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Cómo el señor Selim se tornó a
Constantinopla.
Muertos todos los soldanes
con casi toda la soberbia generación de los mamelucos
--según se ha contado--,
toda la tierra hasta el fin del mar Bermejo
--que por otro nombre es dicho el Sino arábigo--
vino a dar obediencia al señor Selim.
El cual, después de tenerlo todo pacífico,
fue a Bullao
a ver el maravilloso crecimiento del río Nilo.
Y de ahí fue, así mismo, a ver Alejandría.
Y tornó a El Cairo; donde, queriéndose
volver en Constantinopla,
determinó de dejar por gobernador a Cayerbeyo
para pagarle de la traición que había hecho
en la jornada de Alepo.
Concertó con él que en cada un año
le diese puestos en Constantinopla un millón de
serafines
--que cada serafín tendría poco menos del
peso de dos ducados--,
y el resto de la renta del estado distribuyese en la
guarda de la su voluntad.
De esto pesó mucho Janus Bajá
porque deseaba demasiadamente quedar en aquel oficio.
Y con esta envidia
hizo que los jenízaros que quedaron en la guarda
de El Cairo
se amotinasen, luego que el Señor fue partido,
por poner en alguna desgracia a Cayerbeyo.
Mas la su malicia le salió al contrario;
porque cayendo el Gran Turco en aquello,
y que había sido obra de Janus Bajá,
yendo por su camino no lejos de El Cairo,
en su presencia le hizo cortar la cabeza.
Y así, andando por sus jornadas, llegó a
Alepo
al fin del año de 1519,
habiéndole costado la presente jornada más
de 250.000 personas,
sin muchos hombres que no eran de guerra que morían
por los caminos
andando con las yeguas trayendo bastimento al real.
Porque nunca los turcos cuentan en la guerra otra gente
de la que falta,
salvo la que es para pelear.
Y, así, aunque el señor Selim vino con
tan gran victoria,
trajo deshecho su ejército y su persona demasiadamente
quebrada
habiéndole acaecido en ella una enfermedad
de que en días pasados le habían curado.
De manera que quiso la fortuna que el vencedor triunfante
viviese vencido de todo el desagrado que en la vida humana
puede caber,
según adelante se dirá.
Y con todos estos trabajos llegó a Constantinopla
donde al tiempo de su partida había dejado a sultán
Suleimán,
su único hijo, debajo de la gobernación
de Pirro Bajá,
hombre de gran fe y singular gobernación y prudencia.
Y aún hubo muchos que dijeron haber tenido el
señor Suleimán
gran peligro de ser atosigado con una vestidura tinta
en ponzoña
que su padre sultán Selim le había enviado,
temiendo que el hijo había de hacer
aquello que él había hecho a sultán
Bayasit, su padre,
según en esta historia se ha contado.