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Análisis
formal de las cartas
Si pretendemos realizar un estudio completo de nuestras cartas resulta
un paso obligado realizar un pequeño análisis de los aspectos
lingüísticos y paleográficos de los documentos que nos
ocupan, esto es, un pequeño enfoque del documento desde el punto de
vista de la cultura escrita. Para tal fin, dedicaremos los siguientes apartados
al análisis de los diferentes aspectos de nuestros documentos.
Instrumentos
Como es evidente, la tecnología disponible en cada época marca
de un modo u otro el soporte y la morfología de la escritura. Un caso
excepcionalmente claro lo encontramos en la escritura cuneiforme, la cual debe
su nombre a su peculiar morfología y, a su vez, esta morfología
la debe a la tecnología empleada para su elaboración. Por esta
misma razón, conviene dar un pequeño repaso a la tecnología
empleada por los escribientes en la elaboración de nuestras epístolas.
En primer lugar, encontramos el papel como soporte. En
este periodo será el
material más extendido y ejercerá un monopolio casi absoluto
como vehículo para la transmisión de la escritura. Tan sólo
podemos encontrar usos residuales de pergamino en documentos regios o papales
de excepcional importancia. En esta época proliferan los molinos de
papel, en auge junto con la imprenta; una vez más la tecnología
empleada en la fabricación del papel, todavía muy artesanal,
provoca una repercusión inmediata en su producto. De este modo, los
contemporáneos harán a menudo referencias a las cualidades y
calidades de los diversos tipos de papel a su alcance; así, se puede
distinguir el papel francés, del italiano, etc.
Sin olvidarnos de la existencia de la imprenta, la tecnología
del momento ponía a disposición de los escribientes
la pluma, también
llamada peñola o cálamo. Normalmente se
usaban plumas de oca o gallo, las cuales ofrecían un cañón
largo, limpio y fuerte. En el proceso de fabricación era necesario
templarlas, esto consistía en desbarbarlas, limpiarlas, cortarlas
por los lados en forma de horquilla y, finalmente, realizar un delicado
corte en medio
llamado crena [42].
Del mismo modo que el papel, un proceso tan artesanal dará origen
a muy diversas calidades de plumas; gozarán de buena fama, las plumas
de canutillos del Nilo. En esta misma línea, sabemos que en muchas
ocasiones, el escribano tenía que preparar su propia tinta. Juan
de Iciar explica detalladamente el proceso de elaboración de la
misma, en la que se podía
encontrar nuez de agallas, alumbre, agua y goma arábiga. Existían
distintas recetas para escribir en diversos soportes, tinta para escribir
sobre pergamino o sobre papel o para hacer tornasol. Finalmente, en las
escribanías,
donde la velocidad para elaborar documentos era de vital importancia, se
contaba con la salvadera [43],
con la que se conseguía el secado de
la tinta y se evitaba que su exceso quemase el papel. Con todo esto, el
escribano del siglo
XVI está listo para redactar su documento, tan sólo nos queda
seguir de nuevo las indicaciones de Iciar para conseguir unos trazos rectos
y seguros. Según éste la pluma debe tomarse con los dedos
pulgar e índice, asentándola sobre el corazón. Este último
debía actuar a modo de freno contra el empuje de los dos primeros.
El cuerpo debía estar recto, el papel perpendicular al borde de
la mesa, y el brazo apoyado sobre la misma.
Finalmente, el trazo debía realizarse
un poco ladeado, mirando cada lengüeta de la punta: la derecha al ángulo
superior derecho y la izquierda al inferior izquierdo. Lógicamente,
estos apuntes a modo de ejemplo no son en absoluto de aceptación universal
y, como cabe esperar, y mucho más en la época que nos ocupa,
los distintos maestros podían usar los estilos más diversos.
No obstante, según el propio Iciar, éstas eran las pautas empleadas
en Roma, donde acudían los mejores escribanos de toda Europa. Aspectos paleográficos
Como podemos observar, el texto de Margliani está escrito en italiano,
usa la humanística cursiva o corriente para la redacción y los
guarismos arábigos para el cifrado. Para buscar los orígenes
de estas características, debemos remontarnos hasta la Edad Media: durante
este periodo se irán introduciendo en Europa los numerales árabes,
gracias a su mayor sencillez a la hora de realizar cálculos irán
ganando terreno sobre los tradicionales números romanos, sobre los que
se mostrarán mucho más rápidos y prácticos. Los
guarismos árabes serán aceptados de inmediato y su uso se generalizará rápidamente,
en el siglo XII ya se encuentran aceptados por toda Europa, sin modificaciones
apreciables hasta nuestros días. No obstante, los numerales romanos
pervivirán mucho más tiempo del que pudiera parecernos, y a pesar
de lo dificultoso de su lectura, no terminarán de desaparecer por completo
hasta la llegada del siglo XVIII. En el período que nos ocupa los numerales
romanos gozan de mayor aceptación y todavía son de uso más
común que los guarismos árabes, no obstante Giovanni usará de éstos últimos
que, en cualquier caso, ya son de uso natural en Europa y están plenamente
aceptados.
Por otra parte, durante la Edad Media, el latín monopolizará la
escritura, mientras en el ámbito oral será desplazado por las
lenguas vulgares. Al mismo tiempo, en el ámbito eclesiástico,
se fue dando forma a la letra visigótica, que sólo perdería
su hegemonía durante el paréntesis regenerador de Carlomagno
y su letra carolina. No obstante, la nueva letra caería en desuso con
el declive del esplendor carolino, y de nuevo, se impondría la letra
visigótica. Varios siglos después se produce la llegada del Renacimiento
y el interés del Humanismo en la lectura de los clásicos y la
regeneración cultural. El redescubrimiento y la lectura de múltiples
códices carolinos que contenían obras clásicas despertará en
los primeros humanistas italianos una gran admiración por la morfología
de la letra carolina, mucho más legible que la enrevesada letra visigótica.
Será F. Petrarca quien, a mediados del siglo XIV, dé comienzo
a la reforma caligráfica introduciendo elementos carolinos en las visigóticas
italianas. Desde entonces, la evolución será imparable: a lo
largo del siglo XV humanistas italianos como Niccolo Niccoli, irán perfeccionando
la obra de Petrarca y transformando paulatinamente la letra visigótica,
insertando elementos de la carolina.
Finalmente, será el florentino
Poggio Bracciolini a mediados del XV quien prescinda definitivamente de la
visigótica dando origen a la llamada letra humanística. No obstante,
el entorno de su nacimiento, junto con las diversas y relativamente nuevas
necesidades de la escritura, llevará a la nueva letra a evolucionar
en diversos tipos. La más fiel a su antecesora carolina será la
llamada humanística redonda o formada, en el lado opuesto de la simplificación
de la gótica de cancillería y el influjo de la nueva humanista
nace la humanística cancilleresca, y finalmente, de la evolución
de la gótica cursiva y también por la influencia de la nueva
letra nace la humanística cursiva, la cual, cuando se realiza deprisa
y descuidadamente, pasa a llamarse humanística corriente. En el caso
que nos ocupa, podemos encontrar los rasgos típicos de la humanística
cursiva, éstos son; a de un solo trazo, d minúscula, f descendente
bajo la línea del renglón, r preferentemente redonda y s alta
y de un solo trazo. Por otra parte, su elaboración descuidada repercute
en la pérdida de uniformidad del texto y en la aparición de un
excesivo número de nexos y encadenados, lo que hace más apropiado
clasificarla como humanística corriente. Como podemos observar, Giovanni
Margliani usa el italiano. Como sabemos, a lo largo de la Edad Media las lenguas
vernáculas se han apoderado del uso común. Con la llegada del
Renacimiento, la revitalización del latín arrastrará también
a las lenguas romance, abriendo debates sobre lo apropiado de usar el latín
(más propio de las elites sociales y el documento escrito) o el vulgar
(más propio de la gente común y el ámbito oral).
Finalmente,
las lenguas vernáculas se impondrán como vehículo de comunicación
común u ordinaria, desplazando al latín. Sin olvidarnos de la
correspondencia intercambiada por los grandes humanistas del momento, el latín
encuentra su principal hueco en la Iglesia, la universidad y en la Corte o,
más concretamente, en el ámbito de la diplomacia internacional,
dado su alcance como idioma universal, conocido en toda Europa. No obstante,
en el documento que nos ocupa, y dada su naturaleza de información secreta,
resulta obvio que es mucho más adecuado el empleo de la lengua vernácula,
peor conocida por el enemigo y por tanto, más segura. En cualquier caso,
el asentamiento y formalización de las lenguas vernáculas es
un hecho. Desde que en 1492 Nebrija editase su Gramática de la lengua
castellana, las lenguas vernáculas inician su largo pero imparable proceso
de institucionalización, codificación y normalización.
Será poco después, en 1525, cuando el cardenal P. Bembo edite
Prose della volgar lingua, la primera codificación de la lengua italiana.
Desde entonces, los manuales, diccionarios y codificaciones de las distintas
lenguas vernáculas proliferan por toda Europa. De este modo, llegados
a finales del siglo XVI, aunque se han dado importantes pasos en la normalización
de la lengua vulgar, ésta todavía sufrirá grandes cambios
e influencias, de modo que en el momento en que nuestra carta es redactada,
no existen todavía unas reglas y una codificación de la lengua
italiana universalmente aceptada por todos. Esto quiere decir que se pueden
encontrar enormes diferencias gramaticales y ortográficas entre los
diversos textos, sin necesidad de que uno sea más correcto que otro,
a modo de ejemplo puede decirse que los numerosos abecedarios que circulan
en la época raramente coinciden en la representación gráfica
de las mismas letras.
De todo lo expuesto podemos encontrar multitud de ejemplos en los
textos que tratamos. En cuanto a los numerales, podemos observar bastante
homogeneidad
en la representación gráfica y, observando que los arábigos,
además de para el texto cifrado, también son usados para fechar
o para indicar cantidades, podemos considerar que están muy familiarizados
con ellos y los usan con normalidad. Como ya se indicó, el texto cuenta
con todos los rasgos característicos de la letra humanística
cursiva, a los cuales ya se hizo referencia con anterioridad. Finalmente, sobre
la pequeña anarquía gramatical y ortográfica, encontramos
también numerosos ejemplos; dobla la s y la t indistintamente en ciertas
palabras, sin seguir un criterio. Sustituye la s por la x de un modo arbitrario,
hace lo mismo con la u y la v, y más raramente con la i y la j. Escribe
las mismas palabras de modos distintos, por ejemplo, embajador (ambaxador o
ambasatore) o señor (signori, segnor o signior). Podríamos enumerar
muchos más ejemplos, no obstante, esto es suficiente para hacer notar
esa falta de normas existente a la hora de realizar el texto. En esta misma
línea, conviene recordar, los distintos dialectos italianos que conviven
en el momento, y al mismo tiempo, la ocupación española de Nápoles.
Como cabe suponer, la repercusión de todo esto en un idioma que aun
no está claramente definido, contribuye en mucho, a aumentar el nivel
de anarquía en la escritura. Cuando tratamos de dirigir nuestro análisis
hacia la estructuración del texto encontramos más motivos de
confusión y desorden en la escritura. Como ya se comentó con
anterioridad, las lenguas vernáculas, a diferencia del latín,
carecían de unas normas previas y universales para su elaboración,
tampoco contaban con una dilatada tradición de escritura como la latina
o griega y por si no fuera suficiente, nacen en un medio netamente oral. De
este modo, el italiano, como el resto de lenguas vernáculas, forja su
estructura a base de oralidad, lo que luego quedará plasmado en la escritura.
En esta misma línea, conviene recordar que en cualquier tipo de escritura
de la época se conservan muchos rasgos de oralidad, independientemente
del idioma en que se escriben [44]. Las estructuras propias del lenguaje oral,
son "trasvasadas" sin más, al texto escrito. De este modo,
se puede decir, literalmente, que el autor está escribiendo lo que habla.
El texto que nos ocupa se convierte en un fiel reflejo de todo lo anteriormente
señalado, en primer lugar, el texto resultante cuenta con un hilo conductor
muy difuso, que en ocasiones, convierte la redacción en una estructura
inconexa. Los rasgos de oralidad se dejan notar con mucha claridad en el análisis
sintáctico del texto, el empleo de fórmulas orales para la escritura,
supone un abuso de la oración coordinada sobre la subordinada; igualmente,
el autor cambia constantemente la narración de un estilo a otro abusando
del indirecto, así como del pronombre personal, omitiendo, en muchos
casos, el sujeto. Esto conlleva una presentación de la información
en plano de igualdad, donde el texto pierde su jerarquía estructural
y se provoca el desorden en la recepción de la información. Por
lo tanto, encontramos un texto mal estructurado, donde la información
no guarda el orden adecuado, si añadimos la falta de un orden gramatical
institucionalizado y de aceptación universal, la composición
del texto puede resultar extremadamente confusa.
Por otra parte, podemos destacar otros aspectos más particulares del
texto que tratamos, analizando el tipo de titulaciones y la propia redacción
del texto encontramos muchos de los rasgos característicos de los textos
de esta época. En primer lugar, en la primera cara de la carta, y encabezando
la redacción, encontramos la cruz cristiana, de origen medieval, y que
durante la época será muy habitual en los textos cristianos.
No obstante, resulta más extraña la carencia de alusiones religiosas
en el resto del documento; esto no hace si no advertirnos del origen laico
de nuestro autor. Por la presentación y la propia redacción del
texto, resulta obvio que fue escrito con descuido, fruto de las prisas por
enviar la noticia cuanto antes, o bien, fruto de la rutina, debido a la numerosa
correspondencia que remitía Giovanni. A pesar de todo, se respetan escrupulosamente,
los encabezamientos y la despedida protocolaria. Además de la ubicación
espacio-temporal, son típicas de esta época las muestras de sumisión
y respeto, más cuando el autor se dirige a un hombre de mayor estatus.
En estas muestras se suele hacer referencia a la fidelidad, un valor muy presente
en estos momentos. Del mismo modo, se suele exaltar y enardecer a la persona
a la que se dirige el mensaje, esto es: mediante la enumeración de sus
titulaciones si las posee, en este caso, secretario de su majestad, o bien,
mediante calificativos como ilustre, magnánimo, V. S.; por ejemplo,
los encabezamientos, ossmo. u osserno. son abreviatura de obsequentissmo, que
puede traducirse como ilustrísimo o excelentísimo. Del mismo
modo, en la despedida se repiten las fórmulas protocolarias, con las
mismas connotaciones del encabezado; son muy frecuentes "besa las manos
de V. S. su humilde (cierto, fiel...) servidor...".
Como conclusión, y con la evidente salvedad del texto cifrado, podemos
afirmar que nuestras epístolas se encuadran a la perfección dentro
de las características propias de la cultura escrita del momento. Clasificación
Las epístolas fruto de nuestro análisis pertenecen a la correspondencia
secreta que intercambian los espías españoles de Estambul con
la Corte de Felipe II. Pueden clasificarse de modo general, como parte de la
correspondencia diplomática del siglo XVI, y desde el punto de vista
de la monarquía española, dentro de los llamados avisos del levante.
Giovanni Marglianni se convierte en el eje principal de la
red de espionaje española, su figura ante los turcos es un tanto difusa, sin ser un embajador
oficialmente, hace las veces de representante del monarca, no obstante, su
principal actividad consiste en el espionaje de la corte Turca. Siguiendo las
pautas de Áude Viaud, en La correspondencia diplomática del siglo
XVI, encontramos que las actividades de Giovanni, encajan a la perfección
dentro de su definición de la correspondencia diplomática del
momento. En la citada definición, interpreta que las tres principales
funciones de un embajador consisten en representar a su soberano, negociar
e informar. Observando el contenido de nuestras epístolas, Margliani,
cumple escrupulosamente estos requisitos: hace de mediador, representante de
Felipe II, es el gran protagonista de la futura tregua de 1.580 y otras de
menor importancia, y por supuesto, informa (espía) sobre la Corte Turca.
Retomando la definición de Viaud, nuestro autor cuenta con unas sólidas
fuentes de información, constituidas principalmente por una importante
red de espías en las mismas entrañas de la Corte turca. Finalmente,
en nuestros textos también podemos comprobar cómo Margliani da
su propia opinión y asesora a la Corte española sobre los asuntos
que está tratando, otra de las funciones claves de los diplomáticos
de la época. De este modo, si bien su posición oficial no está muy
clara de cara a los turcos, los textos en nuestro poder no dejan ningún
lugar a la duda sobre las labores diplomáticas de Margliani, quien encaja
a la perfección dentro del modelo de embajador de la época.
Siguiendo las mismas pautas dadas por Viaud, en nuestras
cartas podemos encontrar muchos rasgos característicos de la correspondencia diplomática
del momento. Nuestra primera carta constituye un buen ejemplo de lo que Viaud
llama informaciones breves, en las que nuestro informador se limita a frases
breves y concisas, que no siguen un hilo narrador muy estructurado. Por otra
parte, nuestra segunda carta puede tomarse como el ejemplo de un asunto de
fondo, en cuanto a la redacción, esto significa narraciones extensas,
con párrafos muy sobrecargados. En la misma línea de análisis
de Viaud, encontramos que Margliani cumple con su obligación de información
constante y muy abundante, incluso llega a sorprender la enorme frecuencia
con la que escribe, basten como ejemplo nuestras dos cartas: la primera se
fecha el 14 de octubre de 1.579, la segunda el 25 de octubre de 1.579, gracias
a su mención en el texto, sabemos de la existencia de cuando menos,
una carta más, fechada el 22 de octubre del mismo año. Las circunstancias
del momento obligaban a los embajadores a mantener una comunicación
fluida, fundamentalmente por dos causas principales: el incierto funcionamiento
del correo (nunca se podía saber con certeza qué día llegaría
la carta, ni siquiera, si ésta había llegado) y también
las enormes distancias a cubrir; en nuestro caso, podríamos estar hablando
de una media de un mes de trayecto, lo que obliga a una gran frecuencia de
envíos, para evitar que la información estuviera obsoleta a su
llegada. Esta misma circunstancia, la necesidad de una gran frecuencia de postas,
influye sin duda en la presentación del texto. Nuestras epístolas
transmiten, además de una gran familiaridad con la información
que está presentando, una rápida sensación de informalidad
y descuido en su elaboración.
No puede resultarnos extraño, puesto
que a la ya citada frecuencia de envíos, debemos añadir
su carácter
funcional y rutinario. De este modo, encontramos muchos indicios de lo
citado en nuestras cartas. Desde el punto de vista estético, y
observando tanto el texto cifrado, como su transcripción contemporánea,
tenemos muchos ejemplos: la propia letra empleada, humanística
corriente, frecuentes tachones y rectificaciones, pérdida clara
del paralelismo y la rectitud de los renglones, falta de homogeneidad
en los tamaños de las cifras
o incluso, la ausencia del margen derecho. Desde el punto de vista de
la redacción
del texto, además de la importante oralidad, ya comentada, encontramos
en líneas generales: falta de encuadre y antecedentes en la descripción
de los hechos [45] o
la carencia de orden en la estructuración del mensaje,
y en aspectos más concretos, la propia posdata que se incluye
en la segunda carta o la omisión del encuadre cronológico
en el encabezado de la segunda.
Para terminar esta pequeña clasificación, abandonamos la línea
de Áude Viaud, más general y más relacionada con la diplomacia
internacional, para centrarnos en la visión de Emilio Sola, más
puntual y más relacionada con los llamados "avisos de levante" [46].
Del mismo modo que sucedía con la definición de Viaud, y sin ánimo
de ahondar más en este aspecto, los textos de Margliani, se pueden encuadrar
a la perfección dentro de esta "literatura de avisos", es
más, son avisos en su estado puro, "avisos oficiales". Según
la definición de Sola, estos avisos son testimonios, información,
datos... sobre el "otro", sobre el enemigo, sobre el Turco. En cierto
modo, estos textos en su raíz recogen oralidad, se forjan en los rumores,
los dichos, los relatos que circulan por los diversos reinos atravesando las
fronteras; son los testimonios de los mercaderes, de los viajeros, aventureros,
cualquiera que haya conocido o sepa algo de aquel "otro". Eran otros
tiempos, y Sola denomina a estos rumores de plaza, muchas veces recogidos en
la literatura del momento, pre-periodismo radiofónico, quizá sea
lo más acertado, puesto que recoge la esencia de todos estos rumores
y noticias del mundo que llegaban a las gentes, a través de la única
radio de su tiempo, el boca a boca.
En este caso, en el de los avisos del levante, nos encontramos
en el ámbito
del Mediterráneo, donde España y Turquía compiten por
su hegemonía desde los comienzos del siglo, se trata por tanto, del
enemigo tradicional, del gran enemigo, el imperio Turco. Estos avisos, sirven
para estudiar y para conocer a ese gran "desconocido", en palabras
de Jesús Ibáñez, se trata "De informarse de..." para
reducir "la incertidumbre de una decisión". Como se puede
comprobar, nuestros textos, son todo un ejemplo de estos avisos, que por su
propia obviedad, no comentaré.
Cuando estas noticias son recogidas en un texto, se da comienzo
a una serie de niveles narrativos, clasificados en función de su autor. En un primer
nivel, estarían encuadradas las cartas, relaciones y testimonios, de
particulares o profesionales que no hacen sino plasmar en papel todas estas
noticias, rumores y avisos de origen oral. Cuando avanzamos a un segundo nivel,
más elaborado, encontramos un autor del que se puede decir que tiene
una verdadera intención de informar, para ello tratará de reforzar
la veracidad y fiabilidad de su información, siendo ellos mismos, su
principal aval. Se trata principalmente de viajeros, de mercaderes "los
que van y vienen", son expertos conocedores de aquello sobre lo que informan
y tratan de reforzar su redacción mediante fórmulas como "Vi
con mis propios ojos" "Me han dicho"... en este caso, el autor
mismo, es el principal valedor de su propia información. Cuando avanzamos
un paso más, encontramos una continuación lógica con el
autor profesional o semi-profesional. En este tercer nivel, se encuadra el
relato cronístico-histórico, su función principal, su
labor, consiste en dar esa información. Las principales diferencias
con el segundo nivel se encuentran principalmente en la documentación
y las fuentes, de mucho más peso en el tercer nivel, y el estilo de
vida. Si los narradores de segundo nivel son gentes relacionadas con el mundo
de la acción y la aventura, donde la literatura es más espontanea
y personal, el tercer nivel cuenta con personajes normalmente anclados en un
escritorio, con acceso y facilidad para las fuentes, donde la redacción
está condicionada por una labor oficial, es una escritura más
práctica y rutinaria. Finalmente, se añadiría un cuarto
nivel, reservado para la creación literaria sin más. Podría
tener mayor o menor grado de información y de fiabilidad, pero en cualquier
caso siempre preponderaría la creación literaria, sobra
su labor de informar.
Atendiendo a esta clasificación, es evidente que de debemos ubicar a
Giovanni Margliani dentro del tercer nivel. Sin poder valorar adecuadamente
su valor literario, la figura de nuestro espía encaja a la perfección
dentro de este tercer nivel narrativo como arquetipo del informador profesional, "todo" un
espía.
Como conclusión, podemos afirmar que nos encontramos ante dos cartas
que cumplen a la perfección con todas las características propias
de literatura de finales del siglo XVI. Para clasificarlas las encuadraríamos
como textos propios de la correspondencia diplomática del momento si
atendemos a su forma, y como avisos del levante si atendemos a su contenido;
dentro de esta clasificación estaríamos ante un tercer nivel
narrativo, atendiendo a su autor.
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[42] Extraído
de la obra La escritura y lo escrito. Paleografía
y diplomática de España y América en
los siglos XVII y XVIII de Vicenta Cortés, pág.
2; quien, a su vez, se basa en textos de contemporáneos.. >
volver
[43] Salvadera.-
Recipiente donde se guardaba el salvado. El salvado consistía
en arena o polvo que se usaba para secar el exceso de tinta. > volver
[44] Historia
de la cultura escrita. Del Próximo Oriente Antiguo
a la sociedad informatizada. Coord. Antonio Castillo Gómez,
pp. 286 – 287. > volver
[45] Con
esto queremos decir que la familiaridad con la que Margliani
expone los hechos, debido a su profundo conocimiento de los
asuntos y la frecuencia de sus postas, está propiciando
que el autor obvie los antecedentes y cualquier tipo de encuadre
de la situación, lo que provoca que a nuestros ojos
la información resulte muy inconexa y confusa. > volver
[46] Para
establecer esta segunda línea de análisis,
nos hemos basado en el extracto; España-Turquía,
del enfrentamiento al análisis mutuo, del propio E.
Sola. Cabe advertir, que este texto, está concebido
desde un punto de vista predominantemente literario. Puesto
que nuestro trabajo está redactado en italiano y para
nosotros resulta imposible evaluar su valor literario, en
este análisis evitaremos entrar en este aspecto. > volver
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El
contenido
En esta última parte vamos a tratar de realizar
un breve comentario sobre el contenido de las cartas. Dada
la excesiva extensión de la segunda carta, y para
facilitar esta labor, nos limitaremos a exponer aquí,
tan sólo, el contenido de la primera, usando la
segunda, para apoyar el comentario o para cuestiones puntuales.
En primer lugar, podemos observar el uso
de la letra humanística corriente,
del italiano como idioma y los numerales árabes para el cifrado, aspectos
holgadamente comentados con anterioridad y sobre los que no volveremos. Inmediatamente
después, nos fijamos en la cifra. Como primera puntualización,
observamos el generoso espacio entre renglón y renglón en la elaboración
del texto cifrado; como es obvio, y se puede observar, responde a la comodidad
del segundo secretario (difícilmente el propio Antonio Pérez) para
transcribir el mensaje descifrado en ese mismo espacio. Esto es sólo un
pequeño matiz sobre las necesidades prácticas de la Corte. El nivel
de información es muy amplio, España posee informadores en todos
los rincones del mundo y del mismo modo que Giovanni Margliani, todos redactan
un importante volumen de documentos, lo que obliga a buscar mayor eficacia, lo
que a su vez explica por sí mismo detalles como el uso de la humanística
corriente, que permite una escritura más veloz, y el poco cuidado por
la forma en general en este documento.
En esta misma línea y comenzando
el análisis del contenido de la propia carta, encontramos en primer lugar
la ubicación espacio-tiempo del emisor de la carta, dato imprescindible
para el receptor de la información. A continuación, el encabezado,
un saludo protocolario, ya comentado, y una alusión a las cartas remitidas
con anterioridad. Este dato es significativo: podemos comprobar la necesidad
de los diplomáticos de encuadrar cronológicamente sus cartas. Esto
responde a dos motivos fundamentales: por una parte, el mal funcionamiento, o
por mejor decir, el incierto funcionamiento del correo, y por otra, las enormes
distancias que se debían recorrer. Debemos tener en cuenta que la deficiente
tecnología de locomoción, que apenas ha mejorado respecto de la
antigüedad, unida a la vasta extensión del imperio español,
plantearán serios problemas logísticos a la monarquía. De
hecho, como media, el tiempo empleado en el trayecto de un correo Estambul-Madrid
podía rondar un mes completo. Si a esto añadimos el riesgo de un
naufragio, de cruzar algún territorio hostil, las inclemencias meteorológicas
y un largo sinfín de posibles riesgos, parece lógico la preocupación
por la fluidez de la información. Para combatir estos problemas, los diplomáticos
debían esmerarse en su labor, como ya hemos visto, en primer lugar, era
su obligación escribir con mucha frecuencia (como dan fe las fechas de
nuestras cartas); si la información era muy importante o corría
el riesgo de ser interceptada por el enemigo, se recurría al cifrado de
la carta, se solía recurrir al envío doble de la misma carta, esto
es, enviar la misma correspondencia por dos vías distintas, con objeto
de asegurar mejor su llegada; finalmente, quedaba la labor de encuadre del diplomático,
esto es, referenciar cada carta con respecto a las demás, con objeto de
advertir algún extravío y facilitar la correlación de
las mismas. Si continuamos con el análisis del contenido, obviando los indicios de
oralidad ya comentados, nos encontramos con la esencia de la carta, el mensaje,
la información. Como podemos ver en esta carta, es muy sencillo, y un
pequeño comentario basta para exponerlo: el embajador Francés se
ha entrevistado con el Bajá y se sospecha que puede estar perjudicando
las negociaciones españolas. Esta es la esencia de la figura de Margliani,
informar; el buen diplomático es aquel que es capaz de controlar la información,
su función consiste en recoger información, analizarla e informar
de aquello que considere necesario. Como es obvio, para tal fin lo esencial son
las fuentes, de hecho, es la pieza principal del entramado de espías al
servicio de España en Estambul. Los hechos futuros, mostrarán a
Giovanni Margliani como un hombre con grandes cualidades para la persuasión
y la prudencia, corroborado por sus éxitos diplomáticos en la consecución
de las treguas. No obstante, si queremos saber cual es el secreto de Margliani,
debemos buscar en su red de espionaje, requisito imprescindible para tener unas
sólidas fuentes de información. Como podemos comprobar en nuestras
cartas, cuenta con el propio doctor personal de del Bajá (Salomón
Natan), intérpretes dentro de la corte (Orambei), gente de la casa de
Euchali... en fin, grandes y poderosos personajes en las mismas entrañas
de su enemigo. Además de su apreciable número, podemos observar
que Margliani no hace referencias, ni pone antecedentes sobre sus informadores,
lo que presupone que se trata de informadores habituales y de buena credibilidad.
Siguiendo por esta línea, observamos que después del primer párrafo,
donde ya ha contado la esencia del mensaje, dedica el resto de la carta, más
de una hoja, a explicar en qué se basa para saberlo. Como ya hemos comprobado
con anterioridad, esto es propio de este tipo de avisos, podemos observar el énfasis
de Margliani en indicar la fiabilidad de su información, para ello, trata
de dar muestras de su veracidad, que consigue mediante espías habituales
y muy cercanos al Bajá, y su verosimilitud, que consigue contrastando
la información coincidente, de las diversas fuentes. Como conclusión,
nuestra carta resulta reveladora, podemos comprobar que Giovanni Margliani dedica
apenas un párrafo para transmitir su mensaje, y a partir de aquí,
dedica el resto de la carta a explicar la procedencia de sus fuentes, a explicar
en qué se ha basado para ofrecer dicha información.
Como es evidente, ser espía es un oficio realmente arriesgado, estás
en la casa de tu enemigo y siempre corres el riesgo de ser traicionado. No obstante,
sus servicios son de un valor incalculable, el conocimiento, el control de la
información, es un importante poder en sí mismo, lo es hoy, quizá más
que nunca, y lo ha sido siempre. De hecho, en la segunda carta de nuestro trabajo,
puede comprobarse cómo Margliani solicita dinero a la Corte para
mantener el cuantioso soborno de tan provechosos personajes. Comparando
sus sobornos con
los honorarios de otros funcionarios de la corona, resulta evidente que
el riesgo se paga a buen precio.
Finalmente, para terminar el comentario
y sin ánimo de entrar en detalles,
conviene hacer una escueta alusión al tema del protocolo. En la segunda
carta podemos observar cómo Margliani advierte de un problema inaceptable
y relacionado con cuestiones de protocolo en la Corte turca. Por otra parte,
aunque de menor trascendencia, también podemos observar, más claramente
en la primera carta, que a pesar de la elaboración poco cuidada y la falta
de formalidad del documento, Giovanni Margliani respeta escrupulosamente el saludo
y la despedida que marca el protocolo. Estos detalles no vienen sino a remarcar
la excepcional importancia de estas cuestiones en aquella época y yendo
un poco más lejos, tal vez más de lo que debiéramos, se
puede extrapolar este problema de protocolo institucional a la propia sociedad
moderna, donde la apariencia, la forma, la imagen, juegan un papel muy importante
en las relaciones sociales y la reputación, el honor y valores
similares.
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BIBLIOGRAFÍA:
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la cultura escrita, del Próximo Oriente antiguo
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Editorial TREA, 2002.
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