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"Corsarios o Reyes. De la saga de los Barbarroja a Miguel de Cervantes"

 

   
   

I.- LA CONSOLIDACION DE UN ESTADO CORSARIO EN LA ANTIGUA BERBERIA.

   

1.14.- MORISCOS VALENCIANOS/CORSO BERBERISCO Y LA ACTIVIDAD INQUISITORIAL EN TIEMPOS DEL HERMANO DE JORGE MANRIQUE, EL GRAN INQUISIDOR ALFONSO MANRIQUE, COMO FUENTE PARA LA ELABORACIÓN DE MARTIROLOGIOS ISLÁMICOS, TAN POPULARES EN BARBERÍA COMO LAS HISTORIAS DE CAUTIVOS EN CASTILLA.
 


1533: "Jueves, a 12 de junio, estando su majestad en
Valencia, se hizo un auto, en el cual fueron quemados 300 hombres
y mujeres y 14 estatuas de muertos, y fueron reconciliados 32.
Algunos de ellos eran tan ricos que valió su confiscación 80.000
ducados. Y fue muy importunado el emperador de todos los del
reino de Valencia para que hiciese guerra al tirano Barbarroja,
que residía en la villa de Argel, puerto de mar que era en
Africa, porque les quitaba el comercio de Mallorca y la
navegación de Italia, y el trigo que les traían de Sicilia, y les
llevaba los moradores del reino.
"Y permitió Dios, para que su majestad mejor lo creyese y
remediase como le rogaban, que aconteciese en aquel tiempo que
saltasen en tierra los moros de seis fustas y fuesen a cercar el
castillo de Veydor, el cual luego tomaron, robando todo lo que en
é l había y después lo quemaron. Lo cual como viniese a noticia de
su majestad, proveyó que hubiese siempre en el reino dos
guarniciones, la una que guardase en la Plana y la otra en las
villas de Oliva y Gandía" (128).

Este texto puede servir de introducción para abordar, aunque

brevemente, otra de las cuestiones más espinosas del momento: la

conexión entre los moriscos españoles, sobre todo levantinos, y

Berbería. En concreto, la abundante población morisca valenciana,

aproximadamente un tercio de la población de aquel reino. Si los

españoles de la época podían encontrar en la violencia berberisca

una justificación para muchas cosas, los berberiscos consideraban

el trato dado por las autoridades civiles y eclesiásticas a sus

correligionarios españoles una justificación a su propia

violencia contra España y sus gentes cristianas.

Ricardo García Cárcel ha hecho una interesante síntesis de

la cuestión morisca en Valencia, la agudización del problema en

los años veinte, después de las Germanías valencianas, y el

tratamiento del problema por la Inquisición. "Las Germanías

pondrían el dedo en la llaga: la inviabilidad de la tradicional

co-existencia cristiano-mudéjar. El bautismo forzoso, impuesto a

los mudéjares, fue el descargadero de múltiples tensiones

previas, ya crónicas... Curiosamente, sus imposiciones a los

mudéjares constituyeron el único legado que aceptaron y

reconocieron las jerarquías del sistema establecido" (129).

Después de las Germanías, y según un clásico de estudios

inquisitoriales, el apasionado Juan Antonio Llorente, siguiendo

noticias recogidas de los Anales de Aragón de Zayas, "temerosos

muchos moros de que también se les perseguiría, abandonaron

España y emigraron al reino de Argel, de suerte que quedaron

despobladas más de cinco mil casas en el año 1523" (130). La

continua presencia de los corsarios en la costa valenciana fue

"una coartada perfecta para todo propósito discriminatorio"(131).

"La respuesta contestataria (de los moriscos valencianos

ante la política oficial) osciló de la emigración a la revuelta.

La evasión geográfica, constante ya años atrás, se radicalizó en

esta coyuntura" (132). De las revueltas que surgieron por

entonces en Valencia la más amplia fue la de la sierra de

Espadán, "que obligó a un importante esfuerzo bélico, de marzo a

agosto de 1526, para su represión" (133). Eran los años del

inquisidor general de Valencia Alfonso Manrique, hermano del

poeta Jorge Manrique; aunque fue cauto en el tratamiento del

problema, "el Santo Oficio... no menguó en su actividad contra

los nuevamente convertidos: de 1528 a 1530 fueron citados ante la

Inquisición de Valencia ciento seis casos de herejía, de los que

la gran parte eran moriscos. De 1532 a 1540 el número de personas

juzgadas por herejía llegó a cuatrocientos cuarenta y uno y... en

su mayoría se trataba de moriscos" (134). Pocos meses después de

la espectacular expedición de Cachidiablo, "el 11 de enero de

1530 se publica en Valencia un bando real por el que se impone

pena de muerte a los moriscos valencianos que, sin permiso,

mudasen de domicilio o penetrasen en los lugares o términos de

Polop, Callosa, Finestrat, Bolulla, Orxata, Sella y Relleu"

(135). "La aceleración del tratamiento del problema morisco hay

que insertarla en el contexto de la agobiante incidencia de la

piratería" (136).

En los años treinta el problema no haría más que agudizarse.

"La piratería... seguía acosando gravemente. En 1535 Barbarroja

merodeaba por las costas de Oropesa y Villajoyosa haciendo

numerosos cautivos cristianos. La relación entre moriscos y

piratas es indiscutible. Danvila aporta pruebas irrefutables a

través del análisis de los procesos inquisitoriales incoados

contra Joan Salvatierra y Alfonso Cantalapiedra, moriscos agentes

y espías de Barbarroja. Las Cortes de 1537 se hicieron eco de

esta problemática estableciendo las penas de galeras como

penitencia posible y pronto habitual en los procesos de la

Inquisición" (137).

"La gran ofensiva contra los moriscos se va a producir desde

1540... La pragmática real de 1541 prohibiendo tal conexión de

moriscos con turcos, así como la libre acogida de los moros

granadinos, `alarbes' o `tagarinos' en Valencia y el uso de armas

ofensivas o defensivas, tiene su inmediata plasmación en la

fracasada expedición a Argel. La Inquisición respondió a esta

presión coyuntural a través de las directrices represivas del

nuevo inquisidor general Pardo de Tavera" (138).

En la actuación inquisitorial contra los musulmanes

españoles --valencianos en este caso, para ceñirnos a la síntesis

de García Cárcel-- estaba una de las claves de aquella envenenada

relación de las autoridades argelinas con los cautivos cristianos

españoles; en ella veían una justificación primera para las más

caprichosas manifestaciones de crueldad, de alguna manera más o

menos vagamente intuitiva las justificaban por dicha actuación

inquisitorial. "Los moriscos constituyeron en Valencia la víctima

más frecuente de la agresividad inquisitorial en los años que nos

ocupan (1530-1609), como lo fueron los judíos en el periodo

1480-1530. La contra-cultura judeo-morisca mereció la atención

del Santo Oficio, que desde sus orígenes hasta la expulsión de

los moriscos procesó a un total de 5.500 judíos y moriscos (un

56,5% de ellos serían moriscos y un 43,5% judíos), cifra que

representaría más de las tres cuartas partes del total de

procesados desde los comienzos de la Inquisición hasta 1609"

(139). García Cárcel aprecia una "patente suavización represiva",

pues "el número de los condenados a muerte... en los procesos de

1530 a 1609 (un 45% de entre aquellos cuyas penas recibidas

conocemos) se ha reducido a un simple 4,06% ... Del total de 125

relajados (relajados al brazo secular, lo que significa condena a

muerte) de 1566 a 1609, 96 fueron moriscos... La pena de

relajación se impuso, entre los moriscos, a los renegados que

tenían trato con Argel, a los alfaquíes retajadores o a los

inductores a prácticas musulmanas. Se gravaba especialmente la

conspiración política o el magisterio doctrinal" (140). "Aunque

las confiscaciones de bienes moriscos fueron suprimidas

jurídicamente desde las Cortes de 1528, en la práctica siguieron

aplicándose hasta la concordia de 1571 y después, de 1587 en

adelante" (141).

"La Inquisición valenciana no aplicó penas mayores que las

que habitualmente sancionaban la Gobernación o la Real Audiencia.

Contamos para el estudio de la praxis penal de los diferentes

tribunales en Valencia con una muy interesante documentación: las

órdenes de pago al verdugo y al trompeta de la ciudad por la

realización de sus funciones en la ejecución de las penas, desde

la condena a muerte a la aplicación de azotes o tormentos" (142).

"La pena capital más dura era la que imponía la Gobernación,

puesto que llevaba implícitos el corte de manos, el colgamiento y

la posterior descuartización. La Audiencia, como la Inquisición,

se solía limitar a la quema en el poste" (143). "La aplicación de

la tortura fue, desde luego, siempre menor en los tribunales

ordinarios que por parte de la Inquisición", que "alcanzó un 30%"

(144). "Las penas más frecuentes en los tribunales (azotes y

galeras) fueron similares a las aplicadas por la Inquisición

valenciana. El número de azotes más abundantemente registrado es

el de cien" (145).

Es muy probable que la numerosa población de origen

valenciano en Berbería tuviera, en su mayoría, alguna historia

que contar de confiscaciones de bienes, torturas o muerte en la

hoguera por cuestiones religiosas; tuvieran, por lo tanto, sus

"suhada" o mártires. Y es muy posible que sus narraciones orales

incluyeran toda una casuística terrible, similar sin duda a la

narrada por Antonio de Sosa para los medios cristianos piadosos,

por ejemplo, y que con el transcurso del tiempo se iría adornando

con los mil y un horrores sensibilizando precisamente a las

personas más jóvenes y más piadosas. Y más aún en aquellas mentes

populares evocadas por Piero Camporesi, en el límite de los

"delirios mentales colectivos" o "trances masivos" (146), a los

que "la escasez", frecuente en aquellos grupos humanos y en

aquellas latitudes de la Berbería, podía producirles "el

sorprendente deterioro de una higiene mental de por sí precaria y

tambaleante" (147); en aquellos grupos, tal vez más que en la

Italia evocada por Camporesi, en los que "de la primera infancia

a la vejez dominaba, soberana, la narcosis" (148). La medicina de

pobres estudiada por Camporesi, fundamentalmente de hiervas, toda

aquella "farmacología mágica" (149), tenía una larga tradición

medieval entre los moriscos y en Berbería que, para esta época,

ya en plena degradación, estudió García Ballester (150).

Quede así esta aproximación a complejos mecanismos sobre los

que habrá que volver. Sólo he querido dejar perfilada una breve

síntesis sobre la importancia de la conexión problema

morisco/corso berberisco, y de la manera más aséptica posible,

sin casuística que pudiera prestarse a la fabulación, aunque ese

fuera el proceso normal en aquella época --la elaboración de

martirologios, tipo Antonio de Sosa-- que estoy intentando

presentar en este libro de maravillas.

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[128] Ib., II, p. 146.
[129] R. García Cárcel, Orígenes de la Inquisición española. El tribunal de Valencia, 1478-1530, Barcelona, 1976, Península, p. 117.
[130] Llorente, Historia crítica de la Inquisición española, Madrid, 1980, Hiperión, 4 vols., I, p. 314.
[131] García Cárcel, op. cit., p. 125.
[132] Ib., pp. 128-129.
[133] Ib., p. 129.
[134] Ib., pp. 130-131.
[135] Ib., p. 132.
[136] R. García Cárcel, Herejía y sociedad en el siglo XVI. La Inquisición en Valencia, 153o-1609, Barcelona, 1980, Península, p. 29.
[137] Ib., p. 30. Se refiere a la obra de Danvila La expulsión de los moriscos españoles, Madrid, 1889.
[138] Ib., p. 30.
[139] Ib. pp. 208-209.
[140] Ib., pp. 212-213.
[141] Ib., p. 213.
[142] Ib., p. 214.
[143] Ib., p. 215.
[144] Ibidem.
[145] Ibidem.
[146] Camporesi, El pan salvaje, Madrid, 1986, Modibérica, p. 8.
[147] Ib., p. 135.
[148] Ib., p. 17.
[149] Ib. pp. 11 y 120 ss.
[150] Por ejemplo, en sus libros Medicina, ciencia y minorías marginadas: Los moriscos, Granada, 1976, Universidad de Granada, o en Historia social de la medicina en la España de los siglos
XIII al XVI
, Madrid, 1976, Akal.


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