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"La cruel Fortuna del gran diablo.
El Algaceli de El Cairo, un sevillano en Oriente"
Autor:Fernando Fernández Lanza

   
   
 
CRÓNICA DE LOS TURCOS, LA CUAL, PRINCIPALMENTE, SIGUE A LA QUE ESCRIBIÓ JUAN MARÍA VICENTINO, CRONISTA DE MAHOMETO, BAYASIT, SELIM Y SULEIMÁN, SEÑORES DE ELLOS.

32 (c.236).

Cómo el Algaceli fue traído en la presencia del señor Selim
y de lo que con él pasó.

Siendo pasados quince o veinte días de esto,
y que el Algaceli podía andar, el Gran Señor le mandó traer ante si.
Y venido que fue allí, él hizo aquella reverencia que debía
y se quedó de rodillas en el suelo.
El señor Selim mandó que lo levantasen
porque el Algaceli aún estaba muy flaco para poderlo hacer.

Y haciéndole sentar en muy honrado lugar
--entre Mustafá Bajá y uno de los visires--
le comenzó a decir:

-- Algaceli:
si en mí hubiese desconocimiento de los valientes hombres,
esos que están alderredor de ti
no tendrían tan honrados lugares como ves que tienen,
ni la parte que todo el mundo sabe que conmigo alcanzan.
Y si Dios no tuviese cargo de favorecerme mis batallas
--y nuestro santo profeta Mahomad--
yo tendría más enemistad con los que me son contrarios.
Mas como ellos llevan todas las mis empresas al deseado fin,
yo castigo a algunos de los vencidos por ejemplo, aunque pocos,
y perdono a muchos por misericordia;
de los cuales seas tú uno si quisieres.
Y porque tuviste buena voluntad de servir a tu señor
y a mi no me has hecho daño que en mucho deba tener,
yo quiero haber piedad de ti.
Y si me prometes que me serás leal servidor
como a los soldanes Causanciauri y Tumosbey lo fueste,
ese lugar en que estás no te será quitado
porque yo lo tengo para el que por mí fuese
Algaceli de El Cairo.
Por tanto tú dime la verdad de lo que piensas
recibiendo de mí beneficio tan grande,
allende de darte la vida.

El Algaceli comenzó a llorar muy gravemente.
Tanto, que por un buen rato no pudo hablar palabra alguna.
Y después, levantándose como mejor pudo
y besando primero la tierra, dijo:

--Señor, yo conozco que Dios es contigo;
y que si esto no fuera, que no sojuzgarías tú tan ligeramente El Cairo,
ni Egipto, ni Suria,
ni serías en todas las cosas tan excelente y acabado príncipe.
Pero antes que a lo que me has ofrecido te responda,
quiero decirte mi vida.
Y te daré después la respuesta de lo que con mi corazón puedo acabar.

Yo fui criado desde edad de diez años
en compañía y hermandad de Causanciauri,
en la cámara y palacio del Gran Soldán que tú mataste en Alepo.
Entre Tumosbey y mi, nunca hubo cosa conocida ni partida
ni las voluntades lo eran.
Servimos cuanto fue nuestro entendimiento y poder
al dicho señor Soldán que nos crió.
Y después, al tiempo de su muerte,
fue elegido Tumosbey por Soldán, según que todo el mundo sabe.
Y dígote, Señor, que con mucho trabajo pude acabar con él
que él lo fuese y ya lo dejase de ser.
Servile en estas sus fatigas lo mejor que pude
y siempre deseé que con su vida hubiese de acabar la mía.
Mas el vivir y el morir están en la mano de Dios.
Y si yo no quedara
cual los que me levantaron del suelo saben que quedé
en esta postrera batalla,
y primero me hicieran piezas que Tumosbey fuera preso de los tuyos.
Esta es, Señor, la vida que yo he tenido,
contando en ella por muy buena ventura haber caído en poder tuyo,
que sin te lo merecer
me ofreces aquello que el Soldán que murió pudo hacer en mí,
y lo que Tumosbey --a quien yo tanto quise-- hacía.
Lo que de mi corazón te puedo decir
--respondiendo a tu demanda,
porque a hombre tan bueno como tú todos deben decir verdad
y yo siempre he procurado de hablarla y mantenerla--,
paréceme, Señor,
que --como yo tenía en más la vida de Tumosbey que no la mía,
y en tanto como mi honra la suya--,
que todas las veces que me acordase
que tú, deshonradamente y sin razón, le mandaste ahorcar,
no podría quererte bien.
Y quererte mal, recibiendo de ti tan gran beneficio, sería traición.
Y aunque de la gente lo podría bien encubrir,
a mi mismo habría de ser manifiesto tener mella
por otro del que hasta aquí he procurado ser.
Una sola gracia te demando,
dejando las honras y mercedes que me ofreces
para quien mejor te las sirva.
Y es que por las mismas calles, y otro tanto tiempo,
y con la gente que a Tumosbey llevaron a colgar,
me hagas llevar a mí.
Y poner en la misma puerta que a él pusieron.
Para que seamos tan conformes en la muerte
como en la vida siempre lo procurábamos ser.

Dichas estas palabras,
con muchas y grandes lágrimas y singultos,
el Algaceli cayó amortecido en tierra.
Y el señor Selim le mandó de allí levantar
y volver al lugar donde antes estaba.
Y dijo a los señores y privados que allí se hallaron:

--En más estimaría ganar la voluntad de este hombre
que tornar a conquistar otro El Cairo y otra Suria.



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