba en perjuicio
de España. Así estaban las cosas al acabar
el año 1616. En los primeros meses del siguiente año la empresa
ha cobrado un cariz tal que ya parece ser del todo inevitable.
Mientras el Conde sólo puede recordar una y otra
vez los males que creará Raleigh en América
y la promesa del Rey de ahorcarlo, así como del
derecho del Rey de España de tomar medidas contra
los ingleses que le ataquen, el Conde de Buckingham le
informa de que le avisará de cómo está compuesta
y armada la flota de Raleigh, tal como el embajador le
solicitó a Jacobo I. Parece ser que, si bien no
lograba evitar el conflictivo viaje, tiene ciertos logros
diplomáticos y cierta influencia en el Rey inglés.
Empero el seis de Abril Gondomar seguía sin saber
siquiera el número concreto de naves que partirían,
ni cuando. Especula que zarparían pronto y que
serían unas seis. Dice que entre la tripulación
inicial muchos habían dejado de participar en
la empresa (en parte por sus logros diplomáticos).
Entre los que iban había ingleses que no eran
desfavorables a los españoles, pero que irían
ya que le habían afirmado personalmente que sería
por ver con sus ojos que no había mina de oro
alguna en la Guyana, lo que traerían como noticia
a Inglaterra para desengañar a muchos otros posibles
aventureros futuros. Esto bien suena a excusa de cara
al embajador, pues no decían que ocurriría
de sí existir una mina de oro, aparte de los hechos
que ocurrieron en el viaje. Agrega otra noticia de interés,
los nombres del principal aval de Walter Raleigh, el
Secretario Winwood (que ya citó en otras cartas)
y el embajador inglés en Francia, Don Thomás
Edmonds, quienes pretendían que Jacobo I retirase
su promesa de ahorcar a Raleigh si dañaba los
intereses españoles o a español alguno,
razonando que entonces eso también podría
ser aplicable a ellos, por sustentar el viaje. Al día siguiente de escrita esa carta se creó una
fianza por la que Walter Raleigh le daba al Rey inglés
cuarenta mil escudos en promesa de que no dañaría
a ningún amigo ni aliado de Inglaterra. Así mismo,
el embajador sabe con certeza que serán siete
los navíos que irán en la expedición,
ya que son anotados en la fianza. El más grande
de todos sería El Hado (cuatrocientas cuarenta
toneladas), donde viajaría el propio Walter Raleigh
llevando por capitán a su hijo, también
llamado Walter, y a Robert Barroique como maestre. Su
tripulación sería de doscientos hombres.
El siguiente navío sería La Estrella (o
Jasón), de doscientas cuarenta toneladas, capitaneado
por John Penington, y siendo el maestre George Clevingham.
Llevaría a ochenta hombres de tripulación
y un caballero. El tercer barco era El Encuentro, de
ciento sesenta toneladas. Su capitán era Edward
Hastings, y su maestre J. Thomas Py, con cincuenta marineros.
El cuarto era El Juan y Francisco (o El
Trueno), de ciento
sesenta toneladas. Por capitán llevaba a Don Warhamo
Senthigero, y por maestre a Guillermo Gardiner, con sesenta
marineros, diez soldados y seis caballeros Aunque Raleigh
dudaba acerca de si este barco habría de ir. El
quinto, La Juana Voladora, de ciento veinte toneladas.
Su capitán, John Thidley, su maestre, Guiliermno
Thorne, con veinticinco hombres. El sexto era El
Southhampton,
de ochenta toneladas. Su capitán, John Bailey,
su maestre, Filipe Fabián, con veinticinco marineros
y dos caballeros. El último era una pinaza llamada
El Paje, de veinticinco toneladas. Llevaba por capitán
a Diego Barquer, y por maestre a Esteven Selly, con tan
sólo ocho marineros. El 26 de Junio Gondomar escribe una carta al Rey de
España, que no recibe hasta el 7 de Agosto, en
la que dice que Raleigh había ido al puerto de
Plymouth, donde permanecía falto de dinero y bastimentos
desde hacía poco más de una semana. Su
intención era partir cuanto antes, para evitar
que eso empeorara. Sólo que dudaba de ir a la
Guyana, y pensaba ir a las Indias Orientales pasando
el cabo de Buena Esperanza. El capitán holandés
Spielberg, de la Compañía de Amsterdam,
se comprometía a informar sobre la posible llegada
de Raleigh al Mar del Sur si eso ocurría. El embajador
añade una post data en la que informa que Raleigh
efectivamente había partido ya con los siete navíos
y con mala provisión de bastimentos, aunque sí con
mucha artillería y municiones. El 3 de Agosto
se tenían noticias de que Raleigh había
arribado en Irlanda para poder proveerse mejor de los
bastimentos que le faltaban. Allí muchos ingleses
le dieron lo que pudieron, y en concreto un Barón
le llegó a entregar hasta cien vacas. Tan rápido
auxilio encontró que el día nueve podía
volver a partir sin problemas. Lo que da una idea del
prestigio que había adquirido por su pasada fama
de colonizador de Virginia y antiguo corsario antiespañol
de Isabel I. Pero además, se le habían
unido en aquella isla varios navíos pequeños
de veinte y treinta toneladas, creando una flota de total
de trece o catorce embarcaciones, que aportaba entre
novecientos y mil hombres de mar y guerra. Gondomar había podido hacerse con algunas cartas
de personas que viajaban con Raleigh. Las habían
escrito desde Canarias. De esto nos informa el 22 de
Octubre. Una de ellas, la que él destaca, es la
del artillero mayor de la nave capitana. En ellas lee
que se han dirigido a Canarias para hacerse con más
bastimentos para el largo viaje, así como de agua.
Gondomar ve en ello que habría ya males para castigarle,
ya que lo considera un robo a España, al no haber
solicitado permiso. Recomienda al Rey de España
que si se hiciesen con tan sólo una vaca, en respuesta
confiscasen todo un navío inglés que en
Canarias estuviera. Pensaba que John Digby, el embajador
inglés en España, estaría de acuerdo
en esto. La idea era crear castigo y forzar al inglés
a acudir a Inglaterra para recobrar lo confiscado, lo
que serviría para que fuese preso por robo a España.
Gondomar inserta en esa carta un largo Post Data en la
que habla de cómo el Secretario de Estado Thomas
Lake, le aseguraba que Jacobo I seguía dispuesto
a castigar cualquier agravio a los españoles si
lo hubiera. Mientras el Secretario Winwood le intentaba
convencer de que Walter Raleigh no había partido
de Inglaterra para hacer mal alguno a los españoles.
Sin embargo, el embajador tiene los testimonios del capitán
Bailey, el cual había abandonado la flota de Raleigh
para regresar a Inglaterra. Este relató que el
gobernador de Canarias le ofreció bastimentos
a Raleigh, puesto que era un navío inglés
y España estaba en alianza con Inglaterra, pero
Raleigh había preferido dirigirse a Lanzarote,
donde pretendía fortificarse a la espera de la
llegada de la flota que habría de venir de Indias
cargadas de oro, plata, y diversos productos. La idea
de asaltar la flota hizo que Bailey optará por
la deserción, ya que pensaba que se enrolaba en
un viaje de exploración y colonización
de nuevas tierras no ocupadas. Se había refugiado
en la isla de Wight, ya que los que favorecieron a Raleigh
se sentían molestos con su regreso. Estos intentaron
enturbiar sus declaraciones diciendo que era un servidor
del Rey de Francia que buscaba enemistar a Inglaterra
y España para que comenzara una guerra marítima
que le beneficiara. Palabras tales que Gondomar no cree,
ya que piensa que Bailey decía la verdad. Sobre
todo con la confirmación que de ello le hace posteriormente
el Conde de Southampton, con informes propios, en los
que además añade que en Canarias se han
unido a Raleigh algunos barcos franceses. De hecho cree
que los funcionarios de Sevilla y Canarias habrán
aportado mejores informes acerca de los robos y la fortificación
en Canarias, por lo que recomienda embargar temporalmente
los bienes y barcos de los ingleses en Sevilla y Canarias.
El desembargo habría de producirse cuando se castigase
a los corsarios ejemplarmente y se restituyera, con ello,
los daños que causaron. Gondomar trata a los de
Raleigh, y al mismo Raleigh, como piratas y no como corsarios.
Ciertamente no tenían patente de corso, e incluso
tenían órdenes de no dañar ni a
español ni a interés español alguno,
por lo que sus actos podrían ser considerados
de piratería y no de corso. Sin embargo, los participantes
actuaron, como se verá, pensando que hacían
un buen servicio a la Corona inglesa, lo que es un comportamiento
de corsario, sin olvidar que el permiso del viaje les
vino de Jacobo I, y que gente como Winwood les daba comisión
para actuar como corso, de modo tácito. El Conde
de Gondomar no puede menos de volver a recomendar a Felipe
III un castigo ejemplar a los corsarios en el puerto
de Sevilla, una vez atrapados, para así evitar
conflictos diplomáticos mayores con Inglaterra,
Francia y Holanda. Se lamentaba, muchas veces, del poco
caso que en Inglaterra se le hizo de sus advertencias
acerca del mal que Raleigh habría de hacer a España
en ese viaje. Thomas Lake y otros nobles ingleses, como
el de Buckingham o Feruton, confirman los males que Raleigh
pudiese estar haciendo en Canarias. El embargo en Sevilla
se produce el mismo mes de Octubre, cosa que el embajador
ve bien como futura prevención de que apareciesen
otros Walter Raleigh envalentonados por ver que no había
castigo. Sin embargo, y aunque sigue tratando a Raleigh
como a un pirata, le recomienda ahora al Rey que trate
con cuidado el asunto del castigo ejemplar de Raleigh
cuando sea atrapado, pues no obstante su viaje a América
tenía permiso de Jacobo I. El 15 de Noviembre el embajador informa que el mismísimo
Rey de Inglaterra había hablado con Bailey y otro
marinero. La situación de la flota de Raleigh,
según este capitán, era que se encontraba
dividida entre los que apoyaban a Raleigh y los que estaban
descontentos porque consideraban que actuaba como un
pirata. Algunos de los que apoyaban a Raleigh llegaban
a decir que este no obraba malintencionadamente. Jacobo
I no debió ver claros los hechos que imputasen
a Raleigh, ya que dudaba sobre el asunto y se había
carteado con Digby para que le informase de lo que se
sabía al respecto en España. Además,
solicitaba lo mismo al Conde de Gondomar. No deseaba
que la paz entre España e Inglaterra se quebrase,
y mucho menos que Inglaterra fuera la responsable de
un modo tan traidor y poco honroso. Sin embargo, las
declaraciones de Bailey no le habían dejado indiferente
y, pese a que duda, cree que Raleigh ha cometido tropelías
contra los españoles, por lo que manda a Buckingham
entregar los informes de Bailey a Gondomar, y hacerle
decir que castigará a Raleigh duramente si todo
es verdad. La esposa de Raleigh comenzó entonces
una serie de protesta pidiendo justicia para el nombre
de su marido, el cual cree ensuciado por mentiras de
Bailey. Su voz es muy escuchada en Londres por los que
no apreciaban a los españoles. Gondomar solicitaba
a Felipe III que en Sevilla y Canarias se advirtiese
a todos los marinos ingleses de lo que les podía
ocurrir (respecto al embargo) si dañaban los intereses
españoles. Se quejaba, por último, en esta
carta, de que no se le informó bien de los navíos
y personas que en ellos habría cuando se le entregó la
copia de la fianza, y como muestra alega de los diversos
datos que a reunido por otros medios. Un hecho que no puede pasar por alto es informado ese
mismo día al Rey de España. Winwood había
muerto de calenturas el día siete. Gondomar informa
de lo beneficioso de esta muerte para España,
ya que era un conspirador que pretendía favorecer
a los holandeses en su independencia, acabar con los
católicos y separar a Inglaterra de España,
siempre con los juegos encubiertos de la diplomacia,
los cuales habían sido muy al descubierto en los últimos
tiempos con su protección a Walter Raleigh y su
oposición a una boda entre las dos Casas Reales
aliadas. Raleigh se quedaba de este modo sin un protector
político fuerte y claro. Gondomar piensa que las
fiebres que le llevaron a la muerte se debieron a los
testimonios que trajo Bally incriminando a Raleigh, y
a la, cada vez más clara, postura de Jacobo I
de castigar al corsario por actuar de ese modo, todo
lo cual llevó a Winwood a un gran temor por su
seguridad y a una fuerte presión que su salud
no pudo haber resistido. 1617 se cierra, respecto al asunto del que nos ocupamos,
con una carta del 30 de Diciembre donde se cita que Felipe
II está ya bien informado de los males que Walter
Raleigh había provocado en Canarias. Como estos
hechos disgustaban a ambas Coronas, Inglaterra y España
iban a formar una armada conjunta para atacar y acabar
con cualquier pirata en el mar. Tal vez también
se refiera a corsarios, bucaneros y filibusteros, pero
Gondomar en su correspondencia sólo habla de piratas
en cuanto a criminales en el mar. Por lo que la dicha
flota podría pretender acabar con todas las modalidades
referidas. En los primeros meses de 1618 se sabe muy poco acerca
del corsario. Los partidarios de él han crecido
en número en Inglaterra, y a muchos los encabeza
su esposa. Bailey es perseguido por todos los que le
consideran un traidor, por lo que ha de huir constantemente.
El 20 de Febrero uno de los capitanes de los que llevaba
la flota, Pedro Ale , había regresado a Inglaterra,
abandonando a Raleigh. Cuenta que en el viaje han muerto
muchos, y que sólo en la capitana habían
muerto ciento cincuenta marineros. Raleigh se dirigía
a Guyana queriendo entrar por el río Orinoco,
como le había expuesto en su momento a Jacobo
I para encontrar la mina de oro y el puerto que le prometió.
Gondomar no puede menos de desear la muerte de Raleigh
en esas tierras o su desesperación y regreso por
no hallar nada. Confiaba en que Felipe III habría
creado en el lugar los presidios para defender el territorio
que le recomendó en las fechas de 1616. El 26
de Marzo otro barco de la flota de Raleigh llegó a
Portsmouth abandonando a este. Trae noticias de la mala
provisión de bastimentos que llevaban y de muchas
muertes que se habían producido entre los que
viajaban, entre ellos Robert Barroique. Habían
equivocado la entrada por el río Orinoco y entrando
por otra boca de río de corrientes muy peligrosas.
Por ello la gente estaba muy desesperada y descontenta
y muchos habían escrito cartas para el Rey, las
cuales deseaban enviar en el mismo barco que traía
estas noticias. Una de las cartas que había sido
escrita por un caballero fue interceptada por Raleigh.
En esta leyó que se barruntaba un motín
que acabaría tirándole por la borda si
las cosas seguían mal. Raleigh quiso castigarle
pero su tripulación se lo impidió. Gondomar
piensa que estos hombres o bien morirían o bien
se entregarían a la más pura piratería
en el Caribe. El 24 de Junio habría de escribir la carta con
una de las informaciones más decisivas para el
futuro de Walter Raleigh. En Mayo había llegado
otro barco de los del corsario a Plymouth. En este se
portaban importantes cartas y testimonios de lo que los
hombres de aquella flota habían hecho. Había
diversas cartas de Raleigh a varias personas de Inglaterra,
entre ellas una dirigida a Winwood, creyendo él
que este aún vivía. Esas cartas se unían
a los testimonios de los viajeros y a los del capitán
Parker, capitán del susodicho barco. Se decía
que Walter Raleigh hijo había dicho, antes de
partir de Inglaterra, que su padre dudaba acerca del
lugar al que irían, no tenía decidido el
destino final, por mucho que había prometido llegar
a las minas de oro de la Guyana, que decía conocer.
Pero esa no era la información más importante.
Walter Raleigh padre había regresado a Inglaterra
el 14 de Junio. Gondomar solicitaba que le embargasen
todas sus naves y le hiciesen preso. Aunque esto se hace,
el embajador desconfía del celo con el que se
hace, pues dice que los embargadores declaraban que consigo
llevaban cosas de poco valor como tabaco y algunos jarros.
Gondomar cree que había podido esconder las posibles
riquezas que hubiese podido robar. En cuanto a los actos
piráticos que habían realizado, todos los
participantes echaban la culpa a los muertos, pese a
que lo que decían que estos robaron lo llevaban
ellos mismos, los vivos. Gondomar es consciente de que
el Rey inglés desea castigar a Raleigh y agradar
a España demostrándole que no era su intención
atacarla. Por ello Jacobo I hace lo posible por aclarar
todo el asunto y solucionarlo tal como si hubiesen atacado
a otros ingleses. Pese a ello, el embajador se aventura
a recomendar a Felipe III que no se paré sólo
en embargar las posesiones inglesas en Canarias y Sevilla,
sino que detuviese a todo inglés sospechoso en
esos sitios y en las islas de Madeira y las islas Terceras,
ya que ahora sabía que en todos eso sitios Raleigh
había ocasionado matanzas, robos y daños
varios, tanto en mar como en tierra. Consideraba que
los ingleses que estaban en esos puertos eran sabedores
de tales actos y, por tanto, cómplices. Aconsejaba
tomar declaración a todos los capitanes y maestres
ingleses que en esos lugares encontrasen. Además,
debían vender sus barcos embargados para poder
acumular dinero con el que indemnizar los daños
causados. Consideraba que eso no daría pie a la
guerra, sino a mantener la paz, ya que los castigos ejemplares
harían ver que en tiempos de paz España
seguía siendo igual de fuerte, por lo que así se
evitaría el surgimiento de más piratas
o corsarios, así había funcionado al menos
con el caso del corsario holandés Juliers. Walter Raleigh intentaba defenderse de las acusaciones
alegando que la Reina Isabel I le había otorgado
las tierras del río Orinoco por él descubiertas
y exploradas. Enrique IV de Francia también le
había permitido conquistarlas y poblarlas. La
población y fortaleza de Santo Tomé que
encontraron al llegar era una creación posterior
de España, tras de saber anticipadamente a causa
de Gondomar que él viajaba a esas tierras. Consideraba,
pues, que los españoles eran quienes usurpaban
un territorio que era inglés, y además
de su control. Ese puerto de Santo Tomé era imprescindible,
según él, para obtener la mina de oro de
la que hablaba. La diplomacia española consideraba
esas otorgaciones de Isabel I y de Enrique IV echas sin
fundamento alguno, y era tanto como otorgar el Rey de
España invadir Inglaterra para ocupar Holanda
de forma más efectiva. Razón que Jacobo
I creía cierta, lo que le llevaba a querer impartir
justicia. Pero la justicia sería difícil
de impartir, ya que muchos callaban muchas de las cosas
que hicieron en América. Gondomar, además,
era de la opinión de que no habría de bastar
con restituir lo robado, sino que también se debía
dar el castigo prometido años atrás. La carta encontrada de Walter Raleigh para Winwood parecía
confirmar, por su redacción, que los ataques a
españoles realizados eran dl gusto de la Corona
inglesa, o sea, en realidad, de Winwood y otros diplomáticos.
Lo que en cierto modo hacía de Raleigh que siguiese
siendo un corsario, sin patente de corso esta vez, y
no un pirata. ¿Cómo explicar sino que regresara
a Inglaterra, sabiendo que le podrían ahorcar
por lo hecho, y no buscase refugio en los dominios de
alguno de los enemigos de España? Raleigh relataba
que durante el viaje a América les sorprendió grandes
tormentas en el mar y escasez de provisiones, lo que
trajo una enfermedad que mató a varios marineros.
A la altura de Cabo Verde habían perdido áncoras,
cables y agua de varios barcos. Habían llegado
a la Guyana el 13 de Noviembre de 1617, aunque pararon
en el río de Galiana y no en el Orinoco. Allí desembarcaron
a los enfermos y fueron ayudados por unos indios que
Raleigh decía conocer ya de tiempo atrás.
El propio Raleigh estaba tan débil que estaba
cerca de la muerte, de no ser por los cuidados de esta
gente. Ordenó entonces ir al Orinoco a cinco barcos
bajo las órdenes del capitán Keymis. Debían
buscar las minas de oro. Había cinco capitanes
más con cincuenta hombres bajo el mando del capitán
Parker y el capitán North (que años después
volvería a aparecer en la correspondencia del
Conde de Gondomar). Walter Raleigh hijo capitaneaba la
tercera compañía. Thorne la cuarta. El
capitán Thidley llevaba la quinta y era el lugarteniente
del propio Raleigh padre, aunque el sargento mayor era
el capitán holandés Piggot, que murió en
el viaje. Warren, su otro lugarteniente, un sargento,
estaba enfermo de modo terminal, por lo que Raleigh nombró a
su primo George Raleigh como segundo lugarteniente, pero
este no era obedecido. El caso ocurrido, según
los relatos de Raleigh es que llegaron de noche a cierto
lugar buscando un puerto, sin darse cuenta de que estaban
pasando por delante de una fortaleza española,
Santo Tomé. Las consideraciones de Raleigh acerca
de la legitimidad de esta ya están dicha, añadiremos
aquí que él creía que tenían
instrucciones de acabar con ellos, ya que estaban avisados
del viaje, cosa que se puede dar por cierta, teniendo
en cuenta las recomendaciones de Gondomar a Felipe III.
Los españoles dispararon primero, según
Raleigh siempre, en cuanto vieron pasar un barco no español.
De ahí que se entablara una lucha en la que murió el
propio hijo de Raleigh de un disparo. Aún con
todo, los cincuenta corsarios malnutridos combatieron
a muerte y acribillaron a los españoles matándoles
a todos, según se describe en otro documento,
haciendo tantos agujeros en las paredes que no era posible
que dentro de la casa pudiese quedar vivo nadie. Entretanto,
Raleigh con el resto de los hombres y barcos deseaba
asaltar a la Armada de España, pero reconocía
su inferioridad y prefirió esperarla, llegándose
a plantear la posibilidad de quemar los barcos y plantar
cara a la Armada hasta morir todos en su defensa. Pero
la Armada se había quedado en la isla de Margarita
esperando que su flota pasase por allí, forzosamente,
para ir al resto de las Indias Occidentales para quedarse
o por necesidad de aprovisionarse para regresar a Europa.
Raleigh cree haber obrado correctamente en servicio de
Inglaterra y se queja a Winwood de que todos esos males
se debían a las informaciones que Gondomar había
podido obtener acerca de su flota antes de partir de
Inglaterra. Sabía con detalle el corsario de cuando
y a que gobernadores les llegó avisos de España
sobre su viaje. Keymis aún se enfrentaría
a los españoles a su regreso junto a Raleigh,
cuando al desembarcar en una orilla se encontró con
unos mosqueteros que mataron a dos de sus remeros e hirieron
muy malamente a Thorne. Los corsarios habían tomado
Santo Tomé, pero se veían asediados por
ataques españoles. Por todo ello, muchos ya no
veían provecho alguno en aquel viaje, ni creían
que la mina de oro fuera real, a causa de un paisaje
de selva muy espesa. Y de haberla, pensaban, estaban
tan agotados que no podrían trabajarlas y sacarlas
ningún provecho sino era con esclavos negros.
De hecho sí existían dos minas de oro,
pero en manos españolas. Keymis las abandonó por
imposibles de explotar, y por estar en posesión
española, cosa que disgustó a Raleigh.
Según él esa acción le dejaba mal
delante de Jacobo I, con quien se había comprometido
a explotarlas a cambio de su libertad. Había sido
la definitiva deserción del capitán Thidney
la que hizo considerar necesaria su vuelta a Inglaterra
para defenderse, ya que había obrado, según
su parecer, a favor de los intereses de Inglaterra. Keymis se había negado a conseguir la mina de
oro a causa del enfrentamiento con los españoles
donde murió e hijo de Raleigh. Consideraba que
habían quebrantado con ese acto la condición
real de no atacar a los intereses españoles y
que serían ahorcados todos. Solicitó a
Raleigh unir sus versiones acerca de que ellos jamás
intentaron ir a la mina de oro, para así defenderse
mejor en Inglaterra. Como Raleigh se negara a hacer tal
cosa, por respeto al Rey, al que le había prometido
lograr la mina, Keymis se suicidó. El suicidio
fue un tanto raro, aunque parece no haber ninguna otra
versión acerca de este. Fue a solas en su camarote.
Se había disparado en el pecho con un pistolete
tan pequeño que Raleigh afirma que sólo
le habría quebrado alguna costilla, pro en la
espalda tenía atravesado un cuchillo que le desangró.
Sólo cabría pensar que lo colocó allí por
si el pistolete fallaba caer sobre él. Cerraba
la carta Raleigh confesando su intención de regresar
a Inglaterra, cosa para la cual ya había hecho
alguna preparación. Una carta del capitán Parker confirma estos hechos,
dando algunos detalles que yo ya he incluido en el relato
que hacía Raleigh. Parker culpa al propio hijo
de este de su propia muerte, por su temeridad. En cuanto
a Keymis dice que era muy cruel y mentiroso y se merecía
su propia muerte, pese a ser un suicidio. No es más
que una inculpación a los muertos como modo de
autodefensa, cosa que debió hacer muchos de aquellos
tripulantes regresados a Inglaterra. Otra carta de Raleigh, esta ala Maestro de Artillería
y del consejo de Estado del Rey de Inglaterra, escrita
el primero de Junio, excusaba no haber tomado la mina
de oro por la cobardía de Keymis y la falta de
hombres, al no contar con los suyos. Relata que, resuelto
a regresar a Inglaterra, unos hombres suyos intentaron
amotinarse tomando la mejor nave de la flota inglesa
y hacer actos piráticos a amigos de Inglaterra
(¿se refería a españoles?) y a portugueses.
Raleigh dice haberse opuesto al proyecto en cuanto supo
de él, pero que se vio obligado a volver a las
costas americanas para lograr al menos provisiones que
les contentasen. Le pedían no volver a Inglaterra
hasta haber alcanzado la seguridad del perdón,
pero negociaron, alteradamente, ir al menos a Kilbury,
en Irlanda, un refugio habitual de piratas y forajidos.
Raleigh justifica así su comportamiento como corsario,
del que dice que no es tal, ya que le obligaron las circunstancias.
Todo esto no pudiera ser más que una excusa para
alcanzar su perdón o suavizar su condena. En Irlanda
dice haberse enterado de las acusaciones que pesan sobre él,
sobre todo de las referentes a lo que se hizo en Santo
Tomé. Justifica sus actos alegando que los españoles
estaban fuera de su territorio en la Guyana, ya que esa
tierra le había sido otorgada años atrás
incluso por el Rey de Francia (que se hallaba asentado
desde 1604, como se dijo) y por el Conde Mauricio de
Holanda, por un periodo de diez años. Justifica
que de otro modo hubiera sido más sensato no haber
regresado a Inglaterra, cosa que hizo como muestra de
su lealtad. En una segunda carta al mismo destinatario, pero sin
fechar, trata de acusar a los que fueron con él
a Irlanda como ladrones en los que se habían transformado,
los cuales amenazaban su vida por querer volver a Inglaterra,
al puerto de Plymouth. Aún con todo él
regresó, lo que ensalza como una muestra más
de su lealtad y buena intención. Intenta excusarse
de lo cogido en Canarias, como algo que cogió por
ofrecimiento que se le hizo. También intenta inculpar
a otros capitanes de la expedición en cuanto a
lo que se hizo en busca de la mina, a la vez que niega
haber traído riquezas ocultas, ya que toda riqueza
se quemó cuando prendieron fuego a Santo Tomé en
su asalto. Añade una serie de alegaciones posteriores
donde reafirma todo lo dicho en su defensa hasta ahora
y añade sus actos pasados de liberación
de caciques presos por los españoles en aquel
lugar, los cuales fueron reconocidos como súbditos
de Isabel I. Que Keymis fue enviado tras morir Isabel
I a aquellos lugares para continuar su posesión
en nombre de Jacobo I. Que el descubridor de las tierras
era quien tenía su título y privilegio
(o sea, él). Que esa propiedad la avala el poder
del más fuerte, aplicada en América. Que
Francia perjudica a España en América más
que Inglaterra. Y que todo se hizo a favor de Inglaterra. Todos estos datos que aportó la llegada de Raleigh
hizo que el Conde de Gondomar escribiera a Jacobo I una
carta, el 14 de Junio, donde le recordaba todos los males
causado a españoles y bienes de españoles
desde su partida, así como su promesa de entregarle
a España para ahorcarle en Madrid si todo lo que
sucedió llegaba a suceder. Incluso llega a pedir
el mismo trato para con los que con él fueron
y participaron de sus actos. Jacobo I creo entonces una
proclamación por la cual arrestaba oficialmente
a Raleigh, repasando todas las infracciones que había
cometido del trato realizado acerca de que no dañara
intereses españoles. Pedía así mismo
que todo el mundo que pudiera prestar alguna declaración útil
respecto al caso fuese a darla inmediatamente, para alcanzar
cuanto antes la justicia. El 15 de Julio Gondomar redacta el despacho más
grande sobre Walter Raleigh que hasta entonces había
escrito. Gondomar está a punto de dejar Inglaterra,
por su salud, pero este asunto desea dejarlo totalmente
cerrado antes de irse. Gondomar es invitado a estar en
el Consejo que Jacobo I iba a realizar sobre el espinoso
tema. Gondomar expone los males que Raleigh ocasionó que
le han sido notificados desde España, recordando
a la vez su advertencias pasadas sobre las consecuencias
de esa expedición, y las promesas del Rey de Inglaterra
de entregarle a Raleigh a España, junto a doce
hombres, para ser ahorcado en Madrid, más el oro
que hubiesen robado. Refiere la pretendida sorpresa que
le causó la carta de Raleigh a Winwood anteriormente
relatada, a causa de la libertad con la que se habla
en ella de la muerte de españoles. A la vez, seguía
manteniendo el territorio de la Guyana como territorio
español. Jacobo I admitió los daños
causados a España y estaba resuelto a castigar
a los culpables ya que deseaba la paz sobre todo. El
canciller Francis Bacon, el arzobispo de Canterbury y
el Tesorero, alegaron que Inglaterra, y mucho menos su
Rey, no podían ser responsables de los desmanes
hechos por los particulares ingleses, y que esta había
hecho lo posible por evitarlos cobrando fianzas a Raleigh
antes de su partida. La Corona no podía impedir
la realización de negocios que trajesen beneficios
a sus súbditos y a ella misma, ya que no era vasalla
de ninguna otra Corona. Por ello esperaban que esos hechos
no enturbiasen las relaciones con España. En el
siguiente consejo donde se exponían todos los
cargos contra Raleigh, algunos de sus familiares interrumpieron
la sesión diciendo que el propio Gondomar había
cargado los tintes contra su pariente Walter. Añadieron
que jamás habían visto a un embajador de
otro país decirle a un Rey de Inglaterra lo que
debía hacer con sus presos, ni como debía
administrar justicia, y no entendían porqué Raleigh
debía ser llevado y ahorcado en España.
El Marqués de Buckingham intervino a favor de
Gondomar diciendo que esas eran cosas que el Rey había
prometido a España tiempo atrás, y por
tanto nadie le ordenaba nada. Pero se veía conveniente,
por cuestiones de orden interno, que el caso lo juzgaran
hombres sabios de la propia Inglaterra. Jacobo I daba
la razón a Gondomar, reafirmando así sus
promesas, aunque vio la conveniencia de aceptar que decidiesen
hombres de leyes ingleses. Consideraba, dijo, que Raleigh
era un traidor al incumplir lo que se le había
hecho prometer mediante trato. Al día siguiente
Gondomar habló a solas con Jacobo I, y con licencia
para decirse sus opiniones con la libertad de hablarse
de persona a persona, y no de Rey a embajador. Gondomar
le dijo que los males que Raleigh causó a España
habían sido mayores de los que narró en
el consejo. Jacobo I se veía engañado por
los consejeros que le habían convencido para autorizar
ese viaje, por lo que era el mayor interesado en ponerle
remedio. El Rey dudaba, por otra parte, de que las tierras
de Guyana fueran enteramente españolas, a lo que
Gondomar replicó con una defensa razonada con
ejemplos de lugares ingleses acerca de la españolidad
de aquel territorio. El Rey había pasado personalmente
varias horas conversando con cuantos testigos pudo acerca
de aquel viaje. Había llegado a la conclusión
de que Keymis ordenó el ataque a Santo Tomé,
como paso previo para hacerse con las minas. Su suicidio
se debía al miedo que tomó ante Raleigh
al haber muerto el hijo de este en aquel ataque. Pero,
aún con todo, era Raleigh el capitán general,
y por tanto de quien partía toda orden y autorización.
No obstante, había partido con su permiso, y no
por cuenta propia, por lo que debía oírle
y juzgarle debidamente. Gondomar sintió esto y
le dijo que en España, si se tenían tales
evidencias, ya se le habría ahorcado, del mismo
modo que se procedió desde el principio a expropiar
bienes ingleses en Canarias y Sevilla. Pero Jacobo I
se mantuvo firme en juzgarle de acuerdo a las leyes y
normas inglesas, pues el Rey de Inglaterra no era ni
vasallo ni deudor del Rey de España. Gondomar
le admitió esto aunque diplomáticamente
le volvió a recordar su promesa de mandarlo a
Madrid para ahorcarlo, lo que indicaba que el juicio
ya tenía sentencia antes de celebrarse. Jacobo
I pretendía que Gondomar informase sobre todo
lo hablado a Felipe III. En tres días se acordaría
todo lo referente al juicio de Raleigh y la ejecución
de su sentencia. Tanto los que apoyaron a Raleigh como
los que no, estuvieron conformes en restituir a los españoles
las haciendas perdidas. Sin embargo muchos se sentían
incómodos con el pensamiento de que Raleigh fuera
entregado a España, pujes veían en ello
una falta de autoridad en Jacobo I, y una doblez de este
frente a la Corona española. Por ello, Gondomar
le solicita a Felipe III que recapacite sobre la conveniencia
de insistir en que Raleigh se ahorque en Madrid, ya que
le podría causar males a su aliado Jacobo I. Así mismo,
dice que se estaba haciendo un embargo general de los
barcos de Raleigh en aquel lugar, pero aconseja que en
Canarias, Sevilla, Madeira y Terceras, se embargase ya
sólo a las naves que con seguridad fueran de la
flota de Raleigh, por evitar males o disgustos a la Corona
inglesa, y mantener así un gesto de deseo de mantener
la alianza anglo-hispana. Raleigh estaba preso en Plymouth
y se estaba prendiendo a los que se podía del
resto que regresaron con él. Todos estos acuerdos fueron confirmados oficialmente
por el de Buckingham a Gondomar por medio de una carta
del 26 de Junio. Con rapidez se embargaban barcos y se
apresaban a los colaboradores de Raleigh para ser juzgados
de acuerdo a las leyes y normas inglesas. Raleigh mandó una carta a Jacobo I el 16 de Junio
intentando conmoverle para alcanzar sino su libertad
sí alguna compasión. Alegaba su regreso
voluntario a Inglaterra, una vez más, el no haber
atacado a ningún poblado español costero,
salvo el de Santo Tomé, del que dice que los españoles
mataron a veintisiete ingleses atados espalda contra
espalda, y de dos en dos, degollándoles tras haber
convivido un tiempo juntos. Que no cobró venganza
tras la muerte de su hijo, ni se apropio de la mina en
manos españolas. Y a que diferencia de Parker
y Moutam, él, esta vez, no había cometido
asaltos en el Caribe, como estos hicieran en Honduras
y Campeche. Mientras, Felipe III había admitido que ahorcasen
a Walter Raleigh en Inglaterra. El famoso corsario no
parecía tener ya salvación posible, por
mucho juicio que se celebrase (este era más bien
una pantomima). El 5 de Septiembre Raleigh ya estaba
sentenciado como traidor y pirata, y se encontraba encerrado
otra vez en la Torre de Londres. El Conde de Gondomar
escribía una carta a Don Juan de Ciriza, Secretario
de Estado de España, el 28 de Noviembre, en la
cual decía en un breve párrafo inicial
que le parecía que Walter Raleigh ya había
sido ahorcado, pero que le parecía más
importante haber roto la paz entre Inglaterra y Francia,
por lo que el resto de la extensión de la carta
lo dedicaba a los asuntos relacionados con Francia. Era
realmente muy escueto lo que le dedicaba a este asunto,
teniendo en cuenta el montón de cartas y de tiempo
que Gondomar le había dedicado al problema que
suponía Raleigh en el mar. Tal vez literariamente
esa era su propia condena a Raleigh, la indiferencia
ante su muerte. Esta, efectivamente se había producido
el 29 de Octubre de 1618, en Inglaterra. Walter Raleigh
no había muerto ahorcado, se le ejecutó degollándole. Este es en resumen el contenido de los documentos inéditos
del Conde Gondomar respecto al corso de Walter Raleigh.
Esperamos que haya podido aclarar dudas sobre el final
de este famoso corsario, o bien gustar su lectura.
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