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"Correspondencia cifrada entre Giovanni Margliani
y Antonio Pérez, secretario de Felipe II"

   
   
 
CONTEXTO HISTÓRICO
 


LAS RELACIONES HISPANO-TURCAS DURANTE LA SEGUNDA MITAD
DE LA DÉCADA DE 1570 Y LOS SERVICIOS SECRETOS DE GIOVANNI MARGLIANI


Antecedentes

· La creación de un servicio de espías en Estambul

En el otoño de 1562 España consiguió crear una red de espías en Estambul. Las circunstancias que permitieron esta creación fueron las derrotas españolas en Mostagan (1558) y Yerba (1560), que llevaron gran número de cautivos cristianos a Estambul que luego se harán renegados. Así pues se reclutó a numerosos de estos cristianos renegados, convertidos al Islam, a los que se empezó a sobornar con grandes sumas de dinero. Era una elección lógica: después de todo estos hombres habían sido cristianos en el pasado, y ahora eran conocedores de los dos mundos, con lo que no sería fácil descubrirlos. Muchos se unieron no sólo por el dinero, sino por añoranza de sus lugares de origen, a los que esperaban volver al cumplir sus servicios con el rey. Entre los nombre fundadores de la red destaca el del napolitano Juan Agostino Gilli, que años después se convirtió en Orambei. Esta red de espías recibió diversos nombres: los Ocultos, la Compañía o la “Conjura de los renegados” o los Amici.

Pero durante los primeros años esta red no tuvo mucha importancia, aunque llegó a contar con más de cien agentes. Eran los años de guerra intermitente en el Mediterráneo entre España y Turquía, de luchas entre los dos bandos por conseguir plazas fuertes en Berbería. En esos años los espías de Estambul sólo servían para transmitir información, sobre todo militar, sobre el enemigo con muchos períodos de silencio en la comunicación, e intentar pequeños sabotajes (siempre fallidos). Aunque, eso sí, el pago siempre era puntual, para que no decayese el ánimo de los infiltrados.

· El sistema de pago
El dinero para los espías no podía retrasarse como se hacía con el sueldo de los soldados: lo único que compensaba a los espías de su arriesgado oficio eran las jugosas sumas de dinero que recibían periódicamente, siendo siempre los pagos en metálico y de una vez. Así, los espías de Estambul solían cobrar entre 100 y 300 escudos mensualmente, dependiendo de su categoría, mientras que un oficial de la armada española de la época cobraba entre 30 y 40 escudos mensuales. Pero en Estambul debía de haber sólo una decena de agentes. A estas sumas hay que añadir el dinero que se destinaba para el soborno de figuras importantes de la Corte otomana (Orambei, el doctor Salomón, Mehemet Bei, etc.), que se calculaba en miles o decenas de miles de ducados.

Estas cantidades de dinero pueden parecer muy altas, pero para Felipe II en realidad no eran tanto: suponían mucho menos que el gasto anual que tenía que desembolsar para montar la flota mediterránea; así, por ejemplo, la flota del año 1572 le costó al rey 1.463.000 ducados, entre cien y mil veces más que sus servicios secretos en Estambul, y aunque el gasto de la flota se fue reduciendo a lo largo de la década de 1570, nunca bajó del medio millón de ducados.

Ahora bien, estos pagos procuraron mantenerse secretos. No se apuntaban junto a los demás gastos de la tesorería, porque si no habría que justificarlos, y este dinero no se podía justificar. El rey fue concediendo sucesivamente cédulas reales a los tesoreros de la armada para que se creasen cuentas secretas donde se registrase el dinero que se gastaba sin justificar. Aunque estas cuentas eran menos secretas de lo que se pretendía, su existencia nunca debía hacerse pública, pues hubiera sido un escándalo que el país campeón en la defensa del catolicismo estuviese manteniendo con su dinero a un grupo de infieles y renegados a cambio de información.

El propio Felipe II debía de tener problemas de conciencia ante la política que practicaba ya que más de una vez intentó justificar moralmente el pago a agentes no cristianos: después de todo, estos agentes actuaban a favor de la causa católica.


Causas de las negociaciones hispano-turcas


En un principio resulta difícil de comprender cómo un rey tan defensor de la fe católica como Felipe II (y tan implacable con las herejías: Flandes, Valladolid, etc) pasase de hacer la guerra al Turco a hacer las paces con el Infiel, el único imperio capaz de rivalizar con la monarquía española en poderío. Pero es que el escenario no era el mismo que en época de Carlos V, y de repente ambas potencias necesitaban la paz porque el Mediterráneo se había vuelto una carga.

En 1575 Felipe II se vio obligado a declarar de nuevo la bancarrota de las finanzas reales. El Rey Católico no podía hacer frente a las deudas contraídas con sus banqueros europeos porque se veía acosado militarmente en dos frentes a la vez. Por un lado, estaba la guerra de Flandes, donde después de siete años de campañas militares todavía no había conseguido someter aquel territorio; en ese momento los gastos anuales dedicados a esa guerra oscilaban entre los dos y los tres millones de ducados. Por otro lado, la guerra intermitente en el Mediterráneo contra el Turco tampoco resultaba barata: para armar a la flota que surcó el Mare Nostrum en 1574 Felipe II había desembolsado más de 1.200.000 ducados. Y en ninguno de los frentes había avances significativos: la guerra estaba estancada y sin perspectivas de una victoria inmediata.

La realidad superaba a la intransigencia de Felipe II. Su voluntad de no ceder en el conflicto de los Países Bajos y la errónea estrategia militar adoptada estaban desangrando las cuentas del Estado. Felipe II no estaba dispuesto a cambiar su política respecto a Flandes: su inflexibles principios religiosos y su estrechez de miras se lo impedían. Pero para salir de la crisis la hacienda necesitaba recortar gastos de alguna parte.

Desde 1576 Felipe II recibe informes sobre las crisis dinásticas que están desestabilizando el lejano reino de Persia, frontera oriental del Imperio Turco, y pronto sabe que los turcos van a abalanzarse sobre ese próspero territorio aprovechando la debilidad política del momento para hacerse con la ruta de la seda. Turquía, pues, tiene las manos atadas por el Mediterráneo pero quiere dirigir su atención a Oriente. Felipe II comprende que es la ocasión propicia para negociar.

El Mediterráneo ya no interesa a ninguno de los dos grandes rivales que se lo han estado disputando durante el medio siglo anterior. Turquía ha vuelto a cambiar la dirección de su expansión, y ahora mira hacia el Este. Mientras tanto, España busca manos libres para Flandes, y a partir de 1578, con la muerte del rey de Portugal, dedicará todos sus esfuerzos a la anexión del otro reino peninsular.


Negociaciones en Estambul. 1577-1581

Aunque desde 1569 Felipe II había enviado negociadores ocasionalmente para tantear el terreno en Estambul, no fue hasta 1577 cuando se realizó el primer intento de negociación en serio y con éxito. El enviado del Rey Católico fue Martín de Acuña, que llegado a Estambul en marzo de ese año, consiguió alcanzar con los turcos un acuerdo en un tiempo récord: los turcos se comprometían a no sacar su armada ese año, y Acuña les había prometido a cambio que España enviaría un embajador a Estambul. Pero Acuña se había excedido en sus promesas a cambio de aquella concesión. El rey no quería en modo alguno establecer un embajador en Turquía todavía. Por eso, a su vuelta a España, Acuña fue relevado de su misión (de hecho, moriría ejecutado por el rey años después).

Acuña había logrado una primera tregua provisional, pero ésta sólo duraba ese año, y se hacía necesario enviar un nuevo negociador a Estambul para ver qué ocurría a partir del año siguiente. El rey eligió al milanés Giovanni Margliani, que había sido cautivo recientemente y que llegó a la capital turca en diciembre, con vagas instrucciones y como enviado secreto, no como embajador.

Al principio las autoridades turcas se enfurecieron al descubrir que España no había enviado a un embajador, pero los turcos necesitaban la paz en el Mediterráneo para atacar Persia, así que no tuvieron más remedio que iniciar negociaciones con Margliani en enero de 1578. Ayudado por el dragomán Orambei y por el doctor Salomón, a los que España sobornaba, Margliani consiguió que se firmase una tregua por un año el 7 de febrero: la armada turca no saldría ese año si la española tampoco lo hacía. Era un gran éxito porque España había conseguido una nueva tregua sin dar gran cosa a cambio.

Pero la tregua era de nuevo por un año, y los turcos seguían queriendo un embajador, así que Margliani se quedó en Estambul para intentar buscar una paz más duradera, por dos o tres años. Durante la primavera de ese año Margliani intentó que los turcos aceptasen una tregua por varios años, pero el Gran Visir Sokoli le dijo que sólo la concedería si España enviaba un embajador.

Cuando esta propuesta llegó a España, el Consejo de Estado discutió si finalmente enviaban un embajador. Al final, el rey autorizó el envío de un embajador, y se eligió a don Juan de Rocafull para esa tarea. Pero en España se sabía también la imperiosa necesidad de paz que tenían los turcos porque la guerra de Persia se volvía cada vez más complicada; esto coincidía con un período de victorias de las tropas españolas en Flandes. Así que se decidió ir retrasando el viaje de Rocafull, para ver si se llegaba a otra tregua provisional sin necesidad de que llegase el embajador (en el fondo, Felipe II seguía sin atreverse a establecer un embajador en Estambul). Pero lo más extraño de todo es que no hay constancia documental de que en 1579 se firmase una nueva tregua por un año; sin embargo la flota turca tampoco salió aquel año hacia el Mediterráneo, sino que se dirigió al mar Negro. El embajador francés habla de esa tregua, aunque lo más probable es que ese año ni siquiera hiciese falta firmar un papel.

· El contexto en el que se escribieron los avisos del 14 y el 25 de octubre de 1579
Finalmente, quien llegó a Estambul en septiembre de 1579 fue el capitán Antonio Echávarri, acompañante de don Juan de Rocafull, al que se le ordenó quedarse en Nápoles. Tampoco ese año habría embajador. También en el mes de septiembre llega el nuevo embajador francés, Germigny. Y se inician negociaciones para la nueva tregua.

En este contexto escribe Margliani sus avisos del mes de octubre. Fue un mes de cambios políticos en Turquía: el Gran Visir Mohamed Sokoli murió asesinado por un fanático (como refleja la carta del 25), y el Sultán nombró para sustituirle a Acmat Bajá, un hombre anciano que tenía como ayudante al antiespañol Sinam Bassa; sin embargo, la política favorable a las negociaciones con España no fue modificada por los problemas generados por el conflicto con Persia. Aun así, Germigny intentó obstaculizar las negociaciones, primero extendiendo el rumor de que el ejército que Felipe II preparaba para Portugal iba a ir contra Argel y después intentando mezclar a Turquía en una supuesta coalición de Francia e Inglaterra (en connivencia con Guillermo de Orange) para conquistar los Países Bajos. Pero lo cierto es que estas propuestas eran puras quimeras: Francia vivía envuelta en una terrible crisis interna desde la Noche de San Bartolomé, y esta debilidad era percibida en Estambul. Los turcos ya no tomaban en serio a Francia.

Así que aunque Margliani tema en sus cartas por lo que hagan los franceses, lo cierto es que la mayor amenaza para la negociación se encuentra en los ministros antiespañoles de la Corte otomana, principalmente Sinam Bassa y Euchali. Pero, por suerte para Margliani, el Gran Visir Acmat Bajá es un hombre favorable a España, y debido a su habilidad negociadora consigue firmar con él una nueva tregua por diez meses (21 de marzo de 1580). Se trata de un nuevo éxito que Margliani ha conseguido casi a cambio de nada.

· La tregua definitiva de 1581
En el año 1580 también hubo varios cambios en el escenario político: el dragomán Orambei desapareció enigmáticamente de las negociaciones, quizá marginado por Margliani a favor de otros agentes (gracias a sus éxitos diplomáticos había mejorado su posición y aumentado su poder) o tal vez caído en desgracia ante el Sultán y apartado de su posición. Lo cierto es que no se vuelve a hacer referencia a él en los avisos. Pero hay otro cambio de mayor relevancia: Acmat Bajá muere a finales de abril, y le sustituye Mustafá Pachá, otro hombre de guerra, más preocupado por la situación en Persia que por la negociación con España. Se produce una pausa en las conversaciones mientras Margliani espera nuevas instrucciones de Madrid.

Felipe II tardó bastantes meses en decidir qué respuesta dar a Margliani. Finalmente decidió que no quería un embajador permanente en Estambul, y en diciembre de aquel año le solicitó a Margliani que negociase una tregua con estas condiciones. Probablemente Felipe II tomó esta decisión por temor a la reacción del Papa: no quería que se le acusase de traidor al catolicismo, como le había pasado a Venecia cuando firmó la paz con Turquía en 1573, y sobre todo no quería que Roma cortase el suministro de fondos para La Cruzada que España había recibido generosamente hasta entonces y que suponía una importante fuente de ingresos para la guerra de Flandes.

Finalmente, los turcos se resignan a no tener embajador, y Margliani emplea toda su habilidad diplomática durante el mes de diciembre para el esfuerzo final. A finales de enero de 1581 el Gran Visir Mustafá Pachá acepta firmar con Margliani una tregua por tres años, a la espera de que en el futuro el rey de España decida enviar finalmente un embajador. La tregua es similar a las anteriores aunque por un plazo más largo. Margliani obtiene, por fin, un éxito definitivo al conseguir un acuerdo de paz por un período largo. En España se alegran del éxito aunque por si acaso le envían una carta al Papa explicándole que la tregua no significaba nada y que se podía romper en cualquier momento, aunque lamentablemente Felipe II estaba en ese momento muy ocupado con sus asuntos en Portugal. Terminada su misión, Margliani pudo volver a Italia, adonde llegó en mayo. La tregua con España se siguió renovando en 1584, 1587 y 1591.

· La crisis de los servicios secretos españoles
Curiosamente, las negociaciones que estableció Margliani para alcanzar la paz hicieron entrar en crisis a la red de espías que funcionaba desde hacía quince años. Por un lado, varios de los fundadores de esa red murieron en esos años (Renzo, Santa Cruz...). Además, Margliani trajo con él a nuevos hombres (Bruti, Ferrari, etc.) y dejó de contar con los antiguos agentes de la red de Estambul. Margliani necesitaba negociar con los turcos de forma abierta y pública, y no podía utilizar para ello a los mismos hombres que secretamente les sacaban información. Hay que tener en cuenta que la firma de sucesivas treguas anuales y toda la información que proporcionaba el propio Margliani hicieron cada vez más innecesarios esos espías, por otro lado mal vistos en la Corte de Madrid (los espías eran considerados poco decentes y no muy de fiar).

Y por encima de todo existe una razón muy sencilla para explicar esa crisis: en unos pocos años Turquía pasó de ser el enemigo eterno de España a convertirse en una potencia lejana y volcada hacia Asia. Turquía había dejado de ser un peligro para las posesiones españolas en el Mediterráneo y para la cristiandad europea, y ahora ya se podía tratar con ella mediante la diplomacia. Por ello ni interesaba demasiado ni era tan necesario mantener espías en Estambul, aunque no por ello desapareciesen, por mera prudencia, no fuera que algún año Euchali sacase una flota al Mediterráneo por sorpresa.

Los servicios secretos españoles en Estambul se renovaron después de la marcha de Margliani (los principales enviadores de avisos en los años ochenta fueron Pedro Brea y Juan Estéfano de Ferrari), pero ya no tuvieron ni la importancia ni la relevancia que habían tenido en años anteriores.

BIBLIOGRAFÍA

- Braudel, Fernand: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II; Méjico, Fondo de Cultura Económica, 1953, 2 vols.
- Sola Castaño, Emilio (en colaboración con José F. de la Peña): Cervantes y la Berbería. Cervantes, mundo turco-berberisco y servicios secretos en la época de Felipe II; Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1995.
- Sola Castaño, Emilio: La novela secreta; Madrid, Voluptae Libris, 1996.
- Sola Castaño, Emilio: Los servicios secretos de Felipe II en Levante y la Berbería. La conjura de los renegados (conferencia).
- Parker, Geoffrey: Felipe II; Madrid, Alianza Editorial, 1984.

 


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