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"¿EL UMBRAL DEL IMPERIO?
La dispar fortuna de Hispania y las Columnas
de Hércules en la literatura de época justinianea"

   
   
 
 
II- EL PRINCIPIO DEL OLVIDO
 

Es cierto que la inmensa mayoría de los escritores contemporáneos a Justiniano presentaron de una forma u otra los principios de su política de renovación imperial, ideológica y territorial, e igualmente es cierto que todos ellos recogieron el deseo y el interés imperial de conquistar el Extremo-Occidente del Mediterráneo pues la conquista de esa región tenía un fuerte contenido simbólico ya que suponía alcanzar la puerta del Océano, la puerta por la que el Océano entraba en el Imperio y la que, si era posible, permitiría al Imperio ir más allá [24]. Como sabemos esta aspiración la realizó sólo parcialmente pues su "semi-fracaso" en territorio peninsular hispano -no pudo en ningún momento presentar en triunfo en Constantinopla a ningún rey visigodo vencido, como por el contrario sí hizo con el vándalo y el ostrogodo- debió ser una razón de peso por la cual ya los escritores que le fueron contemporáneos dejaron a la Península Ibérica cada vez más al margen de la "Comunidad Romana" que habría vuelto a recrear Justiniano. Esta marginalidad hispana se hace muy evidente ya desde época de Justino II pero no es totalmente ajena a cronistas, historiadores y poetas contemporáneos de Justiniano, como Juan de Lido, Procopio de Cesarea, Agatías y Pablo Silenciario, amén de Cosmas Indicopleustes, Cirilo de Escitópolis, Juan Malalas o la Crónica Siriaca [25]. Como veremos, la mayor o menor presencia de Hispania en ellos tiene una conexión cronológica indudable y muy relacionada con las complejas circunstancias militares del Imperio; adelantando nuestras conclusiones veremos cómo entre los años cincuenta del siglo VI y principios del VII se produce un efecto de crescendo-decrescendo en la consideración de Hispania en el Oriente de esa época pues en términos cualitativos la nula presencia en Juan de Lido asciende a mínima en Procopio, a máxima con Agatías y Cosmas Indicopleustes (coincidiendo con los primeros años de conquista) para casi a continuación emprender con Pablo Silenciario una ruta descendente hasta volver a desaparecer totalmente del panorama literario y mental del hombre oriental ya a finales del siglo VI.

Juan de Lido es considerado el autor que mejor comprendió la ideología de la política romana de Justiniano; muestra de ello son dos capítulos de su De Magistratibus, donde expone de una forma más o menos detallada cómo este emperador bizantino devolvió a Roma lo que era de Roma [26]. Quizá es por ello por lo que este autor proclamaba claramente cómo las victorias, las triunfantes guerras de Justiniano se habían extendido por todo el Occidente y cómo este emperador fue el primer gobernador del Imperio Romano que después de muchos años dominaba todo el mundo conocido, llegando su poder hasta las orillas del Océano Occidental; de hecho en el pasaje inicial de su libro III refiere expresamente la conquista de Africa (Libia, para ser más exactos) e implícitamente la del Estrecho Gaditano [27].

Ahora bien, ¿podemos extraer de estas referencias que proporciona Juan de Lido alguna conclusión sobre su consideración hacia el extremo-occidente del Mediterráneo, en el todo y en sus partes? Es evidente que Juan de Lido es uno de los muchos autores bizantinos -lo veremos repetidamente- que mantiene vigente la idea de que el Estrecho de Gibraltar es el límite de la tierra romana y por extensión el límite de la ecúmene y que en consecuencia Justiniano ha logrado recuperar para soberanía imperial los límites occidentales del mundo conocido; ahora bien, de las tres áreas de referencia que configuran este extremo-occidente sólo existen para Juan de Lido Africa -o Libia- y el Estrecho; el tercer componente, Hispania, está ausente de cualquier referencia contemporánea, salvo que se pueda comprender una referencia implícita al Sur de la Península Ibérica en el pasaje citado [28]. Hispania sólo está presente en la narración del autor del De Magistratibus en una ocasión y ésta no es de carácter contemporáneo sino que nos remite a un hecho ocurrido hacía aproximadamente una centuria puesto que aparece cuando necesita contextualizar la expedición de Basilisco contra el Reino Vándalo, pero aún así para él la Península Ibérica no es más que un lugar de paso que los vándalos, después de franquear los Pirineos, recorrieron hacia su definitivo asentamiento africano [29]. Comparativamente hablando, es muy significativo comprobar cómo esa "entidad abstracta" que es la Céltica configurada por la zona galo-británica tiene mayor presencia en su obra [30] que una zona ansiada por el emperador como era Hispania; tal vez el recuerdo del área céltica como una de las tradicionales zonas limitaneas del Imperio de los primeros siglos esté detrás de esa opción de Juan de Lido, sin duda un autor caracterizado por su marcado carácter anticuarista [31], mientras que por otra parte parece seguro que si Hispania no tiene mayor presencia en su obra sería debido a que aún no había sido objeto directo de la acción de las tropas justinianeas.

Juan de Lido vivió en la primera mitad del siglo VI, una primera mitad que vio consolidarse el poder visigodo en la Península -con un intermedio ostrogodo incluido- y que conoció también el dominio del pueblo suevo en sus tierras occidentales, sin embargo nada dice de ellos. Por ello quiero concluir que por lo menos para Juan de Lido la Península Ibérica no era a mediados del siglo VI el umbral del Imperio; el umbral de Imperio eran Africa pero sobre todo el Estrecho de Cádiz. La Península Ibérica no es que esté desdibujada sino que para él es prácticamente inexistente; no transmite ninguna imagen de Hispania ni tan siquiera la tradicional de carácter mítico. Es obvio que incluso en el esquema mental de un culto funcionario constantinopolitano, Hispania no ocupaba entonces ni tan siquiera un pequeño lugar entre las tierras romanas antiguas.

Junto al de este funcionario de la corte de Justiniano, contamos con el testimonio de varios otros escritores estrictamente contemporáneos a este emperador como Procopio de Cesarea así como el de otros que en su madurez conocieron los últimos años de su gobierno, entre ellos Cirilo de Escitópolis, Agatías, Cosmas Indicopleustes, Pablo Silenciario, Juan Malalas y el continuador de Zacarías de Mitilene. La política de reconquista del Occidente del Imperio emprendida por Justiniano está presente, de una u otra forma, en sus escritos e igualmente en su inmensa mayoría señalan que el poder del emperador se habría vuelto a extender hasta el extremo occidente del Mediterráneo y con ello hasta la entrada del Océano; en este contexto, como será habitual, difunden, en una suerte de sinécdoque, la idea de que Justiniano "ha recuperado todo el Occidente" omitiendo que su presencia en Hispania sólo era parcial mientras que en Galia era nula. Dado este "tomar el todo por la parte" no resulta extraño que el papel literario de la orilla europea del extremo occidente sea muy pequeño e indica además la perpetuación, mayor en unos que en otros, de la consideración del Estrecho Gaditano como el non plus ultra del Imperio, la culminación en su vertiente territorial del poder imperial.

Ahora bien, aunque la presencia hispana, sean sus tierras, gentes o acontecimientos ocurridos en ella, es en términos generales mínima, no es igual en todos los autores ya que nos encontramos con la ignorancia prácticamente absoluta de Malalas frente a la delicada consideración que como territorio imperial le dan Cosmas Indicopleustes y especialmente Agatías, pasando por la abundancia de referencias geográficas e históricas de Procopio, la visión fundamentalmente oceánica de Pablo Silenciario o el distorsionado recuerdo del testimonio ptolemaico que nos brinda el anónimo continuador de la Historia Eclesiastica de Zacarías de Mitilene.

De entre todos los autores cuyo nombre hemos citado parecería casi obligado comenzar con el análisis de la visión de Procopio del extremo-occidental del Mediterráneo y de Hispania en particular, sin embargo dado que todo depende de la idea cierta del interés de Justiniano por esos territorios, comenzaremos con un breve pasaje que Cirilo de Escitópolis incluye en su Vita Sabae.
En dos amplios pasajes de esta obra hagiográfica, Cirilo de Escitópolis sitúa a su protagonista, San Sabas, comentando las intenciones de conquista del Emperador; escribiendo Cirilo en los años cincuenta del siglo VI sobre acontecimientos ocurridos veinte años atrás le es muy fácil hacer predecir a su protagonista que el emperador añadiría a su Imperio Africa, Roma y todo el resto del Imperio de Honorio [32] en tanto en cuanto ya se habían recuperado los dos primeros. El resto del Imperio de Honorio era fundamentalmente Galia e Hispania, por lo tanto es ésta una referencia implícita a ambos territorios como objeto de deseo de Justiniano. Curiosamente no enumera estos dos antiguos territorios imperiales sin duda porque al tratarse, supuestamente, de una predicción que debería cumplirse, Cirilo no podía arriesgarse a indicar más territorios que los ya conquistados, y en aquel entonces la campaña de Hispania estaría sólo en ciernes mientras que la de Galia estaría, de existir, muy lejana. Es más, en un pasaje inmediatamente posterior confirma por supuesto la reconquista de importantes regiones mediterráneas como son Africa e Italia, la llegada de sus gobernantes respectivos, Gelimer y Vitiges, a Constantinopla y concluye que con ello Justiniano reconquistó para el Imperio la mitad de la tierra y el mar y que liberó todo el Occidente de la esclavitud a la que lo habían sometido esos usurpadores arrianos [33]. Al igual que ha hecho Juan de Lido y al igual que harán otros en períodos posteriores, la conquista de esos dos grandes territorios occidentales como eran Africa e Italia, uno en la orilla meridional del Mediterráneo y otro en la septentrional, lleva a Cirilo de Escitópolis a ampliar -falseando la realidad política de aquellos años- el dominio de Justiniano a "todo el Occidente", eludiendo así su ausencia en Galia e Hispania, amén por supuesto de Britania.

Ahora bien, sin mencionar expresamente a Hispania, Cirilo nos demuestra su conocimiento de la situación política del Occidente del Imperio, incluida la de la Península Ibérica. A continuación del pasaje que acabo de citar, comenta que Justiniano, además de recuperar estos territorios, logrará anular de Occidente la herejía arriana, porque en esa época, los godos, visigodos, vándalos y gépidos, que eran arrianos, estaban dominando el Oeste [34]. Casi desde principios del siglo VI debe identificarse al pueblo visigodo con el territorio peninsular hispano, en consecuencia es evidente que tras esa mención a los visigodos se encuentra una clara y contemporánea conciencia en Oriente -concretamente en Egipto pues allí escribía el hagiógrafo de San Sabas- de la situación política hispana, donde los visigodos, que eran arrianos, estaban haciéndose fuertes.

La orilla africana del Mediterráneo tiene, como es lógico, todo el protagonismo en la Guerra Vándala de Procopio de Cesarea. En su obra esa orilla africana del Estrecho, por cierto que en torno a Septem, es el límite del Imperio de Justiniano, además es, como encontramos en De Aedificiis, el "umbral del Imperio" [35] y significa que el emperador ha alcanzado el límite occidental de la ecúmene, que se continúa identificando, como se había hecho desde antiguo, con el extremo occidente del Mediterráneo y con las tierras a las que bañan sus aguas [36]. Por todas estas razones la vertiente africana del Estrecho y el Estrecho en sí son muy importantes en la obra de Procopio, más incluso que el territorio africano-vándalo en sí, visto desde una perspectiva ideológica; sin embargo, pienso que debido a que cuando escribió su obra las tropas bizantinas aún no habían entrado físicamente en territorio continental hispano [37], la Península Ibérica e incluso la orilla europea del Estrecho de Cádiz reciben de Procopio un tratamiento cuanto menos peculiar.

La lectura de la obra completa de este autor revela la existencia de numerosas referencias al Estrecho Gaditano y a Hispania, e igualmente son también considerables, aunque repito que peculiares en su naturaleza, aquellos pasajes en los que aparece citado el pueblo germano que en la época en la que vivió Procopio controlaba gran parte de la Península Ibérica, el visigodo. Estas referencias son de diversa naturaleza, aunque pueden resumirse en las de naturaleza etnográfica, aunque muy escasas; en aquellas que aportan una visión histórica de la Península, bien sea de carácter anticuarista bien de carácter contemporáneo, y por último en las de carácter geográfico, en las que se distingue perfectamente bien su muy distinta consideración hacia el Estrecho y las islas Baleares frente a la Península Ibérica en sí.

La gran mayoría de las referencias de Procopio a lo que hoy conocemos como Estrecho de Gibraltar así como a la Península Ibérica se encuentran dentro de sus bien conocidas digresiones geográficas y etnográficas, objeto de numerosos estudios y análisis [38], pero son también numerosas las que se encuentran repartidas por toda la obra; las más significativas son las que componen los parágrafos iniciales de La Guerra Vándala así como el capítulo XII del primer libro de La Guerra Gótica [39], predominando en ambas las alusiones a Gadeira [40], refiriéndose con ello al Estrecho en particular, en consonancia de este modo con la geografía greco-romana que lo asociaba normalmente al nombre de Gadeira.

Procopio incluye también algunos datos más concretos referidos al Estrecho en sí y a las Columnas africana e hispana respectivamente; así, por citar únicamente los datos más significativos, encontramos además de la monótona y constante explicación de que ese es el punto extremo de la ecúmene y del Imperio Romano, lugar por donde entra el Océano en el Mar Mediterráneo [41]-refiere también la dirección de la corriente marítima desde Occidente a Oriente-, una alusión a que esa entrada es la que separa el continente europeo del que en ocasiones llama Libia o Africa y en otras Asia [42], la amplitud del Estrecho en su punto medio -ochenta y cuatro estadios- así como los días de viaje entre esta zona y el Ponto Euxino según se opte por uno u otro recorrido [43]. Alude, por supuesto, a las dos columnas de Hércules aunque se limita generalmente a bautizarlas como la "africana" o "meridional" y la "europea" o "septentrional" respectivamente, no citando en ninguna ocasión los nombres con los que eran y son conocidas desde antiguo, Abila la africana, y Calpe la hispana [44].

De todas formas, y dentro de esta simplificación en su tratamiento de las Columnas de Hércules, la atención prestada a la africana es considerablemente mayor que la otorgada a su homónima hispana. Es cierto que no conoce el nombre de la Columna africana pero alude a un topónimo de la orilla meridional del Estrecho, Septem, del que comenta tanto su cercanía a la Columna o su ubicación en ella como su carácter de fortaleza, la actividad edilicia de Justiniano en ella -es en este contexto en el que aparece Septem relacionado con el "umbral del Imperio- o la etimología de este topónimo [45]. La razón de estos amplios comentarios de Procopio debe buscarse en la conquista real de Septem hecha por los soldados bizantinos destacados en Africa al mando de Belisario en el año 533 d. C. Este mismo es el motivo por el que las islas Baleares, Mallorca, Menorca e Ibiza, aparecen ubicadas con precisión: dentro del Estrecho, en el mar común y concretamente en una parte de éste que califica de sin duda con el significado de "parte delantera o anterior" del Mediterráneo [46].

La columna de Hércules hispana es citada individualmente en una sóla ocasión pero no se trata ni tan siquiera de una referencia directa ya que Procopio habla de una de las dos columnas de Hércules; es la lectura del contexto en el que está incluida la referencia -el inicio de la descripción del territorio europeo que correspondió a Honorio tras la Divisio Imperii teodosiana- la que confirma que está refiriendo a la hispana y europea [47]. En otra ocasión, concretamente al relatar la fracasada expedición de Mayoriano a Africa, le hace dirigirse a las Columnas de Heracles con la intención de cruzar el estrecho en ese punto y después continuar la marcha desde allí hasta Cartago por tierra [48], siendo evidente que se trata de la columna hispana aunque en ningún momento hable de ella ni de su ubicación en la Península o de que Mayoriano deba atravesar esa región para llegar a las Columnas [49].

Si en la obra de Procopio está prácticamente ausente la orilla hispana del Estrecho Gaditano, que dado el contexto de la Guerra Vándala sería el que más le interesaría, Hispania en su conjunto y como entidad geográfica recibe un tratamiento similar, a pesar de que la califica no sólo como la primera tierra europea cuando la descripción se inicia en la zona por la que entra el Océano en el Mediterráneo[50] sino que, como él mismo reconoce, Hispania es la primera tierra del Imperio Romano en la orilla del Océano [51].

Encontramos únicamente un pasaje en el que se habla de alguna otra característica geográfica de Hispania que no sea su relación con el Océano o con su cercanía a Libia [52]. Se trata de Bella V, xii, 3 -en una de las digresiones habituales de Procopio, esta vez tomando como excusa la narración de la conquista franca de Galia-, donde comenta la ubicación de Hispania en el conjunto del Mediterráneo romano. En este pasaje, Procopio comienza orientando al lector sobre la forma que tiene el inicio de Europa por el Océano -la cita es exactamente así ya que no habla de Hispania hasta la frase siguiente-; el elemento que utiliza para lograr esa orientación es la comparación/equiparación de la forma de "ese inicio de Europa" con la que tiene el Peloponeso, mejor conocido de sus lectores [53], para luego continuar concretando el nombre de ese área similar a la península helénica, esto es Hispania [54], y concluir indicando que ésta se extiende hasta los Pirineos, que son epitetados como "alpes" ya que los hombres de esa región acostumbran a llamar 'alpes' a este estrecho y cerrado paso [55]; como es sabido, en la Antigüedad el término "alpes" era aplicado como orónimo a varios sistemas montañosos, fundamentalmente éste de los Pirineos [56].

Están presentes también otras referencias a algún aspecto concreto de la geografía península hispana, particularmente de la geografía litoral, pero sólo con una función de orientación de la ubicación de otras áreas o regiones; éste es por ejemplo el caso de la comparación con Galia, de la que dice que es más amplia que Hispania, que aquí es calificada como una estrecha península [57], o cuando es utilizada para explicar la diferente ubicación de Britania, situada según Procopio hacia el Occidente el línea con el límite más extremo de Hispania [58]- y a unos cuatrocientos estadios de distancia, respecto de Brittia, situada al Norte de Hispania y Britania [59].

En los capítulos propiamente de narración histórica, Procopio sólo se muestra interesado por la historia del Imperio Romano, al menos en lo que se refiere a su Pars Occidentis, del período posterior a la Divisio Imperii teodosiana y a la invasión efectiva de pueblos bárbaros en las tierras del Imperio [60]. Ello se hace muy evidente cuando al comenzar su narración de la Guerra Vándala presenta al Imperio ya dividido entre las tierras que correspondieron a Arcadio y las que correspondieron a Honorio, para comentar inmediatamente después el modo en que ambas partes se vieron afectadas por esas invasiones germánicas [61]. Por esta razón y exceptuando las referencias etnográficas al origen de los hérulos o a la salida del conglomerado de pueblos godos desde las tierras septentrionales, apenas encontramos más que vagas referencias al origen de la población que habitaba Italia, Galia o Hispania o a la situación política anterior a esa división de Teodosio. La presentación que Procopio hace de la Hispania teodosiana no puede ser más sencilla: es una tierra completamente romana –...Hispania, es la primera provincia del Imperio Occidental a partir del océano [62]- dominada por hispanos [63].
La Hispania anterior a su propia época sólo aparece en Procopio como campo de operaciones de vándalos primero y de ostrogodos después, siendo el pueblo visigodo una mera comparsa de ambos. Vista en el conjunto de la narración de la Guerra Vándala y de la Guerra Gótica, Hispania aparece simplemente como la primera y efímera área de asentamiento del pueblo vándalo [64], ocupada casi a continuación por el pueblo visigodo [65] y escenario estático del control ostrogodo sobre el Reino Visigodo [66]. Unicamente aparecen un mayor número de acontecimientos referentes a la Península Ibérica cuando se comenta el papel ejercido por Teudis en los conflictos vándalo y ostrogodo del Imperio; la referencia a su firmeza ante las pretensiones de Teodorico -contexto en el que se menciona la existencia de grandes propietarios hispanos [67]- y su inhibición ante la petición de ayuda vándala presenta a un monarca visigodo establecido ya en Hispania y que tiene algo que decir en el concierto internacional del Mediterráneo Occidental de la primera mitad del siglo VI [68].

Procopio conoce por lo tanto de una forma más o menos detallada la situación política interna del mundo visigodo de las primeras décadas del siglo VI, su propia época, pero sólo introduce estos comentarios por mor de su necesidad de relatar la historia ostrogoda a la que la visigoda está en aquella época irresolublemente unida [69] pues no parece conocer o realmente no le interesa el grado de control visigodo sobre territorio peninsular hispano. Es sintomático que en ningún momento se ocupe de la soberanía sueva sobre parte de Hispania y aún lo es más que desconozca el lugar de Hispania al que se dirigieron los embajadores vándalos para entrevistarse con Teudis; nuestro autor zanja la cuestión con un ...tras desembarcar aquéllos en el continente, después de cruzar el estrecho de Cádiz, encontraron a Teudis en un lugar situado lejos del mar [70].

Leyendo a Procopio nadie podría decir que Hispania era una de las tierras a recuperar por Justiniano [71]. Ningún topónimo, hidrónimo ni orónimo peninsular -a excepción de los Pirineos- es citado; ningún suceso particular de vándalos y visigodos en territorio hispano es incluido. La única imagen histórica que Procopio transmite de Hispania es, en mi opinión, la de una tierra que en tiempos anteriores fue romana y que ahora es el último refugio del pueblo visigodo. También para Procopio la conquista de Africa e Italia suponía el dominio romano de todo Occidente [72]; Galia e Hispania eran ignoradas, y como tal, la imagen que de ellas se daba era absolutamente tenue, siendo únicamente el Estrecho Gaditano el que continuaría conservando su fuerte carga ideológica. Se llega en el caso de Procopio a una conclusión similar a la elaborada para Juan de Lido en tanto en cuanto Hispania fue tierra romana pero ya no lo es y consecuentemente puesto que aún no ha vuelto a entrar en la jerarquía de territorios imperiales y apenas inquieta al Imperio, no se ha convertido aún en área que llame la atención al hombre de Oriente.

Tanto Cosmas Indicopleustes como Agatías conocen ya los intentos de conquista de Justiniano en suelo hispano; las consecuencias de este intento son recogidas por ambos escritores -los únicos que así lo hacen-. Cierto es que el emperador no venció completamente al Reino Visigodo y que por ello no controlaba la Península pero es su evidente control sobre la orilla hispana del Estrecho el que es recogido por ambos para proyectar los logros extremo-occidentales de Justiniano y hablar de la soberanía imperial sobre tierras hispanas así como nuevamente de la identificación entre límite de la ecúmene y límite del territorio romano. Ello les hace profundizar más en el carácter neo-romano de Hispania amén de su ubicación geográfica.

Dado el carácter de narración histórica que tiene la obra Historiarum Libri Quinque de Agatías, más si cabe teniendo en cuenta que se trata de una continuación de la obra de Procopio y que la época que abarca es 552-558, precisamente los años de la conquista bizantina de la Península, sería lógico encontrar alguna referencia a Hispania en relación a su renovada soberanía imperial, sin embargo defrauda enormemente en este sentido la obra histórica de Agatías porque aunque es cierto que Hispania está presente en ella, su aparición es simplemente la de una región ya conquistada y con soldados imperiales establecidos en ella [73]. En otro contexto valoramos muy positivamente este dato ya que es el único documento de origen oriental que nos habla de soldados bizantinos en tierras peninsulares en aquellos años justinianeos [74], pero ante el análisis de qué imagen de la Península se tenía o se daba en Oriente en el siglo VI, la conclusión no puede ser más negativa ya que realmente nada se dice de ella.

Mención aparte merece la referencia que Agatías hace a la zona cántabra. Una alusión a la recurrencia de la naturaleza a provocar desastres, tipo terremotos, que son subsanados con sucesivas reconstrucciones y repoblaciones, sirve de introducción a este autor para una digresión interna, la historia de Tralles del Menandro, que ilustra la secuencia de destrucción y recuperación de la ciudad. Tralles fue destruida en época de Augusto pero restaurada después de que un campesino local, Queremón, solicitara la ayuda imperial. Nos dice Agatías que éste acudió en pos de Augusto que estaba "en la tierra de los cántabros, en las mismas orillas del Océano" [75], y reproduce a continuación el texto de una inscripción que leyó en una estatua que la ciudad había erigido a su héroe en señal de agradecimiento:
[76]

Nada dice el epigrama de la ubicación del pueblo cántabro en el conjunto del orbis romanus de Augusto; es personalmente Agatías el que concreta su ubicación al situarlos más allá de Roma y en los confines del Océano [77]. Las Guerras Cántabras son un episodio bien conocido y profusamente narrado de la Historia de Roma, por lo que Agatías, hombre culto -como demostró sobradamente en su obra histórica y poética-, pudo documentarse sobre ello, pero es especialmente interesante comprobar nuevamente el recurso a la tradicional identificación entre Hispania, extremo de la ecúmene y Océano, sobre todo porque nuestro autor volverá a utilizarlo en su obra poética.

Autores como Av. Cameron y P. Brown presentan a un Agatías casi por completo desinteresado por los asuntos occidentales y ello a pesar de ser evidente que parte de su obra histórica está dedicada a la contienda itálica; los errores geográficos sobre Italia son la clave de la opinión de ambos [78]. Desde este punto de vista la escasa presencia de Hispania en su narración abunda en la idea del desinterés occidental de Agatías, sin embargo, no puede juzgarse la imagen occidental que proporciona este autor únicamente desde la perspectiva de sus Historiarum Libri Quinque ya que las directas alusiones a Occidente -incluso a regiones determinadas- en su aportación a la Anthologia Palatina obliga a matizar la presentación que se ha hecho de Agatías como un autor totalmente indiferente a la política occidental del Imperio [79]. Por ello es mucho más significativa para nuestro propósito la lectura del Prefacio con el que Agatías introduce su Ciclo -incluido en la Anthologia Palatina- [80]; y aún resulta más satisfactoria cuando se analiza conjuntamente con ciertos pasajes de la compleja y teológico-filosófica Topographia Christiana del nestoriano Cosmas Indicopleustes -contemporáneo de Agatías [81]- que a su vez debe ser leída junto con De Opificio Mundi de su rival y contemporáneo, el alejandrino y monofisita Juan Filoponos que la redactaría c. 553 [82].

El primero, Agatías, independientemente de la época en la que redactara ese "elogio al Emperador" que es el Prefacio [83], habla de la extensión del territorio del Imperio de su época; recoge por lo tanto los resultados de la actividad militar de Justiniano [84]. El segundo, Cosmas Indicopleustes, refiere la romanidad del Mediterráneo desde Gadeira [85], esto es el Estrecho y recoge además buena parte del ideario cristiano del emperador, lo mismo que hace Juan Filoponos, si bien defendiendo Cosmas que la Tierra tenía forma rectangular y Juan la esfericidad de la misma. En todos ellos encontramos referencias al Extremo Occidente del Mediterráneo en el todo o en su parte; especialmente en Agatías y Cosmas Indicopleustes está presente la referencia a la neo-romanidad del Extremo Occidente, Hispania incluida [86].

Predomina en ellos la referencia a Gadeira, que vista en el contexto de la cita hace siempre alusión al Estrecho de Gibraltar y nunca a la ciudad de Cádiz; ahora bien, tanto Cosmas como Agatías no parecen interpretar el Estrecho únicamente como un todo indivisible sino también con una orilla hispana y otra africana con personalidad propia.

Así Cosmas procede a indicar la distancia desde China, a la que sitúa en los confines (orientales) de la Tierra, esto es en el Océano Oriental [87], hasta Gadeira, que está situada sobre el Océano Occidental (sic), atravesando en su recorrido de uno a otro extremo de la Tierra lo que es territorio asiático y europeo -de China al país de los hunos, Bactria, Persia, Nisibe, Seleucia, Roma, el país de los galos y el país de los íberos hasta llegar a Gadeira- [88], lo que sin duda es una alusión concreta a la distancia entre China y la columna hispana del Estrecho. De la misma forma, cuando procede a indicar la amplia representación del cristianismo en la Tierra traza dos recorridos: el primer itinerario es el que discurre por la zona septentrional paralela al Mediterráneo ya que atraviesa Cilicia, Capadocia, Lazica, Ponto, Escitia, las regiones de los hérulos y de los búlgaros, la zona helénica, Iliria, Dalmacia, el país de los godos, de los hispanos, de los romanos, de los francos hasta llegar a Gadeira, situada sobre el Océano, en una nueva referencia por lo tanto a la región extremo-occidental europea [89]; y el segundo por las tierras al sur del Mediterráneo, esto es, Etiopía-Axum, Arabia Feliz, Palestina, Siria, Egipto, Libia, Pentápolis y Africa hasta llegar a Mauritania en Gadeira [90], en una referencia evidente a la columna africana del Estrecho. Por su parte Agatías habla de los territorios occidentales dominados por el emperador pero éstos no se refieren únicamente a Africa sino quie para éste también se inician en Gadeira, en el estrecho de Iberia, y llegan hasta la oceánide Tule amén por supuesto de Roma [91]; por lo tanto su enumeración se inicia en la orilla hispana del Estrecho y llega hasta el extremo septentrional de la ecúmene. Y de la misma forma difunde la idea de que todo el Imperio, incluido el extremo occidente del mundo conocido respira en paz porque es posible llegar a las columnas de Hércules y desembarcar en la costa hispana sin temor a ser atacado por alguien ajeno al Imperio, al igual que es posible alcanzar Libia y penetrar profundamente en ella [92]. Concluye Agatías con un desideratum que se encuentra ya en las novellae de Justiniano y en un pasaje de Procopio: la esperanza que los mortales puedan ir más allá del Estrecho [93], jugando nuevamente a abrir los límites del mundo. En todos ellos está bien definida la existencia de dos orillas en el Estrecho, la europea hispana y la africana mauritana; en ellos está bien presente que el Imperio tiene soberanía en ambas, no sólo en la africana sino también en la hispana. Para todos ellos en definitiva, en aquel momento la última tierra visitable era el Extremo Occidente del Mediterráneo, con Africa e Hispania; integraban lo que Cosmas denomina la Romanidad que se iniciaba en Gadeira [94]. Es cierto que efímeramente, apenas una década, pero es innegable que en la última década del gobierno de Justiniano, precisamente la de la conquista de Hispania, este territorio subió algunos escalones en la jerarquización territorial del Imperio hecha por el hombre bizantino.

Otro aspecto que llama la atención en Cosmas Indicopleustes, Agatías y Juan Filoponos son los nombres con los que se refieren a la tierra hispana o a sus gentes.

En un período poco anterior a la conquista del Reino Vándalo por parte de Justiniano, Hierocles compuso su Synekdemos, documento de carácter civil y administrativo que trataba de ser una enumeración de las antiguas diócesis, provincias y ciudades del Imperio Romano; entre ellas aparece [95]. Al parecer la fuente de información de Hierocles pudo ser un documento oficial del Imperio[96] de ahí que haya que pensar que con la denominación (o según otros manuscritos) se refiriera al nombre oficial dado por el Imperio Romano a esta diócesis o provincia. Este aspecto quedaría confirmado si tenemos en cuenta que a finales del siglo VI, Jorge de Chipre en su Descriptio Orbis Romani -que también utiliza un documento oficial- denomina Spaniva a la parte peninsular integrante de la Eparquía Mauritania II [97].

Esteban de Bizancio que escribió sus Ethnika seguramente también a principios del reinado de Justiniano, esto es en los años treinta del siglo VI [98], consideró oportuno recordar en uno de los capítulos de su obra la existencia de dos regiones del mundo conocido llamadas una de ellas localizada en las Columnas de Hércules y otra cerca del Imperio Persa [99]. Es conocida la utilización por parte de Esteban de las obras de Artemidoro, Posidonio o Estrabón, entre otros muchos autores de la Antigüedad Clásica; siguiendo al primero, Artemidoro, indica que la Iberia de las Columnas de Hércules e Hispania tienen la misma acepción [100], reflexión que vuelve a repetir en un capítulo posterior cuando habla de [101].

Ya hemos visto cómo en Procopio todas las referencias son a "Hispania" o a "hispanos" sin que cuando aparezca "Iberia" tenga ésta ninguna relación con la Península Ibérica y sí con la región homónima de la orilla oriental y suroriental del Mar Negro. Por lo que se refiere a los autores que nos ocupan ahora, Agatías, Cosmas Indicopleustes amén de Juan Filoponos, nos encontramos con un panorama un tanto ecléctico.

Todas las referencias a Iberia en Historiarum Libri Quinque de Agatías se concretan en acontecimientos de la región de ese nombre en la zona póntica, mientras que la única referencia a la Península Ibérica que encontramos en esa obra aparece consignada bajo la forma [102]. Contrariamente a lo que cabría esperar, está totalmente ausente de su Ekphrasis imperial pues las varias referencias que encontramos a nuestra región extremo-occidental en este poema de la Anthologia Palatina son o bien "Iberia" o bien "arenas íberas" [103].

En ningún momento de esa composición poética establece Agatías la correspondencia entre Iberia e Hispania; podría pensarse que fueron razones puramente poéticas las que le llevaron a optar por Iberia siendo suficiente el contexto en el que están incluidas -citas a Hesperia, a Gadeira, a las Columnas de Hércules- para orientar al público al que fuera destinada la composición, pero de ello también deduzco que aún siendo evidente que la Iberia por excelencia del público de Constantinopla y de Oriente en sí era la de la zona póntica, no se había olvidado totalmente que también ese territorio extremo-occidental del Mediterráneo, que oficialmente se había llamado Hispania y que se volvería a denominar así, también había sido conocido como Iberia. Sin embargo en el ambiente del siglo VI, concretamente en su mitad, era preciso contextualizar la cita con referencias directas o indirectas al extremo-occidente. Tal conclusión creo que se confirma cuando otros contemporáneos suyos hacen el mismo uso; pongo por caso al ya citado Juan Filoponos en su De Opificio Mundi cuando habla de en un contexto con amplias referencias al "Mar de Hesperia" y a Gadeira [104], y por supuesto a Cosmas Indicopleustes que introduce su primera referencia a las gentes que poblaban estas tierra bajo el nombre de iberos, siempre indisolublemente vinculado a Gadeira [105].

No se queda Cosmas en esta alusión a Iberia sino que proporciona una ulterior explicación; al igual que ocurre con los casos anteriores, la referencia a Iberia dentro del contexto hispánico, concretamente a Gadeira, hubiera sido suficientemente orientativa, sin embargo nuestro autor cree necesario completar su alusión a Iberia con un [106]. A mi modo de ver, la denominación oficial y posiblemente la más difundida en Oriente debía ser la de y no la de , siendo éste posiblemente un arcaísmo que difícilmente remitiría en el siglo VI en primer término a la Península Ibérica -pues recordemos la cercanía y la importancia estratégica de la Iberia póntica en el mundo oriental de la Antigüedad Tardía- a no ser en un determinado y específico contexto. De hecho, cuando más adelante Cosmas vuelve a ocuparse del pueblo de estas tierras no habla de íberos sino exclusivamente de hispanos, [107].

Precisamente esta última referencia a en la obra de Cosmas aún nos aporta un dato más para reflexionar sobre la imagen que de la Península Ibérica se tenía en el Imperio de Justiniano. En aquellos momentos en estas tierras estaban establecidos suevos y visigodos amén por supuesto de la "autóctona población hispano-romana", de ahí que sea necesario determinar qué población está detrás de esa referencia de Cosmas a los hispanos.

Los hispanos son incluidos por Cosmas entre aquellos pueblos que han sido cristianizados, helenos, iliricos, dálmatas, godos, hispanos, romanos y francos [108]; enumeraciones similares de pueblos convertidos son habituales en la literatura cristiana de la Antigüedad [109], pero aquí en este pasaje de Cosmas sorprende la mención a "romaioi". En toda su obra, excepto cuando alude a la epístola paulina a los romanos, Romaîos / Romanus se refiere siempre al Imperio Romano en general, aplicado a los acontecimientos desde época de Augusto [110] hasta su propia época [111]; es más, el Mediterráneo es llamado "Golfo Romano" [112]. Sin embargo, el que en esta ocasión considere a los helenos como pueblo distinto a los romanos lleva a pensar que está haciendo referencia a la población ítalo-romana; este aspecto se entiende bien si tenemos en cuenta que cuando enumera los pueblos cristianizados del Sur del Mediterráneo, incluye áreas totalmente imperiales como Egipto, Siria o Palestina. En consecuencia, si con romanos alude a los ítalo-romanos, con hispanos hace referencia, en mi opinión, a los hispano-romanos, englobando la mención a godos a todos aquellos pueblos de ese origen, fundamentalmente visigodos y ostrogodos, a los que ya Procopio considera naciones de una misma raza goda que en nada se distinguían excepto en el nombre [113].

La de Agatías y Cosmas es la época dorada de Hispania y el Estrecho en el Oriente tardoantiguo de los últimos tiempos; estas tierras tenían presencia y entidad oficial, sin embargo esa época dorada será efímera tal como iremos gradualmente comprobando en los autores que vamos a analizar a continuación.
Pablo Silenciario, Malalas y la Crónica Siríaca, obra del continuador y epitomador de la Historia Eclesiástica de Zacarías de Mitilene, completan nuestro itinerario por las obras de autores que estuvieron más o menos vinculados a la obra justinianea; los tres conocieron los últimos años de Justiniano y al menos dos de ellos, Malalas y el continuador de Zacarías de Mitilene, vivieron el inicio del derrumbe del edificio romano construido por ese emperador en todo el Mediterráneo Occidental. Su reflejo en sus obras es muy esclarecedor e ilustra el modo tan significativo y rápido en cómo Oriente fue olvidándose cada vez más de la mitad occidental del antiguo Imperio Romano, más si cabe aún de Hispania [114].

Pablo Silenciario con la elogiosa mención a la actividad imperial en su Ekphrasis sobre Santa Sofía pero con su larvada crítica final a la vertiente occidente de la política de Justiniano representa posiblemente la transición entre el momento vivido por Agatías y Cosmas Indicopleustes cuando las victorias occidentales aún son recientes, y el que conocerán Malalas y el autor de la Crónica Siríaca para quienes son ya remotos y gravosos recuerdos [115]. En su elogio a la reconstrucción de Santa Sofía tras el colapso sufrido en 558, escrito en 563 [116], Pablo Silenciario aprovecha para alabar los otros "nuevos edificios romanos" que había construido Justiniano, esto es, la extensión de la Romanidad hasta los extremos del orbe [117], pues en varios versos de su poema hace referencia a los triunfos que el emperador ha logrado en Hesperia [118]. Dado que como es sabido Hesperia puede aludir a todo el Occidente o, en un significado más concreto, a Italia y dado que ello es muy importante en mi intención de analizar la atención prestada al Extremo Occidente en las orillas orientales del Mediterráneo en la segunda mitad del siglo VI, es preciso concretar el significado de Hesperia en la obra de Pablo Silenciario.

Nuestro autor refiere repetidamente las victorias de Justiniano en tierras africanas [119] mientras que en ningún momento menciona a Italia en sí ya que habla de la Roma tiberina o latina [120], e introduce a continuación y en varias ocasiones derivaciones evidentes del programa de la Renovatio Imperii de Justiniano: además de vínculos entre la "Roma Latina" y la "Nueva Roma" [121], encontramos afirmaciones tales como que su Imperio llega no sólo hasta el Océano [122] sino que incluso rebasa el punto en el que el sinus romanus y el Océano establecen contacto por Occidente [123]. Estos pasajes aparecen vinculados en el poema al vocablo Hesperia, de ahí que en mi opinión haya que entender que con él se está haciendo alusión al Occidente en su globalidad, y en todo caso a las orillas europeas del Mediterráneo Occidental, esto es Italia e Hispania y no únicamente a la primera, a Italia [124].

Es cierto que Italia había vuelto a engrosar el número de territorios imperiales desde los años treinta pero ahora, c. 563 que es cuando se establece la fecha de composición de este poema, los asuntos itálicos del Imperio no son todo lo felices que pudieran ser, ya que casi aún no ha concluido el conflicto ostrogodo cuando la amenaza lombarda de invasión comienza a ser algo peligrosamente real. Similar situación es la que se ha vivido en la Península Ibérica donde ciertamente se tiene soberanía territorial pero en la que no sólo no se ha vencido completamente a los visigodos sino que se han visto obligados a establecer con ellos un tratado de soberanía territorial [125]. Son estas razones, los momentos por los que estaba atravesando el control de Justiniano sobre territorio europeo occidental, las que tal vez llevaron a Pablo Silenciario a "silenciar" toda referencia a la situación itálica o hispánica, contentándose con evidenciar un hecho cierto que hay que anotar en el haber de Justiniano: su control de todo el Mediterráneo y de las orillas oceánicas que contactaban con él. Es precisamente en este punto donde nosotros vemos una referencia, ciertamente indirecta pero referencia al fin y al cabo, a la soberanía imperial sobre la orilla hispana del Estrecho de Gibraltar [126].

De todo lo que acabo de exponer se hace evidente que Hispania está prácticamente ausente de este elogioso poema en la actividad de Justiniano; ninguna referencia a Iberia o a Hispania mientras que tan sólo hemos encontrado una de carácter indirecto a la orilla peninsular del Estrecho en su vertiente oceánica. No existe ninguna imagen de Hispania en la obra de Pablo Silenciario [127], de lo que puede deducirse que a los súbditos orientales de Justiniano en aquellos años lo único que ya les interesaba o que les llamaba la atención era la renovada extensión del Imperio hasta sus límites naturales oceánicos -también un recurso retórico, sin duda- mientras que se mostraban esencialmente indiferentes a cualquiera de las realidades humanas o políticas de esas zonas occidentales. Lo que todavía importaba era la nueva identificación entre el dominio occidental del Imperio y el extremo occidente de la ecúmene [128] si bien en primer término siempre se situaba la acuciante y mucho más cercana problemática oriental.

Juan Malalas es autor de una Chronographia consagrada a la Historia de la Humanidad desde los inicios del mundo hasta el reinado de Justiniano. Centrándonos precisamente en lo que consigna como hechos relevantes de sus años de gobierno se comprueba rápidamente cómo la atención de Malalas está completamente volcada hacia Oriente y concretamente hacia dos ámbitos, primero Antioquía y luego Constantinopla. La presencia de Occidente o de occidentales, aunque sea relacionados con el Imperio de Justiniano, pueden contarse con los dedos de la mano [129]; excepto en una ocasión, las demás referencias se concentran en escuetos comentarios a la intervención imperial en el Reino Vándalo [130] y en el Reino Ostrogodo[131] y una vez que ambos son vencidos por Belisario el primero y por éste y por Narsés el segundo, Occidente desaparece completamente de la obra de Malalas. La referencia que hemos dejado al margen introduce los nombres de los monarcas contemporáneos de Justiniano, de los que todos excepto uno -el persa- fueron dominados en mayor o menor grado por ese emperador ya que habla de los que reinaban en Roma, en Africa, en Axum y en Iberia [132], siendo esta Iberia la región póntica a la que hemos aludido.

Iberia es siempre en Malalas tierra póntica, hecho que se comprueba cuando al leer toda la obra de Malalas se constata que las referencias a las tierras peninsulares hispanas -siempre breves- aparecen bajo o derivados: así ocurre en relación a la presencia heraclea en el Extremo Occidente o al hablar del poder alcanzado por Teodosio al que llama " y procedente de [133].

Tan sólo en una ocasión menciona Malalas unos en las entradas dedicadas al reinado de Justiniano pero no remiten a ningún acontecimiento contemporáneo relacionado con estas tierras sino a la soberanía bizantina en el Bósforo cimerio en 528. Es al constatar la conversión al cristianismo, gracias a Justiniano, del rey huno Grod y los lazos establecidos entre ambos cuando conocemos que el emperador envió para controlar aquella zona cimeria a soldados bizantinos; la referencia exacta es

[134]

Estos acontecimientos son muy anteriores a la época en la que Justiniano comenzó a interesarse por Hispania por lo que no llevaba razón B. Rubin cuando interpretaba que esa referencia a soldados llamados aludía a mercenarios visigodos procedentes de esta región [135]; más bien habría que relacionarlo con alguna de las antiguas unidades militares del Bajo Imperio establecidas en Oriente [136].

La naturaleza cronística de la obra de Malalas no favorece por supuesto la introducción de digresiones así como tampoco la de comentarios sobre los logros del Imperio o la extensión de las tierras bajo su dominio [137]; se limita a consignar los hechos que debieron ser más llamativos en Oriente, fundamentalmente los pertenecientes a las regiones greco y sirioparlantes, interesandole muy poco Occidente en su conjunto y aún menos en algunas de sus partes. Si lo que se consideraron grandes victorias de Justiniano sobre vándalos y ostrogodos merecen no más de dos o tres referencias en una obra de la segunda mitad del siglo VI, la intervención en Hispania estaba totalmente olvidada para el ciudadano medio mediterráneo oriental de esa época; las referencias a Hispania son todas tópicas y de tradición antigua pues así debe entenderse la introducción de los episodios hispanos de Heracles o la hispanidad del Gran Teodosio.

Agatías y Pablo Silenciario trabajaron en círculos constantinopolitanos, Malalas estaba vinculado a Constantinopla pero especialmente a la zona de Antioquía, mientras que el llamado "continuador de Zacarías de Mitilene", a quien debemos que se haya conservado en un epítome siríaco la Historia Eclesiastica de Zacarías de Mitilene dedicada al período 450-491, se ha identificado con un monje sirio de Amida que en 569 amplió la obra hasta las postrimerías del reinado de Justiniano [138]; es pues la continuación de esta crónica siríaca la que interesa a nuestro propósito, teniendo en cuenta que su autor está totalmente desvinculado del ambiente de la corte pues pertenece histórica y culturalmente al ambiente siríaco.

La visión del autor de esta “Crónica Siríaca” respecto a Occidente es muy similar a la que hemos notado en Juan Malalas pues son únicamente dos los capítulos en los que comenta los acontecimientos occidentales del gobierno de Justiniano, esto es, la victoria en Africa y en Italia, si bien la estructura de su obra, narración histórica, le permite ser más detallado [139]. Precisamente en el pasaje en que comenta la celebración de la victoria sobre Gelimer en Constantinopla, el autor de la Crónica Siríaca hace lógicamente protagonista a Justiniano pero también a los embajadores persas que contemplaban el desfile [140], mención que como bien recuerda P. Brown es una demostración consciente o subconsciente de lo que verdaderamente importaba al ciudadano siríaco de a pie, esto es, el peligro oriental, el persa [141].

Por supuesto no hay ninguna referencia a esa "anécdota imperial" que debía ser Hispania vista desde Amida, más aún teniendo en cuenta que Procopio, una de sus fuentes, no alcanzó a incluir ese episodio en su obra. Pero Hispania sí aparece en esta Crónica Siríaca si bien, como viene siendo habitual, de una forma singular. El capítulo VII del último libro de la obra, que está dedicado a resumir la descripción del mundo que hizo Ptolomeo [142], se abre con la Europa Occidental y con su primera tierra, Hispania, que presenta dividida en tres ámbitos, Hispania exterior a la que atribuye 80 ciudades, Hispania interior segunda con 46 ciudades e Hispania tercera orientada también hacia el Océano consignada con 140 ciudades, a la que además une las "Islas Albas" en el Océano [143]. Que duda cabe que estas tres Hispanias deben identificarse por este orden con las antiguas provincias de Lusitania, Bética y Tarraconense [144]; pienso que la primera debe ser Lusitania porque es completamente oceánica en su litoral y por ser además la primera enumerada desde su inicio del recorrido en el Océano y porque cuando se ocupa de Africa, la primera región consignada es también la provincia más oceánica, Mauritania, lógicamente Mauritania Tingitana [145].

El precario interés que veíamos en Procopio, la efímera imagen imperial de Hispania presente sin duda en Cosmas Indicopleustes o Agatías, el evidente abandono de la misma en favor de la oceanidad del Imperio que encontramos en Pablo Silenciario han derivado en la indiferencia y olvido más absolutos en Malalas y en el monje responsable de la Chronica Siriaca, esto es al final del reinado de Justiniano. El paso del olvido a la ignorancia prácticamente absoluta sobre la realidad hispana fue un proceso rápido y el primer paso en la relegación de Occidente de la mente del hombre bizantino, al que además contribuyeron notablemente, en un círculo vicioso, tanto las dificultades militares imperiales en territorios occidentales -invasiones lombardas, rebeliones moras, resistencia visigoda- como la situación militar, política, social y económica que tuvo que enfrentar el Imperio en las últimas décadas del siglo VI. Terremotos, pestes, hambrunas, disiminución demográfica, invasiones eslavas, recurrencia de la contienda persa y la cada vez más evidente separación cultural entre las áreas helénicas y siríacas del Oriente no favorecieron en ningún momento que el Occidente y por supuesto Hispania fueran zonas interesantes para los súbditos orientales del Imperio [146], pudiendo aquí trazarse un peculiar proceso de Kaiserkritik [147]toda vez que mientras que los emperadores sucesivos se ocupaban, mejor o peor pero se ocupaban, de sus intereses occidentales, el sentir del pueblo del núcleo del Imperio iba por otra dirección. Finalmente fueron los diversos emperadores los que siguieron a sus súbditos y no a la inversa, descuidando así sus por otro lado cada vez más pequeños intereses occidentales; por ello es perfectamente asumible la idea manifestada por G. Fowden de que es precisamente la suerte corrida por las conquistas occidentales de Justiniano en su misma época de gobierno la que comenzó a demostrar cómo la ecúmene bizantina podía existir perfectamente sin el mundo latino [148]. Por poner sólo unos ejemplos y para concluir diremos que según Menandro Protector, escribiendo a principios del siglo VII sobre el reinado del emperador Tiberio, el envío de dinero a Italia para luchar contra los lombardos no era tanto porque le interesara esa zona occidental como para que persuadiera a algunos líderes de los lombardos para que se unieran a las fuerzas romanas. De esta forma dejarían de hostigar a Italia y se podrían incluso unir a los romanos para luchar en el Este y así ayudar al Imperio Romano [149]; Teofilacto Simocata, también de principios del VII, incluye en su narración la llegada de una por otra parte bien documentada embajada franca, concretamente de Austrasia; los embajadores proceden según Teofilacto de la Ibérica céltica... estos [hombres] son de hecho llamados francos en la lengua moderna

[150]

mezcla evidente de áreas geográficas, grupos étnicos y reinos que por otra parte no debe sorprender ya que su obra, netamente urbana y centrada en Constantinopla y en las regiones orientales a ésta, tiene graves errores geográficos sobre las mucho más cercanas zonas balcánica y marmárica [151]. A Teofilacto también debemos el conocimiento del supuesto testamento del emperador Mauricio en el que trazaba de nuevo una divisio imperii en esencia bipartita en tanto en cuanto se establece una Pars Orientis (área helénica y siríaco-egipcia) y una Pars Occidentis (exclusivamente Italia y sus islas), mientras que el resto del Imperio debería ser repartido entre sus hijos [152]. Esta expresión "resto del Imperio" no es nuestra sino de ese autor, y en ella necesariamente deben incluirse territorios como el africano amén por supuesto del hispano que aún subsistía, territorios que sin embargo no merecían ser citados por su nombre en la opinión de ese autor, sin duda por carecer de interés para el hombre oriental del siglo VI-VII. Evagrio Escolástico, también de finales del siglo VI, rememorando la guerra gótica, olvida la contienda hispana y obvía la independencia del territorio franco pues hace a Narsés conquistador para el Imperio de Justiniano de todo el territorio desde Italia hasta el Océano occidental [153]. En el Strategikon, tratado de táctica militar redactado en época de Mauricio, la referencia a hispanos se reduce a indicar que combatían muy bien en montes y lugares accidentados, en una clara recurrencia clásica al tópico de la guerra de guerrillas hispana presente ya en los primeros relatos de la conquista romana de Hispania [154], mientras que los supuestos enemigos occidentales del Imperio son llamados genéricamente pueblos rubios [155]. En la obra poética de Jorge de Pisidia, contemporáneo y panegirista en cierta forma de la actividad militar de Heraclio, el Extremo Occidente sólo aparece mencionado como lugar del que partió ese emperador para acometer la revitalización del Imperio [156]; todo su interés son lógicamente las contiendas persa y ávaro-eslava. Para la inmensa mayoría lo que aún subsistía de la Reconquista de Justiniano estaba totalmente fuera de la visión de los habitantes de Constantinopla y aún más de los de la zona siríaca.

En la Doctrina Iaccobi, documento de carácter apocalíptico y milenarista de los años treinta del siglo VII, se afirmaba ante la pregunta de la situación actual del Imperio Romano que ahora vemos una Romania humillada, una Romania que se extendía no sólo a las regiones orientales porque el territorio de los romanos solía extenderse hasta nuestra época hasta el Océano, es decir desde Escocia, Britania, Hispania, Galia, Italia... Africa [157]. Esta es casi la última ocasión en la que gentes del Imperio Bizantino, bien es cierto que judíos entre Egipto y Africa, hablan de la romanidad de Hispania en tiempos relativamente recientes, pero ya entonces Hispania es completamente un territorio relegado, desterrado de la mente del hombre del Imperio. Sin embargo a lo largo de la historia del Imperio Bizantino hay un hecho que mantendrá su validez: el Estrecho Gaditano, el punto por donde se oculta el sol, fue siempre reconocido como el límite natural del Imperio. Ahora bien, aunque el Estrecho no fue completamente relegado sí se reconoció en los siglos sucesivos que ese límite era el límite del Imperio Romano y no el del Imperio Medio Bizantino; un reconocimiento que está presente en el prólogo del De Thematibus de Constantino VII Porfirogéneto cuando habla de la disminución territorial del Imperio que se había producido desde el reinado de Heraclio [158], y especialmente en la Alexiada de Ana Comnena quien afirmaba que hubo, en efecto, un tiempo en que las fronteras del imperio de los romanos eran los dos pares de columnas que marcaban los límites de oriente y occidente: por poniente las llamadas de Hércules y por levante la de Dioniso, que están situadas en algún lugar cerca de las fronteras de la India... pero en nuestros días las fronteras del poder imperial romano eran por oriente el cercano Bósforo y por occidente estaban fijadas en Adrianópolis... [159].



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