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fecha publicación: 30/01/2004
   
 

" Tiempo de Cervantes "

   
   
Carlos Herrero Martínez
Estudiantes de Historia
Universidad de Alcalá - España
Examen realizado para la asignatura "Tiempo de Cervantes"
     

Desde los años de estudiante en la enseñanza media, en esas horribles clases de literatura donde se reducía todo a una mera enumeración de características acerca de autores y periodos literarios, tanto Miguel de Cervantes, como su mamotreto Don Quijote me han parecido un reclamo publicitario más que una gran obra maestra. Sin embargo, muy lejos está de mí el permanecer como esa Castilla a la que Antonio Machado dedicaba sus versos de « envuelta en sus andrajos/ desprecia cuanto ignora » y por ello, quizá más que por aprecio a usted señor Sola, decidí cursar esta asignatura. Me apetecía conocer un poco más de este autor hasta entonces para mi aburridísimo conectándole con el tiempo en el que se desarrolla su obra. El planteamiento de la asignatura me gustó desde el primer momento, pues eso de tratar una coyuntura global y general de la Historia a través de uno de sus protagonistas me parece idóneo para comprender y aprehender acerca de algo o de alguien. Pero acerca de lo que me ha quedado como poso sobre Cervantes y España en torno a 1600 volveré más adelante.

Antes de nada me gustaría tornar un momento a cual ha sido otro de los ejes que me han llevado a ir cambiando paulatinamente mi visión acerca de Cervantes y su obra, la cual, aunque aun no he leído demasiado, espero aprovechar estas vacaciones estivales para sumergirme un poco más en su lectura. Decía Humberto Eco (no recuerdo exactamente donde) que los libros se hablan entre si, algo que he podido a bien comprobar introduciéndome de lleno en un autor que por su ubicación temporal y física no tiene nada que ver con Cervantes aunque emplee el castellano con la misma destreza que Don Miguel. Me refiero a Jorge Luis Borges. En su libro Ficciones se encuentra el maravilloso cuento de Pierre Menard, el cual, aunque autor ficticio francés de la primera mitad del XX, se hace pasar también por autor del Quijote. La ficción es genial. El ficticio Pierre Menard aprende castellano y escribe el Quijote tal cual lo había escrito Cervantes en el XVII. Obviamente, como Borges bien explica existen en su interior párrafos enteros que, aunque idénticos en cuanto a forma en uno y otro Quijote, expresan cosas diferentes si las leemos bajo la óptica de un francés posrevolucionario del XX o de un soldado español del XVI. Cuanto menos el artificio borgiano es asombroso, al tiempo que muy cercano a esas Magias parciales del Quijote que Miguel de Cervantes gustaba de reproducir. J.L.Borges los resalta en el ensayo homónimo presente en su libro de Otras Inquisiciones. Donde resalta bien los artificios de Cervantes al colocarse este mismo como uno de los personajes del libro. Por ejemplo, en el inventario de los libros del Quijote que hacen el cura y el barbero, aparece La Galatea cervantina. Para más INRI el barbero dice que conoce al autor, Cervantes, aunque no posee muy buena opinión de él. Un personaje creado por Cervantes conoce a Cervantes mismo. Pero más asombrosa es la segunda parte del Quijote donde los personajes son lectores de la primera. Tal y como Shakespeare hace que Hamlet contemple una obra de teatro que no es otra sino Hamlet mismo, se crea una mezcla de ficción y realidad difícil de diferenciar.

Estos artificios resaltados magistralmente por Borges son los que pusieron el fuego en la pólvora para que me animase a entrar poco a poco en la lectura de Cervantes. De esta forma consideré que mejor que leer estudios consagrados a Cervantes habría que ir al propio autor y buscar por cuenta propia esos mágicos artificios. No he llegado a leer el Quijote entero, debo confesarlo, pero entre hoja y hoja, capítulo atrás y capítulo adelante, he logrado hacerme una idea de las magias que oculta. Ahora ya no creo que sea un libro aburrido sino más bien un libro rarísimo. Alonso Quijano cree que es don Quijote y vive en un mundo ficticio alejado del mundo real que es el mundo del cura o del barbero. Pero al tiempo, ese mundo real es una ficción de Cervantes, tan ficticia como el mundo donde cree vivir Don Quijote. Esto nos ilusiona y al tiempo puede llegar a aterrarnos pues… ¿Este mundo nuestro no puede ser también una ficción creada por alguien? Borges lo expresa patéticamente en su cuento Las Ruinas circulares y en los versos finales de uno de sus poemas:

Ajedrez
(…)
Dios mueve al jugador y este, la pieza
¿ Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo, tiempo, sueño y agonías?

Es curioso, al menos para mi, ver que este artificio de reflejos, identidades, ilusiones y realidades está presente en ese libro hasta ahora tan aburrido.

Ahora bien, retornado a la relación de Cervantes con la España de su tiempo, vemos que esta invención cervantina está íntimamente ligada a las circunstancias propias de eso que se ha venido en denominar la decadencia española del siglo XVII.

Pierre Vilar en su artículo El tiempo del Quijote comenta bastante bien como Cervantes pudo plasmar en su Quijote alusiones a una crisis ya presente en las conciencias aunque aun no en la realidad. Cierto es que la moneda castellana no cae hasta 1625, la unión ibérica no se deshace hasta 1640 o los tercios españoles no son derrotados en Rocroi por primera vez hasta 1643, pero la crisis en la mente de los castellanos del momento está presente desde la muerte de Felipe II en 1598. La cultura del Siglo de oro, como dice García Cárcel en un libro homónimo (Casi, Las culturas del Siglo de Oro) se funda sobre la idea de decadencia. Los cuadros sobre la muerte ( In ictu oculi) (Finis gloria mundi) de Valdés Leal o las prosas y versos de un Quevedo (¡Sobre todo un Quevedo!), de un Góngora o de un Lope, serán el Barroco puro al cual le gusta gozar en las orgías del autodesprecio, la caducidad de las cosas presentes, la vacuidad de la vida y la inexorable llegada de la muerte. En Cervantes y su Quijote, “Un libro castellano de 1600” como gusta de decir Vilar, todo esto se intuye, se apunta, se lee entre líneas. El memorial de 1600 de Martínez de Cellórigo ya apuntaba que España era la República de los hombres encantados, hombres que vivían ilusionados con las riquezas y maravillas de los reinados de los Austrias mayores y no veían la miseria de la realidad. San Quintín (1558) ocultó las derrotas en Flandes, Lepanto (1571) las sublevaciones de moriscos en las Alpujarras, la plata americana afluía para ocultar la miseria que se iba gestando ad futuram. Cervantes con su tono irónico-humorístico es consciente de todo esto y pone en boca de un hombre encantado, un loco, un idealista, las palabras que desde lo más profundo los hombres un poco avispados del XVI-XVII pensaban.

Asimismo, creo que es B. Bennassar en su La España del Siglo de Oro, el que alude a la noción de decadencia y su constante presencia en el espíritu del XVII así como su perpetuidad a lo largo de los siglos posteriores. El paso experimentado por España de ser la potencia mundial más importante durante el reinado de Felipe II hasta el continuo adiós a la Historia que se prolonga a lo largo de tres siglos, se produce exactamente en esa frontera cronológica de 1580 – 1625 en la cual vive ese hombre de frontera llamado Miguel de Cervantes, el cual realiza una obra de frontera situada entre lo políticamente correcto y lo trasgresor, lo irónico y lo sutil, lo arrogante y lo delicado, lo profundo y lo más típicamente popular. Creo que era el pesimista E.M.Cioran el que analizaba en su libro La tentation d´exister (Creo que aun no hay traducción castellana pese a los esfuerzos de Savater) el sentido de decadencia para los españoles de hoy. Contaba la anécdota que le ocurrió en Valladolid en la casa-museo de Colón cuando contemplaba un cuadro donde se representaba a Felipe III a caballo. Se le acercó una anciana y observó el cuadro. – ¡Un loco!- dijo Cioran, - Si,- contestó la anciana.- con él comenzó nuestra decadencia.

Con esta anécdota Cioran llegó a la conclusión de que la decadencia como idea era algo presente en los españoles. –España- concluye- es un país que lleva más de cuatro siglos luchando por no salir de la Historia.

En fin, lejos de acercarnos a las opiniones de un rumano afrancesado, deberíamos quedarnos como conclusión con esa presencia en el espíritu cervantino de las nacientes crisis económicas, políticas y sociales de la España de 1600.

En cuanto al interrogante propuesto acerca de Wu cheng – en (1500 – 1582) y su Rey de los monos no tengo demasiado que decir pues, aunque estuve presente en la clase donde se hizo mención a él, no recuerdo exactamente sobre que trataba. Sólo recuerdo que el artículo presente en nuestro dossier consistía en una breve reseña realizada por usted, Emilio Sola, debido a la reedición de este libro en castellano. Creo, si la memoria no me falla, que trataba acerca de unas historias o relatos al estilo de las Mil y Una noches, donde se usaban artificios propios de la locura y la trasgresión del orden establecido, algo muy cervantino por otra parte. Hablar más acerca de ello sería fabular por mi parte pues no recuerdo nada más concreto acerca de este chino del XVI desconocido antes de empezar la asignatura y desconocido ahora al concluirla.

Por último me gustaría dar una breve referencia de los libros que he ojeado o leído en su totalidad con respecto a la literatura cervantina.

Don Quijote de la Mancha: Capítulos 1-9, después capítulos sueltos, especialmente los dedicados a El casamiento engañoso.

Novelas ejemplares:
El Licenciado Vidriera: En su totalidad
El coloquio de los perros: En su totalidad
La española Inglesa: En su totalidad
Rinconete y Cortadilla: hojeado por encima
La ilustre fregona: páginas sueltas
Los trabajos de Persiles y Segismundo: Leí las veinte primeras páginas y después lo arrojé al fondo de un cajón.


Para despedirme emplearé una última hoja sin que por ello sea necesario rellenarla en su totalidad. Así pues en espera de que usted sea capaz de leer todos los exámenes- ensayo literario que le hemos dado, se despide hasta el curso que viene este humilde estudiante, no tan loco como Tomás Rodaja, pero si un poco quijote en cuanto a esa visión idealista de una realidad a veces cruel, a veces pasablemente digerible, que parece estar más interesada en los artificios soeces de la televisión que en las magias literarias de este alcalaino del XVI que pasa por ser nuestro más conocido embajador. Era Borges el que decía que los pueblos eligen como representantes literarios a los autores que menos tienen que ver con ellos. Alemania elige a Goethe, el cual estaba bastante lejos de la Alemania de su tiempo, imperialista y racista, dominadora de una Europa descarnada por las guerras del XVIII. Inglaterra elige al más socarrón de todos sus escritores, elige a Shakespeare. Francia no elige a ninguno pero se decanta por Víctor Hugo, esto es, la Francia revolucionaria es representada por aquel que pone en relieve las miserias de toda revolución. España, la España del XVI, de la inquisición y el imperialismo, la España de los Austrias no elige a un Quevedo o a un Góngora. España elige a Cervantes, el más tolerante, abierto, cosmopolita, irónico y humorista de cuantos escritores en el XVI han sido.

En fin, Borges, Cervantes, Cioran, Eco, Quevedo y todos los demás, quedan siempre presentes en las páginas que escribieron, páginas que no pueden ser llevadas más allá del tiempo que las vio nacer. Nuestra labor como futuros historiadores es la de diferenciar las buenas interpretaciones que acerca del tiempo y de los hombres se realizan en múltiples medios. Para ello es necesaria esa tarea lectora imprescindible para todo amante de los libros.

Esperando la corrección de este examen, me dispongo a encerrarme por unos días en busca de la lectura de Cervantes, Borges o Eco que calme este inquieto corazón, pues, quizá tenía razón Agustín de Hipona cuando decía aquello de Nos creaste para ti, ¡OH Señor! Y nuestro corazón no descansará hasta que vuelva a ti. En fin, locuras y realidades de un lector.

Vale

De lector a lector.


 

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