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"La cruel Fortuna del gran diablo.
El Algaceli de El Cairo, un sevillano en Oriente"
Autor:Fernando Fernández Lanza

   
   
 
CRÓNICA DE LOS TURCOS, LA CUAL, PRINCIPALMENTE, SIGUE A LA QUE ESCRIBIÓ JUAN MARÍA VICENTINO, CRONISTA DE MAHOMETO, BAYASIT, SELIM Y SULEIMÁN, SEÑORES DE ELLOS.

34 (c.238).

De la dolencia y muerte del señor Selim, Gran Turco.

Algunos años antes de esta empresa
al señor Selim se le hizo una llaga en la cadera
y aún se creyó que le caía cáncer en ella
--según que en el capítulo CCV de esta crónica se ha contado.
Aquella llaga fue curada con gran diligencia
y atajado el cáncer que en ella cayó, si alguno era;
aunque siempre el lugar donde la dicha llaga había sido
quedó tierno y con cualquier exceso --especialmente de calor--
se le desollaba y mudaba el color que de continuo tenía;
el cual nunca había sido perfecto como antes,
aunque aquello juzgaban los médicos ser de las medicinas fuertes
que en la llaga le habían puesto.

Pero al tiempo que el señor volvió de la conquista de la señoría
se le tornó a abrir algo aquella llaga,
apareciendo en ella una pequeña cabeza como de un nacido.
Todos los sus médicos y cirujanos se la procuraron luego de curar
con el mayor recaudo que fue posible;
mas todo no bastó a que la llaga no creciese,
dándole la más trabajosa y penada vida que hombre del mundo podía tener.

Y después de llegado a Constantinopla,
los médicos determinaron que caía cáncer en ella
y le pusieron luego aquellas medicinas
que para el remedio de ello convenía;
las cuales el señor Selim podía sufrir con gran trabajo
dando continuamente voces y haciendo otras extrañezas,
que parecía más rabiar como un can que no otra dolencia alguna.

Los médicos le mandaron guardase de ciertas viandas y de vino,
lo cual le hacía gran provecho;
porque aunque la llaga --en todo el tiempo que este regimiento guardó,
que fue lo que le quedaba del año de 1519 y alguna parte de 1520--
no sanase,
al menos parecía siempre mejorar alguna cosa
y estaban seguros que no empeoraría.
Y todo el trabajo que el Gran Turco pasaba
era cuando le curaban, y hasta hora y media después,
porque parecía que le quemaba de fuego.
Y curábanle dos o tres veces al día.

Suelen hacer los turcos una confación
y acostumbran de usar de ella muchas veces en sus placeres.
Y es tal que --según la cantidad que de ella beben--
así están fuera de seso desde a dos horas a lo menos,
hasta a venticuatro horas,
porque de allí no pueden pasar si no tornan a beber de la dicha confación.
Y con el pensamiento que están o quisieren tener,
cuando la beben, en aquello hablaban.
Y si querían ver mujeres,
las ven en el aire andar por encima de ellos,
y ellos están fuera de sí riendo con gran placer mirándolas.
Y si quisieren ver batallas,
basta que piensen en ellas al tiempo que la dicha confación beben,
que todo lo que la fuerza de ello dura están --como dicho es--
fuera de sí riendo y viendo muchas batallas en el aire.
Y semejablemente les acaece de cualquier cosa que deseaban ver.
Y aunque entonces les pegasen un tizón ardiendo,
no lo sentirían.

Al señor Selim pareció conveniente cosa
--para no sentir el trabajo que pasaba cuando le curaban--
beber aquella confación él y algunos de sus privados.
Y comenzándolo de hacer
--así contra defendimiento y amonestación de los médicos,
y aunque era remedio para el sentimiento de la cura--,
era daño grande para la salud
y hacíale empeorar en mucha manera la llaga.
Y después de haberlo usado algún tiempo,
los médicos con mucha premia se lo hicieron dejar.
Pero luego, desde a pocos días, él tornó a beber de su confación.
Y, así, el cáncer se creció y la llaga fue tan adelante
que --de la cadera donde comenzó-- se extendió
hasta las costillas, y entre ellas se veían las entrañas,
creciéndole con ella una fiebre pestilencial
que le acabó de quitar todos los pensamientos de la guerra.

Y en este tiempo su vida era de tan gran angustia y dolor
que jamás se vio de otra persona alguna.
Y aunque no sentía el trabajo de la cura con la fuerza de la confación,
tampoco sentía que se meneaba y echaba los brazos a una parte y otra
quitándose los paños y ataduras de su lugar.
De manera que cuando se acababa la fuerza de la confación, o antes,
era menester tornarle a acobar las ataduras o curarle de nuevo.

35.

Así, su mal vino a tal extremo que
--siendo el mes de agosto del dicho año de 1520--
é l mandó que le cortasen
toda aquella carne que tenía encendida y llagada;
lo cual no se pudo bien hacer
porque un físico judío no quiso consentir
en que le cortasen aquello que él quería.
Y le mató con una cimitarra que en su cámara estaba.
Lo cual visto por los otros médicos,
dijeron que era bien probar aquel remedio
que el Gran Señor decía y quería.
Y, así, le cortaron toda la carne de sobre la cadera
y todo el cuero de la ijada y la carne de sobre las costillas,
con todo lo otro que pudieron cortar.
Pero a él nunca le oyeron decir que empeoraba,
mas que tenía mucha mejoría.
Y que Dio y él habían sido su cura.
Y, así, rabiando y comiéndose las manos,
harto de victorias y triunfos,
vencido y rendido en la cama,
rabiosa, cruel y atormentadamente
murió en el mes de septiembre de dicho año de 1520
en la misma villa de Ciurlu donde había peleado con el padre.
Y bien pareció que Dios nuestro señor
quiso dar la paga de su mucha justicia
en el mismo lugar que el delito se había cometido.

36.

Tuvo Selim el imperio 8 años y vivió 40, digo 46.
Fue alto de persona y corto de piernas,
que parecía harto mejor a caballo que a pie.
Era redondo de gesto,
de color amarillo y los ojos gruesos y feroces.
Tuvo un corazón de león
y jamás tuvo miedo de la Fortuna
por peligro alguno en que se viese aunque fuese manifiesto.
Nunca tornó atrás de las empresas que tenía comenzadas,
inclinado de continuo
--como hace siempre el verdadero y generoso magnánimo--
antes a los consejos dudosos y honrados
que a los seguros de poco loor.
Estimaba, sobre todos los capitanes de los antiguos,
a Alejandro Magno y a César
y muchas veces leía sus historias traducidas en lengua turquesca.

Era de natura soberbio y siempre penoso.
Y nunca mudable, especialmente en dejar de ejecutar su crueldad,
la cual en muchos casos era fundada sobre demasiada justicia.
Mató a Mustafá Bajá porque le halló ser poco fiel.
Hizo morir a Eschender Bajá
porque en la empresa del Sufis ponía tantas dificultades
que los jenízaros estaban casi amotinados
y no querían pasar adelante del río Eúfrates.
Mandó cortar la cabeza a Bostanci Bajá, su yerno,
porque hacía muchos cohechos en las provincias donde gobernaba.
Mató a Janus Bajá porque hizo amotinar a los jenízaros
que con Cayerbeyo quedaban en la guardia de El Cairo.
Solía decir muchas veces que él no traía barba larga
como sultán Bayasit, su padre,
porque los bajáes no le echasen mano de ella
y le llevasen donde quisiesen, como con su padre solían hacer.

Fue notado de gran crueldad contra su sangre propia,
habiendo sido muertos por su mandado 73 personas de ella.
Mas él decía que no había más dulce cosa
que el reinar sin miedo ni sospecha de parientes;
y que a él no le habían de echar culpa
de la muerte que a los suyos había dado,
porque la misma era necesario que sufriera
si el más pequeño de los de la sangre otomana hubiera quedado por señor;
y que no era prudente el que en ejecutar su propósito ponía espacio alguno
porque siempre con la dilación se perdían las buenas ocasiones
y nacía algún impedimento contra la principal voluntad.
En fin, que él fue un señalado hombre.
Tan bien en el arte militar como en el recibimiento de los pueblos
porque quería que se hiciese mucha justicia en toda parte.

Y, así, decía micer Luis Mocenigo
--que fue uno de los embajadores venecianos
cerca de la Cesárea Majestad en Bolonia--
que estando embajador en El Cairo con sultán Selim
y habiéndole muchas veces hablado,
no le parecía que había hombre igual de él,
así en justicia como en humanidad y grandeza de ánimo,
y que no había en él punto de bárbaro.
Y que todo aquello que el vulgo le ponía por tacha
lo justificaba en tal manera que parecía ser así la verdad.

Fue sultán Selim gran cazador y dado poco a mujeres.
Fue, así mismo, vigilantísimo en el comer.
Tuvo tanta templanza que ordinariamente
--como lo pudiera hacer cualquier pobre soldado--
no comía sino de una vianda.
Y ésta era muchas veces de manjares gruesos,
que no de aves ni de otras cosas delicadas.
Lo cual todo le tuvo sano en tantas fatigas como pasó
e infinita diversidad de aires de tierras muy extrañas por donde él anduvo.



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