1533: "Jueves, a 12 de junio, estando su majestad
en
Valencia, se hizo un auto, en el cual fueron quemados
300 hombres
y mujeres y 14 estatuas de muertos, y fueron reconciliados
32.
Algunos de ellos eran tan ricos que valió su confiscación
80.000
ducados. Y fue muy importunado el emperador de todos
los del
reino de Valencia para que hiciese guerra al tirano Barbarroja,
que residía en la villa de Argel, puerto de mar
que era en
Africa, porque les quitaba el comercio de Mallorca y
la
navegación de Italia, y el trigo que les traían
de Sicilia, y les
llevaba los moradores del reino.
"Y permitió Dios, para que su majestad mejor lo creyese y
remediase como le rogaban, que aconteciese en aquel tiempo que
saltasen en tierra los moros de seis fustas y fuesen a cercar el
castillo de Veydor, el cual luego tomaron, robando todo lo que en
é
l había y después lo quemaron. Lo cual como viniese a noticia de
su majestad, proveyó que hubiese siempre en el reino dos
guarniciones, la una que guardase en la Plana y la otra en las
villas de Oliva y Gandía" (128).
Este texto puede servir de introducción para abordar,
aunque
brevemente, otra de las cuestiones más espinosas
del momento: la
conexión entre los moriscos españoles, sobre
todo levantinos, y
Berbería. En concreto, la abundante población
morisca valenciana,
aproximadamente un tercio de la población de aquel
reino. Si los
españoles de la época podían encontrar
en la violencia berberisca
una justificación para muchas cosas, los berberiscos
consideraban
el trato dado por las autoridades civiles y eclesiásticas
a sus
correligionarios españoles una justificación
a su propia
violencia contra España y sus gentes cristianas.
Ricardo García Cárcel ha hecho una interesante
síntesis de
la cuestión morisca en Valencia, la agudización
del problema en
los años veinte, después de las Germanías
valencianas, y el
tratamiento del problema por la Inquisición. "Las
Germanías
pondrían el dedo en la llaga: la inviabilidad de
la tradicional
co-existencia cristiano-mudéjar. El bautismo forzoso,
impuesto a
los mudéjares, fue el descargadero de múltiples
tensiones
previas, ya crónicas... Curiosamente, sus imposiciones
a los
mudéjares constituyeron el único legado
que aceptaron y
reconocieron las jerarquías del sistema establecido" (129).
Después de las Germanías, y según
un clásico de estudios
inquisitoriales, el apasionado Juan Antonio Llorente,
siguiendo
noticias recogidas de los Anales de Aragón de Zayas, "temerosos
muchos moros de que también se les perseguiría,
abandonaron
España y emigraron al reino de Argel, de suerte
que quedaron
despobladas más de cinco mil casas en el año
1523" (130). La
continua presencia de los corsarios en la costa valenciana
fue
"una coartada perfecta para todo propósito
discriminatorio"(131).
"La respuesta contestataria (de los moriscos valencianos
ante la política oficial) osciló de la emigración
a la revuelta.
La evasión geográfica, constante ya años
atrás, se radicalizó en
esta coyuntura" (132). De las revueltas que surgieron
por
entonces en Valencia la más amplia fue la de la
sierra de
Espadán, "que obligó a un importante
esfuerzo bélico, de marzo a
agosto de 1526, para su represión" (133).
Eran los años del
inquisidor general de Valencia Alfonso Manrique, hermano
del
poeta Jorge Manrique; aunque fue cauto en el tratamiento
del
problema, "el Santo Oficio... no menguó en
su actividad contra
los nuevamente convertidos: de 1528 a 1530 fueron citados
ante la
Inquisición de Valencia ciento seis casos de herejía,
de los que
la gran parte eran moriscos. De 1532 a 1540 el número
de personas
juzgadas por herejía llegó a cuatrocientos
cuarenta y uno y... en
su mayoría se trataba de moriscos" (134).
Pocos meses después de
la espectacular expedición de Cachidiablo, "el
11 de enero de
1530 se publica en Valencia un bando real por el que se
impone
pena de muerte a los moriscos valencianos que, sin permiso,
mudasen de domicilio o penetrasen en los lugares o términos
de
Polop, Callosa, Finestrat, Bolulla, Orxata, Sella y Relleu"
(135). "La aceleración del tratamiento del
problema morisco hay
que insertarla en el contexto de la agobiante incidencia
de la
piratería" (136).
En los años treinta el problema no haría
más que agudizarse.
"La piratería... seguía acosando gravemente.
En 1535 Barbarroja
merodeaba por las costas de Oropesa y Villajoyosa haciendo
numerosos cautivos cristianos. La relación entre
moriscos y
piratas es indiscutible. Danvila aporta pruebas irrefutables
a
través del análisis de los procesos inquisitoriales
incoados
contra Joan Salvatierra y Alfonso Cantalapiedra, moriscos
agentes
y espías de Barbarroja. Las Cortes de 1537 se hicieron
eco de
esta problemática estableciendo las penas de galeras
como
penitencia posible y pronto habitual en los procesos de
la
Inquisición" (137).
"La gran ofensiva contra los moriscos se va a producir
desde
1540... La pragmática real de 1541 prohibiendo
tal conexión de
moriscos con turcos, así como la libre acogida
de los moros
granadinos, `alarbes' o `tagarinos' en Valencia y el uso
de armas
ofensivas o defensivas, tiene su inmediata plasmación
en la
fracasada expedición a Argel. La Inquisición
respondió a esta
presión coyuntural a través de las directrices
represivas del
nuevo inquisidor general Pardo de Tavera" (138).
En la actuación inquisitorial contra los musulmanes
españoles --valencianos en este caso, para ceñirnos
a la síntesis
de García Cárcel-- estaba una de las claves
de aquella envenenada
relación de las autoridades argelinas con los cautivos
cristianos
españoles; en ella veían una justificación
primera para las más
caprichosas manifestaciones de crueldad, de alguna manera
más o
menos vagamente intuitiva las justificaban por dicha actuación
inquisitorial. "Los moriscos constituyeron en Valencia
la víctima
más frecuente de la agresividad inquisitorial en
los años que nos
ocupan (1530-1609), como lo fueron los judíos en
el periodo
1480-1530. La contra-cultura judeo-morisca mereció la
atención
del Santo Oficio, que desde sus orígenes hasta
la expulsión de
los moriscos procesó a un total de 5.500 judíos
y moriscos (un
56,5% de ellos serían moriscos y un 43,5% judíos),
cifra que
representaría más de las tres cuartas partes
del total de
procesados desde los comienzos de la Inquisición
hasta 1609"
(139). García Cárcel aprecia una "patente
suavización represiva",
pues "el número de los condenados a muerte...
en los procesos de
1530 a 1609 (un 45% de entre aquellos cuyas penas recibidas
conocemos) se ha reducido a un simple 4,06% ... Del total
de 125
relajados (relajados al brazo secular, lo que significa
condena a
muerte) de 1566 a 1609, 96 fueron moriscos... La pena
de
relajación se impuso, entre los moriscos, a los
renegados que
tenían trato con Argel, a los alfaquíes
retajadores o a los
inductores a prácticas musulmanas. Se gravaba especialmente
la
conspiración política o el magisterio doctrinal" (140). "Aunque
las confiscaciones de bienes moriscos fueron suprimidas
jurídicamente desde las Cortes de 1528, en la práctica
siguieron
aplicándose hasta la concordia de 1571 y después,
de 1587 en
adelante" (141).
"La Inquisición valenciana no aplicó penas
mayores que las
que habitualmente sancionaban la Gobernación o
la Real Audiencia.
Contamos para el estudio de la praxis penal de los diferentes
tribunales en Valencia con una muy interesante documentación:
las
órdenes de pago al verdugo y al trompeta de la
ciudad por la
realización de sus funciones en la ejecución
de las penas, desde
la condena a muerte a la aplicación de azotes o
tormentos" (142).
"La pena capital más dura era la que imponía
la Gobernación,
puesto que llevaba implícitos el corte de manos,
el colgamiento y
la posterior descuartización. La Audiencia, como
la Inquisición,
se solía limitar a la quema en el poste" (143). "La
aplicación de
la tortura fue, desde luego, siempre menor en los tribunales
ordinarios que por parte de la Inquisición",
que "alcanzó un 30%"
(144). "Las penas más frecuentes en los tribunales
(azotes y
galeras) fueron similares a las aplicadas por la Inquisición
valenciana. El número de azotes más abundantemente
registrado es
el de cien" (145).
Es muy probable que la numerosa población de origen
valenciano en Berbería tuviera, en su mayoría,
alguna historia
que contar de confiscaciones de bienes, torturas o muerte
en la
hoguera por cuestiones religiosas; tuvieran, por lo tanto,
sus
"suhada" o mártires. Y es muy posible
que sus narraciones orales
incluyeran toda una casuística terrible, similar
sin duda a la
narrada por Antonio de Sosa para los medios cristianos
piadosos,
por ejemplo, y que con el transcurso del tiempo se iría
adornando
con los mil y un horrores sensibilizando precisamente
a las
personas más jóvenes y más piadosas.
Y más aún en aquellas mentes
populares evocadas por Piero Camporesi, en el límite
de los
"delirios mentales colectivos" o "trances
masivos" (146), a los
que "la escasez", frecuente en aquellos grupos
humanos y en
aquellas latitudes de la Berbería, podía
producirles "el
sorprendente deterioro de una higiene mental de por sí precaria
y
tambaleante" (147); en aquellos grupos, tal vez más
que en la
Italia evocada por Camporesi, en los que "de la primera
infancia
a la vejez dominaba, soberana, la narcosis" (148).
La medicina de
pobres estudiada por Camporesi, fundamentalmente de hiervas,
toda
aquella "farmacología mágica" (149),
tenía una larga tradición
medieval entre los moriscos y en Berbería que,
para esta época,
ya en plena degradación, estudió García
Ballester (150).
Quede así esta aproximación a complejos
mecanismos sobre los
que habrá que volver. Sólo he querido dejar
perfilada una breve
síntesis sobre la importancia de la conexión
problema
morisco/corso berberisco, y de la manera más aséptica
posible,
sin casuística que pudiera prestarse a la fabulación,
aunque ese
fuera el proceso normal en aquella época --la elaboración
de
martirologios, tipo Antonio de Sosa-- que estoy intentando
presentar en este libro de maravillas.
subir