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[volver a e-Libros] [Sumario Corsarios] [Formato PDF 96 Ks.]



 
 
"Corsarios o Reyes. De la saga de los Barbarroja a Miguel de Cervantes"

 

   
   

INTRODUCCIÓN

   

Diez años de reflexión y más de dos años de arropar esas reflexiones, siete de ellos en convivencia directa con los habitantes actuales de la antigua Berbería central, han dado lugar a este "libro de maravillas" .

Era complejo encontrar un título que plasmase la amplitud del resultado. Porque eran complejas las diversas líneas maestras que marcaban la reflexión misma. Una, evidente, era "el origen corsario del poder"; pero, a su lado, estaba "el mundo berberisco y la creación literaria de Miguel de Cervantes"; o "la disidencia religiosa y el hambre en sectores populares del Mediterráneo del XVI". O "el renegado", "el corsario Barbarroja", "Alonso Donaire de Utrera y César de Tarifa, el Nadador"; o "Miguel de Cervantes y Hasán Veneciano, frente a frente"... No había solución posible. Uno de los títulos elegidos fue Un Mediterráneo de piratas: corsarios, renegados y cautivos. El otro título elegido fue éste: Corsarios o reyes. De la saga de los Barbarroja a Miguel de Cervantes. A lo mejor resultan ser los más anodinos. Al menos, intentan describir el contenido de este "libro de maravillas de la Berbería".

Libro de historia, ensayo histórico, ensayo literario. Aparato crítico al uso académico o aparato crítico funcional sin más. Respeto a las fuentes --otro posible título correcto habría sido "Berbería en las fuentes españolas del XVI", correcto aunque tan frío--, con el peligro de que se quedara en pura heurística, o "pasar" de los textos contemporáneos, tan hermosos, y hacer un estudio seco y con el lenguaje conceptual al uso, verdadero horror; además de engañoso: aquellos sucesos los narraron mejor sus contemporáneos que, años después, los historiadores añorantes o reivindicadores de imperios perdidos. Puro dilema. La elección, casi al azar, fue la que surgió de manera más natural y la que más íntimamente me satisfacía: reflejar cómo mi oído recibió la música de los textos del momento, tal vez como Kepler buscara captar la música de las esferas, búsqueda que le condujo a calcular una órbita elíptica de los astros, captar "esa misteriosa forma del tiempo" que dijera el ciego Borges --la música--, escuchar --como se escucha a la mar-- a la gente, la cotidianidad, la vida.

 

"No existen textos inocentes". "En toda investigación histórica las formas de leer los datos son tan importantes como las de construir la teoría y ambas son forzosamente interdependientes, aunque ocupan diversos planos de abstracción". "La narrativa y la descripción --por humilde que sea su rango en una teoría del conocimiento-- son una parte ineludible del repertorio del historiador". "Criticar las fuentes --esto es, sopesar el valor de distintas áreas de datos-- también es una parte inevitable del repertorio del historiador". "Los problemas del método histórico son inseparables de las complejidades de la recolección de datos y, aunque se asignen a dominios diferentes, habrá un tráfico continuo entre ellos". "La relación entre la historia y la teoría, si ha de ser fructífera, debe tener dos direcciones" (1).

 

Son palabras de Raphael Samuel, padre de ese "taller de historia --History Workshop-- surgido en Oxford a mediados de los años sesenta a contra-corriente de la historia académica y que hoy tiene una revista --History Workshop Journal-- con un subtítulo, desde 1982, sugestivo: "una revista de historiadores socialistas y feministas". Su rechazo de "aquellos tipos de investigación histórica y sociológica que tienden a reforzar las estructuras de poder y la desigualdad en nuestra sociedad", así como su preocupación "por la gente común del pasado, su vida y su trabajo, su pensamiento y su individualidad, a la vez que por el contexto y las causas que conformaron su experiencia de clase", convierten su programa, en principio, en algo admirable (2). Son una clara respuesta a esa angustiada pregunta de Jean Chesneaux: ¿Hacemos tabla rasa del pasado? (3). Uno de nuestros más lúcidos historiadores, Josep Fontana, también se ha esforzado en responder:

 

"Hay que reinventar el futuro... renovando nuestra visión del pasado de modo que sirva de base para asentar un nuevo proyecto social". Hay que "sacar a la historia de los esquemas en que ha quedado apresada, y utilizarla para aprender cómo se han formado mecanismos de explotación y cómo se han organizado los hombres para combatirlos, buscando nuevas escalas que no se establezcan en función de los avances de la tecnología industrial, sino de los alcanzados en la satisfacción de las necesidades colectivas, incluyendo en ellas la de la liberación de toda forma de opresión". "Rehacer la historia del capitalismo, no como una fase en el desarrollo de las formas productivas, sino como una etapa en las formas de explotación, de modo que nos ayude a entenderlo mejor y a combatirlo más eficazmente para reemplazarlo por formas de organización social más justas y más libres que garanticen una mejor satisfacción de las necesidades colectivas de los hombres" (4).

 

Este libro sería un primer intento de aproximación a una respuesta de ese tipo. Sólo un primer intento y que nace como fruto de una perplejidad simple. Mis colegas actuales de la antigua Berbería central se lamentaban de que en las fuentes hispano-italianas del siglo XVI fueran vistos sus antepasados únicamente como piratas o corsarios, o como gentes despreciables --y temibles, a la vez--, de que fueran tratados en el XIX por la historiografía francesa únicamente como "indígenas" o "autóctonos", objeto de estudio de etnólogos y antropólogos, a todo más, no de historiadores, y de que, ya en el siglo XX, a sus
patriotas o nacionalistas más comprometidos se les tildara sin más de "terroristas". Cuando su historia moderna --y este libro de maravillas va por ahí-- era un prodigio de vitalidad, dramática y sugestiva, hoy puedo afirmar que bellísima. Su perido clásico por excelencia, además, había contado con la visita de uno de nuestros antepasados más ilustre, lúcido y desdichado, Miguel de Cervantes Sahavedra. Otro sospechoso para nuestra bienpensante historia oficial aunque, tal era la magnitud de su figura y pensamiento, la academia y el poder le intentara integrar tanto que hoy le citan hasta los príncipes. En fin.

Hace ya tiempo que E.H. Carr, glosando opiniones variadas de otros teóricos de la historia, afirmó que después de Freud --cuyo legado él considera tan revolucionario para este siglo como el legado marxista o marxiano--, todo historiador debe tener muy claro --y deseable sería que lo expresara-- el por qué de la elección de un determinado asunto o periodo de estudio, así como las circunstancias históricas y personales que incidieron en esa elección y hasta en el enfoque mismo. Siempre he estado de acuerdo con E.H. Carr. Desde estudiante me emocionaba su manera de decirme lo que era la historia.

 

"La historia adquiere significado y objetividad sólo cuando establece una relación coherente entre el pasado y el futuro". "El hombre se propone ahora comprender y modificar, no sólo el mundo circundante, sino también a sí mismo" (5). Era el "cambiar al hombre" de Rimbeaud. Y mis circunstancias históricas y personales eran, en verdad, durísimas: aquel régimen político nacional-católico y aquellos colegios fundamentalistas que te enseñaban a maltratar tu cuerpo como a un enemigo. "Media historia borrada por decreto de nuestros manuales infantiles... Media historia tan solo y deformada". Son versos míos. Creo que debería estar mejor tificado qué es eso de la "corrupción de menores". En fin.

 

Aunque este libro de maravillas sea fruto, tal vez, de un resentimiento, quisiera que fuera un texto escrito, o transcrito, en plenitud. Un libro de lectura al que se pudiera volver de vez en cuando, y hasta con el que se pudiera jugar combinando a gusto de cada cual sus múltiples elementos. Y que no por ello dejara de ser un libro de historia, una lectura y una reflexión críticas sobre un pasado que nos pertenece a unos y otros, a todos; aunque todavía persista la tentación --y sería justificable-- de querer reivindicarlo como propio para aquellos unos que han visto a los otros utilizar ese pasado en su provecho. Sean los unos los del norte y los otros los del sur, sean los unos los grupos privilegiados esquilmadores y los otros los grupos desfavorecidos y esquilmados, esas masas populares hambrientas que evocara Camporesi, en "la etapa de la organización estatal" y, sin embargo, "de un modo irresponsable" abandonadas por sus grupos rectores a la superpoblación y a la pobreza (6). Los "simples", que dijera Umberto Eco en el inolvidable "nombre de la rosa". Y tanto en el norte como en el sur. Tal vez la verdadera lección de corso la dé ese aparato de estado naciente que, reciclándose las clases privilegiadas para ello, permitió a los antiguos grupos rectores seguir esquilmando, como muy bien explicara Perry Anderson (7). Por eso, desde esta introducción misma, quiero recoger un texto de época que, como muchas veces sucederá en este libro de maravillas, parece explicarlo mejor que muchos estudios posteriores. El texto es de Jean Bodin y para mí fue una feliz sorpresa. Bodino --en su época tan a contra-corriente en muchos aspectos-- comenzaba los seis libros de su reflexión sobre la cosa pública con una curiosa distinción precisamente entre corsarios y piratas y reyes. Aquel pensador que terminara haciendo un canto a la monarquía, y a la monarquía hereditaria, se preocupaba en primer lugar por dejar bien claro, como punto de partida, quién era quién en aquel ambiguo y movedizo mundo del poder. Y en esa reflexión, por ejemplo, Viriato aparecía como un bandido o un pirata y no como un jefe o un "rey".


"República es un recto gobierno de varias familias, y de lo que les es común, con poder soberano...
Desmenucemos las partes de la definición que hemos establecido. Hemos dicho, en primer lugar, `recto gobierno', a causa de la diferencia que existe entre las repúblicas y las bandas de ladrones y piratas; con éstas no debe haber trato, ni comercio, ni alianza, principio que siempre se ha respetado en toda república bien ordenada. Cuando se ha tratado de prestar la fe, negociar la paz, declarar la guerra, convenir ligas ofensivas o defensivas, jalonar las fronteras o solucionar los litigios entre príncipes y señores soberanos, nunca se ha tenido en cuenta a los ladrones ni a sus clientelas; si alguna vez no se ha actuado así, ha sido debido a una necesidad absoluta, no sujeta a la discreción de las leyes humanas. Estas siempre han distinguido los bandoleros y corsarios de los que, en materia de guerra, llamamos enemigos leales, los cuales mantienen sus estados y repúblicas sobre principios de justicia, cuya subversión y ruina buscan los bandoleros y corsarios. Por esta razón no deben de gozar éstos del derecho de guerra común a todos los pueblos, ni prevalerse de las normas con que los vencedores tratan a los vencidos. El hecho de que la ley quiera que se devuelva al ladrón la prenda, el depósito y el préstamo, y que sea restituido en la posesión de las cosas que él tomó injustamente a otros, cuando, a su vez, ha sido despojado violentamente de ellas, se basa en dos razones: la primera, que el bandido merece consideración cuando presta homenaje al magistrado y se somete a las leyes para pedir y recibir justicia; la otra, que aquello no se hace tanto en favor de los bandidos, cuanto por castigo de quien se quiere quedar con el sagrado depósito y procede por vías de hecho, teniendo la justicia a su alcance...

" Pero quien quisiese aplicar el derecho común a los corsarios y ladrones, dándoles el mismo trato que a los enemigos leales, cursaría una peligrosa invitación a todos los vagabundos para unirse a los bandoleros y asegurar sus acciones y ligas capitales bajo el manto de la justicia. No es que resulte imposible hacer un buen príncipe de un ladrón, o de un corsario un buen rey; piratas hay que merecerían más ser llamados reyes que algunos que han portado cetros y diademas, para quienes no hay excusa verdadera ni aparente de los robos y crueldades que hacen padecer a sus súbditos. El corsario Demetrio decía al rey Alejandro Magno que él no había aprendido otro oficio de su padre, ni heredado de él otros bienes que dos fragatas, en tanto que Alejandro, si bien reprobaba la piratería, asolaba y robaba con dos poderosos ejércitos, por tierra y mar, pese a haber heredado de su padre un reino grande y floreciente; estas palabras movieron a Alejandro antes a remordimiento de conciencia que a vengarse del justo reproche hecho por el pirata, a quien nombró capitán general de una legión... Estos medios para atraer los jefes de piratas al puerto de la virtud son y siempre serán dignos de alabanza, no sólo con el fin de evitar que tales gentes se vean reducidas a la desesperación e invadan el estado de los príncipes, sino también para destruir a los restantes como enemigos del género humano. Aunque parezcan vivir en amistad y sociedad, repartiéndose por igual el botín, como se decía de Bárgulo y Viriato, esto no puede, sin embargo, ser llamado, en términos de derecho, sociedad, ni amistad, ni reparto, sino conjuraciones, robos y pillaje, ya que el principal punto en el que reside el verdadero atributo de la amistad, y del que ellos carecen, es el recto gobierno según las leyes de la naturaleza" (8).


Ningún texto más adecuado que éste de Bodino para introducir en materia a un futuro lector. Y no es una cuestión que, por desgracia, haya pasado de moda; en muchos aspectos, parece que en el siglo XVI lo tenían más claro que ahora eso del corso y el poder. La "sacralización" del poder estaba sólo a medias asentada, aunque el proceso estaba claro. Más de un siglo atrás, aquel que podríamos tildar de "maquiavélico" si no hubiera vivido un siglo antes que Maquiavelo, Ibn Jaldún, lo había expresado con envidiable claridad:

 

"Todo imperio recién inaugurado encuentra ante sí una tarea bien árdua: inducir a los hombres a la obediencia... Más tarde, ya afirmada la autoridad del imperio, y que el mando supremo ha quedado como una herencia en la misma familia, durante varias generaciones y numerosas sucesiones, los súbditos ya no recuerdan de aquella iniciación. Habituados a ver la misma familia ejercer toda la autoridad, concluyen por creer, como un artículo de fe, el deber de obedecerla siempre y combatir por ella con tanto ardor como para defender las creencias religiosas. A partir de entonces... la sumisión a su potestad ha devenido cual un deber impuesto por el Altísimo y del cual nadie piensa apartarse... Enseguida, aprovecha la primera ocasión para hacer añadir a los dogmas de la fe la obligación de reconocer al soberano la cualidad de jefe espiritual y temporal" (9)

 

Ibn Jaldún, Maquiavelo y Jean Bodin son tres observadores de privilegio sin los que sería temerario intentar aproximarse a aquellos años del XVI tan disparatadamente hermosos, tan de "frontera", y a unas cuestiones también tan "fronterizas" o tan relacionadas con el poder. Desde la llegada de Aruch Barbarroja al Mediterráneo occidental hacia 1504 y hasta su muerte en "el tiempo de las cerezas", la primavera de 1518, cerca de Tremecén, aquel corsario pobre de Mitilene supo crearse un territorio a su medida, de la manera más ortodoxa para el pensar de la época logró convertirse en uno de los pocos príncipes nuevos" que teorizara Maquiavelo, figura ya muy improbable, si no imposible, en aquel tiempo de consolidación de las monarquías hereditarias en Europa y en el Mediterráneo todo, cuando todo nuevo "príncipe" era considerado, sin más, un tirano a destruir. Sólo si era capaz de defender y consolidar su poder tenía acceso a la legitimidad. Eso precisamente fue lo que consiguió el hermano de Aruch, Jeredín, que heredara su apodo "Barbarroja", reconocido --tanto por el rey de Francia como, de hecho, por el emperador Carlos-- como señor de Argel.

En la primavera de 1518, pues, comienza esta historia. Sin ningún tipo de consideraciones al margen de los hechos mismos, narrados por sus contemporáneos españoles, los que con más ardor se esforzaron porque aquello que iba a suceder --la consolidación de un estado berberisco-- no sucediera. Las posibles reflexiones, desde la perspectiva actual, irán surgiendo al hilo de los acontecimientos. Y, para comenzar, nada mejor que la evocación de aquella ciudad de la costa sur del Mediterráneo en torno a la cual iban a girar las innumerables aventuras de esta historia verdadera. La ciudad en la que, durante cinco años, iba a residir Miguel de Cervantes, de la que iba a intentar huir en condiciones novelescas cuatro veces, de la que toda su vida había de guardar recuerdos que dejó, aquí y allá, en su creación literaria. Ese legado que hoy todo el mundo le agradece.

 

[1] R. Samuel, "Historia y teoría", en Historia popular y teoría socialista, Barcelona, 1984, Crítica, pp. 58-63.
[2] Ib., cit. en presentación de Fontana.
[3] Es el título de uno de sus libros, verdadero alegato contra la historia academicista y oficial, Madrid, , Siglo XXI.
[4] Fontana, Historia. Análisis del pasado y proyecto social, Barcelona, 1982, Crítica, pp. 262-263.
[5] E.H. Carr, ¿Qué es la historia?, Barcelona, 1967, Seix Barral.
[6]Camporesi, El pan salvaje, Madrid, 1986, Mondibérica, p. 27.
[7] Anderson, El Estado absolutista,
[8] BODIN, Jean: Los seis libros de la República, selec., traduc., y estudio prelim. de Pedro Bravo Gala, Tecnos, Madrid, 1986, LXXX pp. y 3O7 pp.; pp. 9-11

[9] Ibn Jaldún, Introducción a la historia universal (Al-Muaddima), México, 1977, Fondo de Cultura Económica, III, II, p. 322.

 

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