Es cierto que la inmensa mayoría
de los escritores contemporáneos a Justiniano
presentaron de una forma u otra los principios de su
política de renovación imperial, ideológica
y territorial, e igualmente es cierto que todos ellos
recogieron el deseo y el interés imperial de conquistar
el Extremo-Occidente del Mediterráneo pues la
conquista de esa región tenía un fuerte
contenido simbólico ya que suponía alcanzar
la puerta del Océano, la puerta por la que el
Océano entraba en el Imperio y la que, si era
posible, permitiría al Imperio ir más allá [24].
Como sabemos esta aspiración la realizó sólo
parcialmente pues su "semi-fracaso" en territorio
peninsular hispano -no pudo en ningún momento
presentar en triunfo en Constantinopla a ningún
rey visigodo vencido, como por el contrario sí hizo
con el vándalo y el ostrogodo- debió ser
una razón de peso por la cual ya los escritores
que le fueron contemporáneos dejaron a la Península
Ibérica cada vez más al margen de la "Comunidad
Romana" que habría vuelto a recrear Justiniano.
Esta marginalidad hispana se hace muy evidente ya desde época
de Justino II pero no es totalmente ajena a cronistas,
historiadores y poetas contemporáneos de Justiniano,
como Juan de Lido, Procopio de Cesarea, Agatías
y Pablo Silenciario, amén de Cosmas Indicopleustes,
Cirilo de Escitópolis, Juan Malalas o la Crónica
Siriaca [25].
Como veremos, la mayor o menor presencia de Hispania
en ellos tiene una conexión cronológica
indudable y muy relacionada con las complejas circunstancias
militares del Imperio; adelantando nuestras conclusiones
veremos cómo entre los años cincuenta del
siglo VI y principios del VII se produce un efecto de
crescendo-decrescendo en la consideración
de Hispania en el Oriente de esa época pues en
términos
cualitativos la nula presencia en Juan de Lido asciende
a mínima en Procopio, a máxima con Agatías
y Cosmas Indicopleustes (coincidiendo con los primeros
años de conquista) para casi a continuación
emprender con Pablo Silenciario una ruta descendente
hasta volver a desaparecer totalmente del panorama literario
y mental del hombre oriental ya a finales del siglo VI.
Juan de Lido es considerado el autor que
mejor comprendió la ideología
de la política romana de Justiniano; muestra de ello son dos capítulos
de su De Magistratibus, donde expone de una forma más o menos
detallada cómo este emperador bizantino devolvió a Roma lo
que era de Roma [26].
Quizá es por ello por lo que este autor proclamaba claramente cómo
las victorias, las triunfantes guerras de Justiniano se habían extendido
por todo el Occidente y cómo este emperador fue el primer gobernador
del Imperio Romano que después de muchos años dominaba todo el
mundo conocido, llegando su poder hasta las orillas del Océano Occidental;
de hecho en el pasaje inicial de su libro III refiere expresamente la conquista
de Africa (Libia, para ser más exactos) e implícitamente la del
Estrecho Gaditano [27].
Ahora bien, ¿podemos extraer de
estas referencias que proporciona Juan de Lido alguna
conclusión sobre su consideración hacia
el extremo-occidente del Mediterráneo, en el todo
y en sus partes? Es evidente que Juan de Lido es uno
de los muchos autores bizantinos -lo veremos repetidamente-
que mantiene
vigente la idea de que el Estrecho de Gibraltar es el límite de la
tierra romana y por extensión el límite de la ecúmene
y que en consecuencia Justiniano ha logrado recuperar para soberanía
imperial los límites occidentales del mundo conocido; ahora bien,
de las tres áreas
de referencia que configuran este extremo-occidente sólo existen para
Juan de Lido Africa -o Libia- y el Estrecho; el tercer componente, Hispania,
está ausente de cualquier referencia contemporánea, salvo que
se pueda comprender una referencia implícita al Sur de la Península
Ibérica en el pasaje citado [28].
Hispania sólo está presente
en la narración del autor del De Magistratibus en una ocasión
y ésta
no es de carácter contemporáneo sino que nos remite a un hecho
ocurrido hacía aproximadamente una centuria puesto que aparece cuando
necesita contextualizar la expedición de Basilisco contra el Reino
Vándalo,
pero aún así para él la Península Ibérica
no es más que un lugar de paso que los vándalos, después
de franquear los Pirineos, recorrieron hacia su definitivo asentamiento africano
[29].
Comparativamente hablando, es muy significativo comprobar cómo esa "entidad
abstracta" que es la Céltica configurada por la zona galo-británica
tiene mayor presencia en su obra [30] que
una zona ansiada por el emperador como era Hispania; tal vez el recuerdo
del área céltica como una
de las tradicionales zonas limitaneas del Imperio de los primeros siglos
esté detrás
de esa opción de Juan de Lido, sin duda un autor caracterizado por
su marcado carácter anticuarista [31],
mientras que por otra parte parece seguro que si Hispania no tiene mayor
presencia en su obra sería debido
a que aún no había sido objeto directo de la acción
de las tropas justinianeas.
Juan de Lido vivió en la primera mitad del siglo VI, una primera mitad
que vio consolidarse el poder visigodo en la Península -con un intermedio
ostrogodo incluido- y que conoció también el dominio del pueblo
suevo en sus tierras occidentales, sin embargo nada dice de ellos. Por ello quiero
concluir que por lo menos para Juan de Lido la Península Ibérica
no era a mediados del siglo VI el umbral del Imperio; el umbral de Imperio eran
Africa pero sobre todo el Estrecho de Cádiz. La Península Ibérica
no es que esté desdibujada sino que para él es prácticamente
inexistente; no transmite ninguna imagen de Hispania ni tan siquiera la tradicional
de carácter mítico. Es obvio que incluso en el esquema mental de
un culto funcionario constantinopolitano, Hispania no ocupaba entonces ni tan
siquiera un pequeño lugar entre las tierras romanas antiguas.
Junto al de este funcionario de la corte
de Justiniano, contamos con el testimonio de varios otros
escritores estrictamente contemporáneos a este emperador
como Procopio de Cesarea así como el de otros que en su madurez conocieron
los últimos años de su gobierno, entre ellos Cirilo de Escitópolis,
Agatías, Cosmas Indicopleustes, Pablo Silenciario, Juan Malalas y el continuador
de Zacarías de Mitilene. La política de reconquista del Occidente
del Imperio emprendida por Justiniano está presente, de una u otra forma,
en sus escritos e igualmente en su inmensa mayoría señalan que
el poder del emperador se habría vuelto a extender hasta el extremo occidente
del Mediterráneo y con ello hasta la entrada del Océano; en este
contexto, como será habitual, difunden, en una suerte de sinécdoque,
la idea de que Justiniano "ha recuperado todo el Occidente" omitiendo
que su presencia en Hispania sólo era parcial mientras que en Galia era
nula. Dado este "tomar el todo por la parte" no resulta extraño
que el papel literario de la orilla europea del extremo occidente sea muy pequeño
e indica además la perpetuación, mayor en unos que en otros, de
la consideración del Estrecho Gaditano como el non plus ultra del Imperio,
la culminación en su vertiente territorial del poder imperial.
Ahora bien, aunque la presencia hispana,
sean sus tierras, gentes o acontecimientos ocurridos
en ella, es en términos generales mínima, no es igual
en todos los autores ya que nos encontramos con la ignorancia prácticamente
absoluta de Malalas frente a la delicada consideración que como territorio
imperial le dan Cosmas Indicopleustes y especialmente Agatías, pasando
por la abundancia de referencias geográficas e históricas de Procopio,
la visión fundamentalmente oceánica de Pablo Silenciario o el distorsionado
recuerdo del testimonio ptolemaico que nos brinda el anónimo continuador
de la Historia Eclesiastica de Zacarías de Mitilene.
De entre todos los autores cuyo nombre
hemos citado parecería casi obligado
comenzar con el análisis de la visión de Procopio del extremo-occidental
del Mediterráneo y de Hispania en particular, sin embargo dado que todo
depende de la idea cierta del interés de Justiniano por esos territorios,
comenzaremos con un breve pasaje que Cirilo de Escitópolis incluye en
su Vita Sabae.
En dos amplios pasajes de esta obra hagiográfica, Cirilo de
Escitópolis
sitúa a su protagonista, San Sabas, comentando las intenciones
de conquista del Emperador; escribiendo Cirilo en los años
cincuenta del siglo VI sobre acontecimientos ocurridos veinte años
atrás le es muy fácil
hacer predecir a su protagonista que el emperador añadiría
a su Imperio Africa, Roma y todo el resto del Imperio de Honorio [32] en
tanto en cuanto ya se habían recuperado los dos primeros.
El resto del Imperio de Honorio era fundamentalmente Galia e Hispania,
por lo tanto es ésta una referencia
implícita a ambos territorios como objeto de deseo de Justiniano.
Curiosamente no enumera estos dos antiguos territorios imperiales
sin duda porque al tratarse,
supuestamente, de una predicción que debería cumplirse,
Cirilo no podía arriesgarse a indicar más territorios
que los ya conquistados, y en aquel entonces la campaña de
Hispania estaría sólo
en ciernes mientras que la de Galia estaría, de existir, muy
lejana. Es más, en un pasaje inmediatamente posterior confirma
por supuesto la reconquista de importantes regiones mediterráneas
como son Africa e Italia, la llegada de sus gobernantes respectivos,
Gelimer y Vitiges, a Constantinopla y concluye
que con ello Justiniano reconquistó para el Imperio la
mitad de la tierra y el mar y que liberó todo el Occidente
de la esclavitud a la que lo habían
sometido esos usurpadores arrianos [33].
Al igual que ha hecho Juan de Lido y al igual que harán otros
en períodos posteriores,
la conquista de esos dos grandes territorios occidentales como eran
Africa e Italia, uno en la
orilla meridional del Mediterráneo y otro en la septentrional,
lleva a Cirilo de Escitópolis a ampliar -falseando la realidad
política
de aquellos años- el dominio de Justiniano a "todo el
Occidente",
eludiendo así su ausencia en Galia e Hispania, amén
por supuesto de Britania.
Ahora bien, sin mencionar expresamente
a Hispania, Cirilo nos demuestra su conocimiento de la
situación política del Occidente del Imperio,
incluida la de la Península Ibérica. A
continuación del pasaje que acabo
de citar, comenta que Justiniano, además de recuperar estos
territorios, logrará anular de Occidente la herejía
arriana, porque
en esa época,
los godos, visigodos, vándalos y gépidos, que eran
arrianos, estaban dominando el Oeste [34].
Casi desde principios del siglo VI debe identificarse al pueblo
visigodo con el territorio peninsular hispano, en consecuencia
es evidente
que tras esa mención a los visigodos se encuentra una clara
y contemporánea
conciencia en Oriente -concretamente en Egipto pues allí escribía
el hagiógrafo de San Sabas- de la situación política
hispana, donde los visigodos, que eran arrianos, estaban haciéndose
fuertes.
La orilla africana del Mediterráneo
tiene, como es lógico, todo
el protagonismo en la Guerra Vándala de Procopio
de Cesarea. En su obra esa orilla africana del Estrecho, por
cierto que en torno a Septem, es el límite
del Imperio de Justiniano, además es, como encontramos
en De
Aedificiis,
el "umbral del Imperio" [35] y
significa que el emperador ha alcanzado el límite occidental
de la ecúmene, que se continúa identificando,
como se había hecho desde antiguo, con el extremo occidente
del Mediterráneo
y con las tierras a las que bañan sus aguas [36].
Por todas estas razones la vertiente africana del Estrecho y
el Estrecho
en sí son muy importantes
en la obra de Procopio, más incluso que el territorio
africano-vándalo
en sí, visto desde una perspectiva ideológica;
sin embargo, pienso que debido a que cuando escribió su
obra las tropas bizantinas aún
no habían entrado físicamente en territorio continental
hispano [37],
la Península Ibérica e incluso la orilla
europea del Estrecho de Cádiz reciben de Procopio un tratamiento
cuanto menos peculiar.
La lectura de la obra completa de este
autor revela la existencia
de numerosas referencias al Estrecho Gaditano y a Hispania,
e igualmente son también
considerables, aunque repito que peculiares en su naturaleza, aquellos pasajes
en los que aparece citado el pueblo germano que en la época en la que
vivió Procopio controlaba gran parte de la Península Ibérica,
el visigodo. Estas referencias son de diversa naturaleza, aunque pueden resumirse
en las de naturaleza etnográfica, aunque muy escasas; en aquellas que
aportan una visión histórica de la Península, bien sea de
carácter anticuarista bien de carácter contemporáneo, y
por último en las de carácter geográfico, en las que se
distingue perfectamente bien su muy distinta consideración hacia el Estrecho
y las islas Baleares frente a la Península Ibérica en sí.
La gran mayoría de las referencias
de Procopio a lo que hoy conocemos como Estrecho de Gibraltar
así como a la Península Ibérica
se encuentran dentro de sus bien conocidas digresiones geográficas
y etnográficas,
objeto de numerosos estudios y análisis [38],
pero son también numerosas
las que se encuentran repartidas por toda la obra; las más
significativas son las que componen los parágrafos
iniciales de La
Guerra Vándala así como
el capítulo XII del primer libro de La
Guerra Gótica [39],
predominando en ambas las alusiones a Gadeira [40],
refiriéndose
con ello al Estrecho en particular, en consonancia de este
modo con la geografía
greco-romana que lo asociaba normalmente al nombre de Gadeira.
Procopio incluye también algunos
datos más concretos referidos
al Estrecho en sí y a las Columnas africana e hispana
respectivamente; así, por citar únicamente
los datos más significativos,
encontramos además de la monótona y constante
explicación
de que ese es el punto extremo de la ecúmene y del
Imperio Romano, lugar por donde entra el Océano
en el Mar Mediterráneo [41]-refiere
también
la dirección de la corriente marítima desde
Occidente a Oriente-, una alusión a que esa entrada
es la que separa el continente europeo del que en ocasiones
llama Libia o Africa y en otras Asia [42],
la amplitud del Estrecho
en su punto medio -ochenta y cuatro estadios- así como
los días
de viaje entre esta zona y el Ponto Euxino según
se opte por uno u otro recorrido [43].
Alude, por supuesto, a las dos columnas de Hércules
aunque se limita generalmente a bautizarlas como la "africana" o "meridional" y
la "europea" o "septentrional" respectivamente,
no citando en ninguna ocasión los nombres con los
que eran y son conocidas desde antiguo, Abila la
africana, y Calpe la hispana
[44].
De todas formas, y dentro de esta simplificación
en su tratamiento de las Columnas de Hércules,
la atención prestada a la africana es
considerablemente mayor que la otorgada a su homónima
hispana. Es cierto que no conoce el nombre de la Columna
africana pero alude a un topónimo
de la orilla meridional del Estrecho, Septem,
del que comenta tanto su cercanía
a la Columna o su ubicación en ella como su carácter
de fortaleza, la actividad edilicia de Justiniano en
ella -es en este contexto en el que aparece
Septem relacionado con el "umbral del Imperio-
o la etimología de
este topónimo [45].
La razón de estos amplios
comentarios de Procopio debe buscarse en la conquista
real de Septem hecha por los soldados bizantinos
destacados en Africa al mando de Belisario en el año
533 d. C. Este mismo es el motivo por el que las islas
Baleares, Mallorca, Menorca e Ibiza, aparecen
ubicadas con precisión: dentro del Estrecho, en
el mar común y
concretamente en una parte de éste que califica
de
sin
duda con el significado de "parte delantera
o anterior" del Mediterráneo
[46].
La columna de Hércules hispana
es citada individualmente en una sóla
ocasión pero no se trata ni tan siquiera de una
referencia directa ya que Procopio habla de una de
las dos columnas de Hércules; es la lectura
del contexto en el que está incluida la referencia
-el inicio de la descripción
del territorio europeo que correspondió a Honorio
tras la Divisio
Imperii teodosiana- la que confirma que está refiriendo
a la hispana y europea
[47].
En otra ocasión, concretamente al relatar la fracasada
expedición
de Mayoriano a Africa, le hace dirigirse a las Columnas
de Heracles con la intención
de cruzar el estrecho en ese punto y después continuar
la marcha desde allí hasta Cartago por tierra [48],
siendo evidente que se trata de la columna hispana aunque
en ningún momento hable de ella ni de su ubicación
en la Península o de que Mayoriano deba atravesar
esa región
para llegar a las Columnas [49].
Si en la obra de Procopio está prácticamente
ausente la orilla hispana del Estrecho Gaditano, que
dado el contexto de la Guerra Vándala
sería el que más le interesaría,
Hispania en su conjunto y como entidad geográfica
recibe un tratamiento similar, a pesar de que la califica
no sólo como la primera tierra europea cuando
la descripción
se inicia en la zona por la que entra el Océano
en el Mediterráneo[50] sino
que, como él mismo reconoce, Hispania es la primera
tierra del Imperio Romano en la orilla del Océano
[51].
Encontramos únicamente un pasaje
en el que se habla de alguna otra característica
geográfica de Hispania que no sea su relación
con el Océano
o con su cercanía a Libia [52].
Se trata de Bella V, xii, 3 -en una de las
digresiones habituales de Procopio, esta vez tomando
como excusa la narración
de la conquista franca de Galia-, donde comenta la ubicación
de Hispania en el conjunto del Mediterráneo romano.
En este pasaje, Procopio comienza orientando al lector
sobre la forma que tiene el inicio de Europa por el Océano
-la cita es exactamente así ya que no habla de
Hispania hasta la frase siguiente-; el elemento que utiliza
para lograr esa orientación es la
comparación/equiparación de la forma de "ese
inicio de Europa" con
la que tiene el Peloponeso, mejor conocido de sus lectores [53],
para luego continuar concretando el nombre de ese área
similar a la península helénica,
esto es Hispania
[54],
y concluir indicando que ésta se extiende
hasta los Pirineos, que son epitetados como "alpes" ya
que los
hombres de esa región acostumbran a llamar 'alpes'
a este estrecho y cerrado paso [55];
como es sabido, en la Antigüedad el término "alpes" era
aplicado como orónimo a varios sistemas montañosos,
fundamentalmente éste
de los Pirineos [56].
Están presentes también
otras referencias a algún aspecto
concreto de la geografía península hispana,
particularmente de la geografía litoral, pero
sólo con una función de orientación
de la ubicación de otras áreas o regiones; éste
es por ejemplo el caso de la comparación con Galia,
de la que dice que es más
amplia que Hispania, que aquí es calificada como una
estrecha península [57],
o cuando es utilizada para explicar la diferente ubicación
de Britania, situada según Procopio hacia
el Occidente el línea con el límite
más extremo de Hispania [58]- y a unos cuatrocientos
estadios de distancia, respecto de Brittia, situada
al Norte de Hispania y Britania [59].
En los capítulos propiamente de
narración histórica, Procopio
sólo se muestra interesado por la historia del
Imperio Romano, al menos en lo que se refiere a su Pars
Occidentis, del período posterior a la
Divisio Imperii teodosiana y a la invasión
efectiva de pueblos bárbaros
en las tierras del Imperio [60].
Ello se hace muy evidente cuando al comenzar su narración
de la Guerra Vándala presenta al Imperio ya dividido
entre las tierras que correspondieron a Arcadio y las
que correspondieron a Honorio, para comentar inmediatamente
después el modo en que ambas partes se vieron
afectadas por esas invasiones germánicas [61]. Por
esta razón y exceptuando
las referencias etnográficas al origen de los
hérulos o a la salida
del conglomerado de pueblos godos desde las tierras septentrionales,
apenas encontramos más que vagas referencias al
origen de la población que habitaba
Italia, Galia o Hispania o a la situación política
anterior a esa división de Teodosio. La presentación
que Procopio hace de la Hispania teodosiana no puede
ser más sencilla: es una tierra completamente
romana –...Hispania,
es la primera provincia del Imperio Occidental a partir
del océano [62]- dominada
por hispanos [63].
La Hispania anterior a su propia época sólo
aparece en Procopio como campo de operaciones de vándalos
primero y de ostrogodos después,
siendo el pueblo visigodo una mera comparsa de ambos.
Vista en el conjunto de la narración de la Guerra
Vándala y de la Guerra
Gótica,
Hispania aparece simplemente como la primera y efímera área
de asentamiento del pueblo vándalo [64],
ocupada casi a continuación por
el pueblo visigodo [65] y
escenario estático del control ostrogodo sobre
el Reino Visigodo [66].
Unicamente aparecen un mayor número de acontecimientos
referentes a la Península Ibérica cuando
se comenta el papel ejercido por Teudis en los conflictos
vándalo y ostrogodo del Imperio; la referencia
a su firmeza ante las pretensiones de Teodorico -contexto
en el que se menciona la existencia de grandes propietarios
hispanos [67]- y su inhibición ante
la petición de ayuda vándala presenta a
un monarca visigodo establecido ya en Hispania y que
tiene algo que decir en el concierto internacional del
Mediterráneo
Occidental de la primera mitad del siglo VI [68].
Procopio conoce por lo tanto de una forma
más o menos detallada la situación
política interna del mundo visigodo de las primeras
décadas del
siglo VI, su propia época, pero sólo introduce
estos comentarios por mor de su necesidad de relatar
la historia ostrogoda a la que la visigoda
está en aquella época irresolublemente
unida [69] pues
no parece conocer o realmente no le interesa el grado
de control visigodo sobre territorio peninsular
hispano. Es sintomático que en ningún momento
se ocupe de la soberanía
sueva sobre parte de Hispania y aún lo es más
que desconozca el lugar de Hispania al que se dirigieron
los embajadores vándalos para entrevistarse
con Teudis; nuestro autor zanja la cuestión con
un ...tras
desembarcar aquéllos en el continente, después
de cruzar el estrecho de Cádiz,
encontraron a Teudis en un lugar situado lejos del mar [70].
Leyendo a Procopio nadie podría decir que Hispania era una de las tierras
a recuperar por Justiniano [71]. Ningún topónimo, hidrónimo
ni orónimo peninsular -a excepción de los Pirineos- es citado;
ningún suceso particular de vándalos y visigodos en territorio
hispano es incluido. La única imagen histórica que Procopio transmite
de Hispania es, en mi opinión, la de una tierra que en tiempos anteriores
fue romana y que ahora es el último refugio del pueblo visigodo. También
para Procopio la conquista de Africa e Italia suponía el dominio romano
de todo Occidente [72]; Galia e Hispania eran ignoradas, y como tal, la imagen que
de ellas se daba era absolutamente tenue, siendo únicamente el Estrecho
Gaditano el que continuaría conservando su fuerte carga ideológica.
Se llega en el caso de Procopio a una conclusión similar a la elaborada
para Juan de Lido en tanto en cuanto Hispania fue tierra romana pero ya no lo
es y consecuentemente puesto que aún no ha vuelto a entrar en la jerarquía
de territorios imperiales y apenas inquieta al Imperio, no se ha convertido aún
en área que llame la atención al hombre
de Oriente.
Tanto Cosmas Indicopleustes como Agatías conocen ya los intentos de conquista
de Justiniano en suelo hispano; las consecuencias de este intento son recogidas
por ambos escritores -los únicos que así lo hacen-. Cierto es que
el emperador no venció completamente al Reino Visigodo y que por ello
no controlaba la Península pero es su evidente control sobre la orilla
hispana del Estrecho el que es recogido por ambos para proyectar los logros extremo-occidentales
de Justiniano y hablar de la soberanía imperial sobre tierras hispanas
así como nuevamente de la identificación entre límite de
la ecúmene y límite del territorio romano. Ello les hace profundizar
más en el carácter neo-romano de Hispania amén de su ubicación
geográfica.
Dado el carácter de narración histórica que tiene la obra
Historiarum Libri Quinque de Agatías, más si cabe teniendo en cuenta
que se trata de una continuación de la obra de Procopio y que la época
que abarca es 552-558, precisamente los años de la conquista bizantina
de la Península, sería lógico encontrar alguna referencia
a Hispania en relación a su renovada soberanía imperial, sin embargo
defrauda enormemente en este sentido la obra histórica de Agatías
porque aunque es cierto que Hispania está presente en ella, su aparición
es simplemente la de una región ya conquistada y con soldados imperiales
establecidos en ella [73]. En otro contexto valoramos muy positivamente este dato
ya que es el único documento de origen oriental que nos habla de soldados
bizantinos en tierras peninsulares en aquellos años justinianeos [74], pero
ante el análisis de qué imagen de la Península se tenía
o se daba en Oriente en el siglo VI, la conclusión no puede ser más
negativa ya que realmente nada se dice de ella.
Mención aparte merece la referencia
que Agatías hace a la zona
cántabra. Una alusión a la recurrencia
de la naturaleza a provocar desastres, tipo terremotos,
que son subsanados con sucesivas reconstrucciones
y repoblaciones, sirve de introducción a este
autor para una digresión
interna, la historia de Tralles del Menandro, que ilustra
la secuencia de destrucción
y recuperación de la ciudad. Tralles fue destruida
en época de
Augusto pero restaurada después de que un campesino
local, Queremón,
solicitara la ayuda imperial. Nos dice Agatías
que éste acudió en
pos de Augusto que estaba "en la tierra de los
cántabros, en las
mismas orillas del Océano" [75],
y reproduce a continuación el
texto de una inscripción que leyó en una
estatua que la ciudad había erigido a su héroe
en señal
de agradecimiento:
[76]
Nada dice el epigrama de la ubicación del pueblo cántabro en el
conjunto del orbis romanus de Augusto; es personalmente Agatías el que
concreta su ubicación al situarlos más allá de Roma y en
los confines del Océano [77]. Las Guerras Cántabras son un episodio
bien conocido y profusamente narrado de la Historia de Roma, por lo que Agatías,
hombre culto -como demostró sobradamente en su obra histórica y
poética-, pudo documentarse sobre ello, pero es especialmente interesante
comprobar nuevamente el recurso a la tradicional identificación entre
Hispania, extremo de la ecúmene y Océano, sobre todo porque nuestro
autor volverá a utilizarlo en su obra poética.
Autores como Av. Cameron y P. Brown presentan
a un Agatías casi por completo
desinteresado por los asuntos occidentales y ello a pesar
de ser evidente que parte de su obra histórica
está dedicada a la contienda itálica;
los errores geográficos sobre Italia son la clave
de la opinión
de ambos [78].
Desde este punto de vista la escasa presencia de Hispania
en su narración
abunda en la idea del desinterés occidental de
Agatías, sin embargo,
no puede juzgarse la imagen occidental que proporciona
este autor únicamente
desde la perspectiva de sus Historiarum Libri Quinque ya
que las directas alusiones a Occidente -incluso a regiones
determinadas- en su aportación a la Anthologia
Palatina obliga a matizar la presentación
que se ha hecho de Agatías
como un autor totalmente indiferente a la política
occidental del Imperio [79].
Por ello es mucho más
significativa para nuestro propósito la
lectura del Prefacio con el que Agatías introduce
su Ciclo -incluido en
la Anthologia Palatina- [80];
y aún resulta
más satisfactoria cuando
se analiza conjuntamente con ciertos pasajes de la compleja
y teológico-filosófica
Topographia Christiana del nestoriano Cosmas
Indicopleustes -contemporáneo
de Agatías [81]- que a su vez debe ser leída
junto con De
Opificio Mundi de su rival y contemporáneo,
el alejandrino y monofisita Juan Filoponos que la redactaría
c. 553 [82].
El primero, Agatías, independientemente
de la época en la que redactara
ese "elogio al Emperador" que es el Prefacio
[83], habla de la extensión
del territorio del Imperio de su época; recoge
por lo tanto los resultados de la actividad militar de
Justiniano [84].
El segundo, Cosmas Indicopleustes, refiere la romanidad
del Mediterráneo desde Gadeira [85], esto
es el Estrecho y recoge además buena parte del
ideario cristiano del emperador, lo mismo que hace Juan
Filoponos, si bien defendiendo Cosmas que la Tierra tenía
forma rectangular y Juan la esfericidad de la misma.
En todos ellos encontramos referencias al
Extremo Occidente del Mediterráneo en el todo
o en su parte; especialmente en Agatías y Cosmas
Indicopleustes está presente
la referencia a la neo-romanidad del Extremo Occidente,
Hispania incluida [86].
Predomina en ellos la referencia a Gadeira,
que vista en el contexto de la cita hace siempre alusión al Estrecho de Gibraltar y nunca a la ciudad de Cádiz;
ahora bien, tanto Cosmas como Agatías no parecen interpretar el Estrecho únicamente
como un todo indivisible sino también con una
orilla hispana y otra africana con personalidad propia.
Así Cosmas procede a indicar la
distancia desde China, a la que sitúa
en los confines (orientales) de la Tierra, esto es en
el Océano Oriental
[87],
hasta Gadeira, que está situada sobre
el Océano Occidental (sic),
atravesando en su recorrido de uno a otro extremo de
la Tierra lo que es territorio asiático y europeo
-de China al país de los hunos, Bactria, Persia,
Nisibe, Seleucia, Roma, el país de los galos y
el país de los íberos
hasta llegar a Gadeira- [88],
lo que sin duda es una alusión concreta a la
distancia entre China y la columna hispana del Estrecho.
De la misma forma, cuando procede a indicar la amplia
representación del cristianismo en la Tierra
traza dos recorridos: el primer itinerario es el que
discurre por la zona septentrional paralela al Mediterráneo
ya que atraviesa Cilicia, Capadocia, Lazica, Ponto, Escitia,
las regiones de los hérulos y de los búlgaros,
la zona helénica, Iliria, Dalmacia, el país
de los godos, de los hispanos, de los romanos, de los
francos hasta llegar a Gadeira, situada sobre
el Océano, en una nueva referencia por lo tanto
a la región extremo-occidental
europea [89];
y el segundo por las tierras al sur del Mediterráneo,
esto es, Etiopía-Axum, Arabia Feliz, Palestina,
Siria, Egipto, Libia, Pentápolis
y Africa hasta llegar a Mauritania en Gadeira [90],
en una referencia evidente a la columna africana del
Estrecho. Por su parte Agatías habla de los territorios
occidentales dominados por el emperador pero éstos
no se refieren únicamente
a Africa sino quie para éste también se
inician en Gadeira, en el estrecho de Iberia, y llegan
hasta la oceánide Tule amén por
supuesto de Roma [91]; por lo tanto su enumeración
se inicia en la orilla hispana del Estrecho y llega hasta
el extremo septentrional de la ecúmene.
Y de la misma forma difunde la idea de que todo el Imperio,
incluido el extremo occidente del mundo conocido respira
en paz porque es posible llegar a las columnas
de Hércules y desembarcar en la costa hispana
sin temor a ser atacado por alguien ajeno al Imperio,
al igual que es posible alcanzar Libia y penetrar
profundamente en ella [92]. Concluye Agatías con un desideratum que
se encuentra ya en las novellae de Justiniano
y en un pasaje de Procopio: la esperanza que los mortales
puedan ir más allá del Estrecho [93], jugando
nuevamente a abrir los límites del mundo. En todos
ellos está bien definida
la existencia de dos orillas en el Estrecho, la europea
hispana y la africana mauritana; en ellos está bien
presente que el Imperio tiene soberanía
en ambas, no sólo en la africana sino también
en la hispana. Para todos ellos en definitiva, en aquel
momento la última tierra visitable
era el Extremo Occidente del Mediterráneo, con
Africa e Hispania; integraban lo que Cosmas denomina
la Romanidad que se iniciaba en Gadeira [94]. Es
cierto que efímeramente, apenas una década,
pero es innegable que en la última
década del gobierno de Justiniano, precisamente
la de la conquista de Hispania, este territorio subió algunos
escalones en la jerarquización
territorial del Imperio hecha por el hombre bizantino.
Otro aspecto que llama la atención en Cosmas Indicopleustes, Agatías
y Juan Filoponos son los nombres con los que se refieren
a la tierra hispana o a sus gentes.
En un período poco anterior a la conquista del Reino Vándalo por
parte de Justiniano, Hierocles compuso su Synekdemos, documento de carácter
civil y administrativo que trataba de ser una enumeración de las antiguas
diócesis, provincias y ciudades del Imperio Romano;
entre ellas aparece
[95]. Al parecer la fuente de información de Hierocles pudo ser un
documento oficial del Imperio[96] de ahí que haya que pensar que con la denominación
(o
según otros manuscritos) se refiriera al nombre oficial
dado por el Imperio Romano a esta diócesis o provincia. Este aspecto quedaría
confirmado si tenemos en cuenta que a finales del siglo VI, Jorge de Chipre en
su Descriptio Orbis Romani -que también utiliza un documento oficial-
denomina Spaniva a la parte peninsular integrante de la Eparquía
Mauritania II [97].
Esteban de Bizancio que escribió sus Ethnika seguramente
también
a principios del reinado de Justiniano, esto es en los
años treinta del
siglo VI [98],
consideró oportuno recordar en uno de los capítulos
de su obra la existencia de dos regiones del mundo conocido
llamadas
una
de ellas localizada en las Columnas de Hércules
y otra cerca del Imperio Persa [99].
Es conocida la utilización por parte de Esteban
de las obras de Artemidoro, Posidonio o Estrabón,
entre otros muchos autores de la Antigüedad
Clásica; siguiendo al primero, Artemidoro, indica
que la Iberia de las Columnas de Hércules e Hispania
tienen la misma acepción [100],
reflexión
que vuelve a repetir en un capítulo posterior
cuando habla de
[101].
Ya hemos visto cómo en Procopio todas las referencias son a "Hispania" o
a "hispanos" sin que cuando aparezca "Iberia" tenga ésta
ninguna relación con la Península Ibérica y sí con
la región homónima de la orilla oriental y suroriental del Mar
Negro. Por lo que se refiere a los autores que nos ocupan ahora, Agatías,
Cosmas Indicopleustes amén de Juan Filoponos, nos encontramos con un panorama
un tanto ecléctico.
Todas las referencias a Iberia en Historiarum
Libri Quinque de Agatías
se concretan en acontecimientos de la región de ese nombre en la zona
póntica, mientras que la única referencia a la Península
Ibérica que encontramos en esa obra aparece consignada
bajo la forma
[102]. Contrariamente a lo que cabría esperar,
está totalmente
ausente de su Ekphrasis imperial pues las varias referencias que encontramos
a nuestra región extremo-occidental en este poema de la Anthologia
Palatina son o bien "Iberia" o bien "arenas íberas" [103].
En ningún momento de esa composición poética establece Agatías
la correspondencia entre Iberia e Hispania; podría pensarse que fueron
razones puramente poéticas las que le llevaron a optar por Iberia siendo
suficiente el contexto en el que están incluidas -citas a Hesperia, a
Gadeira, a las Columnas de Hércules- para orientar al público al
que fuera destinada la composición, pero de ello también deduzco
que aún siendo evidente que la Iberia por excelencia del público
de Constantinopla y de Oriente en sí era la de la zona póntica,
no se había olvidado totalmente que también ese territorio extremo-occidental
del Mediterráneo, que oficialmente se había llamado Hispania y
que se volvería a denominar así, también había sido
conocido como Iberia. Sin embargo en el ambiente del siglo VI, concretamente
en su mitad, era preciso contextualizar la cita con referencias directas o indirectas
al extremo-occidente. Tal conclusión creo que se confirma cuando otros
contemporáneos suyos hacen el mismo uso; pongo por caso al ya citado Juan
Filoponos en su De Opificio Mundi cuando habla
de
en un contexto con amplias referencias al "Mar de Hesperia" y
a Gadeira [104], y por supuesto a Cosmas Indicopleustes que
introduce su primera referencia
a las gentes que poblaban estas tierra bajo el nombre
de iberos, siempre indisolublemente vinculado a Gadeira [105].
No se queda Cosmas en esta alusión a Iberia sino que proporciona una ulterior
explicación; al igual que ocurre con los casos anteriores, la referencia
a Iberia dentro del contexto hispánico, concretamente a Gadeira, hubiera
sido suficientemente orientativa, sin embargo nuestro autor cree necesario completar
su alusión a Iberia con un
[106].
A mi modo de ver, la denominación oficial y posiblemente la más
difundida en Oriente debía ser la de
y
no la de
, siendo éste
posiblemente un arcaísmo que difícilmente remitiría en el
siglo VI en primer término a la Península Ibérica -pues
recordemos la cercanía y la importancia estratégica de la Iberia
póntica en el mundo oriental de la Antigüedad Tardía- a no
ser en un determinado y específico contexto. De hecho, cuando más
adelante Cosmas vuelve a ocuparse del pueblo de estas tierras no habla de íberos
sino exclusivamente de hispanos,
[107].
Precisamente esta última referencia a
en la obra de Cosmas aún
nos aporta un dato más para reflexionar sobre la imagen que de la Península
Ibérica se tenía en el Imperio de Justiniano. En aquellos momentos
en estas tierras estaban establecidos suevos y visigodos amén por supuesto
de la "autóctona población hispano-romana", de ahí que
sea necesario determinar qué población está detrás
de esa referencia de Cosmas a los hispanos.
Los hispanos son incluidos por Cosmas
entre aquellos pueblos que han sido cristianizados, helenos,
iliricos,
dálmatas, godos, hispanos, romanos y francos [108];
enumeraciones similares de pueblos convertidos son habituales
en la literatura cristiana de
la Antigüedad [109],
pero aquí en este pasaje de Cosmas sorprende la
mención
a "romaioi". En toda su obra, excepto
cuando alude a la epístola
paulina a los romanos, Romaîos / Romanus se
refiere siempre al Imperio Romano en general, aplicado
a los acontecimientos desde época de Augusto [110] hasta
su propia época [111];
es más, el Mediterráneo
es llamado "Golfo
Romano" [112].
Sin embargo, el que en esta ocasión
considere a los helenos como pueblo distinto a los romanos
lleva a pensar que está haciendo referencia
a la población ítalo-romana; este aspecto
se entiende bien si tenemos en cuenta que cuando enumera
los pueblos cristianizados del Sur del Mediterráneo,
incluye áreas totalmente imperiales como Egipto,
Siria o Palestina. En consecuencia, si con romanos alude
a los ítalo-romanos, con hispanos hace
referencia, en mi opinión, a los hispano-romanos,
englobando la mención
a godos a todos aquellos pueblos de ese origen, fundamentalmente
visigodos y ostrogodos, a los que ya Procopio considera
naciones de una misma raza goda que
en nada se distinguían excepto en el nombre [113].
La de Agatías y Cosmas es la época dorada de Hispania y el Estrecho
en el Oriente tardoantiguo de los últimos tiempos; estas tierras tenían
presencia y entidad oficial, sin embargo esa época dorada será efímera
tal como iremos gradualmente comprobando en los autores que vamos a analizar
a continuación.
Pablo Silenciario, Malalas y la Crónica Siríaca, obra del continuador
y epitomador de la Historia Eclesiástica de Zacarías de Mitilene,
completan nuestro itinerario por las obras de autores que estuvieron más
o menos vinculados a la obra justinianea; los tres conocieron los últimos
años de Justiniano y al menos dos de ellos, Malalas y el continuador de
Zacarías de Mitilene, vivieron el inicio del derrumbe del edificio romano
construido por ese emperador en todo el Mediterráneo Occidental. Su reflejo
en sus obras es muy esclarecedor e ilustra el modo tan significativo y rápido
en cómo Oriente fue olvidándose cada vez más de la mitad
occidental del antiguo Imperio Romano, más si cabe aún
de Hispania [114].
Pablo Silenciario con la elogiosa mención a la actividad imperial en su
Ekphrasis sobre Santa Sofía pero con su larvada crítica final a
la vertiente occidente de la política de Justiniano representa posiblemente
la transición entre el momento vivido por Agatías y Cosmas Indicopleustes
cuando las victorias occidentales aún son recientes, y el que conocerán
Malalas y el autor de la Crónica Siríaca para quienes son ya remotos
y gravosos recuerdos [115]. En su elogio a la reconstrucción de Santa Sofía
tras el colapso sufrido en 558, escrito en 563 [116], Pablo Silenciario aprovecha
para alabar los otros "nuevos edificios romanos" que había construido
Justiniano, esto es, la extensión de la Romanidad hasta los extremos del
orbe [117], pues en varios versos de su poema hace referencia a los triunfos que el
emperador ha logrado en Hesperia [118]. Dado que como es sabido Hesperia puede aludir
a todo el Occidente o, en un significado más concreto, a Italia y dado
que ello es muy importante en mi intención de analizar la atención
prestada al Extremo Occidente en las orillas orientales del Mediterráneo
en la segunda mitad del siglo VI, es preciso concretar el significado de Hesperia en
la obra de Pablo Silenciario.
Nuestro autor refiere repetidamente
las victorias de
Justiniano en tierras africanas [119] mientras
que en ningún momento menciona a Italia en sí ya
que habla de la Roma tiberina o latina [120],
e introduce a continuación y en varias
ocasiones derivaciones evidentes del programa de la Renovatio
Imperii de Justiniano:
además de vínculos entre la "Roma
Latina" y la "Nueva
Roma" [121],
encontramos afirmaciones tales como que su Imperio llega
no sólo
hasta el Océano [122] sino
que incluso rebasa el punto en el que el sinus
romanus y el Océano
establecen contacto por Occidente [123]. Estos pasajes aparecen
vinculados en el poema al vocablo Hesperia,
de ahí que en mi opinión
haya que entender que con él se está haciendo
alusión al
Occidente en su globalidad, y en todo caso a las orillas
europeas del Mediterráneo
Occidental, esto es Italia e Hispania y no únicamente
a la primera, a Italia [124].
Es cierto que Italia había vuelto a engrosar el número de territorios
imperiales desde los años treinta pero ahora, c. 563 que es cuando se
establece la fecha de composición de este poema, los asuntos itálicos
del Imperio no son todo lo felices que pudieran ser, ya que casi aún no
ha concluido el conflicto ostrogodo cuando la amenaza lombarda de invasión
comienza a ser algo peligrosamente real. Similar situación es la que se
ha vivido en la Península Ibérica donde ciertamente se tiene soberanía
territorial pero en la que no sólo no se ha vencido completamente a los
visigodos sino que se han visto obligados a establecer con ellos un tratado de
soberanía territorial [125]. Son estas razones, los momentos por los que estaba
atravesando el control de Justiniano sobre territorio europeo occidental, las
que tal vez llevaron a Pablo Silenciario a "silenciar" toda referencia
a la situación itálica o hispánica, contentándose
con evidenciar un hecho cierto que hay que anotar en el haber de Justiniano:
su control de todo el Mediterráneo y de las orillas oceánicas que
contactaban con él. Es precisamente en este punto donde nosotros vemos
una referencia, ciertamente indirecta pero referencia al fin y al cabo, a la
soberanía imperial sobre la orilla hispana del
Estrecho de Gibraltar [126].
De todo lo que acabo de exponer
se hace evidente que
Hispania está prácticamente
ausente de este elogioso poema en la actividad de Justiniano;
ninguna referencia a Iberia o a Hispania mientras que
tan sólo hemos encontrado una de carácter
indirecto a la orilla peninsular del Estrecho en su vertiente
oceánica.
No existe ninguna imagen de Hispania en la obra de Pablo
Silenciario [127],
de lo que puede deducirse que a los súbditos orientales
de Justiniano en aquellos años lo único
que ya les interesaba o que les llamaba la atención
era la renovada extensión del Imperio hasta sus
límites naturales
oceánicos -también un recurso retórico,
sin duda- mientras que se mostraban esencialmente indiferentes
a cualquiera de las realidades humanas
o políticas de esas zonas occidentales. Lo que
todavía importaba
era la nueva identificación entre el dominio occidental
del Imperio y el extremo occidente de la ecúmene [128] si
bien en primer término siempre
se situaba la acuciante y mucho más cercana problemática
oriental.
Juan Malalas es autor de una Chronographia consagrada
a la Historia de la Humanidad desde los inicios del mundo
hasta
el reinado
de Justiniano. Centrándonos
precisamente en lo que consigna como hechos relevantes
de sus años de
gobierno se comprueba rápidamente cómo
la atención de Malalas
está completamente volcada hacia Oriente y concretamente
hacia dos ámbitos,
primero Antioquía y luego Constantinopla. La presencia
de Occidente o de occidentales, aunque sea relacionados
con el Imperio de Justiniano, pueden
contarse con los dedos de la mano [129];
excepto en una ocasión, las demás
referencias se concentran en escuetos comentarios a la
intervención imperial
en el Reino Vándalo [130] y
en el Reino Ostrogodo[131] y una vez que ambos son vencidos
por Belisario el primero
y por éste y por Narsés el segundo, Occidente
desaparece completamente de la obra de Malalas. La referencia
que hemos dejado al margen introduce los nombres de los
monarcas contemporáneos de Justiniano,
de los que todos excepto uno -el persa- fueron dominados
en mayor o menor grado por ese emperador ya que habla
de los que reinaban en Roma, en Africa, en Axum
y en Iberia [132], siendo esta Iberia la región póntica
a la que hemos aludido.
Iberia es siempre en Malalas tierra póntica,
hecho que se comprueba cuando al leer toda la obra de
Malalas se constata que las referencias a las tierras
peninsulares hispanas -siempre breves- aparecen bajo
o
derivados: así ocurre
en relación a la presencia heraclea en el Extremo
Occidente o al hablar del poder alcanzado por Teodosio
al que llama
" y
procedente de
[133].
Tan sólo en una ocasión
menciona Malalas unos
en las entradas dedicadas al reinado
de Justiniano pero no remiten a ningún acontecimiento
contemporáneo relacionado con estas tierras sino a la soberanía
bizantina en el Bósforo cimerio en 528. Es al constatar la conversión
al cristianismo, gracias a Justiniano, del rey huno Grod y los lazos establecidos
entre ambos cuando conocemos que el emperador envió para
controlar aquella zona cimeria a soldados bizantinos;
la referencia exacta es
[134]
Estos acontecimientos
son muy anteriores a la época en la que Justiniano
comenzó a interesarse por Hispania por lo que
no llevaba razón
B. Rubin cuando interpretaba que esa referencia a soldados
llamados
aludía a mercenarios visigodos procedentes
de esta región [135]; más
bien habría que relacionarlo con alguna de las
antiguas unidades militares del Bajo Imperio establecidas
en Oriente [136].
La naturaleza cronística de la
obra de Malalas no favorece por supuesto la introducción
de digresiones así como tampoco la de comentarios
sobre los logros del Imperio o la extensión de
las tierras bajo su dominio
[137];
se limita a consignar los hechos que debieron ser más
llamativos en Oriente, fundamentalmente los pertenecientes
a las regiones greco y sirioparlantes,
interesandole muy poco Occidente en su conjunto y aún
menos en algunas de sus partes. Si lo que se consideraron
grandes victorias de Justiniano sobre
vándalos y ostrogodos merecen no más de
dos o tres referencias en una obra de la segunda mitad
del siglo VI, la intervención en Hispania
estaba totalmente olvidada para el ciudadano medio mediterráneo
oriental de esa época; las referencias a Hispania
son todas tópicas y de
tradición antigua pues así debe entenderse
la introducción
de los episodios hispanos de Heracles o la hispanidad
del Gran Teodosio.
Agatías y Pablo Silenciario trabajaron en círculos constantinopolitanos,
Malalas estaba vinculado a Constantinopla pero especialmente a la zona de Antioquía,
mientras que el llamado "continuador de Zacarías de Mitilene",
a quien debemos que se haya conservado en un epítome siríaco la
Historia Eclesiastica de Zacarías de Mitilene dedicada al período
450-491, se ha identificado con un monje sirio de Amida que en 569 amplió la
obra hasta las postrimerías del reinado de Justiniano [138]; es pues la continuación
de esta crónica siríaca la que interesa a nuestro propósito,
teniendo en cuenta que su autor está totalmente desvinculado del ambiente
de la corte pues pertenece histórica y culturalmente al ambiente siríaco.
La visión del autor de esta “Crónica
Siríaca” respecto
a Occidente es muy similar a la que hemos notado en Juan
Malalas pues son únicamente
dos los capítulos en los que comenta los acontecimientos
occidentales del gobierno de Justiniano, esto es, la
victoria en Africa y en Italia, si bien
la estructura de su obra, narración histórica,
le permite ser más
detallado [139].
Precisamente en el pasaje en que comenta la celebración
de la victoria sobre Gelimer en Constantinopla, el autor
de la Crónica Siríaca
hace lógicamente protagonista a Justiniano pero
también a los embajadores
persas que contemplaban el desfile [140],
mención que como bien recuerda P.
Brown es una demostración consciente o subconsciente
de lo que verdaderamente importaba al ciudadano siríaco
de a pie, esto es, el peligro oriental, el persa [141].
Por supuesto no hay ninguna referencia
a esa "anécdota imperial" que
debía ser Hispania vista desde Amida, más aún teniendo en
cuenta que Procopio, una de sus fuentes, no alcanzó a incluir ese episodio
en su obra. Pero Hispania sí aparece en esta Crónica Siríaca si bien, como viene siendo habitual, de una forma singular. El capítulo
VII del último libro de la obra, que está dedicado a resumir la
descripción del mundo que hizo Ptolomeo [142], se abre con la Europa Occidental
y con su primera tierra, Hispania, que presenta dividida en tres ámbitos,
Hispania exterior a la que atribuye 80 ciudades, Hispania
interior segunda con
46 ciudades e Hispania tercera orientada también hacia el Océano
consignada con 140 ciudades, a la que además une las "Islas Albas" en
el Océano [143]. Que duda cabe que estas tres Hispanias deben identificarse
por este orden con las antiguas provincias de Lusitania, Bética y Tarraconense
[144]; pienso que la primera debe ser Lusitania porque es completamente oceánica
en su litoral y por ser además la primera enumerada desde su inicio del
recorrido en el Océano y porque cuando se ocupa de Africa, la primera
región consignada es también la provincia más oceánica,
Mauritania, lógicamente Mauritania Tingitana [145].
El precario interés que veíamos en Procopio, la efímera
imagen imperial de Hispania presente sin duda en Cosmas Indicopleustes o Agatías,
el evidente abandono de la misma en favor de la oceanidad del Imperio que encontramos
en Pablo Silenciario han derivado en la indiferencia y olvido más absolutos
en Malalas y en el monje responsable de la Chronica
Siriaca, esto es al final
del reinado de Justiniano. El paso del olvido a la ignorancia prácticamente
absoluta sobre la realidad hispana fue un proceso rápido y el primer paso
en la relegación de Occidente de la mente del hombre bizantino, al que
además contribuyeron notablemente, en un círculo vicioso, tanto
las dificultades militares imperiales en territorios occidentales -invasiones
lombardas, rebeliones moras, resistencia visigoda- como la situación militar,
política, social y económica que tuvo que enfrentar el Imperio
en las últimas décadas del siglo VI. Terremotos, pestes, hambrunas,
disiminución demográfica, invasiones eslavas, recurrencia de la
contienda persa y la cada vez más evidente separación cultural
entre las áreas helénicas y siríacas del Oriente no favorecieron
en ningún momento que el Occidente y por supuesto Hispania fueran zonas
interesantes para los súbditos orientales del Imperio [146], pudiendo aquí trazarse
un peculiar proceso de Kaiserkritik [147]toda vez que mientras que los emperadores
sucesivos se ocupaban, mejor o peor pero se ocupaban, de sus intereses occidentales,
el sentir del pueblo del núcleo del Imperio iba por otra dirección.
Finalmente fueron los diversos emperadores los que siguieron a sus súbditos
y no a la inversa, descuidando así sus por otro lado cada vez más
pequeños intereses occidentales; por ello es perfectamente asumible la
idea manifestada por G. Fowden de que es precisamente la suerte corrida por las
conquistas occidentales de Justiniano en su misma época de gobierno la
que comenzó a demostrar cómo la ecúmene bizantina podía
existir perfectamente sin el mundo latino [148]. Por poner sólo unos ejemplos
y para concluir diremos que según Menandro Protector, escribiendo a principios
del siglo VII sobre el reinado del emperador Tiberio, el envío de dinero
a Italia para luchar contra los lombardos no era tanto porque le interesara esa
zona occidental como para que persuadiera a algunos
líderes de los lombardos
para que se unieran a las fuerzas romanas. De esta forma dejarían de hostigar
a Italia y se podrían incluso unir a los romanos para luchar en el Este
y así ayudar al Imperio Romano [149]; Teofilacto Simocata, también de
principios del VII, incluye en su narración la llegada de una por otra
parte bien documentada embajada franca, concretamente de Austrasia; los embajadores
proceden según Teofilacto de la Ibérica céltica... estos
[hombres] son de hecho llamados francos en la lengua moderna
[150]
mezcla
evidente de áreas geográficas, grupos étnicos
y reinos que por otra parte no debe sorprender ya que
su obra, netamente urbana y centrada
en Constantinopla y en las regiones orientales a ésta,
tiene graves errores geográficos sobre las mucho
más cercanas zonas balcánica
y marmárica [151].
A Teofilacto también debemos
el conocimiento del supuesto testamento del emperador
Mauricio en el que trazaba de nuevo una divisio
imperii en esencia bipartita en tanto en cuanto
se establece una Pars
Orientis (área helénica y siríaco-egipcia)
y una Pars
Occidentis (exclusivamente Italia y sus islas),
mientras que el resto del Imperio debería
ser repartido entre sus hijos [152]. Esta expresión "resto
del Imperio" no
es nuestra sino de ese autor, y en ella necesariamente
deben incluirse territorios como el africano amén
por supuesto del hispano que aún subsistía,
territorios que sin embargo no merecían ser citados
por su nombre en la opinión de ese autor, sin
duda por carecer de interés para el hombre
oriental del siglo VI-VII. Evagrio Escolástico,
también de finales
del siglo VI, rememorando la guerra gótica, olvida
la contienda hispana y obvía la independencia
del territorio franco pues hace a Narsés
conquistador para el Imperio de Justiniano de todo el
territorio desde Italia hasta el Océano occidental
[153]. En el Strategikon,
tratado de táctica
militar redactado en época de Mauricio, la referencia
a hispanos se reduce a indicar que combatían muy
bien en montes y lugares accidentados, en una clara recurrencia
clásica al tópico de la guerra de guerrillas
hispana presente ya en los primeros relatos de la conquista
romana de Hispania [154], mientras que los supuestos enemigos
occidentales del Imperio son llamados genéricamente pueblos
rubios [155].
En la obra poética de Jorge de Pisidia, contemporáneo
y panegirista en cierta forma de la actividad militar
de Heraclio, el Extremo Occidente sólo aparece
mencionado como lugar del que partió ese
emperador para acometer la revitalización del
Imperio [156]; todo su interés
son lógicamente las contiendas persa y ávaro-eslava.
Para la inmensa mayoría lo que aún subsistía
de la Reconquista de Justiniano estaba totalmente fuera
de la visión de los habitantes de Constantinopla
y aún más de los de la zona siríaca.
En la Doctrina Iaccobi, documento de carácter apocalíptico y milenarista
de los años treinta del siglo VII, se afirmaba ante la pregunta de la
situación actual del Imperio Romano que ahora
vemos una Romania humillada,
una Romania que se extendía no sólo a las regiones orientales porque
el territorio de los romanos solía extenderse hasta nuestra época
hasta el Océano, es decir desde Escocia, Britania, Hispania, Galia, Italia...
Africa [157]. Esta es casi la última ocasión en la que gentes del Imperio
Bizantino, bien es cierto que judíos entre Egipto y Africa, hablan de
la romanidad de Hispania en tiempos relativamente recientes, pero ya entonces
Hispania es completamente un territorio relegado, desterrado de la mente del
hombre del Imperio. Sin embargo a lo largo de la historia del Imperio Bizantino
hay un hecho que mantendrá su validez: el Estrecho Gaditano, el punto
por donde se oculta el sol, fue siempre reconocido como el límite natural
del Imperio. Ahora bien, aunque el Estrecho no fue completamente relegado sí se
reconoció en los siglos sucesivos que ese límite era el límite
del Imperio Romano y no el del Imperio Medio Bizantino; un reconocimiento que
está presente en el prólogo del De
Thematibus de Constantino VII
Porfirogéneto cuando habla de la disminución territorial del Imperio
que se había producido desde el reinado de Heraclio [158], y especialmente
en la Alexiada de Ana Comnena quien afirmaba que hubo,
en efecto, un tiempo en que las fronteras del imperio
de los romanos eran los dos pares de columnas que
marcaban los límites de oriente y occidente: por poniente las llamadas
de Hércules y por levante la de Dioniso, que están situadas en
algún lugar cerca de las fronteras de la India... pero en nuestros días
las fronteras del poder imperial romano eran por oriente el cercano Bósforo
y por occidente estaban fijadas en Adrianópolis... [159].