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De lo que el Soldán hizo al tiempo que huyó de
El Cairo
y cómo no quiso venir a la obediencia del Gran
Turco,
aunque él se lo envió a decir.
El gran soldán Tumosbey, al tiempo que de El
Cairo huyó,
no se detuvo en parte alguna hasta pasar el Nilo.
Así, se fue a la tierra de Sarto, donde se rehizo
de alguna gente,
así de mucha que de El Cairo se había escapado
como de otra que de aquella comarca se allegó.
Y deseando saber aquello que los enemigos hacían
en El Cairo,
envió secretamente un hombre muy principal llamado
Omar
a los que en la dicha ciudad tenía por amigos
ciertos y servidores,
haciéndoles saber que él sería --para
una noche que les señaló--
con toda la gente que tenía a las puertas de El
Cairo.
Por tanto, que para entonces que ellos se juntasen y
aunasen
para que antes que los turcos se apercibiesen fuesen
hechos piezas.
Pero el dicho Omar había estado secretamente
en Damasco
al tiempo que el señor Selim se vino, y le besó la
mano y dio obediencia;
y mandó tenerle fidelidad como bueno y leal esclavo
y por su mandado se había vuelto al dicho Soldán
porque podría más servir estando con él
que viéndose públicamente al servicio del
Gran Turco.
Y así, cuando esta vez le envió para El
Cairo,
é
l se vino derecho para la casa del Gran Turco.
Y llegado que fue delante de él, besando primero
la tierra,
con gran reverencia le hizo entender a lo que el Gran
Soldán le enviaba.
El señor Selim le agradeció mucho aquel
aviso
y le prometió por ello de darle un sanjacato en
aquella tierra de Sarto.
E informándose de quiénes eran aquellos
a quienes el Soldán enviaba a decir y aprecibir,
los mandó a todos hacer piezas.
Y proveyó de mucha guarda en todos los pasos del
río
para que ninguna persona pudiese de El Cairo
pasar donde el Soldán estaba,
ni el dicho Soldán venir a la parte de El Cairo.
Pasados algunos días, el señor Selim envió un
visir de los de su consejo
y al belerbey de la Grecia por embajadores al Gran Soldán
haciéndole saber que si él quisiere venir
a inclinarse ante su mucha potencia
y le prestase mucha obediencia como bueno y leal vasallo,
que él le dejaría por su mano la señoría
de la gran ciudad de El Cairo
y le daría un estandarte de los suyos
para que por él toda la tierra le obedeciese.
Y, así mismo, le dejaría enteramente
las tierras con todas las rentas que habían sido
suyas,
respondiéndole con cierta suma para la guardia
de algunas fortalezas.
Y que sería siempre honrado de él
como el más principal vasallo y amigo que en el
mundo tuviese.
Mandó, así mismo, el señor Selim
a los dichos embajadores
que estuviesen con el Algaceli
y le dijesen de su parte que le rogaba tuviese por bien
de rogar al Soldán aceptase su embajada.
Y que le haría muchas mercedes,
dejándole todo el lugar y estado que cerca del
Soldán tenía;
y, además de aquello, le daría 100.000
ducados en cada un año
con que pudiese honrar su persona.
Fue tan malo el consejo del Soldán que no quiso
aceptar aquel partido que el Gran Turco le enviaba a
ofrecer.
Mas --como hombre irracional-- contra todo parecer
dijo que antes quería morir y padecer diversos
martirios
que a los que le habían tomado por señor él
los hiciese sujetos sino a él.
El Algaceli respondió que pues su señor
el Gran Soldán no quería partido,
que era excusado hablar en el suyo.
De las cuales respuestas
--según la mucha necesidad y miseria en que estaban
entonces ambos--
los animales y bestias sin sentido se debieran maravillar
pues tanta crueldad y mal partido se escogieron para
si.