26 (c.233).
Cómo el Gran Turco pasó el
Nilo y hubo otra batalla con los enemigos.
Y como el Gran Soldán, después de ser vencido
en ella, se escapó.
Sabida por el señor Selim la terquedad y simpleza
del Soldán,
é
l determinó de ir a le buscar para acabarlo totalmente
de destruir.
Y, así, envió a Mustafá Bajá con
15.000 hombres
a echar muchos puentes en el Nilo por donde el ejército
pasase.
Y poniendo por obra Mustafá Bajá lo susodicho,
ya que los puentes eran hechos
y alguna de la gente pasada por ellos de la otra parte,
los espías que el Gran Soldán tenía
en aquellos pasos del río
a la misma hora se lo hicieron saber.
Y como la dicha nueva llegó al Algaceli
--el cual estaba a cuatro leguas de allí con 2.000
caballos
guardando que los bastimentos de aquella tierra no pasasen
a El Cairo--
fue a todo correr para el Soldán --que estaba
otras seis leguas adelante--
diciéndole que no era tiempo de más tardar
porque los turcos comenzaban ya de pasar el río
para venir a ellos.
Y, así, tomando el Soldán 5.000 mamelucos
y 10.000 árabes,
andando de día y de noche
llegó a los puentes que los enemigos tenían
hechos;
y rompiendo con los que de aquella parte habían
pasado
--como quiera que ellos se defendieran valentísimamente--,
al fin los hicieron piezas a causa de no poder ser socorridos
de los suyos.
Por lo que luego fueron tomadas las entradas de los puentes
por la gente del Soldán;
los cuales después de haber roto los enemigos
se retornaron en aquel lugar donde antes el Algaceli
estaba,
dejando quebrados y destruidos aquellos puentes
que la gente del Gran Turco tenía hechos.
El señor Selim recibió mucha pena de esta
desgracia
y mandó que luego se tornasen a hacer otros puentes
en el mismo lugar donde antes estaban y otros a tres
leguas de ellos;
y que por los unos pasase Mustafá Bajá
--el cual se había escapado en la rota de los
puentes por la ribera abajo
pasando después el río en un barco--
y por los otros pasase el dicho Gran Turco con el resto
de su ejército.
Fueron puestos en el río todos los navíos
que se pudieron hallar
con mucha artillería,
porque los enemigos no se pudiesen acostar a la ribera.
Y luego Mustafá Bajá, con hasta 30.000
hombres,
fue a pasar por los unos puentes.
Y el señor Selim --enviando a poner sus pabellones
junto cabe los otros de la otra parte del agua--
hizo pasar todo su ejército viniendo su persona
en la retaguardia de él.
Y aún antes que el ejército acabase de
pasar
vieron grandes polvos no muy lejos de ellos,
que parecía que querían llegar al cielo.
El señor Selim mandó ir luego caballos
ligeros
a ver qué cosa eran aquellos polvos,
y entretanto toda la gente suya acabó de pasar.
Siendo desde a poco rato vueltos algunos de los caballeros
ligeros,
dijeron cómo los enemigos venían a mucho
andar para ellos
pero en muy buena ordenanza.
Y así, muy presto, se descubrió el Soldán
con hasta 15.000 hombres.
Y aunque el señor Selim tenía gran número
de gente,
en la verdad hubo temor no le acaeciese cualquier desdicha.
Y aunque algunos eran de parecer que se volviese a pasar
los puentes
y que la ventura se pusiese en los suyos,
pero otros muchos le dijeron
que si aquel día mostraba flaqueza o cobardía
alguna,
todas sus buenas jornadas eran perdidas.
Y, así, él acordó de no mudarse
del lugar de donde estaba.
Y los capitanes hicieron allegar muchos navíos
con artillería
a ambos los lados de su batalla
y las otras escuadras suyas salieron a esperar los enemigos,
los cuales muy prestamente los acometieron.
Y fueron con ellos con tanta furia que los hicieron retraer
hasta los estandartes del mismo señor Selim.
27.
Y allí --habiendo recibido la gente del Soldán
algún daño de la artillería de los
navíos-- los turcos recobraron ánimo
y rebatieron los enemigos hasta los estandartes del Soldán.
Lo cual visto por el Algaceli --que hasta entonces no
había roto--
entró con 2.000 moros hecho un león en
la batalla
matando y despedazando muchos de los enemigos
en tal manera que la sangre corría por todo el
campo.
Y, así, los turcos fueron otra vez llevados hasta
los estandartes suyos,
con infinita mortandad de ambas partes.
Pero estando la batalla en esta sazón,
vieron venir por la ribera abajo la gente de Mustafá Bajá
que por sus espías había sabido cómo
los enemigos venían
a romper con el señor Selim;
y, así, él --a la mayor prisa del mundo--
le venía a socorrer.
Y luego que por los turcos fue visto,
se esforzaron e hicieron retirar por segunda vez a los
enemigos
hasta sus estandartes,
aunque entonces de la parte del Soldán sólo
peleaban los moros
por dar lugar que los mamelucos reposasen,
que mucho lo habían menester;
los cuales de nuevo entraron en la batalla
con tanta braveza que hicieron retraer otra vez a los
turcos
hasta sus estandartes.
Y tanta fue la necesidad en que les pusieron
que de todo punto se juzgaban por perdidos
y muchas gentes se desarmaron para huir por la ribera
abajo.
Y a este tiempo llegó --por la parte donde el
señor Selim estaba--
el belerbey Mustafá Bajá con hasta 4.000
hombres.
Y pasando a mucha prisa el puente,
viendo que el Gran Señor le miraba como un can
rabioso,
se metió en la batalla haciendo cosas extrañas
en armas.
Y tomando los enemigos por el un lado,
los apretó de tal manera que los hizo otra vez
retirar
hasta sus estandartes,
sonde el Algaceli tornó a esforzar a los suyos.
Y fueron recobrando el campo en tal manera
que --después que el mundo se formó-- fueron
vistos
hombres infernales como aquellos del Soldán,
que siendo número de 15.000 hombres
a más de 100.000 que el Gran Turco allí tenía,
aún llegado Mustafá Bajá y Mustafá Bey,
los tenían vencidos y rotos sin remedio alguno.
Pero a este tiempo socorrió Alibey Bajá,
un valiente capitán,
con hasta 20.000 hombres de a caballo y de a pie,
que cuando el señor Selim hubo de partir de El
Cairo envió por él,
que estaba en la parte de Gazara.
Y pasando el puente de donde la batalla se hacía,
a mucha prisa se fue a romper con ella.
Y con la venida suya los turcos se esforzaron
de modo que todos los que huían tornaron a pelear.
Y, así, los enemigos
--cansados de matar y despedazar hombres--
no pudieron ya más sostener el campo.
28.
Y vista por el Gran Soldán la victoria de parte
de los enemigos,
y que todavía la fortuna le era contraria,
y el su buen planeta era tornado en malo
y la señoría en miseria y desventura,
y el su nombre de grande en nonada
y la riqueza y mucha prosperidad en pobreza,
y el gran acompañamiento en soledad
y la lealtad de los suyos en traición y enemistad
--porque en aquella batalla había visto a Omar
de la parte de sus enemigos,
el cual él con su misma mano mató--,
mirando al cielo lloraba de corazón su malvada
y contraria fortuna
de tal suerte que los que le oían
creían de verdad reventar los corazones.
Y con infinitas lágrimas
é
l se puso en huida, caminando de día y de noche,
hasta que llegó a un casar cerca de una fuente
--quince leguas de donde la batalla se dio--
donde tomó algún tanto de reposo.
Y --según fue referido por el morador de la dicha
casa-- estando en ella,
al señor Tumosbey le oyeron decir entre sí las
siguientes palbras:
Lamento del gran soldán Tumosbey después
de la postrera batalla.
¡Oh, Fortuna cruel, engañosa, que siempre
tienes condición
de hacer de los hombres bajos, grandes y poderosos!
Y de aquellos que en prosperidad y contento están,
siempre los acostumbras derribar en bajeza y desventura.
Aquellos que de ti fían, quedan engañados.
Y los que en algún tiempo te creen son demasiadamente
locos,
porque nunca diste victoria de dos días
que al tercero no la tornases en tristeza y perdición.
Y siempre a los que tú ríes con la cara
los haces con las obras tuyas llorar.
Si no, dime: ¿qué necesidad tenías
de hacerme a mi Soldán de El Cairo
o para qué convenía aquello
pues con tanto llanto y tristeza me has privado de la
señoría?
Hubieras de mi compasión --pues que me había
fiado de ti--
y no me dieras tanta tribulación,
pues tú me hiciste reír un día
para que todo el resto de mi vida tuviese que llorar.
Y si por hacer cosas grandes lo habías,
deshicieras a este mi enemigo que tantas victorias le
has dado
y no a un pobre mameluco como yo.
Que para el pago de una hora
que me quisiste favorecer de Gran Soldán de El
Cairo,
debieras contentarte de volverme al estado que me tomaste
para que pudiera dar alguna ayuda a mi mujer y a mis
hijos,
la perdición de los cuales siento más que
la mía.
¡
Oh, mi buena mujer!
Ruego a Dios que os socorra con la muerte
u os dé o provea de mucha paciencia en la vida
y os dé enemigos piadosos.
A mis amados hijos, de parte de mi cuerpo y de todo mi
corazón
os encomiendo,
y no a la malvada Fortuna,
la cual toda mi felicidad me ha reducido en miseria
haciéndome sujeto y vencido de un vilísimo
turco.
La grandeza del mundo, tú, Fortuna,
la has hecho venir delante de mis ojos mucho estrecha.
Y la mi señoría y potencia la has tornado
en nonada.
Y la dulzura del estado en mucha amargaura
de verme despojado del que más pudiste hacer
sino que las vestiduras reales
son ya tornadas en vestiduras de hombres bajos y viles.