Sábado veinte y siete del mes de Noviembre
deste presente año de mil seiscientos treinta
y ocho,
llegó un navío inglés
a la ciudad de Sanlúcar de Barrameda
a su puerto de Bonanza,
y el Duque de Medina Sidonia,
declaró ante el Secretario de Guerra
del dicho señor Duque,
la relación siguiente,
la cual luego fue despachada por su Excelencia a Madrid,
avisando de todo ello
a la Majestad Católica de Don Felipe nuestro
señor,
que Dios guarde: y es como se sigue.
Que saliendo con su nao por el Canal de Inglaterra
para venir a la vuelta de España,
adonde era su derecho viaje,
dio vista a un navío grande,
que a toda diligencia
venia enderazado hacia el suyo,
el cual venía muy destrozado,
desarbolado de un árbol,
y tan roto de balazos,
que le obligaba a venir
dando incesantemente a las bombas,
por la mucho agua que hacía.
Los que venían dentro,
luego que llegaron a paraje que pudiesen ser oídos,
con grandes voces, y clamores,
comenzaron a pedir socorro,
diciendo que se iban a pique,
como se echaba de ver por el destrozo de la nao en
que venían.
Llegó el navío inglés al que
le pedía socorro,
que luego conoció que era de holandeses,
y a toda prisa
fue recibiendo en el suyo
la gente que pudo,
que serían trescientas personas,
pero los mas de ellos heridos,
y algunos sin piernas, y brazos,
y tan mal tratados todos,
que apenas se podían ayudar los unos a los otros,
y fue necesario que los ingleses
pasasen a muchos en hombros,
obligados de la lástima con les pedían
que les sacasen de aquel peligro.
Venían en la misma nao
cuatro presos también holandeses,
los dos de ellos personas graves,
si bien sin cargos militares,
y los otros dos Capitanes de Infantería:
y preguntada la causa de su prisión,
le fue respondido que los llevaban así,
porque en la refriega,
y batalla Naval que había tenido
con los Galeones de la Plata de España,
no habían querido pelear
por no haberse seguido su parecer,
que había sido de no acometerlos,
no sólo adivinando el mal suceso
que después tuvieron,
pero desalentando con su tibieza
a los demás para que no peleasen;
y así que los llevan (sic) presos a Holanda,
porque aquel Magistrado los castigase
conforme a su delito.
Dijo más,
que puesta en salvo la gente,
se sacó del mismo navío toda la artillería,
que eran algunas piezas de bronce,
y otras de hierro colado,
que entre todas serían treinta y dos
y que aunque había dentro muchas municiones,
no se pudo salvar otra cosa,
porque la nao se fue a pique,
así por lo que tenía de maltratada,
como porque divertidos en salvarse,
se habían descuidado de las bombas.
Puestos ya en salvo los holandeses,
dice este Capitán inglés,
que quiso saber la causa de aquel destrozo,
y quién los había tan maltratado;
y preguntándolo, le fue respondido:
que habiendo persuadido un cossario
(a quien llamaban Pie de Palo)
a los Estados de Holanda
que ayudándole con algunos bajeles,
gente, y municiones,
les daría ganada la flota de la Nueva España,
con que haciéndose ricos,
enflaquecerían juntamente
las fuerzas de los Católicos:
fue fácilmente creído,
así porque los grandes intereses
suelen facilitar las empressas,
como porque siendo este cosario tan práctico
en las costas de la Indias,
no pareció le podían engañar sus
discursos.
Diéronle los Estados algunas naos,
que juntas a las que el tenía
llegaron al número de catorce,
con las cuales nos pusimos en el Cabo de San Antón,
que es el paraje por donde ha de pasar la Flota
para entrar en La Habana.
Aquí repartíamos ya la plata,
teniéndonos por tan señores de ella,
que aun los de menores méritos
se juzgaban malcontentos
con la parte que se les adjudicaba;
así se engañan los juicios humanos,
y el nuestro nos engañó de suerte,
que en breves días nos hizo tener
a pesar nuestro,
que no en el número de los combatientes
consiste la felicidad de la victoria,
sino en la dicha, o por ventura
en la justicia de los que pelean.
Estuvimos (como digo)
en el Cabo de San Antón algunos días,
en fin de los cuales tuvimos aviso
que la Flota que aguardábamos
no salía del puerto,
o si había salido,
había vuelto a arribar con un tiempo,
y aunque después lo habían tenido para
salir
no se habían atrevido,
por saber los estábamos aguardando,
o fuesen avisos de España,
o de algunas fregatas de la costa.
Y así viendo frustrados nuestros intentos,
nos resolvimos en dejar esta empresa,
e intentar la de los Galeones que salen de Cartagena,
y era éste el tiempo en que habían de
venir a La Habana,
que si bien son más fuertes,
y de más resistencia que la Flota,
sabíamos que no eran más de siete,
y siendo nosotros catorce, y tan prevenidos,
poca lisonja era,
prometernos la victoria;
particularmente juzgando
que por la mayor parte
vienen estos Galeones más cargados de plata,
que advertimos de prevención.
Descubrimoslos un dia de los de Agosto,
y acometiéndolos con mucha determinación,
y con poca ventura,
hallamos nuestra perdición
donde pensábamos las ajenas riquezas.
Echaronnos a pique siete naos,
y entre ellas a nuestra Almiranta,
y quemáronnos nuestra Capitana,
matáronnos nuestro General,
y finalmente nos desbarataron de suerte,
que sin podernos valer unos a otros,
cada uno trató de solo su remedio,
sin acordarse del ajeno.
Nuestra nao llegó aquí
como la vistes,
y no fue poca dicha haberos encontrado,
porque rendidos del trabajo,
ya no había aliento para dar a la bomba,
y cada hora pensábamos
era la postrera de nuestras vidas.
Los Galeones de la plata,
si bien juzgamos
recibieron algun daño de nuestras balas,
no se perdió ninguno,
y todos se encaminaron a entrar en La Habana,
adonde juzgo estaran para irse a España,
con que harán mas pública su dicha,
y nuestra afrenta.
Esto declaró el Capitán inglés,
que llegó a Sanlúcar,
que los había sabido
de los holandeses de nao que socorrio,
los cuales echó en Inglaterra para que se curasen,
y el volvió a proseguir su viaje.
Esperamos en Dios
que nuestros Galeones estarán aquí presto,
para mayor confusión de los enemigos,
que por tantas vías procuran deslucir
las felicidades de esta monarquia.
Con licencia. En Madrid, por Diego de la Carrera,
año 1638.