20 (c.227).
De otra batalla que hubo
entre el Gran Turco y el Soldán
y lo que en ella sucedió.
Pasados otros dos días,
el gran señor Selim se levantó al salir
el sol
y mandó que todos fuesen puestos a caballo;
y así mismo los de a pie saliesen en orden,
y todos acudiesen a sus capitanes.
Y con grandísima pompa y mucho número de
instrumentos de guerra,
é
l subió a caballo
e hizo desplegar el su hermoso y grande estandarte blanco;
y puso en la delantera de su ejército a los genízaros
y con ellos a la gente de Grecia que estaba para poder
pelear.
Y semejantemente ordenó todas sus otras batallas,
poniendo en ellas los escopeteros y artillería
que le pareció ser necesaria.
La gente del Soldán salió de la ciudad
con grandes alaridos, a mucha prisa a dar la batalla,
al tiempo que ya el señor Selim estaba en el campo;
el cual, luego que vio acercar a sus enemigos,
animosamente fue a romper con ellos.
Y, así, se comenzó una batalla tan cruel
que se puede tener por cierto que muchos años
antes
no se vio otra semejante ni donde tantos fuesen muertos,
así de la una parte como de la otra.
El polvo se levantó tan grande
que no se podía discernir los unos de los otros,
salvo por las voces y el ruido;
y el estrépito de todos era tal que parecía
ser entonces el fin del mundo.
Y desde a pequeño rato que la batalla se comenzó
--así aquellos que salieron de la ciudad
como los otros que en el campo los estaban esperando--
estaban todos cubiertos de sangre.
Y no había ninguno tan cobarde que no se metiese
muchas veces
entre los enemigos peleando como un Algaceli o un Sinán
Bajá.
Pero --señaladamente-- los mamelucos combatían
tan benignamente
que no parecía que su propósito era gana
de vencer,
sino sola determinación de morir,
según los lugares donde se metían y las
cosas que osaban acometer.
Aquel día no se hizo la batalla
por el orden que siempre se acostumbraba hacer
--rompiendo por sus escuadrones--
porque luego que los dos ejércitos se vieron
se mezclaron los unos con los otros,
teniéndose por peor el que más tardaba
de llegar a los enemigos.
Súpose que al tiempo que los mamelucos salían
decían que a ellos les convenía vencer
o morir,
porque cosa vituperiosa sería el que quedase vencido
y vivo
para ver entrar los enemigos en su casa
y poseer a sus mujeres e hijos y todo lo que más
tuvieren.
Y así mismo las mujeres les rogaban, al tiempo
de ir a la batalla,
con muchas lágrimas, que las matasen;
porque si eran venidos de los enemigos
ellas no querían venir a poder de ellos,
y si la fortuna les ayudase como vencedores
que no les faltarían otras mujeres con quien casar.
El señor Selim entró aquel día
en la batalla con toda su corte
ya, así mismo, el Gran Soldán.
Mas tantos combatientes había en medio
que nunca sus batallas se pudieron juntar.
El señor Algaceli no estuvo aquel día en
la batalla
a causa de haber sido muy mal herido en la batalla pasada;
lo cual sabido por los capitanes turcos
comenzaron de esforzar los suyos
diciendo a voces que el Algaceli era muerto,
que era el valeroso capitán de los enemigos.
Por tanto, que los acometiesen,
que sin él excusado era poder ellos durar en el
campo.
Pero cada uno de los mamelucos
era un Algaceli para hacer resistencia a los enemigos.
Así, duró la batalla en aquella porfía
--sin tomar los unos ni los otros descanso alguno--
hasta que fue de noche oscura, que no se podían
conocer.
Entonces, cada uno se retrajo al llamar de sus instrumentos.
Dijo públicamente el Turco esa noche
que más habían peleado aquel día
20.000 mamelucos
de lo que fuera suficiente para 100.000 hombres.
La mortandad en aquella batalla de la gente
fue muy grande de ambas partes.
Y al respecto la mayor fue en los mamelucos, jenízaros
y griegos
que --como los unos conocían la valentía
de los otros--
desamábanse y acometíanse como mortales
enemigos.