El artículo de
María Antonia Garcés, “El cautiverio:
meollo de la creación cervantina” (Revista
Senderos IX, Junio de 1998, pp.1323-1335), demuestra que
la historia del cautiverio es un género atemporal
que habla sobre una parte esencial de la condición
humana. En efecto, esto puede confirmarse en las historias
de cautiverio presentes en el cine, la innovación
artística que define las grandes historias del siglo
XX. Los reportes sobre prisioneros relatados tanto en Bridge
on the River Kwai como en The Great Escape ganaron premios
de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood, y también éste
fue el caso en 1959 de la versión cinematográfica
de otra historia de cautiverio: el Ben Hur de Lew Wallace.
Sin embargo, el romanticismo en torno del cautiverio se
minimiza cuando se oyen relatos testimoniales sobre los
horribles e indescriptibles días que el Senador
norteamericano John McCain pasó en el Hilton de
Hanoi. Y a pesar de esto, la historia del Senador McCain
hizo de él un mimado de la prensa, su libro se convirtió en
un éxito editorial, y esa detención en el
norte de Vietnam que alterara su vida completamente lo
convirtió en un símbolo de patriotismo, de
piedad y de triunfo del espíritu humano. Análogamente,
Miguel de Cervantes Saavedra fue un John McCain del siglo
XVI. Los cinco años pasados en un baño (un
calabozo) del norte del África (1575-1580) y su
experiencia como esclavo en Argel son los ingredientes
de una gran historia, ejemplo de la valoración política
y cristiana de la guerra entre los turcos y la Cristiandad,
historia que es, asimismo, un paradigma de la expansión
de la mente de un hombre que se fortalece como el oro en
el calor del sufrimiento.
La investigación de Garcés trata de un
Cervantes que encarna al esclavo y cautivo cristiano
de la Berbería norteafricana. En Don Quijote,
la descripción de este tipo de cautivo muestra
al doble de Cervantes, el Capitán cautivo Ruy
Pérez de Viedma, como un noble espíritu,
cuya devoción para con su fe y para con su nación
hace de él una figura de sufrimiento trágico.
Como en el caso de McCain, un soldado de alto rango atrapado
en el fragor de los superpoderes del siglo XX, Cervantes
fue igualmente un peón en la aparente colisión
sin término entre el Islam y la Cristiandad. Cervantes
fue un rehén de alto nivel, cuyo renombre dentro
de la comunidad cristiana de Argel hizo de él
un príncipe entre los cautivos. Como representante
del cautivo cristiano, encarnó tanto al cristiano
sufriente como al valiente caballero. En su Información
de Argel, suscrita en octubre de 1580 en la misma ciudad
norteafricana, Cervantes reporta que en su estado vital
de degradación pudo componer poemas de devoción
y mantener profundamente su piedad. Habría de
haberse visto a sí mismo como Don Quijote, un
sufriente caballero andante de la Cristiandad en los
abismos de la barbarie musulmana, un caballero que lucha
una batalla en apariencia fútil contra sus captores.
El otro lado de la moneda caballeresca está en
que Cervantes también encarnó un tipo de
soldado cristiano, el soldado valiente y recursivo. Cervantes
participó en cuatro intentos de escape y se puso
a sí mismo en gran peligro sólo para lograr
la libertad. En toda la obra de Cervantes, brilla un
sentido: él se siente a sí mismo como un
cristiano que debe encarnar ciertos ideales, incluso
y de manera especial en medio del cruel cautiverio de
los musulmanes, tan satanizados por la propia civilización
de Cervantes.
Garcés estudia con gran detalle el conflicto
personal de un hombre que habrá de ser el primer
escritor europeo moderno. El impacto sicológico
de los años pasados en Argel fue el catalizador
que permitió a Cervantes acceder a su genio literario.
Es este palpable efecto psicológico de su trauma
reflejado en su escritura lo que sugiere que Cervantes
es el primer autor moderno. Garcés discute la
perspicaz conclusión del psicoanalista Dori Laub,
según la cual quienes han experimentado un trauma
intenso necesitan sobrevivir para contar sus historias,
así como ellos mismos necesitan contar sus historias
para sobrevivir. Esto es cierto para el caso de McCain
y, desde los estudios con pacientes de Laub, es también
particularmente cierto para el caso de los sobrevivientes
del Holocausto. A partir de esta perspectiva, lo que
más importa no es tanto el contenido de la narración
misma como la narración personal. Garcés
discute también el trabajo de Elie Wiesel, quien
afirma que si alguien más pudo haber escrito sus
historias, él no habría tenido que hacerlo.
La narración sobre el cautiverio es una catarsis,
y en el capítulo 40 de la Primera Parte de Don
Quijote, esta narración emerge como una Noche
del siglo XVII. No me atrevería a llevar a cabo
una comparación inmoral entre el Holocausto y
el cautiverio argelino, pero son comparables los efectos
que ambos tienen sobre los seres humanos. Es este pathos,
en parte trágico y en parte emocionante, lo que
hace la narración del cautiverio un género
eternamente entretenido, que cautiva la imaginación
y convierte en leyenda a hombres como Cervantes al igual
que lo hace con sus modernos sucesores literarios.
(Traducción de Andrés Lema-Hincapié)