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"Una batalla naval en Capri,
narrada por el capitán Baltasar Gago."

   
   
 
APÉNDICE II
 

Reproducimos a continuación una versión no versiculada del texto del capitán Gago, siempre modernizado, para resaltar su aspecto novelístico, ampliamente dialogado.

Verdadera relación de la pérdida de la galera Capitana de Palermo, en que venía el Ilustrísimo Duque de Terranova de Palermo a Nápoles, el mes de abril 1578.

Este mes de febrero próximo pasado 1578, yo me hallaba en Palermo, de camino para España, con licencia de 6 meses de (la) que el señor Marco Antonio Colona, Virrey de aquel Reino, me habia hecho merced.

Ofrecióseme pasaje en una nao inglesa que allí estaba, que habia de volver a Inglaterra y forzado había de tocar en la costa de España. No me quise embarcar en ella, a persuasión de mis amigos; y --particularmente-- del señor Alonso de Hoces, Maestro Racional de aquel Reino, con decirme que el Duque de Terranova había de partir presto y en galeras; que, con él, vendría mejor.

Esperé al Duque; el cual, vino a Palermo Domingo de Cuasimodo, que fueron 13 de abril. Y --luego-- se comenzaron a poner en orden dos galeras que el señor Marco Antonio le daba para que lo llevasen hasta Génova, de que dio cargo a don Gaspar

Veintemilla,  Capitán de la Galera Capitana de Palermo. Las cuales Su Excelencia queria y mandaba que fuesen tan bien, en orden, como convenía para llevar un tal personaje. Y, así, mandó dar --y se dio-- para ellas todo lo que le pidieron. Y, con este recaudo, las dejó que se acabaran de poner en orden.

Y él se partió de Palermo para visitar el Reino, sábado de 19 de abril.

Un dia o dos después de partido el señor Marco Antonio, yo supe que en las galeras se habian embarcado --y embarcaban-- muchas cajas o carretelos de azúcar --y sacos de trigo, y otras cosas-- de mercancías. Y que la galera Santo Angel --que era una de las que habian de venir--, estaba ya cargada de estas cosas y otras tales.

Y hallándome yo mal dispuesto en la cama, envié a pedir a Pedro Canales, Secretario del Duque, que me viniese a ver. Vino. Y díjele lo que habia entendido; que advirtiese de ello al Duque, pues yo no pudia ir a decírselo. Díceme él, agora, que lo hizo.

Cuando yo me levanté --que fue el dia siguiente o el otro--, entendí más por menudo lo que antes habia entendido. Hasta decirme el Cómitre de Santo Angel que estaba su galera tan cargada que ¡no había lugar para sacar la vela de la cámara de enmedio!

Fui a ver al Duque aquella noche a su casa. Y, delante de muchos, le dije:

-- Mucho me pesa, Señor, que se tenga tan poco respeto y consideración a la persona de Vuestra Excelencia, que dos galeras sotiles que lleva se las carguen de mercancias. Porque me dicen que la galera Santo Angel está ya cargada en fondo de estas cosas y otras símiles.

Estaba allí don Gaspar Veintemilla, el cual me respondió:

-- Vuestra Señoria, ¿hala visto?

Dije yo:

-- ¡No, mas hánmelo dicho!

Dijo él:

-- ¡Pues véala Vuestra Señoría y verá que no le han dicho verdad! ¡Y Vuestra Señoría mire cómo habla, que estas galeras mándolas yo! ¡Y no he de consentir esas cosas! Yo tengo mucha consideración a la persona del señor Duque. Y, solamente, yo he embarcado 8 cajas de azúcar, y ha sido con su licencia. Y no lo hago por mercancía, sino por pasar allá mi dinero, que llevo para gastar, ¡y no perder en el que me costará tanto por ciento!

Dije yo:

-- ¡Cierto está que la bondad del Duque no sufre que él diga que no a cosa que se le pida! Pero, ¿por qué se le han de pedir cosas semejantes?

El Duque dijo que era verdad, que él habia dado licencia para no sé qué cajas; pero no tantas como le decían que se habían embarcado. Respondió don Gaspar que no lo creyese, y que las galeras estaban muy buenas y no tan cargadas. Y que Su Excelencia las podia mandar ver.

Y, con esto, no se habló más en ello y el Duque se entró en su retrete.

El otro dia siguiente --o el otro--, el Duque quiso ir a ver las galeras. Fue y entró en la Capitana de Palermo, que era la en que él habia de venir. Y hízolas salir fuera un rato y volvióse al puerto. Y al desembarcar, vídome allí; y, quizá por lo que había pasado, viendome, dijo así, generalmente:

-- ¡Buenas están las galeras! ¡Y no están tan cargadas como decían!

Dije yo:

-- Es verdad, si no hubiesen de llevar más de lo que ahora tienen.

Acercándose más la partida, supo el Secretario Canales que yo hacía embarcar un cofre y un bahúl. Y díjome que le pesaba de ello, porque era mucha ropa. Y que estaban las galeras tan cargadas, que el Duque no consentía a su yerno, el Conde de Camarata, que embarcase más de 4 criados. Y que él recelaba que no le había de dejar embarcar a él tres, o no sé qué cosa que quería traer.

Yo le dije ¡que no podia hacer menos, porque en el cofre traía mis vestidos! Y en el baul, ropa blanca y otras cosas de importancia, ¡y un trasportín en que dormiese!

Pero, entendiendo aquello, yo juro a esta + , como fiel y verdadero cristiano, y por la salvación de mi alma, ¡que me pesó de no haberme ido en la nao inglesa!

Y que si no fuera porque venía en aquellas galeras la persona del Duque --y yo le había dicho que venia con él--, que yo no viniera en ellas. Y esperara una nao catalana llamada La Fogaçota, que se hallaba allí en Palermo para partir para Barcelona dentro de 15 dias. Y así se lo dije y juré al Duque agora, viniendo en la galera Florida de Capri  a Nápoles, a donde yo escribo esto.

Acabó de llegar el tiempo de la partida. Y el Duque se embarcó, viernes dia de San Marcos, 25 de abril, 19 horas vel circa.

Y luego partió con un vientecillo de Maestral o Maestre Tramontana un poco fresco, y tiramos la vuelta del Cabo de Solanto. Al cual llegamos a casi 22 horas, habiendo ya el viento calmado y siendo Bonanza por todo. Y, llegados allí, los Capitanes de las galeras se hablaron de las popas el uno al otro, y luego pusieron las proas en la mar, la vuelta del Golfo, y comenzaron de engolfarse.

Lo cual, como yo vi, dije:

-- ¿Qué es esto, que nos engolfamos?. ¡Pésame!

Y respondió Juan Baptista Imperial, o Garbarino, que venía allí:

-- ¡Y a mi también!

Levanteme yo de la popa y fui a la crujía. Y dije al Cómite:

-- Nuestramo, ¡mirad lo que hacéis!

Respondiome él, con no poca arrogancia:

-- ¡La yo mirato! (sic).

Tornéme a sentar en la popa. Y dije a don Gaspar, que estaba al estanterol:

-- Señor don Gaspar, ¡mire Vuestra Señoría lo que hace, que no es bien engolfarse!

Respondió el señor Capitán:

-- Gago, estas galeras me las ha encomendado el señor Marco Antonio a mí y no a Vuestra Señoría. Vuestra Señoría deje hacer, ¡que yo sé lo que hago!

Yo le respondí:

-- Yo no le quito a Vuestra Señoría su gobierno y mando. Pero, en semejantes casos, suelen los hombres tomar el parecer de todos y hacer después lo que mejor les paresce. Y yo lo he dado en otras partes de harta importancia, y ha sido oido.

Dijo el Duque:

-- Ora bien, ¡eso no se ha de disputar ahora aquí! ¡Cuando fuéramos a pelear, tomáramos su parecer!

Yo callé, por el respeto que le debía., Y no se habló más en ello.

Navegamos toda aquella tarde y noche. Y el otro dia, sábado, y la siguiente hasta el domingo --a 16 horas vel circa--, siempre al remo. A la cual hora, habiendo ya el Duque comido, se levantó un poco de viento Poniente Maestre y se hizo vela. Con la cual venimos más de tres horas razonablemente , que se juzgaba que hacíamos 6 o 7 millas por hora, y algo más.

Y, en este tiempo, se descubrió la tierra. Y dijeron que era la Isla de Capri y Cabo de Carapanela --que es frontera della--, 30 millas de Nápoles. De la cual, a mi juicio, debiamos estar obra de 50.

Viniendo de esta manera, a 19 horas y media, vel circa, vino una voz de proa:

-- ¡Bajeles, bajeles!

Dijo don Gaspar:

-- ¡Serán bajeles de Calabria!

En este punto, yo alcé los ojos. Y, Sotaviento de nosotros, casi por Griego Levante, vi los bajeles que debían de estar de nosotros 6 millas, algo más. Y dije:

-- ¡Helos allí! Y, ¡por vida de tal, que son de enemigos porque están desarbolados!

Juan Baptista Garbarino dice ahora que se acuerda de (que) yo dije esta palabra. Y torné yo a decir:

-- ¡Pero no importa, que Sotoviento están! ¡Dejémonos ir!

Pero, en esto, don Gaspar mandó amainar de golpe. Y a mi no me aprovechó decir que no se hiciese. Pero hízose. Y, tornada a izar la entena, el Cómitre comenzó de bogar con la proa al viento?. Y yo le pregunté qué hacia. Dijo que quería ponérseles más

sobreviento. Y así lo hizo por un rato.

En descubriéndose los bajeles, la galera Santo Angel amainó y quitó la vela. E hizo el caro y tornó a hacer vela la vuelta de la mar, a mi parecer por el mismo camino que habíamos traido la vuelta de Medioyorno.

Los enemigos --como vieron que eran descubiertos--, en un momento arbolaron todos con el caro de tierra, creo que pensando que nosotros hiciésemos lo que la otra galera. Y los 6 más pequeños hicieron vela y siguieron tras Santo Angel; y las otras dos más gruesas --que al parecer la una era galera--, comenzaron a provesar dándonos la caza a nosotros.

Viniendo de esta manera un buen espacio, yo vi que las galeras se nos entraban cada vez más, y dije al Cómitre que hiciese vela. Díjome que era poco viento. Y no tenía razón. Díjeselo a don Gaspar. No aprovechó. Díjeselo al Duque. Díjome que no le parecía, porque perderíamos tiempo. Torné a porfiar y dar voces que hiciésemos vela, que nos perdiamos. Hasta que --en fin-- don Gaspar la mandó hacer.

Y como se hizo despacio --como se hacían todas las cosas de aquella galera--, y hubimos de dar el lado a las galeotas para ir por Tramontana, y ellas venían por Poniente Maestre --que era el viento--, acercáronsenos mucho. Y el Duque me dijo:

-- Mire, ¿no le dije yo?

Yo le respondí:

-- ¡Vuestra Excelencia se ría de eso, aunque estuviesen mucho más cerca, que están Sotaviento y han de hacer el caro! ¡Y agora lo verá Vuestra Excelencia!

Y fue así, que en un momento, a vela y remo, nos alargamos dellas un gran rato. Ellas nos siguieron un poco al remo, proejando todavia, hasta que emparejaron con nuestra popa. Y entonces hicieron el caro y vela. Y tornaron a seguirnos a vela y remo.

Pero, en este tiempo, nosotros nos habíamos alargado de ellas mucho más; y cada vez nos alargábamos más, yendo a orza --que este fue siempre mi cuidado: después de hacer bogar, decir al timonero que fuese a orza cuanto pudiese portar la vela y aure?--, de esta manera cada vez nos alargábamos más. Tanto que yo dije al Duque:

-- ¡Válalos el Diablo a estas bestias!, ¿a qué nos dan caza, pues ven que cada vez los dejamos más?

En cuanto así veniamos, el Capitán Castañola, Mayordomo del Duque, andaba en crujía con una espada desnuda en la mano, haciendo bogar y ayudando en todo, muy honradamente y con mucho ánimo. Y haciendo echar a la mar mil embarazos y cosas que iban sobre cubierta. Y me dijo:

-- Señor Capitán, échenos el esquife a la mar.

Dije yo:

-- ¡No quiero, que el esquife lo guardo yo para, si damos en tierra, salvar al Duque! ¡Haga Vuestra Merced romper muchos carretelos de vino que vienen sobre cubierta!

Yo me fui hacia popa. No sé si lo hizo.

Ya en este tiempo todos nos reíamos de ellos y nos teníamos por tan salvos --como lo estamos ahora los que estamos en tierra--, y no teníamos más penas ni cuidado que todavia hacer bogar todo lo posible; porque, a mi parecer, las dejábamos atrás más de 6 millas. Aunque, otros, decían 4; pero yo juzgábalo porque malamente se parecían sus bajeles más de la vela y los remos. Y, en efecto, ello era así.

Viniendo así, ya todos muy alegres, yo oí decir el Cómitre al Timonero que fuese a puja, y dile voces que no lo hiciese; pero diolas muy mayores don Gaspar, diciendo:

-- ¡Señor Capitán Gago!

Dije:

-- ¿Vuestra Señoría?

-- ¡Hacer, los oficiales!

Yo hube de callar por amor del Duque. Y por lo que antes habia pasado, al Cabo de Solanto. Pero dije:

-- ¡Así pues, Vuestra Señoría lo verá!

Yo entonces estaba en la popa sentado --en el banco de la siniestra (de) los oficiales que habían hecho salir de crujía-- y el Duque sentado arriba, sobre mi, en el mismo bandín. Y, al mismo pronto, me dijo:

-- Señor Capitán Gago: id vos allá, ¡por vida nuestra!, y ayudad a hacer bogar.

Yo salté en cruxía con una espada en la mano y anduve por allí un rato haciendo lo que podía. Al cabo del cual, alzando los ojos, vi que las galeotas se nos habían entrado mucho. Y se entraban cada vez más, y muy mucho. Y, luego, le dije a don Gaspar:

-- ¡Ah., Señor! ¡Mire, Vuestra Señoría, lo que ha hecho en venir a puja!

-- ¡Señor ‑‑dijo él--, yo lo hice por favorecerme de esta tierra!

En esto el Duque se subió en el estanterolo y me preguntó qué me parecia. Yo le respondí:

-- Señor, ¡mucho se nos entran estos bajeles! Pero Vuestra Excelencia no tenga pena, que su salvación ha de ser la noche y la guarida que tiene cerca.

En esto, ya nosotros éramos casi al abrigo de la isla de Capri. Y las velas no servían porque era calma. Y ellos afrenillaron y amainaron en un momento; y, quitada la vela, tornaron a izar y bogar muy recio. Y entonces se nos llegaban muy a presa porque nuestra galera llevaba la vela puesta y muy ruín boga, como la habíamos traído desde que dimos a puja. Porque como los turcos nuestros esclavos, que eran muchos, veian que las galeotas se nos entraban tanto, no aprovechaban azotes ni cuchilladas que les daban a hacerlos bogar.

Pero yéndonos ya llegando a tierra, dije yo al comite:

-- Nuestro amo: como seáis cerca de tierra, volved la proa a la mar; que queremos pelear y defender la galera.

Y dijo el Conde de Camarata:

-- ¡Salvemos al Duque! ¡Y nosotros peleemos y muramos como caballeros!

El cual Conde, al tiempo que nos alargábamos de Siclia, yo le oí preguntar a don Gaspar:

-- Si queremos pelear, ¿qué armas tenéis?

Y él respondió:

-- Hay alabardas partesanas, arcabuces, espadas, rodelas.

En esto, el Capitán de la galera se fue hacia proa. Y yo, con harto fastidio --porque estaba muy llena y embarazada con gente y mataraços y otros embarazos--, saqué todas las partesanas que estaban debajo del banco sinestro, que serian 12 o 15, y las puse allí, en la popa. Y dije:

-- Ora, señores, cada uno tome la suya, que mejor arma es que las espadas.

Y yo tomé una. Y me fui por la crujía hacia el esquife, preguntando por el Duque, con intención de hacer echar el esquife a la mar y enviarlo en él a tierra. Que para ese efecto habia guardado, como arriba digo. Pero, llegado allí, me dijeron que era pasado a proa.

Fui allá y hallé el espolón lleno de gente que se echaba a la mar. La cual estaba ya cuajada de hombres que nadaban procurando salvarse, porque ya la galera estaba encallada en un escollo. Y de ella a tierra habia un golfillo algo hondo, adonde, según me parece, se ahogó don Fabricio de Moncada, y otros. Por el cual miedo otros dejaron de echarse a la mar y se volvieron a galera, teniendo por mejor ser esclavos, como lo fueron.

Y como yo esto vi, hice como los otros. Y con mi parte sana a la mano me bajé --por ella, por medio del espolón-- al escollo; y de allí, sin dejarla, me salí a tierra con poco trabajo y peligro.

Adonde ya hallé que el Duca había salido e iba delante, la cuesta arriba. Fui tras él y lo alcancé, que lo ayudaban a subir dos hombres. Pero él --aunque de razón debiera ir medio muerto por haber salido a nado, no sabiendolo hacer; y estado en punto de ahogarse. Y lo hiciera si no lo sacaran sus criados--, iba con muy buen ánimo. Y tanto que, hallando en el camino un golpe de arcabuceros de la tierra, quiso volver con ellos a ver si podía estorbar que los turcos no llevasen aquella galera. Y lo hiciera, pero no se lo consintieron, diciendo que ni él iba para ello ni ellos eran bastantes.

Y, ya en este tiempo, las galeotas estaban con la galera. Y era cosa extraña el arcabucería que de ellas se tiraba a la gente de la tierra, que andaba en la marina también tirándoles.

El Duque --en todo este tiempo desde que vimos las galeotas-- vino siempre muy en si, y con mucho valor y ánimo; poniéndonoslo a todos; y particularmente a los remeros, prometiéndoles liberttad. Y algunas veces salía a lo mismo hasta el árbol. Que, cierto, después de Dios, aquello parece que nos sacó a salvamento. Verdad es que nunca se empachó en mandar a los oficiales de galera lo que habían de hacer, sino dejarlos hacer lo que les parecía. Y si alguna cosa al Duque se le pueda tachar en este viaje, sería con su bondad haberse fiado tanto de ellos. Y creídoles lo que le decían, que las galeras estaban muy buenas y muy bien en orden de todo lo necesario, y no nada cargadas.

Y como ellas venian de cargadas, ya yo lo digo arriba y diré más abajo. Y de las otras cosas y faltas que tenian, no faltará quien lo diga. Sólo diré yo que viniéndonos ya las galeotas cerca --y la más pequeña tiraba, de cuando en cuando, creo yo que a la otra, que caminase, que ella no se atrevía sola a llegarse a nosotros y alcanzarnos, que bien lo pudiera haber hecho si quisiera en este tiempo--, digo, vino a popa un artillero de la galera a poner en orden los esmeriles que está a los escalas. Y como lo vi solo, díjele:

-- ¿Por qué no viene aquí otro artillero a esta otra?

Díjome él:

--Señor, no hay más de yo solo; porque el señor Pinares no quiere que haya más por ahorrar la hacienda del Rey.

Yo le dije que fuese a proa y tirase un tiro. Hícelo para que en tierra conociesen cómo íbamos, para que bajase gente a la marina a hacernos espaldas. Y así lo hizo. Y tiró el tiro. Y de la tierra nos respondió una torre con una pieza.

Y díjome después un Juan Tomás --que me hospedó allí, en Crapi--, que habían tirado y respondido la torre para que nos fuésemos a meter debajo de ella. Que si así lo hiciéramos, y llegados allí volviéramos la proa --con el favor de ella y de la gente de la tierra--, los turcos no nos osaran acometer. Y yo así lo creo. Y tiempo teníamos para ello. Pero nosotros dimos en tierra obra de milla y media atrás. Quién fue la causa, no lo sé. Procure saberlo quien lo quisiere saber.

Las causas que a mi juicio lo fueron de nuestra perdición fueron , primeramente, ir la galera tan cargada. Porque un baúl mío que se embarcó a la postre no hubo lugar debajo de cubierta en ninguna cámara adonde meterlo, aunque yo lo dije al Capitán y oficiales. Y, por mucha cosa, el Cómitre tomó una caja de gorros mía y la llevó y mandó meter en la camara de proa. Y el baúl se quedó alto al fogón. Y los soldados, sabiendo que era mío, lo metieron en el esquife, donde una buena camarada dellos alojaba, aunque estaba harto embarazada con su ropa y armas de ellos. Y allí se quedó y perdió, como todo lo demás. Y Pedro Canales me ha dicho ahora --aquí en Nápoles-- que él tiene aquí el que estipo ? en la galera: 24 cajas y 12 carretelos de azúcar y no sé cuántos sacos de trigo.

La segunda, la ruín guardia que traíamos en el Golfo, que si la trujeramos buena descubriéranse los bajeles mucho más lejos. Que aunque don Gaspar dice que venía hombre en el carcés y que por la niebla no los vio, yo no lo creo porque no había niebla, pues se veía la tierra clara y tan lejos. Y el primero que descubrió los bajeles fue uno que estaba jugando sobre de la rumbada. Y al mismo momento los vi yo desde la popa, adonde estaba como arriba digo. Y las mostré a don Fabricio de Moncada. Pues mejor las viera la guardia, si la hubiera. Y los soldados dicen que ¿no la? había.

La otra fue el amainar cuando descubrieron los bajeles; que si no amaináramos fuera imposible que ellos nos alcanzaran --con muy poco que nos ayudáramos del remo-- por la mucha avantaja que les teníamos; estando tanto sobre viento de ellos y tan lejos, y ellos desarbolados; que primero que arbolasen e hiciesen vela --y remetiesen en nuestra derrota forzado--, los habíamos de dejar más de otro tanto más.

La otra fue los muchos esclavos que traíamos, que pasaban de 120 o 130. Y, aún, algunos queiren decir 150. Porque habiendo en cada banco dos esclavos, y en algunos 3, más estorbaban ellos que tiraban los pobres cristianos, que con la esperanza de la libertad que el Duque les prometia y ánimo que les daba, hacian lo que podian. Pero esto aprovechaba poco, que nuestra boga parecía cuando se boga con mucha mareta, que los remos temblaban, como se hace cia‑escurre. Y así parece milagro de Nuestro Señor haber podido llegar a tierra y salvar solos lo que se salvaron.

La otra fue el hacer a puja, cuando don Gaspar me dijo que dejase hacer los oficiles. Y tengo cierto para mi que si aquello no se hacía, en ninguna manera nos podían alcanzar por la mucha avantaja que les teníamos y cada vez más les ganábamos yendo a orza.

Y también tengo por cierto --y lo es, y así lo tienen todos--, que si no hiciéramos vela nos perdíamos en la mar. Y por eso dice ahora el Duque que yo los salvé a todos en hacer hacer vela, contra su parecer y de todos los oficiales.

El lunes siguiente, después de llegados a Capri, a la tarde yo me levanté y --envuelto en no sé qué andrajos que allí me prestaron-- fui a ver al Duque. Y, entrando dove estaba, lo hallé, vestido, acostado sobre la cama. Y bajándome yo a besarle las manos, él me abrazó muy favorablemente diciendo:

-- He aquí quien nos ha dado la vida a todos.

Yo le dije que le besaba las manos, pero que más nos la había dado Nuestro Señor  y el valor y ánimo de Su Excelencia, que nos la puso a todos  para hacer lo que debíamos, que de otra manera todos fuéramos perdidos. El replicó:

-- No, ¡a fe de caballero!, sino que lo digo de veras. Y lo he dicho aquí a todos, que vos habeis sido causa de nuestra salvación. Yque ninguno vino siempre tan (en) sí --y en lo que había de hacer-- como vos.

Yo le supliqué que no se hablase más en ello, y así se pasó a otra conversación. La cual él tuvo muy buena. Y en ella dijo que él no habia salvado sino la camisa que tenía vestida. Y que juraba como caballero que si se hubiera salvado toda cuanta plata, ropa y dineros había, no se holgara nada de ella ni tenía pena de ello ninguna, sino era de la galera de Su Magestad, y de unos papeles suyos y otras cosas. Dijo a este propósito, siempre con mucho ánimo y valor, como siempre lo había mostrado en todo, como arriba digo. Y al cabo de un rato de la conversación, yo le dije al Duque que porque un hombre de mi calidad y profesión, habiéndose hallado en un caso como aquel, era obligado mostrar que había hecho lo que debía y era obligado, suplicaba a Su Excelencia me escuchase dos palabras. Él me respondió que no tenía necesidad de mostrarlo. Que ya él había dicho, y decía, y diría siempre donde fuese necesario. Yo le supliqué todavía me escuchase, y él lo hizo.

Y yo le traje a la memoria --delante de Canales y otros muchos-- todo lo que arriba digo. Y, particularmente, cuando advertí en Palermo cuán cargadas estaban las galeras. Y de lo que pasó al Cabo de Solanto, cuando nos engolfamos. Y de lo que yo pasé y porfié para que se hiciese vela cuando se hizo, y tan gran rato antes que se hiciese. Y él estuvo muy bien en ello, y se acordó y acuerda muy bien.

Y por eso tanto más me dicen que dice que ningún hombre en aquel suceso lo satisfizo tanto como yo; pero, en efecto, lo dice porque es buen caballero. Mas la verdad es, como arriba digo, Nuestro Señor lo hizo, por quien Él es, y la virtud y valor del Duque ayudó mucho a ello, que yo poco podía hacer siendo un pasajero. Y que si decía una cosa, había quien me dijese que callase, como quien dice que yo allí no era nada, como en efecto era verdad.

El martes siguiente, que eran 29 del dicho mes de abril, a la mañana, habiendo ido de aquí de Nápoles a Capri  4 galeras para traer al Duque y con ellas un caballero mancebo catalán llamado don Francisco de Eril --que don Juan de Cardona enviaba para que trujese al Duque--; acabando de comer con él el de Popolo --que está allí relegado--, y el obispo de Mesa, y el conde de Camarada, y don Gaspar Veintemilla, y don Blasco de Aragón, sobrino del Duque, y el dicho don Francisco de Eril, y yo, vínose a hablar en el negocio. Y dije yo que la causa principal de nuestra perdición habia sido el amainar cuando luego descubrimos los bajeles. Y dijo el Duque:

-- La razón del capitán Gago parece buena. Y pues se vio por experiencia que como tornamos a hacer vela los dejamos mucho atrás, mejor fuera no haberla amainado.

Don Gaspar dijo que él había 20 años que navegaba, y que siempre habia visto a don Juan de Cardona en la mar, en descubriendo bajeles, amainar para ver qué bajeles eran y qué hacían para el ver y saber lo que había de hacer. Y por eso él lo había hecho. Yo le he dicho que en aquel punto y opinión yo no me entremetía; pero que la instrucción se podía dar, mas la discreción era menester que cada uno la tuviese. Y que allí no había para qué servirse de aquella regla, pues se veía claro que aquellos eran 8 bajeles. Y que eran de enemigos. Y que estaban Sotaviento y desarbolados. Y que era lo mejor dejarnos ir, que no había para qué amainar.

Don Gaspar tornó a dar otras razones. Y luego saltó en que él había hecho y acontecido; y cuando llegamos cerca de tierra habia ido a la proa a dar órdenes y mandar, con intención de pelear; y que como comenzó a mandar ciar para volver la proa, la gente de cabo toda se le echó a la mar. Y por eso él no pudo hacer otra cosa sino embestir en tierra.

Yo, como hombre que no sé ni puedo sufrir dejar de decir la verdad, cuando la sé, dije:

-- Ora, señores, desengáñese todo el mundo, que en toda la galera nadie tuvo inteción ni pensamiento de pelear sino yo. Y bien se pareció, pues cuando fui a la popa a sacar las partesanas, no hubo persona que tomase ninguna sino yo. Y cuando volví hacia la proa con ella en la mano, lo hallé todo como arriba digo --y confieso que se me olvidó de decir tanbién el Conde de Camarata, que dijolas palabras que arriba digo, y anduvo siempre por cruxia con una espada en la mano desembainada y ayudando en todo lo que era necesario.

Don Gaspar se alteró y me dijo que mirase cómo hablaba; que él era caballero y que lo que decía lo sustentaba y haría bueno a cualquiera persona. Yo le respondí:

-- Este no es lugar para eso, porque estamos delante del Duque. Pero conmigo engáñase Vuestra Señoría, que aunque soy tuerzo ?, no tengo la sangre fria; y lo que digo con la boca, los sustento con la espada; a todo el mundo, uno por uno, y aún al vivo Diablo, como dicen. Y, ¡por vida de Vuestra Señoría,! que no hablemos más en ello, pues no sirve de nada y es lo mejor.

Y esto tuvo? yo siempre, después de este acaecimiento, procurar de huir de donde se hablase en él; porque aunque estoy tan satisfecho de lo que de mí se puede decir en él, como soy hombre que no puedo sufrir dejar de decir la verdad por quizá no hacer daño a alguno con decirla, procuro todo lo que puedo de no hablar en ello ni hallarme a donde se hable. Y así se lo dije al Duque --viniendo de Capri a esta ciudad, en la galera Florida, como arriba digo--, que si dejase de ir a verlo y servirlo mientras aquí estuviese, sería por esta causa. Por eso, que suplicaba a Su Excelencia me tuviese por escusado y no me lo atribuyese a falta de deseo a su servicio. Y así lo he mostrado después que llegamos a esta ciudad, que algunos caballeros han querido informase de mi de lo que había pasado, y me he excusado de ello y nadie me ha podido sacar palabra.

Yo perdí en la galera un esclavo, el mejor que habia en Italia, y todo lo que era ya conmigo. Que solamente procuré que un soldado amigo mio, llamado Guillamas, me sacase unas cartas misivas que traía de diversos, en dos saquillos, y me las salvase. Que de solo esto tuve cuidado y no de muchas cosas de oro y plata, así mias como de encomienda, que allí venían, ultra de mi ropa blanca y todas cuantas cosillas de precio traía conmigo. Y él lo hizo. Y todo lo demás se perdió, que yo salí solo en calzones, jubón y cuero. Y aunque todo ello era muy poco, basta que era cuanto yo hoy tenía en el mundo.

Y por eso digo ahora a todos los que dicen que perdieron mucho, que yo perdí más que todos pues a todos ellos les queda mucho y a mi no cosa ninguna. Y, con todo, estoy muy alegre y contento porque se que no perdí más que dineros o cosa que los valiese, y no honra ni reputación. Antes doy gracias a Dios porque he tenido ocasión de mostrar algún ánimo o valor, si en mi lo hay. Y digo --y  he dicho delante del Duque y en muchas partes-- que es necesario que acaezcan cosas como estas para que los hombres se conozcan y muestren para lo que son.

Que en ellas

--y no en Corte y entre damas--
se muestra el valor y ánimo de cada uno.

(Con letra del mismo Gago, idéntica a la carta previa)

"Va escrita en 6 hojas, con esta, de mano ajena,
en Nápoles a 3 de mayo, Baltasar Gago."

 

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