La elección imperial de Carlos V y la sucesión
de Solimán,
muerto su padre Selim I, abrían un nuevo periodo,
tal vez el más
característico, en la vida del Mediterráneo
del siglo XVI; una
nueva generación de gobernantes ambiciosos y decididos
en torno a
los que girarían, como satélites, los demás
estados en
formación.
Es interesante la exposición que hace el fraile
y obispo
Prudencio de Sandoval de las vicisitudes de la elección
del nuevo
emperador; juzgaba el eclesiástico, acerca de
las intrigas que
rodearon la elección, "que no hay más
ley en los príncipes de
cuanto corre el interés, aunque se llamen Santos" (19).
Carlos I había llegado en enero de 1519 a Barcelona
y allí
se enteró de la muerte del emperador Maximiliano,
su abuelo; "la
corte se cubrió de luto y se le hicieron solemnes
exequias...
Estuvo el imperio cinco meses vaco y en este tiempo Carlos,
rey
de España, y Francisco, de Francia, no en secreto
como hasta allí
sino al descubierto, con pasión y bandos que por
cada uno se
levantaron, aún entre los mismos electores, andaba
la negociación
procurando el Imperio.
"Envió cada uno de los reyes sus embajadores
con grandes
poderes y dineros, para la pretensión, fiando cada
cual en la
grandeza de los reinos que tenía y en sus riquezas,
y en los
méritos de su persona y en los amigos, que en todas
estas cosas
cada uno se sentía más poderoso que el otro.
Y si bien el rey de
Francia tenía en Alemania amigos apasionados, y
el papa León,
después que murió el emperador Maximiliano
se había vuelto de su
parte, que no hay más ley en los príncipes
de cuanto corre el
interés, aunque se llamen santos, fue la competencia
entre los
electores y agentes de ambos príncipes grandísima,
y aún la
desenvoltura de los franceses demasiada.
" Corrompían los electores con dineros y ofrecimientos, y
metióse más de lo que un fraile y perlado debía, en favor
de los
franceses, el cardenal fray Tomás de Vio Cayetano, fraile
dominico, legado del papa, que sin razón se mostró enemigo del
rey de España, de quien hablaba mal apasionadamente, queriendo
con lenguas y dineros quitarle la honra y el imperio.
Finalmente... de los siete príncipes electores la mayor
parte fue del rey Carlos... Y los electores dieron el voto a don
Carlos, rey de España, a 28 de junio de 1519" (20).
La noticia le llegó al rey Carlos en Barcelona, "y
hubo tan
buenos pies en algunos que, por ganar albricias, se pusieron
en
camino y llegaron en nueve días desde Francfort
a Barcelona,
donde estaba el rey, que son por tierra trescientas leguas,
algunas más o menos" (21).
No me resisto a recoger un texto algo amplio del propio
Sandoval, para enmarcar mejor lo humillante y espectacular
de la
acción corsaria, del tiempo de esta estancia del
futuro emperador
en Barcelona, en plena fiesta por el casamiento de Germana
de
Foix, la viuda de Fernando de Aragón.
"Dije de la reina Germana algunas de sus condiciones,y
cómo
una de ellas era hallarse mejor casada que viuda, por seguir
el
consejo de San Pablo. Con haberlo sido esta señora
con un rey tan
grande y poderoso como fue el Católico, gustó de
casarse segunda
vez con un caballero que, si bien de ilustrísima
sangre, pero de
ninguna comparación con el rey Católico.
Murmurose mucho y se
atribuyó a mucha liviandad de la reina; al fin,
hecho propio de
mujer. El rey, por ver que era gusto de la Germana, y también
por
ganar el voto de un elector, quiso celebrar las bodas en
Barcelona de madama Germana con el marqués de Brandeburg,
hermano
del elector.
"Pareció tan mal el casamiento que muchos no la querían
llamar Alteza, hasta que lo mandó el emperador; el cual se halló
a estas bodas y las solemnizó lo que bastaba para una señora
que
de reina de Aragón, Nápoles y Sicilia bajaba a ser mujer de un
caballero de no más que moderada renta, si bien de gran calidad
de sangre.
"Estando el rey en estas fiestas aparecieron siete fustas de
moros, y a la tarde se juntaron con ellas otras seis, que traía
un capitán turco llamado Halymecen, y llegaron a vista de la
ciudad de Barcelona. No hubo con qué salir a ellas, de que el rey
recibió pena notable por la reputación que en esto se perdía
y el
príncipe joven la estimaba" (22).
Tanta importancia como lo que estaba sucediendo en la
Europa
cristiana tenía lo que estaba sucediendo en Oriente,
en el
imperio Otomano. Los casi ocho años de reinado
de Selim I, de
1512 a 1520, fueron de una importancia grande para el
futuro
sultán Solimán. En el verano de 1514 tuvo
lugar la batalla
fundamental contra el sha de Persia Ismail que había
llegado a
veleidosas relaciones con los europeos para neutralizar
el
creciente poderío turco; la contundente victoria
otomana, entre
Tabriz y el lago de Van, hizo que durante dos siglos
los persas
no volvieran a pensar en un enfrentamiento tan directo
con sus
vecinos. Pero la acción decisiva de Selim vino
dos años después;
en la primavera de 1516 Selim y su gran visir Sinán
Pachá
marcharon sobre Siria y, en pleno agosto, en las proximidades
de
Alepo, derrotaron al sultán mameluco de Egipto
Kansuh al Ghuri
que había acudido en ayuda de los últimos
Safanidas de Siria; en
la batalla de Marj Dabik murió el propio sultán
mameluco y en la
mezquita de Alepo, en presencia del último califa
abasida
Al-Mutawakil, Selim I obtuvo el título de "Protector
de los
santuarios sagrados" --título que los estados
musulmanes aún
reconocen hoy a los reyes saudíes--, de tanto
prestigio en el
mundo musulmán como pudiera tener el título
imperial en la Europa
cristiana. El sultán turco no era de la tribu
Koreichi, la tribu
del Profeta Mohamed, con lo que el título de Califa
no tenía
sentido; pero, de manera indirecta al principio y luego
abiertamente, aquello significaba de hecho la dignidad
califal,
de hecho se consideró al sultán turco Imam
y Califa, mantenedor
del Islam, gazi de gazis, jefe de todos los creyentes,
con todo
el potencial político que ello podía suponer.
El regente que
dejara en Egipto el último sultán mameluco
Kansuh, Tumán Bey,
muerto aquel en Siria tomó el título de
Sultán y contra él
dirigió sus fuerzas Selim I. A finales de enero
de 1517
conquistaba El Cairo, después de tres días
y sus noches de
terribles luchas, casa por casa, con apocalípticas
matanzas; una
pequeña resistencia de cuatro mil jinetes fue
aniquilada al sur
de Alejandría y el último sultán
egipcio, Tumán, fue colgado de
una de las puertas de El Cairo. La sumisión del
Jerife --Xerif,
descendiente del Profeta-- de La Meca redondeó el
triunfo
otomano. En la campaña de Egipto Selim consiguió aglutinar
todas
las fuerzas marítimas, fundamentalmente corsarias,
que operaban
ampliamente en el Mediterráneo oriental pero que
cada vez más se
aventuraban en el occidental y daban lugar al esplendor
del corso
berberisco (23).
Carlos V envió a Selim I una embajada, sin duda
para
informarse de aquellos decisivos acontecimientos que
estaban
transformando el Mediterráneo oriental, por medio
de un caballero
de San Juan, Garcijofre de Loaysa. La inquietud en Europa
se
refleja en la predicación de cruzada de León
X y en la bula de
1517 "Postquam ad universalis". He aquí el
relato de Sandoval:
"El legado del papa instaba por la armada que el
rey había
de enviar para guarda de Italia, porque se temían
mucho del turco
Selim, que estaba soberbio, triufante y glorioso con las
victorias que había habido contra el soldán
y amenazaba con las
armas a Italia y a Alemania. El rey (Carlos I) quiso saber
los
intentos que este enemigo tenía, y qué poder
y armas. Para lo
cual se acordó que enviase allá un caballero
que, con color de
visitarle, se pudiese informar de todo, dándole
el parabién de
sus victorias que por haberlas alcanzado de infieles se
sufría.
El caballero que fue con esta embajada se llamaba Loaysa,
y el
turco le recibió muy bien y dio su respuesta significando
en ella
que deseaba la paz y amistad y tregua con el rey, como
aquí
diré.
"Estando el emperador en Zaragoza envió, como dije, a fray
Garcijofre de Loaysa, caballero de la orden de San Juan, con
cartas al gran turco Solimán (sic, por Selim) pidiéndole que
no
consintiese maltratar ni impedir el camino a los peregrinos que
iban a Jerusalén. El cual dijo que de grado, con tal que no
acogiesen griegos en Italia. Este turco dijo que se maravillaba
mucho de que hubiesen echado de España los judíos, pues era echar
de sí las riquezas. La carta que trajo del turco en respuesta de
la creencia que llevó del emperador y de la embajada que dio
decía así:
"Sultán Selino, por la divina favente clemencia
grande
emperador e señor de Persia, e de Arabia, e Siria,
e toda Egipto,
e de Mecca, e de Jerusalén, e de Asia, e de Europa,
etc. Con
acatamiento de todo buen amor, al prepotentísimo
rey de romanos,
e de Castilla, e de León, de Aragón, de Navarra,
de las dos
Sicilias, de Granada, e de Austria, e de Borgoña,
etc. Con todo
amor e honra hacemos saber a vuestra majestad cómo
de presente
pareció ante nuestra imperial majestad el noble
comendador fray
García de Loaysa, gentil-hombre y embajador de vuestra
majestad,
con sus cartas. El cual nos ha referido el buen ánimo
y buen amor
que tenéis a nuestra imperial majestad, y allende
y más de esto
nos ha hecho entender el deseo y demandas que de nos queréis
y
deseáis. Conviene a saber, que los cristianos peregrinos
que
vinieren a Jerusalén a la visitar puedan venir e
tornar en paz
sin ningún impedimento, también para adobar
e reparar e renovar
las iglesias de Jerusalén, de lo que han menester,
asimismo para
renovar e confirmar los privilegios y estatutos que sus
vasallos
de sus tierras tenían del Soldán, e para
tener consultas para
librar sus pleitos e contiendas por todas nuestras tierras,
así
en Arabia como en la Turquía. En fin, todo lo entendimos
cumplidamente del dicho vuestro embajador, el cual acetamos
con
mucho amor. Empero por el presente hacemos saber a vuestra
majestad que el principio de este nuestro amor es fecho
con este
vuestro embajador, con autoridad podría satisfacer
las demandas
que serán necesarias con ánimo e corazón
en todo aquello que
pueda acaescer, según la usanza nuestra. Y así sed
cierto que se
hará. Pero, por el presente, vuestra majestad ha
de hacer lo
debido, y es que los vasallos e hombres nuestros, que son
en
nuestro territorio de la Valona e de la ribera de las otras
nuestras tierras, que pasan en la Apulia y en las otras
tierras
de vuestra majestad, es necesario mandéis no los
afrenten, ni
hagan mal ni daño, e que los reciban por donde pasaren,
e les
restituyan algo si les han tomado. Y haciendo esto, crecerá el
amor nuestro de día en día con mucha ventaja
más que hasta aquí,
e así se hará. Dada en la nuestra sala de
Andrinópolis, a los
diez de hebrero del nuestro profeta Mahoma, año
de novecientos y
veinte y cinco años" (24).
No iban a terminar ahí los cambios en Oriente
en el tiempo
de la elección imperial de Carlos V. Selim I había
accedido al
poder tras una serie de crímenes necesarios para
la sucesión; la
muerte de todos sus hermanos y de toda su descendencia
masculina,
así como, posiblemente, el envenenamiento de su
padre anciano, al
que había forzado a abdicar, en el camino hacia
Demotica, su
pueblo natal, le habían hecho ganar --con otros
innumerables
crímenes que entran ya en el ámbito de
la leyenda-- el
calificativo de Cruel. Tal vez, también, preparara
la sucesión
pacífica de su hijo Solimán haciendo asesinar
a todos sus hijos
varones. En septiembre de 1520 se dio el relevo; Solimán,
de
veinticinco años entonces, tomo precauciones antes
de acudir a
Estambul temiendo alguna trama cruel de su padre contra él
mismo,
pero no fue así. Su ascensión al sultanato
quiso que fuera el
inicio de una nueva era y significó un respiro
para sus súbditos;
apoyado en el gran visir Piri Pachá, hizo colgar
al gran
almirante (Kapudan Pachá o Pasa, título
que había de ostentar
luego Jeredín Barbarroja y, más tarde,
Euch Ali y Hasán
Veneciano) Cafer Bey, verdadero acto simbólico,
y durante todo el
invierno preparó sus fuerzas para dirigirlas contra
la Europa
cristiana. La conquista de Belgrado y luego la de Rodas,
en
plenos enfrentamientos en occidente, fueron el inicio
de aquella
gran ofensiva turca.
Sandoval, como en un lamento, recoge aquel relevo:
"Si bien no es de esta historia, porque en ella se
ha de tratar
largamente y con harto sentimiento de la cristiandad del
gran
turco Solimán y de los males que en ella hizo, diré con
brevedad
que en el año de 1519, en los mismos días
que Carlos V, a quien
de aquí en adelante llamaré electo Emperador,
fue sublimado en el
Imperio, murió en Chiurlu, lugar pequeño
de Tracia, de una landre
que le dio junto a los riñones, el bravo Selim,
rey de los
turcos, habiendo poco más de siete años que
reinaba. Murió
rabiando en el mismo lugar donde ocho años antes él
había hecho
morir inhumanamente a su viejo padre Bayaceto.
"Sucedióle en el Imperio su único hijo Solimán, mancebo
animoso, feroz, cuyo coraje y furor diabólico dio bien que hacer
al electo Emperador y a otros príncipes cristianos, y que llorar
a muchos, como aquí se verá.
"Tomó la posesión de sus grandes estados en el mismo mes que
Carlos fue electo Emperador, que es notable que cuando permita
Dios que entrase a reinar un enemigo tan poderoso del nombre
cristiano, se diese el Imperio y defensa de la Iglesia a uno de
los mejores capitanes que ella ha tenido" (25).
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