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"Corsarios o Reyes. De la saga de los Barbarroja a Miguel de Cervantes"

 

   
   

II.- HACIA UN CLASICISMO DEL RÉGIMEN ARGELINO: LA FIGURA HONORABLE
Y DIGNIFICADA DEL VALIENTE Y HEROICO CORSARIO.

   

2.2.- VIAJE DE JEREDÍN BARBARROJA A ESTAMBUL, NARRADA POR UN CAUTIVO QUE VIAJARA EN LA EXPEDICIÓN, LLEGADA A AQUELLA CIUDAD Y VIAJE A ALEPO PARA BUSCAR APOYO DEL VISIR IBRAHIM, TAL VEZ COINCIDIENDO CON RINCÓN.
 

"Yo, señor, hube libertad a la vuelta de Barbarroja de
Constantinopla entre Negroponte y Nápoles de Romanía, a 6 de
julio de este año 1534, por gran ventura que rompí una noche la
manilla de mi prisión y me descolgué por la escala de popa sin
ser sentido, y nadé obra de tres millas. Fui a Nápoles de Romanía
y de allí a Malvasía, y de allí me embarqué a Candía, donde hallé
un galeón de Martín de la Rentería cargado de malvasías para
Inglaterra; en el cual pasé hasta Gibraltar, donde estoy, que me
detuvo el señor don Alvaro de Bazán once días informándose de
muchas cosas" (12).

Así termina su carta el cautivo Andrés Ygarcia después de

relatar por extenso el viaje de Jeredín Barbarroja a Estambul,

del verano de 1533, y sus gestiones en aquella corte y en Alepo.

A pesar de que es algo tosca la redacción y en ocasiones

reiterativo, la abundancia de datos sobre el corso durante ese

viaje y los detalles de un testigo de excepción, le conceden un

raro atractivo. Comienza el relato con las acciones de corso en

tierras italianas:


"Sabrá Vm. cómo el rey Barbarroja partió de la ciudad de
Argel, donde dejó sus hijos y mujeres con toda su casa, a 17 de
agosto del año pasado de 1533, con dieciocho navíos, entre los
cuales llevaba siete galeras y once fustas y galeotas.
"Prosiguiendo nuestro camino, arribamos a la Zinava, que es
una isla pequeña junto con la Cerdeña; donde hallamos, aquella
noche que llegamos, quince navíos de turcos cosarios, entre los
cuales había una galera sotil que había tomado aquel cosario a
los venecianos. Estos turcos nos tuvieron por cristianos, y
nosotros creimos lo mismo dellos. Por esta causa, hubo tanto
alboroto aquella noche que, en verdad, muchos dellos no acertaban
a tomar armas; y el mismo Barbarroja no andaba tan solícito que
le sobrase mucho ánimo.
"Después de reconocidos, nos platicamos; y fuimos juntos a
las Bocas de Bonifacio, donde concertó el dicho Barbarroja con el
capitán de las quince fustas y galea veneciana, de ir a la isla
de Elva y hacer un salto que le ofreció un traidor, mal
cristiano, de las quince fustas. Así, partimos para la isla de
Montecristo y llegamos a Elva una noche, a 26 de agosto.
"Pasada la medianoche, se echó toda la gente que pudo, de
los treinta navíos, en una cala de la dicha isla, al Cabo de la
Calamita, que es otra montaña al levante de la isla. Yendo la
gente por tierra, con su mal cristiano Adalid, sin ser sentidos
dieron en un lugar que está a la parte de tramontana, y a la
vista de Pomblin, que se llama aquel lugar Rio. Como hubo algún
sentimiento de la venida de los turcos, algunos hombres se
salieron con más diligencia que las mujeres; de las cuales fueron
presas trescientas, en que había quince hombres; y los demás eran
muchachos y mujeres. Este lugar y su iglesia fue quemado, sin
haber quién resistiese en todo aquel día.
"Después de embarcados con la presa y caminado a levante,
asomó una nao por la punta de la isla, a la parte de poniente.
Volvimos sobre ella; pero como llegó un poco de viento y tenía la
guarida cerca, metióse en Pomblín. Luego vimos otras doce naos
que venían de Génova e iban cargadas de trigo. Dimos vuelta a
ellas; pero como reconocieron tantos navíos, cada una tiró por su
cabo y la gente de las seis dellas se fue a una nao genovesa muy
grande; y los demás se fueron en tierra. Combatimos la nao grande
y rompimos el timón; y, por esto, no pudo dejar de perderse. En
este combate mandó dar Barbarroja un escoipetazo al capitán de la
galera veneciana por la cabeza, del cual murió; diéronle este
escopetazo desde una fusta de Barbarroja, el cual puso en ella
por capitán un Adalid suyo. En este combate tomamos seis navíos,
y llevámoslos al puerto de la Elva, donde fueron robados y
quemados.
"Seguimos nuestro viaje, la vuelta de Montecristo, donde
fueron todasw las mujeres y muchachos con toda la armada. De aquí
fuimos la vuelta de Monte Xarnelo, algo desviados dél por no ser
descubiertos. En el parje de Roma envió Barbarroja cuatro fustas,
las más ligeras, a tomar lengua fresca cerca del río de Roma;
donde tomaron una caravela cargada de vino, con cinco hombres y
un muchacho, de los cuales se reformó (sic) Barbarroja de nuevas
frescas.
"Así, llegamos a la Palmerola, que es una isla junto a la de
Ponza, donde recorrimos el sebo de los navíos con agua caliente.
Partimos para la isla de Ponza para hacer aguada. Hay allí una
torre algo fuerte, en que se habían recogido unos pescadores
luego que nos vieron. Como sentimos gente, fuimos a ella con
nuestra armada; y, llegando cerca, tiraron della un pasavolante a
la galera bastarda de Barbarroja, que le pasaron el alquife por
la proa de parte a parte; y pasó la popa de la dicha galea entre
Barbarroja y un su garzón renegado, de lo cual quedaron tan
espantados que no se les quitó el miedo en todo aquel día. De tal
manera se defendieron los pescadores, que treinta y tres navíos
no osaron hacer aguada.
"De allí partimos para la isla de Bentela; donde con mucho
trabajo se hizo aguada, por ser pequeña y los navíos muchos. De
allí requerimos otra isla pequeña, Madeventre; y, recorrida, nos
tornamos a Benteta, donde aquella noche se nos fueron los quince
navíos de cosarios de los Gelves. Y quedó la galera veneciana,
por tener el capitán y gente de mano de Barbarroja; el cual tomó
grande enojo por haberse partido; y, aún, se le fue un navío de
los suyos, cuyo número suplió la galera veneciana. Y así partió,
con dieciocho navíos, como salió de Argel, a vista de Isela y
Proxita y de otras islas deshabitadas.
"De aquí atravesamos, la vuelta de Sicilia, a vista de las
islas de Estrangol y Estrangolete, y Volcán y Volcanete, y Lipar,
y Palermo y Trapana, y por cerca de Camara. Y fuimos a parar a la
Faviana, donde hicimos toda nuestra aguada con mucho trabajo,
porque surgimos en el puerto cerca de una fortaleza deshabitada,
y está muy lejos de allí el agua. Y esto fue por no ser
descubiertos de Trapana. Hecha el aguada, pasaron entre la
Faviana y Trapana cinco naves vacías que iban la vuelta de Ponza
y de los cargadores, a cargar trigo. Estas naos no nos vieron
porque estabamos desarbolados. No quiso Barbazrroja salir a ellas
porque reconoció que iban vacías y cerca de tierra, por donde se
pudiera salvar la gente; y, también, la gente no quiso salir a
ellos por no ser descubiertos, porque no reconociesen su
derrota.
"Aquella noche partimos de la Faviana para recorrer los
cargadores y hacer todo el mal posible, como es costumbre de este
tirano. Plugo a nuestro señor que se levantó un viento y mar con
sudeste y, por esto, no se atrevió a meter con los cargadores ni
pudo tornar a la Faviana. Con mucho trabajo, y dando bordos,
arribamos a la Pantalanea, donde nos reparamos. Y hicieron los
turcos mucho daño de carnage, que por poco no dejaron buey,
carnero ni cabra, ni aún vino, en aquella pobre isla.
"Estando la gente asando y cociendo la carne en tierra, se
levantó un viento poniente-maestre que, a no acortar tan aína,
dábamos todos al través a la banda de tramontana de aquella
isla. Entonces, sin recoger la gente, nos llevamos los navíos; y
doblamos una punta, y corrimos en los terceroles, la vuelta de
levante de la isla, donde pensamos haber algún reparo. Y fue que
anduvimos perdidos toda aquella noche. Otro día, por la mañana,
avis(t)aron los turcos que habíamos dejado en tierra, descalzos y
hechos pedazos, hasta quinientos, y no se embarcaran si alguna
gente viniera de aquella isla. Pero, al fin, se embarcaron a
nado, como pudieron, si no fue ciertos turcos viejos y mujeres
mareadas que se quedaron.
"Aquí hacía mucha agua una galera que fue de las de
Portundo, que se hizo en Tortosa; la cual llevaba un Arraez
principal de Barbarroja, que se dice Zala-raez. Y porque no
bastaron todos los calafates del armada a la reparar, acordó
Barbarroja de la desarmar y enviar a los Gelves. Fuimos de allí a
Lampadosa, y envió la galera ya dicha con ciertos moros y turcos.
Y a los cristianos del remo repartieron por la armada."

Este "arraez principal de Barbarroja que se dice Zalaraez",

el arraez Salah, uno de los hombres de confianza de Jeredín,

había de llegar a rey de Argel años después --entre 1552 y 1556--

y a él se debe la conquista de Bugia, la actual Beyaia, a los

españoles en 1555. Uno de sus hijos, como el hijo de Barbarroja

Hasán Bajá, también había de reinar en Argel en la década de los

sesenta, el año anterior a que llegara a Argel el otro gran

marino de ese siglo, Euch Ali.

Desde Lampedusa, después de las jornadas de corso por la

costa italiana, Jeredín Barbarroja se dirigió hacia Turquía y el

viernes 11 de noviembre llegó a Estambul.

"Dende a tres días, partimos para Turquía. Y dende a siete
días, amanecimos sobre la Chefalonia; y como la reconocimos,
fuimos la vuelta de Santa Maura, donde supimos nuevas de Turquía;
y que Andrea Doria era pasado con su armada, la vuelta de Mesina,
ocho días antes. A tres días, partimos de Santa Maura para Modon,
y llegamos a Castil Fornes, donde hallamos la armada del Turco en
Puerto Junco, que serían ochenta entre galeras y fustas.
"Aquí se hizo una solemne salva, de la una parte y de la
otra. Y Barbarroja se vio con el capitán general de aquella
armada; el cual le dio una galera veneciana desarmada y algo
tratada, por la cual Barbarroja fue a Modon, que está diez millas
de aquel puerto. Allí se vio con el gobernador de aquella tierra,
y se adobó la galera, y entró en el número de la que dejamos en
Lampadosa.
"Pasados siete días, que estuvimos en Modon, partimos para
Constantinopla con tres naos del Gran Turco que iban de Modon;
las cuales llevamos remolcando, con mucho trabajo, hasta el
paraje de Atenas. Y dicen ellos que Atenas, en tiempo antiguo,
solía ser flor de sabiduría. En la cual entramos, por ser muy
buen puerto y muy proveído de cuantas provisiones hay en el
mundo, y estuvimos allí reparándonos ocho días.
"Esta Atenas es una de las mejores y nobles propiedades de
puertos, y tierras, y antiguallas que yo vi en mi vida;
especialmente ví de ella los mejores y más edificios que vi
jamás. Especial un colegio donde leían filosofía, aunque está muy
mal tratado.
"Desde aquí envió Barbarroja dos galeotas, con un turco
principal, que Barbarroja había enviado antes por embajador a
Abrahen Bajá, para dar la relación de cómo venía Barbarroja.
Partidas estas dos galeotas delante, a Constantinopla, partió
Barbarroja la vuelta de Negroponte, donde se había de proveer de
bastimentos. Llegando a un lugar fuera de la isla, que se dice
Castillo Rojo --porque la tierra y las casas son rojas como
almagre, por lo cual los turcos le llaman Cacilacan, que quiere
decir la tierra roja--, de aquí se determinó ir la vuelta de
Metellin, que es isla de donde Barbarroja es natural; si no fuera
por un criado del gobernador de Negro Ponte que vino a suplicarle
que esperase, porque su señor se quería ver con él. Así,
determinó de ir por la canal de Negro Ponte.
"Antes que llegásemos a la ciudad de Negroponte hallamos
ciertas fustas de turcos cosarios; tomamos tres dellas, y las
desarmó Barbarroja; y quitó la gente, y les pegó fuego de muy
justiciero. A dos días, salimos de Castil Rojo. Llegamos a la
ciudad de Negroponte e hicimos una solemne salva, y la tierra no
nos rindió. Estuvimos aquel día y otro sin pasar la puente; otro
día, desarbolamos, pensando pasar antes que volviese la marea, y
no pasaron más de ocho; las demás, con la galera bastarda de
Barbarroja, pasaron otro día. Y a la dicha galera alzaron la
puente, en señal de gran obediencia. Y pasó arbolada, y su
palamento acurrullado, que no puede ser menos por ser muy
estrecho el paso de la puente. Después que pasó, se le hizo muy
honrada salva.
"Dende a dos días, fue Barbarroja la vuelta de un lugar, que
se dice Corio, en aquella isla, con siete navíos; que es en el
paraje de Bolo, a cien millas de la ciudad de Negroponte, donde
se vitualló de Bizcocho; y tomó una fusta de cosarios y la quemó.
En este lugar cortó Barbarroja las cabezas a dos garzones suyos,
por no olvidar su costumbre.
"Los otros once navíos se quedaron vituallando en Negroponte
con su capitán general, que se llama Cacha Diablo --y fue el que
tomó las galeras de Portundo--, y dejó Barbarroja por su
lugarteniente en estos navíos a un garzón suyo sordo (sic, por
sardo) y capado, que se dice Zanagá (Hasán Aga). Barbarroja
partió con los otros navíos a Constantinopla, entre muchas islas
de que yo no tengo noticia.
"Llegamos a vista de Monte Santo, donde dicen que hay cinco
mil ermitaños de diversas naciones, sin haber entre ellos cosa
hembra de las de esta vida. Este monte está entre Negroponte y
Salonique. Siguiendo nuestro viaje, llegamos en el paraje de Xio
y de Metellin; al cual Barbarroja, por ser su tierra, hizo
oración con todos sus navíos, con su salva de grita, como lo
tienen de costumbre.
"Así, llegamos a una isla de Tenedo, enfrente de la Canal de
Constantinopla. Aquí nos dieron nuevas, cómo eran pasadas las dos
galeras el día antes. De aquí fuimos a los castillos que están
metidos quince millas en la Canal de Constantinopla; hicimos una
honrada salva, y surgimos fuera de ellos esperando las galeotas
que --como dicho es-- fueron con embajada.
"Otro día, llegó la una con otra galera del gobernador de
Galipar, que es cuñado del Gran Turco; y salió a recibir a
Barbarroja con toda su armada; y como eran venidos Azanaga y
Cacha Diablo, hízole muy honrada salva y muchas banderas nuevas,
y atabales y gaitillas. El gobernador de Galipar entró en una
fragata sotil, despalmada, con un dosel en la popa muyrico, y
fuese a ver con Barbarroja en su galera; el cual le salió a
recibir en el esquife de ella, y entró en la fragata por la proa,
y fuéronse a juntar al árbol, la banda de popa dél; y besáronse
en los hombros y en las manos, después de habérselas tocado,
según su costumbre. En este punto se soltó una vez todo el
artillería; y entraron en el esquife de la galera bastarda de
Barbarroja y fuéronse a ellas.
"A la entrada se hizo otra salva de artillería. Luego se
asentaron, y el gobernador dio un seguro a Barbarroja del Gran
Turco, para su persona y vida de todos los que iban a su
servicio; y le aseguraba todos sus navíos y cristianos, de
cualquier nación que fuesen. Luego, se entraron ambos en los
castillos y a la entrada se hizo muy solemne salva del castillo y
de las galeras. Fue mucho ver la artillería de los castillos; que
tenían cada treinta basiliscos pedreros; que en el menor de ellos
puede entrar un hombre asentado en la boca sin le dar empacho en
la cabeza, porque estará levantado. Estos tiros están en el suelo
porque no los pueden sufrir catrretas, y tienen sus estribaderos
en las culatas de madera. No es necesario encarar ni menearlos a
parte ninguna, sino cargar y tirar; y en tirando, da la piedra en
el agua a tres juegos de herradura; y va dando saltos por encima
del agua hasta llegar a la otra parte, que está el otro
castillo.
"De aquí fuimos con el gobernador a Galipar, que está
treinta millas de los castillos. Allí le hizo el gobernador un
gran presente de carneros, y aves y mucha fruta; y le aparejó un
convite en tierra, el cual, de bien criado, no quiso recibir
Barbarroja; y presentó al gobernador dos garzones, vestidos de
terciopelo, y ciertas piezas de grana y holandas.
"De aquí partió Barbarroja la vuelta de Constantinopla;
llegó viernes 11 de noviembre. Llegado al principio de
Constantinopla, que son las siete torres que están juntas --y,
aún, quieren decir que llenas de modena--, soltó toda la
artillería. Luego, llegamos a los palacios del Gran Turco --sin
salir un navío de otro, muy en orden-- que están sobre la mar,
más de una legua de las siete torres; y soltamos otra vez toda el
artillería. Y fuimos de luengo, la vuelta del puerto de
Constantinopla, que está a la siniestra de como imos; y volvimos
por donde habíamos ido, por delante de los mismos palacios,
soltando otra vez el artillería; y pasamos, la vuelta del dicho
puerto, y desque llegamos en el paraje de aquellos palacios
soltamos, otra vez, el artillería. Y después entramos en el
puerto, y soltamos otra vez sin piedras, y surgimos.

Tras este viaje a Estambul, espléndidamente evocado,

Barbarroja y sus hombres de confianza, Jeredín Cachidiablo y el

eunuco sardo Hasán Aga, su sucesor en el gobierno de Argel y que

había de defender la ciudad frente al emperador Carlos V en

persona, el ex-cautivo Ygarcia narra las negociaciones de

Barbarroja en la corte otomana. Tanto en Estambul como los tratos

en Alepo con el gran visir Ibrahim, incorporado de este modo a la

"leyenda" de Barbarroja.

"Luego vinieron ciertos caballeros turcos a recibir a
Barbarroja. Y estos le llevaron a la ciudad y le aposentaron en
unas casas del gobernador de Galipar. Reposó tres días y, luego,
fue a hacer reverencia al Gran Turco, llevándole un presente de
veinte muchachos renegados, vestidos a la turquesca, los siete de
terciopelo y los siete de carmesí, y cinco de grana y uno de
brocado, que era un eunuco renegado; y le presentó ciertas piezas
de grana de Valencia y de Toledo, que ellos precian mucho, y
otras piezas moradas y holandas.
"El Gran Turco lo recibió. Y remitió su despacho a Abrahem
Bajá, que estaba en campo contra el Gran Sophi pasadas las
montañas de Otoman, que son en la Suria, cerca de una ciudad
populosa que llaman Alepedon (Alepo). Fuéle necesario ir allí,
con gran descontentamiento, pensando que en el camino o allá lo
atosigarían.
"Partió a esto Barbarroja, a 20 de diciembre, con tres
servidores; el uno era un renegado natural de Gibraltas que
privaba mucho con él, y era Adalid, y se llamaba Balí. El
segundo, un su escribano; y el tercero un garzón, criado de Balí.
Así caminó veinticinco jornadas. Recibióle Abrahen Bajá mejor que
é l pensaba. Dio tanto crédito Abrahen Bajá a los embaimientos de
Barbarroja que le puso en tanto favor con el Gran Turco que,
vuelto en Constantinopla, no hacía más de lo que Barbarroja
mandaba; y cuando entraban en consejo, se esperaba que viniese
Barbarroja o le enviaban a llamar.
"Finalmente, el Gran Turco le dio entonces toda el armada
que pudo, que fueron ciento y tres velas, y con ellas vino hasta
Coron; y le fortificó de provisiones y de otras cosas lo mejor
que pudo. Por haber salido el Gran Turco en persona en campo
contra el Gran Sophi, a 8 de junio del mismo año, no hubo
Barbarroja tal aparejo cualconvenía para una tal jornada como
aquella; y por esto determinó de desarmar en Coron veinte navíos,
de los cuales rearmó los otros. Con estos siguió su viaje y pasó
por el Faro de Mecina, primero de agosto de 1534, con 83 velas,
en las cuales había siete galeotas y fustas. Todo lo demás
galeras, que no trujo otra cosa de Constantinopla" (13).

Sandoval, en la narración de este viaje, añade algunos

toques que hoy denominaríamos "turísticos", entre ellos una

alusión a las ruinas de Troya. "Estuvo en Mondón ocho días y

llevóse una galera de venecianos. Allegóse lo que pudo a

reconocer a Corrón, que por él principalmente le llamaba el

Turco. Entró en Salonic, ciudad rica de trato, toda casi de

judíos echados de España, donde dicen que se habla tan bien la

lengua castellana como en Valladolid. Detúvose algo en Monte

Santo por su devoción; Monte Santo es Athos, tan nombrado,

altísima sierra y mala de subir. Dicen que no hay en ella animal

hembra, habiendo liebres, cosa no creedera. Hay muchos

monasterios de monjes cartujos y de monjas, por lo cual le llaman

Monte Santo. Paseó a Troya, por su fama, que aún tiene rastro de

los edificios antiguos. Entró por el estrecho de Galípoli, que

llaman los turcos Begazafor, por los dos castillos dichos también

Dardanelos, uno en Europa y otro en Asia, cercanos y fuertes y

con jenízaros. Estuvo allí dos días aderezándose para entrar en

Constantinopla, y entró con cerca de cuarenta velas, según

cuentan algunos, por gentil orden, todas llenas de banderas y de

música, que con la mucha artillería pareció muy bien" (14).


[12] Final de carta de Andrés Ygarcia a Pero Núñez de Herrera, de 1535, publicada en CODOIN , t. II, pp. 391-392.
[13] Ib., pp. 381-391.
[14] Sandoval, XXI, II, t. II, pp. 470-471.

 

 

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