Sobre la edición que ha preparado Paulina Numhauser del manuscrito del jesuita calabrés Jerónimo Pallas, Misión a las Indias con Advertencias para los Religiosos de Europa, que la hubieren de emprender, como primero se verá en la historia de un viaje y después en discurso –que podría abrevarse como Misión a las Indias, que no está mal como título, casi cinematográfico y casi de aventuras detectivescas--, hemos hecho algunos ensayos de fragmentación para obtener textos con cierta autonomía de sentido y que mantengan a su vez cierta unidad, a la manera de las viejas antologías o selecciones o guías de lectura, y siempre pensando en su interés tanto pedagógico como cultural en general, que pueda interesar a todos.
El ensayo, esta vez, está relacionado con la aparición de Nadadores en el texto, acorde con uno de los primeros ensayos literarios del Archivo de la frontera titulado precisamente así, Nadadores, y que pareció tener bastante aceptación.
Del libro de Jerónimo Pallas, con tanto viaje y navegación por Europa y por Amércia, no es extraño que procedan algunos fragmentos de relato en donde aparecen Nadadores, reales o en potencia. Y en primer lugar, uno en plena tormenta en el Pacífico, camino de Perú, nada más comenzar el libro III, seguido de una bella evocación de los Indios Mulatos, buenos Nadadores, o otros más breves, sobre tormentas o transportes, todos ellos de gran plasticidad y muy evocadores. El <discursico cristiano> que entra en la evocación no hace desmerecer para nada el conjunto narrativo. Le da su salsa, su sal, tal vez lo haga hasta más transparente, con ese punto de ingenuidad en ocasiones que es algo de lo que más fascina ahora del joven escritor calabrés Pallas.
Al margen de su interés misionológico o antropológico, los textos encantarán a los amantes de los viajes y su literatura, a los marinos amantes de la literatura marinera y a la gente amante de la lectura en general.
TEXTO I.
Jerónimo Pallas, III,I.
DEL
LIBRO III:
DE LA NAVEGACIÓN DEL MAR DEL SUR,
DE LA LLEGADA A LIMA
Y DE LO MUCHO QUE SE SIRVE NUESTRO SEÑOR
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN ESTE REINO DEL PERÚ.
Capítulo I:
Salen los padres del puerto de Panamá y vuelven a arribar en la costa.
Embarcación de los padres en Panamá.
Una de las razones que movieron para determinarse los padres a ir en la fragata,
fue la buena opinión en que estaba
por los muchos y felices viajes hechos a la Nueva España y otras partes,
prometiéndoles los pilotos que entonces se hallaban en Panamá
--y diferentes personas del pueblo que habían navegado en ella--
buen suceso y navegación corta con el favor de Dios, de parte del bajel,
porque generalmente estaba bien opinado en esta Mar del Sur.
Pero el Señor, que dispone los sucesos como le place,
permitió que --entre la mayor diligencia y cuidado
de los que dieron carena a la fragata-- se descuidasen el calafate y oficiales
en cerrar una costura que estaba en la segunda precinta.
Sucedió, asimismo, que navegando desde la playa de Panamá
hasta la isla de Tanoga, cuatro leguas de la ciudad, para hacer aguada
y de este lugar al puerto de Perico, que es el de la embarcación que se ha dicho,
para experimentar si estaba bien aprestada y marinera,
no se viesen las faltas que tenía;
porque navegando a popa en bajel las aberturas no pescaban agua
y si alguna entraba por otra parte era de poco cuidado.
Y con esta experiencia quedaron todos contentos
y deseosos de embarcarse los que habían de ir en ella.
Llegóse el tiempo de la partida; y embarcados los padres
--día de los Santos Apóstoles San Simón y San Judas Tadeo,
28 de octubre del año de 1617--, estuvieron hasta el día siguiente
aguardando la visita de los oficiales reales;
y después de haberse hecho como es costumbre,
largaron la cebadera y luego todo el trapo poco antes de anochecer,
Arribada de los padres a la isla de Taboga.
con el terral que los sacó del puerto;
mas fue necesario arribar luego y voltear el timón atrás para coger una boneta,
que por descuido se cayó en la mar;
cogiéndola y vuelta a poner la proa a la vía,
se acordó el Maestre de que se olvidaba el registro en Panamá,
sin el cual no se podía pasar adelante.
Y, así, convino con el Piloto mandase arribar,
y arribamos a Tanoga, dos leguas del puerto de Perico,
adonde antes había ido a hacer aguada.
Estuvimos en este puerto tres días
aprovechándolos en confesar y adoctrinar la gente de aquella isleta.
Y venido el Registro de la Fragata, comenzamos, segunda vez, nuestra navegación
día de Todos Santos, después de haber oído misa y recibido al Señor,
que nos dio viento próspero y alegre navegación dos días;
en los cuales --rehusando muchos de estar bajo cubierta
por la estrechura del vaso y gran calor que hacía—
se quedaban a dormir arriba, sobre los cables y leña y otros embarazos,
que aún no se había acomodado en su lugar;
a costa de ser pisados de la gente de mar mil veces,
porque como era noche y la crujía angosta, al tiempo de marear las velas
andaban por encima de los que estaban durmiendo.
Ventaban brisas y la fragata corría a popa,
con que nos prometíamos corta y dichosa navegación;
pero trocóse el viento
Peligro grande en que los padres piensan perecer.
a la tercera noche;
después de haber salido de la Isla de Tanoga yendo a la bolina,
metió por estribor la fragata hasta la última precinta,
que casi se nos entraba el agua por la sobrecubierta.
Estaban poco más bajo de los embornales las aberturas que dijimos
y por ella se metió en breve rato tanta mar que subía el agua
a mojar las camas que estaban sobre unos cajones mas de cinco palmos altos del puntal.
Turbónos el caso como era fuerza, y avisando al Piloto acudió a ver lo que pasaba,
y viéndolo creyó que la fragata estaba abierta toda por abajo
y dio una gran voz y hizo otras demostraciones y señales
de hombre tan arrebatado y falto de consuelo que bastaron a persuadirnos
que nos íbamos a pique, porque con el peligro en que estábamos
se acababa el último plazo de nuestra vida.
Confirmábase esto viendo a los marineros turbados y despavoridos
y que algunos se desnudaban, que entendíamos era para echarse a la mar
y escapar nadando aunque su intento era disponerse para dar remedio
a aquella grande y peligrosa necesidad.
Mandó luego el Piloto arribar a popa para enderezar la fragata,
y acudiendo a la bomba y otros instrumentos de achicar el agua
--que fue milagro hallarlos según la turbación y miedo con que obraban
teniéndose ya por hombres sin remedio-- se fue enderezando
y quedó derecho del todo.
Entre tanto nosotros acudíamos a varias cosas,
conforme las juzgábamos más menesterosas y convenientes,
regulándose esto por la diferencia de los ánimos:
unos ayudaban a las faenas porque no se rindiesen los marineros al trabajo,
éstos se ocupaban en dar ánimo a los que se mostraban sin aliento
y se tenían por acabados, aquellos hacían fervorosas plegarias al Señor
suplicándole se compadeciese de nosotros socorriéndonos en aquel trabajo y aprieto.
Y Su Majestad fue servido de oírlos, porque como el agua entraba por el costado
--yendo a la bolina, enderezada ya la fragata-- dejó de alcanzar a las aberturas
y la bomba rendía lo que estaba dentro.
Y, así, se fue reconociendo en breve que estábamos fuera de peligro.
Arribada de los padres a la playa de Peaji.
Dimos todos gracias a nuestro buen Dios
y fuimos virando así a tierra con deseo de alcanzarla presto, cualquiera que fuese,
para remediarnos y enjugar lo que se había mojado.
Reconocímosla y tomámosla cuidadosos de no saber el paraje en que estábamos,
ni si habíamos de poder salir de aquella playa, porque parecía desierta y nueva
a los ojos de cuantos allí había.
A esto se añadió el desconsuelo grande de ver las averías de la ropa
porque muchas cosas estaban sin remedio,
Averías en las cosas que se traían de Roma.
colgaduras de seda y brocados frontales, casullas y otros ornamentos para la iglesia,
relicarios y huesos de santos, imágenes y cuadros de pintura,
y libros de mucha estima traídos desde Italia, Roma y otras partes.
Procuróse beneficiar lo que no estaba del todo perdido
y mientras unos atendían a ello otros levantaron un altar
para que dijesen misa comulgaren y la oyesen todos.
Hecho esto, el padre Martín Vázquez subió con otros compañeros
a la cumbre de un cerro para ver si descubrían rastro de camino
o señales de gente alguna que nos dijesen adonde estábamos.
Descubrióse como a dos leguas un buhío --es albergue hecho en el campo
cubierto de hojas de palma--, y alegremente, viéndolo, porque se persuadían
que en todo acaecimiento habría en él quien dijese y enseñase
qué tierra era aquella y cual el camino para volver a Panamá.
Señaláronse dos compañeros que fuesen al buhío
para informarse de lo que deseaban saber
y viesen si habría comodidad donde los demás se albergasen
y pudiesen guarecerse de los aguaceros --que allí son muy frecuentes,
como y truenos y relámpagos, y rayos,
de que esta parte de Tierra Firme es abundante--, encargóseles
la brevedad en ida y vuelta,
pues de ella pendía el consuelo que los demás esperaban.
TEXTO II:
El segundo, viene casi a continuación:
Jerónimo Pallas, III,II.
SOBRE LOS INDIOS MULATOS, GRANDES NADADORES.
Origen de los indios mulatos.
Así estas cosas, es de saber ahora que viniendo de Panamá al Perú
un navío cargado de negros de los que se traen de África esclavos
para vender en las Indias,
llegando al paraje de la Bahía de San Mateo fracasó con una gran borrasca;
y habiéndose ahogado el mercader que los traía,
y los demás españoles que venían en el navío,
escaparon nadando los negros solamente, por ser grandes nadadores todos;
los cuales puestos en el playa y obligados de la necesidad
hubieron de pelear con los indios que hallaron la tierra adentro,
que aún entonces no estaban en el gobierno y doctrina de los españoles
--digo, los de aquel distrito--,
y quedando vencedores los negros en los primeros encuentros,
se apoderaron de las mujeres y de la tierra,
porque los indios que escaparon vivos se huyeron a los montes
y se pasaron a otras partes.
Los hijos, pues, de estos negros conquistadores y de aquellas indias
son los que hasta hoy duran y se llaman Indios Mulatos.
Calidades de los indios mulatos.
Viven con algún modo de República y hanse dividido en parcialidades,
y de ellas algunos son cristianos sujetos a los doctrineros de los distritos del contorno;
gobiérnanse por capitanejos o caciques, a quien obedecen y respetan fidelísimamente.
Algunos hay que saben hablar en lengua española,
porque van y vienen a la ciudad de Quito, que dista pocas leguas;
y de éstos era uno el que habló con los padres en la playa;
los otros hablaban una lengua que no habrá calepino que lo interprete
porque será mezclado y corrompido de una lengua india
y de treinta diferencias de Guinea,
porque cuantas castas vienen de negros,
tantas son las diversidades de lenguas que hay entre ellos.
Y por esto se dice: <Todos somos negros y no nos entendemos>.
Traje.
El vestido de estos indios mulatos es el que pueden traer de Quito los que van allá
y alianzan de los españoles de otras partes, y con esto usan de la manta
en lugar de la capa que les cubre todo el cuerpo, y es traje común de los indios;
las mujeres y muchachos andan desnudos de la cinta arriba.
Diferentes piezas con que se adorna el rostro.
Usan los capitanejos y los más granados adornarse el rostro
con diferentes piezas de oro de diversas figuras y variamente labradas.
Cuelga de la punta de la nariz uno como compás largo medio palmo;
son las planchuelas que hacen esta figura chatas y anchas un dedo,
y para comer y beber no se quitan este embarazo, sólo que lo apartan a un lado.
De los labios pende una como media luna del tamaño de la barba
y de las orejas los círculos en figura de antojos que sirven de zarcillos.
El oro es muy subido de quilates, según se vio en uno de estos zarcillos
que rescató el maestre de la fragata por cuchillos;
los que son de más buena condición traen en la punta de la nariz una tazuela de oro
con la cabeza grande y redonda; y de estas,
las mujeres diez o doce puestas en orden por el rostro.
Bastimentos.
Comen bollos de maíz, yucas y carne de monte, crían gallinas,
tienen plátanos y pescan y cogen multitud de cangrejos
que precian por regalo y los dan a los enfermos.
Entre otros frutos que hay en esta tierra se halla un
Árbol de frescura y sombra portentosa.
género de manzanas en el color y sabor semejantes a las de Castilla
pero tan ponzoñosas que matan comiéndolas;
el árbol está de ordinario en las costas de la mar,
y quien duerme a su sombra se levanta hinchado todo el cuerpo;
y de esto nos advirtieron los indios para que no fuésemos a ponernos debajo de sus ramas
aunque padeciésemos de calor grande, que hacía,
sin haber otros árboles que nos defendiesen del sol.
Diferencias de culebras ponzoñosas.
Hay también culebras grandes ponzoñosa
y otras menores que dan profundo sueño picando
y el herido muere quejándose sin hablar.
Pienso que era de estos una de quien Dios quiso librarme
Mientras, huyendo los rayos del sol que me atravesaban, fui a buscar sombra
a un cañaveral; iba a sentarme sobre unas hojas secas
y tropecé en una caña que estaba en medio: y al ruido saltó la culebra
de entre las hojas, que se fue huyendo y me dejó asustado;
era amarilla y listada de negro, larga como una vara y gruesa en proporción.
Pero, sobre todo, se estaba aquella playa llena de mosquitos;
y porque nos dejasen, de noche usábamos de un remedio
que nos enseñaron los mulatos, y fue hacer grandes candeladas alrededor
para que el humo los ahuyentase, de suerte que los mosquitos huían
y nosotros llorábamos.
Armas y modo de pelear.
Las armas con que pelean estos indios son arco y flechas,
a que añaden unas tiraderas con que arrojan varas tostadas del tamaño de un dardo,
arma terrible que pasará a un hombre de parte a parte.
Acuden al llamado de los españoles del Río de Santiago contra los indios de Manglares
y hacen grande estrago en ellos y otros indios enemigos porque son muy valientes.
Religión.
En lo que toca al culto divino, es lástima ver cuán ignorantes están
de las cosas de nuestra santa fe, pues aunque los más son bautizados,
no hay en todos ellos quién sepa responder a una pregunta
de las cosas necesarias para la salvación.
Y es la causa porque su doctrinero los visita una vez al año,
y a veces se pasan dos sin que le vean; y cuando va,
esta quince o veinte días en el pueblo, tiempo breve y en que por ser ellos muchos
no aprenden cosa; y si algo se les queda, lo olvidan presto
con la falta de ejercicio y ausencia tan larga de su pastor.
Fuera de esto, hay muchos adultos gentiles que desean ser cristianos
y entre otros vinieron los mancebos de edad de veinte a veinticinco años
a pedir que los bautizase.
Celo de nuestros padres de la salvación de estos indios.
De que se enternecieron no poco los padres, y llegó el celo de algunos
a querer quedarse allí como quien ya había encontrado el gran tesoro que buscaba
y a lo que venían de tierras tan remotas;
comunicaron esta voluntad al Padre Procurador, pidiéndole con grandes veras
les concediese el poderse quedar para ser obreros de aquella mies
que tan sazonada se mostraba,
pero negádoseles por justos respectos quedaron con aquel deseo y propósito firme
de volver cuando y como su Majestad lo dispusiese y nuestros superiores lo determinasen.
Supimos, como esta dicho, de uno de estos indios mulatos
que su capitanejo estaba enfermo de sarampión,
que era la peste que corrió aquel año en el Perú.
Y dispuesto el Padre Procurador de irle a ver.
Llevó consigo un hermano cirujano para hacerle alguna cura
Y, más, llevó algunos cuchillos y platos de peltre y vestidos de Castilla,
de que mostró hacer grande estima el enfermo.
Y en recompensa tuvimos cantidad de yucas y plátanos.
Hablaron cosas diferentes, y en particular de los remedios para su enfermedad,
de que tomó ocasión el padre para tratarle de los medios de su solución.
Era este capitán muy viejo, por ser hijo de los primeros pobladores,
y siempre había vivido, aunque bautizado, tan ignorante de las cosas de la otra vida
que apenas sabía lo que al conocimiento natural no se le esconde como que hay Dios.
Procuró mientras estuvo allí el padre catequizarle lo mejor que se pudo
y al parecer quedaba algo dispuesto por si acaso muriese de aquella enfermedad.
Providencia y tratos particulares de Dios para con un alma predestinada.
Rematemos este capítulo con un caso en que se muestra claramente
la eficacia de la Divina Predestinación,
pues se verá en el cómo el haber tomado los padres a aquel puerto
no fue tanto por la necesidad de agua y leña
cuanto por la salvación de un alma que Dios tenía predestinada por este medio.
Había entre estos indios mulatos un muchacho de doce o trece años,
indio de los manglares, cautivo;
era de buen talle, traía el rostro embijado, desnudo del medio cuerpo arriba
y partido el cuerpo con una manta pequeña de color rojo
que llevaba atravesada por el pecho a manera de banda,
con que parecía más galán y brioso por extremo;
mostrábase despierto, hábil y servicial a todos,
y todos parece se le aficionaban por sus buenas partes;
y con éste había asimismo otros muchachos cautivos
de quien los indios mulatos se sirven como de esclavo.
Pidióles el Padre Procurador que le diesen algunos de ellos
por los rescates que fuese justo
con intento de hacerlos cristianos y traerlos a Lima,
con cuya comunicación y trato pudiesen los padres aprender su lengua;
y siendo bien enseñados en cosas de nuestra santa fe,
pudiesen volver con ellos a tratar de la salvación de aquellas almas,
habiendo alguna buena misión en aquel distrito.
Dieran, me parece, de mejor gana una docena de los otros muchachos
antes que este de quien hablamos,
pero el Padre Procurador le señaló el primero y hizo instancia se lo diesen,
por lo cual los mulatos resolvieron en darlo sólo diciendo que valía por doce.
Rescatado el indiezuelo, parece que entendía el bien y suma felicidad
para quien fue criado, en el contento y alegría que mostraba con dejar sus compañeros
y el cariño de la tierra y lengua en que vivía y haberse de poner en las manos
de una gente peregrina y extraña a sus ojos,
a quien apenas entendía por señas porque de nuestra lengua no sabía palabra.
Embarcóse con nosotros y arrojó su dardo y se quitó la manta
como menospreciando su vivir pasado, y pidió vestido a lo español;
enseñámosle la doctrina, que la aprendió muy bien en el viaje,
y habiéndose bautizado en Lima con gran gozo suyo y nuestro,
le dio la enfermedad de la muerte y se lo llevó Nuestro Señor,
según piamente entendemos, a gozar de la gloria que le tenía predestinada
en su eternidad.
Y para esto saltamos en la Bahía de los Mulatos de San Mateo.
TEXTO III:
Un tercer texto, más breve, sobre las pesquerías de perlas en la costa del Pacífico.
Jerónimo Pallas, III,V.
LA PESQUERÍA DE LAS PERLAS.
Pesca de perlas en el puerto de Manta.
Ni es menor riqueza la Pesquería de las Perlas que hubo en este puerto,
aunque al presente sólo había un mercader que trataba de esta granjería
con ocho o diez negros mozos sus esclavos;
los cuales salen al mar en unas embarcaciones que llaman <balsas>
y son unos palos redondos y muy livianos, que se atan cuatro y seis y ocho juntos,
sobre los cuales se navega con seguridad grande para aquella costa a vela y remo,
conforme son los tiempos.
Llegando, pues, los negros en su balsa al paraje de la Pesquería de Perlas,
se zambullen siete y ocho brazas en hondo para buscar las ostras o ostiones;
y arrancándolas de los peñascos y epitelios donde están asidas de ordinario
las suben arriba y ponen en cobro para volver a buscar por más.
Y para que los negros puedan estarse debajo del agua más tiempo
tiénese gran cuidado con ellos en que vivan sin comunicación de mujeres
y que no coman más de una vez al día,
y esa de manjares secos, porque también la codicia de riquezas
ha menester castidad y tiene --como lo notó el padre Acosta—
sus abstinentes, aunque sea forzados.
Puede el hombre estar media hora sin respirar.
Negros hay que con esta diligencia y ejercicio de bucear
vienen a poder estar un tercio de hora, y a veces media, debajo del agua.
Así nos lo dijeron en Manta y así lo creyó de quien se lo dijo,
pues lo escribió el mismo padre Joseph de Acosta
en el capítulo quince del libro cuarto, de su Historial de las Indias;
si bien parece sobre la posibilidad humana que un hombre
pueda retener la respiración y el aliento media hora,
por grandes que tengan los pulmones,
que esta es la causa que dan los médicos para que unos respiren más tarde
y detengan más el aliento que otros hombres.
TEXTO IV:
Un cuarto breve fragmento de una tempestad en ese mismo viajes, Pallas, III,VII.
PELIGRO DE MAR EN PANAMÁ.
Peligro de mar.
Y estando en una travesía, les sobrevino de repente un viento deshecho
que bastara poner en peligro una nao de alto bordo;
pero fue el Señor servido que al barquillo no le empeciese y que amainase el tiempo,
y que llegase en menos de ocho días al puerto de Panamá;
donde tuvieron otra más peligrosa Fortuna,
porque se les encalló el timón en la mar brava;
y estando mar en través, cada ola que llegaba los cubría de agua
y con cada ola los padres creían ser muertos;
tanto, que intentaron algunos de más ánimo arrojarse a la mar para salir nadando
por ver que era el peligro manifiesto;
pero echándose los marineros a nado y dándole cabo al barco
le fueron llevando hasta cerca de tierra donde pudieron dar fondo.
TEXTO V:
Quinto texto, de Valientes Nadadores, Pallas, III,VIII:
INDIOS VALIENTES NADADORES DE RIO EN EL PERÚ.
Modo de pasar los ríos caudalosos en el Perú.
De Trujillo se va a Guanare y luego, otro día,
pasamos un río caudaloso tan arrebatado que espanta la furia
y el ruido con que corre y desvanece al mirarlo;
pásase en una balsa que administran los indios,
diferente de las que vimos en Manta y después en Paita,
porque aquellas son unos maderos gruesos y muy livianos atados
y esta balsa para atravesar el río era de calabazas secas muy grandes,
ajuntadas con una red que las compone e iguala
de suerte que sobre ellas se ponen primero cargas que ponen los caminantes
y los aparejos de las cabalgaduras, sillas y enjalmes;
y luego se asientan las personas, sin que se moje cosa alguna
de cuanto va encima de aquel armatoste.
Tíranle indios, valientes nadadores,
con unos aparejos de cuerdas que parecen de caballos de coche,
de que está asida la balsa, y los indios nadando
y tomando a esguince el río de arriba para abajo,
van a caer lejos de donde se arrojaron al agua
porque el caudal es grandísimo y amedrenta a los pasajeros que no saben nadar.
Con el remo, pásanse otros ríos menores en este camino de Los Llanos,
en caballos --que los indios llaman Ximbadores
porque nadando sirven como pudiera un barco;
a quien parece que hace alusión el nombre porque Cymbe es la barca en griego
y los latinos dijeron <transire Vadum cymba>--;
atravesamos otros ríos menores en otras diferencias de balsillas,
hechas de enea, tan angostas que puesto el indio a caballo mete los pies en el agua
y con un canalete o palo que lleva en las manos bate por un lado y por otro
llevando como a las ancas sentado al pasajero, en lo que resta de la balsilla.
----------------------------------------------
Y esto es todo. El original de la crónica o historia de Pallas, si a alguien le apetece consultarla en su totalidad, está en este mismo Archivo de la frontera, de donde hemos extraído esta selección.
Versiculación y juegos, E.Sola
|