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"Relación que dio el Camarlengo de Modón a su hermano
Giovanni Maria Angiolello, cronista del Gran Turco,
de lo que en el cerco de Modón sucedió
"

   
   
     
TEXTO VERSICULADO
   

Hace tiempo que vengo insistiéndole a Fernando Fernández Lanza que tiene en sus manos una joyita narrativa clásica en español del XVI en esa Crónica de los Turcos de Antonio Herrera Tordesillas, en cuya construcción y glosa  tantas miles de horas han invertido los dos –Antonio Herrera y Fernando— para hacerla asequible a los lectores. Y hoy le hemos convencido para que nos presente otro fragmento breve y unitario para el Archivo de la frontera, similar a aquel espléndido sobre la figura de Algaceli de El Cairo, hijo de una andaluza en Oriente. El amplio mosaico narrativo que logra Herrera Tordesillas con la reelaboración y traducción de otras fuentes italianas sobre todo –flor de flores, el arte de fragmentar--, tiene momentos de frescura particular, como en la “Relación…” –siempre la misma tipología en esta literatura relacionada con la información, de avisos de alguna manera— de la conquista de Modón por los turcos en el verano de 1500. La veracidad del testimonio, su credibilidad, se refuerza con la deriva biográfica del autor, presente a los hechos que narra y protagonista también de ellos, el Camarlengo de Modón; que da la casualidad que tiene un hermano cronista del Gran Turco, con lo que lo convierte en un relato excepcional.

Al versicular el texto y actualizarlo lo más respetuosamente posible, se puede esperar que sea más atractivo y que invite a adentrarse más aún en él. El esfuerzo por ser fiel a la realidad hace que el relator intente reconstruir palabras o discursos dichos, palabras formales, tanto en estilo indirecto como en estilo directo, cercano a la posterior literatura narrativa de ficción. Quiere con ello reforzar la credibilidad del relato, dejar fijados sus perfiles más exactos. Por ello se han puesto en cursiva los textos que contengan una información concreta, una orden o las palabras formales de un diálogo, cuando aparecen.

Con algunas mínimas licencias –poner Necesidad con mayúsculas, por ejemplo, divinizándola como una “fuerza mayor”, que se diría hoy— y una puntuación tal vez algo simplificadora, pero que le da mayor recitabilidad al texto,  quedó como sigue. La lista y glosa de los personajes que aparecen en el fragmento puede ser un buen ejercicio o juego para que los estudiantes se animen a participar.

(Glosar “belchorachi”, “frujos” de trigo o medida, “in fallenter” o sin duda, “incontinente” como inmediatamente,  italianismos como “llegar en”, “lombardear” por bombardear, “pilandorias” como tipo de nave , familio como criado…)

Relación que dio el camarlengo de Modón a su hermano,
el cronista del Gran Turco,
de lo que en el cerco de Modón sucedió.

           
Yo conforté a micer Piero Carandolo, a micer Juan Foscari
y a los otros que en la plaza de Modón estaban lo mejor que me fue posible.

(Discurso del Camarlengo a los de Modón, incitándoles a hacer preparativos para la defensa de la ciudad).

Y les dije que, siendo la ciudad de Modón
tan cara y necesaria al estado de la ilustrísima Señoría (de Venecia)
cuanto el belchorachi en el cuerpo de un hombre,
que --si menester fuese-- los venecianos se empeñarían
y venderían sus joyas para sustentar a Modón.

Y que en siendo aún mayor la necesidad,
los propios hijos y mujeres sacarían a vender
por defender y sostener aquella tierra debajo del señorío de San Marcos.

Por tanto que estuviesen de buen ánimo,
que en mayor peligro que aquél se habían visto el año pasado
a causa de no estar tan bien abastecidos como de presente lo estaban.

Lo cual todo fue así y ellos manifestaron que así era la verdad.

Y así mismo les dije que, si querían ser valientes hombres
y no dudar de cosa alguna, que se acordasen cómo en defender a Modón
acrecentaban sus honras y servían a Dios y a la Señoría de Venecia,
cuyos obligados eran.

Y que teniendo esto en memoria,
no se les pondría miedo alguno delante que les estorbase
de hacer cumplidamente el deber suyo.

Y que lo primero que me parecía que se debía hacer
era escribir –o inscribir-- la gente de la ciudad
--así la que había de los venecianos de ella
como de los que eran venidos de fuera--,
y ver qué tanto número de estos podían ser buenos para la labor
y cuántos podían ser hábiles para la batalla.

Y que, así mismo, se viesen todas las armas que había en la ciudad
así para defender como para ofender.
Y se mirase toda la artillería y munición que en Modón había.
Y se midiese lo fuerte del lugar y lo que se había de defender a manos,
y que aquello se repartiese luego por sus capitanes,
dando a cada uno la guarda y gente que fuese menester para la batalla,
y la que pareciese ser necesaria para los reparos y fallecimientos de la muralla.

Y que, así mismo,
me parecía que la gente que no estuviese de buena gana en Modón
que graciosamente les fuese dada licencia
y así serían ciertos que los que quedasen serían todos valientes hombres
pues escogían el peligro y daño de sus personas
por el provecho que a sus honras de ellos se había de seguir.
Y que las casas del burgo debían ser allanadas hasta la ribera,
como era comenzado.

Y hecho esto, se escogiesen
tres de los principales viejos que en la ciudad hubiese,
los cuales fuesen a la ilustrísima Señoría a hacerles saber todas
y a mostrarles --como si ya estuviesen cercados—
un inventario de las cosas que para la defensa de Modón eran menester.

Y que de esta manera darían buena cuenta de sí,
y no serían los turcos poderosos de ganar a Modón.

                                                                        (La ciudad no hace caso del discurso)

Ninguna de todas estas cosas quiso hacer la ciudad,
ni tampoco trajeron provisión alguna de gente de fuera,
diciendo que había harta en la tierra.

Y, así, multiplicaban cada día sus errores
haciendo siempre lo contrario de lo que era razón.

Y aunque un día yo les torné a decir
que me parecía que debían enviar fuera de la ciudad
todas las ánimas inútiles que no eran para pelear,
tampoco lo quisieron hacer
diciendo que al tiempo nuevo se entendería en lo que conviniese.

Para lo cual ellos no tuvieron el tiempo que pensaban,
según que adelante entenderéis.

(Comienzan las acciones turcas en octubre de 1599 y se hacen preparativos bélicos)
 
En el mes de octubre siguiente,
los turcos comenzaron a correr y robar la tierra de Modón
de manera que no era ya segura, antes cosa de mucho peligro,
y ya querían salir algunos fuera de la ciudad de Modón.

En Modón fueron hechas ciertas cuadrillas y diputados capitanes para ello
para que cuando acaeciese que los turcos corriesen la tierra,
estuviese aquella gente a punto para salir a ellos
y quitarles lo que hubiesen robado.

Mas nunca la gente que en Modón estaba
se acababa de ordenar como era menester.

(Escaramuza en enero de 1599 y muerte de un sanjaco turco).

Y quiso Dios, y la nuestra buena suerte,
que los turcos no se presentaran cerca de la ciudad excepto una vez,
que fue a treinta días de enero al salir del sol.

Y fue un sanjaco que vino a correr hasta las puertas de Modón
con doscientos de a caballo por la vía del Jardín de Naborra,
que es a la parte del monte de Santa Veneranda,
y dejó encerrados en un bosque mil ochocientos caballos.

De los de Modón salieron hasta ciento ochenta caballeros y algunos peones.
Y a la verdad, en los cristianos fuera hecho aquel día
gran daño y occisión por no haber hecho cosa,
ni quién supiese enmendar ni regir la gente,
antes todos fueran tras los turcos sin orden ninguno
hasta meterse en la emboscada que les tenían hecha.

Mas quiso Dios que el sanjaco fuese herido de un pasador,
de que luego cayó del caballo, porque fue la herida por la garganta,
y tal que, incontinente, murió.

Los de la ciudad procuraron de tomar el cuerpo
y los turcos se pusieron en defenderlo.
Y como la gente de la ciudad cargaba,
fue forzado que los turcos sonasen la trompeta del socorro.
Y, así, salieron luego los mil ochocientos caballeros de la emboscada
y los nuestros se retrajeron con algún daño.
El cual fuera mayor si el sanjaco no fuera herido,
porque los cristianos llegaran hasta meterse en la emboscada
donde todos serían hechos pedazos.

Pero si aun ellos se dieren buen recaudo,
todos aquellos doscientos caballeros turcos se perdieran
antes que fueran socorridos de los mil ochocientos.
Porque al tiempo que el sanjaco cayó del caballo,
fueron cercados de más de mil hombres de a pie de los de Modón
y volvieron con el cuerpo más de cincuenta pasos atrás.
Porque luego que el sanjaco cayó, fue muerto, según dicho es,
porque el golpe del pasador fue tal que le pasó de claro la garganta,
y por entrambas las heridas salían dos golfos de sangre muy grandes.

Y si los cristianos no se detuvieran a darle más heridas
pudieran tornarlo hasta la ciudad.

Mas como los capitanes sabían más de mercaderías
que de lo que en semejante caso se había de hacer,
dieron tan mal recado que los doscientos caballeros turquescos
fueron socorridos antes que hubiesen recibido daño ninguno.

Y tornaron a recobrar el cuerpo del sanjaco
y se lo llevaron diciendo denuestos e injurias a los de la ciudad,
y jurando que en breve tiempo todos serían asados en piezas.

Y unos molineros, que aquella noche hallaron,
los hicieron pedazos  en una parte que desde la ciudad se podía bien ver.

                                                            (Socorro de Venecia a los de Modon).

Por la señoría de Venecia fue mandado en este tiempo
que se trajesen a Modón cuatro mil frujos de trigo,
los cuales fueron traídos de la isla de Chipre 
y puestos, por mandado de la Señoría, en un silo
para vender el dicho trigo en la ciudad cuando conviniese
para provecho de los venecianos.
El cual trigo se solía vender, cuando algunas veces lo traían,
al tiempo de la primavera.

Mas de otra cosa tenían más necesidad en Modón que no de trigo,
que era de buenos hombres para caudillos
y de algunos soldados de experiencia y valentía
que supieran mejor defender a Modón de lo que después se hizo.

                                                            (Avisos del invierno de la venida del Turco).

La primavera se acercaba
y todavía venían por todas las partes avisos
que, in fallenter, la persona del señor Gran Turco
vendría al cerco de aquella ciudad por el mes de mayo primero siguiente,
con infinito número de personas así de a caballo como de a pie.

Y que su intención era de antes morir que dejar aquella empresa,
porque le parecía que con ganar a Modón él se hacía señor de los venecianos,
de quienes muchas veces había recibido muchos daños y muchos enojos.

                                                            (Nuevo discurso sobre la necesidad de preparativos)

Y por tanto, sabidas y consideradas todas estas cosas,
un día andando cerca del muelle,
yo propuse a aquel mal gobernado regimiento
las necesidades que en aquella ciudad había.

Y les dije que por amor de Dios
mirasen que el tiempo nuevo se acercaba
y que todo el mundo amenazaba la caída de Modón,
por tanto que con toda brevedad
se hiciese alguna provisión de trigo y de aceite,
lo cual no se había de haber allí cerca por dineros
pues no hallarían dónde comprarlo,
aunque la Señoría (de Venecia) creía que sí.

Y que, así mismo, se debían hacer los reparos convenientes
y allanarse el burgo de fuera.
Y que  luego, se había de ir uno a Venecia
para que proveyesen de muchas cosas que faltaban en Modón.
Y que trajesen agua y se hiciese el bizcocho para el cerco que se esperaba,
y si no hubiese cerco sería todo bueno para la armada.

Pero los regidores me dieron tal respuesta,
que conocí que estaban determinados de dar la tierra al Turco.

Y especialmente uno de aquellos regidores, viejo embriago,
me hizo un gran rebajo con tanta soberbia que no le quise ni osé responder.
Pero éste y otros tales,
fueron causa de derribar aquel estado como brevemente fue hecho.
 
(Nuevas escaramuzas en febrero y culpabilidad de imprevisión de los responsables de Modón)

El primer día de febrero,
fueron dadas voces en Modón
que los turcos andaban corriendo hasta junto a las puertas.

Casi todos los que iban al campo se volvieron huyendo.

Yo dije entonces a micer Marco Gabriel
--porque él había sido de los que más porfiaban
que las ánimas inútiles no se echasen fuera--,
si le parecía que hubiera sido bueno que toda la gente que en Modón había,
que no era para pelear, fuera enviada a otra parte
y no estuviera en la ciudad a comer
el proveimiento que para la gente de guerra había
y a enflaquecer los corazones.

Micer Marco Gabriel me respondió otra cosa:

‑-Aún no era venido el tiempo.

Y no me quiso responder otra cosa.

Yo le protesté delante de cuantos allí estaban pero ninguno se curó de ello,
porque más era su pensamiento en lo que a cada uno de ellos particularmente tocaba
que no en procurar la conservación del estado de la Señoría.

Pero también tuvo harta culpa el general micer Marco Tiebisan,
que aunque muchas veces él fue requerido
ninguna de ellas le plugo –o pareció-- querer ni proveer
cosa alguna de las que en Modón eran necesarias, antes hacía burla.
Y visto que ninguno hablase en la venida de los turcos,
jamás dijo una palabra de conforto al mísero pueblo de Modón.
 
A diez de marzo del dicho año de 1500 vino a Modón,
por mandado de la Señoría, micer Antonio.
Trajo alguna munición aunque ella fue bien poca.
Pero, todavía –o no obstante--, fue muy bien recibida
por la gente de la mísera y pobre ciudad de Modón con mucha alegría.

                                                            (El 12 de marzo, los turcos toman un castillo)

A los doce días de marzo del dicho año, que fue domingo,
el bajá de la Morea con mucha gente
--que sería hasta ocho mil personas de a caballo y de a pie--,
corrió la tierra y fue a dar un combate al castillo del Griso,
dicho a la moronada –o a la manera de Modón--,
el cual castillo es en el confín de Corón y de Modón.

El castillo fue tomado por fuerza de los turcos
y fueron llevadas en cautividad hasta cuatrocientas personas,
de las que mejor les parecieron,
y todas las otras fueron pasadas por el filo de la espada.

Y así mismo fue quemado el cecinar, que dicen de piedad nuestro,
y algunos molinos y casales.

Y hechos estos y otros grandísimos daños en todo el condado,
a los veinticuatro días de marzo se partieron los turcos de allí
y fueron sobre el castillo del Junco,
mas no le pudieron tomar,
así por estar bien guardado de gente
como por tener él en sí tal asiento que con gran dificultad se podía combatir.

Y, así, hecha la experiencia por los turcos
y no pudiendo aprovechar cosa alguna,
se volvieron a su alojamiento para la Morea.

Y luego los de Modón y Corón hicieron adobar aquel castillo del Griso,
que por los turcos había sido quemado,
y mandaron  algunos soldados hubiesen de estar a la guarda del dicho castillo.

(Avisos de finales de marzo y preparativos defensivos)
 
El postrimero día de marzo del dicho año –de 1500--,
hubimos nueva que el belerbey de la Anatolia, llamado Sinán bajá,
era venido en la Morea en el lugar que se dice Delandari.

Y hacía allí la masa y bastimento para la gente de su campo
en compañía de Alibey  bajá, sanjaco de la Morea.

Y que entrambos habían hecho su muestra,
y se hallaban de a caballo y de a pie más de cuarenta mil personas.

Sabido esto en Modón,
fue ordenado que se allanasen todas las casas que había
desde el puerto hasta la ciudad.
Y así mismo toda la Calonna, que es un barrio que allí tenían los albaneses.
Y así, cuantos en la ciudad estaban lo andaban allanando según les cabía.

Pero todo lo que hacían no era ninguna cosa,
así por hacerlo gente desconfiada
como porque Marco Gabriel entró en una fantasía
de hacer traer a Modón piedra, cal, y otras cosas no pertenecientes,
ni lo que en la ciudad era menester,
mas por manera que se gastaba el tiempo sin hacer cosa
que útil fuese a la conservación de aquella tierra.

Porque estando el dicho Marco Gabriel en su fantasía de fabricar,
mostraba tener en poco el cerco
y consentía estar a todos en la negligencia que él estaba.
Y aunque hubo muchos que dijeron
que se debían derribar aquellas casas que había entre la ciudad,
el puerto, y el barrio de la Calonna, según arriba es dicho,
todo lo estorbó el dicho mísero Gabriel.

Así que con efecto parecía que con la poca consideración y bondad suya
se debiese perder la tierra y viniese en poder de los turcos,
según después se hizo.

(Llegan refuerzos, pero hay problemas con las pagas)

A los treinta de abril vino a Modón la nao que se dice Rebisane,
en la cual venían hasta cien soldados.

Siendo hecha la muestra otro día, los soldados dijeron que les diesen dineros.
Fueles respondido que con la venida de micer Antonio de Fabri
serían abastecidos y satisfechos,
porque aquél era gobernador y traería dineros y socorro.

A primero de junio,
llegó en Modón  micer Antonio de Fabri
y trajo doscientos soldados todos bien en orden.

Y habiendo reposado los dichos soldados, hasta el tercero día,
fue hecha la muestra de ellos.
Y luego comenzaron que si presto no les proveían de dineros
que se irían al campo del turco, que sabían que era bien proveído.

A los cuatro del dicho mes, a la mañana,
estando el regimiento en el burgo con el capitán de la infantería,
vinieron unas voces cómo la compañía del bardelay de Piero Esclaud
estaban armados a dos puestos del lugar y demandaban dineros,
o en otra manera que querían irse al campo del Turco.
Así que, fue necesario de sosegarlos prometiéndoles
que dentro de cuatro días recibirían lo que se les debía.

Y así, incontinente, por los de Modón fueron buscados mil quinientos ducados,
los cuales todos fueron repartidos entre los soldados que en Modón había,
por ponerlos en algún sosiego.

Y luego entonces se tornó a entender en los reparos de la ciudad,
como ya otra vez se había comenzado de hacer.
Y fue hecho bastión rebelón debajo de cada una de las puertas.
Y por muchos días venían a la mañana la gente que en Modón había
a trabajar un poco en los dichos reparos,
pero como no les daban dineros luego se iban.

Y aún había en aquel tiempo en Modón más de mil hombres
que todo el tiempo del año no se ejercitaban en otra cosa sino en labrar la tierra,
y también éstos por no ser pagados se escondían.

Viendo que el hacer de los reparos andaba malo,
fue concertado que todos los más principales de la ciudad
repartiesen  entre sí la dicha obra para la hacer con sus dineros,
y pusieron tasa a los jornales,
pero muy pocos se quisieron encargar de esto.
De manera que, por ningún camino
se acabó de proveer en Modón lo que necesario era.

A diecinueve de junio
llegó en Modón Sebastián de Monce Liexie con alegre cara,
y trajo ciento cuatro soldados de Nápoles.
Y no se quiso partir de la ciudad
porque fue dicho que el día siguiente vendría sobre Modón el campo del Turco.

Así mismo vino aquel día Jerónimo Contarín con alguna gente y munición,
aunque no la que en la ciudad fuese menester.

                                                            (El 20 de junio, llegan los turcos)

A los veinte días del dicho mes de junio, que fue sábado,
al romper del alba
se presentaron delante de la ciudad Sinán bajá, belerbey de la Anatolia
y Alibey bajá, sanjaco de la Morea.

Cercaron la ciudad toda al derredor
y ocuparon toda la tierra, con su ejército, de Modón,
que no se veía otra cosa sino hombres a caballo y coronajes
por todos aquellos montes y collados.

El proveedor de la armada de la Señoría, micer Jerónimo Contarín,
se redujo a las salinas y tiró a los turcos
muchos golpes de la artillería por aquella ribera.
Y, así, aquel día no fue hecha otra cosa,
salvo que en Modón fue dada la orden para las guardas
que habían de estar a la seguridad de las puertas de la ciudad.

Como en aquel día en la tarde vino del campo de los turcos
uno de los de Modón herido,
traía una flecha en la mano que significaba seguridad,
y era mandado venir por aquellos señores capitanes.

Y lo que él refirió de parte de ellos
a los que allí se hallaron del pueblo fue, que sin más dilación
se rindiesen si querían salvar las vidas;
porque después que viniese el Gran Turco
no querría parte ninguna con ellos,
antes los mandaría pasar a todos por el filo de la espada.

En Modón fue concluido por mejor
de no responder cosa alguna a los capitanes turcos
por no hacer escándalo en el pueblo,
y luego en aquella hora los turcos tiraron para un castillo, dicho  Miolibe,
el cual estaba desamparado y es en el territorio de Modón.

Y así fue pasado aquel día.

                                                            (El 21 de julio, comienza el cerco por tierra)

A los veintiún días del dicho mes de junio,
los turcos tornaron sobre la ciudad de Modón.

Sinán-bey bajá, belerbey de la Anatolia,
se redujo al monte de Santa Veneranda y allí puso sus pabellones.
Y toda la su compaña se aposentó por los jardines de al derredor,
los cuales fuera del paraíso terrenal
no se cree que otros mejores haya en todo el universo.

Alibey bajá, sanjaco de la Morea,
se redujo al monte de San Bernardino y allí puso sus pabellones
y todos los suyos al derredor de él.

Y así fuimos cercados por la parte de tierra.

Marco Gabriel --de quien arriba hemos dicho
que nunca quiso creer que los turcos venían sobre Modón
ni proveer muchas cosas que en la ciudad eran necesarias--,
en este tiempo no osaba hablar
porque los soldados tenían jurado de hacerle piezas.
Y si aquello se hubiera hecho seis meses antes, no se perdiera Modón.

Muchas veces salían los de Modón a escaramuzar con los turcos
y ellos de buena gana los venían a recibir,
y siempre quedaban hartos muertos de la una parte y de la otra.

A los cinco días de julio,
llegó en el campo el belerbey de la Romania, nombrado Mustafá bajá,
con gran número de gente así de a pie como de a caballo.
Y redújose con toda la gente que traía a pasar
entre las otras dos guarniciones de Modón,
de modo que toda la tierra estaba llena de pabellones y gente de a pie y de a caballo.

                                                                        (El 8 de julio, llega Bayaceto)

A los ocho días del mes de julio,
llegó en el campo el señor Bayasit sultán turco
con toda la su corte y gran número de valientes hombres,
que sería entre gente de a pie y de a caballo de ciento sesenta mil personas arriba.

Luego hizo traer por tierra dos lombardas gruesas y cuatro bastardelas,
de las cuales fueron luego otro día de mañana
la mitad al jardín del Valeroso y la otra mitad a San Nicolo de los forasteros.

Y como cada hora se pasaban algunos del campo a la ciudad,
y así mismo otros de la ciudad al campo,
siempre sabían los daños que los otros ordenaban de hacer.

A los nueve de julio,
entraron en la ciudad micer Valerio Marsilo,
el Polani de la Cunna, y un sobrecómitre.
Y dieron mucho esfuerzo en Modón y a los que en él estaban,
diciendo que allí querían vivir o morir.

Trajeron consigo veinte compañeros con escopetas y arcabuces.
Y así mismo trajeron diez ballesteros y ocho mil ducados,
lo cual todo con sus personas ofrecieron
en defensa de la fe de Cristo y del estado de la Señoría.

Por donde pudieron entrar en Modón fue por la parte de la mar,
porque por allí aún no estaba cercada la ciudad.

Otro nombre merecen éstos ante el mundo y otra corona ante Dios
que no Marco Gabriel y las otras personas que en Modón estaban,
por cuya culpa y descuido la ciudad se perdió,
según que aquí se cuenta.

                                                            (El 11 de julio, comienzan los bombardeos)

A los once días del dicho mes de julio,
al romper el alba,
comenzaron los turcos a lombardear a Modón por la parte del burgo,
la cual fue en un lugar dicho Pendamista.

Y así mismo, por la otra parte de la ciudad, donde está San Francisco,
también lo comenzaron a lombardear el mismo día,
porque después de venida la persona del Gran Turco
cada día les venía mucha artillería.

Y así en muy breve tiempo fueron hechas dos roturas muy grandes,
que si no fueran reparadas con mucha diligencia
--poniendo luego cestones de tierra y otras muchas cosas--,
fuera fácil cosa haber tomado los turcos aquel día la ciudad.

Y de esto hubiera sido la mayor causa
las casas del burgo no las haber derribado,
porque por de dentro de ellas llegaban los turcos
--y, así, aquella tarde hasta la muralla--,
sin que los de Modón lo pudiesen excusar.

Y, así, aquella tarde fue dado a la ciudad un combate tan áspero
que poco faltó para que los turcos no subiesen sobre los muros.
Pero la gente que en Modón estaba
defendió la ciudad valentísimamente y echaron a los turcos de los portillos,
quedando muertos asaz número de ellos.

                                                            (El 12 de julio, llegan refuerzos a Modón)

A los doce de julio
vino a Modón Jerónimo Pisano, proveedor de la armada, con diez galeras.

Y dijo que quería estar allí, con las diez galeras que él traía,
a la defensa de la ciudad.

Pero después de haber habido muchos consejos sobre ello,
fue acordado que quedasen allí cuatro galeras
y el dicho Jerónimo Pisano se metiese en las otras al alto mar,
lo cual fue así hecho.

En todo este tiempo, la ciudad era lombardeada de continuo por todas partes.

Pero aunque los turcos se daban tan gran prisa en la batería,
el continuo adobo que en los portillos se hacía
tomando de la misma tierra que derribaban y con otra,
con mucha diligencia que en ello ponían, se hacía más fuerte lo derribado.
Aunque siempre costaba hartos hombres de entrambas partes,
especialmente de los turcos.

                                                            (Asalto del 14 de julio)

A los catorce días del dicho mes de julio,
a una hora y media de la noche,
los turcos saltearon los portillos del burgo
y con mucho fuego encendieron la puerta principal.
Así mismo, quemaron el puente levadizo que estaba junto con la dicha puerta.
De manera que si no estuviera hecho un reparo junto a la dicha puerta y puente,
fuera la ciudad por allí tomada.

Todos los de Modón se pusieron a la defensa de aquella parte del burgo,
y duró el combate más de cuatro horas todo de noche.

Y fueron muertos y heridos muchos turcos,
y así mismo muchos de la ciudad, digo algunos,
de la muchedumbre de flechas de los enemigos.

Pero de necesidad los turcos se hubieron de retraer,
habiendo recibido mucho daño y ganado muy pequeña honra, en aquella jornada.

Y así, pasó el trabajo de aquella jornada.
Y se supo el día adelante que habían enterrado los nuestros
cuatro mil tiros de escopeta y mucho número de saetas.

                                                            (Asalto del 16 de julio)

A los dieciséis días del dicho mes, a cuatro horas del día,
se supo cómo los turcos habían subido sobre el muro del burgo
y todos los nuestros eran puestos en huida.
De manera que faltó poco para que los enemigos no entrasen en la ciudad,
por el mucho desorden de los que estaban a la defensa de ella.

Porque querían, los que vinieron al socorro,
meterse a resistir el ímpetu de los turcos entre el reparo y el muro.
Y si así se hiciera, los turcos entraban juntamente con ellos
por el puente que estaba desde el dicho reparo al muro.
Porque lo querían echar para bajar por él a pelear con los turcos,
pero fue acordado por algunos hombres principales que allí llegaron
que el puente no solamente se dejase de echar,
antes lo afirmaron de modo que no pudiese caer.

Y así, todos los turcos que entraron en medio del reparo y del muro
fueron muertos con arcabuces, escopetas, agua  caliente y otras cosas.

Pero, todavía, los turcos quedaron con una pequeña torre
que estaba entre los dos portillos del muro del burgo,
lo cual fue para el pueblo cosa de grande espanto.
Y esto sucedió así por ser Marco Gabriel cabeza de aquella estancia,
que en todo quería hacer a su voluntad y no lo que necesario era.
Y así, faltó muy poco aquel día para que no fuese hecho piezas.

                                                            (El 17 de julio, avistan la armada turca)

A diecisiete del dicho mes,
se descubrió fuera del Descobrano la armada enemiga
y parecía que toda la mar estuviese cubierta de velas.

Ved con qué corazones estarían los míseros cercados que en Modón había
viéndose por su culpa tan mal en orden
y faltos de muchas cosas que para semejante jornada eran necesarias.

A los dieciocho días del dicho mes, al salir del sol,
se presentaron cinco fustas y dos galeras al Biboleto,
que es cerca de donde el Gran Turco tenía sus pabellones.

Y luego que fueron apeados algunos en tierra,
hicieron saber al señor
cómo toda la armada era llegada al puerto del Junco en salvamento.

Y aquel mismo día, al romper del alba,
comenzaron a dar batería a la ciudad por la parte de hacia el puente.
Y al primer tiro llevaron la cabeza de San Marcos,
que estaba hecho de bulto encima de una torre.

A los diecinueve días del dicho mes de julio,
se presentó delante de la ciudad de Modón la armada turquesca.

Venían en ella ciento diez galeras, más diez de las gruesas;
fustas eran ciento, pilandorias quince para traer artillería,
naves veinte, entre grandes y pequeñas,
dos galeras gruesas y otros muchos navíos.
Así que subía la suma de todas a número de trescientas veinte velas.

Venían todas muy en orden,
así por la mucha gente que traían sobre los dichos navíos
como por la infinita munición y artillería que en ellos venía,
que verdaderamente bastara para otros tantos navíos.

Y luego como se presentaron delante de la ciudad,
dispararon mucha artillería pero ningún daño pudieron hacer
porque los tiros pasaron por alto.

Y así estuvieron allí hasta la tarde y entonces se volvieron al puerto del Junco.

Las naves cargadas y galeras
se redujeron al Esglio o peña de San Bernardino.
Las pilandorias se acostaron más a la tierra y descargaron toda la artillería,
con la cual luego comenzaron a batir la ciudad.
Así mismo, enviaron dieciocho galeras a la Sapiencia y otras tantas a Santa Faca.
Y fueron dos capitanes con ellas porque no diesen ningún lugar a ningún socorro.

Y, así, quedó la ciudad totalmente cercada por mar y por tierra.

(Combates a partir del 20 de julio, con la ciudad cercada por tierra y mar)

A veinte días del dicho mes, se batía ya la ciudad por siete partes.
Conviene a saber, donde es dicho el Esprón, donde dicen el Visoto y el Rebelín,
donde dicen la Muralla, a la Torre Maestra, a la Ascopa, y a la Pascaria.
Que el Rebelín entre las dos puertas ya estaba batido todo,
lo que se podía hacer semejablemente en otras muchas partes.
Y así mismo sobre la plaza caían muchas piedras de morteros,
los cuales tiraban por industria de alguno que sabía la tierra al portal nuevo,
que era la casa donde se juntaban los regidores y capitanes a su Consejo.

Había en la batería veintidós bocas de artillería
y comenzaban a tirar dos horas antes del día hasta dos horas de la noche.
Tiraban ordinariamente de ciento treinta hasta ciento cincuenta tiros.
Tenían otros dos morteros de la parte de San Juan
y cada uno de estos tiraba de veinticinco hasta treinta tiros
y poco faltaba que no diesen una vez donde otra,
y cuando no sonaban maderas quebradas tiraban a otra parte.

Los que estábamos dentro, no podíamos más hacer
por el continuo trabajo que teníamos entendiendo en los continuos reparos
y de continuo veíamos traer hombres muertos de la artillería.
Así que de hora en hora se ponía tan fatigada la gente
que ya no estimaban ni hacían cuenta alguna de la vida.
Y cuando quisimos saber cuántos soldados había
de quinientos que habían venido de fuera,
hallamos solamente setenta vivos.
Y aun de estos, algunos
tenían despedazadas las piernas y los brazos de la artillería turquesca.
Y así mismo, de la gente de la tierra que en Modón estaba que fuesen para pelear
nos faltaban más de seiscientas cincuenta personas.

(El 24 de julio, llegó la armada veneciana de socorro)

A los veinticuatro del dicho mes, cerca del mediodía,
se presentó la nuestra armada sobre el Junco para nos dar socorro.

Pero no fue posible porque la armada enemiga le estaba al encuentro.

Mas si a la mano le faltara de aire,
una gran parte de la turquesca fuera despachada
porque una galera gruesa de las nuestras había envestido con la galera capitana,
donde venía Zaut bajá,
y la galera enemiga fue metida al fondo y Zaut bajá  preso.

Y ya que le traían a la ciudad, por nuestros pecados, se echó el viento.

De manera que las otras fustas nuestras no pudieron socorrer a aquella su galera.
Y así, quedando en medio de la armada turquesca
fue luego cercada de todas las galeras enemigas
y de otras fustas e infinito número de barcos.
Y comenzaron muchos turcos de –a-- subir por las cuerdas de la galera,
mas todos los que lo probaban eran rebatidos al mar y muertos.

Así mismo, las galeras turquescas que vinieron a aferrar
con aquella poca ventaja que les tenía,
de borde se defendía de todas ellas matando asaz número de turcos.
Y en esta manera pelearon más de ocho horas
con espadas, puñales y martillos.

Pero viendo los turcos que de este arte no era posible conquistar la galera,
desaferraron de ella y desde lejos la comenzaron a tirar con la artillería gruesa
hasta que la pobre galera, desguarnecida y sin esperanza de socorro,
se rindió a salvamento de las vidas.

                                                            (Fracaso del socorro veneciano)

Mas todos los que en ella venían fueron hechos piezas
excepto micer Francisco de Mosto y Ardila de Liegi, que era cómitre,
a los cuales los turcos guardaron por ser personas de rescate
y, así mismo, por haber alguna lengua de ellos.

Todos los de la ciudad, viendo lo que de aquella batalla había sucedido,
quedaron abordonados y llenos de mucha tristeza y desconforto.

Y desde aquel día en adelante, continuamente,
los turcos tiraban flechas en Modón con letras en ellas que decían:

"Pueblo de Modón,
ríndete y no desconfíes de la misericordia del gran señor Bayasit,
porque él no quiere otra cosa que el dominio de la tierra
y os quiere conservar las vidas y las de vuestras mujeres e hijos.
Y no consentirá que os sea tomado de lo vuestro.
Y por mantener fe a San Marcos no queráis pasar todos por el filo de la espada.
Que sabed que no es posible defenderos
porque el vuestro general es muerto,
en quien teníais esperanza de ser socorridos por la mar".

Todos los de Modón fueron de acuerdo entendiendo esto.
Y de común fue determinado
que el primero que hablase en concierto alguno con los enemigos,
fuese ahorcado de una almena.

Y aunque nos conocíamos que sin duda ninguna habíamos de ser perdidos,
determinamos de mantener la fe a Dios y no curar de partido.

Los turcos jamás cesaban de batir la ciudad con toda su artillería y morteros.
Y cuatro días antes que fuésemos presos,
hicieron los turcos mucho daño en Modón
porque subieron en el monte de Santa Veneranda cuatro lombardas gruesas,
las cuales atronaban y espantaban toda la ciudad,
derribando las azoteas y todo el alto de las casas.

Y por cualquier parte que pasaban llevaba la fuerza del aire las tejas,
así que en toda la ciudad de Modón no había casa donde pudiesen morar.
Y estando así, en tanta tribulación, la gente esperando socorro,
vinieron un día cinco galeras a presentarse a la tierra.
Pero no pudieron seguir a causa de estar la armada enemiga muy cerca
y tener muchos navíos de remos
con que prestamente estorbaban a los que venían.
De modo, que fue necesario que aquellas cinco galeras
(se) redujesen a su armada.

                                                            (Espera de nuevo socorro)

A los ocho días de agosto,
después de ser pasada mucha parte de la noche,
vino en Modón un barco con ocho hombres esforzados.

Y pasando por entre la armada turquesca, llegó a apearse a la ciudad.

Estos nos trajeron nueva que otro día siguiente,
si Dios diese viento fresco, venía socorro de las galeras de la Señoría
en muy buen orden
y traerían cuatrocientos cincuenta o quinientos soldados,
mucha pólvora, dineros y las otras cosas que eran menester.

Y luego como este aviso se hubo,
así por decirlo éstos como porque también trajeron nueva de vía general,
fue dada orden de llevar veinte bocas de artillería
al lugar donde habían de arribar las dichas nuestras galeras del socorro.

Y toda aquella noche estuvimos entendiendo en labor de los reparos,
fue doblada la guardia y puesto buen orden en todo lo que pareció necesario.

Venido el día siguiente, que fue a los nueve días del dicho mes,
estuvimos esperando el socorro hasta hora de mediodía.

Y a este tiempo, se derribó un soldado forastero encima del Rebelín
y se fue para el campo del Gran Turco
y le dio aviso del  socorro  que en la ciudad se esperaba,
que había de entrar al meter del viento.

Y así mismo, en aquella sazón,
sonaron muchas veces que los turcos eran en el foso.
Y dándose luego a la compañía a martillo,
luego todos los de la ciudad se metieron en armas
y cada uno se redujo a su estancia.

Pero aquel rebate no fue cosa alguna
sino que algunos turcos andaban mirando el foso
como otras muchas veces hacer solían.
Así fueron luego rebatidos con  escopetas y arcabuces,
quedando algunos de ellos muertos
y los otros a mucha prisa se tornaron en el burgo.

Y así, en aquella hora no fue hecho más sino estar todos apercibidos,
dudando de algún desastre que había de acontecer al entrar del socorro.

Y como fuesen las veinte o veintidós horas de aquel día,
fue dicho a micer Marco,
que era capitán de ciento cincuenta soldados de los de la tierra y forasteros,
que una su hermana que se llamaba  madona Gerarda,
mujer de micer Piero Siguiano, era muerta de una piedra de mortero.
Como supo la tal nueva quedó muy espantado
y  dijo que la quería ir a ver.
Y recomendando la guarda a los compañeros,
se fue sin compañía alguna a visitar la dicha su hermana.
Y así mismo micer Piero Siguiano, su marido, que residía en la misma estancia.
Estaba entonces muy mal herida en la pierna  de un golpe de alabarda,
y también entonces estaba mala del mal francés,
de manera que aquella estancia quedó entonces sin  capitanes,
con sola la guarda de aquéllos de la tierra
y hasta treinta y seis soldados forasteros.

Porque de doscientos soldados que los forasteros al principio eran en aquella estancia,
ya entonces no había más de aquel poco número
por el mucho batir que  hacía la artillería enemiga,
así en el Rebelín como en otro reparo de tierra
que los de la dicha ciudad habían hecho que señoreaba el dicho Rebelín.
 
Estando las cosas en estos términos, vino la nueva cómo el socorro venía.
Y luego, por el regimiento fue mandado
que algunos escopeteros y alguna gente de guerra fuesen a recibir el dicho socorro.
Y así mismo, a hacer resistencia a los enemigos
si quisiesen defender que el socorro no entrase.

Pero no solamente fueron aquéllos que eran diputados para ello,
mas muchos de los otros se movieron de alegría
y fueron a hallarse al recibimiento del dicho socorro.
Y no tan solo los de aquella posta o banda de la mar,
mas de todas las otras no pensando ni teniendo cuidado alguno
de lo que adelante les había de suceder.

Y no aprovechaba aquello que les habían dicho y amonestado
que por cuanto habían cara la vida suya y de sus mujeres e hijos,
el amor de la patria y lealtad de la Señoría (de Venecia),
no desamparasen los lugares que en la ciudad les eran diputados que guardasen,
porque estarían de la una parte aguardando el socorro
y de la otra les entraban los enemigos en la ciudad.

Pero ninguno quiso escuchar nada de esto,
antes todos hacían burla de los que se lo decíamos
pareciéndoles que era imposible que viniendo el socorro se pudiesen perder.

Y así, todos se fueron al dicho recibimiento.

                                                            (Los turcos conquistan Modón)

Y por la mala fortuna de los cristianos,
acaeció que un turco se acercó al Rebelín 
y por una maroma que allí halló colgada,
por donde la noche antes se había echado un hombre,
se aventuró a subir en el dicho Rebelín,
donde halló durmiendo solos dos hombres que en aquella estancia habían quedado,
los cuales luego por el turco fueron muertos.
E, incontinente, hizo señal a ciertos compañeros suyos
mostrándoles las cabezas de aquellos dos hombres que había muerto
para que conociesen que en el dicho Rebelín
no había otra guarda alguna y le viniesen a ayudar.

Y así, luego los dichos compañeros se vinieron
y subieron en el Rebelín por la misma maroma que el dicho turco había subido
y ayudaron a arrimar unas escaleras al muro,
por donde en breve tiempo fue lleno de turcos el Rebelín.

Y así mismo fue tomada luego la Torre Maestra,
que por allí se mandaba, cerca de la cual torre estaba el Rebatido
y lo que de él caía se había hecho una cava.

Y así luego que la torre fue tomada,
pudieron por allí subir cuantos turcos querían.
De manera que cuando en la ciudad se sintió,
ya eran subidos más de mil turcos en el Rebelín.

Y, así, algunos cristianos fueron –sintiéndolos--  contra ellos,
entre los cuales fue el alcaide de la ciudad micer Valerio Polani.
Y así mismo fue el capitán de la infantería nombrando el apellido de su linaje,
que se llamaba de Archiles,
mas muy pocos fueron los que los siguieron.
Y aquéllos luego los turcos los rebatieron con el gran ímpetu que traían,
de manera que de Necesidad los míseros cristianos se hubieron de retraer.

Y en aquel tiempo fue muerto el condestable y el capitán Berdela.
Y así mismo Bernardino Ziberán fue muy mal herido y llevado por muerto.
Y semejablemente el castellán, al retraer que hizo,
fue herido de un pasador por la pierna.
Y otros muchos de la ciudad también fueron muertos y heridos.

De manera que brevemente fue tomado el palacio
y puestos en huida todos los que procuraban defenderlo.
De modo que pudieron bien ver los de Modón
si --entre tanto esperaban el socorro-- podían haber el peligro
y perderse la ciudad,
y así todos se dolían demasiadamente cuando consideraban
que por no haber el consejo que se les daba les era venida tanta mala ventura,
y maldecían el día en que habían nacido,
y quién los había hecho ser en el mundo
y blasfemaban de sí mismos y decían
que no había tenido poder Dios de salvarlos.

Y andando así, como desesperados,
pusieron fuego a más de mil casas
porque la ciudad no quedase a provecho para los turcos
pero ellos socorrieron luego al fuego,
peleando bravamente con los cristianos porque no se atajase.

Unos hacían rostro a los turcos y otros aderezaban el fuego,
el cual en breve tiempo hizo lo que los cristianos deseaban.

Los turcos corrieron luego por toda la ciudad
sin usar de misericordia con persona alguna,
porque así mataban los chicos como los grandes,
las mujeres como los hombres, los viejos como los mozos.

Y si algunos escaparon, fueron los que se escondieron
y los que los turcos juzgaban valer algo para rescate.

El lamentar de todos
y las voces de los que estaban heridos y caídos eran tan grandes,
que se supo porque se oían a tres millas de Modón.

Las mujeres estaban en toda la ciudad en cabello,
unas cortadas los brazos, otras caídas en el suelo,
otras con los infantes a los pechos muertos ellos y ellas.

La crueldad, el fuego y los gemidos duraron hasta el día.

                                                            (El autor durante el saqueo de la ciudad)

Y viendo tanto trabajo y desventura,
yo me retraje a la plaza, a la calle maestra,
que quiere decir calle Mayor de la ciudad.
Y esto fue contra mi voluntad,
porque me parecía imposible contra toda razón poder escapar.

Y así, con esta desesperación, me afirmé tres veces
a hacer rostro a los enemigos,
y quitándome la celada de la cabeza me así a los brazos con un turco
para que otro viniese y me cortase la cabeza,
mas no fue la voluntad de Dios, antes,
estando aquel turco asido de esta manera conmigo,
vino un criado mío llamado Nicolo.
Y con mi celada, que estaba allí caída en el suelo,
le dio un golpe encima de las narices que dio con él amortecido en el suelo.
Y me metió la celada en la cabeza diciéndome
que la mi muerte ni la mi vida podían salvar a Modón
y que era locura el camino que yo tomaba
porque quien quiera debe conformarse con lo que la fortuna  quiere.

Y así, tomándome ya su consejo,
me retraje de aquel lugar apartándome de los enemigos 
y me fui por mi calle adelante, sangrando de una pierna,
donde hallé asaz número de muertos y heridos
con quien me comencé más a doler diciendo:

-‑Así se guarda la ciudad cercada.

Y prosiguiendo de este modo mi camino
vi en una torre de la ciudad algunos cristianos,
los cuales quisieran que quedara con ellos,
pero yo no lo hice, sino pasarme adelante.

Y desde a poco topé al belerbey de la Romania
acompañado con hasta treinta turcos, los cuales luego corrieron tras mí.

Y yo me eché como desesperado del muro abajo,
porque por allí era terrapleno por parte de dentro.
Y dando en el suelo no me pude levantar en pie,
así que por entonces yo estaba mal dispuesto de la persona,
así de la herida de la pierna como del mucho trabajo y peso de las armas,
y así mismo porque el salto del adarbe era  asaz alto.
Y aunque entonces yo caí entre muchos muertos,
quiso mi ventura que se hallase allí un vivo que con una cimitarra,
sobre las armas de malla, me cortó un hueso
y la mitad de aquella pierna en que de antes estaba herido.

Pero quiso Dios que llegase luego allí un jenízaro,
que debía de tener cual que parte de humanidad,
y dijo al turco que me había herido:

-‑Deja este diablo,
veamos si le hallaremos algún ducado debajo de aquellas armas.

Pero aunque aquello dijo, viendo que yo me podía caminar,
mostró haber compasión de mí
y mandó a un su familio me atase las manos y me llevase tras él.

El familio hizo lo que su señor mandaba
y así fuimos hasta el Rebelín por donde la ciudad fue tomada.
Y, allí, el jenízaro me puso en una sombra que estaba en el rincón de la barbacana
y dejóme en guarda aquel su familio y él se fue a otra parte.

Y así, quedando en aquel lugar,
pasaron por allí en diversas veces asaz número de turcos.
Y cada vez los más de ellos me querían descabezar,
pero aquel familio que me guardaba decía quién me había puesto allí
y ellos pasaban adelante.
Y así, con este peligro estuve en la barbacana cerca de dos horas.
Y entonces aquel familio me llevó entre las dos puertas,
no sin gran trabajo, y me subió sobre un reparo
que los nuestros habían comenzado a hacer
y me dijo que esperase allí a su patrón, que él quería ir a buscarle.

Yo con la mucha sangre que había perdido,
con el trabajo y con pensar que en dejándome aquel familio solo
algún turco me cortaría la cabeza,
víneme a apocar y díjele:

-‑¿Qué recado daréis a vuestro patrón si os vais y me dejáis aquí solo?

Y dicho aquello, caí amortecido arrimado a la estacada.
Y como el familio había gana de irse y pensó que ya era muerto,
echóme de allí a  abajo.
Y fue tras mí una piedra grande,
que me dio sobre el brazo izquierdo y me lo quebró.
Y verdaderamente yo hubiera a singular gracia que él me hubiera muerto,
mas Dios nuestro señor no lo tuvo por bien,
el cual me libró milagrosamente
y me dio ayuda y socorro en todas estas desventuras.
Y, así, yo estuve en aquel lugar desde ahí hasta que fue de noche.

Y no sé cómo pudo ser que, sin sentirlo,
anduve esa noche cerca de cien pasos camino del monte de Santa Veneranda,
donde estuve hasta que fue de día
con el afán y tristeza que quien quiera puede pensar.

Venido el día siguiente, que fue a los diez días del dicho mes de agosto,
luego por la mañana cuando salía el sol,
vino por allí aquel jenízaro que me había escapado.

Y así mismo venía con él su familio, el cual había dejado en mi guarda,
y otros cuatro o cinco servidores suyos.
El dicho jenízaro había querido matar al dicho familio porque me había dejado.
Y aunque él se excusaba con decir que yo quedaba muerto,
pero el jenízaro todavía quiso que le mostrase dónde yo quedaba muerto.
Y comenzándome a buscar en el reparo de la estacada,
aunque allí estaba asaz número de muertos,
quiso Dios que ninguno estaba herido en la pierna como él me había dejado.
Y, así, yéndome a buscar hacia donde yo estaba, me hallaron.

El jenízaro me conoció e hizo mucha fiesta conmigo,
me hizo desarmar y atar las heridas,
me dio unas pasas, pan y un poco de vino,
lo cual todo yo había bien menester.

Y porque vio que era imposible poder caminar,
me hizo subir a caballo
y me llevó a un pabellón que estaba hasta un tercio de milla de allí.
En aquel pabellón hallamos un hombre que parecía haber quemada la cara.
Y, como me hubieron apeado, me demandó con mucha furia en francés
que de dónde era.

Yo no le respondí en francés,
pero en lengua de la tierra dije que era veneciano
y que había venido en Modón sobre ciertas cosas que allí tenía que hacer.
Y que la manera de vivir mía era ser mercadante,
por tanto que si él me quería dar la vida,
que aunque lo pidiese a mis amigos y parientes,
que le haría dar quinientos ducados por mi rescate.

El se rió de mí y me dijo en turquesco:

-‑Para tu gesto ruin, fruto son quinientos ducados,
mas si vivieres más, me darás mil o te haré ahorcar.

Yo mostré que no lo entendía.
Y luego me llevaron a un lugar, hasta cincuenta posadas de allí,
donde estaba un horno.
Y aquel jenízaro, mi amo, mandó al hornero
no consintiese que persona alguna me hiciese mal.
Y él se fue, por el real adelante, a algunas cosas que tenía en qué entender
y no volvió hasta cerca del mediodía, ya que era hora de comer.

Pero, entre tanto, me vino a ver aquel turco de la mala cara
y me dijo en lengua de la tierra:

-‑Tú eres el tercero señor de Modón.

Yo no le quise responder cosa alguna, más de pedirle afectuosamente
no rehusase la oferta que le había hecho,
porque si él una vez me matase aprovecharía poco arrepentirse después de ello.

Él no me respondió cosa alguna y así se salió del horno.

Y luego, desde a poco, vino el jenízaro, mi amo,
el cual mandándome cabalgar a caballo me llevó al lugar más usado del real.
Y allí me hizo apear y dejó conmigo un su familio,
el cual no era el que me había echado de la estacada abajo.
La causa porque allí me hizo llevar fue
porque pasaban por aquel lugar mucho número de cautivos,
así hombres como mujeres y niños,
y de alguno de ellos que me conociese quería informarse
de la condición y arte de mi persona.

Ved el consuelo y la esperanza que yo debía de estar en este tiempo.

Pero en todos mis trabajos, yo jamás dejé de recomendarme
al nuestro micer Domino Dios y a la gloriosa Virgen María, su madre,
suplicando a la Su Majestad divina me proveyese de buena fe
y constancia en este último paso.
Y así, siempre me parecía que uno me dijese:

-‑No te desconfortes ni temas, porque Dios te ayudará y librará de esta fortuna.

Siendo ya llegada la tarde de aquel día,
el jenízaro, mi amo, volvió al lugar donde me había dejado
y me llevó a un jardín de Santa Veneranda
donde hallamos un señor turco,
el cual me demandó que de dónde era y la condición de mi persona.

Yo le dije la verdad de mi nombre y cuál era el mi modo de vivir,
y él me hizo sentar cerca de sí y me demandó de muchas cosas,
a las cuales yo respondí lo que de cada una de ellas sabía.
En la verdad que el señor pareció que holgaba mucho conmigo,
pero luego cabalgó a caballo y se fue.

Y a mí me volvió aquel jenízaro, mi amo,
al horno donde aquella mañana había estado
por otro camino del que habíamos traído,
donde había cabezas asaz de hombres muertos.

Así mismo, topamos una buena manada de prisioneros
que ciertos turcos llevaban a la tienda del señor Mustafá,
belerbey de la Grecia,
los cuales como me vieron llevar a mi amo algo lejos de donde ellos estaban,
dieron voces para que me llevase a la presencia del dicho señor belerbey,
porque por su mano eran guardados todos los prisioneros.

Y así, cuando llegamos en su tienda vimos asaz número de ellos
y así mismo estaba un razonable montón de cabezas,
entre las cuales yo vi estar
la del reverendísimo señor micer Andrea Falcón,
que era obispo de Modón, de nación francés,
y hasta entonces de ninguno había sido conocida.

Y como luego el señor belerbey me preguntase
si conocía a algunas de aquellas cabezas,
yo le dije cuáles eran de ellas las que conocía,
y entre las otras le mostré cuál era la del obispo de Modón.

Luego muchos de los que allí estaban
me demandaron cuánta entrada tenía aquel obispo,
y si era francés o griego de nación,
a lo cual todo yo les respondí conforme a la verdad.

Preguntóme, así mismo, el dicho señor Mustafá
por qué causa no habíamos defendido el lugar
y así miserablemente lo habíamos dejado perder.

Yo le respondí que Dios nuestro señor había totalmente determinado
que ellos hubiesen de conquistar aquella ciudad.
Y que siendo él servido de esto, lo primero que se había de hacer
era quitar el ingenio y las fuerzas a los de dentro para defenderla
porque de otra manera, ni fuerza ni entendimiento humano
bastaba a poderlo sojuzgar.

Todos me dijeron que aquella era la verdad.

Yo entonces, puesto de hinojos en tierra,
demandé la vida al señor belerbey
y a otros tres señores que con él estaban dentro de la misma tienda.
Uno de los  cuales me dijo en lengua turquesca
que ellos habían compasión de mí y me aseguraban la vida,
por tanto que no hubiese miedo.

Así luego el jenízaro, mi amo, me hizo llevar a la casa del horno
y junto a ella yo me senté a descansar al pie de un árbol.

Y estando  allí, pasó por cerca de mí un hombre
de hasta veintiocho o treinta años,
el cual viéndome tan mal parado me dijo:
-‑¿Qué hacéis, mezquino? --mostrando tener compasión de mí.

Yo le respondí que Dios hubiese compasión de él y de sus cosas.

Entonces él me preguntó de dónde era y otras muchas cosas,
a las cuales yo respondí lo que de ellas sabía.

Y le rogué afectuosamente procurase
que yo tornase a hablar al señor belerbey de la Grecia,
porque creía que aquello era el mejor camino
que para la salvación de mi vida podía haber.

El turco me respondió que lo haría de muy buena voluntad.

Y como yo comenzase por ello de hacerle algunas ofertas,
él me dijo que no quería ninguna cosa de mí.
Que hijo era de un cristiano tan bueno como yo,
por tanto que estuviese de buen ánimo que él haría lo que había prometido.

Y como nosotros estuviésemos en estas razones,
pasó por allí un turco y preguntó:

‑-¿Cúyo es este?  

Y aquel buen hombre que conmigo estaba dijo:

-‑¿Qué tienes tú que hacer en él, que yo le guardo?

El otro respondió que le preguntaba
porque daría por mi cabeza tres serafines.

El buen hombre se rió y le dijo:

‑-Vete tu vía, que no te la darán por trescientos.

Luego, tomándome por la mano,
me dio un palo con que me ayudase en la otra
y me llevó al pabellón o tienda del señor belerbey de la Grecia,
donde luego que fue entrado
hizo la reverencia que era debida en acatamiento de tanto señor.

Y él me preguntó muchas cosas y particularidades de la tierra.
Yo le respondía en todo de tal manera que él quedó satisfecho.
Y me dijo que no hubiese miedo de cosa alguna.

Y luego mandó a su Diagne Marqués, el gran maestre de la casa,
que de parte suya que dijese a aquellos tres señores,
que la otra vez yo había hallado juntamente con él en su tienda,
que por alguna manera no consintiesen
que por persona del mundo me fuese hecho ningún displacer.
Y al que me había traído le dijo
que él me tornase allí el día adelante
por cuanto se quería informar de mí más largamente de las cosas de Modón.

Tornado que fui a la casa del horno,
yo me salí algo amortecido a sentar al mismo árbol donde antes estaba,
donde me desnudé la camisa y quité los trapos de la pierna para enjuagarlos,
porque todo estaba hecho agua negra
y lleno de sangre de la que de mis heridas había salido y salía.

Y ya que había comenzado a entender en esto,
sentí un rumor no lejos de donde yo estaba.
Y como alzase los ojos a ver qué cosa era,
vi un buen escuadrón de turcos
con hasta mil doscientos cautivos de los de Modón,
que por mandamiento del Gran Turco
los llevaban a atajar las cabezas cabo la peña de la Pega Dulce.

El mismo señor Bayasit, con toda su corte,
estaba presente a ver tanta crueldad y homicidio de personas.

Y luego, vino por donde yo estaba un turco que me dijo:

-‑Levántate de ahí, que no has tú de quedar por simiente.

Yo le dije cómo el señor Mustafá, belerbey de la Grecia,
me había asegurado la vida
y que el señor de aquel pabellón y horno
me tenía dos días había por su prisionero.

Pero aquel turco no curó de nada de todo esto,
antes me mandó echar una cuerda al cuello a un familio suyo
y caminar para donde el Gran Turco estaba,
que sería tiro y medio de flecha de allí.

Y luego que fuimos salidos,
hallamos en el camino una cabeza de un hombre y otra de una mujer,
la del hombre era blanca y la de la mujer de color de un poco de oro.

El turco que me llevaba, las hizo atar
con un pedazo de la cuerda que yo tenía y me las echó al pescuezo.

Y como él iba caballero en un mulo,
íbame dando con el pie en las espaldas para hacerme andar a prisa.
Y así, las cabezas me daban muchos golpes de una parte y de otra
y henchiéndome de sangre sobre la camisa.

Yo iba diciendo al turco muchas cosas, pero todo me aprovechaba poco.

Y así, llegando cerca de donde estaban los descabezados,
topamos otro turco que parecía asaz bellaco
y la persona demasiadamente bruta,
el cual luego como nos vio dijo al familio que me llevaba:

-‑Desvíate, que le quiero derribar la cabeza.

Pero el turco, su amo, aquél que me hacía llevar le dijo:

-‑No hagas tal cosa, porque el Gran Señor ha mandado
que todos los prisioneros que se hallaren vivos
los lleven a descabezar allí donde él estaba.
Por tanto tú te puedes volver con nosotros,
y luego que seamos llegados lo podrás hacer.

El turco se tornó en nuestra compañía para me tajar la cabeza 
y, ya que llegábamos cerca donde el Gran Turco estaba,
aquel perro sacó su cimitarra de la vaina,
la cual tenía asaz bien ensangrentada.
Y queriendo poner en obra su buen propósito de matarme,
acaeció de pasar por cabo nosotros un señor turco vestido de brocado.
Y tras él iba algún número de presos,
entre los cuales un jenízaro de aquel señor llevaba
a micer Piero Corandolo, ciudadano de Modón.

Cuando el señor llegó a juntar con nosotros,
yo le dije a voces cómo yo era cautivo
del señor Mustafá bajá, belerbey de la Grecia,
y que estando por mandado suyo
en una casa de un horno cabe un pabellón y un criado suyo a curar,
me había tomado por fuerza aquel turco
y me llevaba a cortar la cabeza juntamente con los otros prisioneros
delante del Gran Señor.
Por tanto que le rogaba,
por amor de aquel Dios que creó los turcos y los cristianos,
que enviase a algún criado suyo a saber la verdad,
pues estaba allí cerca el aposento del señor belerbey.

Y pareciendo ser esto mentira,
que el detenimiento sería pequeño
y me podrían llevar al camino que los otros prisioneros iban.

Aquel señor se llegó al turco que me llevaba
y no se qué le dijo callando, mas de que él, contra su voluntad,
me tornó a la casa del horno donde me había tomado
llamándome can y perro.

Así mismo llevaron conmigo a micer Piero Corandolo preso,
el cual habiendo mucha mancilla de mis desventuras 
y yo no poca de las suyas, nos consolábamos el uno al otro.

Y creo firmemente que Dios, por su infinita misericordia,
proveyó en nuestros trabajos.
Porque de otra manera fuera imposible escaparnos,
y el remedio cuanto a lo de aquel punto
fue topar a aquel señor turco del vestido del brocado,
el cual --según después yo supe-- era
uno de los tres señores que estaban en la tienda del belerbey de la Grecia
la primera vez que yo allá fui,
según arriba es dicho.

Y quien esto me dijo, fue aquel turco que me llevaba a degollar
después que me tornó a la casa del horno por mandado de aquel señor.

Pero también me dijo en lenguaje griego
que de mañana me cortaría la cabeza y la pondría en la punta de su lanza.

Yo le respondí que me dejase estar aquella noche,
que a la mañana sería lo que Dios quisiese.

Y como yo comenzase a reengraciar callando a los del salvamento de mi vida
y dije entre dientes, acordándome de aquel señor turco que me había librado,
que bien se parecía cada uno en sus obras quien era,
así los generosos como los poltrones y personas de poca suerte,
aquel turco que me guardaba dijo:

‑-¿Qué estás hablando, perro?

Yo le respondí que me dejase estar, que hacía oración a Dios.

Él, amenazándome, trajo de comer.
Pero yo no quise tomar cosa alguna, sino un poco de agua que bebí.
Y así me pasé aquella noche.
Y estuve al sereno, y no sin algún temor,
porque yo veía que el turco tenía toda mala voluntad contra mí
y mostraba estar arrepentido por no haberme cortado la cabeza
antes que topáramos con aquel señor que lo excusó según arriba es dicho.

Venida que fue la mañana, al salir del sol,
aquel turco que me guardaba me hizo levantar del suelo
con aquella ropa que el día antes allí había dejado.
Y haciéndome cabalgar a caballo me llevó para el monte de Santa Veneranda,
donde hallamos a Sinán-bey bajá, belerbey de la Anatolia,
Alibey bajá, sanjaco de la Morea, y a Mustafá bajá, belerbey de la Grecia.
Y luego que fuimos llegados,
yo me puse de rodillas delante de ellos
y el dicho señor Mustafá me conoció y mandóme llegar a él.

Y me dijo que no hubiese miedo,
que él tenía cuidado de la salvación de mi vida.

Luego él y los otros señores me examinaron
y demandaron de muchas y diversas cosas,
a las cuales todas yo satisfice y respondí lo mejor que supe.

Así estando sacaron de un pabellón viejo
a micer Valerio Marcilio, a micer Sebastián Polani,
a Sebastián de Montealegre y a micer Francés y Anterlion, que fue canciller,
y así mismo a otros dos ciudadanos los más principales de Modón,
a los cuales todos examinaron cada uno por sí.

Y estando entendiendo en esto  sobrevino un jenízaro,
el cual traía a micer Marco Gabriel,
que era castellán de Modón según arriba es dicho.

Y aquellos tres señores le dijeron muchas injurias y vergonzosas palabras
porque tan mala cuenta había dado del cargo que la señoría de Venecia
le había dado y encomendado, y mandaron que se le quitasen delante.

Así mismo fue allí traído Juan Rico,
que era comitio de micer Valerio Marcilio.
Y a éste, aquellos señores le dieron la vida
por aprovecharse de él en el oficio.
Pero él duró bien poco en ello,
porque a causa de ciertas locuras suyas
le fue atajada la cabeza desde no ha mucho tiempo.

A mí y a los otros seis prisioneros que arriba se ha dicho,
nos mandaron aquellos señores salir del pabellón
y estuvimos con alguna guarda a la puerta 
por espacio de una hora y media
esperando la determinación que ellos tomarían.

Y pasado que fue este tiempo, nos tornaron a llamar al palacio.
Y el señor Mustafá bajá, belerbey de la Grecia,
nos dijo que pues él nos había dado la vida, que él la aseguraba.
Por tanto, que estuviésemos de buena voluntad y ánimo.

Todos siete nos echamos luego en tierra a besarle los pies
reengraciando a la su gran señoría de tanta misericordia,
y rogando a Dios le diese muy luenga vida.

Luego vino allí uno con un papel y escribanía
y puso nuestros nombres por escrito
y quedamos hechos esclavos del sultán Bayasit,
que fue la mejor nueva que nosotros podíamos oír.

Y así fuimos llevados a otra tienda
donde hallamos a muchos de aquellos señores turcos,
los cuales todos se alegraron con nosotros
y nos confortaban diciéndonos que estuviésemos de buena voluntad,
que en yendo en tierra del Gran Turco seríamos bien tratados.
Y cada uno por su parte se nos ofrecía y nos hicieron comer y beber.
Y luego en siendo noche,
fuimos llevados a la guardia de los esclavos del Gran Turco.

Considerad ahora vosotros, lectores,
cuáles son los hombres y cuán inestables las riquezas mundanas.
Y así mismo, cómo la fortuna en un punto alza y baja toda cosa.
Que nosotros los siete desventurados prisioneros,
que fuimos hechos esclavos del Gran Turco según habéis oído,
sin que hombre de nosotros tuviese un solo áspero que dar por su redención,
excepto que valían las haciendas de todos siete
más de setecientos  mil ducados
siete días antes que en este trabajo estuviésemos,
o a lo menos seiscientos, porque se cuente desde antes
que el Gran Turco pusiese el cerco sobre la mísera ciudad de Modón.

A los doce días del dicho mes, siendo ya casi el mediodía,
los siete prisioneros arriba dichos
fuimos quitados de los hierros y puestos a caballo.
Y por mandado de Alibey bajá,  sanjaco de la Morea,
nos trajeron todos a su pabellón.
Y luego que allí fuimos,
mandó a algunos suyos que nos tuviesen en buena guardia
porque aquel día siguiente nos querían enviar la vuelta de Corón.

Y así fuimos guardados por Janusbey, subajá de Patrás,
el cual era hombre mucho cortés y valentísimo de la persona.

(Acuerdo turco con los de Corón y su rendición el 15 de agosto de 1500)

Y siendo pasadas hasta cuatro horas de la noche,
todos siete fuimos puestos a caballo
y el dicho Alibey bajá fue la vuelta de Corón
con hasta ochocientos hombres a pie y mil setecientos de a caballo.

Y como llegásemos al Griso, la gente reposó por espacio de una hora.
Y luego que fue de día, tornamos a caminar la vía de Corón.
Y cuando llegamos hasta una milla de la ciudad,
Alibey bajá envió a ciertas personas para que dijesen a los de Corón
que enviasen a algunos de los principales de la ciudad a que hablasen con él,
porque el Gran Señor no le había enviado a robar ni a destruir la tierra,
antes a tratar y procurar de concertarse con ellos.

En Corón hubo diversas opiniones y pareceres sobre esto,
pero al fin fueron enviadas cuatro personas de los principales de la ciudad
a hablar con Alibey bajá.
Y estos le dijeron cómo no traían mandamiento ni poder del pueblo
para concertarse de entregarle la ciudad,
pero que venían a saber qué cosas tenía comisión de otorgarles
si se la entregasen.

Alibey bajá  les dijo lo que el Gran Turco le había mandado
que en su nombre concediese a los de Corón si le entregasen la ciudad.

Y, así, aquellos cuatro volvieron con esto a la ciudad.

Y desde a tres horas tornaron de nuestro campo ellos y otros tres,
y entonces se concertó que la ciudad se entregaría a Alibey bajá.

Fue acabado de asentar por entrambas las partes a las dieciséis horas del día.

Y luego que fue dado este asiento,
Alibey bajá se tornó con toda su gente a dormir aquella noche debajo del Griso
sin hacer daño alguno en la tierra.

Luego que otro día amaneció,
él despachó un mensajero para el Gran Turco
haciéndole saber lo que con los de Corón se había asentado.

Pero el mensajero topó al señor Bayasit en el camino,
el cual holgó mucho de la nueva
y se apeó a firmar todo lo que Alibey bajá
había capitulado con los de Corón.

A los quince días de agosto, día de Nuestra Señora,
la ciudad de Corón se rindió al Gran Turco.

Y ciertamente si ellos tardaran de darse,
el Gran Turco no les pusiera campo
o hubiera hecho lo que hizo en Nápoles de Romania,
lo cual fue que luego que Corón fue rendido,
el señor Bayasit levantó de allí su campo
y fue sobre la dicha ciudad de Nápoles,
pensando que se le daría como había hecho en Corón.

Pero después que él vio que los de la ciudad no se le rendían,
ni jamás se quisieron poner con los turcos en habla,
hizo levantar su real sin darles combate  alguno
y se volvió la vía de Constantinopla.

                                                                        (Rescate / redención de los cautivos)

A los dieciséis días de agosto, en la tarde,
yo y todos aquellos prisioneros que había de los de Modón
fuimos llegados delante del señor Mustafá, belerbey de la Grecia,
donde después de muchas y diversas palabras fue tomado asiento
que yo diese de talla por mi rescate setecientos ducados de oro venecianos.

Y así mismo fue concertado lo que habían de dar de redención
todos los otros prisioneros que allí había, los cuales eran en número de once.

Y en verdad, ni ellos ni yo, según arriba es dicho,
no teníamos en todo el mundo hacienda de que pudiésemos haber
sólo un ducado para nuestras redenciones,
sino que a cada uno de nosotros ayudaron sus deudos y amigos
para poder pagar la dicha talla.

Vuelto que fue el señor Bayasit la vuelta de Constantinopla,
Zaut bajá, capitán de su armada, se levantó de sobre Corón
y tomó por mar el mismo camino.

Pero en aquel viaje él no pudo hacer cosa alguna,
antes topó algunas galeras venecianas,
las cuales le hicieron harto daño
porque le anegaron tres fustas y le tomaron dos más.

Zaut bajá arrimó su armada a la costa
y ayudándose de la gente de tierra se pudo defender,
pero todavía cuando a Constantinopla llegó,
llevaba muy destrozada la armada
y la gente toda demasiadamente quebrantada y cansada.

El primer día de septiembre, yo fui puesto en libertad porque pagué mi talla.

Y hecha que fue mi paga, yo entré en una nao genovesa
y por la vía de la mar me fui a Génova. Y después, a Venecia.

Pero antes que me partiese, después de haber hecho la paga,
un capitán turco que se llamaba Ayandibey
me llamó y me dijo:

-‑Pues tú vas a Venecia,
procura que en toda manera la Señoría haga paz con el Gran Turco.
Si no, yo te hago saber que él tiene proveído
de hacer una potente armada e ir por Corfú,
y tomar a Cátaro con todo lo demás que la Señoría allí tiene.
Así que tú les amonestas que hagan esta paz, pues les es tan necesaria.
Y podrá ser que por entender