Desde
los años de estudiante en la enseñanza
media, en esas horribles clases de literatura donde se
reducía todo a una mera enumeración de
características acerca de autores y periodos literarios,
tanto Miguel de Cervantes, como su mamotreto Don Quijote
me han parecido un reclamo publicitario más que
una gran obra maestra. Sin embargo, muy lejos está de
mí el permanecer como esa Castilla a la que Antonio
Machado dedicaba sus versos de « envuelta en sus
andrajos/ desprecia cuanto ignora » y por ello,
quizá más que por aprecio a usted señor
Sola, decidí cursar esta asignatura. Me apetecía
conocer un poco más de este autor hasta entonces
para mi aburridísimo conectándole con el
tiempo en el que se desarrolla su obra. El planteamiento
de la asignatura me gustó desde el primer momento,
pues eso de tratar una coyuntura global y general de
la Historia a través de uno de sus protagonistas
me parece idóneo para comprender y aprehender
acerca de algo o de alguien. Pero acerca de lo que me
ha quedado como poso sobre Cervantes y España
en torno a 1600 volveré más adelante. Antes de nada me gustaría tornar un momento
a cual ha sido otro de los ejes que me han llevado a
ir cambiando paulatinamente mi visión acerca de
Cervantes y su obra, la cual, aunque aun no he leído
demasiado, espero aprovechar estas vacaciones estivales
para sumergirme un poco más en su lectura. Decía
Humberto Eco (no recuerdo exactamente donde) que los
libros se hablan entre si, algo que he podido a bien
comprobar introduciéndome de lleno en un autor
que por su ubicación temporal y física
no tiene nada que ver con Cervantes aunque emplee el
castellano con la misma destreza que Don Miguel. Me refiero
a Jorge Luis Borges. En su libro Ficciones se encuentra
el maravilloso cuento de Pierre Menard, el cual, aunque
autor ficticio francés de la primera mitad del
XX, se hace pasar también por autor del Quijote.
La ficción es genial. El ficticio Pierre Menard
aprende castellano y escribe el Quijote tal cual lo había
escrito Cervantes en el XVII. Obviamente, como Borges
bien explica existen en su interior párrafos enteros
que, aunque idénticos en cuanto a forma en uno
y otro Quijote, expresan cosas diferentes si las leemos
bajo la óptica de un francés posrevolucionario
del XX o de un soldado español del XVI. Cuanto
menos el artificio borgiano es asombroso, al tiempo que
muy cercano a esas Magias parciales del Quijote que Miguel
de Cervantes gustaba de reproducir. J.L.Borges los resalta
en el ensayo homónimo presente en su libro de
Otras Inquisiciones. Donde resalta bien los artificios
de Cervantes al colocarse este mismo como uno de los
personajes del libro. Por ejemplo, en el inventario de
los libros del Quijote que hacen el cura y el barbero,
aparece La Galatea cervantina. Para más INRI el
barbero dice que conoce al autor, Cervantes, aunque no
posee muy buena opinión de él. Un personaje
creado por Cervantes conoce a Cervantes mismo. Pero más
asombrosa es la segunda parte del Quijote donde los personajes
son lectores de la primera. Tal y como Shakespeare hace
que Hamlet contemple una obra de teatro que no es otra
sino Hamlet mismo, se crea una mezcla de ficción
y realidad difícil de diferenciar. Estos artificios resaltados magistralmente por Borges
son los que pusieron el fuego en la pólvora para
que me animase a entrar poco a poco en la lectura de
Cervantes. De esta forma consideré que mejor que
leer estudios consagrados a Cervantes habría que
ir al propio autor y buscar por cuenta propia esos mágicos
artificios. No he llegado a leer el Quijote entero, debo
confesarlo, pero entre hoja y hoja, capítulo atrás
y capítulo adelante, he logrado hacerme una idea
de las magias que oculta. Ahora ya no creo que sea un
libro aburrido sino más bien un libro rarísimo.
Alonso Quijano cree que es don Quijote y vive en un mundo
ficticio alejado del mundo real que es el mundo del cura
o del barbero. Pero al tiempo, ese mundo real es una
ficción de Cervantes, tan ficticia como el mundo
donde cree vivir Don Quijote. Esto nos ilusiona y al
tiempo puede llegar a aterrarnos pues… ¿Este
mundo nuestro no puede ser también una ficción
creada por alguien? Borges lo expresa patéticamente
en su cuento Las Ruinas circulares y en los versos finales
de uno de sus poemas:
Ajedrez
(…)
Dios mueve al jugador y este, la pieza
¿
Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo, tiempo, sueño y agonías?
Es curioso, al menos para mi, ver
que este artificio de reflejos, identidades, ilusiones
y realidades
está presente en ese libro hasta ahora
tan aburrido. Ahora bien, retornado a la relación de Cervantes
con la España de su tiempo, vemos que esta invención
cervantina está íntimamente ligada a las
circunstancias propias de eso que se ha venido en denominar
la decadencia española del siglo XVII. Pierre Vilar en su artículo El
tiempo del Quijote comenta bastante bien como Cervantes pudo plasmar en
su Quijote alusiones a una crisis ya presente en las
conciencias aunque aun no en la realidad. Cierto es que
la moneda castellana no cae hasta 1625, la unión
ibérica no se deshace hasta 1640 o los tercios
españoles no son derrotados en Rocroi por primera
vez hasta 1643, pero la crisis en la mente de los castellanos
del momento está presente desde la muerte de Felipe
II en 1598. La cultura del Siglo de oro, como dice García
Cárcel en un libro homónimo (Casi, Las
culturas del Siglo de Oro) se funda sobre la idea de
decadencia. Los cuadros sobre la muerte ( In ictu
oculi)
(Finis gloria mundi) de Valdés Leal o las prosas
y versos de un Quevedo (¡Sobre todo un Quevedo!),
de un Góngora o de un Lope, serán el Barroco
puro al cual le gusta gozar en las orgías del
autodesprecio, la caducidad de las cosas presentes, la
vacuidad de la vida y la inexorable llegada de la muerte.
En Cervantes y su Quijote, “Un libro castellano
de 1600” como gusta de decir Vilar, todo esto se
intuye, se apunta, se lee entre líneas. El memorial
de 1600 de Martínez de Cellórigo ya apuntaba
que España era la República de los hombres
encantados, hombres que vivían ilusionados con
las riquezas y maravillas de los reinados de los Austrias
mayores y no veían la miseria de la realidad.
San Quintín (1558) ocultó las derrotas
en Flandes, Lepanto (1571) las sublevaciones de moriscos
en las Alpujarras, la plata americana afluía para
ocultar la miseria que se iba gestando ad futuram. Cervantes
con su tono irónico-humorístico es consciente
de todo esto y pone en boca de un hombre encantado, un
loco, un idealista, las palabras que desde lo más
profundo los hombres un poco avispados del XVI-XVII pensaban. Asimismo, creo que es B. Bennassar en su La
España
del Siglo de Oro, el que alude a la noción de
decadencia y su constante presencia en el espíritu
del XVII así como su perpetuidad a lo largo de
los siglos posteriores. El paso experimentado por España
de ser la potencia mundial más importante durante
el reinado de Felipe II hasta el continuo adiós
a la Historia que se prolonga a lo largo de tres siglos,
se produce exactamente en esa frontera cronológica
de 1580 – 1625 en la cual vive ese hombre de frontera
llamado Miguel de Cervantes, el cual realiza una obra
de frontera situada entre lo políticamente correcto
y lo trasgresor, lo irónico y lo sutil, lo arrogante
y lo delicado, lo profundo y lo más típicamente
popular. Creo que era el pesimista E.M.Cioran el que
analizaba en su libro La tentation d´exister (Creo
que aun no hay traducción castellana pese a los
esfuerzos de Savater) el sentido de decadencia para los
españoles de hoy. Contaba la anécdota que
le ocurrió en Valladolid en la casa-museo de Colón
cuando contemplaba un cuadro donde se representaba a
Felipe III a caballo. Se le acercó una anciana
y observó el cuadro. – ¡Un loco!-
dijo Cioran, - Si,- contestó la anciana.- con él
comenzó nuestra decadencia. Con esta anécdota Cioran llegó a la conclusión
de que la decadencia como idea era algo presente en los
españoles. –España- concluye- es
un país que lleva más de cuatro siglos
luchando por no salir de la Historia. En fin, lejos de acercarnos a las opiniones de un rumano
afrancesado, deberíamos quedarnos como conclusión
con esa presencia en el espíritu cervantino de
las nacientes crisis económicas, políticas
y sociales de la España de 1600. En cuanto al interrogante propuesto acerca de Wu cheng – en
(1500 – 1582) y su Rey de los monos no tengo demasiado
que decir pues, aunque estuve presente en la clase donde
se hizo mención a él, no recuerdo exactamente
sobre que trataba. Sólo recuerdo que el artículo
presente en nuestro dossier consistía en una breve
reseña realizada por usted, Emilio Sola, debido
a la reedición de este libro en castellano. Creo,
si la memoria no me falla, que trataba acerca de unas
historias o relatos al estilo de las Mil y Una noches,
donde se usaban artificios propios de la locura y la
trasgresión del orden establecido, algo muy cervantino
por otra parte. Hablar más acerca de ello sería
fabular por mi parte pues no recuerdo nada más
concreto acerca de este chino del XVI desconocido antes
de empezar la asignatura y desconocido ahora al concluirla. Por último me gustaría dar una breve
referencia de los libros que he ojeado o leído
en su totalidad con respecto a la literatura cervantina.
Don
Quijote de la Mancha: Capítulos 1-9, después
capítulos sueltos, especialmente los dedicados
a El casamiento engañoso.
Novelas ejemplares:
El Licenciado Vidriera: En su totalidad
El coloquio de los perros: En su totalidad
La española Inglesa: En su totalidad
Rinconete y Cortadilla: hojeado por encima
La ilustre fregona: páginas sueltas
Los trabajos de Persiles y Segismundo: Leí las veinte primeras páginas
y después lo arrojé al fondo de un cajón.
Para despedirme emplearé una última hoja sin que por ello sea
necesario rellenarla en su totalidad. Así pues en espera de que usted
sea capaz de leer todos los exámenes- ensayo literario que le hemos
dado, se despide hasta el curso que viene este humilde estudiante, no tan loco
como Tomás Rodaja, pero si un poco quijote en cuanto a esa visión
idealista de una realidad a veces cruel, a veces pasablemente digerible, que
parece estar más interesada en los artificios soeces de la televisión
que en las magias literarias de este alcalaino del XVI que pasa por ser nuestro
más conocido embajador. Era Borges el que decía que los pueblos
eligen como representantes literarios a los autores que menos tienen que ver
con ellos. Alemania elige a Goethe, el cual estaba bastante lejos de la Alemania
de su tiempo, imperialista y racista, dominadora de una Europa descarnada por
las guerras del XVIII. Inglaterra elige al más socarrón de todos
sus escritores, elige a Shakespeare. Francia no elige a ninguno pero se decanta
por Víctor Hugo, esto es, la Francia revolucionaria es representada
por aquel que pone en relieve las miserias de toda revolución. España,
la España del XVI, de la inquisición y el imperialismo, la España
de los Austrias no elige a un Quevedo o a un Góngora. España
elige a Cervantes, el más tolerante, abierto, cosmopolita, irónico
y humorista de cuantos escritores en el XVI han sido. En fin, Borges, Cervantes, Cioran, Eco, Quevedo y todos
los demás, quedan siempre presentes en las páginas
que escribieron, páginas que no pueden ser llevadas
más allá del tiempo que las vio nacer.
Nuestra labor como futuros historiadores es la de diferenciar
las buenas interpretaciones que acerca del tiempo y de
los hombres se realizan en múltiples medios. Para
ello es necesaria esa tarea lectora imprescindible para
todo amante de los libros. Esperando la corrección de este examen, me dispongo
a encerrarme por unos días en busca de la lectura
de Cervantes, Borges o Eco que calme este inquieto corazón,
pues, quizá tenía razón Agustín
de Hipona cuando decía aquello de Nos creaste
para ti, ¡OH Señor! Y nuestro corazón
no descansará hasta que vuelva a ti. En fin, locuras
y realidades de un lector. Vale De lector a lector.
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